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Full text of "Historia de las creencias : supersticiones, usos y costumbres"



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UNIVERSITY OF TORONTO 

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THE DEPARTMENT OF 
SPANISH AND PORTUGUESE 



HISTORIA 

DE LAS CREENCIAS 



HISTORIA 



DE LAS 



CREENCIAS 

SUPERSTICIONES, USOS Y COSTUMBRES 

(SEGÚN EL PLAN DEL DECÁLOGO) 

por FERNANDO NICOLAY 

OBRA PREMIADA POR LA ACADEMIA FRANCESA 
VERTIDA AL CASTELLANO POR JUAN BAUTISTA ENSENAT 

C. de la Academia de ¡a Historia 



TOMO TERCERO 



BARCELONA 

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES 

CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255 
1904 



ES PROPIEDAD 





Escena de banquete, según un vaso corintio del Museo de Ñapóles 



LIBRO SEXTO 



«Hijas mías, podréis leer estas pá- 
ginas en alta voz.» 

San Jerónimo. 



CAPITULO PRIMERO 

LA INTEMPERANCIA, LA EMBRIAGUEZ Y LA GULA. TRIUNFOS DE LAS 
VIRTUDES CONTRARIAS 

Preceptos del Eclesiastés sobre la templanza. — La gula entre los paganos.— Los siete co- 
cineros famosos, según Ateneo, y sus especialidades. - Cómo brindaban los antiguos. 
— Filotesia y canciones «oblicuas.» —Detalles sobre el caldo de los griegos y la mesa de 
los romanos.— Cicerón y la buena comida.— Opiniones de Horacio y de Séneca— Pro- 
digalidades locas de los emperadores romanos. — Lo que era el «garum» de los gastró- 
nomos.— La gula en China y en el Japón.— La embriaguez en la antigüedad. — El al- 
coholismo moderno en Europa: hechos notables.— Las actuales bebidas embriagadoras 
en los diversos pueblos.— Historia del ayuno y de la abstinencia desde los hebreos — 
Investigaciones acerca de los ágapes de los primeros cristianos. — Duración del ayuno 
según los antiguos cánones. — De la colación y de los reglamentos concernientes á la 
abstinencia. — Edictos relativos á la venta de carne en época de prohibición. — Lo que se 
entendía por «carne de cerdo de cuaresma.» - Proyecto de cuaresma laica en tiempo de 
la primera República. —Modalidades del ayuno de los cismáticos rusos. — Descripción 
del Ramadán: textos curiosos de las prescripciones musulmanas. — Ayuno legal entre 
los antiguos irlandeses. — Abstinencias heroicas de los santos.— Ascetismo y mortifica- 
ciones extraordinarias... 



Decía un día cierto filósofo griego á un su amigo: «Con lo que no has 
sabido poner en tu libro se podría escribir una obra excelente.» A lo que 
replicó el otro: «Con todo lo que tú has escrito se compondría una obra 
muy mala.» Como no queremos incurrir en esta última censura, no se 
extrañe que, debiendo hacer un estudio moral, prescindamos deliberada- 
mente del espectáculo del mal para ocuparnos de los «caminos» que á él 
conducen de una manera indirecta; porque, según observa Bossuet, no es 
conveniente hacer ver de cuántos modos se puede faltar á la virtud y al 
honor. En efecto, muchos autores, con sus descripciones complacientes 



6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de las mismas faltas que vituperan y de los vicios que señalan, atraen y 
hacen que se fije la atención del lector sobre los actos, los episodios y los 
delitos que se proponen denunciar á su reprobación, con lo cual los gra- 
ban, sin querer, en su espíritu de una manera más duradera y más pro- 
funda. Sucede en esto lo que en las ejecuciones capitales, por ejemplo: 
que á los que asisten á tan horrible espectáculo les impresiona, á veces, 
mucho menos la vista del castigo que la idea del crimen, idea que se apo- 
dera del ánimo y cuya tenaz obsesión hace surgir muy pronto imitadores 
resueltos entre aquellos mismos á quienes se creía aterrorizar. 

En el orden moral, es preciso distinguir varias especies de culpables. 
En primer lugar, existen personas de instinto depravado que por gusto se 
precipitan en el mal, como las hay que se arrojan á un precipicio ó en el 
vacío con propósito deliberado. Otras preferirían evitar la caída, pero aman 
el peligro: no les disgusta asomarse por curiosidad á los abismos que se 
abren á lo largo del camii o de la existencia, creyéndose capaces de sortear 
sin ninguna dificultad todos los obstáculos; no ignoran que hay piedras 
que hacen tropezar y caer, espinos que sujetan y desgarran al viajero, 
tempestades que le sorprenden, le envuelven y le arrastran á veces á te- 
rribles simas, y sin embargo, haciendo alarde de fanfarronería, quieren 
correr todos estos peligros. Pero (y ahora penetramos en el verdadero 
corazón de nuestro estudio) existe una pendiente insensible cuyas proxi- 
midades son tan atrayentes como floridas; el declive del camino es tan 
suave que el hombre honrado entra en él sin la menor desconfianza y si- 
gue sin sacudidas los recodos de esos seductores meandros sin percatarse 
de que poco á poco desciende hasta abajo y de que pronto no le será ya 
posible resistir á un impulso que han hecho en cierto modo irresistible 
una serie de consideraciones deliberadamente consentidas. He aquí adon- 
de conducen á menudo los caminos resbaladizos... El trayecto ha sido más 
largo, pero no por esto ha dejado el temerario de ir á parar á los lodaza- 
les que siempre manchan y en los cuales algunas veces se hundirá. 

En resumen, analizaremos y criticaremos únicamente las influencias 
de diversos órdenes que, según los filósofos y los moralistas, son ocasión 
frecuente de desfallecimientos ó predisponen á éstos de un modo más 
ó menos directo, es decir: la intemperancia, la embriague^, el teatro, la no- 
vela, el baile y el lujo. 

I. La intemperancia, ó afán inmoderado de procurarse las satisfac- 
ciones del gusto, es uno de los apetitos más groseros, más materiales, y 
el que más acerca al hombre á las bestias. Es, de todas maneras, una pa- 
sión degradante, ora se presente bajo la forma de gula, que embota y des- 
truye el organismo, ora bajo la de embriague^, que embrutece y hasta llega 
á abolir la inteligencia. 

La afición á la buena comida reviste distintos aspectos: El «glotón» 
propiamente dicho es el que come más de lo naturalmente necesario. El 
«gastrónomo,» excepto en materia de gastronomía, posee la delicadeza 



LIBRO SEXTO 7 

del gusto que le permite dar su voto sobre los manjares y los vinos. El 
«goloso» come poco, prefiriendo los dulces refinados; es el poeta de la 
gula. El «tragón» absorbe con avidez. El «ansioso» devora sin apreciar. 

Los primeros hombres, que vivían de una manera muy frugal, igno- 
raron el estimulante de las inteligentes preparaciones culinarias. Nada 
más sencillo, en efecto, que la alimentación de los patriarcas. El Eclesiás- 
tico (i) contiene sabios preceptos relativos á las comidas y á la intempe- 
rancia: «¿Te sentaste á una gran mesa? No abras sobre ella tu garganta el 
primero. No digas así: muchas son las cosas que hay sobre ella. No te 
atropelles en un convite. Usa como hombre moderado de aquello que se 
te pone delante: no sea que por comer mucho te tengan por enojoso. Y 
si te sentaste entre muchos, no extiendas tu mano antes que ellos, ni pi- 
das el primero de beber. Poco vino es suficiente para un hombre bien 
educado, y cuando duermas, no te causará desasosiego ni sentirás dolor. 
Desvelo, cólera y retortijones tendrá el hombre intemperante. Sueño sa- 
ludable en el hombre templado. Dormirá hasta la mañana y su alma se 
deleitará con él. Y si fueres compelido á comer mucho, levántate de en 
medio y vomita, y no acarrearás á tu cuerpo enfermedad.» 

San Pablo, hablando de los que se entregan á la gula, los afrenta en 
los conocidos enérgicos términos: «Porque muchos andan de quienes 
otras veces os decía (y ahora también lo digo llorando) que son enemi- 
gos de la cruz de Cristo. Cuyo fin es la perdición: cuyo Dios es el vien- 
tre (21.» 

San Lucas, San Mateo y San Marcos nos presentan al Maestro con- 
sintiendo en comer en casa de los humildes, con los cuales «se sienta á 
la mesa» y «parte el pan.» Y si asiste á las bodas de Cana, este es un he- 
cho excepcional que se explica precisamente por la solemnidad familiar 
que Jesucristo quiere favorecer con su presencia. Los escribas y fari- 
seos murmuraban contra Jesús porque acogía á los pecadores y compartía 
con ellos la comida, y el Señor, oyendo sus censuras, les dice: «No soy 
venido á llamar á los justos á penitencia, sino á los pecadores.» Por esto 
el Redentor se dirige preferentemente á los pequeños, á los desheredados, 
como amigo y como hermano, honrando con su presencia la casa del po- 
bre, la comida de familia, y no los fastuosos banquetes de los poderosos. 

Los paganos, por el contrario, disfrutaban con los placeres de la mesa, 
y bien conocidas son las memorables orgías de las cuales se vanagloriaban 
los Sardanápalos y los Baltasar tanto como de sus conquistas. 

En el tercer año del imperio de Asuero (3), que desde la India hasta 
Etiopía reinaba sobre ciento veintisiete provincias, el rey dio un gran fes- 
tín á los príncipes de su corte, á los principales persas, á los medas más 

(1) Kclesiástico, XXXI. 

(2) Philiph. III, 18, 19. 

(3) Asuero, nombre bíblico de Jerjes, según unos, y de Darío I o de Artajerjes según 
otros. 



b HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ilustres y á los gobernadores de las provincias, á fin de ostentar ante sus 
ojos la gloria y las riquezas de su reino. Esta fiesta duró ciento ochenta 
días, y después de ella, el monarca invitó á su vez al pueblo que se encon- 
traba en Susa y mandó que se dispusiera un festín que durase siete días 
sin interrupción. Las paredes de la sala estaban decoradas con tapices 
azules y blancos, sostenidos por cordones de lino teñidos de púrpura y 
fijados en columnas de marmol por medio de argollas de marfil; sobre el 
pavimento de jaspe, pórfido y alabastro, alineábanse varios lechos con 
adornos de oro y plata y en los artesonados techos se veían pinturas ad- 
mirables. Los invitados bebían en copas de oro; los más variados manja- 
res les eran servidos en ricas fuentes; y los vinos más escogidos eran es- 
canciados con regia munificencia. A nadie se obligaba á beber, pero el 
rey había ordenado que los magnates de su palacio se sentaran á las mesas 
y animaran al pueblo para que comiese cuanto quisiera. 

Ateneo (i) refiere que Parmenión escribió á Alejandro, después de 
haberse apoderado de Damasco y hecho dueño de los bagajes de Darío: 
«He encontrado en el campamento 46 artistas ocupados en confeccionar 
guirnaldas y coronas, 13 pasteleros, 29 ayudantes, 17 escanciadores, 40 
perfumistas y 217 cocineros.» ¡Cuan distintos estos tiempos de los de 
Homero, en que los festines de los reyes se componían de frutas, de lacti- 
cinios y de carne asada en la punta de una rama! También los griegos 
habíanse poco á poco afeminado en medio de su bienestar; la riqueza de 
su suelo, la benignidad de su clima y la proximidad de Egipto y de Asia 
les permitían procurarse los manjares y los vinos más exquisitos. 

Tanto caso hacían los griegos de los cocineros (2), que no se aver- 
gonzaron de oponer siete de ellos á los llamados Siete Sabios de Grecia. 
Los siete cocineros famosos eran, al decir de Ateneo: i.°, Egis de Rodas, el 
único que sabía asar perfectamente un pescado; 2. , Nereo de Chío, que 
era un maestro en la preparación del caldo de congrio, plato digno de ser 
ofrecido á los dioses; 3. , Cariades de Atenas, cuya ciencia culinaria nadie 
sobrepujaba; 4. , Lamprias, el inventor de la salsa negra; 5. , Aftonetes, 
inventor de la morcilla; 6.°, Euthymo, que preparaba admirablemente las 
lentejas; y 7. , Aristion, el más fecundo en recursos cuando se trataba de 
inventar nuevos guisos. Ateneo ensalza de un modo particular al poeta 
Arquestrato, á quien llama «el gran maestro de cocina» y que no escri- 
bió su Gastrología sino después de haber recorrido la tierra y los mares, 
examinando en todas partes lo que era digno de despertar el apetito é indi- 
cando las localidades en donde se encontraba lo mejor y más suculento. 

Algunos autores han creído ver una prueba de este culto de los grie- 
gos por la buena comida en el hecho de que sólo tuvieran una palabra 
«para designar el cielo y el paladar (3).» Sin embargo, no puede descono- 

(1) F.scritor griego del siglo m de nuestra era. 

(2) Hist. déla table, pág. 6. 

(3) Ouranos .. Por nuestra parte, nos concretaremos á ver en esto una simple metáfora. 



LIBRO SEXTO 9 

cerse que entre los griegos se contaban los espartanos, quienes, por el con- 
trario, demostraron una sobriedad que ha llegado á ser legendaria; pero 
esta virtud fué de muy efímera duración y sólo debida á la influencia de- 
cisiva de algunos hombres superiores y de austeras costumbres. Licurgo, 
según dice Plutarco, obligó á todos los ciudadanos á comer juntos y á 
alimentarse con alimentos parecidos y en condiciones determinadas por 
la ley (i), prohibiéndoles que comieran en sus casas en lechos suntuosos 
y que recurrieran á sabios cocineros. El rico y el pobre debían estar re- 
unidos en la misma mesa y á nadie le era permitido hartarse antes de con- 
currir á esas comidas comunes; y si al- 
guno se abstenía de comer, se le echa- 
ba en cara públicamente la vergonzosa 
molicie que le hacía despreciar el ali- 
mento de todos. 

A cada mesa se sentaban quince per- 
sonas y cada comensal aportaba men- 
sualmente como escote un medimno 
de harina (52 litros), ocho medidas de 
vino, cinco libras de queso, dos libras y 
media de higos y algún dinero para 
comprar carne. Cuando un ciudadano 
se ausentaba para otrecer un sacrificio 
ó ir de caza, enviaba á sus comensales 
un cuarto de carne; estas eran las úni- 
cas ocasiones en que estaba permitido comer en casa; en los demás días 
era preciso asistir á las comidas públicas. Para ser admitido á una mesa se 
necesitaba la aquiescencia de los demás ciudadanos que á ella se sentaban, 
procediéndose á la votación del modo siguiente: cada comensal tomaba una 
bola de miga de pan y la echaba sin decir palabra en un jarro que á todos 
iba presentando un esclavo; el que aceptaba al candidato introducía en la 
urna la bola en forma de tal; el que no, la echaba después de haberla aplas- 
tado entre sus dedos, y esta bola así aplastada tenía la misma significación 
que el haba agujereada que servía para condenar en los tribunales. Un 
solo voto negativo bastaba para rechazar al solicitante, pues no se quería 
admitir á nadie que no fuera del agrado de todos. Los historiadores se han 
olvidado de decirnos qué le pasaba al ciudadano así rechazado de las me- 
sas del festín. 

El famoso caldo negro era para los espartanos un alimento especial, como 
lo es la choucrote para los alemanes ó la bouillabaise para los marselleses... 
El tal caldo era una confusa mezcla de carne picada, grasa de cerdo, vina- 
gre, sal y hierbas aromáticas, todo ello rociado con sangre. Cuéntase que 
ía célebre helenista Mme. Dacier quiso un día servir á sus sabios comen- 




Escena de festín, pintura de un vaso. 
(Museo Gregoriano) 



(1) Plutarco. 



10 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sales una comida á la espartana, en la que figuraba el caldo clásico; pero 
á pesar de las más oportunas citas griegas, este plato arqueológico gustó 
muy poco á los convidados, algunos de los cuales enfermaron de resultas 
de haberlo comido. 

Una aventura parecida ocurrió en nuestro tiempo á un distinguido 
orientalista que había ofrecido á sus amigos una comida compuesta de 
nidos de golondrinas, guisado de gusanos blancos y compota de insectos. 

Carlos Leveque describe la manera como los atenienses se instalaban 
para comer, tendidos en lechos y con el codo izquierdo apoyado en una 
almohada. Las mujeres no tomaban parte en los banquetes (i), sino que 
ocupaban mesas aparte ó bien eran servidas en una habitación inmediata. 
En general había tres lechos para cada mesa, siendo el del centro el 
puesto de honor; las mesas eran pequeñas y estaban reservadas únicamente 
á los manjares sólidos; en cuanto á las bebidas, los esclavos las escancia- 
ban directamente en las copas. Los griegos no usaban tenedores ni cuchi- 
llos, sino simplemente cucharas para las cosas líquidas; los más correctos 
comían con los dedos. Las servilletas eran desconocidas y en su lugar se em- 
pleaba miga de pan ó una pasta especial que los comensales se pasaban en 
forma de bolitas por entre los dedos para limpiarlos, arrojándolas luego 
debajo de la mesa. La moda de hacerse servir por sus propios esclavos 
cuando se asistía á un convite en casa de amigos, era muy frecuente. Al 
empezar el banquete se entregaba la lista de los platos al dueño de la casa. 
La comida se dividía en tres partes: la primera constituía la comida pro- 
piamente dicha y en ella se consumían ostras, marisco, pescado, pasteles, 
carnes y otros manjares substanciosos; después, los comensales hacían 
abundantes abluciones y se perfumaban. En el entretanto, los esclavos 
cambiaban el servicio de las mesas, entrándose entonces en la segunda 
parte, compuesta de pastas, tortas, platos montados, frutas diversas y tam- 
bién de aves y de caza menuda. En la tercera parte, los convidados se li- 
mitaban á beber, siendo aquel el momento de los brindis. 

Suidas dice que la costumbre de saludarse en la me§a por medio de li- 
baciones tenía un nombre especial: filotcsia (2). Primeramente el dueño de 
la casa se hacía llenar la copa de vino, del que derramaba un poco en el 
suelo invocando el nombre de los dioses ó sacrificando á la amistad, según 
refieren Homero, Filostrato y otros; luego se aproximábala copa á los la- 
bios y bebía á la salud del invitado á quien quería distinguir, deseándole 
toda clase de felicidades, después de lo cual el aludido, tomando la copa, 
bebía á su vez correspondiendo á aquellos deseos, y cada uno de los co- 
mensales solía hacer lo mismo, porque, al decir de Petronio, salir de un 
banquete sin haber sido instado á beber por alguno de los asistentes era 
considerado como una verdadera afrenta. Esta costumbre de beber en la 



(1) Existen, sin embargo, en el Museo del Louvre jarros griegos en los que se ven mu- 
jeres tomando parte en los" festines. 
Es decir, amistad y salud. 



LIBRO SEXTO 



I I 



misma copa explica sin duda porqué estaba prohibido brindar por una mu- 
jer con quien no existiera ningún vínculo de parentesco ó de alianza; según 
Eliano, esta libertad, permitida entre los ilirios, era criticada como con- 
traria a la buena educación. 

En el erudito estudio (:) de un religioso sobre la Filotesia, vemos que 
los griegos, en las comidas, hacían á menudo una triple invocación i la di- 
vinidad, una al comenzar el festín, otra á mitad del mismo y la tercera 
como acción de gracias, y daban i la bebida el nombre de la persona á 
quien se dirigía el brindis; así por ejemplo, decían: beber Zeus, beber Ale- 
jandro, etc. Las libaciones iban 
acompañadas de canciones oblicuas, 
inventadas para excitar á beber más 
y cuyo nombre era debido á que el 
que entonaba una canción ó una 
especie de cántico, bebía un sorbo 
de vino y pasaba en un momento 
dado su copa, no á su vecino in- 
mediato, sino á un comensal cual- 
quiera que había de continuar la 
copla hasta que, á su vez, pasaba 
la copa á otro invitado más ó me- 
nos apartado de él; de aquí proce- 
de, según observa Plutarco, la de- 
nominación de «canción oblicua.» 
Al parecer, se escogían para esto 
estrofas de difícil pronunciación con 
el fin de divertirse á costa de aquellos de quienes se quería hacer burla. 

Entre los latinos, para significar que se bebía á la salud de alguien, se 
empleaba la palabra propinare (2). 

No relataremos detalladamente las extravagancias gastronómicas de que 
fué teatro Roma, pero sí creemos interesante recordar algunas particulari- 
dades. Cicerón, en una comida que dio su amigo Léntulo con motivo del 
nombramiento de su hijo para el cargo de augur, mostróse tan intempe- 
rante, que de resultas estuvo verdaderamente enfermo: «Las leyes suntua- 
rias, dice, que pretenden introducir la frugalidad me han sido perjudicia- 
les; en efecto, como estas leyes, severas en cuanto á lo demás, dejan com- 
pleta libertad en cuanto se relaciona con las legumbres, nuestros volup- 
tuosos amigos hacen guisar de una manera tan deliciosa las setas, raíces y 
toda clase de hierbas, que nada hay tan agradable como estos manjares. 
De ellos he sido víctima en la comida de Léntulo, y castigo de mi glotone- 
ría ha sido una grave indisposición que ha durado más de diez días.» 

(1) Este estudio del P. Fronteau, canciller de la Universidad de Francia, lleva la fecha 
de 7 de febrero de 1660. 

(2) O benedicere.-^Bene nos dicite, bebed á nuestra salud» (Cicerón).— «Bene tibí, 
á vuestra salud» (Plauto). 




Escena de banquete, pintura de vaso. 
(Museo Arqueológico de Atenas.) 



12 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Merece ser mencionada la chistosa observación de Cicerón de que la 
vida y la mesa estaban, en cierto modo, confundidas en la palabra convi- 
vium. Los banquetes eran tan largos, que la gente se pasaba, por decirlo 
así, la vida comiendo: un convidado era realmente aquel con quien se vivía. 
Lo que quizás fué sólo una excepción en el ilustre orador romano, era el 
régimen ordinario de los gastrónomos célebres, entre los cuales ocupa 
Lúculo uno de los primeros lugares. Este general romano destinaba una 
cantidad equivalente á 25.000 francos de nuestra moneda (1) á cada una 
de sus comidas en el templo de Apolo, y en un día gastó una suma fabu- 
losa para obsequiar á Cicerón y á Pompeyo. La elección que hacía Lúculo 
de la sala en donde el banquete debía celebrarse bastaba para indicará sus 
empleados la citra de las prodigalidades que había resuelto realizar; pero 
como en materia gastronómica más que el fausto le impulsaba la glotone- 
ría, la suntuosidad de sus comilonas no era menor cuando comía solo. Un 
día en que no tenía invitados su cocinero le preparó una comida modesta: 
«¿No sabías, le dijo el general, que Lúculo comía en casa de Lúculo?» 

Los cocineros percibían sueldos hasta de 22.000 francos, y entre los 
sibaritas (2) todos los que inventaban un plato tenían el privilegio del mis- 
mo durante un año, de suerte que los guisos nuevos tenían patente como 
la tienen en las sociedades modernas los inventos industriales ó los proce- 
dimientos artísticos. 

Apicio consagró un patrimonio de 20 millones al arte culinario. Un 
día en que se le ocurrió examinar el estado de sus negocios, vio que no le 
quedaban más que 10 millones de sextercios, y considerando que esta 
suma era insuficiente para proseguir durante mucho tiempo sus experi- 
mentos gastronómicos, se envenenó, prefiriendo morir en la abundancia 
á verse un día reducido á la indigencia. Cuesta trabajo dar crédito á tales 
aberraciones, y sin embargo no son raras, menudeando hasta el día en que 
la ley de mortificación traída por Jesucristo vino á reemplazar el sensualis- 
mo degradante de la sociedad pagana. 

En la época de la decadencia, los romanos ilustres no se contentaron 
con hacer figurar en los banquetes bailarines, bufones é histriones, sino 
que ofrecieron á sus invitados combates de gladiadores y hasta odiosas in- 
molaciones. Ya Séneca censuraba á Antonio que se hubiese hecho presen- 
tar en un festín las cabezas de los principales ciudadanos de la República, 
complaciéndose en contemplar los restos sangrientos de aquellos á quienes 
había desterrado. Calígula, según dice Suetonio, se recreaba viendo dar 
tormento mientras comía: un soldado que hacía las veces de verdugo 
mostraba su destreza torturando á los prisioneros que eran conducidos 
delante de la real mesa; y en más de una ocasión, por haber dirigido mal 

(1) Damos la equivalencia en trancos para mayor claridad. Los pescados, especialmen- 
te los sargos, eran muy apreciados por los romanos y alcanzaban precios fabulosos: Tibe- 
rio pagó por tres sargos 6.000 francos; en tiempo de Caligula, Asinio Celer pagó por 
uno 1.600. 

(2) Sibaris, colonia aquea destruida 5 10 años antes de nuestra era. 



LIBRO SEXTO I 



un golpe, un chorro de sangre humana había manchado la mesa del tira- 
no y mezcládose con las bebidas embriagadoras (i). 

Vitelio se ingeniaba para gastar en cada cena el equivalente de 80.000 
francos, y se contentaba con probar solamente platos que venían á costar 
25.000. Tácito protesta contra estas dilapidaciones y refiere que en todas 
las grandes carreteras había proveedores de la mesa de aquel principe; y 
Josefo declara que si Vitelio hubiese reinado más tiempo, su voracidad ha- 
bría absorbido las riquezas del imperio... En un banquete ofrecido á su her- 
mano Lucio sirviéronse dos mil pescados diferentes y siete mil aves raras. 

Las cartas de Séneca contienen datos exactos y concretos acerca de los 
gustos de sus contemporáneos: «La carne viscosa de las ostras cebadas en 
el fango, ¿no es capaz de llevar al estómago la pesadez del limo que con- 
tienen? La nieve que se toma durante el verano, ¿acaso no obstruye el hí- 
gado? La salsa preparada según el procedimiento ganan sociorum (2), es 
decir, hecha con sangre corrompida de pescado, ¿no corroe los intestinos 
con sus sales perniciosas?» 

Horacio, Plinio, Ausonio, Marcial, Petronio, Apicio, Estrabón y Ate- 
neo hablan de esta «salmuera de maquerel» tan apreciada por los gastró- 
nomos de la antigüedad, á pesar de su sabor acre. Los pobres se conten- 
taban con salmuera áealíni; pero la que se preparaba con sangre de escom- 
bros ó maquerel estaba reservada á la mesa de los ricos, según se lee en 
un epigrama de Marcial (3). 

Domiciano, no sabiendo ya qué inventar para dejar atrás las extrava- 
gancias de sus predecesores, dio al Senado y á los caballeros un festín 
macabro: comenzó por hacer pintar de negro los techos, las paredes, los 
pavimentos y los muebles de varias habitaciones en las que se hizo entrar 
y tomar asiento á los senadores y caballeros; luego se colocó al lado de 
cada uno de éstos una columna sepulcral de la que pendía una lámpara 
semejante á las que se encendían de las tumbas y en la cual estaba 
grabado el nombre del respectivo convidado. Al mismo tiempo, entró en 
la sala un grupo de niños ennegrecidos y que parecían espectros, quienes 
bailaron una danza fúnebre haciendo los gestos que se estilaban en los 
entierros, después de lo cual los invitados fueron conducidos al salón del 
banquete, durante el cual Domiciano no les habló más que de sangre, de 
matanzas y de muerte... Terminada la comida y cuando los senadores 
creían poder marcharse libremente, sintieron nuevo terror al ver que se 
les obligaba á subir á unas literas que llevaban hombres desconocidos; 
esto no obstante, fueron conducidos á sus casas, y Domiciano, satisfecho 
del espanto que les había causado, les hizo varios presentes en compen- 
sación del mal rato que habían pasado. 

Horacio protesta contra la loca abundancia de las comidas de su tiem- 

(1) Nicolardot, loe. cit., pág. 8 r. . ín „„..,. 

(2) O a socus. El maquerel, del que tanto consumo hacían los romanos, se pescaba, 
según dice Estrabón, en el golfo de Cartagena. 

(3) Libro XIII, ep. io3. 



14 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

po: «A fuerza de tragar asados, cocidos, pescados y caza, los jugos del 
cuerpo se convierten en bilis...; y así veis que los comensales se levantan 
de la mesa con la frente pálida.» 

Séneca, en una de sus Cartas, por desgracia demasiado larga para que 
podamos reproducirla íntegra, describe de una manera magistral las con- 
secuencias de la glotonería de los gastrónomos de su tiempo: «Desde que 
se preparan los alimentos, no para calmar el hambre, sino para irritarlo, 
la comida es una carga para el estómago; de aquí el temblor de los múscu- 
los embebidos de vino y el andar inseguro como en la borrachera; de 
aquí la hidropesía que hincha la piel; de aquí esa expansión de la bilis 
amarillenta, esa faz descolorida, esos vértigos que atormentan el cerebro 
inflamado, y finalmente esas úlceras internas que devoran nuestros órganos, 
esas innumerables fiebres que ora nos aplastan con su violencia, ora nos 
minan con su veneno lento: la multiplicidad de manjares ha engendrado 
la multiplicidad de enfermedades.» De este modo se explica la frase de 
Vibio Crispo que, retenido en su casa á consecuencia de sus excesos, no 
pudo asistir á un banquete dado por Vitelio: «Me habría muerto si no hu- 
biese tenido la buena suerte de estar enfermo. a 

Cuando resumiremos las leyes suntuarias en el capítulo del «lujo,» 
tendremos ocasión de ocuparnos nuevamente de los banquetes que se ce- 
lebraban en la antigüedad y en la Edad media. 

Por lo que se refiere á la historia de la mesa en la época contemporá- 
nea, sólo la China y el Japón merecen una mención especial, ya que no 
queremos insistir demasiado en la cuestión culinaria. 

Los habitantes del Celeste Imperio, que cuentan con una gran riqueza 
de pescados y de legumbres, pueden, por poco dinero, preparar las más 
variadas comidas; sin embargo, desde el punto de vista de nuestros gustos 
son unos gastrónomos- muy extraños. Hablemos, en primer lugar, de los 
famosos nidos de golondrinas, nidos comestibles que los chinos aficionados 
á la buena comida consideran como la más substanciosa y confortante de 
las sopas. El pájaro que proporciona este singular producto es una espe- 
cie de golondrina azul, muy pequeña, que ha sido denominada por mu- 
chos naturalistas «golondrina de la China» porque frecuenta aquellos ma- 
res; pero es más conocida con el nombre de «salangana» que le dan en 
las islas Filipinas, en donde es muy común (i). No todos los que de esto 
se han ocupado han estado de acuerdo acerca de los elementos de que se 
componen los nidos de esos pájaros, tan solicitados por los chinos; y aun 
en nuestros días vemos que andan muy discordes los que tratan de este 
asunto. Dicen unos que tales nidos están formados con un fuco especial 
que crece á orillas del mar, á lo largo de las playas, ó también con una 
espuma blanca y viscosa, especie de saliva que se supone segregan esas 
golondrinas; otros pretenden que hay en ellos huevas de pescado trans- 

(i) M. Girard, France et Chine, tomo II, pág. 29. La salangana se parece á las golon- 
drinas, pero pertenece á la familia de los vencejos. 



LIBRO SEXTO 



I) 



portadas á las rocas. Pero lo más probable es que ese manjar tan aprecia- 
do por los Apicios del Anam, de la China y del Tonkín, sea simplemen- 
te el residuo de los insectos con que llena su nido la salangana para su 
alimento y el de sus pequeñuelos. Para recoger estos nidos, los indígenas 
se encaraman á grandes escaleras á fin de explorar las anfractuosidades de 
las costas y penetrar en las cavernas. La primera recolección es la mejor y 
se verifica cuando la provisión de alimento ha sido acumulada por la pre- 
visora salangana, y antes de que las crias lo hayan picoteado y ensuciado. 
De todos modos, sea 
cual fuere la substancia 
de que ese célebre man- 
jar se compone, el pre- 
cio exorbitante que por 
él pagan los chinos de- 
muestra en realidad que 
es muy de su gusto. 

Otras sorpresas le 
aguardan al comensal 
en China, en donde le 
sirven colas y lengua de 
ciervo, patas de oso, fri- 
tadas de ranas, huevos 
de lagartos y orugas sala- 
das; gusanos de tierra co- 
cidos secos y puestos en 
salmuera como los aren- 
ques; larvas de abejas silvestres maceradas en salmuera y vinagre y fritas 
en grasa ó en aceite, y cigarras, que tanto gustaban también á los griegos. 
A esta nomenclatura pueden añadirse otras especialidades muy selectas, 
tales como los músculos de mariscos en salsa (Kiang-yotson); las yemas de 
bambú con huevos de langostinos (chia-tse-u-lang-pie) ; las aletas de tibu- 
rón en salsa roja (Kw-h'ua-u-t%(e), y finalmente el «cuero japonés,» espe- 
cie de piel obscura que, á pesar del cuidado con que se la pone en mace- 
ración en agua durante algún tiempo, se mantiene coriácea y conserva siem- 
pre un sabor detestable (r). 

Un viajero da la siguiente lista de los platos que le fueron servidos en 
un banquete chino: sopa de nidos de golondrinas, mariscos, tortuga de 
mar, carnero con yemas de bambú, huevos y pescados salados, langosta 
hervida, perro en picadillo, migajas de cerdo, estofado de gato negro, rata 
frita, pepitas de melón, tazas de arroz, cangrejos vivos. 

Hay restaurants de carne de perro muy famosos y otros en los cuales 
un cartel fijado en la pared anuncia que en ellos se sirve en todo tiempo 




Salangana 



(i) Loe cit. 



1 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

buena carne de gato negro, pues la especie de este color es la más apre- 
ciada, hasta el punto de que un par de ojos de gato negro con una salsa apar- 
te cuesta cuatro pesetas. El perro negro se come en las fiestas de los sols- 
ticios de verano, con la esperanza de preservarse, gracias á ella, de las en- 
fermedades durante toda la estación; de aquí que en esa época estén llenos 
los restaurants especiales. «Pusiéronme también delante, dice un invitado, 
langostinos borrachos que, al ser destapado el tazón en que los servían, pu- 
siéronse á saltar locamente por encima de la mesa. Un chino experto ha- 
bría podido cogerlos en seguida con las puntas de unos bastoncillos, pero 
yo no tuve tanta habilidad; y en cuanto á introducir en mi boca esos ani- 
males vivos y saltarines, no pude resolverme á hacerlo (i). Durante 
toda la comida, usamos como servilletas unos trozos de papel de seis pul- 
gadas de ancho. » 

El chino, para brindar, coge su vaso con ambas manos, como si pesa- 
ra mucho, y acercándolo hacia la persona á cuya salud bebe, cambia con 
ella un saludo antes de beber y otro después de haber bebido. 

En las provincias meridionales del Celeste Imperio existe una secta 
de mujeres cuyos miembros hacen voto de abstinencia de carne, de no 
comer más que legumbres y de pasarse la vida visitando pagodas. A cam- 
bio de estas austeridades esperan merecer después de muertas la gracia de 
volver á habitar en la tierra, pero esta vez para animar el cuerpo de un 
recién nacido del sexo masculino: su ideal consiste en ((dejar de ser muje- 
res,» sentimiento que, según hemos visto, está muy extendido entre los 
orientales. 

En el Japón, la alimentación de los pobres consiste en una ración de 
go^en, arroz cocido en agua y espeso, y en algunas legumbres maceradas 
en salmuera. De tal modo es el arroz el alimento ordinario, que las pala- 
bras almorzar, comer y cenar se traducen por «comer el gozen de la ma- 
ñana, el gozen del mediodía y el gozen de la noche.» 

Cuando se quiere ofrecer un manjar escogido, se prepara pescado con 
preferencia á la carne: el tai ó dorada es muy estimado, y se come crudo, 
acompañado de un puré de hojas de laurel y de rábano blanco (daikón). 

En los días solemnes, los alimentos están colocados sobre la mesa for- 
mando artísticas piezas montadas: «Unas veces es un paisaje en miniatu- 
ra en el que el artista ha puesto raíces y legumbres de toda clase, ador- 
nándolas á su capricho: en estrechos arroyuelos hechos con filamentos de 
cebollas se ven varios patitos esculpidos en nabos; hay también minúscu- 
las construcciones edificadas con cubos de zanahoria que representan 
paredes de ladrillo..., y finalmente vense allí peñascos de patata que sur- 
gen entre mares de mayonesa, ó también enormes meros transformados 
en buques (2).» 



(1) Kn nuestras playas del Norte se ve constantemente á las mujeres de los pescado- 
res comer langostinos vivos. 

(2) F. des Malis. 



LIBRO SEXTO j- 

Los anamitas encuentran deliciosos los gusanos blancos llamados o- U sa- 
nos palmistas que recogen en Ya palmera denominada cha-la, y cuya carne 
es blanca y delicada. Con frecuencia después de haber recogido estos gu- 
sanos los ceban durante meses dándoles una alimentación escogida com- 
puesta de suculentos melocotones, de jugo de peras, de manzanas, de kehys 
ó de banano, y hay quien afirma que los gastrónomos encuentran todos 
estos perfumes condensados en la carne del gusano, la cual tiene un sabor 
de leche azucarada. Este plato se prepara en forma de buñuelos ó de fritada. 

También el australiano es aficionado á los gusanos blancos, á las oru- 
gas, á las hormigas y á los saltamontes. 

Sin que salgamos garantes de su sinceridad, mencionaremos un anun- 
cio de Nueva York relativo á un «diario que puede comerse: » está hecho 
con una pasta muy delgada que puede formar una superficie bastante gran- 
de sin romperse y la tinta está compuesta en su mayor parte de chocolate, 
y puesta al horno después de impresa, se fija perfectamente en la hoja de 
pastelería. Este periódico tuvo, según parece, algún éxito en las estaciones 
ferroviarias. 

Si la glotonería embota la inteligencia y el sentimiento, la intempe- 
rancia en la bebida determina una degeneración aún más completa, pues 
despoja al hombre del más noble de sus atributos, aboliendo en él el sen- 
tido moral: en una palabra, la embriague^ destruye la libertad. «A los 
que aman el vino no los provoques á él, porque á muchos arruinó el vino.» 
frEl vino desde el principio fué creado para regocijo y no para embria- 
guez (i).» Y sin embargo, desde Noé, el hombre, cual si no tuviera bas- 
tante con la influencia de las enfermedades que le acechan, ha buscado 
alegremente esta degradación y se dedica á descubrir los medios más se- 
guros y más rápidos de perder el juicio. 

En efecto, todos los pueblos del globo han sabido descubrir en la na- 
turaleza esencias, jugos ó elementos de licores embriagantes. En Egipto 
encontramos desde la más remota antigüedad la cerveza, que era de dos 
clases: una dulce, llamada ^ithitni, y otra más fuerte denominada cornil; 
también conocía aquel pueblo el vino. 

Grecia trató, durante mucho tiempo, de inspirar horror á la embria- 
guez: la mitología representa al viejo Sileno montado en un asno, tendido 
sobre un odre y pintarrajeado con heces, para que sirva de risa al pueblo; 
y Licurgo mandó arrancar las viñas á fin de cortar de raíz el mal y ofre- 
ció á los jóvenes el repugnante espectáculo de esclavos embriagados. Pero 
muy pronto pudo más el gusto que la razón y se multiplicaron las excusas 
para entregarse á los placeres de la embriaguez: médicos complacientes en- 
señaron que los excesos de bebida «purgaban de las acrimonias de la san- 
gre;» los filósofos legitimaron la vida sensual, y el mismo Platón permitió 
embriagarse á los hombres, á partir de cuarenta años. 

(i) Vinum injucundidatem ab initio creatum non ad ebrietatem. (Ecclesiastes, XXXI, 

}o. 35.) 

Tomo III 2 



jg HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Los árabes encuentran en la simiente del cáñamo el principio de un 
brebaje excitante; los habitantes de las regiones frías de nuestro globo, co- 
mo los siberianos y los lapones, tienen el braga y el quass, especies de cer- 
veza de setas y de centeno; la leche de yegua proporciona el kumiss á los tár- 
taros; los chinos beben el jachi, que preparan con arroz; los indios sacan 
de la' caña de azúcar el arad (i), y de la medula del bambú el tabaxir. El 
casare (2) y la mandioca embriagan á los habitantes del Brasil, y los indíge- 
nas de Oceanía beben con deleite un licor preparado con la raíz del arum. 
En América se consumen el checa, que se obtiene haciendo fermentar el maíz; 
el tafia, el ron y el jugo del árbol del cacao; Persia tiene su aguardiente 
de dátiles y de pasas; Egipto, su savia de palma fermentada; Suiza y Ale- 
mania, el kirsch, extraído de la guinda; Escocia, el ivhishey, de cereales; 
Inglaterra, el gin de las bayas de jengibre... y así sucesivamente. El Norte 
de Europa tiene la cerveza fuerte y en todas las naciones algo civilizadas se 
practica la destilación de alcoholes. 

¡Cuántas muertes ocasionadas por este producto llamado aguardiente! 
Así como la embriaguez se remonta á la época del diluvio, el alcoho- 
lismo propiamente dicho es de los tiempos modernos (3). El alcohol, con- 
siderado al principio, en el siglo xm, como un medicamento excepcional, 
no produce en realidad sus efectos desastrosos sino desde que la industria, 
en vez de extraerlo de la vid, lo obtiene de los cereales, de la patata ó de 
la remolacha. El alcohol moderno, sobre todo el que no procede del vino, 
es causa de profundos trastornos de la sensibilidad y á veces hasta de pa- 
rálisis generales, atacando muy pronto las facultades de la inteligencia: los 
alcohólicos padecen terroríficas alucinaciones, son propensos al suicidio y 
á la locura ó también quedan sumidos en un marasmo precursor de la 
muerte. Otras veces fallecen de una enfermedad especial, de un ataque de 
delirium ¡rcmens. 

Las consecuencias de la embriaguez varían según sea la bebida: el vino 
determina generalmente una exaltación cerebral que se manifiesta poruña 
alegría ruidosa; la cerveza, menos alcohólica, narcotiza y entorpece y sus 
electos son más duraderos que los de aquél. 

De todos los licores el más temible es el ajenjo porque une al veneno 
del alcohol un jugo que le es peculiar y que engendra la epilepsia, según se 
ha comprobado evidentemente con experimentos en animales y con nume- 
rosas observaciones de enfermos intoxicados. Vamos á reproducir la de- 
claración de un especialista, médico director del Asilo de Santa Ana de 
París (4), en la que se encontrará la descripción de los trastornos cerebra- 
les y fisiológicos ocasionados por los excesos de que nos estamos ocupan- 
do: «Escojamos, dice el citado doctor, dos hombres de la misma edad, sin 

( 1 ) El arack es un licor que se obtiene también del arroz fermentado. 

(2) El casave se extrae de la raíz seca de malva. 

(3) La palabra alcoholismo empleada para designar la enfermedad causada por el abu- 
so del alcohol, data tan sólo de i852. 

(4) El Dr. Magnán. 



LIBIIO SEXTO 



19 



antecedentes hereditarios morbosos, sin predisposición especial, habitual- 
mente sobrios, pero de poco tiempo d esta parte entregados d los excesos 
de la bebida, que consuman el uno aguardiente y el otro ajenjo. Los dos 
presentan los síntomas ordinarios del delirio alcohólico; los trastornos 
alucinatorios se apoderan de todos sus sentidos: los enfermos alcohólicos 
creen oir injurias, amenazas, provocaciones, descargas de fusilería; ven 
perros, gatos, animales de toda clase, llamas que les rodean, gentes arma- 




Escena de embriaguez, pintura de vaso. (Museo Gregoriano. 



das que se arrojan sobre ellos; perciben olores de azufre y fetideces que 
los asfixian; sienten sus carnes atravesadas por puñales, y les parece que 
sobre su cuerpo se deslizan serpientes. La vista, el oído, el olfato, el gusto, 
el tacto, todos los sentidos hállanse, pues, afectados de un modo lamen- 
table. Además, en ambos individuos se observa un temblor y la digestión 
en ellos es laboriosa... Hasta aquí todo es igual; pero de pronto uno de 
los dos palidece, lanza un grito, pierde el conocimiento, cae y permanece 
atontado: es el ataque del ajenjo (1).» Tales son los efectos de este licor que 
determina la epilepsia y cuyo consumo hemos visto doblar en siete años. 
Una breve estadística dará á conocer los progresos del alcoholismo en 
Francia: en 1856 había, en números redondos, 330.000 despachos de be- 



(1) VAlcoolisme. 



20 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bidas, ó sea uno por 113 habitantes; en 1874, 354.000, es decir, uno por 
105; en la actualidad, hay 460.000, ó sea uno por setenta y siete habitantes. 
París cuenta cerca de 30.000 tabernas y sólo en la calle de San Dionisio, 
que tiene 252 casas, hay 103. Siguiendo así, pronto estaremos á la altura 
de Bélgica, en alguna de cuyas municipalidades hay 136 tabernas por 146 
habitaciones obreras, ó de Dinamarca, en donde cada habitante mayor de 
edad consume anualmente 67 litros de bebidas espirituosas diversas. 

Desde el punto de vista del consumo, la progresión es naturalmente 
proporcionada al número de las tabernas; así la cantidad de alcohol abso- 
luto absorbido en 1850 y en 1897 guarda una relación de 150 á 428. Y 
siendo la graduación de los aguardientes vendidos en las tabernas de unos 
30 grados (1) y representando cada habitante de Francia, sin distinción 
de edad ni sexo, unos catorce litros de alcohol tal como se vende en las tien- 
das, resulta que en realidad cada verdadero consumidor francés absorbe 
anualmente unos cien litros de líquidos más ó menos alcohólicos (2), sin 
contar el que se introduce fraudulentamente. 

Si establecemos un paralelo entre las ciudades, veremos, por ejemplo, 
que cifras muy diferentes, como 18,7 y 1,50 corresponden al consumo 
de alcohol hecho por los habitantes de Cherburgo, París y Bezíers. 

En la distribución geográfica de la intoxicación por el alcohol, Fran- 
cia, desde hace algunos años, figura antes que Inglaterra, Austria, Rusia, 
Suecia, Noruega, etc. Y durante este tiempo su población disminuye con- 
tinuamente en proporciones espantosas. 

Los alcohólicos no son las únicas víctimas de su grosera pasión, sino 
que transmiten su enfermedad constitucional á sus hijos, quienes nacen 
con el estigma de la debilidad física ó mental, y ó mueren en edad muy 
temprana á consecuencia de convulsiones, ó son escrofulosos, raquíticos, 
tísicos, epilépticos ó idiotas (3). Los ejemplos comprobados de tan deplo- 
rable herencia son tan numerosos como indiscutibles. Hace pocos años 
practicóse en la Salpetriere de París una información, de la que resultó 
que de 83 jóvenes epilépticos, que allí había entonces, 60 eran hijos de 
borrachos incorregibles; y tomando como base de estudio 60 familias de 
alcohólicos probados, pudo verse que de 300 hijos, 132 habían fallecido 
muy niños, 30 padecían de epilepsia, 48 habían tenido convulsiones y mu- 
chos eran paralíticos ó estaban mal conformados. 

De algunos años á esta parte, varios médicos eminentes se han dedica- 
do á demostrar, por medio de experimentos directos y decisivos, que el 
alcohol, aun el mejor, no tiene las virtudes que se le atribuyen. 

Desde el punto de vista de su acción sobre las facultades mentales, las 
bebidas alcohólicas influyen sobre la voluntad, reemplazando la tutela de 



(i) El alcohol absoluto consumido es de cuatro ó cinco litros por cabeza. 
(21 Damos aquí un término medio, porque si en París cada habitante absorbe unos 
200 litros de vino al año, hay departamentos en que se bebe diez veces menos. 
(3) M. Coste, L'Alcoolisme, p'ág. 47. 



LIBRO SEXTO 21 

la razón por una excitación automática. Si el bebedor se vuelve comuni- 
cativo ó atrevido después de algunas libaciones, es precisamente porque 
sus facultades de fiscalización y raciocinio se han debilitado; á consecuen- 
cia de una excitación nerviosa pasajera, había más, pero piensa con menos 
acierto, y si su palabra gana en cantidad, en cambio pierde mucho en sen- 
tido común, por lo que no tarda en decir tonterías. Este hecho, por otra 
parte, se explica científicamente; pues el alcohol obra sobre las meninges, 
afectando sobre todo á la materia grasa del cerebro. «Sí, escribe M. Forel, 
en el bebedor, las asociaciones externas de palabras y de objetos aumen- 
tan durante un momento; pero es á costa de la asociación lógica y de las 
ideas generales, como lo demuestran las trivialidades, las paronomasias 
ó los atrevimientos de lenguaje del individuo sometido á la influencia alco- 
hólica.» Y así debe ser, puesto que la intoxicación, si se prolongara, aboliría 
la razón, la sensibilidad y acabaría por suprimir hasta la vida (i). 

El profesor Brouardel y otros citan casos de delirio que han exigido el 
encierro en una casa de salud y que se habían producido á consecuencia 
de emanaciones alcohólicas percibidas solamente á través de un techo. In- 
teligencias de hombres que se han abstenido ó se abstienen de tales bebi- 
das, como Demóstenes, Locke, Milton, Haller, Chevreul, Edison y otros, 
figuran entre las mejor ponderadas. En resumen, la ciencia en esto no ha- 
ce más que comprobar el sabio y juicioso consejo del Eclesiástico, que ha 
dicho: «Poco vino es muy suficiente para un hombre bien educado (2).» 

Se dice que el alcohol calienta; pero algunos juiciosos experimentos 
demuestran, por el contrario, que á un primer aflujo sanguíneo sucede un 
descenso de temperatura de 10 á 15 grados; por esto los exploradores de 
las regiones polares, los Nordenskjold y los Nansen, han renunciado á lle- 
varse entre sus provisiones líquidos alcohólicos. 

El alcohol, en dosis de 50 á 100 gramos, suspende la digestión destru- 
yendo los jugos gástricos, y esto es loque ha hecho creer equivocadamen- 
te que constituye un medio de alimentación; la autopsia de un borracho 
presenta el estómago de éste lleno de equimosis y de puntos hemorrá- 
gicos. 

La mortalidad de los hombres sobrios, comparada con la de los que 
frecuentan las tabernas, está en una relación de 8 á 23 aproximadamente; 
y si se quieren otras cifras más concretas, diremos que entre los 25 y los 
45 años de edad hay cuatro defunciones de ministros del culto por 18 de 
taberneros ó posaderos. 

En cuanto á las enfermedades producidas por el alcoholismo, como gas- 
tritis, neurosis, epilepsia, trastornos funcionales y cerebrales, están proba- 
das, entre otros, por las estadísticas de las sociedades de Socorros mu- 



(1) Sesenta ó setenta centilitros de aguardiente comercial han ocasionado á menudo 
la muerte. Antes de sucumbir el que ha tomado esta bebida en grandes dosis permanece 
en un estado de muerte aparente. 

(1) Sufficiens est homini erudito vinum exigum (XXXI, 22). 



22 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tuos (i), que por lo mismo que han de pagar indemnizaciones de jorna- 
les, estudian muy de cerca las causas que impiden trabajar. Las observa- 
ciones hechas durante cierto período han demostrado que esta huelga 
motivada por enfermedades de los asegurados ha sido de 52 días para les 
no bebedores y de 193 para los borrachos. 

En el departamento del Norte, uno de los en que más se bebe, el nú- 
mero de suicidios que han de atribuirse á esta intoxicación se ha sextupli- 
cado en trece años, ascendiendo desde 137 á 868 (2). 

Según las comprobaciones hechas en el Depósito de la Prefectura de 
Policía de París, los casos de locura alcohólica se han duplicado, subiendo 
de 367 á 729, representando esta última cifra la tercera parte del total de 
casos de enajenación mental. 

Finalmente, desde el punto de vista de la criminalidad en general, el 
72 por 100 de delincuentes son intemperantes (3), elevándose la propor- 
ción á 90 por 100 cuando se trata de individuos condenados por lesiones 
ó violencias. 

Y esto no son palabras, sino hechos. 

El aumento del número de tabernas se ha dejado sentir sobre todo 
desde 1880, en que se derogó la ley de 29 de diciembre de 185 1 que exi- 
gía la autorización del prefecto para poder abrir uno de esos establecimien- 
tos. ¡Y sin embargo, se prohibe á los farmacéuticos despachar los otros 
venenos sin prescripción facultativa! 

En Holanda, la ley de 1881 ha combatido el alcoholismo por medio de 
la reducción del número de tabernas y de la represión enérgica de la embria- 
guez pública: desde 1882, el número de tabernas de Amsterdam, que era de 
2.003, ha descendido á 1.640 y el consumo del alcohol ha disminuido en 
10.000 hectolitros. Hacia el año 1838 prodújose en Holanda un movi- 
miento general contra las bebidas alcohólicas, habiéndose puesto al fren- 
te de aquella cruzada el P. Mathieu, celoso predicador de la orden de Ca- 
puchinos, que durante cinco años recibió en distintas localidades el jura- 
mento de abstinencia de 5.640 personas. Al cabo de algún tiempo quebraron 
237 tabernas y hubo de cerrarse una de las cárceles de Dublín por falta 
de detenidos. 

Hay un medio tan original como concluyeme para demostrar la desas- 
trosa influencia del alcohol, cual es el procedimiento del Dr. Buchnerr, 
consistente en someter á las laboriosas abejas al régimen de la miel alcoho- 
lizada: este régimen hace desaparecer poco á poco todas las buenas cuali- 
dades de estos insectos, substituyéndolas con hábitos de desorden. Al prin- 
cipio gústales á esos animalitos esta perniciosa alimentación; pero luego, 
bajo la influencia de la misma, pierden el instinto del trabajo, que tan 
normal es en ellos, y el de la jerarquía, no menos poderoso; se vuelven 

(1) Según el Dr. Drysdale. 

(2) L'Alcool, por los doctores Serieux y Mathieu. 

(3) M. Marambat, escribano de Santa Pelagia. 



LIBRO SEXTO 2} 

antisociables, rebeldes y egoístas, y se entregan al saqueo y á la devastación 
de las colmenas vecinas. Este experimento sugestivo ha sido relatado por 
el profesor Lombroso en los Archivos italianos de antropología criminal y 
referido por otros después de él, habiendo sido objeto de una comproba- 
ción repetida y minuciosa. 

Las consecuencias individuales y sociales del alcoholismo son tan gra- 
ves que todos los años vemos cómo los poderes públicos, ora en un país, 
ora en otro, reducen cada vez más la venta de este temible producto, pu- 
diendo, envista de esto, preguntarnos si se llegará pronto á la prohibición 
legal del tráfico de alcoholes, salvo ciertas reservas muy limitadas. Dentro 
de este orden de ideas, el parlamento de Manitoba, provincia del Canadá, 
ha tomado la iniciativa de una proposición radical, cuyos principales ar- 
tículos á continuación extractamos: «Queda prohibida la venta de licores 
fuertes en la Provincia, la cual tendrá la facultad de fabricarlos..., pero sólo 
para la exportación. — Las bebidas embriagantes no pueden ser consumidas 
en los clubs, cafés, casas de huéspedes, fondas ni bars. — Los vinos y lico- 
res solamente se autorizan para los «usos sacramentales» ó como medicamen- 
tos y únicamente podrán ser vendidos por farmacéuticos}" droguistas licen- 
ciados. — Dentro de un año quedarán fuera de la lev todas las tabernas, 
bars y saioons, que ya no tendrán razón de ser. — Toda contravención será 
castigada la primera vez con una multa y en caso de reincidencia con la 
pena de prisión.» Tales son las rigurosas disposiciones que han sido some- 
tidas al Parlamento federal, en nombre de la moral y de la salud públicas. 

El deseo de proporcionarse la embriaguez incita á absorber no sólo 
alcoholes, sino también otros tóxicos, tales como el éter, el opio y la mor- 
fina, en forma líquida, ó de vapores ó de inyecciones. 

En el condado de Londonderry, en Irlanda, es sobre todo en donde se 
encuentran los bebedores de éter y asimismo las bebedoras de esta esencia tan 
estimada desde hace treinta años en la verde Erín. La costumbre de absorber 
esta bebida no se contrae desde el primer momento: «Su sabor acre y abra- 
sador requiere una especie de aprendizaje de la garganta y del estómago; por 
esto se empieza generalmente por beber un poco de agua antes de tragar 
la copa de éter, y á la larga el paladar se endurece, la garganta se acoraza 
y el estómago se curte. El bebedor, en vez de injurgitar previamente agua, 
la mezcla con su brebaje y con el tiempo acaba por absorber el éter puro. 
En los días de mercado, yendo por las calles, se percibe este penetrante 
olor, y es que todas aquellas gentes han bebido poco ó mucho... De pron- 
to se ve que algunos individuos que estaban tranquilos en apariencia se 
ponen á gesticular y se echan á reir á grandes carcajadas; luego quedan 
sumidos en un éxtasis estúpido ó en una inercia cataléptica que se mani- 
fiesta por una rigidez cadavérica, en tanto llega el golpe latal de la guada- 
ña de la muerte (i).-» Una particularidad explicará el atractivo que sienten 



(i) Journal des V., núm. 709. 



24 HISTORIA DE LAS CKEEXCIAS 

los eterómanos, y es que el éter, que á la postre los embrutece, empieza 
inspirándoles una extraordinaria alegría artificial. Esta propiedad de engen- 
drar un buen humor ficticio se atribuye también al protóxido de ázoe. 

Otra embriaguez bien conocida en las Indias y aun más en China y en 
Cochinchina, es la de los fumadores de opio, quienes en medio de las alu- 
cinaciones caen en un estado muy parecido á la muerte. Se ha negado la 
existencia en París de cafés ó más bien de salones de opio frecuentados por 
ciertos militares ó funcionarios que han residido en el Extremo Oriente; 
y sin embargo, el hecho es tan exacto que puede citarse el decomiso efec- 
tuado por la policía parisiense en 1900 en un fumadero de opio que había 
sido denunciado «por vender productos reservados.»- En Cochinchina 
hay fumaderos de opio explotados por chinos con patentes; pero la entra- 
da en estos establecimientos está prohibida á los europeos. «El local se re- 
duce á una sala con multitud de anchas banquetas adosadas á la pared y 
cubiertas con esteras de paja sobre las cuales se tienden los fumadores, los 
cuales, con la cabeza apoyada en pequeñas almohadas de porcelana ó de 
cuero endurecido, permanecen allí largas horas y hasta días enteros fuman- 
do opio en pipas que se les sirven ya preparadas. La mayoría de ellos fu- 
man alternativamente una pipa de opio y un cigarrillo de un tabaco chino 
muy fuerte. La atmósfera de la sala se carga de espesos vapores, el calor 
aumenta progresivamente y los consumidores caen entonces en un estado 
de somnolencia, ó mejor dicho, de sopor que engendra, según parece, una 
especie de estupidez durante la cual se creen sumergidos en la nada, lle- 
gando al fin un momento en que su espíritu se abisma poco á poco en una 
serie de contemplaciones ó de ensueños más ó menos delirantes. El cuer- 
po del fumador inveterado acaba por secarse, quedando pronto reducido 
á la piel y á los huesos (1).» 

Profundos son también los desórdenes producidos por la morfina, el 
más importante alcaloide del opio que le presta su propiedad narcótica. 
Los morfinómanos pertenecen alas clases más elevadas de la sociedad: unas 
veces es un desgraciado que padeciendo acerbos dolores busca en una es- 
pecie de parálisis voluntaria el olvido de su mal; otras se trata de un hom- 
bre disipado, ocioso, hastiado, desengañado, que recurre á la morfina 
mientras pide á la muerte que le libre de una existencia que constituye 
para él una carga pesada y quizás un remordimiento torturador. 

II. El hombre, lo mismo si se rebaja al nivel de los brutos por el ex- 
ceso de la buena mesa y de las bebidas embriagantes, que si recurre á los 
preparados químicos para adormecer su sensibilidad, vivir en el ensueño 
y entrar en la pasividad de una especie de Nirvana, deserta cobardemente 
de las luchas y de los combates de la vida. En cambio, los que, obedecien- 
do á un pensamiento superior, tienen energía para resistirá los instintos y 
á las solicitaciones del paladar, para afrontar las privaciones y el sufrimien- 



(1) Journ. des V , n.° 709. 



L113KO SEXTO 



25 



to, son tanto más viriles cuanto que libran mejor el alma de los pesados 
lazos de la materia. Este triunfo del espíritu sobre el cuerpo, sobre «el 
otro,» según la hermosa expresión del discípulo de Sócrates, comienza por 
una prudente sobriedad, se completa con el ayuno y la abstinencia y llega 
á su apogeo de energía con las mortificaciones del ascetismo. Tal es el cua- 




Fumadero de opio en Nanking 

dro más noble y más edificante que como contraste del anterior vamos á 
presentar. 

Es curioso el hecho de que los mismos paganos confiesen que la pri- 
vación de los goces permitidos constituye una obra meritoria: ...Estvirtus 
abstinuissc phcitis (i), lo que puede traducirse libremente por: «Evitarlo 
que gusta es muy á menudo una virtud.» 

Entre los israelitas, el ayuno era el accesorio obligado del luto, y el que 
lo observaba, comía unos pocos alimentos groseros, bebía sólo agua, se 
vestía miserablemente, dormía sobre ceniza y no rompía el silencio más 
que para entonar lamentaciones. Los ayunos prescritos por la ley eran 
anunciados á son de trompeta como las fechas de solemnidades; el pueblo, 
reunido en el templo ó en la plaza pública, escuchaba la lectura de las Sa- 
gradas Escrituras y los ancianos exhortaban á todos á que confesaran sus 
pecados é hicieran penitencia. En un principio los judíos no tenían más 



(1) Ovidio. 



26 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que un ayuno, el de la fiesta de las Expiaciones; pero luego establecieron 
otros tres sin contar los que practicaban en sus aflicciones particulares y 
con motivo de las calamidades públicas. 

Las comidas de los primeros cristianos en los días de penitencia se re- 
ducían á tan poca cosa, que San Basilio, en una de sus homilías, llama ale- 
gremente á la cuaresma «el sábado de los cocineros.» Los banquetes fra- 
ternales que se celebraban en los días de fiesta se denominaron ágapes, es 
decir, reunión caritativa de hombres de toda clase, según indica la etimo- 
logía (i), y tenían por objeto «la fracción del pnn;» sin embargo, las per- 
sonas ricas llevaban á ellos varios manjares que compartían con los fieles 
indigentes. La presidencia de la mesa correspondía á los obispos ó á los 
presbíteros. Los ágapes se celebraban con ocasión de las bodas, según la 
tradición judaica, en los entierros y en los aniversarios de las fiestas délos 
mártires. ¿Cómo se verificaban los primeros ágapes? Tertuliano nos lo di- 
ce en pocas líneas: «Ante todo, se daba alimento al alma con una oración 
á Dios; después se tomaba lo estrictamente necesario para satisfacer el 
hambre; se conversaba recordando que Dios escucha, se bebía poco, en- 
tonaban los presentes las alabanzas del Señor y terminaba la fiesta con 
otra oración.» 

San Pablo denuncia como enemigos de Jesucristo á «los hombres que 
hacen de su vientre un dios;» y en su epístola á los romanos aconseja que 
no se beba vino, sin por esto prohibir su uso á los fieles (2). San Jeróni- 
mo dice que los cristianos bebían poco (3), y de todos modos, cuando lo 
bebían, tenían la costumbre de invocar el nombre divino en una de estas 
fórmulas: Bibas in Christo! ó Bibas in pace Dei! (4) Sin embargo, á par- 
tir del siglo ni se introdujeron graves abusos en los ágapes que se servían 
no sólo en el domicilio de los fieles, sino también en las basílicas y en los 
oratorios, por lo que el concilio de Laodicea hubo de prohibir que en lo 
sucesivo se celebraran banquetes en los edificios destinados al culto. 

Sabido es que los judíos aplazaban hasta la puesta del sol la única co- 
mida de sus días de ayuno; esta costumbre pasó á la primitiva Iglesia y 
luego á las comarcas occidentales. Todavía en el siglo vin estaba prohibi- 
do quebrantar el ayuno antes de la hora de vísperas, es decir, á cosa de 
las seis de la tarde; por excepción autorizóse á Carlomagno para que co- 
miera á las cuatro, por caridad hacia sus funcionarios y cortesanos que, 
según la etiqueta de la corte, no comían hasta después de haber comido 
él, y gracias á esta dispensa, ya no se vieron los cocineros reales y sus ayu- 
dantes obligados á esperará la noche para sustentarse. Poco á poco, á partir 
del siglo x, se adelantóla primera comida á las tres y hasta al mediodía para 
las personas débiles y delicadas; en el siglo xiv la excepción pasó á ser regla 



(1) 'A-'ánr,,, amor, caridad. 

(2) Rom. VIH, 18, 10; XIV, 2i. 

(3) A. Marcella, XXXVI, 5. 

(4) Estos votos estaban también pintados ó grabados en los vasos en que se bebía. 



LIBRO SEXTO 27 

general, pues aun los más robustos no tenían escrúpulo alguno en comer 
al mediodía (i); pero, para salvar el principio de no quebrantar el ayuno 
hasta el momento de las vísperas, adelantóse también la hora normal de 
estos cantos. 

A esta primera brecha abierta en los rigores de la disciplina siguió 
muy pronto otra, ó sea la autorización para la colación. El origen de esta 
ligera comida es muy antiguo y procede de las costumbres monásticas. 
Muchos religiosos se dedicaban durante todo el día á esos penosos trabajos 
de roturación que han engendrado la riqueza del suelo de Francia, y cuan- 
do al anochecer regresaban al convento para escuchar la lectura espiritual 
ó conferencia (collatio), solían beber un vaso de agua y vino como refres- 
co; pero habiéndose observado que el uso de líquidos solos ofrecía graves 
inconvenientes para la salud si no se añadía á ellos algo sólido, se autori- 
zó á los religiosos para mojar en el agua y vino un pedacito de pan desti- 
nado á sostener sus fuerzas. 

Una carestía de aceite en el año 1420, escribe M. Mauricio Lenoir, fué 
causa de que se autorizara á los fieles á comer manteca durante la cuares- 
ma de aquel año; y en 1491, cuando Ana de Bretaña obtuvo del papa per- 
miso para usar manteca, por no haber en su país aceite, casi toda la Fran- 
cia siguió su ejemplo. De aquí los cepillos para la manteca que todavía se 
ponen en las iglesias durante el período cuaresmal. Una bula de Grego- 
rio XI autorizó á Carlos V y á su esposa la reina Ana para usar en cuares- 
ma leche, manteca y huevos, especificando que los cocineros del monarca 
podrían catar los manjares preparados con estas substancias, y asimismo 
probarlos los criados encargados de servirlos (2). Hasta el siglo xvi no de- 
claró el papa Julio III, generalizando la dispensa, que aquellos tres alimen- 
tos eran «de vigilia;» la Iglesia no quería ser «una madrastra dura y des- 
piadada, sino una madre dulce y fácil (3).» Desde entonces, la autoridad 
eclesiástica toleró el uso de aquellas substancias en toda la diócesis de Pa- 
rís, con la condición de que los pobres rezaran tres Padrenuestros y tres 
Avemarias cada día y los ricos hicieran limosnas. «¡Cosa extraña! El rey 
y el Parlamento, más severos en esto que el obispo de París, vacilaron 
mucho tiempo antes de sancionar esta concesión; pero la Iglesia no volvió 
sobre su acuerdo (4).» 

Las contravenciones á las leyes de mortificación eran perseguidas y 
penadas en virtud de ordenanzas, de decretos del Parlamento y de decisio- 
nes de Policía; el que no tenía con qué pagar la multa, «era azotado en 
las encrucijadas,» como dice, por ejemplo, una decisión de 3 de febrero 
de 1565 (5), ó bien «atado á la argolla delante del Gran Chatelet, con 



(1) Massard, La Liturgie expliqíiée. 

(2) Carlos V creía haber sido objeto de una tentativa de envenenamiento por parte del 
rey de Navarra. 

( ) Discurso de un doctor de París, fechado en 1564. 
(4) Alfredo Franklin, La vie privée. 
{'?) Conf. des Ordgn. por Guenois, I, 9. 



2S HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

una asadura de ternera cu el cuello,» como le aconteció, entre otros, á un se- 
ñor Gardy por haber vendido carne en tiempo de cuaresma. Dícese que 
si el poder civil manifestaba poca diligencia en aceptar estas concesiones 
de la Iglesia era porque el fisco de aquel entonces tenía gran interés en 
descubrir las contravenciones cometidas contra la abstinencia y el ayuno, 
con lo que lograba evidente provecho. Así por ejemplo, según la Orde- 
nanza de 20 de enero de 1563, «los carniceros y los vendedores de asados 
ó de pollos que expusieran al público carne durante la cuaresma incurrirían 
en una multa de 50 á 100 libras, que se repartiría por mitad entre el de- 
nunciador y el rey.» Y la mayor parte de las sentencias condenatorias es- 
tán concebidas en términos análogos. 

Para substraerse á la vigilancia religiosa del teniente de policía de Pa- 
rís, los «libertinos y calaveras,» según se les denominaba entonces, se di- 
rigían en grupos á los alrededores de la capital, especialmente á Charen- 
tón, para «comer de carne,» lo cual motivó una Ordenanza de Policía de 
i.° de marzo de 1659, dictada á fin de reprimir «ese escándalo público.» 
Un edicto de 1549, durante el reinado de Enrique II, prohibió expresa- 
mente las compras de carne en los días de abstinencia, á menos de que se 
presentara un certificado de médico. Clemente Marod fué encarcelado por 
haber comprado un trozo de tocino. Brantome refiere que una mujer, con- 
victa de haber comido en cuaresma cabrito y jamón, íué «condenada á 
pasearse por la ciudad con un cuarto de cabrito en ¡a espalda y un jamón en 
el cuello (1).» Los mismos hugonotes hubieron de conformarse en los días 
de vigilia con las Ordenanzas de Carlos IX que obligaban á los comprado- 
res de carne á adquirirla en los hospitales, en donde se les exigían las se- 
ñas de su domicilio, un certificado de médico y la designación del trozo 
de carne que deseaban, pues el cerdo, las aves y la caza estaban prohibi- 
dos en absoluto. Todavía en 1775 tenía la policía el derecho de confiscar 
la carne en las propias casas de los delincuentes; por esta razón se asaban 
á veces arenques delante de la puerta de la calle á fin de que no se perci- 
biera el olor de las carnes que se asaban fraudulentamente en la cocina. 
Aquel pescado estaba, desde hacía tiempo, muy generalizado en Francia; 
San Luis distribuía anualmente 10.000 en los hospitales y en los monas- 
terios. Comíanse también, como manjares de vigilia, langostinos, huevos 
de cangrejos sazonados con muchas especias, ranas y caracoles; á estos 
últimos eran muy aficionados los señores, que tenían criaderos de ellos 
como se tienen en la actualidad parques de ostras, En el siglo xvi la gen- 
te pobre se alimentaba principalmente de ballena salada que llegaba del 
Norte en enormes lonjas; pero este tocino de cuaresma, como se le llamaba, 
era muy duro é indigesto. 

Luis XVI, guardador escrupuloso de la ley del ayuno, no hacía duran- 
te la cuaresma más que una comida y una colación. Un día en que des- 



(1) Brantome, Ocuvres, tomo IX, pág. 583. 



LIBRO SEXTO 29 

pues de comer se disponía á salir de caza, fueron á pedirle órdenes para 
la cena. '(¿Quién habla de cena?, respondió. ¿Por ventura estamos fuera 
de cuaresma?» Y habiéndole hecho observar que la caza proyectada sería 
fatigosa, replicó: «La observación es acertada; pero, después de todo, mi 
caza no es de precepto.» E inmediatamente mandó dar contraorden á su 
séquito. 

Si las privaciones del ayuno se explican como penitencia, una cuares- 
ma laica es cuando menos una idea original; y sin embargo podemos citar 
una reglamentación de este género propuesta en 1793 en las circunstan- 
cias que vamos á recordar. La Comuna y la Convención, después de ha- 
ber abolido todas las observancias religiosas, pensaron en establecer una 
cuaresma cívica para reemplazar á la de la Iglesia; el motivo de ello era el 
deseo de disminuir el consumo de la carne, artículo que cada vez más es- 
caseaba: «La religión, dijo Vergniaud, ha ordenado una cuaresma para 
honrar á la divinidad... ¿Por qué la política no ha de adoptar un medio 
semejante en interés de la patria, á fin de suspender durante algún tiem- 
po el consumo de terneras?» (Sesión del 17 de abril de 1793) (1). Asu vez 
Thuriot pide, en 6 de junio, «que los ciudadanos déla República observen 
una abstinencia nacional durante el mes de agosto á fin de que el ganado 
pueda desarrollarse (2)...» Aceptada esta invitación, la sección del Hom- 
bre Armado aprobó en 20 de junio un decreto que declaraba una cuares- 
ma cívica de cuatro semanas; y al día siguiente la sección de Montmartre 
decidía también comer de vigilia durante el mismo período. Finalmente, en 
2i de febrero de 1794, bajo la presidencia de Saint-Just, Barere, en nom- 
bre del Comité de Salud pública, presentó un dictamen en el sentido del 
proyecto de Vergniaud, proponiendo «que los patriotas se impusieran vo- 
luntariamente las privaciones necesarias..., puesto que la cuaresma, por 
otra parte, era una institución tomada de la naturaleza.» ¿Hemos de aña- 
dir que esta proposición tuvo muy pocos partidarios? 

No podemos pasar en silencio los ayunos observados por los cismáti- 
cos rusos y el ramadán de los musulmanes. 

Ni el rudo clima del Norte ni las molicies déla civilización han supri- 
mido las severidades de la ley de mortificación en Rusia, en donde la terce- 
ra parte, por lo menos, de los días del año son de vigilia, lo cual se expli- 
ca por haber allí, en vez de una, cuatro cuaresmas: una antes de Navidad, 
que corresponde al Adviento; otra, más importante, que precede á la Pas- 
cua; otra por San Pedro y otra antes de la Asunción. Además hay dos días 
de abstinencia por semana, el miércoles y el viernes, en memoiia de la 
traición de Judas y de la muerte del Salvador. Durante las cuatro cuares- 
mas rusas está prohibido el uso de la carne, de la leche, de la manteca y 
de los huevos, y los rigoristas se abstienen hasta de pescado: «Entonces el 
labriego se alimenta desalazones y de coles en conserva, porque el pueblo 

(1) Moniteur del 20 de abril de 1793. 

(2) Moniteur del 11 de junio de 1793. 



30 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

gusta de tan duros ayunos, movido por el deseo de mortificar la carne, si- 
guiendo la recomendación de los popes, y asegurar de este modo el triun- 
fo del espíritu sobre la misma.)) El mujik y el obrero observan este ayu- 
no de anacoretas, contentándose á menudo con sus gachas y con su ordi- 
nario pan de centeno; pero las clases altas prescinden de él, exceptuando 
en la primera y última semanas de la cuaresma grande, en las que no hay 
apenas nadie 'que no se imponga alguna privación. En las cuatro épocas 
de penitencia, la policía tolera que los tráktirs sirvan alimentos prohibidos, 
tales como carne, manteca y huevos; en cambio el gobierno prohibe las 
representaciones teatrales durante la cuaresma principal y en las vísperas de 
las fiestas, siendo esta prohibición lo mismo para óperas que para dramas 
ó comedias. Mas como el Estado únicamente cierra los teatros subvencio- 
nados, resulta de ello que los circos, los saltimbancos, los cafés conciertos, 
las operetas y los teatros bufos hacen entonces su agosto mientras descan- 
san los coliseos serios; por esto ha podido decir con cierta razón M. Leroy- 
Beaulieu que la «cuaresma en los grandes centros rusos era la temporada 
de Offembach y de Lecoq.» Sin embargo, más de una vez se ha aplicado 
el artículo 155 del Código penal ruso en casos de representaciones teatra- 
les contrarias á la disposición de la ley; y de todos modos, es evidente que 
una gran parte de la Rusia ortodoxa se somete dócilmente á la observan- 
cia de aquellos preceptos. 

Ocupémonos ahora de la famosa cuaresma musulmana, del rama Jan. 

Una de las particularidades del derecho musulmán es la absoluta con- 
fusión que existe entre la prescripción religiosa y la obligación legal. La 
legislación, fundada especialmente en el Alcorán, prescribe una infinidad 
de deberes que, al parecer, nada tienen que ver con la legislación positiva, 
tales como oraciones, limosnas, peregrinaciones, ayunos y mortificaciones 
de toda clase. 

Los ayunos obligatorios son seis; pero el más célebre de todos ellos es 
el ramadán, que corresponde al noveno mes del año turco. Este ayuno ha 
de observarse con un rigor absoluto, estando prohibido tomar alimento 
alguno desde la salida hasta la puesta del sol (1). La minuciosidad de las 
prescripciones es punto menos que increíble, y si no tuviéramos á la vista 
los mismos textos, nos parecería que se trata de citas puramente imaginati- 
vas. Así por ejemplo, para adiestrar á las aves al cebo se pondrá un poco 
de alimento en los labios, pero sin tragar nada; está prohibido beber y 
hasta aspirar los vapores de los manjares que se guisan; asimismo debe po- 
nerse mucho cuidado en no ingerir polvo alguno ni ningún cuerpo extra- 
ño. La absorción «del granizo y de pequeños guijarros» rompe el ayuno; 
lo propio sucede con los baños y con los lavatorios, y con los vómitos vo- 
luntarios; pero el texto añade, refiriéndose á estos últimos, que «si alguien 
padeciere este accidente en vez de provocarlo, no faltaría con ello á la 

(1) En los días de ayuno el morabito da la señal de las comidas ucuando ya no se]pue- 
de distinguir el color de un pelo de camello.» 



LIBtfO SEXTO 3 I 

ley (i).» So pena de romper el ayuno, nadie se lavará Jos dientes con un 
cepillo húmedo, ni se mascarán las partículas de alimentos que entre los 
dientes hayan quedado; tampoco se puede fumar sin pecar (2). Si 
por casualidad en el momento de salir el sol tiene alguien en la boca algu- 
na substancia alimenticia, habrá de escupirla inmediatamente. Asimismo 
se procurará evitar los sorbetones. Se recomienda á los «creyentes» que en 
tiempo de ayuno se abstengan de ungüentos en cuya composición entren 
el áloe ó el almizcle, y que eviten el perfume de las flores, especialmente el 
del narciso. La edad en que comienza á ser obligatorio el ayuno para los 
musulmanes es generalmente la de quince años para los varones y nueve 
para las hembras; sin embargo, desde la edad de siete años se acostumbrará 
poco á poco á los niños á la abstinencia. Al ponerse el sol, un cañonazo 
anuncia á las poblaciones que ha llegado al fin la hora de comer; y se ha 
observado que por condescendencia á las creencias del islamismo, nues- 
tros cañones franceses servían, por orden de nuestros gobernadores, para 
dar esta señal. 

Si fallece un musulmán sin haber cumplido los ayunos prescritos, el 
heredero viene obligado á cumplirlos en la medida que hubiera debido ha- 
cerlo el difunto en vida; es un pasivo de la herencia como cualquier otro, 
y si el heredero tiene el deber de pagar á los hombres el pasivo del muer- 
to, ¿por qué, dicen los mahometanos, ha de dispensársele de ponerse tam- 
bién en paz con el cielo? La deuda del ayuno pesa sobre el heredero de más 
edad, y si los herederos son gemelos, se admite que se repartan el deber 
piadoso ayunando cada uno la mitad del tiempo legal; sin embargo, esto 
último es objeto de controversia. 

Está prohibido el ayuno de devoción observado por la esposa contraía 
voluntad y hasta sin la autorización positiva del marido (3): la mujer 
musulmana no es dueña de su propia conciencia ni siquiera en los casos 
más personales. 

Un viaje no dispensa del ayuno; por lo menos inmediatamente des- 
pués de su regreso el creyente habrá de someterse á este deber. El que 
sin motivo viola el ramadán ha de rescatar un esclavo ó ha de ayunar dos 
meses (el ramadán sólo dura uno) ó ha de dar limosna á sesenta pobres. 
La ley ordena además un cierto número de ayunos expiatorios, por 
ejemplo, en caso de homicidio ó de abandono de una peregrinación, ó 
cuando la mujer, en un rapto de desesperación, «se ha desfigurado arañán- 
dose el rostro y arrancándose los cabellos.» 

Si miramos hacia atrás, veremos que todos los pueblos han admitido la 
práctica del ayuno y de la abstinencia como acto religioso propio para ex- 
piar las faltas y dominar las pasiones y para aplacar la cólera del Dios 

(:) Querry, Droit musulmán: Des dev. relig., tomo I, pág. 1 85 

(2) Los extranjeros que en estas ocasiones seencuentran entre musulmanes se divier- 
ten á veces echándoles á la cara bocanadas de humo, y entonces los discípulos de Maho- 
ma vuelven precipitadamente la cabeza. 

(3) Droit musulmán, pág. 200. 



32 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vengador. En efecto, hay axiomas de sentido común, verdades eternas 
que encontramos en todas partes; he aquí por qué, en concepto de la «Sa- 
biduría de las naciones,» refrenarla gula ha sido siempre considerado como 
el verdadero triunfo del espíritu sobre la materia. 

Los sacerdotes de Egipto, los magos de Persia y los gimnosofistas de 
la India hacían voto de no comer nunca lo que había tenido vida, siendo 
muchos los sectarios de Brahma que todavía observan esta costumbre en 
el Indostán. Pitágoras sólo consentía un uso muy moderado de la carne 
y del vino, y prohibía una y otro en absoluto á los que aspiraban á una 
mayor virtud. «Para elevar á las almas á la unión divina, decía, es preci- 
so desprenderlas de esa envoltura mortal que las tiene encadenadas y les 
comunica sus manchas.» Animados por esta misma idea superior, Platón 
y otros maestros ilustres obligaban á sus discípulos á privarse de alimen- 
tos y de bebidas exquisitos... De la secta pitagórica salieron Epaminon- 
das, tan célebre por sus virtudes; Arquitas, tan famoso por su genio; Mi- 
lón de Crotona, tan renombrado por su prodigiosa fuerza, y el mismo Pi- 
tágoras, el hombre más ilustrado de su tiempo. El que quería ser iniciado 
en los misterios de Cibeles ó de Eleusis había de ayunar previamente sie- 
te y hasta diez días. Los romanos tenían ayunos solemnes en honor de 
Ceres y de Isis. De modo que la misma filosofía pagana admitía que la 
abstinencia es útil para la perfección del alma: «El sabio, dice Séneca, no 
es amigo, sino dueño de su cuerpo, al que considera como una verdadera 
carga, concediéndole únicamente aquello que su salud requiere y aun tra- 
tándolo duramente para hacerlo más sumiso al espíritu (i).» 

No cabe ninguna duda de que la buena mesa y la plétora han causado 
más víctimas que las privaciones del ascetismo. Bernardino de Sainr-Pie- 
rre (2) hace observar que los pueblos que se alimentan de vegetales son 
los más robustos, los más fuertes, los menos expuestos á enfermedades y 
los que más tiempo viven. En Europa tenemos como ejemplo á una gran 
parte de los suizos. Los aldeanos, que representan la porción más vigoro- 
sa del pueblo, comen relativamente poca carne. Los turcos y los rusos, 
según acabamos de ver, tienen muchos días de abstinencia, y sin embargo 
resisten mejor que otros toda clase de fatigas. Los negros que en las co- 
lonias soportan tan duros trabajos sólo se alimentan de mandioca, de 
batatas, de arroz ó de maíz, y los bracmanes de la India, muchos de los 
cuales viven más de un siglo, no comen más que vegetales. 

Algunos han sostenido que un régimen excesivamente carnívoro ha 
llegado á ser para el hombre más bien una costumbre que una necesidad. 
En todo caso, los padres del desierto, que en otro tiempo hacían voto de 
no comer carne, veían prolongarse su existencia de mortificaciones mu- 
cho más allá de los límites ordinarios: San Pablo, primer ermitaño, vivió 
ciento trece años; San Ambrosio, ciento cinco; San Arsenio, ciento vein- 

(1) Séneca, Epist. VIII, XCII .. 

(2) l'witx d'un solitaire. 



LIBRO SEXTO 



te; San Juan el Silencioso, ciento cuatro; San Teodoro abad, ciento cinco- 
Ios dos Macarios, San Pafnucio, San Sabas y San Juan de Egipto vivieron 
también más de un siglo, á pesar de las fatigas infinitas que sufrieron. 

En dos conferencias dadas hace algunos años en el Colegio de Fran- 
cia, un miembro del Instituto (i) expuso las poco conocidas teorías de los 
irlandeses sobre el ayuno legal. Hubo un tiempo en Irlanda en que recla- 
mar á ciertos personajes el dinero que debían constituía un sangriento ul- 
traje. Esto requiere una explicación. Si el acreedor que no podía cobrar 
su crédito tenía el atrevimiento de trabar un embargo ó siquiera de recla- 
mar el pago de la deuda á un deudor noble que se mostraba recalcitrante 
se exponía á que por su osadía mortificante se le aplicara la «tarifa del 
honor ofendido,» á tenor de la cual la progresión de la multa era la si- 
guiente, según la condición del negligente deudor: «i.°, diez animales cor- 
nudos; 2.°, veinte animales cornudos; 3. , cinco mujeres esclavas ó trein- 
ta animales; 4. , siete mujeres ó cuarenta y dos animales; 5. , veintiuna 
mujeres ó ciento veintiséis animales... Y finalmente, si la ofensa iba diri- 
gida al rey, el mínimo de la reparación consistía en veintiocho mujeres 
esclavas, «equivalentes á ciento sesenta y ocho animales cornudos.» El 
acreedor tenía, sin embargo, un medio de hacer pagar al noble personaje 
sin exponerse á esas indemnizaciones ruinosas; y este medio le^al consis- 
tía en instalarse delante de la puerta de la casa del deudor «y ayunar allí 
para hacerle comprender que necesitaba dinero...» Después de este ayu- 
no demostrativo al par que simbólico, el acreedor quedaba en libertad 
de invocar su derecho y hasta de emplazar judicialmente si la deuda no 
era reconocida ó si el deudor «no respondía al ayuno dando garantías.» 
Supongamos que, á pesar de la gestión de que acabamos de hablar, «el 
deudor sea bastante osado, dice la iey, para persistir en no pagar al deu- 
dor que ha ayunado (2);» ¿qué sucederá entonces? En este caso el deudor 
habrá de pagar, como penalidad, «el doble de la suma debida.» Y dentro 
del espíritu de la ley, esta suma de este modo doblada, no sólo había de 
ser una especie de multa, sino que además implicaba un borrón moral 
puesto que la obligación del doble era la pena con que el derecho común 
del país castigaba el robo. 

Remontándonos á mayores alturas, veamos cómo los santos comba- 
tieron y triunfaron del instinto de la gula y de la afición al bienestar. 
Para ello agruparemos los episodios dentro del orden lógico de las ideas 
sin preocuparnos de la sucesión cronológica. 

Muchas almas, sedientas de un deseo de expiación y de mortificación 
y no contentas con observar de una manera escrupulosa las leyes eclesiás- 
ticas, buscaron los ásperos goces de la penitencia, llevada á veces hasta 
el heroísmo. San Juan Crisóstomo, San Ivo y otros muchos santos re- 
nunciaron al vino; San Gerlac hizo voto de no beberlo nunca más y á 

(1) M. D'Arbois de Jubainville, Rev. Hist. 
(1) Loe. cit. 

Tomo III 3 



34 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Santa Genoveva no hubo modo de convencerla de que lo bebiera, ni si- 
quiera en su vejez (i). Santa Rosa de Lima estuvo siete semanas sin beber; 
Mme. de la Valliere pasó el último año de su vida en este sufrimiento, y 
la venerable Sor G. de Valencia se condenó á sí misma á permanecer sie- 
te años en la abstinencia más completa de todo líquido. San Lupicino, 
solitario del Jura, se prohibió al final de su existencia toda bebida, y du- 
rante los grandes calores se limitaba á mojar un poco en agua el pan para 
calmar su sed; otras veces se contentaba con meter las manos en un cubo 
lleno de agua. La enfermedad no disminuyó su intrepidez, y habiéndole 
presentado un religioso en su lecho de muerte un poco de agua mezclada 
con miel para atenuar la fiebre que le devoraba, se negó á bebería. Santa 
Clara de Rímini padeció durante los últimos doce años de su vida el mis- 
mo suplicio, á consecuencia de una mortificación análoga; San Eloy y 
Santa Catalina de Genova bebían agua, pero después de haber echado en 
ella un chorrito de vinagre, etc. 

Estas victorias sobre la sed nos llevan á decir algo de las obtenidas so- 
bre el hambre. El pan seco bastó á San Juan Crisóstomo durante dos años; 
á San Arnuldo, durante tres y medio; á San Guillermo, duque de Aquita- 
nia, durante nueve años; á San Amando y á Santa Inés de Monte Pulcia- 
no, durante quince; á Santa María Magdalena de Pazzi, durante veinticin- 
co; y á un solitario de quien habla San Jerónimo, durante treinta. San 
Francisco Javier pasó un año sin tomar más alimento que legumbres, y 
San Bernardo se hizo potajes con hojas de haya y jugo acre de hierbas. 
Santa Genoveva se contentó hasta la edad de cincuenta años con unas po- 
cas habas cocidas en agua, y Santiago el Menor jamás comió «nada que 
hubiese tenido vida.» San Catalina de Genova y Santa Francisca Romana 
no comían más que cosas insípidas; San Hilarión no se permitía otra ali- 
mentación que hierbas picadas, bastándole cinco onzas de alimento, lo 
mismo que á San Romualdo; el cura de Ars redujo su ración á cuatro y 
hasta á tres onzas diarias, y San Porfirio no tomaba aceite y queso sino 
en los días de grandes festividades. Santa Paula se privaba de manteca, 
huevos, miel, pescado y de todo cuanto tuviese algún sabor, y finalmente 
muchos santos renunciaron en absoluto al uso de la sal. San Bernardo iba 
al refectorio como á un suplicio y le entristecía la sola idea de que e-a 
preciso sentarse á la mesa. San Odilón y San Francisco de Asís no se li- 
mitaban á ayunar á pan y agua, sino que además cubrían de ceniza el 
pedazo de pan basto de que se alimentaban. Ciertos solitarios y religiosos 
tenían la costumbre de mezclar los viernes infusiones amargas con los ali- 
mentos, para acordarse mejor del vinagre ofrecido á Jesucristo en el Cal- 
vario; con este mismo objeto empleaba Santa Brígida la genciana. Santa 
Rosa de Lima hizo voto á los quince años de abstenerse de carne, y cuan- 
do su familia la obligaba á comer un poco, hacíalo por obediencia, pero 



(.) M. L -Nicolardot. 



LIBRO SEXTO 3 5 

echaba disimuladamente alguna substancia amarga en los pedazos que le 
servían; más adelante, llevó siempre consigo hiél para rociar con ella los 
alimentos que le daban. 

La perseverancia de estos actos de voluntad hace que sean quizás más 
asombrosos que las hazañas de que los campos de batalla han podido ser 
testigos: en efecto, más de un hombre que, embriagado por el olor de la 
pólvora, no vacilará en exponer su vida, no tendría energía suficiente para 
privarse, particularmente y lejos de las miradas de los hombres, de un ci- 
garro ó de una golosina. 

A los jóvenes afeminados por las delicadezas de una existencia cómo- 
da conviene explicarles cuál es el régimen adoptado por intrépidos após- 
toles de la fe. Entre los hurones, por ejemplo, el alimento que los misio- 
neros comparten con los indígenas se compone de raíces y de carne de 
alce, de bisonte ó de oso; y aun la calidad de los manjares es lo de menos; 
lo peor es la repugnante suciedad de aquellas gentes. Así por ejemplo, el 
autor (i) de quien tomamos estos datos nos dice que los hurones que 
quieren conservar la carne, la cortan en pedazos que aplastan con los pies 
antes de ahormarlos: «Teníamos en nuestra choza, escribe el misionero, 
tres individuos enfermos de escrófulas; más de cien veces les vi lavarse las 
manos en el jarro que contenía nuestra bebida común, beber en ella como 
animales, echar allí los restos de sus comidas, los huesos por ellos roídos. . ., 
y sin embargo no teníamos más que aquel líquido para apagar nuestra sed.» 
Los hurones tienen también la costumbre de coger los alimentos con las 
manos, y como no tienen toallas para limpiarse, se secan los dedos con sus 
cabellos ó pasándolos por la espalda de su perro (2). En la obra que cita- 
mos, un misionero refiere alegremente cómo, aguijoneado por el hambre, 
se comió pedazos de su sotana, hecho que, aunque inverosímil, se expli- 
ca, puesto que para remendar su vestido había cosido debajo de los desga- 
rrones trozos de piel de anguila, restos indigestos que un día se vio obli- 
gado á tragar para no perecer de inanición. 

Terminemos este capítulo con el extracto de una carta del Rdo. P. de 
Deken que se refiere al sistema de alimentación seguido en el Congo (3). 
«Cansado de los platos de tórtola y de antílope, dice ese misionero, tuve 
un día la suerte de encontrar algo mejor en los alrededores de Leo. En un 
corpulento árbol había un mono muy grande que se alisaba la barba y al 
cual maté de un certero disparo de mi fusil. De momento vacilé en cargar- 
lo sobre mis hombros, tanto pesaba; pero pensé que un civet de mico no 
era para despreciado... Uno de nuestros invitados que probó aquel man- 
jar, nos preguntó ingenuamente si en aquellas llanuras abundaba la liebre, 
y para disuadirle de su error, fué preciso enseñarle la ridicula cabeza del 
animal... Otro festín se compuso de patatas con ajo, guisadas en grasa 

( 1 ) P. F. Rouvier, A u berceau de Vau'.re France. 

{!.) Loe. cit., 278. 

(3; Miss de Chinj et du Congo, Antuil. cath , 1S9G. 



3 6 HISTORIA DE LAS CREEXCIAS 

de hipopótamo y aderezadas con pili-pili, pimienta indígena, y de enor- 
mes orugas amarillas fritas en aceite de palma: estas larvas, de seis centí- 
metros de largo por dos de grueso, tienen la piel lisa y la carne compacta 
y se encuentran en la medula de las palmeras. Este manjar sería comple- 
tamente delicado si se le pudieran añadir algunas gotas de limón...» Y el 
autor añade que la cola de cocodrilo y las hormigas blancas son manjares 
que un misionero no debe desdeñar. 

Bien podemos, pues, repetir con San Jerónimo: «Nada hay, en verdad, 
que enfríe el ardor de la caridad; por ella toda repugnancia se vence; por 
ella todo se hace amable.» 



CAPITULO II 

LA AFICIÓN AL TEATRO Y AL BAILE EX LA HUMANIDAD 
LA NOVELA MODERNA 

Las transformaciones del teatro en la historia. — Investigaciones sobre los orígenes religio- 
sos del arte teatral. -Detalles acerca de las representaciones entre los griegos y los ro- 
manos: el thumelé y la liturgia teatral.— Por qué se bajaba el telón para comenzar la 
función —Títeres sagrados: syrinx, silbido, decoraciones, artificios y máscaras; pape- 
les de mujeres...— Empleo en los dramas de los condenados á muerte.— Particularida- 
des del teatro en el Japón, en China, en la India, en Turquía, en Persia, etc., según 
documentos originales —Ojeada sobre el teatro contemporáneo: lo que mas gusta en la 
escena —Por qué las comedias rara vez son morales...— El baile desde el punto de vista 
histórico.— Pantomimas piadosas de los egipcios— Textos de las Sagradas Escrituras 
relativos al baile entre los hebreos.— Coros cíclicos de los pelasgos: corodias, a-emba- 
íos...— Danzas cómicas en Grecia: la grulla: el buitre, el mochuelo, el buho.— Empleo 
del scabellum para marcar el compás. — Danzas piadosas de los primeros cristianos.— 
Derecho feudal de «menestrender;» cofradía délos maestros de baile.— Danza macabra. 
— La mímica de los no civilizados: danzas llamadas de la foca, del gorila, del kanguro, 
del oso. .— Danzas sagradas ó guerreras.— La vida realy la novela: estudio critico, etc. 

I.— ¿Quién reconocería en el teatro, tal cual lo vemos, una institución 
de origen sagrado, una de las formas desviadas del culto y de las prime- 
ras liturgias? Y sin embargo, nada menos discutible, según vamos á pro- 
bar en pocas líneas: nuestras diversiones más profanas, el teatro y el bai- 
le, se derivan del sentimiento hierático y de la piedad de los pueblos. 

La tragedia griega había nacido en las fiestas de Baco (i) y formaba 
positivamente parte del culto público; los teatros habían de ser edificados 
en las inmediaciones del templo del dios, y mientras estaban en el ejerci- 
cio de sus funciones, los actores y los cantores, asimilados en cierto mo- 
do á los sacerdotes, eran declarados inviolables y sagrados. 

Entre los griegos, la obra trágica, considerada en sí misma, está ins- 
pirada por completo en las creencias nacionales, apareciendo en cada una 
de sus páginas la idea religiosa para relatar las aventuras de los dioses, 
mostrar la protección de éstos á los hombres y describir los episodios re- 
lacionados con la sepultura ó con la glorificación de sus héroes. Los jue- 
gos escénicos de tal modo eran uno de los elementos del culto, que en el 
centro del proscenio se alzaba un estrado cuadrado llamado el thumelé] en 
el que se ofrecían sacrificios á Baco (Dionysos) antes de comenzar el espec- 
táculo. En torno de esta ara, y ocupando el puesto de honor, agrupában- 
se los músicos y los coristas que desempeñaban un papel preponderante 

(i) En las fiestas de las Prensas de lagar ó Léneas y en las Dionisiacas se celebraban 
concursos dramáticos. 



38 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en el teatro antiguo. La ofrenda, que generalmente consistía en un macho 
cabrío, era consagrada i Baco cuando se representaba una tragedia (i), y 
á Apolo cuando se trataba de una comedia. En primera fila y en el sitio 
de honor había un sitial destinado al gran sacerdote del dios. El coro (2) 
corría á cargo de los ciudadanos ricos, los cuales pagando los gastos del 
mismo, denominados liturgias (3), creían cumplir un deber de piedad pa- 
triótica al mismo tiempo que conquistaban los sufragios populares. 

Finalmente, por extraño que parezca, hasta los títeres admirados en los 
teatros griegos tuvieron un origen sagrado. Ateneo se revuelve contra sus 
contemporáneos de la Gran Ciudad que no se avergonzaron de hacer re- 
presentar por los fantoches del llamado Pothein los más respetables perso- 
najes de las tragedias de Eurípides. Los griegos habían tomado los títeres 
de los egipcios: en sus peregrinaciones ó en sus fiestas públicas hacían figu- 
rar estatuitas de los dioses, sobre todo de Baco, de un codo aproximadamen- 
te de alto, que se movían por medio de cordeles ó de muelles disimulados (4). 
«Los tontos son los que me mantienen, porque son ellos los que vienen 
en tropel á ver danzar mis muñecos (5),» dice el batelero Filipo á Sócrates. 
Platón, á su vez, compara nuestras pasiones con los hilos que hacen mo- 
ver á los títeres (6). En el tratado Del mundo, obra atribuida á Aristóteles, 
el autor describe en los siguientes términos la perfección de las muñecas 
mecánicas: «Cuando los que hacen maniobrar esas figuritas tiran del hilo, 
el miembro obedece en seguida; se ve cómo el cuello se dobla, cómo se 
inclina la fíente, y los ojos y las manos parecen de personas vivas, tantas 
son la gracia y la perfección con que se ejecutan los movimientos (7). 

Los javaneses, como los griegos, tienen títeres religiosos que represen- 
tan diversos espíritus ó genios. Hemos visto una colección de esos peque- 
ños y espantosos personajes ingeniosamente articulados como los de Sera- 
fín, que sirven para las escenas representadas delante de los indígenas de 
Java. Los grandes dignatarios no desdeñan esta diversión, y de ello es 
buena prueba la exhibición interesante de títeres del Sultán de Suracarta, 
puestos en lila en el pabellón de las Indias holandesas cuando la última 
exposición universal de París. 

La «ópera,» es decir, la manifestación escénica en su plenitud y en su 
poderío, ayudada por todas las artes accesorias que la completan; la ópe- 
ra que sólo vive de magia, de ideal, de tradiciones mitológicas, no es, á 
lo sumo, otra cosa que una transformación de los dramas litúrgicos con 



(1) De toa^o;, macho cabrío, y fóof,, canto — Boileau, tomándolo de Horacio, dice que 
se daba también un macho cabrío al 'primer artista (Horacio, De art. p., 220; Boileau, 
Árt.p. ,111, ó 1). 

(?) También comprendían ora un banquete publico {.r¡-.:x3: ), ora carreras de antor- 
chas ()va[A-aoí¡woptai). 

(4) Herod.', II, 107. 

(5) Le Theatre, por M. Magnin. — Jenofonte, IV, párrafo 55. 

(6) Platón, De legibus, libro!, pág-. 644. 

(7) Aristóteles, cap. VI, pág. 376. 



40 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que se solemnizaron las fiestas religiosas. Andando el tiempo, desapareció 
el carácter sacerdotal para ceder su puesto á las representaciones profanas, 
si bien conservando el amor á lo maravilloso y á la fábula. Aparte de las 
solemnidades admitidas en los templos, las primeras instalaciones teatra- 
les fueron, al parecer, carretas y lienzos transportables, de los que nos 
dan idea las barracas de nuestras ferias: tales el carro de Thespis para la 
tragedia y los caballetes de Susarión para la comedia. A estas instalacio- 
nes sucedieron construcciones estables de madera; pero habiéndose hundi- 
do el teatro de Atenas, Temístocles mandó edificar uno nuevo, de piedra, 
que sirvió de modelo á todos los que posteriormente se construyeron. Es- 
tos teatros se construían preferentemente adosados á un montículo ó á 
una roca, en los que se practicaban asientos para los espectadores, y se 
procuraba que estuvieran orientados de cara al Norte á fin de preservar al 
público de los rayos del sol. La parte semicircular ó hueco (r-otXov) destina- 
da al público constituía el anfiteatro. Los asistentes eran clasificados por 
categorías: sacerdotes, magistrados, generales; después los ciudadanos y 
por último el pueblo. En los teatros á cielo abierto se representaban prin- 
cipalmente bs pantomimas; en los cubiertos se colgaban campanas de 
bronce, ',x 3Ta , para reforzar la voz de los actores; y delante de las gradas 
estaba el escenario ó parte rectangular, destinada á los artistas. El fondo de 
la escena, en vez de estar formado con telas decorativas, se compuso en un 
principio de una construcción estable, embellecida con ricos adornos ar- 
quitectónicos y dotada de tres puertas. 

Los teatros de Roma, como los de Grecia, eran de inmensas propor- 
ciones: los de Herculano y de Pompeya contenían de 35 á 40.000 asien- 
tos. Su número debía ser muy considerable, á juzgar por los vestigios que 
se han encontrado en Italia, en Sicilia, en España y en Francia, en donde 
Orange, Arles, Autún, Lyón, Antibes, Frejus, Cahors, Langres, etc., po- 
seen los restos más interesantes de esta clase de construcciones. Los roma- 
nos conocieron el telón ó cortina (1), que se diferenciaba del actual en que 
en vez de desenrollarse descendiendo desde el techo hasta el suelo, salía y 
subía desde las profundidades para volver á hundirse cuando los actores 
iban á salir á la escena, de modo que se bajaba el telón cuando la función co- 
mentaba. La expresión de Horacio auLca premuntur (se ha bajado el telón) 
significa, pues, «empieza la comedia;» y por el contrarío, la frase de Ovi- 
dio auhea tolluntur (se alza el telón) equivale á «la comedia ha termi- 
nado.» 

Las patricias podían depositar á la puerta de los corredores ó «vomi- 
torios» los objetos de que querían desembarazarse y á cambio de los cua- 
les recibían un cuadrado de marfil (carta ebúrnea); después ofrecíanles 
una banqueta y una almohada (scamnnm ac pulvinum). 

El silbido, empleado como muestra de impaciencia ó de desaprobación, 



( 1 ) A ulceum ó siparium. 



LIBRO SEXTO 



41 



estaba muy en boga entre los griegos, los cuales utilizaban para silbar un 
instrumento de varias notas llamado syrinx que les permitía producir so- 
nidos más ó menos agudos según el grado de descontento que querían 
manifestar. Demóstenes se sirvió de una flauta de este género, compuesta 
qe siete tubos, para burlarse de Esquino un día en 
que éste había subido al teatro con objeto de 
ejercitarse en la palabra antes de atreverse á su- 
bir á la tribuna. 

Los pórticos del escenario eran cubiertos, 
pero la parte reservada al público sólo estaba 
abrigada por unos lienzos fijados en mástiles. 
Desde la galería que rodeaba al teatro hacíase 
caer sobre éste como un rocío de agua de olor 
distribuida por medio de varios tubos dispues- 
tos en las estatuas que se alzaban en lo alto de 
los pórticos. 

Las máquinas eran de muchas clases: encima 
de los actores había cuerdas destinadas á hacer 
aparecer, en caso necesario, los dioses celestia- 
les; y debajo del teatro abríase un escotillón (1) 
para las Sombras, las Furias y otras divinidades 
infernales, al que se daba el nombre de «agujero 
de Caronte, barquero de los Infiernos.» Distin- 
tos aparatos correspondían á los artificios de 
los maquinistas modernos para simular nubes, 
truenos ó relámpagos; las decoraciones giraban 
sobre sí mismas y tenían tres distintas caras, lo 
que facilitaba las mutaciones; y finalmente al- 
gunos suelos de contrapeso servían para elevar 
á los actores al nivel del escenario y bajarlos 
en el momento oportuno. A los trajes de teatro 
añadían los artistas el uso de una especie de cas- 
co con el que se cubrían la cabeza, y también 
de la máscara que representaba las facciones de 
diversos personajes. Es de notar que no había 
actrices y que los papeles femeninos eran repre- 
sentados por hombres; por esta razón era tanto más útil la máscara, gracias 
á la cual los intérpretes se ponían la fisonomía que deseaban. Las másca- 
ras se fabricaron primeramente de corteza de árbol, después de cuero fo- 
rrado de tela y finalmente de madera; el modelo era ejecutado por esculto- 
res según la idea que los poetas les sugerían. La abertura de la boca, gran- 
de y prolongada á modo de embudo de cobre, formaba trompeta acústica 




Furia en traje de teatro. 
(Pintura de un vaso.) 



(1) Anapu 



42 



HISTORIA DE LAS CREEKCLiS 



para aumentar el volumen de la voz. Había varias clases de máscaras, 
cómicas, trágicas y satíricas: las primeras eran ridiculamente contrahechas, 
con los ojos bizcos, la boca torcida y las mejillas colgantes; las segundas, 
notables por su tamaño, tenían la mirada furiosa, los cabellos erizados, y 
las sienes ó la frente deformes; las satíricas eran las más repugnantes y 
representaban solamente figuras extravagantes de cíclopes, centauros, fau- 
nos y sátiros. Había una cuarta clase de máscaras que representaban á las 
personas con sus facciones naturales: se les daba el nombre de mudas ú 
orquésticas y estaban destinadas á los bailarines. 

El coro, guiado por un corifeo, personifica la Opinión: con una pala- 



&P n v- w-7 -¿n y* 1 - •»- ->w ■: ----- 




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Actores, constas y músicosantes de una representación. (Pintura de un ánfora 
conservada en el Museo de Ñapóles.) 

bra, con una fórmula sugiere á los espectadores las ideas y los sentimien- 
tos que han de experimentar con motivo de tal ó cual episodio de la ac- 
ción. El coro, mientras danza, entona estrofas líricas acompañadas por el 
sonido de las flautas. Durante mucho tiempo se ha creído que el acompa- 
ñamiento instrumental era al unísono y que los antiguos no conocían la 
armonía; pero esta creencia ha sido destruida por un descubrimiento rea- 
lizado de un modo muy curioso, según refiere M. L. Claretie: en el museo 
de Berlín hay un vaso con varios flautistas que ejecutan una pieza de con- 
junto; pero como sus dedos no tapan los mismos agujeros en los diversos 
instrumentos, de esto se ha deducido que en el concierto cada uno toca 
distintas notas. 

Los espectadores, al entrar en el teatro, entregaban á los revisores una 
ficha de hueso ó de marfil, que habían comprado en la taquilla al empre- 
sario (i) y que indicaba el sitio en que tenían derecho á instalarse. El pú- 
blico, como hemos dicho, podía aplaudir la obra (2) ó silbarla (3), pero 
en caso de tumulto en la sala intervenían varios guardias armados de va- 



(1) @eaTpu>Ví);. 

(2) KpOTEtV. 

(3) Supí&fc,. 



LIBRO SEXTO 



43 




ras para restablecer el orden. El precio de los asiento::, que median unas 
trece pulgadas de largo, era de dos óbolos para los de preferencia; todas 
las demás localidades eran gratuitas. Los indigentes recibían bonos de teatro 
que se pagaban con los fondos del «theoricón.» 

En Roma, como en Grecia, las representaciones escénicas estaban 
puestas bajo el patronato de los dioses: Baco, Apolo y Venus presidían los 
espectáculos, á los que precedían algunos sacrificios; y hasta se instituye- 
ron los ludi scenici como expiación para desarmar la cólera del cielo (i). 
Varrón, en sus escritos, clasifica el teatro entre las cosas divinas (2). 

Los romanos, aun más que los griegos, separaron las atribuciones de 
los actores. Ya los griegos, después de Alejandro, habían tenido que dis- 
pensar á los «coreutas» de cantar mientras bailaban; desde entonces, li- 
mitábanse á gesticular en 
tanto que un corifeo más 
artista y menos fatigado 
cantaba las palabras. Tito 
Livio nos dice que en Ro- 
ma los actores, para con- 
servar su voz, sobre todo 
aquellos á quienes el pue- 
blo pedía que salieran de 
nuevo (revocati), hacían 
cantar una parte de su pa- 
pel por esclavos, lo cual les permitía reservar todas sus facultades para el 
solo (canticum) ó para el diálogo (divertía); de modo que al actor «estrella,» 
si se nos permite emplear esta palabra, le ayudaba un artista de segundo 
orden que cantaba mientras él, para descansar su laringe, se limitaba á ha- 
cer ademanes ajustados al sentido de las palabras del cantor. En el teatro 
moderno también se recurre á expedientes análogos: así cuando una artista 
ha de tocar un instrumento que no conoce (como Desdémona en Otello), 
pasea ligeramente sus dedos por encima de las cuerdas mudas, mientras 
un músico hábil hace vibrar entre bastidores una sonora arpa. 

Como los teatros eran muy grandes, el director de orquesta iba calza- 
do con una sandalia de hierro ó de madera (scabellum), lo cual indica que 
el que dirigía los coros, las danzas y las pantomimas golpeaba con el pie el 
suelo para marcar el compás. 

Las mujeres, que no figuraban ni en la tragedia ni en la comedia, fue- 
ron sin embargo admitidas como mimas (mima ó miníala), lo que cons- 
tituyó un atractivo hasta entonces desconocido: los ejercicios en que to- 
maban parte consistían en danzas ejecutadas al son de los crótalos ó de 
la flauta ó también en actitudes variadas acompañadas de palabras. Los 
juegos de los primeros mimos eran simplemente farsas improvisadas, en 



Ficha teatral de hueso, descubierta en Herculano 



(1) Tito Livio, VII, 
(2 Ap. August. 



-Cicerón, ('.■rdil., III, 8. 



44 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lasque predominaban el capricho y la fantasía del intérprete; pero en tiem- 
po de Julio César y de sus sucesores, los artistas adoptaron la costumbre 
de escribir sus diálogos, haciendo de ellas verdaderas comedias que com- 
prendían ya los personajes que podemos denominar clásicos: el padre no- 
ble, pater; el capitalista, dives; el cómico, ridiculus, y el personaje tonto, 
stupida persona, que no debe confundirse con el anterior. La gesticulación 
tenía una importancia capital en estos diversos papeles. Hacia el final de 
la República se crearon escuelas de pantomimas, y el público demostró 
violentamente su predilección por las unas ó por las otras, hasta el punto 
de ensangrentar las calles de Roma. 

Los enanos y los monstruos eran muy solicitados para el teatro, tanto 
que se llegó á fabricar personajes apropiados colocando á los niños, desde 
muy tierna edad, en moldes deformes. 

Los mismos emperadores hubieron de tratar con rigor á los cómicos: 
Augusto mandó azotar á varios actores rebeldes; Claudio hizo decapitar á 
media docena de mimos; Tiberio, Calígula y Nerón los desterraron por 
grandes grupos; y Trajano, más severo todavía, les privó para siempre de 
representar; pero todos estos esfuerzos resultaron inútiles, porque el pue- 
blo los reclamaba sin cesar, así es que cuando el emperador Constancio 
expulsó de Constantinopla, á pretexto de un hambre, á los filósofos, hu- 
bo de respetar á los comediantes á fin de conjurar la cólera del pueblo. 

Estas diversiones habían llegado á constituir una verdadera pasión, y 
para complacer á los espectadores groseros, no se tuvo reparo en represen- 
tar comedias y pantomimas cada vez más licenciosas, llegando á reprodu- 
cirse en la escena los más obscenos episodios de la impúdica mitología. Ra- 
zón tenía, pues, el poeta en denunciar el teatro como un escollo peligro- 
so para las costumbres: Ule locus casti damna pudoris habet. 

Las reformas de algunos príncipes y las protestas de los filósofos resul- 
taron vanas. Pero un día pronunciáronse en un pequeño rincón de la Ju- 
dea palabras puras y sublimes que, propagadas en todo el universo por 
doce pobres pescadores, renovaron el mundo pagano, y un soplo regene- 
rador permitió á la humanidad respirar un aire más sano; entonces, edifican- 
tes misterios (i) substituyeron á las representaciones escandalosas y á los 
odiosos dramas en cuyos desenlaces figuraban condenados á muerte (2), 
á fin de que una herida y hasta una inmolación verdadera diesen, mayor 
exactitud y más palpitante interés á la aventura final. Sin hablar de los 
juegos sangrientos del circo, ¿acaso no se había visto en la escena indivi- 
duos devorados por osos (3) y otros quemados vivos (4) para divertir á 
un populacho cruel? 

Deseosos de no incurrir en trivialidades, no estudiaremos el teatro 



(1) Véase en el tomo anterior el libro III relativo á las fiestas de origen religioso. 

(2) Nocentes erogandi. 

(3) Mart , T)espect., Kpigr. 7.— Tertuliano, Adv Valent., c. XIV. 

(4) Vivus cremebatur (Tertul., Adnationes, I, 10). 



LIBRO SEXTO 



45 



moderno más que en aquellos países en donde ofrece verdadera originali- 
dad, como el Japón, la China, la India, Turquía, Persia y Egipto. El es- 
bozo que vamos á trazar del arte dramático en esos pueblos, basándonos en 
los documentos más especiales, revelará, en efecto, no sólo sus aficiones 
literarias, sino además muchas costumbres casi desconocidas de quienes 
no tienen á su disposición las fuentes adonde nosotros hemos podido acudir. 
El teatro japonés tiene un marcadísimo color local. Las salas de espec- 




Representaeión escénica. (Bajo relieve de la colección Farnese.) 

táculo son grandes construcciones de madera, de un solo piso, divididas 
en cuadrados iguales como un tablero de ajedrez que forman una especie 
de palcos para cuatro personas. En estos palcos, ó mejor dicho, en estas 
cajas, no hay ningún asiento, pues los espectadores japoneses acostumbran 
ponerse en cuclillas; y las familias ó los amigos que los ocupan se llevan 
consigo provisiones y hasta utensilios que les permiten hacer una ó dos 
comidas, porque la representación más corta dura por lo menos diez ho- 
ras. En otro tiempo duraban de quince á diez y ocho. Esta duración de 
los espectáculos se explica por la circunstancia de que el drama japonés 
no se sujeta á lo que nuestros clásicos denominaron «unidad de acción;» 
de modo que lo que para nosotros seiía un desenlace no es allí el final del 
drama, sino que éste admite perfectamente una serie de acontecimientos 
sucesivos á los que no pone término ni siquiera la muerte de todos los 
personajes, pues la desaparición de éstos trae consigo consecuencias pos- 
tumas que el público japonés ansia conocer. 



46 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Desde el vestíbulo al escenario hay un corredor de tablas de madera 
situado á la altura de las cabezas de los espectadores, única parte del cuer- 
po de éstos que sale por fuera de los cajones; por este corredor ó espe- 
cie de puente penetra el público y entran ó salen los actores cada vez que 
se supone que llegan de la calle ó que se van al campo. Además, mien- 
tras la acción principal se desarrolla en el escenario, represéntanse inde- 
pendientemente en los lados de la sala escenas accesorias que son otros 
tantos incidentes del drama, lo cual permite dar á éste mayor apariencia 
de verdad. En nuestros dramas, gracias á la disposición escénica, si hay, 
por ejemplo, un proyecto de conspiración ó de rescate, el autor se ve 
obligado á hacer salir su héroe principal al escenario á fin de que por de- 
lante del público desfilen los acontecimientos que acaso en la realidad 
han de suceder simultáneamente, ó bien á poner juntos episodios ó perso- 
najes que se salen de toda verosimilitud. En cambio, los japoneses, prescin- 
diendo de la unidad de lugar, que algunos llevan á menudo hasta la exa- 
geración, producen mejor la ilusión de la vida real; y á este propósito un 
cónsul de Francia consigna en un estudio especial «que la vida del drama 
gana mucho con este procedimiento, pues toda la sala toma parte, por 
decirlo así, en la acción, ) 7 que esta falla aparente de enlace es la imagen 
de los incidentes de la vida cotidiana.» 

«Hay también mutaciones visibles, ya que la escena con todas sus de- 
coraciones da vuelta sobre sí misma por medio de un disco giratorio; así, 
por ejemplo, si un actor entra en una casa, se le ve pasar la puerta mien- 
tras el escenario gira, y en seguida aparece por el otro lado el interior de 
la habitación en donde aquél penetra (1).» 

En vez de levantar el telón, se recoge éste á un lado. La orquesta, que 
funciona casi sin parar, aun durante los diálogos, hállase disimulada de- 
trás de una decoración á la izquierda del escenario; los principales instru- 
mentos de que se compone son el hoto, el schamisen, que se tocan pulsan- 
do las cuerdas; una especie de flauta, tamboriles y timbales de metal. Al 
lado opuesto de la orquesta, es decir, á la derecha, está el coro que con sus 
cantos explica ora la idea del drama, óralos sentimientos de los personajes. 

En las representaciones japonesas tiene una parte considerable la pan- 
tomima, habiendo escenas enteras consagradas á expresar mímicamente 
tal ó cual situación en la que sería inútil la palabra. 

En mitad de la representación se ven circular «sombras,» es decir, in- 
dividuos envueltos en una tela negra á fin de no distraer la atención; es- 
tos individuos son los que traen ó se llevan los accesorios necesarios para 
la acción. 

En principio, el teatro japonés carece de actrices, pues los papeles feme- 
ninos son representados por hombres, como en la Hélade. 

A pesar de la duración de las obras dramáticas, sólo excepcionalmente 



(1) M. A. Lequeux, Le theatrejaponais. 



_}S HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

se recurre á los apuntadores; lo cual se explica porque el actor japonés, en 
vez de recitar un papel invariable, como entre nosotros, tiene, por el con- 
trario, la obligación de improvisar, bordando, por decirlo así, el diálogo en 
el boceto que le han entregado. Bástale penetrarse bien del carácter del 
personaje que representa; lo demás ha de sacarlo de su propia cabeza, en 
el acto; sin embargo, cuando se trata de pasajes demasiado importantes 
para ser confiados á la inspiración de momento, el apuntador se adelanta, 
con su cuaderno en la mano, y se agacha detrás del actor cuya memoria 
ha de refrescar en caso necesario. 

En los teatros de segundo ord D n en donde no hay gas, se deja al pú- 
blico y aun la escena en la obscuridad; pero en este caso «el que represen- 
ta va acompañado en sus movimientos de un personaje neutro que man- 
tiene constantemente junto á su rostro un farol con reflector puesto en la 
punta de un palo; de suerte que cada artista tiene su sombra que le sigue 
paso á paso en todas sus idas y venidas, á fin de que los espectadores 
puedan ver á lo menos los gestos fisonómicos del intérprete (i).» 

El drama japonés, considerado en general, es una especie de escuela 
de venganza: todos los episodios consisten en provocaciones, en maqui- 
naciones y en ejecución de represalias que dan lugar á otras sin solución 
de continuidad. En el entretanto, el público bebe te ó come confituras. 

Decir que el japonés va al teatro con su abanico sería una indicación 
ociosa, porque este accesorio no se separa nunca de él; por otra parte, el 
programa de los espectáculos y el libreto están impresos en abanicos que se 
venden en la sala. 

Muchas veces un acto se compone de una simple conversación entre 
dos personajes que sin ninguna acción y sin aparato escénico alguno 
cambian sus impresiones durante varios cuartos de hora sin dejar de mo- 
ver el abanico ni un solo instante (2). 

Las representaciones teatrales en China se diferencian sensiblemente de 
las de los otros países á causa de las costumbres mismas del Celeste Im- 
perio. Los chinos, á pesar de su natural aptitud no tienen actores distin- 
guidos, pues como esta profesión es mirada con extremado desdén, los 
artistas han de reclutarse forzosamente en una clase social muy inferior. 
Además, en los principales teatros de las grandes ciudades no se consien- 
te que salgan mujeres á la escena, debiendo ser representados los papeles 
femeninos por hombres jóvenes, lo que no es muy favorable á los progre- 
sos del arte dramático. Cierto que hay compañías ambulantes en las que 
figuran miserables muchachas; pero éstas son criaturas abyectas, incapa- 
ces de mostrar talento y faltas de toda educación artística. Que esto que 
decimos no es exagerado lo demuestra la misma ley china que castiga con 

(1) Loe. cit. 

(2) Como recuerdo personal citaremos una sesión literaria celebrada en París, en el 
Concejo Drouot, en la que un literato japonés, Matayosi Saizau, ya fallecido, se declaró 
incapaz de representar la escena contenida en el programa si no le facilitaban un abanico 
encarnado. 



LIBRO SEXTO 49 

sesenta golpes de rolen i los funcionarios civiles, militares, ó chinos investi- 
dos de dignidades hereditarias á quienes se vea en compañía de actores ó 
de actrices. En cuanto á los industriales que compran ó roban niños para 
emplearlos como figurantes auxiliares, se exponen a recibir cien golpes. 
Análoga pena se impone á la joven china nacida de padres libres que se 
case con un cómico; en este caso, además, se declara nulo el matrimonio 
y se confiscan los bienes (i). 

Los tártaros mongoles, molestados por la ausencia de mujeres en el 
escenario, intentaron hacer subir á las tablas á comediantas (ó tchang- 
yeú), pero el desprecio de que fueron objeto hizo que se les diera el nom- 
bre significativo de actrices-tarascas (2); sin embargo, la china que se limi- 
ta á presentarse en escena como cantante ó bailarina, no atrae sobre sí el 
oprobio que es inherente á la profesión de actriz. 

Los anamitas son muy aficionados á las representaciones escénicas; sin 
embargo, sus comedias, á pesar de la riqueza de su decorado, son de lo 
mas primitivo que darse pueda, en cuanto a su concepción ó á su fábula. 
El dramaturgo, lejos de preocuparse de inventar una intriga animada ó 
un diálogo movido, se limita á hacer desfilar sucesivamente por delante 
del público á sus personajes, cada uno de los cuales entra por turno en 
escena, acompañado, según su importancia, de dos, cuatro ó seis criados 
portadores de oriflamas que agotan acompasadamente. El héroe, después 
de haber saludado i la concurrencia, relata con voz nasal y lenta toda su 
vida, comenzando por explicar detalladamente su estado civil. He aquí el 
texto de uno de estos monólogos (3): «Mi nombre de familia es Kié; mi 
doble sobrenombre Min-Tchong; soy hermano menor de Pego-tien; i la 
edad de cinco años sabía leer; á los siete componía trabajos literarios; i 
los nueve conocía todos los libros canónicos y había profundizado las 
filosofías. Todo el mundo veía en mí un joven perfecto, etc.» Después 
que el primer personaje ha narrado sus aventuras, no siempre tan edifi- 
cantes como las del anterior monólogo, sale otro personaje á referir 
las suyas, y con frecuencia la continuación ha de aplazarse para el día si- 
guiente. 

El arte teatral indo, muy diferente del prosaico drama chino, es de ori- 
gen religioso y deja ancho campo á las concepciones poéticas: en él preva- 
lecen las obras de imaginación y el ideal de las comedias de magia. A 
principios del siglo xix no se habían traducido mas que dos piezas del re- 
pertorio: el título de una de ellas viene á significar La salida de la l muí de 
la Inteligencia; la otra se titula Sacnntala. El inglés Wilson fué quien, en 
1828, comenzó á revelar las principales producciones teatrales de los in- 
dos. Este pueblo, religioso y bueno, no es aficionado á reproducir las vio- 
lencias ni los desenlaces sangrientos que constituven el drama. Sacnntala 



(1) Sect. 3y5. 

(2) Nao-nao. 

\i) Tomado de la comedia La criada engañadora, según M. A. Dillayc. 

Tomo III 4 



50 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

y El carro de arcilla son consideradas, según se dice, como obras típicas 
que nos inician en los sentimientos y en las costumbres de los indos. 

rejuegos nocturnos,» tal es el rótulo que puede leerse en la puerta de 
los teatros turcos que atraen al público por medio de una música ensorde- 
cedora, en la que dominan oboes que silban, rabeles que rechinan y tam- 
boriles que gruñen. La «sala» no es otra cosa que una plataforma al aire 
libre y provista de banquetas, en la cual se amontonan á un lado las mu- 
jeres y á otro los hombres, que fuman y toman café. Media docena de 
quinqués alumbran débilmente el local. Jóvenes actores representan los 
papeles femeninos y los mas hábiles entre ellos improvisan sobre un cier- 
to número de temas ó de bocetos característicos, muy conocidos de los 
turcos. «¡Eífendis!, vais á oir las curiosas aventuras de Su Excelencia Ca- 
ragheuz (i),« ó bien «El franco descontento...» Con un anuncio de este 
género suele inaugurarse la sesión, según refiere M. Enrique Mignot. 
Caragheuz es un personaje imaginario famoso por sus ridiculeces ó por sus 
vicios: hay el Caragheuz jugador, el Caragheuz bebedor y batallador, el 
Caragheuz descarado... Este nombre recuerda simplemente el de uno de 
los visires de Saladino, célebre en su tiempo por sus excentricidades y su 
mala conducta. Al lado suyo figuran otras figuras clásicas, tales como la 
Vendedora judía, que intriga en los harenes; el Persa, que representa los 
papeles grotescos y provoca siempre la hilaridad; la Zcnc, doncella ó mu- 
jer inteligente y astuta; el Kavuclú, viejo presumido y necio á quien todo 
el mundo engaña y hace objeto de burla; y finalmente el Franco, es decir, 
el europeo, á quien siempre se representa como un comerciante charlatán 
ó un tabernero borracho. 

El drama persa, por el contrario, ha sido juzgado por muchos como 
moral y hasta edificante, y la razón de ello estriba en que el arte dramá- 
tico de los iranios consiste en representaciones religiosas, en especies de 
misterios que para los sectarios de Mahoma tienen algo de las representa- 
ciones sagradas de los cristianos de la Edad media. Los ritos del islamis- 
mo, los sermones de los imanes, las persecuciones por éstos sufridas, los 
episodios de la vida del Profeta, á quien el arcángel Gabriel «tiene el ho- 
nor de venir á saludar,» según frase de uno de los mismos libretos, tales 
son los asuntos fundamentales que sirven de temas al teatro de los persas. 
Los directores que organizan esos misterios ó tea^ics, bien al contrario de 
los nuestros, ofrecen gratuitamente las funciones al público; para ellos 
es este un acto meritorio, y en su concepto, según una fórmula muy pin- 
toresca, «cada escena que hacen representar es un ladrillo cocido aquí abajo 
para construir allí arriba su palacio celestial \» Este mérito que el empresa- 
rio mahometano desea contraer se denomina «sevab.» Los varios auxilia- 
res que contribuyen á honrar de esta manera á Mahoma creen asimismo 
realizar una obra piadosa y tendrían escrúpulo en percibir beneficio algu- 

(i) O Karagueuz. 



LIBRO SEXTO 5 I 

no por los servicios prestados; así se ven en las salas de teatro distri- 
buidores de agua (i) que, llevando en bandolera un odre lleno de líquido 
fresco, invitan á los asistentes á que beban, en memoria de las persecu- 
ciones del Imán. Y como este servicio se recomienda por devoción, suce- 
de que muchos padres que tienen un hijo enfermo se obligan á hacerle 
distribuir agua helada durante varias temporadas teatrales, si su salud se 
restablece... «Estos niños aguadores, con las pestañas y las cejas pintadas 
de azul obscuro, con el cabello rizado en flotantes bucles y cubierta la 
cabeza con un gorro de cachemira, cuajado de perlas y piedras preciosas, 
toman el nombre de Nezri ó Nazarenos. Entre los servidores benévolos 
hay también alquiladores de pipas, vendedores de «muhr» ó pastillas almiz- 
cladas hechas con tierra del desierto de Kerbela sobre las cuales los devo- 
tos aplican su frente, mientras rezan una oración (2); vendedores de go- 
losinas, tales como pepitas de peras, guisantes, pepitas de melón ó granos 
de mijo puestos en maceración en salmuera y luego fritos, y hasta de 
goma de trementina que las mujeres mascan continuamente (3).» Estas 
golosinas no sólo sirven de pasatiempo, sino que además el mijo, sobre 
todo, tiene, según los persas, una propiedad especial, cual es la de ayudar 
á llorar. Y es que, en efecto, la mayor parte de esos dramas sagrados em- 
piezan por una especie de sermón pronunciado por uno de sus sacerdo- 
tes (4), el cual, colocado en un estrado (5) y asistido por algunos chan- 
tres, «prepara á los espectadores para las impresiones doíorosas y les invita 
sollozando á llorar á moco tendido sobre los padecimientos de la familia del 
Profeta, á retorcerse las manos, á arrancarse los cabellos, á desgarrar sus 
vestiduras y á golpearse en el pecho.» Y él mismo, para dar ejemplo, arroja 
al suelo el turbante, destrozad cuello de su camisa, se da fuertes golpes al 
busto y se tira de la barba. Estas manifestaciones de dolor, unidas á las 
palabras proferidas, ejercen poco á poco su acción contagiosa sobre la 
concurrencia, y muy pronto se ve á las mujeres con el cabello suelto y á 
los hombres fanatizados practicarse en la cabeza con la punta de sus cu- 
chillos cruentas incisiones. Como estas representaciones, á pesar de su 
carácter hierático, no evitan los tumultuosos incidentes que á menudo 
surgen en las asambleas numerosas, hay apostados en la sala varios guar- 
dias (6) armados de gruesos garrotes . 

Los intermedios, que agradan sobre todo al vulgo, consisten en ejer- 
cicios acrobáticos y contorsiones, acompañados de chasquidos de castañue- 
las de acero, y también en asaltos de pesados sables que rebotan sobre pe- 
queños escudos de metal en medio de un torbellino de ataques y paradas 
rápidos. 

(1) Segga. 

(2) Es el medio práctico de tocar la tierra con la frente sin prosternarse. 

(3) Choix de Tea^ics, por Chodzko, profesor del Colegio de Francia. 

(4) Llamado ru^ekhán. 
(b) O sekú. 

(6) O Ferraches. 



52 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Los sectarios del islamismo son, por lo general, respetuosos con su 
religión, que les gusta sobre todo porque no les riñe en lo que atañe alas 
«huríes de ojos de antílope;» esto no obstante, hay en Persia compañías 
de cómicos inferiores, titiriteros (i)y bailarines que, acompañados de ba- 
yaderas (2), representan farsas en las cuales la parodia religiosa ocupa un 
lugar importante. Embadurnado con heces de vino, harina, hollín ó yema 
de huevo, el «héroe calvo,» (3) especie de Tartufo persa, ridiculiza á los 
mollahes ó demuestra la más profunda hipocresía. 

Un autor (4) nos da en estilo pintoresco una impresión general de lo 
que son las representaciones que más especialmente gustan á los actuales 
egipcios: «Saltos ligeros de risueños adolescentes que obedecen á las seña- 
les acompasadas de su maestro; juegos de manos vertiginosos; simulacros 
de combate implacable... Después, de pronto, entre aplausos y quejum- 
brosos clamores, avanzan despacio tres negras del Kbordoíán, criaturas 
diabólicas de una fealdad alucinadora y cubiertas de fetiches que parecen 
ídolos toscamente esculpidos por un brujo en un tronco de árbol: no 
articulan una sola palabra, no profieren un solo grito; más bien que andar, 
se deslizan, hinchando su cuello papudo y balanceando de derecha á iz- 
quierda su sombría cabeza; parecen serpientes atraídas, hechizadas por un 
encantador, y quien las contempla se imagina encontrarse lejos de todo, 
en la cripta de algún hipogeo milenario. Mas la espantosa visión se ha des- 
vanecido; suenan canciones que como vagos ecos repiten todos los labios 
y los instrumentos todos, y de entre la multitud surge resplandeciente, 
ágil, felina, una mujer, peor que hermosa, con su tez tostada y su másca- 
ra de gitana, que conoce los secretos de los naipes y de las estrellas. Aque- 
lla hembra tiene tanto de payasa como de almea; con groseras injurias 
aguijonea á los músicos que no tocan bastante de prisa ni con bastante 
ruido; diviértese puerilmente con cristales,. con una jarra llena de agua, 
con bujías encendidas, hace cabriolas, se contonea, se disloca y huye sol- 
tando una carcajada.» 

Por lo que á nuestro teatro contemporáneo se refiere, tengamos el va- 
lor de manifestar en términos claros lo que tantos dicen en voz baja. En 
opinión de los moralistas, la mayoría de las obras dramáticas modernas, 
con las tendencias que revelan, ejercen sobre la inteligencia y sobre el co- 
razón la influencia más lamentable y son quizás uno de los más activos 
disolventes. El espectáculo de las situaciones inmorales que presentan; los 
atractivos de un aparato escénico seductor; la forma literaria refinada con 
que se visten los peores sentimientos, tienden á hacer muy aceptable el 
vicio y amables los más deplorables desfallecimientos; así vemos que per- 
sonas muy honradas las aplauden sin escrúpulo. ¡Como si pudiera haber 



( 1 ) Lutys. 

(2) Ba^igueres. 

(3) Temadla. 

(4) M. Montmirail. 



LIBRO SEXTO 53 

corrupciones castas y culpables inocencias! En realidad, lo único que se 
exige es que el veneno moral esté disimulado bajo una envoltura halaga- 
dora; y en virtud de una especie de singular «mitridatismo,» la dosis irá 
aumentando de continuo, sin que se deje ver la repugnancia, sin que, por 
decirlo así, la conciencia se despierte. ¿Quién no conoce las excusas fáci- 
les merced á las cuales se trata de justificar ó, por lo menos, de disculpar 
las tesis más atrevidas, los ideales más escabrosos? «¡Está notablemente 
escrita! ¡La representan maravillosamente!..» ¿Pero acaso no es este pre- 
cisamente el peligro más temible, la prueba más alarmante á que puedan 
estar sometidos el buen juicio y la sana moral? 

De algunos años á esta parte sobre todo, la afición al teatro se ha con- 
vertido en pasión, ora se trate de reir con Taha ó de derramar lágrimas 
con Melpómene; lo mismo da. La sandalia de la comedia, lo mismo que 
el coturno de la tragedia, parecen «calzado para nuestros pies» en cuanto 
nos proponemos salimos de los senderos de la vida ordinaria para hacer 
incursiones en los dominios de la Fábula, de extraviarnos gustosos en el 
dédalo de las ficciones ó de ir á ver cómo se conducen los personajes más 
despreciables de los dramas realistas. En efecto, la serena contemplación 
de la naturaleza, las recreaciones musicales, la lectura atrayente, el placer 
de relaciones escogidas, el trato con inteligencias privilegiadas, los cuida- 
dos domésticos, las dulces y tiernas solicitudes familiares, las graves ocu- 
paciones profesionales, la preocupación del porvenir preñado de amenazas, 
no bastan, á lo que parece, para llenar nuestra corta existencia... Todo 
esto es ya insípido, opaco, monótono. Estos deberes cotidianos se soportan, 
¡qué remedio queda!, pero ¡cuan enorme, cuan excesivo, el lugar que ocu- 
pan en el pensamiento y en las preocupaciones de muchos esas noches ó 
esas tardes de teatro, en las que se piensa desde muchos días antes, como 
en un acontecimiento de importancia, y de las que se habla con inagota- 
ble facundia durante toda una semana! Todos los que frecuentan la so- 
ciedad saben perfectamente que esta es la conversación que en los salones 
acalla todas las demás, y que apenas si se interrumpe por cortos instantes 
para escuchar el relato de una catástrofe reciente ó de un crimen famoso. 
Sí, nuestro siglo gastado parece poner en lugar secundario los sentimien- 
tos despertados por el hogar, por la patria y por la caridad; diríase que 
sólo las ficciones del teatro tienen el don de desatar las lenguas, de emo- 
cionar las almas, de hacer latir los corazones, impasibles ante la realidad 
por conmovedora y desgarradora que sea. 

La gente se complace en despertaren sí misma esas impresiones artifi- 
ciosas; en sumirse, cuando al teatro asisten, en esas voluptuosas langui- 
deces que exaltan la sensibilidad; en iniciarse minuciosamente en las as- 
tucias y perfidias de los engañadores; en llorar por víctimas imaginarias. 
¿Hemos de creer que una joven presenciará fríamente las escenas apasio- 
nadas cuya gloriosa heroína soñará ser su imaginación novelesca? ¿Podemos 
suponer que el adolescente contemplará sin peligro las intrigas más culpa- 



54 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bles, ingeniosamente celebradas y rodeadas del prestigio de seductores 
intérpretes? ¿Y qué sucederá en tal caso? Temeroso que puedan oponerse 
á su placer favorito (que á pesar de todo está dispuesto á disculpar para 
entregarse á él sin medida del mismo modo que á él se entrega sin escrú- 
pulo), considerará hábil afirmar con fingido candor la completa inocui- 
dad de los más detestables ejemplos, en lo que le concierne, y hasta afir- 
mará gravemente que le es conveniente ir á ver el mal para practicar el bien. 
Y no advertirá que la torpe tesis gracias á la cual pretende clasificarse 
entre los caracteres invulnerables y eminentes es la confesión manifiesta 
de las peligrosas impresiones que falsean ya la rectitud de su juicio. 

Los sentimientos exagerados y las paradojas de que el teatro vive de 
tal manera contaminan las mejores inteligencias, que al cabo de pocos años 
los más graves atentados contra la moral sólo merecen «del habituado» 
una mitigada censura, en vez de una protesta vehemente. Todo se tolera 
con tal que la frase no sea demasiado brutal; el aticismo de la expresión, 
la ingeniosidad con que se deja entender lo que aparentemente se calla, 
bastan para hacer perdonar la audacia de la tesis y aun la impudencia es- 
candalosa de los episodios, y más de una vez el espectador, subyugado 
por lo cómico de las situaciones, llegará á reirse del deber y de la virtud 
implacablemente ridiculizados y escarnecidos en la escena. 

Pero, se preguntará, ¿por qué un drama y hasta una comedia no han 
de ofrecer á la admiración del auditorio caracteres grandes y nobles?, ¿por 
qué no han de presentar acciones á la vez atrayentesy puras, susceptibles 
de educar y aun de edificar al público?, ¿por qué, en una palabra, ha de 
ser imposible conmover y halagar con el espectáculo de lo bello, brillan- 
do en medio de la influencia dichosa del bien? Ciertamente que el teatro, 
teóricamente hablando, podría ser una enseñanza útil y una provechosa 
escuela; y esta proposición es tan evidente, tan manifiesta, que uno llega 
á preguntarse por qué son tan raras las obras decentes cuando las obras 
malsanas se multiplican hasta lo infinito. La razón de esto estriba en que 
una producción dramática moralizadora corre peligro desgraciadamente, 
si no de molestar, de aburrir por lo menos á la inmensa mayoría de los 
oyentes, al paso que el público siente curiosidad por oir detallar los erro- 
res y hasta las afirmaciones más tristes con tal que la defensa sea ingenio- 
sa y hábil el desenlace. El día en que el teatro, dejando de halagar los 
gustos y las tendencias, fuera moralizador, es decir, contrariante, ¿sería aca- 
so solicitado con el mismo ardor que ahora? Los autores expertos y los 
directores, hombres prácticos, no se equivocan y sirven al auditorio lo 
que éste pide, lo que quiere, aquello por lo cual acude al espectáculo, es 
decir, lisonjas disimuladas cuyo precio ha pagado de antemano en la ta- 
quilla, pues están convencidos de que la gente no se tomaría la molestia 
de vestirse ni se gastaría el dinero para ir á aquel templo profano, al tea- 
tro, á oir una especie de sermón laico (y no gratuito) ó á recibir una lec- 
ción, por atenuada, por discreta que fuese. 



LIBRO SEXTO 5) 

«Para que un espectáculo merezca la aprobación, escribía el filósofo 
de Ginebra, es preciso que se amolde á nuestras inclinaciones en vez de 
contrariarlas, que es lo que convendría.» Esta crítica, no por ser en la ac- 
tualidad más exacta, deja de tener antigua fecha; en efecto, ya Cicerón en 
sus Tusculanas escribía: «¡Hermosa escuela es el teatro! Si se suprimiera 
de él todo lo que tiene de vicioso, pronto no habría espectadores.» A de- 
cir verdad, lo que atrae, lo que cautiva al público de todas las épocas es la 
pintura sobrado exacta de los defectos de los demás; queremos creer que 
el espectador no piensa en obrar mal, pero no le disgusta ver y saber có- 
mo el mal se practica. Además experimenta, sin darse cuenta de ello, una 
satisfacción halagadora, la de considerarse mejor que los héroes presenta- 
dos en las tablas; en cambio sentiríase mortificado si oyese predicadores 
que le propusieran la imitación de austeras virtudes. Aquí está el secreto 
del placer extremado que proporciona esta diversión embriagadora y dele- 
térea «en la que la razón raras veces tiene razón,» según la Irase de un 
filósofo; y las inteligencias perspicaces y sinceras no vacilarán en hacer 
esta comprobación psicológica. 

El autor de los Jambes (i) no ha ennegrecido extremadamente el cua- 
dro cuando, al hablar de ciertos autores dramáticos y de los que los 
aplauden, muestra su indignación en estrofas vibrantes, probando que el 
templo de Melpómene es una escuela «en donde el vicio impúdico da lec- 
ción de impureza para todos los precios .Todos rivalizan para ver cuál os- 
tentará cada noche en sus triviales tablas más desvergüenzas y más escán- 
dalos; cuál desenvolverá, en un argumento lamentable, costumbres más 
groseras y rasgos más vergonzosos y, sin ningún respeto á la mujer y á la 
edad, hará enrojecer más los rostros. ¡Mengua para ellos!, porque hallán- 
dose demasiado lejos de las leyes para que éstas les alcancen, sólo el hom- 
bre honrado puede mancharlos con su voz.» 

II. — El baile, considerado como placer mundano, es harto conocido 
para que estimemos necesario hablar de él desde este punto de vista. Tam- 
poco entra en el plan del presente libro investigar ni describir los bailes 
gratos á nuestros padres, tales como la arcaica chacona importada de Ita- 
lia, el elegante minué del Poitou, la montañesa gavota, el alegre rigo- 
dón (2), la graciosa farandola, la pesada danza rústica, la solemne pava- 
na, la desarticulada giga, etc. Por otra parte, no queriendo ni pudiendo 
reproducir aquí todas las protestas enérgicas ó las violentas diatribas for- 
muladas en nombre de la moral cristiana desde San Basilio (3), San Juan 
Crisóstomo (4) y San Ambrosio, hasta Boullay y de Brieux-Saint-Laurent, 
únicamente citaremos las siguientes reflexiones caritativamente paternales 
con que San Francisco de Sales contestó á unos cristianos que le interro- 



(1) Aus. Barbier. 

(2) O rigaudoi, inventado, según se dice, por Rigaud, maestro de baile. 

(3) I >i ebriosos, II, i 2 3. 

(4) Ubi saltatio, ibi di.ibolus. 



56 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

gabán acerca del placer de los bailes: «Las danzas y los bailes en sí serían 
cosas indiferentes por su naturaleza; pero dado el modo ordinario como 
se practica este ejercicio, se inclina mucho del lado del mal y por consi- 
guiente hállase muy cerca del peligro mismo. Se pasan en ellos largas ve- 
ladas, después de las cuales se pierden las mañanas de los días siguientes. 
¡Qué locura trocar el día por la noche, la luz por las tinieblas, las buenas 
obras por las locuras! Además, cada cual lleva al baile el veneno de la va- 
nidad, y la vanidad es una disposición peligrosa...» Finalmente, cuando se 
le hacía presente que una indispensable cortesía ó un verdadero deber 
obligaban á ir á un baile, respondía tristemente: «Id, pues, ya que es pre- 
ciso; pero pensad que mientras estáis allí, hay muchos que sufren en el 
otro mundo.» 

Ateniéndonos á nuestro papel de historiadores, concretémonos á ha- 
blar, sólo desde el punto de vista documental, de los ejercicios de Terp- 
sícore considerados como escenas rítmicas. Así como el teatro profano pro- 
cede del drama sacro, así también la danza, como manifestación pública, 
tuvo en su origen un carácter religioso, tanto que en las ceremonias solem- 
nes sólo los sacerdotes disfrutaban del derecho de entregarse á este piadoso 
ejercicio. En efecto, la danza no fué, en un principio, ni un paso gracioso, 
ni una rueda acompasada, ni una marcha circular: la de los sacerdotes 
egipcios, por ejemplo, consistía en una pantomima grave, en un «gesto 
simbólico» que recordaba los episodios y las tradiciones relativos á las di- 
vinidades adoradas á orillas del Nilo. 

La Biblia nos dice que, después de pasar el mar Rojo, la profetisa Ma- 
ría, hermana de Aarón, cogió una pandereta y todas las mujeres la siguie- 
ron cantando y bailando para celebrar el maravilloso paso de aquel mar (i); 
y en el libro segundo de los Reyes (2) vemos que David, vestido con un 
ephod de lino, «danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor.» Muchos 
autores no han dejado de citar estos y otros episodios como argumentos 
en favor de los bailes, tan á menudo censurados, sin embargo, por los Pa- 
dres de la Iglesia; pero sería un error ampararse de las Sagradas Escritu- 
ras para tratar de ponerlas en contradicción con aquéllos. Cierto que la 
profetisa dirige el coro de las mujeres, pero de este coro están excluidos 
los hombres; y por otra parte, cuando el rey profeta salta de alegría delan- 
te del Señor «no obedece á un sentimiento voluptuoso,» como observa 
San Ambrosio (3), puesto que baila solo impulsado por una santa embria- 
guez, de modo que obraba conforme á lo que dice el Ecclesiastés: «Hay 
tiempo de llorar y tiempo de reir; tiempo de plañir y tiempo de bai- 
lar (4).» 

Las ruedas místicas, los coros cíclicos de los pelasgos evolucionaban en 



(0 Éxodo, XV, 20. 

(2) VI, 14. 

(3) David non pro lascivia, sed pro religione saltavit, (In Lucam, 1. V. 5). 

(4) IH, 4 . 



LIBRO SEXTO 



57 



torno de los altares ó de las víctimas, habiendo sido este el origen de las 
tragedias representadas en honor de los dioses. 

La danza clásica nació en Grecia con la poesía y tomaba sucesivamen- 
te como tema los movimientos de los astros, la renovación de las estacio- 
nes, las recolecciones, las vendimias, los sucesos de la vida de los pastores 
ó de los ciudadanos, lo mismo los entierros que los himeneos. Enamora- 
dos de la forma, apasionados por encima de todo de la belleza plástica, 
acostumbrados desde la niñez á todos los ejercicios gimnásticos, los grie- 
gos consideraban la armonía de los movimientos y el ritmo como otras 
tantas manifestaciones del culto, agradables á la divinidad. 

Mucho antes de la creación de los teatros propiamente dichos, el ins- 
tinto imitativo ha encontrado en todos los pueblos 
modo de manifestarse y de satisfacerse juntando la 
poesía, el baile y la música, mezcla armónica que en 
Grecia alcanzó un alto grado de perfección con el 
nombre de corística; la coristia designaba más espe- 
cialmente la música bailada. En un principio, los can- 
tores eran á la vez bailarines, mas habiéndose recono- 
cido la dificultad de ejercitar al mismo tiempo las 
dos artes, establecióse una distinción entre los can- 
tos y los movimientos cadenciosos. Los primeros ins- 
trumentos usados por los griegos para acompañar- 
las corodias fueron los crémbalos y los crótalos, es- 
pecie de castañuelas de madera ó de conchas muy parecidas á las que tie- 
nen los insulares polinesios. Después, los crémbalos fueron de bronce, 
pero conservaron la forma de conchas. En tiempo de Homero, las dan- 
zas se ejecutaban á los acordes de la lira; el acompañamiento de la flauta, 
que fué posterior, tuvo el inconveniente de excluir, conforme á la cos- 
tumbre oriental, el concurso de la voz humana que tan bien se combinaba, 
en cambio, con el sonido de aquélla. En la litada (i) sólo dos veces se 
habla del uso de la flauta. 

Los griegos distinguieron dos géneros de danzas: i.°, las dantas serias, 
que comprendían las sagradas, ejecutadas generalmente por los ministros 
del culto delante de las estatuas de los dioses (2); las trágicas ó era- 
melias, pantomimas que expresaban los nobles sentimientos, como el 
grave deínos; el kalatiskos, con un desfile de mancebos cargados con ces- 
tas; y la misma kybistesis, que se ejecutaba con ¡acábela hacia abajo; 2. , las 
dantas cómicas, las más antiguas de las cuales imitan las ágiles zanca- 
das ó los pesados movimientos de los animales (3). Creemos que nues- 
tros lectores se enterarán con gusto de algunos detalles acerca de estas 
últimas. 




Crótalos 



(1) X, i3; XVIII, 49,5. 

(.:) La diontsíaca, la dópoha, la kalabis, etc. 

[i] El nombre genérico que designaba estas danzas era fiopwaoji-Oí. 



58 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

El cuerpo y el espíritu del rey de la creación, á pesar de sus imperfec- 
ciones, han parecido demasiado respetables para que el arte cómico y la 
imitación bufonesca osaran, en un principio, ocuparse de ellos para vili- 
pendiarlos. En todos los países, y esta observación es honrosa para la es- 
pecie humana, la parodia y la alegría popular han respetado durante mu- 
cho tiempo nuestra imagen, contentándose con buscar el lado ridículo de 
los seres inferiores de la creación. Hasta mucho después no se explotaron 
como elemento cómico las deformidades y las ridiculeces humanas, sobre 
todo aquellas que más se aproximaban á la naturaleza animal, según lue- 
go veremos. Una de las primeras danzas cómicas de los griegos fué la 
grulla (i), en la que los bailarines, siguiendo á su director, simulaban los 
movimientos de esta ave. La danza de los buitres (2) exigía el empleo de 
gáneos, como en los dramas en que se quería dar á los héroes proporcio- 
nes excepcionales. Póllux cita también la danza del mochuelo (3) y la del 
buho. La danza cómica pasó de la imitación de los animales á la de las ex- 
travagancias y vicios humanos; y como la borrachera es la más brutal de 
las pasiones, fué uno de los asuntos con preferencia representados enja 
danza cómica ó cordada; una cabeza deforme y calva, una cara rubicunda 
y tumefacta, una obesidad grotesca, unas piernas vacilantes, todas las vul- 
garidades de la glotonería y de los excesos báquicos, constituyeron el tipo 
perfecto de Sileno, cuya sola vista provocaba la hilaridad general. Obser- 
vóse que en la danza del borracho (4) las caídas del actor eran lo que más 
excitaba la risa de la concurrencia, por lo que se procuró multiplicar es- 
tas ocasiones de regocijo; de aquí el juego del odre, que hizo que en los bur- 
gos de Grecia se diera el nombre de Ascolias (5) á ciertas fiestas de Baco. 
La gran diversión consistía en hacer subirá varios aldeanos sobre un odre 
untado de aceite, y el que saltando acompasadamente se mantenía más 
tiempo en equilibrio sobre un solo pie, recibía como premio de su habili- 
dad el odre y el vino que contenía. 

Los sacerdotes bailarines salios son famosos en la historia de la antigua 
Roma; su nombre, que recuerda el de una de las tribus francas, expresa 
únicamente sus funciones coreográficas, según hace observar Ovidio (6). 
Vestidos con la trabea de púrpura, con una ancha faja de bronce á modo 
de cinturón, cubiertos con un casco de penacho, y empuñando con la 
mano derecha una espada corta, ejecutaban en torno de los altares ciertas 
dantas armadas, cantando himnos cuyo ritmo acentuaban dando golpes 
sobre un escudo. El sacerdote que dirigía la danza se llamaba pnesul, por- 
que era el que saltaba primero (7). Había colegios de sacerdotes bailarines 



(1) Poli. IV, cap. 14, 101. 

(2) O gyponia, de '>-><{>, buitre. 

(3) O glausia, de y/aúr, mochuelo. 

(4) La baccliílica. 

(5) 'Aaxo;, odre, vejiga. 

(6) «A saltn nomina diicunt .■>■> (Fastos, III ) 

(7) Pra'saliebat. Cicerón habla de él en su libro De divitu, I, 26; II, 66. 



LIBRO SEXTO 59 

en Tibur, en Veies y en Túsculum; y veneraban á todos los dioses, ex- 
cepto á Venus, la «diosa peligrosa.» 

Muy distinta era la mímica voluptuosa de las bailarinas de Flora: tan 
indecente era que un día el público, viendo entre los espectadores de una 
de las Floraliasá Catón, le 
advirtió que las actrices no 
se atrevían delante de él á 
representar su papel com- 
pleto;y Catón seretiró(i). 
En los banquetes par- 
ticulares, los nobles liber- 
tinos enviaban a buscar 
con los músicos é histrio- 
nes, titiriteras y bailarinas 
impúdicas (2) que agita- 
ban panderetas para acom- 
pañar sus movimientos; y 
los mismos comensales to- 
maban parte en sus danzas 
licenciosas. 

Cuando el cristianismo 
triunfante pudo celebrar 
sus ceremonias pública- 
mente y con todo el es- 
plendor de una religión 
oficial, la Iglesia toleró 
ciertas danzas, pero sólo 
como maniíestación de ale- 
gría colectiva en los días 
de fiestas solemnes, y á ve- 
ces también en domingo. 
Estas recreaciones piado- 
sas, balationes, acompaña- 
das con cánticos é himnos 
sagrados, lejos de ofrecer 
nada de censurable, se ce- 
lebraban á la vista del sacerdote, delante de las tumbas de los mártires y 
aun en los templos, como hacían los cristianos de Antioquía, según refiere 
Teodosio; pero habiéndose introducido algunos abusos en estas fiestas cris- 
tianas, á las cuales, atraídos por la danza, acudían los paganos que im- 
portaron en ellas la indecencia de su grosera coreografía, la Iglesia hubo 
de prohibirlas (Concilio de 692; decisiones de los papas Gregorio III, 73 1- 

(1) Val. Máximo, II, 10; Séneca, Epist., 97. 

(2) Crutalistricv. 




Bailarina 



6o 



HISTORIA DE LAS CREENCIAS 



734, y Zacarías en 744...) Ya en el año 397 el concilio de Cartago ha- 
bía suprimido la danza de los ágapes como demasiado contraria al recogi- 
miento. 

En la Edad media, la facultad de permitir ó prohibir las fiestas y dan- 
zas de aldeas formaba parte de los privilegios feudales; así, según el de- 
recho consuetudinario de la Salle, el señor del feudo se reservaba, entre 
otros, el derecho «de dejar danzar y menestrander (1).» 

Antes de la Revolución francesa, el espíritu corporativo había reunido 





Danza de la Muerte: Adán, el Mercader, dibujos de Holbein 

en comunidad á los «maestros de baile,» los cuales habían llegado á cons- 
tituirse en Cofradía de bailarines. El aprendizaje de los artistas era de cua- 
tro á cinco años. Para ser maestro de baile era preciso salir bien de la 
prueba de la obra maestra, que comprendía ejercicios graciosos y hábiles 
ejecutados delante del jefe de la maestría, que se denominaba «Rey de los 
violines.» Una vez obtenido el título de maestro de baile, podía abrirse 
escuela, pero estaba prohibido dar lecciones en las tabernas (2). 

El clero, arrastrado por el ejemplo general, siguió, al parecer, en al- 
gunas ocasiones la costumbre popular; así vemos que un decreto del 
Parlamento, de 1547, dispuso que los sacerdotes no vendrían ya obliga- 
dos á bailar el día de su primera misa, conforme á la costumbre que se 
había establecido en algunas diócesis en señal de alegría. En el Albigeois 
no fueron suprimidas hasta 1704, por Monseñor de Olbene, esos regocijos 
llamados «piadosos» que en la diócesis se conservaban; y en Limoges á 

(1) Continué de la Salle, art. 29, I Ye'as; Championiere, núm 33 1. 

(2) Sentencias del Chatelet. 



L1BKO SEXTO 



61 



mediados del siglo xvi todavía se bailaba en el coro, lo que obligó á los 
obispos á fulminar frecuentes anatemas. 

Algunos autores que se han ocupado de las órdenes religiosas, gene- 
ralizando sin razón hechos completamente excepcionales y locales, han 
dicho que fieles y sacerdotes tenían la costumbre de «bailar devotamente» 
en las capillas monásticas, y aun añaden «que el obispo en persona pre- 
sidía estos bailes de iglesia y que él era el designado con el nombre de 
Praesul, es decir, el que dirige el baile. » % Véase lo que acerca de esto dice 





Danza de la Muerte: el Labrador, el Obispo, dibujos de Holbein 



M. Renán, cuya opinión se halla completamente confirmada por M. de 
Pressensé: «Esta suposición es absolutamente falsa, escribe M. Renán; cho- 
ras jamás ha tenido en la Iglesia otro sentido que el musical, y preesul no 
es vocablo cristiano, sino palabra del latín profano que adoptaron los li- 
teratos de los siglos ív y v. La danza, tal como nosotros la entendemos, 
nunca ha formado parte de la liturgia cristiana; á no ser que se dé tal 
nombre á las inocentes figuras de las procesiones de Corpus. Dícese que 
en algunas grandes iglesias del Mediodía de España los niños de coro, en 
las grandes fiestas, ejecutan danzas delante del Santísimo Sacramento; 
pero estos son casos particulares que jamás han tenido un desarrollo ge- 
neral. La afirmación carece de base; en las Constituciones apostólicas de 
la Iglesia de Alejandría tenemos el cuadro del culto completo de aquellos 
tiempos; pues bien, en ellas no encontramos el menor motivo para for- 
mular tal hipótesis.» 

Con el nombre de dativa de ¡os muertos ó «danza macabra» se designa- 
ba á principios del siglo xv una especie de escena lúgubre en la que se 



62 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

suponía los mortales, desde los más humildes hasta los reyes, arrastrados 
en un remolino fatal: era el triunfo de la igualdad ante la muerte. ¿Qué 
se sabe de los orígenes de esa diversión sepulcral? Cuéntase, dice M. Boh- 
me en su Histoire de la danse, que un aventurero llamado Macaber estu- 
vo en París en 1424 y se alojó en una antigua torre, junto á la cual ha- 
bía una capilla rodeada de un cementerio. Ese Macaber, á quien se repre- 
senta como una especie de esqueleto, causó, al parecer, por su aspecto 
una impresión honda en la imaginación del pueblo, que le atribuía pode- 
res sobrenaturales; pero su gran fama data del día en que organizó (1424) 
una especie de procesión, pantomima religiosa que se ejecutó durante 
varios meses seguidos y que no era sino la danza de los muertos ó, según 
su propio nombre, la «danza macabra:» un gran número de hombres y de 
mujeres de todas edades eran invitados por un personaje que representa- 
ba la Muerte á una danza en el cementerio en donde habitaba el inven- 
tor. Esta especie de rueda fúnebre se repitió desde el mes de agosto de 
1424 á principios de 1425. Es positivo que un poeta alemán llamado Ma- 
caber escribió una obra traducida al latín (hacia el año 1486) con el títu- 
lo de Chorea mortitoriim, que significa realmente dan%a de ¡os muertos. Este 
hecho parece justificar la anterior etimología, contraria á la de Du Cange 
y de Litré, quienes suponen que el martirio de los siete hermanos Maca- 
beos pudo sugerir la idea de esa rueda fantástica dirigida por la Muerte, 
fúnebre corifeo... 

Entre las ceremonias religiosas de los salvajes encontramos dantas sa- 
gradas que recuerdan mucho las de la antigüedad; esos pueblos juzgan 
más cómodo expresar sus sentimientos con ademanes que con palabras. 

Por otra parte, ¿puede darse algo más natural? ¿Acaso la escritura, an- 
tes de ser convencional, no consistió también en la representación de las 
figuras mismas y después en los atributos morales que esas imágenes sen- 
sibles recordaban? Pues bien; para los pueblos primitivos, saltar en testi- 
monio de regocijo ó de gratitud por los beneficios de la Divinidad, ó in- 
clinarse ante ésta en actitud respetuosa con objeto de merecer sus favores, 
son «gestos» que equivalen á fórmulas de adoración y no simples mo- 
nerías. 

El baile, como expresión del sentimiento íntimo de los no civilizados, 
escribe un filósofo inglés (1), es á menudo para ellos una especie de oración 
y el medio para obtener lo que desean; tal parece ser, por lo menos, el 
caso de esas dantas imitativas, en las cuales el salvaje, con exactitud sor- 
prendente, representa escenas análogas á las que vamos á describir. Así 
cuando los kamtchadales y los insulares de Vancouver ejecutan ladan^a de 
la foca arrojándose al agua ó arrastrándose á lo largo de la playa, y cuando 
los negros del Gabón imitan las contorsiones del gorila en estado libre, 
se proponen, con tan extrañas escenas, informar á los espíritus de que 



( 1 ) M. Farrer, Primitive Manners and Customs. 



LIBXO SEXTO 63 

van á perseguir á esos animales y de que esperan una caza afortunada. 

De aquí esas representaciones místicas en las cuales los actores llevan 
los trajes y las costumbres consagrados por la tradición; de aquí tam- 
bién la costumbre de los cafres que, en el momento de partir para la caza, 
persiguen y simulan atravesar con sus azagayas á uno de los suyos que 
anda á gatas con un puñado de hierbas en la boca. 

Lo mismo puede decirse de la costumbre de los australianos en la 
época de la admisión de los adolescentes en el número de los hombres: 
agrupados alrededor de un maniquí en forma de kanguro, varios guerre- 
ros provistos de largas colas hechas con hierbas trenzadas ejecutan todos 
los movimientos propios de aquellos marsupiales. 

Igual significación debe atribuirse á las dantas de guerra en que los ne- 
bros lo mismo que los pieles rojas simulan las peripecias de la próxima 
expedición, recordando con ello á los genios protectores de la tribu, ó á 
los manes de sus antepasados, que piensen en ellos y mostrándoles de una 
manera clara los proyectos para los cuales reclaman su ayuda. 

Es evidente que el salvaje piensa que de este modo se hace compren- 
der mejor que por medio de oraciones habladas ó cantadas. 

Un viajero (1) describe en los siguientes términos la danza del ave, tal 
como se ejecuta en las islas Marquesas: «Mientras las bayaderas rivali- 
zaban en agilidad y en ligereza, vióse de pronto surgir de entre la concu- 
rrencia una mujer cubierta de cabelleras de guerreros que saltaba sobre un 
pie y gritaba a la manera de las aves de presa; la muchedumbre vociferó 
«¡Onú! ¡Onú! ¡Onú!,» indicando de este modo que comenzaba la danza 
del ave ejecutada por las jóvenes de Puaman y Anamenú, dos de las tribus 
más salvajes de la isla. Aquellas bailarinas llevaban una banda en bando- 
lera y unas enagüitas de corteza de morera, que es la más fina de las telas 
indígenas; sus piernas, untadas con eka (azafrán diluido en aceite) y ador- 
nadas con dibujos delicadamente trazados, relucían al sol; sus mejillas 
estaban pintadas con el fruto rojo del rocú y ostentaban en sus cabelleras 
plumas y dientes de marsopla; de su cuello pendía un collar de granos 
con un gran diente de cachalote, y en cada hombro, sujetos con un ani- 
llo de tapa rosa, brillaban unos penachos de plumas de rabos de pico (2), 
que en aquella coreografía original imitaban unas alas.» 

Las mujeres de Madagascar ejecutan una pantomima de este género 
llamada sega. 

M. Milbert refiere que ciertos negros de la Isla de Francia se adornan, 
en los días de fiesta, con el plumaje de varias aves cuyos saltos se esfuer- 
zan en reproducir. Cúbrense el cuerpo con plumas pegadas con grasa ó 
pez y los demás los persiguen; y cuando consiguen cogerlos, se disputan 
á ver quién despojará á la falsa ave de las galas con que se ha adornado. 

¿Verdad que estas costumbres recuerdan las danzas denominadas del 

(1) M. A. .Marín. 

(2} Ave marina que tiene en la cola dos plumas largas y puntiagudas. 



64 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

buitre, del mochuelo y del buho, que hacían las delicias de los antiguos 
griegos? Del mismo modo en el centro de África algunos hombres se me- 
ten dentro de unos tubos de tela y se arrastran para imitar al rey de los 
reptiles, á la serpiente boa (1). A su vez los kamtchadales ejecutan unas 
danzas en las que los bailarines imitan hábilmente los movimientos del oso: 
«No sólo representan muy bien el andar pesado y los balanceos estúpidos 
del macho, sino que también son maestros en expresar de la manera más 
divertida las caricias que la hembra prodiga á sus oseznos.» Esto nos trae 
á la memoria la ingenua reflexión del escritor alemán antes citado (2), que, 
comparando entre sí las diversas aptitudes coreográficas, añade en su His- 
toria de la dan%a: «Sólo el hombre sabe danzar, porque si bien los osos tam- 
bién bailan, les falta el impulso psicológico.» 

La dan%a del arroz es e ^ regocijo nacional de los malgaches que no des- 
perdician ninguna ocasión de entregarse á este placer favorito. Los natu- 
rales de Madagascar queman los bosques para plantar arroz ó maíz; depo- 
sitan la simiente en unos agujeros, la cubren de tierra y esperan la reco- 
lección; pues bien, el bailarín ejecuta la mímica de estos diversos trabajos, 
mientras sus camaradas le acompañan cantando y batiendo palmas para 
marcarle el compás. El bailarín malgache simula sucesivamente: la corta 
de la leña, el ruido del hachay la caída del árbol; siguen luego el incendio 
del bosque talado, el chisporroteo de la llama y las crepitaciones de la ma- 
dera; abre después en la tierra agujeros imaginarios, entierra el grano y 
parece dirigir al gran espíritu Zanahary (dios) una suplicante invocación. 
La danza del arroz es muy expresiva y constituye una verdadera pantomima. 

«Había oído hablar mucho de la dan^a del fuego en la India, escribe 
un viajero (3), y esos relatos habían excitado siempre mi curiosidad. Dos ó 
tres meses antes de mi partida de la colonia, recibí de uno de mis amigos, 
Gabriel Crivelli, una invitación para asistir á esa ceremonia celebrada en 
honor de Buda. Había comenzado la fiesta é iba á empezar la danza. 
Mientras varios titiriteros, con el cuerpo lleno de rayas rojas, negras y 
amarillas, ejecutaban saltos y cabriolas, salieron de las filas algunos indos 
que fueron á colocarse al extremo de un hoyo lleno de fuego que se 
abría enfrente del altar de Buda. Aquellos hombres de reluciente piel 
avanzaban tranquilamente, pero sus miradas revelaban su exaltación; en- 
tre ellos había una veintena de niños de doce á quince años. Auna señal, 
los bailarines, formados en fila inda, atravesaron aquella capa de brasas de 
veinte centímetros de espesor y repitieron esta marcha cinco ó seis veces 
entre las aclamaciones entusiastas de la multitud. Pero esto no era más 
que el preludio de la verdadera danza ritual. Al poco rato, tres fanáticos 
penetraron en el fuego y avanzaron valientemente, con paso cadencioso 
y salmodiando cantos entono plañidero... Con una fuerza de voluntad in- 

(1) Sec. Voy. de Clapperton, I, io5. 

(2) Bohme. 

(3) M. Macquaire. 



LIBRO SEXTO 65 

creíble soportaron aquel fuego que les quemaba los pies, sin exhalar el 
menor grito, sin prorrumpir en una queja. Y cuando hubieron atravesado 
el brasero sin interrumpir un punto su danza, acercáronse á un estanque, 
en donde les ofrecieron agua mezclada con ceniza. Sucediéronles otros fa- 
náticos y al fin les llegó el turno á los niños: de veinte que eran, sólo dos 
tuvieron energía suficiente para pisar aquel suelo ardiente; aquellas infeli- 
ces criaturas, una de las cuales apenas tenía catorce años, pudieron al prin- 
cipio resistir el dolor, pero en 



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medio de su danza cayeron en 
redondo sofocadas y sin sentido. 
Inmediatamente se oyó un estré- 
pito espantoso de voces, trom- 
petas y tam-tams, y el maestro 
de ceremonias les cruzó el cuer- 
po á latigazos hasta que se levan- 
taron: de los dos muchachos, 
el uno cruzó el hoyo corriendo 
lo mejor que pudo; el otro in- 
tentó hacer lo propio, mas no 
tardó en caer de nuevo sobre 
las brasas. Sin embargo, en me- 
dio del dolor de las quemadu- 
ras y de los latigazos, aún tuvo 
fuerzas suficientes para arras- 
trarse hasta el otro extremo del 
hoyo; transportado junto al es- 
tanque, le echaron ceniza y 
agua mientras esperaban que 
sucumbiera. Los asistentes mos- 
traban un entusiasmo delirante: la fiesta del fuego había terminado y había 
ofrecido su víctima á Buda; en su consecuencia, por la noche hubo en el 
campamento brillantes iluminaciones y resonaron en él cantos de alegría.» 
Otro viajero (i) describe la danza guerrera de los dahomeyanos en los 
términos siguientes: «Suena cadenciosamente el tam-tam; los soldados, 
formados en orden de batalla, ejecutan cuatro grandes saltos doblando su 
torso, ora á la derecha, ora á la izquierda, como si buscaran enemigos ocul- 
tos. En la segunda figura, avanzan rápidamente cuatro pasos, tienden ar- 
mas hacia su jefe, que es el modo de prestar juramento al rey, y lanzan al 
mismo tiempo el grito de guerra dahomeyano, convirtiéndose en aquel 
momento la danza en un simulacro de combatey multiplicándose las figuras 
hasta lo infinito. Cada guerrero adopta una actitud estudiada de comba- 
tiente, y cuando se supone que el enemigo ha sido vencido, hacen ver que 



Bayaderas de una pagoda del Sur de la India 



(1) 



Ed. Chaudoin. 
Tomo III 



66 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cortan las cabezas de los cautivos que han de servirles de trofeos: puesta 
una rodilla en tierra, como si la apoyaran sobre el pecho de su adversario, 
empuñan su enorme cuchillo por los dos extremos y le imprimen un mo- 
vimiento de vaivén; y finalmente, uno de ellos es conducido á los pies del 
jefe, en la actitud de un rey desarmado, y entregado á la discreción del 
vencedor.» 

El R. P. Collin, misionero (i), refiere que en Ceylán existe una pro- 
fesión especial de bailarines del diablo, grupo de individuos cuyas mímica y 
contorsiones tienen, según creencia de los negros, la virtud de ahuyentar 
á los demonios. Estos devil's dancers (2) lo mismo toman parte en las ce- 
remonias públicas y especialmente en las procesiones budistas, que acu- 
den, llamados por las familias, junto al lecho del moribundo, en donde á 
los sones de una música estrepitosa, ejecutan durante la noche zarabandas 
frenéticas para amedrentar á los diablos y alejarlos de allí; pero sucede mu- 
chas veces que el remedio mata al enfermo ó cuando menos agrava su es- 
tado. En opinión de esos insulares, la enfermedad es un castigo que ellos 
explican por la presencia de los malos genios que vienen á residir en el 
cuerpo humano para atormentarlo. 

La danza es una de las pasiones de los negros de Senegambia, que se 
entregan á ella por cualquier motivo y en las circunstancias más contra- 
dictorias, con ocasión de un nacimiento ó de la muerte de un pariente, de 
una boda ó de la recolección, de la guerra ó de la luna nueva, y también 
cuando quieren festejar á un viajero ilustre (3). 

Según M. Reville, de tal manera constituye la danza la esencia del 
culto de los hotentotes, que cuando uno de ellos se hace cristiano, dicen 
de él: «¡Ya no baila!,» y si vuelve al fetichismo, anuncian «que danza de 
nuevo. » 

La tradición de las danzas sagradas subsiste todavía en ciertos puntos 
de Rusia y de Alemania. Una secta rusa, la de los Khlysty, concede en la 
vida religiosa un puesto importante á los movimientos del cuerpo, para 
utilizarlos como un excitante del espíritu, y buscan una especie de alucina- 
ción en los valses religiosos que se denominan radenia (es decir, fervor), 
valses muy acelerados, cuyas rápidas y embriagadoras vueltas obran sobre 
los nervios y sobre el cerebro, preparando la hora de las profecías, ó sea 
el instante en que, llegada á su paroxismo la exaltación de los sectarios, las 
palabras incoherentes y las frases entrecortadas podrán ser interpretadas 
como otras tantas celestiales revelaciones. He aquí una descripción de la 
coreografía del culto de los Khlysty: «Hombres y mujeres vestidos de 
blanco se congregan de noche, y después de entonar cánticos y de invocar 
al Cristo Iván (4), algunos adeptos comienzan á moverse formando una 



(1) Lutte contre le Douddhisme, por el R. P. Collin. 

(2) Devil, en inglés significa «diablo.» 

(3) Al. Apost., i8q5. 

( |) Iván Timofeevitch, personaje considerado entre los mujiks como un nuevo Cristo 



LIBRO SEXTO 6j 

rueda. Poco á poco, los asistentes siguen este ejemplo con rapidez que 
tiene algo de vértigo, y animados por una especie de frenesí contagioso, 
son arrastrados todos por el mismo torbellino, puestos los hombres en el 
centro y haciendo las mujeres piruetas en torno de ellos, y unos y otros 
dando vueltas circulares y lanzando gritos y sollozos. Cuando la excitación 
ha llegado á su colmo, rómpese el circulo y cada cual se entrega á sus 
arrebatos: uno, acometido de un temblor convulsivo, procura llegar al éx- 
tasis por medio de un balanceo uniforme; otro golpea ruidosamente el 
suelo, patalea y salta; éste se agita en furiosa cadencia; aquél gira sobre 
sí mismo con los brazos en cruz y los ojos cerrados y llega á ser aparen- 
temente insensible á todo. Entre los Khlysty, como entre los derviches, hay 
devotos tan hábiles en dar vueltas que, vistos de lejos, parecen inmóviles, 
y la vista sólo distingue una visión vaga; los vestidos de estos fanáticos se 
ahuecan, sus cabellos se enderezan y su figura ofrece en conjunto un es- 
pectáculo cuya sola percepción influye tanto como la misma danza sobre 
los prosélitos. n 

Cerca de los valles poblados de bosques de los alrededores de Tréve- 
ris, los feligreses de la iglesia abacial de Echternach celebran todavía en la 
actualidad una procesión danzante en honor de San Willibrod, el apóstol de 
los frisones: extiéndense por las cailes los fieles, llevando al frente á los 
sacerdotes y una música, y dan tres pasos hacia adelante y dos hacia atrás, 
acentuando el compás con una antigua tocata bien ritmada (i). La impre- 
sión que de momento causa aquella multitud que salta y ondula no es muy 
seria, pero la vista de todas aquellas fisonomías graves, emocionadas por 
una fe ingenua, acaba por conmover al espectador, que no puede menos 
de pensar en David bailando delante del arca santa. Al fin, aquellas gen- 
tes suben cadenciosamente los sesenta y cuatro escalones que conducen á 
la capilla, y penetrando en la iglesia, terminan su peregrinación haciendo 
una rueda en torno de la tumba del compañero de San Bonifacio. 

Casi no es necesario decir que, aparte de estas raras excepciones, la 
danza contemporánea entra en la categoría de las cosas exclusivamente 
profanas, habiendo perdido todo su carácter hierático. 

III. — Si los escritos que contienen el relato de sucesos más ó menos 
ficticios representan un género casi tan antiguo como la misma imagina- 
ción, la novela propiamente dicha es, en cambio, de origen mucho más re- 
ciente. 

No pueden ciertamente llamarse novela las fábulas y los apólogos de 
los antiguos que, á diferencia de nuestros contemporáneos, se deleitaban 
con la mitología, con lo maravilloso, por inverosímil que fuese. Las aven- 
turas homéricas de los dioses y semidioses; los mitos á que alude Platón 
en el Timeo y en el Fedón, ó las lecciones que contiene la Cyropcdia de 
Jenofonte, no podrían ser calificados de novela sino mediante un verda- 



(i) Fr. Cat. , junio, 1894. 



68 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

pero abuso de esta palabra, porque, según la acertada expresión de M. Vi- 
llemain, «la novela que se apodera del alma y la sigue en todas sus con- 
diciones ordinarias, no existía en la antigüedad.» De todos modos es evi- 
dente que una sociedad que tenía á la mujer recluida en la sombra del 
gineceo no se prestaba á las pinturas de sentimiento, tales como los mo- 
dernos las entienden; sin embargo, esta literatura comenzó á desenvolver- 
se en la época alejandrina (i), por lo menos entonces se modificaron las 
antiguas epopeyas y se inventaron leyendas en torno de los nombres ilus- 
tres de la historia. 

La afición á lo novelesco no era compatible tampoco con las ocupa- 
ciones del Foro y con la vida campestre; por esto los romanos no cono- 
cieron más que las invenciones graciosas del Asno de oro de Apuleyo, que 
no es sino una traducción latina de una fábula griega. 

En la Edad media, época de guerras y de azares, de credulidad y de 
aventuras, la novela reviste una forma popular sin perder por ello su ca- 
rácter épico, y ora muestra una grandiosidad, una intrepidez que recuer- 
dan las viejas epopeyas, como se humaniza y dulcifica bajo la inspiración 
cristiana que hace vibrar las cuerdas de la lira del poeta; en prueba de 
ello, basta nombrar la Canción de Rolando, la gesta de los Cuatro hijos Ay- 
món, el ciclo de la Tabla redonda, etc. 

Las narraciones caballerescas, fantásticas, extravagantes, ofrecen, más 
que ninguna otra, inagotable materia á las concepciones literarias de la 
época; ellas engendraron esa exaltada galantería que se alimentó acaso 
más en la cabeza que en el corazón de más de un Amadís. 

En el siglo xiv, las obras imaginativas, al revestir la forma alegórica, 
convirtiéronse en satíricas ó licenciosas en la novela de La Rosa, en la de 
la Zorra y en el Decameron. 

En el siglo xvn, el famoso autor de Don Quijote, Cervantes, aunque 
admirador sincero del verdadero valor, acometió la empresa de dar un re- 
lieve cómico á las excentricidades y á las ridiculeces de la caballería de- 
generada. En Francia aparecieron en aquella misma época la Astrea de 
d'Urfé, historia interminable del lánguido Celadón, y luego las obras pre- 
suntuosas de la señorita de Scudery (2) y los estudios del corazón huma- 
no, especialmente del íemenino, en la Princesa de Cléveris y en Zaida, de 
la señora Lafayette. 



(1) Pueden citarse las Etiópicas de Homero, la elegante égloga de Dajnisy Che de 
Longo... 

(2) Particularmente Cyrus y Clelia, en donde se encuentra la ridicula carta sentimen- 
tal del país de Tierno, con cuya lectura se extasiaban las marisabidillas del palacio Ram- 
bouillet. En esa geografía del amor se encuentran el río de la Inclinación en cuya orilla 
derecha hay las aldeas Lindos Versos y Epístolas Galantes, y en la izquierda la de la 
Complacencia y de las Delicadas Atenciones; más lejos está el villorio Ligereza junto al 
lago de Indiferencia. Un camino conduce al distrito de Perfidia, pero siguiendo el curso na- 
tural del río se llega á las ciudades de Tierno de Estimación y Tierno de Inclinación. En 
el fondo esto era una pintura fiel de las costumbres del siglo xvhi, lo cual explica el entu- 
siasmo del grave Mascarón, por ejemplo, que «coloca estas obras al lado de las de San 
Agustín v San Bernardo cuando preparaba sermones para la corte.» 



LIBRO SEXTO 69 

La filosofía militante del siglo xvm creóla novela de costumbres. Lesage 
reemplaza el ideal ó los ensueños de sus antecesores con un estudio sincero 
de los caracteres; en vez de mirar á las nubes, observa la naturaleza y ana- 
liza los sentimientos con cautivadora exactitud, 5^ al mismo tiempo que la 
verdad sucede á las quimeras, la prosa substituye á la poesía. No tarda la 
novela en desnaturalizarse y se propone no tanto divertir como difundir 
la licencia y la impiedad: tal es la obra de Voltaire y de una legión de imi- 
tadores suyos que, sin tener su genio, comparten su afición á las burlas 
implacables. El insípido Bclisario de Marmontel y las sosas églogas de 
Florián tuvieron, á lo menos, la ventaja de ser poco peligrosos. Pero la 
novela más importante del siglo xvm fué la Nueva Eloísa, en la que la 
magia del estilo de J. J. Rousseau hace á menudo olvidar lo falso de las 
situaciones. Después, el más ilustre de los discípulos de Rousseau, Ber- 
nardino de Saint-Pierre, se propone purificar la novela con la narración 
sentimental de Pablo y Virginia. 

La literatura romántica llega á ser en el siglo xix una pasión popular, 
y entonces la industria de la novela de folletín se alimenta de produccio- 
nes tan efímeras como prematuras, al lado de las cuales nacen, sin em- 
bargo, importantes obras llamadas á sobrevivir á otras muchas; y el siglo 
despliega en todos los géneros imaginativos tanto ardor como variedad. 
Para no hablar más que de nuestros autores nacionales, ¡cuántos nombres 
ilustres acuden á nuestra mente! Benjamín Constant, Balzac, Alfredo de 
Vigny, Víctor Hugo, Sainte-Beuve, Alejandro Dumas, «este prestigioso 
engalanador de la historia,» Teófilo Gautier, Jorge Sand, J. Sandeau, 
Merimée, Octavio Feuillet... y otros cien que representan en sus múltiples 
matices la gama de las novelas modernas. En muchas de estas obras, el 
brillo de los talentos resplandecientes eclipsa ya á menudo las luces del 
buen sentido y de la sana moral. 

Hoy en día, el público procura distraerse y hasta aturdirse refugiándo- 
se en un supuesto ideal ó buscando un «estado anímico» que le permite 
«salirse de sí mismo;» y lo que da tan gran importancia á la novela ac- 
tual es que desde hace poco ha adquirido un valor científico, á causa de 
la psicología refinada que le caracteriza y hace de ella una especie de filo- 
sofía casi viviente, una colección de documentos humanos. ¿Por qué es 
preciso que muchos escritores de un inmenso valor y de una erudición 
indiscutible no tengan el menor escrúpulo en emplear los encantos de su 
estilo y las seducciones de su ingenio en producir obras inquietantes y 
capaces de falsear la conciencia? 

Muchísimos autores se dedican, al parecer, á halagar las peores ten- 
dencias y queremos creer que obran así por un deseo inmoderado de po- 
pularidad, no por calculada bajeza. Desesperanzados de aventajar á sus 
predecesores, preocúpanse ante todo de escribir en el sentido más violen- 
to, más atrevido, más paradójico; los hay que fían menos en su talento 
que en su impudor para hacerse célebres, y no faltan tampoco quienes no 



70 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vacilarán en firmarlas más groseras elucubraciones que parecen haber sido 
elaboradas en una sentina y en un momento de borrachera. ¿Cómo se 
explica esto? En muchos casos del modo siguiente: el autor que ha que- 
rido publicar un libro honesto que el público no ha sabido apreciar, se 
dice: «Escribamos cosas... escabrosas para satisfacer el gusto del día y 
excitar la curiosidad.» Su novela será una mala acción, acaso hasta un 
crimen desde el punto de vista de la moral.., pero ¡qué le importa si el 
libro se vende! 

Así es que la última palabra en materia de reclamo será, como atrac- 
tivo supremo, el anuncio ruidoso en los periódicos de una obra que contur- 
ba el ánimo. Esta confesión merece no ser olvidada. De modo que apolo- 
gías y justificaciones escandalosas del mal; defensas impudentes é in- 
solentes rehabilitaciones; compromisos vergonzosos; reivindicación del 
derecho de morir; pretendida fatalidad de las pasiones; análisis cínico de 
corrupciones científicas; descripción complaciente y hasta glorificación de 
los rebajamientos, de los desfallecimientos, de las liviandades de toda cla- 
se; tal es la pimienta con que tan á menudo se sazonan esas publicaciones 
malsanas que el lector acepta con facilidad inconcebible, á poco que el 
novelista haya demostrado talento ó tan sólo originalidad, porque ya se 
ha convenido en que el estilo todo lo redime. 

Insistir más para probar que la mala novela puede corromper, sería 
tan inocente como acometer un gran trabajo para demostrar que el vene- 
no es susceptible de viciar el organismo. Sin embargo, el problema es más 
delicado cuando se trata de analizar las consecuencias posibles de un gran 
número de novelas consideradas decentes, en sentir de muchas personas 
superficiales. Situándonos en el punto de vista filosófico, persistimos en 
el sentimiento que en otro lugar hemos expresado (i), á saber, que las 
novelas, aun las relativamente decentes, no siempre se hallan libres de 
inconvenientes para la rectitud del juicio, sobre todo durante la juventud, 
cuando se hace de ellas la distracción habitual. 

A fuerza de rodearse de ficciones, de vivir en el ensueño, se acaba por 
no medir exactamente las realidades de la existencia bajo su ángulo ver- 
dadero; y entonces, en vez de considerar la existencia tal cual es para la 
generalidad de los hombres (es decir, más bien gris con algunos destellos 
de alegría intermitente y fugaz), los unos quieren á toda costa verlo todo 
de color de rosa, al paso que los otros, afectados de un daltonismo opues- 
to, se creen perdidos en este mundo en medio de una niebla obscura como 
la noche. No pretendemos, naturalmente, que esas obras de imaginación, 
las que más cautivan, hayan de ser reputadas malas por necesidad, pues 
esto sería una injusticia, amén de una tontería; pero, fundados en observa- 
ciones tan minuciosas como reiteradas, creemos que con frecuencia son de 
índole á propósito para sugerir ideas falsas, al paso que es muy rara y muy 

(i) Véase Les enfants mal eleves, estudio psicológico por Fernando Nicolay (obra pre- 
miada por la Academia de Ciencias Morales y Políticas). Perrín, editor, París. 



LIBRO SEXTO 7 I 

limitada su influencia afortunada y provechosa. Y no se crea que la cues- 
tión se resuelve con esta observación algo inocente: vale mas leer novelas, 
aun las criticables, que obrar mal; pues si una cosa es mala, ¿dejará de 
serlo porque se indiquen otras peores? 

Ahora bien: examinemos á los héroes de novela menos sospechosos y 
observemos lo que ha de suceder con ellos. Un autor quiere apartar de 
sus obras hasta la idea del mal; está firmemente resuelto á ello porque es 
para él caso de conciencia, y para conseguirlo, escogerá los personajes de 
modo que respondan á su propósito, los creará A su capricho. ¿Y por qué 
habrá de contrariarse? ¿Quién se opondrá á su voluntad? Desde el mo- 
mento en que la ficción no es demasiado inverosímil, nada limita su ima- 
ginación, nada la contradice. Así es que atribuirá á su héroe la edad, el 
temperamento, los gustos que se le antojen; levantará barreras infranquea- 
bles; inventará á su sabor impedimentos decisivos, por poco que estime 
prudente poner un dique á los entusiasmos de ésta por aquél ó á las sim- 
patías secretas de este último. ¿Quiere, por el contrario, una solución 
agradable?.. Combinará á maravilla los caracteres y las aspiraciones, des- 
truirá los obstáculos y allanará las dificultades como por virtud de un po- 
der mágico. Y en caso necesario, para conciliario todo, recurrirá á los 
expedientes «clásicos» del género: se revelará en una carta misteriosa el 
secreto de un nacimiento ignorado; ó por medio de una inesperada heren- 
cia se dotará á tal ó cual personaje de una pingüe fortuna... Por supuesto 
que rejuvenecerá estas soluciones con ingeniosas y artísticas variantes. Mas 
no para aquí la cosa. ¿Necesita el novelista heroísmos, abnegaciones ó 
imposibilidades para mantener estrictamente la acción dentro del marco 
de honestidad que se propuso y previo?.. Los inventará al instante y se 
dará en ello tan buena maña que los más exigentes quedarán plenamente 
satisfechos. ¡Cuesta esto tan poco! Y el autor triunfará diciendo: «¿Puede 
haber algo más puro que mi libro? ¿Cabe nada más inocente que mi no- 
vela?» A lo que se le puede responder: vuestro libro nada tiene de malo, 
porque habéis podido forjar los personajes para que así resultara adornán- 
dolos, á vuestro antojo, de cualidades trascendentales é incomparables. 
Pero supongamos que el lector se encuentra en una circunstancia análoga 
á la que en vuestro libro ha leído; ¿encontrará la sociedad ideal, por vos 
agrupada expresamente á fin de que la obra se desenvuelva sin obstáculos? 
¿Se verá protegido por las mismas eventualidades, amparado por las mis- 
mas virtudes? En una palabra, vuestra historia, tan correcta, ; sería honra- 
damente realizable en la vida práctica? 

Este es el problema. Habéis descrito lo que debería ser, lo que podría ser. 
¡Perfectamente! Pero en realidad, ;qué sucedería dado loquees, es decir, la 
inexperiencia, la credulidad, la debilidad de los unos y la astucia, la perfidia, 
la perversidad de los otros? En efecto; no se trata aquí de convencionalis- 
mos imaginarios, ni de comparsas escogidos á capricho: en la vida real, si 
una vecindad es molesta, comprometedora ó peligrosa, continuará siéndolo. 



72 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Observemos que el autor hará desaparecer ciertos personajes si estima 
que la situación, que ha llegado á ser sobrado embarazosa, no puede pro- 
longarse sin peligro; los embarcará para las colonias, hará que se vuelvan 
locos ó los sepultará en la tumba, si le conviene una ausencia oportuna y 
hasta una viudez, para permitir que sus héroes representen hasta el final 
un papel respetable. Y aun más de una vez inventará desenlaces inadmi- 
sibles, bastantes por sí solos para demostrar que la historia virtuosa que 
se desenvuelve satisfactoriamente en el papel no podría tener un término 
moral si se trataba de episodios «vividos,» ó sea de seres que viven, sien- 
ten y quieren. Sí; transportemos la acción á la existencia normal, y tal 
vez comprobaremos que esa buena novela ha causado un mal á pesar de las 
excelentes intenciones de quien la ha concebido. 

Pues bien: ¿puede llamarse «buena» una obra irreprochable, en con- 
cepto del autor, pero capaz de conturbar los ánimos y de exaltar las pa- 
siones? 

Es indudable que existen escritores que se han servido de la forma 
atrayente de la novela para ofrecer útiles enseñanzas envueltas en los en- 
cantos de agradables ficciones; pero ¡cuan raras veces les vemos salir con 
bien de una empresa tan difícil y tan ingrata! 

La causa de que las novelas rigurosamente decentes sean en general 
tan poco interesantes, es que por anticipado se sabe el desenlace que han 
de tener, porque si hay mil intrigas y situaciones posibles, no hay más que 
una moral, en el verdadero sentido de la palabra. Por otra parte, tenemos 
un medio fácil y decisivo de apreciar y juzgar el valor moral de una obra 
escénica ó de una novela, y este medio consiste en volver á leer la obra, 
de buena fe, sin prevenciones, y preguntarnos qué diríamos si nuestro 
hijo ó nuestra hija pensara ú obrara como el héroe ó la heroína cuyo ca- 
rácter analiza' ó cuyas aventuras relata el libro. 



CAPITULO III 



HISTORIA ANECDÓTICA DEL LUJO 

El lujo en las edades prehistóricas. — Las galas entre los egipcios, los hebreos...— Los ban- 
quetes públicos en Grecia. — Ingeniosa ley de los locrenses sobre el fausto. — El lujo en- 
tre los romanos: cómo empleaba el día una patricia rica. — Curiosidades de las leyes 
suntuarias en Francia. — Costumbres singulares del condado de Eu.— Ordenanzas sobre 
el número de platos permitidos. — Reglamentos relativos á los trajes y á los sombreros. 
— Ordenanzas sobre las ligas y los botones de los vestidos.— Decretos del Parlamento 
sobre los vestidos de indiana. — Los miriñaques hace veintidós siglos.— Edictos reales 
y reglamentos concernientes á los verdugados y á la anchura de las faldas. — Tratado de 
un teólogo contra los tontillos. — Edictos sobre las caretas y los antifaces. — Legislación 
relativa á los peinados: los inspectores de pelucas; el peluquero Binette. . — Explicación 
de ciertas modas: «á la rinoceronte..., á la Caja de descuento..., á la inocencia recono- 
cida...»— Origen histórico de los camisolines, gorgueras, pelucas, babuchas... — Diver- 
sos nombres que designan á los elegantes y á los fatuos. — Nociones extravagantes acer- 
ca de la belleza humana. — Deformaciones del rostro por los salvajes; procedimientos de 
éstos para embellecerse. — Estudio sobre el lujo y sus consecuencias sociales. 

Consagramos el presente capítulo á la historia del lujo, «ese precursor 
de múltiples desfallecimientos morales,» según frase de Massillón, ese «mal 
poco temido y de que la gente se ríe aunque lleve en su seno el germen de 
un veneno sutil,» como á su vez observa Bernardino de Saint-Pierre. 

En efecto, el lujo, por una parte, desarrolla el egoísmo y el orgullo 
del rico, y, por otra, despierta en el pobre los apetitos y la envidia, ma- 
dre del odio; acentúa de un modo tan lamentable como peligroso las des- 
igualdades sociales, y finalmente sirve á menudo para dorar las fealdades 
del vicio y para glorificarlo conquistándole una atención inmerecida. No 
es nuestro ánimo hacer contra la afición al fausto un discurso como los 
de Catón ni un sermón como los de Massillón; no pretendemos esto ni 
mucho menos. Tampoco nos proponemos borronear una epístola al modo 
de Delille ni pronunciar una oración para reproducir la tesis que tanto 
agradaba á Dupín. Admirando estas obras magistrales y hasta cierto punto 
definitivas sobre este asunto, nos contentaremos con el modesto papel de 
historiadores y buscaremos en las fuentes legislativas textos y documen- 
tos auténticos. 

Digamos, ante todo, algo del lujo considerado en sí mismo. 

Pascal considera que hay nociones tan claras, tan inteligibles, que 
cualquier definición que de ellas se proponga es menos comprensible que 
la misma palabra; pues lo mismo podemos decir del lujo. M. Say, si mal 
no recordamos, lo ha definido: el uso de ¡as cosas caras. ¿Es esto del todo 
exacto? Los pobres que por unos pocos céntimos compran brazaletes de 



74 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

crisócalo, collares de cuentas de vidrio, ó sortijas que relucen... y no son 
seguramente de oro, no adquieren cosas de subido precio y, sin embargo, 
¿no obedecen acaso al instinto del lujo? Por el contrario, si para proporcio- 
narse ropa blanca duradera ó mantas de mucho abrigo se veían obligados 
á gastar una cantidad relativamente elevada, no por esto podría decirse 
que cede á los impulsos de la vanidad ó de la coquetería. Parece, por con- 
siguiente, que aquella definición, que acaso fué exacta en otro tiempo, no 
tiene ya aplicación desde el momento en que de algunos años á esta parte 
los objetos de puro lujo han sido vulgarizados, «democratizados» en con- 
diciones apenas creíbles. Hoy la mujer del pueblo puede procurarse por 
una suma ínfima en los bazares y tiendas de todas categorías adornos bri- 
llantes y bonitos que á nuestras abuelas les habrían costado diez francos. 
Estos adornos, en sí mismos, no tienen valor alguno; pero son elegantes, 
seductores, y esto es lo único que se exige. 

La historia ha conocido la edad de oro, la de plata y la de hierro...; 
nosotros hemos visto nacer la del ruolz y del estaño y hemos llegado á la 
de la hojalata estampada y del yeso endurecido, al siglo del cartón repu- 
jado, del serrín de madera y de la gelatina decorada. El pueblo se conten- 
ta con la apariencia y con la íorma. 

Otros economistas han definido el lujo: la afición á esa cosa «tan ne- 
cesaria» que se llama lo superfluo. Pero ¿qué se entiende por superfluo?.. 
Para los salvajes serían superfluos los tenedores, los zapatos, los pañuelos 
de bolsillo. 

Las mujeres de la Florida cuelgan de sus narices conchas, espinas, di- 
jes ó anillas, al paso que en Europa las damas llevan en las orejas perlas 
y diamantes, que no son más útiles y aun se ven menos que aquellos ob- 
jetos, pero cuestan más caros y es costumbre ostentarlos. En ambos casos, 
si las modas respectivas son diferentes, el sentimiento que las inspira es el 
mismo, sin duda alguna. 

En Oceanía, el lujo requiere que las gentes se pinten de azul y se ta- 
túen de amarillo y de verde... Ahora bien: malas lenguas afirman que en 
Europa y en la misma Francia hay señoras que se dan colorete en los la- 
bios, negro en los ojos y blanco en las mejillas. En este caso también, así 
las mujeres de mundo como las salvajes recurren, con el mismo fin de 
coquetería, ora á la nivea borla, ora al sabio pincel, para enmendar la pla- 
na á la naturaleza, sobrado avara de dones y encantos envidiados. 

Para el pobre de los países civilizados serán objetos superfluos las cin- 
tas, los guantes, los encajes, en una palabra, las cosas accesorias que mu- 
chos, aun entre los indigentes, preferirán por vanidad á lo necesario. 

«¡Yo que no he comido para comprarme unos guantes!,» podría de- 
cir, mejor aún que el héroe de Ponsard (i), uno de esos desheredados 
famélicos que, en vez de emplear su nerviosa mano en el manejo de algún 



(i) En L'Honnew et l'argent 



LIBRO SEXTO 75 

instrumento útil, se pasan la vida corriendo tras la Ocasión fugitiva ó tras 
las falaces Quimeras, y que, en definitiva, desalentados y desengañados, 
caen cualquier día en brazos de la Miseria ó resbalan bajo las ruedas ho- 
micidas del carro déla Fortuna que á toda costa querían escalar al paso. 

Indudablemente el lujo depende, en primer término, de los hábitos de 
cada cual; pero no es menos cierto que esta afición se modifica según la 
influencia del medio y según los tiempos. 

¡Quién diría, por ejemplo, que en una época en que el oro, las sedas, el 
brocado, el terciopelo y las piedras preciosas brillaban por doquiera en los 
trajes, las camisas y los pañuelos de bolsillo eran patrimonio exclusivo de las 
personas de calidad y que la íorma misma de estas prendas hallábase re- 
glamentada (i)! Las medias eran consideradas como cosa superflua, «y 
sabido es, escribe Voltaire, con qué ardor los viejos consejeros, que jamás 
habían llevado calcetines, censuraron á los jóvenes magistrados que se die- 
ron á este lujo (2).» 

Una crónica de Hollinshed (3) denuncia como suntuaria la substitu- 
ción de la lana á la paja en las camas y el uso de los utensilios de tierra 
en vez de los objetos de madera, así como el empleo del roble en lugar 
del sauce en el mobiliario: «Antiguamente, dice ingeniosamente el cro- 
nista, nuestras casas eran de sauce y nuestros habitantes de roble; ahora 
nuestras casas son de roble y los habitantes no ya de sauce, sino de paja.» 

A medida que se desarrollan la cultura intelectual, el refinamiento del 
gusto y las comodidades, cambia asimismo el nivel de las necesidades. La 
esposa del artesano acomodado tiene, en nuestros días, mejor provisto su 
tocador que las castellanas del siglo xiv; la vivienda del hombre de la cla- 
se media es, si bien se mira, más cómoda que las casas solariegas de la 
Edad media, y más de un señor feudal habría estimado como «pitanza re- 
galada y muy sabrosa» la comida de alguno de nuestros obreros. 

El lujo es, en cierto modo, tan antiguo como el mundo, ya que el 
hombre y sobre todo la mujer se han sentido siempre inclinados á buscar 
entre los objetos que les han rodeado los que pudieron contribuir á ador- 
narles y á aumentar su valor personal. 

Las sepulturas principalmente nos han conservado las muestras artís- 
ticas; en ellas se han encontrado joyas y armas correspondientes á los di- 
versos grados de civilización y que han permanecido intactos en medio 
de los trastornos y de los cataclismos. Cuando vemos la perfección rela- 
tiva de las joyas de la edad de bronce, no podemos dudar de que los contem- 
poráneos de la época de piedra debieron adornarse ya con objetos fabrica- 
dos por sus manos ó simplemente hallados en la naturaleza, tales como 
piedras brillantes, conchas de nácar, hojas escogidas, aromáticas flores ó 
plumas de colores brillantes. 

(1) Una ordenanza de 23 de septiembre de 17S4 dispone que «la longitud de los pa- 
ñuelos de bolsillo que se fabrican en el reino será igual á su anchura.» 

(2) Voltaire, Lettres. 

(3) Del año id~~. 



?6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Basta contemplar los museos egipcios, los monumentos funerarios del 
valle del Nilo ó las pinturas murales, como las de la tumba de Beni-Ha- 
sán, para comprender que las joyas de los egipcios eran de una labor ma- 
ravillosa, de una gracia perfecta en punto á composición y de la más feliz 
armonía en sus formas típicas. La imagen del floreciente loto ó la del es- 
carabajo sagrado (i) han proporcionado infinidad de temas á los artistas 
de la época: los brazaletes exquisitamente cincelados, los sellos grabados 
con singular delicadeza, los collares de lapislázuli y de esmalte, las cade- 
nas de filigrana de oro, las empuñaduras de marfil y las espátulas de ce- 
dro elegantemente historiadas, todo, en una palabra, excita una admira- 
ción justificada. En cuanto á las telas, las que el tiempo ha respetado en 
el transcurso de treinta y cinco ó cuarenta siglos, demuestran que el traje 
de las gentes ricas en nada cedía, en punto á corrección, á los demás 
ornamentos de que el egipcio se envanecía, ora se tratase de muselinas, 
ora de flecos, ó franjas, pasamanerías ó tejidos recamados (2). El presi- 
dente de la Asamblea política egipcia llevaba como distintivo un collar 
de oro y piedras finas del que pendía una figurita, emblema de la Justicia 
y de la Verdad; y cuando había de dictar una sentencia, volvía esta figura 
del lado de aquel en cuyo favor fallaba. 

¿Desean nuestros lectores saber en qué íorma una egipcia invitaba á 
una comida, hace aproximadamente dos mil años? He aquí el texto de una 
de estas invitaciones descubierta por M. Grenfell, director de una misión 
científica en el Alto Egipto: «Petosiris envía su salutación á su querida Se- 
renia. Tened la bondad, querida, de venir el 20 para tomar parte en la 
comida en honor de la fiesta del dios; y decidme si vendréis en barca ó en 
burro para que pueda enviar á mis gentes á recibiros. » 

La más antigua factura de costurera ha sido muy recientemente descifra- 
da en una tablita de asperón procedente del templo deNippur, en Caldea: 
contiene una infinidad de términos técnicos y trata de la entrega de 92 tú- 
nicas, 14 de ellas perfumadas con mirra, aloe y casia. El carácter arcaico 
de este documento y el sistema de numeración en él empleado hacen su- 
poner que data del año 2800 antes de Jesucristo. 

La Sagrada Escritura nos presenta al siervo de Isaac entregando á Rebe- 
ca dos zarcillos que pesaban dos siclos. Esta clase de adornos fueron, al pa- 
recer, muy á menudo amuletos; así Jacob, al regresar de Mesopotamia, hu- 
bo de quitar á su familia ídolos y zarcillos á los que se atribuía una virtud 
oculta (Génesis, XXXV, 4). Estos últimos servían tan comúnmente de ta- 
lismanes que su nombre en arameo (gedasaya) significa objeto sagrado. La 
mayoría de esas joyas tenían la forma demedia ¡una que se ha conservado 
al través de los siglos (3). 

(1) En todas partes se ponían escarabajos, hasta en el cuerpo de las momias. 

(2) Al lado de las ricas telas egipcias se puede ver en el museo del Louvre tela ordina- 
ria zurcida en algunos sitios. 

(3) En la Edad media, los camafeos, de piedras duras talladas en relieve, fueron con mu- 
cha frecuencia amuletos á los que se atribuía la virtud de preservar de influencias malignas. 



LIBRO SEXTO 77 

En el libro de los Reyes (i) se lee la descripción del lujo piadoso que 
desplegó Salomón para embellecer el templo: el oro, las piedras preciosas, 
las esculturas, el bronce y el aromático cedro contribuían á la magnificen- 
cia de aquel edificio de gigantescas proporciones. 

En Oriente, las prodigalidades y el fausto llegaron á los últimos lími- 
tes: pareciéndoles insuficientes las diademas en la cabeza, las perlas en las 
orejas y los brazaletes en los brazos y hasta en las piernas, pusiéronse las 
mujeres joyas en las mejillas y láminas de oro en las palmas de las manos. 

Para proteger la sencillez de las costumbres griegas, el legislador se 
creyó obligado á reglamentarlas por medio de leyes suntuarias, encargan- 
do á funcionarios especiales la misión de confiscar los objetos de pura va- 
nidad puestos á la venta y hasta de inspeccionar el número de los invita- 
dos á los banquetes. Una ingeniosa ley de los locrenses, con objeto de 
disuadir de las costumbres dispendiosas, inventó el recurso de permitir las 
cosas lujosas únicamente á las personas que tenían nota de infamia. Copiare- 
mos algunas de estas disposiciones escogidas entre las más curiosas: «Sólo 
los hombres viciados pueden vestir telas preciosas. — Ninguna mujer irá 
acompañada de más de un esclavo, á no ser que esté borracha. — Únicamente 
las mujeres de vida disoluta están autorizadas para adornarse con joyas.» 
Según parece, muchas mujeres griegas prefirieron los adornos á la buena 
reputación. 

Los príncipes y los magnates han ordenado i menudo la sencillez, pero 
dando ellos el ejemplo del más escandaloso despilfarro; mal podían, pues, 
tales señores predicar al pueblo la sobriedad y la templanza. 

La primera ley suntuaria que se promulgó en Roma fué la ley Orquia, 
que determinaba el número de comensales, aunque sin limitar el gasto, y 
no permitía comer á la vista del público, con las puertas abiertas, por te- 
mor de que por afán de ostentación se sirvieran cosas superfluas. A la ley 
Orquia sucedió una serie de disposiciones legales (2) referentes á los gas- 
tos de los banquetes y á la cantidad de manjares en ellos servidos: había 
derecho de gastar por cabeza y día el valor de 5 1 céntimos de nuestra mo- 
neda; 1 '50 francos diez veces al mes; 5'io francos los días de fiestas délos 
dioses, y 268'9i los días de boda. Alo sumo podían ser invitados tres ami- 
gos al mismo tiempo, excepto tres veces al mes; la cantidad de manjares 
quedaba limitada á tres libras de carne (3) y una de pescado por cada comida. 

Los detalles que da Plinio sobre las bebidas refrescantes de los roma- 
nos demuestran que éstos empleaban procedimientos científicos muy per- 
feccionados: «Como las provisiones de hielo, escribe, acaban por agotarse 
en la época de los calores, se ha encontrado el secreto de tenerlo en el ri- 
gor del verano; se hace hervir agua y se la transforma en hielo un momen- 
to después.» 



(1) III, Reyes, VI y VII. 

(-0 Leyes Faunia, Didia, Lucinia, Cornelia, Emilia, Amia, Julia, Oppia. 
(3) La libra romana pesaba unos J20 gramo? 



78 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Las joyas fueron, en principio, prohibidas; sin embargo, eran toleradas 
aquellas cuyo precio no excedía de media onza de oro, lo que no íué óbi- 
ce para que César trajera de Egipto una perla que había costado seis mi- 
llones de sestercios. 

Dice Plinio que Apicio, para comer lo que nadie más comiera, se ha- 
cía guisar pájaros sabios; h domesticidad y el adiestramiento hacían menos 
suculenta la carne de estos animales, pero ¡qué importaba si la vanidad les 
daba un sabor especial! 

Cleopatra (¿quién no conoce este episodio?), ansiosa de sobrepujar el 
fausto y las suntuosidades de Antonio, apostó á que le serviría una comi- 
da en la que ella absorbería una suma superior á cuanto hasta entonces se 
había visto; y en efecto, hizo disolver en vinagre una perla cuyo valor era 
de seiscientos mil francos de nuestra moneda, y se la tragó. Y la misma 
suerte habría corrido otra perla si no hubiesen impedido á la reina que la 
destruyera. 

La esposa de Calígula, Lollia Paulina, tenía pendientes que valían sie- 
te millones: «He visto á Lollia, escribe Plinio, cubierta enteramente de 
esmeraldas y perlas; su cabeza, las trenzas y los rizos de sus cabellos, sus 
orejas, su seno, sus brazos, sus dedos estaban cargados de estas piedras. 
Llevaba encima por valor de 40 millones de sestercios; era la herencia de 
su abuelo, es decir, el despojo de las provincias y el precio de las conce- 
siones.» 

Rehogábalo, que mostraba su lujo especialmente en la comida, servía 
á sus funcionarios, según Lampridio, entrañas de barbo, sesos de faisán 
y de tordo, huevos de perdiz y cabezas de pájaros; á sus perros, hígados 
de pato; á sus caballos, uvas de Apamea; y á sus leones, loros y faisanes. 
Para él se reservaba las lenguas de pavo real y de ruiseñor, las crestas de 
aves vivas, los guisantes revueltos con granos de oro, las habas aderezadas 
con ámbar, el arroz mezclado con perlas, cosas todas sumamente indi- 
gestas. 

El lujo de la gula, cuando llega á este extremo, pierde su nombre y se 
convierte en locura. 

Si no tuviésemos á la vista los textos de los autores clásicos, nos ex- 
pondríamos á que se nos tachara de exagerados al decir que las patricias, 
en sus diarias costumbres, usaban familiarmente la mayor parte de proce- 
dimientos, inventos, recetas y refinamientos de comodidad que, en nues- 
tra época, caracterizan la vida privada de la mujer de mundo. 

Imaginémonos una dama romana que al saltar del lecho se pone la ba- 
ta (indusiaía) y se encamina á una especie de tocador que, á primera vis- 
ta, parece un laboratorio químico, tales son el número y la variedad de 
frascos, lebrillos y botellas que en él se encuentran. Se sienta en un sitial 
elevado y hace seña á la mujer que permanece en la puerta (janitrix) para 
que llame al ejército de criadas y camareras afectas especialmente á su per- 
sona: estrigilistas, apomazadoras, untadoras y perfumadoras, encargadas 



LIBRO SEXTO 



79 



de friccionar, amasar y untar la piel para suavizarla; depilaristas y fiali- 
gas, cuyas funciones consistían en depilar y aplicar afeites; camareras ó 
veslipüea y ornatrices ó especialistas en el arte de disponer las galas. Una 
esclava se coloca delante de ella, sosteniendo con la mano un espejo; otra 
se acerca con un vaso lleno de leche tibia de burra y con una esponja fina 




Dama romana en el tocador. 
(Bajo relieve de la villa Albani, existente en el Museo del Louvre.) 



de África le lava suavemente la cara extendiendo luego sobre la piel una 
ligera capa de churre de oveja para comunicar á la epidermis mayor flexi- 
bilidad y brillantez. Un cepillo (slrigilis) empapado en agua de Cosmus ser- 
virá para limpiar la boca y al mismo tiempo la esclava mirará si hay algún 
diente enfermo que deba ser orificado (atiro incluso refteit) ó substituido 
(dentibits utitur emptis). El uso de los dientes postizos fijados por medio de 
ganchitos de oro era tan corriente, que la ley de las XII tablas, que pro- 
hibía inhumar los cadáveres con objetos preciosos, hacía una excepción 
en favor de aquellos cuyos dientes postizos estuviesen sujetos por este pro- 
cedimiento (auro denles vinel i). 



80 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

La dama romana de nuestro relato es bastante joven todavía para no 
necesitar dentadura postiza; pero, andando el tiempo, quién sabe si ha- 
rá como la Gala de que habla Marcial, «que cambia de dientes como de 
amigos.» 

Siguen luego los cuidados de la cabellera. El aceite de olor (pleum fra- 
gans), la pomada de grasa de oso (ursinas adeps), serán las dos primeras 
substancias que le aplicarán unas esclavas especiales (psecas et picatrix). 
Podría utilizarse también una loción capilar que permite, según frase de 
Marcial, al cisne más blanco tornarse en pocos instantes negro como un 
cuervo; pero, al decir de Plinio, todos estos preparados no hacen, en de- 
finitiva, más que quemar el cabello {iirere crines). Nuestra patricia, á fuer 
de mujer formal, se guardará de imitar á ciertas amigas que se tiñen el 
cabello de amarillo ó de azul {flavo vel fuco caruleó) y sólo se permitirá el 
uso de trenzas postizas, á fin de que en los días de fiesta pueda disponer- 
se su tocado en forma de lira ó de paloma; y si un impertinente ó una 
amiga curiosa le hace una pregunta indiscreta, podrá contestar como Fá- 
bula «que sus cabellos son bien suyos... porque los ha pagado.» 

Si quiere dar á su rostro una palidez interesante, derramará sobre él 
una lluvia fina de blanco de cerusa {pulvis creta seu cerusa). Si, por el con- 
trario, desea comunicarle un tinte más animado y obtener del arte lo que 
ásus mejillas falta, pedirá á una de las fialigasla caja del colorete {arte ru- 
bet). Mas no es esto todo, sino que, sabiendo que el negro, al dibujarlas 
cejas y acentuar los bordes de los párpados, comunica á la mirada mayor 
energía y mayor brillo, ordenará á su esclava que moje un pincel en la 
sepia, ó calliblepharum, y prolongue sus cejas en una graciosa curva {pro- 
ditcit arai); después de lo cual una de las estimmigas colocará encima de 
una lámpara una aguja de hierro, la dejará ennegrecer, la introducirá en- 
tre los párpados y luego la retirará suavemente de manera que el ojo que- 
de orlado de una sombra negra aterciopelada que endulzará la mirada. 
Algunas veces se pondrá en la cara un lunar de cera negra {splenid) para 
hacer resaltar la blancura del cutis. 

¿Cuál vestido escogerá? ¿La mendicula ó toga magistral? ¿La patagiata 
ó túnica sembrada de flores de oro y de plata? ¿La stola de bordados de 
oro y orlas franjeadas? ¿La spissa de mallas ligeras? ¿La croada de blandos 
pliegues de color de azafrán? ¿La klanis, la regula, ó la basílica de largas 
colas? Y encima de este traje ¿qué manto se pondrá? El epanis, pequeña 
capa, ó la calibra, si el tiempo es bueno, ó un pallium ó un peplum de co- 
lores obscuros. Como aun no ha decidido el programa del día, hace que 
sus camareras preparen varios velos, entre los cuales escogerá luego un 
tocado más ó menos elegante: el coriuum, el melinum, la mitbraóh rica... 
La romana, cuando se quede en casa, vestirá generalmente una toga, que 
es la vestidura romana por excelencia, hasta el punto de que Horacio y 
Floro designarán á los romanos simplemente con el nombre de togati, es 
decir, los que llevan la toga. Escogido ya el traje, se celebrará un consejo 



LIBRO SEXTO 8 I 

de esclavas (approbatores) que dictaminará acerca de la decisión adoptada y 
la corregirá en caso necesario. 

Al fin ha terminado el trabajo de vestirse; entonces la dama romana 
pasa a una sala que se ha reservado y lee rápidamente una especie de dia- 
rio {transversa Jiurni), y después sehace relatar, mientras borda, las no- 
ticias que corren por la ciudad, ó bien, siguiendo una moda de la gente 
encopetada, se ejercita en tartamudear, en hablar con la nariz (de nare ló- 
enla), ó en estropearlas palabras suprimiendo letras indispensables (littera 
legitima), ni más ni menos que los petimetres de la época del Directorio 
evitaban el pronunciar la consonante r que encontraban demasiado dura 
para sus paladares delicados. También se ensayará á llorar de un modo 
interesante (dicunt lacrymare decenter). Después, dejando estos ligeros ejer- 
cicios, pensará en despachar su correspondencia. Escribe mal..., pero no 
es culpa suya; la tinta es demasiado espesa (crassits humor)..., el papel 
chupa (carta bibit)..., y ¡cómo ha de escribir con semejante pluma (tali 
cálamo)! Esto no obstante, termina su correspondencia y sella su carta va- 
liéndose de una piedra fina grabada (gemina); pero como el sello no es ga- 
rantía suficiente, á veces recurrirá á la tinta simpática, á cual efecto escri- 
birá con leche de burra, bastando luego extender sobre el papel un polvo 
negro muy fino para que las letras aparezcan. Si teme que su carta se ex- 
travíe ó si no quiere que la conserve en su poder el destinatario, la escri- 
brirá en la espalda de una de sus peinadoras (pro : harta tergum). 

Antes de que la dama salga á la calle, sus criadr.s colocarán en la lite- 
ra su sombrilla (umbella), sus guantes (digitales) ó sus mitenas (manica) 
y su velo (Jlaminwum)... Lo primero que hace al salir es dirigirse á la 
tienda de un mercader que esté de moda i comprar una ligera túnica «te- 
jida de viento,» ó una banda (rica) de Cos, ó alguna rica sedería proce- 
dente de Tiro ó de la Argólida. Después pasa por el mercado de esclavos y 
echa un rápido vistazo á los carteles que cuelgan del cuello de éstos para 
ver si encuentra algún individuo habilidoso cuya adquisición le convenga. 
A veces, al salir de la plaza pública se dirige al templo y antes de penetrar 
en el santuario échase el velo sobre la frente á fin de que no la conturbe 
un rostro enemigo, como dice Virgilio, y también para recoger mejor su 
pensamiento en la oración. Entra, coge el ramo de olivo que está suspen- 
dido en la puerta, y se echa encima, en señal de purificación, algunas go- 
tas de agua lustral. En los días solemnes se hará pasar en torno suyo una 
antorcha compuesta de betún y azufre (tada), ceremonia que constituye 
la lustración por el íuego. Dentro ya del santuario, vuélvese de cara i 
Oriente y reza levantando las manos á la altura de la boca (ad os); así 
adora á la divinidad. Terminada su plegaria, besa las rodillas del dios y 
se retira silenciosamente. 

Luego se hace conducir á casa de una amiga á la que se propone hacer 
visita. Llegada á la villa, uno de los que lleva la litera llama, y un porte- 
ro (nomenclátor), encargado de anunciar á los visitantes, tira del cordón 

Tomo III 6 



82 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

(ducit funem) y abre la puerta de par en par {bipatentes porta-). La patricia 
pregunta si su amiga está visible; pero como ésta ha dado orden de que 
digan que no está en casa (¡anua snrda), se presenta una criada mentirosa 
(mendax ancilla) que con aspecto tranquilo (superbo vultu) dice: «la señora 
ha salido» (isseforas). La dama sabe por experiencia á qué atenerse sobre 
este particular. 

Supongamos ahora que la patricia de que estamos hablando haya sido 
invitada, por excepción, á un banquete en unión de su esposo {per ¡Hue- 
ras admoniti); en este caso irá provista de su mappa, es decir, de la servi- 
lleta que todo convidado lleva para su uso personal, precaución que no es 
inútil porque es costumbre comer con los dedos (carpit cibum digitis). 
Antes de entrar en el comedor (tricünium) se quita el calzado, sandalias ó 
peribaridcs y luego pasa á ocupar una de las camas dispuestas triangular- 
mente en torno de la mesa llena de manjares (jnonopodiitm). En cuanto á 
los parásitos que han traído consigo los invitados, permanecen al pie del 
lecho procurando coger al paso alguna comida á fin de no marcharse en 
ayunas. El patcrfamüias, invocando la bendición del cielo, dice: Hoc bene 
sit!, y el festín empieza. 

¿Hemos de enumerar todos los platos que cubren la mesa, desde los 
pasteles de hígado de pato cebado (turunda jecorca) hasta los pavos reales 
rellenos de traías (tubera)} Ciertamente que no; tal enumeración fatiga- 
ría á los mismos voceros del foro. Entre plato y plato, los comensales se 
entretendrán con un mondadientes {dentiscaípium); pero si, siguiendo el 
consejo de Marcial, observáis á los que usan de él con más perseverancia, 
veréis que son los que no tienen dientes (nechabent denles). Mientras dura 
el banquete, se ejecutan cantos, bailes y luchas para divertir á lo¿ comen- 
sales. En el momento de los postres (mensa secunda-) es costumbre que 
los vecinos de una mesa beban cada uno en el vaso del otro y se cambien 
las servilletas como recuerdo. El anfitrión hace una libación en honor de 
los dioses y derrama en el suelo algunas gotas de vino, después de lo cual 
se pronuncian brindis, según hemos dicho en otro capítulo. ¿Hasta dónde 
llegarán las libaciones? A esto responde Ovidio que no se debe beber has- 
ta ver dobles los objetos (nec qu¿e sunt singula bina vide). 

Cierra la noche. Una legión de esclavos termina el decorado de los 
salones y con azufre se encienden las bujías colocadas en lustros de cris- 
tal (céreos sulphure iutercristalla). En esto llegan nuevos convidados, y el 
nomenclátor, que permanece en la puerta, pregunta respetuosamente: 
¿Quién eres?.. Hoy preguntaría: «¿A quién tendré el honor de anunciar?» 
Al entrar se saluda á los extraños y se estrecha la mano á los amigos 
(dextram premit). Crúzanse írases corteses y hasta palabras lisonjeras, y 
las jóvenes de entonces se someten á las más crueles torturas para mere- 
cer este cumplido, que las halaga de un modo particular: /// es júncea, es 
decir, «tienes el talle delgado- y esbelto como un junco.» ¡Silencio! Ha 
llegado el cantator, que empieza por toses (tussitat), y bebe un vaso de 



LIBRO SEXTO 83 

agua aromatizada, á la que en vano pide la memoria y la voz, como dice 
un satírico. Afortunadamente no tarda en substituirle un recitator que in- 
terpreta sus propias poesías y que ha creído prudente traer consigo algu- 
nos libertos, á quienes ha distribuido por la sala, para que derramen lá- 
grimas en un momento dado ó provoquen ¡bravos! de antemano con- 
venidos. Esta es la claque (ais plausus) que ha de asegurarle el éxito, 
porque el tal artista no se fía de su solo mérito. 

Después de la música y de la poesía, el baile. Las bailarinas cogen su 
pañuelo (sudarium) y delante de ellas sus parejas se inclinan respetuosa- 
mente (salutat decenter). Se bailan danzas de pareja en las que los pies se 
tocan (pede pedan tangit) ó generales formando rueda (corona' sai ¡antes). 

De pionto aparecen criados con bandejas (sculeila), unas llenas de 
pastelillos de miel (huic laboral apis) y de ramilletes (figuras) con delicio- 
sas frutas, y otras con jarros de agua helada (aquam rigenteni de nive); los 
sorbetes (gélida) tienen muchos aficionados. Para combatir el calor del 
baile se distribuyen entre los invitados bolas de cristal enfriadas en nieve 
v destinadas á refrescar con su contacto las manos. Este pequeño descan- 
so permitirá ir á invitar á las señoras que se han quedado solas, sentadas 
en sus banquetas (ne spectent). ¿Es que no quieren bailar, ó que no pue- 
den? Lo mismo da; la cortesía manda que se insista y esta insistencia será 
siempre de su agrado (gaudent rogatce). 

Los hombres se han hecho rizar el cabello (Jerro torquere capillos) y 
afeitar por mano experta (docta nianu). Los que no sean aficionados al bai- 
le jugarán á los dados (tesseros), á la taba (astragaii), ó se contentarán con 
hablar de política (fori lites) ó de la comedia de moda (ccieber ludas)... 

Después de esta rápida ojeada á la vida elegante de la antigua Roma, 
¿no hay derecho para decir que los tiempos cambian, pero las costumbres 
son las mismas? 

Entre nuestros antepasados, la alimentación, el vestido y otras varias 
cosas han sido objeto de reglamentación. 

Hablemos primeramente de las bebidas y de los alimentos. 

La vid no íué introducida en la Galia hasta después de la invasión ro- 
mana; pero en seguida cubrió inmensos campos, gracias sobre todo á las 
propiedades de la tierra que dieron á los viñedos cualidades superiores. 
Este cultivo tomó tales proporciones que Domiciano mandó arrancar las 
viñas de la Galia por miedo de que la abundancia del vino excitara con 
demasiada facilidad al pueblo á la rebeldía y de que además el cebo de 
una bebida tan justamente ensalzada atrajera á los bárbaros. Un Cartula- 
rio de Carlomagno prohibía la embriaguez pública (1), bajo pena de azo- 
tes; pero ya mucho antes de él podrían encontrarse disposiciones Legales 
que limitaban el uso del vino. 

Los focenses de Marsella y los romanos, según refieren Polibio y 



(1) Del aiio 802. — Nuestra ley para reprimir la embriaguez data de 1 B73. 



84 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Valerio Máximo, no toleraban que las mujeres bebiesen ningún fermento 
de la vid. Las romanas, dice Polibio, no podían apagar su sed más que 
con passiim, es decir, con un brebaje extraído de la pasa, y no les estaba 
permitido, según se dice, tener la llave de la bodega. 

En el condado de Eu existía una disposición curiosa: los que eran co- 
nocidos como padres de familia no debían beber en el mostrador; temíase, dice 
delicadamente un cronista de la época, «que el marido bebiera demasia- 
do en tanto que en su casa su esposa y sus hijos padecían sed.» Por el 
contrario, las madres jóvenes tenían el derecho de proveerse del vino 
necesario para su uso personal. Este favor era tan tierno como justificado. 

Una ordenanza del siglo xm (1) no permitía en el almuerzo más que 
un plato y un entremés, y en la comida, una sopa y dos platos á elegir. 
He aquí el texto de esta disposición: «Nadie dará en la comida grande más 
que dos platos y una sopa de lardo, y en la comida pequeña un plato y un 
entremés. Y si es joven, podrá tomar dos sopas de arenques y dos platos 
y no pondrá en una escudilla más que una cosa de carne y otra de pes- 
cado, y no procederá con engaño. No conceptuamos plato el queso sí no 
está amasado ó cocido en agua.» Estos reglamentos no rezaban con la 
corte, á juzgar por la cantidad de vajilla preciosa que encontramos regis- 
trada en los inventarios reales; la de Carlos V, por ejemplo, se componía 
de 84 fuentes y 72 escudillas de oro y de 396 fuentes y 840 escudillas de 
plata. También entre las familias ricas la ostentación de la vajilla en los apa- 
radores llegó á ser una vanidad tan general que en 1506 Luis XII se opu- 
so á la fabricación de utensilios de metales preciosos; pero como entonces 
se enviaron á buscar éstos al extranjero, la ordenanza hubo de revocarse. 

El Parlamento de París publicó en 1414 (2) un reglamento relativo á 
los refrescos que los Consejeros podían beber en la cantina del Tribunal: 
«En la Cámara del Consejo no se gastarán más de ocho sueldos de vino 
en la cantina, bajo pena de indignación contra los magistrados.» 

Otra Ordenanza de 1629 (3) determina el número de platos por comi- 
da: «Prohibimos á todos que bajo ningún pretexto usen en el servicio de 
su mesa (ni siquiera en festín de boda ó esponsales) más de tres servicios 
en total y de una sola hilera de fuentes, sin que puedan ponerse una en- 
cima de otra. Y no podrá haber más de seis piezas á lo sumo, bajo pena 
de confiscación.» 

En caso necesario, la reglamentación alcanzaba á los detalles; así en 
1667 el Consejo de la ciudad de Dijón prohibió que se tomara rapé en la 
iglesia y prohibió también el uso de la pipa bajo pena de multa y de destie- 
rro en caso de reincidencia (4). 

Ocupémonos ahora de las leyes relativas al traje en Francia. 



(1) De 1294. 

(2) 4 de junio de 1414. 

(3) Enero de 1629. 

(4) El tabaco, importado en i56y, hacía ya turor. 



LIBRO SEXTO 85 

En general, las poblaciones que se distinguen por su espíritu de eco- 
nomía llevan trajes cortos: citemos como ejemplo las jaquetas de los bre- 
tones y las blusas de los auverneses. En la Edad media, cronistas y pre- 
dicadores denunciaban como escandalosos los vestidos con cola. La Cró- 
nica Normanda (i) se indigna contra «las damiselas que barren polvo y 
lodo con la larga cola de su túnica.» 

En 1294 (2) limitóse el número de los vestidos en la forma siguiente: 
para los duques, condes y barones, cuatro al año; para los caballeros, tres; 
para los prelados y doncellas, solamente dos. «Ninguna doncella tendrá 
más de un par de vestidos al año (3);» y el coste de la tela no debía ex- 
ceder de 25 sueldos el ana. Las damas, demostrando su gran afición á 
componerse (hablamos sólo de la Edad media), inventaron ingeniosos ex- 
pedientes para substraerse á esas tiranías que les parecían intolerables y 
hasta odiosas; así por ejemplo substituyeron unas veces las mangas del cor- 
piño, otras el peto, después el cuello y acabaron por poner... «vestidos 
nuevos á los botones de los viejos,» según frase graciosa de un autor de 
la época. 

Carlos V prohibió (4) la fabricación, venta y uso de los pápalos de pun- 
ta aguda y retorcida. «A fin de parecer altas y hermosas, dice Coquillard, 
las mujeres llevan pantuflas de veinticuatro suelas.» Tal vez en esto hay 
alguna exageración; sin embargo, en las colecciones especiales hay zapatos 
cuyos tacones son tan altos como taburetes, y otros cuya «proa» mide un 
pie y medio de longitud. Estos calzados estaban reservados únicamente á 
los nobles. 

Francisco I, en su declaración de 1543 (5), se opuso al uso de pieles 
importadas por los mercaderes lombardos; y posteriormente Enrique II 
publicó dos ordenanzas (6) mandando que no pudieran ponerse como 
adornos en los vestidos... «ni bordados, pasamanerías ó embutidos, ni 
cordones, lentejuelas ó terciopelos, ni satén, tafetán ni tampoco adornos 
de orfebrería...» ¡Fuera de esto, todo estaba permitido! Mejor hubiera he- 
cho el legislador enumerando los adornos lícitos. Hacíase, sin embargo, 
una excepción en favor de las sortijas y rosarios, es decir, de los objetos 
de piedad. 

Un reglamento de Carlos IX, fechado en 22 de abril de 1 561 , sobre la 
modestia que deben guardar en punto á vestidos todos los subditos del rey, con- 
tiene las siguientes disposiciones: «Por las quejas y lamentaciones que 
nuestros subditos nos han dirigido, hemos venido en conocimiento de que 
una de las causas que contribuyen al empobrecimiento de nuestros pueblos 
y de nuestros subditos procede de los gastos superfluos que se hacen en 



(1) De i 141. 

(2) Ordenanza real de 1 294. 

(3) Art. 21. 

(4) Ordenanza de 1 3G5. 
(?) 8 de diciembre. 

(ó) De 19 de marzo de 1 647 y 12 de julio de i5 40. 



86 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

materia de vestidos, tanto de hombres como de mujeres... Hacemos saber 
que nos, deseando quitar á nuestros subditos la ocasión de tales gastos y 
después de haber deliberado sobre el particular con la Reina, nuestra ho- 
norabilísima Madre y Señora, con los Príncipes de nuestra sangre y otros 
magnates y notables personajes de nuestro Consejo privado, y después de 
maduramente consultado y digerido todo, hemos dicho, declarado y orde- 
nado: Todos nuestros subditos, sea cual fuere su estado, dignidad y cali- 
dad, sin excepción de personas, fuera de nuestros parientes, príncipes, 
princesas y duques, no podrán en lo sucesivo vestirse de ningún paño, tela 
de oro y de plata, usar bordados, pasamanerías, franjas, cintas, lentejue- 
las, recamados, terciopelos, ó sedas con listas de oro ó plata, sea en faldas, 
chorreras, jubones, calzas ú otros vestidos de cualquiera clase que sean. 
Lo cual inhibimos y prohibimos bajo pena de mil escudos de multa, apli- 
cables mitad á nos y mitad á los pobres... Prohibimos d las viudas el uso 
de toda especie de sedas, menos camelote de seda... No podrán las muje- 
res llevar dorados en la cabeza sino durante el primer año de casadas...» 

En 1563 se limitaron las dotes á una aportación de 10.000 libras; pero, 
como se comprenderá, la ley fué letra muerta. 

Una Ordenanza de 1629 dice: «Prohibimos todo bordado, encaje, pa- 
samanería en el cuello y en los puños de los vestidos, bajo pena de con- 
fiscación encima de la persona misma.» 

El Parlamento de París ( 1) se opuso, en virtud de las leyes suntuarias, 
á que se vendieran «sábanas adornadas con pasamanerías y encajes.» 

Hasta las ligas fueron solemnemente reglamentadas en la siguiente Or- 
denanza (2): «Considerando los grandes y excesivos gastos que se ven 
obligados á hacer nuestros subditos á causa del lujo y de las superfluida- 
des... Viendo con gran sentimiento que nuestras buenas intenciones no 
han dado hasta ahora resultado alguno: Hacemos saber que después de 
haber sometido este asunto á deliberación de nuestro Consejo, y según el 
parecer de éste y por nuestra ciencia cierta, pleno poder y autoridad rea- 
les, hemos dispuesto y ordenado, disponemos y ordenamos por las pre- 
sentes, lo que sigue: Imponemos muy expresas inhibiciones y prohibicio- 
nes á todos nuestros subditos, de cualquiera calidad y condición que sean, 
de llevar bandas, lazos, cintas y ligas...» 

Era sin embargo permitido usar un encaje de dos dedos (entredós) y 
poner, á libre elección, en los vestidos, ó cuatro hileras de botones ordi- 
narios, ó una sola de botones con apéndice de seda. Los criados no tenían 
derecho á llevar más que dos galones; y por último, ningún sastre estaba 
autorizado á confeccionar un traje que costara más de 300 libras. 

Hay una porción de ordenanzas relativas únicamente á los botones de 
los vestidos. Así el Rey Sol (3) prohibe usar botones de tela en vez de bo- 
íl) De i63 9 . 

(2) Ordenanza de noviembre de i63g, 

(3) Ordenanza de LuisXiV, de 16(14. 



LIBRO SEXTO O/ 

tones de seda, bajo pena de confiscación y multa. Para comprender el sen- 
tido de esta disposición que á primera vista parece una puerilidad, es pre- 
ciso saber á qué idea obedecía el monarca. La razón que le movió á adop- 
tarla está expuesta en el mismo documento. «Nos hemos enterado, dice 
Luis XIV, del perjuicio que causa en nuestro reino la costumbre introdu- 
cida de algún tiempo á esta parte de llevar botones de la misma tela de los 
vestidos, así como antes la mayoría eran de seda, lo cual daba trabajo a un 
gran número de nuestros subditos.» Tal es el motivo de la medida que 
acabamos de citar. 

Citemos también una orden de Luis XIV (i) que prohibía la venta de 
los sombreros de castor cuyo precio excediera de 40 libras (2). 

En aquella época la tela de indiana estaba reservada á la nobleza y pro- 
hibida á los villanos; y hemos encontrado los procesos verbales de confis- 
caciones instruidos contra personas que la habían usado contraviniendo á 
una ordenanza real (3). Copiamos el texto de los juicios verbales y de la 
sentencia recaída en ellos, que es como sigue: «La señorita Delagny, que 
vive en la calle de Conde, que ha sido vista con un zagalejo de indiana 
de fondo blanco con flores violetas...; la esposa del señor Arnoult, escri- 
tor, que vive en el pasaje del Rico Labrador, que ha sido vista con un za- 
galejo de indiana de fondo blanco con flores encarnadas...; el señor Brun, 
que vive en el hotel del Langüedoc, que ha sido encontrado con una balija 
que contenía un casaquín de indiana de fondo blanco con flores encarna- 
das, forrado de lo mismo... Después de haber oído lo que los susodichos 
alegaron en su defensa, ordenando sobre las contravenciones á los Edictos 
y Declaraciones relativos á las prohibiciones de indiana... Les condena- 
mos á la multa de 300 libras, á cuyo pago serán obligados hasta corporal- 
mente; les condenamos además por las mismas vías á traer, si no lo han 
hecho, los dichos zagalejos para que les sean confiscados.» 

Finalmente una ordenanza de 1780 advierte á los prenderos que no al- 
quilen ningún traje de lujo, pues se exponen á incurrir en la multa de 
300 libras y a ser afeitados. 

Algunos objetos que en su traje ó en su adorno usaron nuestros ante- 
pasados han motivado disposiciones muy especiales, particularmente los 
verdugados, las caretas y las pelucas. 

Hablemos en primer término de los verdugados, especie de miriñaques. 
Un poeta cómico griego, Alexis (4), nos prueba que esta prenda se usaba 
ya hace veintidós siglos: el nombre es diferente, pero el procedimiento es 
el mismo. «Aquellas de nuestras elegantes, dice el poeta, que no tienen 
bastantes caderas hacen coser alrededor de la cintura tan voluminosas 
guarniciones, que los que las ven desde lejos se preguntan si lo que dis- 

(1) Declaración de 26 de octubre de .656. 

(2) Unos 160 fiancos. 

(3) Ordenanza del 19 de abril de 1737. 

(4) El poeta Alexis vivía 290 años antes de J. C. y compuso, según se dice, doscientas 
cuarenta y cinco comedias. 



8b HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tinguen es una mujer ó una torre.» Este objeto, importado de España en 
el siglo x y conocido en Francia con el nombre de vertugadin, estuvo en 
un principio reservado á las personas de condición elevada. En tiempo de 
Carlos IX, Enrique III y Enrique IV, se promulgaron varios edictos refe- 
rentes al mismo. Cuéntase que Enrique IV debió la vida á un verdugado... 
Perseguido por los asesinos que obedecían á su suegra Catalina, y acosado 
en el Louvre, se escondió debajo del verdugado de su joven esposa Mar- 
garita de Valois; cuando llegaron los soldados, preguntáronse, dice el cro- 
nista, «cómo había podido escapar,» y el Bearnés «reíase en su escondite.» 
A este episodio aluden unos mediocres versos cuya traducción damos: 

«Famoso verdugado de una encantadora reina, 
Defendiste á un hombre que se defiende sin gran trabajo; 
Pero tu gloria es mayor, empleada más noblemente: 
Salvaste á un héroe al esconder á mi rey.» 

El verdugado se convirtió en el «tontillo» del siglo xvm, para tomar 
luego en el xix, tras un ligero cambio de forma, el nombre de miriñaque. 
En un discurso sobre la moda escrito á principios del siglo xvn (i) criti- 
cábase en los siguientes términos esos desgraciados aparatos que se habían 
hecho populares: 

«El gran verdugado es común á las francesas 

Y lo llevan ahora libremente las mujeres de la clase media, 

Lo mismo que las señoras, con la diferencia 

De que aquéllas lo usan algo más pequeño. 

Porque las señoras no se encuentran á gusto 

Si su verdugado no tiene diez codos de ancho.» 

En efecto, en tiempo de Luis XIII las menestralas, queriendo darse 
importancia, imitaron las modas de las personas nobles; y entonces las 
grandes señoras para distinguirse, á su vez, se pusieron faldas tan holga- 
das que el gobierno hubo de intervenir. Y no cumpliéndose los edictos, 
los Parlamentos se vieron obligados á proceder con rigor, sobre todo en 
París y en Aix; un decreto de esta última jurisdicción llegó á declarar, en 
términos galantes, que «esos aparatos eran deshonrosos para el talle arte- 
siano, que tiene las formas de la Venus Calipigia.» Las damas se sometie- 
ron, pero fué por poco tiempo; y así que pareció menguar un poco la se- 
veridad de los Parlamentos, generalizóse la moda más que nunca. 

Un día una llamada Lacepede es citada ante el tribunal, ante el que se 
presenta con el cuerpo del delito, por lo menos así lo creyeron los jueces, 
es decir, vestida con una falda «sediciosamente amplia.» El tribunal in- 
dignóse ante audacia y reto tales; pero interrogada la culpable, decla- 



(i) La Mode, i6i3. 



LIBRO SEXTO 89 

ra ésta humildemente que la exageración de su corpulencia es irreductible: 
«En vista de lo cual, dice el texto, la señorita es inmediatamente absuelta, 
sin más comprobaciones.» 

Un teólogo (1) compuso un tratado contra los tontillos, á los cuales 
denuncia «por diez razones;» y su conclusión es que se trata de un ador- 
no contrario á la modestia y á todo decoro. El Nouvelliste universel de 21 
de agosto de 1724 publicó una «Instrucción sobre los tontillos» en pre- 
guntas y respuestas (2), de la que vamos á copiar un fragmento: 

«Pregunta. — ¿Qué son los tontillos? 

» Respuesta. — Son campanas de tela sostenidas por aros de ballena y cu- 
yos badajos parecen ser los pies de las mujeres. 

»P. — ¿Son cómodos los tontillos? 

»R. — Al contrario, son incómodos bajo todos conceptos: en las calles 
para los transeúntes, en los carruajes por el mucho espacio que ocupan, 
pues dos tontillos llenan un coche de dos fondos; molestos para los pre- 
dicadores cuyo auditorio disminuyen por el sitio que necesitan en las igle- 
sias; fastidiosos en la mesa, en donde hieren las piernas de los comensales; 
y pesados hasta para las mismas personas que se los ponen, porque no 
pueden sentarse, ni subir, ni bajar, ni andar en compañía.» 

Los tontillos de pequeñas dimensiones denominábanse á veces «con- 
sideración;» ésta era más cómoda que el tontillo voluminoso, según se 
afirmaba, «porque podía uno sentarse sobre ella.» 

En ciertos grabados antiguos de la época de los tontillos se ve algunas 
veces á la reina de Francia sentada entre dos sillones vacíos. El Journal de 
Barbier (3) nos da una explicación sobre este particular. «Los tontillos, 
dice, que las mujeres se ponen debajo de las laidas para ensancharlas y 
ahuecarlas son tan amplios, que al sentarse se echan las faldas hacia de- 
lante, por lo que ha sido preciso construir sillones expresos: en un palco 
no caben más de tres mujeres. Esta moda ha llegado á ser tan extravagan- 
te, que estando sentadas las princesas, sus faldas, que se subían hacia arri- 
ba, tapaban la de la reina. Esto ha parecido impertinente, pero el reme- 
dio era difícil; sin embargo, á fuerza de pensar se ha resuelto que haya 
siempre un sillón vacío á cada lado de la reina, lo que impedirá que se vea 
incomodada. Y se ha tomado como pretexto que estos dos sillones esta- 
rían destinados á Mesdames de Francia.» 

A partir de 22 de abril de 1361 varias Letras patentes, confirmadas 
por la Declaración de 17 de enero de 1363 y posteriormente por la Orde- 
nanza de Enrique III (4), fijaron la dimensión máxima de las faldas: «Pro- 
hibimos, dice Enrique III, á todas las mujeres que lleven verdugados de 
más de una ana y media de vuelo.» 



(1) Traite des paniers, 1728. 

(2) De la Bed , Hist de la Mode. 
O) Joum de Barbier, 1728. 

(4) Ord. de Orleáns por Enrique III , i56o 



90 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Refiere un autor que los verdugados, abandonados duran re algún 
tiempo, volvieron a estar en boga con el nombre de panier (tontillo) «á 
causa de su parecido con las jaulas para pollos;» y que este nuevo voca- 
blo fué acogido tanto más fácilmente, cuanto que recordaba el nombre 
de Panier, relator del Consejo de Estado, fallecido en un famoso naufra- 
gio cuando regresaba de la Martinica. Las señoras, jugando del vocablo, 
se complacían en decir á su camarista: «Dame mi relator del Consejo de 
Estado,» y aquélla les presentaba el tontillo. 

En realidad estos adornos han tomado el nombre de los panier s (ces- 
tos) vulgares, porque como éstos estaban hechos de mimbres; del mismo 
modo que las crinolines (miriñaques) deben el suyo al tejido de crin que 
entraba en su fabricación. 

Digamos algunas palabras sobre las caretas. Son éstas, al parecer, oriun- 
das deVenecia: adoptadas en un principio como diversión, no tardaron en 
facilitar graves abusos y hasta crímenes, pues permitían á los culpables di- 
simular la voz y el rostro. Usábanse las caretas en el baile, en la tertulia, 
en el teatro y hasta en los paseos (i). En tiempo de Francisco I estuvo 
muy en boga el antifa^, pequeña careta de terciopelo ó de raso; pero fue- 
ron tan numerosos los atentados á favor de ellos cometidos, que motiva- 
ron sucesivamente diversas ordenanzas firmadas por Francisco I, Car- 
los IX y Enrique III. Un edicto de 1535 permite la confiscación de caretas 
en las tiendas donde se vendían y aun da á los arqueros el derecho de 
matar á todo el que se negara á «quitarse ¡a máscara.» En tiempo de En- 
rique III estaba admitido el uso de este objeto, incluso á los hombres, con 
tal que fuesen nobles: Jousse cita una sentencia del Parlamento (2) que 
condenaba á dos villanos á ser decapitados por haberse permitido mendigar 
con careta por la ciudad en tiempo de Carnaval. Desde el momento en 
que sólo estaba permitida á los nobles, la careta llegó á ser una especie de 
privilegio; y un día (3) Luis XIV se presentó con ella en el palacio Cardinal. 

En nuestros días, sabido es que las caretas y los antifaces no se tole- 
ran en la vía pública sino en ciertos días excepcionales. 

Para terminar, hablemos de las disposiciones legales relativas á la ca- 
bellera y á las pelucas. 

Los nobles galos estimaban en mucho sus largos cabellos, que consi- 
deraban como signo de distinción y de libertad; por esto César, después 
de haberlos vencido, se los hizo cortar en señal de servidumbre. Poste- 
riormente Clodión el Cabelludo, que arrebató algunas provincias á los ro- 
manos, ordenó á los pueblos por él libertados que se dejaran crecer la 
cabellera á fin de que se diferenciaran de los otros galos, que todavía es- 
taban bajo la dominación de Roma. 



(1) En 144.1, el sínodo de Ruán prohibió las caretas que figuraban caberas de anima- 
les por considerarlas denigrantes para la dignidad humana. 

(2) Parlamento de Tolosa: sentencia de 1626. 

(3) En 2 de enero de i65b. 



LIBRO SEXTO 9 I 

En los primeros tiempos de la monarquía francesa eran muy aprecia- 
das las cabelleras hermosas y abundantes. Por ellas juraban los trancos, y 
era costumbre entre ellos arrancarse un cabello y ofrecerlo á la persona á 
quien se quería prestar homenaje, pudiendo citarse el ejemplo del rey Clodo- 
veo que envió uno de sus cabellos á un santo varón de su época para pro- 
barle cuánta veneración le profesaba. 

Los cortesanos de Carlos el Calvo, para halagarle, adoptaron la cos- 
tumbre de afeitarse la parte superior de la cabeza y luego las sienes y la 
nuca; por lo que tuvieron necesidad de llevar durante el invierno gorros 
guarnecidos de pieles. 

La influencia que, gracias á las cruzadas, ejercieron las ideas orienta- 
les, hizo que se adoptara como sombrero un turbante del que descendía 
una cinta que pasaba por debajo de la barba. 

En el siglo xm aparecieron con el nombre de «capirotes» los gorros de 
paño y de terciopelo, que se adornaban con pieles, galones y joyas. 

Durante el reinado de San Luis se llevaban los cabellos lisos, flotan- 
tes encima del cuello, lo que dio lugar á los casquetes. 

En el siglo xiv el tocado femenino fué de lo más extravagante que 
imaginarse pueda: altos gorros, después conos elevados, especie de panes 
de azúcar de los que pendía un velo, y de una altura tal, que un escritor 
de la época se lamenta de «que los maridos al lado de sus mujeres pare- 
cen pequeños arbustos perdidos en una selva de cedros.» 

Desde el tiempo de San Luis hasta el de Carlos VIII los hombres se 
mantienen fieles al «sombrero» enriquecido con plumas y piedras preciosas. 

Durante el reinado de Francisco I se usó un casquete de terciopelo 
echado hacia atrás. 

En la época de los últimos Valois, el sombrero tuvo la forma de un 
corazón. La corte de Catalina de Médicis peinóse «á la raqueta» y adoptó 
unos pequeños gorros con un plumero; los hombres se peinaban hacién- 
dose bucles y sortijas llamadas «biebons,» de donde se ha derivado eviden- 
temente la frase popular «se bichoner,» (emperifollarse). 

Mme. de Sevigné hace la siguiente descripción del peinado de las mu- 
jeres del siglo xvn : «Los cabellos anudados debajo de la cabeza; sobre la 
frente algunos pequeños cabellos nacientes comunican cierta expresión pi- 
caresca á la fisonomía; en las sienes, ondas de vaporosos bucles que pres- 
tan dulzura á las miradas.» 

En tiempo de Enrique IV introdújose la costumbre de echar sobre el 
cabello unos polvos perfumados á los que se daba el nombre de «griseriej» 
en el de Luis XIV se empleó para este objeto una mezcla de musgo de 
roble y de harina de habas que se denominaba «polvo de Chipre» y de la 
cual habla Dancourt en una de sus comedias. 

Cuando llegó la época de las pelucas, las hubo no sólo de cabellos, sino 
también de crin ó de estopa, según los precios; las de gran modelo cu- 
brían casi todo el busto. Generalmente las mujeres las llevaban rubias y 



92 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

los hombres negras ó blancas. Las pelucas eran de varias clases: de mor- 
cilla, de in-folio, de in-4. , dein-32. , de nido de urraca, de martillo, á lo 
rinoceronte, á la conmovedora, á lo cometa, á lo cabriolé, á lo incons- 
tante, á lo celoso y hasta á lo maestresala. Multitud de edictos reales se 
ocuparon de pelucas y de peluqueros; y desde 1656 á 1673 se crearon 
cuarenta cargos públicos de gran importancia, á juzgar por lo que costa- 
ban. Así por ejemplo, en tiempo de Luis XIV un empleo de inspector de 
pelucas valía 210.000 libras. En el Recudí des Lois francaises (1) se lee la 
siguiente declaración de aquel monarca que demuestra la importancia 
•que tenían entonces estos adornos: «Como la moda de las pelucas, dice el 
rey, no contribuye menos al adorno del hombre que á su salud, hemos 
creado letras de Maestría para que el público pueda estar servido mejor y 
con fidelidad.» 

¿Era la peluca un invento higiénico? A esta pregunta puede contestar- 
se negativamente; pero de todos modos el fisco encontraba un provecho 
en mantener el privilegio concedido á los maestros en pelucas. Además, 
Luis XIV tenía, según veremos, razones personales para fomentar el uso 
de esta clase de tocado. Vivía en tiempo de ese rey un peluquero ilustre, 
que era un portento en su arte y que se llamaba Biuet, el cual dejó su 
nombre al peinado inventado por él, del mismo modo que Mansard, Bou- 
le y tantos otros han dado el suyo á sus inventos (2). Muy pronto todos 
los elegantes tuvieron sus binettes, que variaban según la condición de las 
personas, habiéndolas de médicos, profesores, ministros y príncipes; la 
forma y la disposición de los cabellos eran distintas según el rango del 
que había de llevarlas. 

En el siglo xvm las pelucas fueron substituidas por enormes peinados, 
acerca de los cuales dice Saint-Simón: «Los peinados de la época se com- 
ponen de perifollos de dos pies de alto y colocan el rostro de las mujeres 
en el centro del cuerpo; y á poco que se muevan, todo el edificio amena- 
za ruina.» 

Para estos peinados era preciso disponer una armazón de grueso alam- 
bre tan pesada como incómoda; y en el Mercare de France (3) vemos que 
las señoras, cuando iban á visitas, se veían obligadas á arrodillarse en sus 
coches á fin de no comprometer el frágil edificio levantado sobre su cabe- 
za; y para descansar permanecían sentadas en la iglesia, en previsión de 
las fatigas del día (4). 

Entre los peinados excéntricos citemos los de velador, de cómoda, de 
oreja de sabueso, de ques-aco (5), de castaño de Indias, de gallina mojada, 
•de perro loco... 



(1) Tomo XX 

(2) Mueble de Boule..., ventana Mansarde... 

(3) Dei 7 3o. 

(4) Estos armatostes capilares no eran desconocidos de las damas romanas, si hemos 
de dar crédito á Marcial, que habla de ellos como de monumentos. 

(5) En 1 774. 



LIBKO SEXTO 93 

Una de las invenciones más ensalzadas fué el «pufo de sentimiento.» 
Dicen las crónicas que en 1774 la duquesa de Chartres se paseaba con un 
pufo inmenso en el que se veían: una muñeca que figuraba á su hijo, el 
duque de Beaujolais, en brazos de su nodriza; un loro que picoteaba una 
cereza, un negrito, y una porción de objetos diversos que habrían bastado 
para adornar un aparador de salón. 

Dos grabados de la época que representan los pufos de sentimiento con- 
tienen los siguientes anuncios (1): «En casa de la señorita Quintín, calle 
de Clary, se encuentran sombreros pufos con trofeos militares: los tam- 
bores y los estandartes puestos en la parte delantera son de un efecto muy 
agradable.» Otro anuncio: «Véanse en casa de la señorita Fredin, modis- 
ta, calle de la Ferronnerie, sombreros adornados con un buque, con to- 
das sus jarcias y aparejos, con sus cañones y sus baterías...» A consecuen- 
cia de múltiples reclamaciones (2), fué preciso prohibir en los teatros esos 
monumentales tocados, una fila de los cuales bastaba para interceptar á 
todos la vista de la escena. 

Los gorros también tuvieron, según su forma, nombres descriptivos, 
por ejemplo, de góndola, de lanzadera, de sentimientos reconcentrados... 

Por extrañas que sean las denominaciones dadas á tal ó cual moda 7 
puede afirmarse que la mayoría de ellas tienen un origen histórico. Así, 
por ejemplo, en el siglo xvm llega de Sumatra (3) un rinoceronte magní- 
fico, que constituye una novedad para los parisienses: «Inmediatamente, 
dice Diderot, las mujeres lo trasladan de su jaula á su cabeza. ¡Todo es a 
lo rinoceronte! Y no hay mujer elegante que no lleve tres ó cuatro ri- 
nocerontes encima.» ¿Hemos de extrañarnos de esto? ¿Acaso no vemos 
ahora elegantes damas que llevan como broche la miniatura de su niño 
encantador, en un medallón los cabellos de su amado esposo y en un lin- 
do brazalete la figura del más grosero de los animales?.. 

El diminuto cerdo «porte-bonheur» ha reemplazado al gran becerro 
de oro que también ha tenido sus devotos. 

En 1773 aparece un meteoro y con él los tocados á ¡a cometa; y algu- 
nos años después (4) se ven en las vitrinas los sombreros á la caja de des- 
cuentos. El origen de esta denominación es el siguiente: habiendo el banco 
de aquel nombre suspendido sus pagos, muchos accionistas se vieron su- 
midos en ia más espantosa ruina; así es que los sombreros llamados de 
aquel modo eran sombreros sin fondos. 

En la época de la Revolución, la escarapela tricolor, inventada por 
Camilo Desmoulins en 12 de julio de 1789, fué el adorno obligado de los 
peinados á la griega. Un decreto de la Convención de 21 de septiembre 
de 1793 dice lo siguiente: «La Convención nacional decreta que las mu- 



( 1 ) Journal des Modes de París, 1 780- r 785. 

(2) En 1778. 

(3) En 1748. 

(4) En octubre de 1784. 



94 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

jeres que no lleven la escarapela tricolor serán castigadas, la primera vez, 
con ocho días de cárcel y en caso de reincidencia se las tendrá por sospe- 
chosas; las que arranquen á otra ó profanen la Escarapela nacional, serán 
castigadas con seis años de reclusión (i). » 

La siguiente descripción tomada de una gaceta de la época nos da, en 
cierto modo, el resumen de las modas de los últimos años del reinado de 
Luis XVI: «La señorita Duthé se presentó en la Opera con un vestido de 
suspiros ahogados, adornado con pesares superfinos, con un punto de perfecto 
candor en el centro, cintas de atenciones marcadas, zapatos cabellos de la rei- 
na bordados de diamantes en golpes pérfidos. Ostentaba un peinado de 
sentimientos firmes con un gorro guarnecido de plumas veleidosas y cintas 
de ojo abatido, y llevaba en el cuello un gato de color de indigente recién 
llegado, en los hombros una médicis puesta á lo decente y en el pecho un 
manguito de agitación momentánea.» 

Si se buscara bien, se encontraría la razón de otras muchas modas de 
extraños calificativos. Así, por ejemplo, una tal María Salmón (2), acusa- 
da de envenenamiento, fué absuelta, después de largos debates que apa- 
sionaron á todo París, lo cual dio lugar á que se pusieran en venta «cara- 
eos á la inocencia reconocida.» 

Un día María Antonieta se presentó ante el rey con un vestido de seda 
de color pardo, «última creación,» como dirían los prospectos contempo- 
ráneos, y habiendo encontrado Luis XVI que aquel color no le sentaba 
bien, lo calificó de color «pulga.» En seguida apareció en todos los mos- 
tradores tafetán de este nombre para los vestidos de lujo. 

De manera que la excentricidad de ciertas modas no siempre es hija 
del capricho; así es que, remontándonos al origen de las mismas, casi siem- 
pre nos damos cuenta del motivo que las explica. He aquí algunas prue- 
bas más de ello. Las hijas de Luis IX tenían los pies enormes é inventaron 
los vestidos de cola. La esposa de Felipe III, que tenía un cuello desmesura- 
damente largo, «capaz de humillar á una cigüeña,» inventó la moda de 
las tocas altas. Hacia 1385, algunos señores de la corte se presentaron ador- 
nados con los llamados maheutres, ú hombros postizos á fin de disimular 
la deformidad de su busto, y ocultaron sus pies achatados dentro de unas 
botas de puntas anchas y redondeadas. La hermosa Ferronniere, que se 
había hecho una quemadura en medio de la frente, se puso encima de la 
cicatriz una joya sostenida por un cordoncillo de seda. En tiempo de En- 
rique II, las princesas, que padecían de paperas, cubrieron su repugnante 
enfermedad con altas gorgueras acanaladas. Durante el reinado de Fran- 
cisco II, para halagar á los muchos caballeros obesos que había en la corte, 
se adoptó la moda de los vientres postigos. Las mangas abolladas se inventa- 
ron para atenuar la desviación de los hombros; en cambio la reina Añade 
Austria las quiso cortas á fin de mostrar sus brazos hermosamente mode- 

(1) Ga^ctte des Tribunaux de Drouet, tomo VIII. 

(2) Junio de i 786 



LIBRO SEXTO 95 

lados. Luis XIV tenía, según parece, un lobanillo en la cabeza; por esto 
no se le vio nunca sin peluca, que se hacía dar por entre las cortinas an- 
tes de saltar de la cama, y sólo cuando la tenía puesta se mostraba á los 
cortesanos que acudían á saludarle en cuanto se levantaba. En Versalles 
había «el gabinete de las pelucas del rey.» Mme. de Pompadour, que era 
de muy baja estatura, puso en moda las chinelas con altos tacones (i). La 
emperatriz Josefina, disgustada por la fealdad é irregularidad de sus dientes, 
introdujo en la corte el uso de un pañuelo de encaje que continuamente 
se tenía puesto sobre la boca... 

Los elegantes, que en todos tiempos los ha habido, han sido designa- 
dos con distintos nombres: baptos (2), sibaritas, voluptuosos, inútiles, afemi- 
nados. En la Edad media se les calificó de damoiscaux ó danioiscls, por lo 
menos cuando se quería criticar los gustos presuntuosos de las personas 
de modesta condición; porque aquella palabra designaba propiamente a 
ios hijos de príncipes, á los hijos de reyes. En efecto, en la historia en- 
contramos denominaciones como estas: Damoisel Pipino, Damoisel Luis el 
Grande, Damoisel el príncipe Ricardo. Más adelante, los hombres presumi- 
dos brillaron con los nombres de Frises, Manieres, Poupins, Pctits-Mailrcs; 
sucediéronles los Pretentieux, los Fats, los Dores, los cuales, á su vez, fue- 
ron reemplazados por los Muscadins, Mirlijiores é Incroyabl 'es que asistieron 
al sangriento drama de la Revolución. Después de 1830 vinieron los Lions 
v tras de éstos los Gaudius, los Cocodés, los Crevés, los Goinuieux, los 
Pschutteux, los Smarts... 

En los siglos xvi y xvn habíanse dictado innumerables leyes suntua- 
rias (3). Veintitrés disposiciones legislativas, á cual mas restrictiva y más 
severa, demuestran por su mismo número su absoluta ineficacia, y como 
observa juiciosamente Montaigne: «Mandar que sólo los príncipes estén 
autorizados para llevar terciopelo y trencillas de oro y para comer rodaba- 
llo, ¿qué otra cosa es sino dar mayor estimación á estas cosas y hacer crecer 
en todos el deseo de comerlas? El verdadero medio sería, por el contrario, 
engendrar en los hombres el desprecio del oro y de la seda (4).» Y 
J. J. Rousseau, hablando sobre lo mismo, dirá: «No es con leyes suntua- 
rias como se consigue extirpar el lujo; del fondo de los corazones hay que 
arrancarlo imprimiendo en ellos gustos más sanos y más nobles. La repro- 
bación de la ley sólo es eficaz cuando viene en apoyo de la reprobación 
del raciocinio.» 

Hemos dichoque nada es más relativo que el lujo y que nada hay más 
especial que la manera como los pueblos conciben la belleza ó la fealdad. 
Sin embargo, dejando aparte ciertos matices del gusto individual, cada 



(1) Mme. Pompadour llegó á gastar en perfumes doo.ooo francos anuales, pues en 
tiempo de Luis XV la etiqueta exigía que cada día se variase de perfume. 

(2) Del nombre de los sacerdotes de la impura diosa Cotys. 

(3) Leyes v Ordenanzas de 1 3 7 ó , Ó77, 1 583, i3gg, 1601, [606, r6i3, i633, 1 6 3 4 . 
i636, 1640, 1G44, i656, 16Ó0, 1661, i663, 1664, 1667, 1671, [687, 1699., I 7 00 1 7°+ ■ 

(4) Montaigne, Essais. 



96 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

grupo humano profesa una opinión común en la que, poco más ó menos, 
coincide en cierto modo la casi unanimidad de los sufragios. Así los euro- 
peos verán con desagrado una boca ancha, una nariz grande y unos ojos 
pequeños, y en cambio les gustará la brillantez del cutis, la blancura de 
los dientes, la pequenez de las manos. Las javanesas, el color de cuya piel 
varía desde el amarillo pálido al tono de chocolate, estiman sobre todo el 
cutis en el que «se ve brillar como un reflejo de oro.» 

La afición al lujo, hija de la vanidad y del orgullo, presenta siempre 
un carácter de universalidad en las cinco partes del mundo, hasta entre 
los insulares más incultos y más primitivos. Pero como el sentimiento 
que tenemos de lo bello reconoce por principio ordinario la forma y el as- 
pecto de las fisonomías y de las imágenes que nos rodean, se comprende 
perfectamente que no sea el mismo el ideal estético de los italianos que el 
de los lapones, el de los franceses que el de los malgaches. Por esta razón, 
mientras nosotros representamos negro al diablo, los negros, que ven en 
nosotros «hombres feos de pálido rostro,» se figuran que ha de ser blan- 
co. En otras palabras, lo que nosotros encontramos horrible, espantoso..., 
es aquello que no se nos parece. 

¡Qué contraste tan extraordinario en los gustos! 

Examinemos, por ejemplo, las diferentes partes de la cara, y veremos 
las modificaciones ó supuestos perfeccionamientos, ó más bien deforma- 
ciones y mutilaciones que experimentan, según el capricho de los pueblos. 

Clavarse una anilla en la base de la nariz parecería en Francia una co- 
sa horrible, ¿no es cierto? Pues los peruanos, que se introducían en el car- 
tílago medio nasal un aro de oro ó de plata maciza, debían, por el contra- 
rio, pensar que las mujeres civilizadas hacían mal en ponerse en las ore- 
jas sus mejores joyas. En el Perú, cuanto más elevada era la posición del 
marido, tanto más voluminoso era el anillo y tanto más abajo se coloca- 
ba, hasta el punto de ser repugnante la deformidad de las mujeres ilustres, 
pues á fuerza de bajarse insensiblemente por el peso del metal, el desga- 
rrón acababa por descender hasta el mismo nivel de la boca (1) y por 
ocultarla en parte. 

No hace muchos años, los habitantes de la isla de San Salvador toda- 
vía se pegaban á la punta de la nariz hojas de oro tan delgadas como bri- 
llantes. 

Algunos árabes (2) se ponen también en ella un gran anillo de metal. 
y las mujeres del Guzarate (3), exagerando esta costumbre, se clavan en 
dicho sitio varias sortijas y se burlan de las europeas que prefieren colocar- 
se este adorno en los dedos de las manos (4): como estas indias casi nun- 



(1) Viaje al 'Perú. 

(2) Viaje á la Arabia Feli%. 
{'}) En el Indostán. 

(4) Las sortijas, llamadas entre los griegos «adornos de dedos,» oaxTO'Xo:, tenían una 
parte grabada oopayí;, que servia de sello. Las sortijas estaban de moda ya en tiempo del 
rey Mosris. 




LIBRO SEXTO 97 

ca se suenan, según dice Mandesto, esta moda extraña no las molesta en 
lo más mínimo. 

Los insulares de Cayena cuelgan de su nariz moneditas de plata ó bien 
un gran trozo de cristal verde, cosa allí muy estimada (i). 

Otros pueblos se practican en el libro-cartílago nasal una incisión y 
se clavan en ella, á modo de dijes, una porción de pequeños objetos vul- 
gares, tales como huesos de pájaros, espinas de pescado, pedazos de ma- 
dera olorosa, siendo considerado tanto más lujoso y de mejor gusto el 
adorno, cuanto más grande es el palito clavado. Cuando se quita un pali- 
llo, es para reemplazarlo por otro mayor; la sec- 
ción de estos trozos dé madera, embutidos en un 
círculo de carnes deformadas, alcanza á veces un 
diámetro de cuatro centímetros. 

En cambio, en la gran Tartaria (2), la nariz, 
para ser bella, ha de ser excesivamente pequeña. 

Los ojos son en China tanto más admirados, 
cuanto más velados y deprimidos; por esto las jóve- 
nes tienen la costumbre, durante sus horas de ocio, 
de estirar, de extender continuamente con un mo- 
vimiento maquinal d reborde de los párpados á fin Anillo de latón parala na- 
de tapar mejor sus ojos y de disminuir el arco de riz, de los suahelis. (Mu- 
abertura. S£0 Etno S™ nco > Berlín.) 

En la Florida, las mujeres se frotan los ojos con plombagina. 

En Turquía emplean para el mismo objeto la tutia, introduciéndose 
este barniz entre los párpados por medio de un punzón mojado en sa- 
liva (3). 

Ya hemos visto que las damas romanas usaban para lograr igual resul- 
tado el negro aterciopelado del «calliblepharum.» 

Una cara sin cejas sería para un europeo una cara desgraciadísima; no 
así para las negras de Sierra Leona (4), para las brasileñas (5) y para las 
antiguas moscovitas (6), que se las afeitaban. 

^ Las japonesas de la provincia de Filen se las depilan por completo des- 
pués de casadas. 

Creyendo embellecerse al modificar la obra del creador, unos pueblos 
cambian el color de sus cejas y otros varían su forma: las africanas de la 
Costa de Oro (7) se las pintan de encarnado y de blanco, las mujeres de 
Yeco se las tiñen de aqd y algunos árabes las unen por medio de una raya 
negra en mitad de la frente (8). Los asiáticos, sobre todo los que practi- 

(1) Relato de Froger. 

(2) Viaje de Rubruquis. 

(3) Nuevo relato del Levante. 

(4) Viaje de Finch. 

(5) Viaje de Lery. 

(0) Relato de Moscovia. 

(7) Viaje de Artús. 

(8) Viaje á Palestina. 
Tomo III 



qS historia de las creencias 

can el culto mahometano, acentúan la forma de las cejas en sentido con- 
rario es decir, con las puntas del arco hacia arriba, de modo que formen 
una media luna encima de cada ojo. 

Al a unos negros del Río-Gabón se adornan las sienes con dos grupos 
de plumas ó también con planchitas de hierro (i): estas planchitas, en 
opinión de aquéllos, protegen la frente y conjuran el mal de cabeza; en 
cuanto á las plumas, están rizadas como pudieran estarlo dos mechones 
de cabellos. 

Cuando el hombre pensó en causarse heridas para adornarse mejor, 
hubo de empezar por la oreja, apéndice separado del cuerpo y más fácil 
de perforar que cualquier otro. En efecto, el uso de agujerearse las orejas 
está admitido por la generalidad de los pueblos antiguos y modernos; pero 
así como á nosotros nos gustan las orejas pequeñas, muchas siamesas y 
muchas indias de América hacen todos los esfuerzos imaginables para te- 
nerlas de dimensiones excesivas. El procedimiento que siguen para lograr 
esto recuerda el de las peruanas para adornar su apéndice nasal, puesto 
que se atraviesan el lóbulo de la oreja con pequeños y pesados cilindros 
que reemplazan por otros cada vez de mayor peso á fin de que aquél se 
alargue excesivamente. Además, se ponen clavos, piedras y objetos supers- 
ticiosos á guisa de amuletos, tales como uñas de animales, talco verde ó 
dientes de muerto. 

De análoga crítica habrían podido ser objeto las contemporáneas de 
Juvenal que llegaban á tener unas orejas desmedidas, alargadas gracias al 
peso de sus enormes pendientes (2) que se componían, según dice Plinio, 
de tres brandes perlas, más anchas de abajo que de arriba, en forma de 
«pomos de esencias,.» que se denominaban elenchi. 

Increíble parece que ciertos pueblos consideren como un deshonor te- 
ner los dientes blancos; y sin embargo, los tonkineses y otros se los enro- 
jecen con ciertos ácidos «á fin de que, dicen, se diferencien del marfil de 
los elefantes (3).» 

Los insulares de la Guerta se los pintan también de encamado y los ma- 
casarenses de verde y rojo alternados (4). 

Los japoneses, los siameses y los habitantes de las islas Marianas (5) 
se ponen en los dientes un barni^ negro muy cáustico, y cada vez que re- 
nuevan esta coquetería se ven obligados á estar un par de días sin comer, 
á fin de dejar que la preparación ataque el esmalte de aquéllos. 

Los javaneses se doran ó barnizan con laca los incisivos después de ha- 
bérselos hecho limar, por temor de que su dentadura se parezca á la de los 
«perros cachorros.» 

En Batavia y en algunos otros países se rebajan los dientes de la man- 

(1) Bosman. 

(2) Auribus extensis. 

(3) Viaje de Dampierre. 

(4) Hist. de Maeasar. 

(5) Relato de Tachard y Viaje de Barón. 



LIBHO SEXTO 



99 



díbula inferior por medio de una piedra de afilar muy fina, formando en 
ellos un surco paralelo á las encías (i). 

Los antiguos peruanos, 'en señal de riqueza, se ponían en la boca una 
plancha de oro que les cubría el labio interior y cuyas dos puntas, en for- 
ma de media luna, subían hasta las ventanas nasales. Esta plancha era mas 
grande en los días de ceremonia (2). 

Las chinas se pintan con bermellón un pequeño círculo en el borde de 






®*¿mÉ 




Clavijas de madera para las orejas, del antiguo Perú. (Museo etnográfico, Berlín.) 

la barba y hasta en el centro del labio inferior, para aumentar su belleza. 

La vanidad se ha fijado en todo, aun en las uñas. 

Así como los insulares de Mindanao las llevan cortísimas (3), excep- 
tuando la del pulgar de la mano izquierda, las de los literatos y los doc- 
tores chinos tienen una pulgada de largo (4); siendo este, en sentir de ta- 
les individuos, un medio de mostrar al pueblo que no se ven obligados á 
dedicarse á un trabajo manual. Entre nosotros, no es raro encontrar en 
sociedad algunos dandíes, literatos ó no, que tratan de imitar esa rareza 
de los doctos chinos (5). 

Herodoto refiere que muchas tribus tenían la costumbre de cortarse 

(1) Viaje de Cook 

(2) Viaje al Perú. 

(3) Dampierre. 

(4) Duhalde. 

(5) Cuando un obrero parisiense quiere indicar la incapacidad de un compañero ó cri- 
ticar su pereza, dice «que tiene pelo en la mano,» dando á entender con esta frase vulgar 
que el tal no hace uso con frecuencia de los útiles rudos del trabajador. 



100 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

las uñas de la mano derecha y de dejarse crecer las de la mano izquierda; 
aquélla estaba destinada á los trabajos groseros, ésta conservaba toda su 
delicadeza (i). 

En el Camboia y en el reino de Siam (2) las bailarinas de profesión 
prolongan sus dedos por medio de uñas de cobre de seis á ocho centíme- 
tros de largo; el objeto que con esto se proponen es, á lo que parece, alar- 
garse las manos á fin de acentuar más las torsiones y contorsiones de la 
muñeca que constituyen una de las gracias principales de su coreografía 
indolente. 

Las mujeres de Bukarest y las de Macasar se pintan las uñas de rojo y 
lo mismo hacen las de Persia; los hombres persas se las tiñen con prefe- 
rencia de amarillo. 

En la mayoría de los pueblos, todos estos refinamientos tienen sin 
duda alguna por objeto aumentar la belleza; no obstante, ciertas costum- 
bres obedecen á una razón; así por ejemplo, si algunos individuos tienen 
la uña del índice muy larga, es para puntear mejor la guitarra. 

Digamos algo de los cabellos y de la barba. Ammiano Marcelino (3) 
dice que los hunos quemaban superficialmente la piel de la cara de sus 
hijos cuando eran pequeños, ó hacían en ella cicatrices, para que no les 
creciera la barba. Los antiguos peruanos también se depilaban el rostro á 
fin de que fuese bien diferente del de los monos. 

Pero estas son excepciones, pues casi todos los pueblos han dado, por 
el contrario, gran importancia á la barba y á los cabellos (4), en primer 
lugar porque son signos de fuerza, y sobre todo porque la mayoría de los 
pueblos antiguos asociaban á la ausencia de estos adornos naturales una 
idea de decadencia, ya que los esclavos, los vencidos, los hombres infa- 
mados eran condenados generalmente á llevar afeitadas la cara y la ca- 
beza. Tal era la regla que regía entre los persas, los espartanos, los rae- 
das, los romanos y los cretenses. 

Las esposas y los hijos de los árabes beduinos, cuando saludan á sus 
esposos y padres respectivamente, empiezan á menudo por besarles la bar- 
ba. La injuria más cruel que puede inferirse á los indios de Quito es cor- 
tarles los cabellos, puesto que allí á los grandes criminales se les rapa, 
como pena accesoria, pero en alto grado infamante. 

Conocido es el respeto con que en los primeros siglos de nuestra mo- 
narquía francesa eran mirados los cabellos; en tanta estima se les tenía 
que se deshonraba á un hombre cortándoselos (5). Esto era un recuerdo 
del pasado, porque los galos, para mostrar un aspecto más imponente, 
llevaban una gran melena roia, y en los días de fiesta, según escribe Dio- 



(1) Herodoto, libro IV. 

(2) La Loubere. 

(3) Historia antigua de los pueblos de Europa. 

(4) Aulo Gelio, libro III, cap. IX. 

(5) En la antigüedad se afeitaba á los esclavos; y por un sentimiento de humildad de- 
ben los eclesiásticos y los monjes llevar una tonsura más ó menos ancha. 



LIBRO SEXTO 10 1 

doro de Sicilia, se empolvaban cabellos y barba con limaduras de oro (i). 

Los druidas y la gente del pueblo se dejaban toda la barba, al paso 
que los nobles se afeitaban las mejillas, dejándose largos bigotes. San Gre- 
gorio de Tours censuraba á las galas porque llevaban largas trenzas per- 
fumadas. 

Entre los francos, el compromiso de un juramento se adquiría tocán- 
dose la barba ó jurando por su cabellera. En el siglo vil, llevaban los 
francos la barba muy ancha y anudada con hilos de oro. 

Otros pueblos ponían sus cabelleras en armonía con el color de su 
rostro. Los germanos, según Plinio, se teñían de rubio el cabello con una 

i / 1 

pomada compuesta de sebo de cabra y ceniza de haya; los judíos se ador- 
naban con cabellos amarillos gracias á unos polvos especiales, y elR. P. Go- 
bien afirma que en las islas Marianas, las mujeres, al revés de lo que en- 
tre nosotros sucede, recurren á cierta agua acidulada que tiene la propie- 
dad de blanquear ¡os cabellos (2). 

En ciertos puntos de la China, las mujeres llevan en la cabeza una 
ligera plancha de un pie de largo por cinco ó seis pulgadas de ancho, que 
tapan con sus cabellos y sujetan con cera y que tiene la forma de rueda 
de pavo real ó de ancho abanico. No pueden acostarse ni apoyarse sin te- 
ner la cabeza muy levantada; y cuando quieren, por casualidad, peinarse, 
se ven obligadas á hacer derretir junto á un brasero la cera que está fuer- 
teniente adherida á sus cabellos; por esta razón sólo se peinan una o dos 
veces al año. 

En Java, las mujeres se adornan la cabellera con numerosas joyas; 
los niños van completamente afeitados, salvo un mechón sobre cada oreja. 

Los pueblos que van descalzos no dejan de adornarse los pies, siendo 
muy frecuente entre ellos llevar muchos aros en las piernas y en los de- 
dos de los pies algunas sortijas. Las negras del Senegal se atan pequeñas 
conchas marinas á la altura de sus tobillos. Las judías, aunque por lo ge- 
neral iban con las piernas tapadas, llevaban antiguamente en ellas como 
adorno una especie de cascabel que sonaba al compás de sus movimien- 
tos (3). 

Sabido es que hubo en Francia una época en que se apreciaban de un 
modo especial los pies grandes; y la longitud de los zapatos, hacia el si- 
glo xiv, atestiguaba el grado de distinción de los señores, siendo tal la 
exageración de los zapatos puntiagudos que había que llevar sus puntas 
levantadas por medio de una cadena atada á la rodilla. 

Hasta la medida del calzado estaba reglamentada: los zapatos de un 
príncipe, por ejemplo, habían de tener dos pies de largo; los de un barón, 
algo menos. De esto se derivan seguramente las frases francesas: «Estar 
en el mundo sobre un gran pie...; vivir sobre un gran pie.» 



(1) Diodoro de Sicilia, libros V y XX. 

(2) Hist. des lies Mar iannes, del P Gobien. 

(3) Esprit des Usages, II, 2o3. 



102 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Un autor humorístico dice que en nuestros días en Francia para que 
la mujer sea bella ha de tener tres cosas blancas: la piel, los dientes y las 
manos; tres cosas negras: los ojos, las cejas y las pestañas; tres cosas lar- 
gas: el talle, los cabellos y las manos; tres cosas cortas: los dientes, las 
orejas y la lengua; tres cosas pequeñas: la nariz, la cabeza y los pies; y 
tres cosas redondas: el brazo, la pierna y la dote. 

En China y en el Perú se somete á los niños á crueles torturas para 
dificultar el desarrollo natural de los pies, sobre todo cuando se trata de 
niñas respecto de las cuales la suprema coquetería consiste en tener un 
pie «de lirio,» deformidad envidiada que los padres chinos buenos se 
cuidan de asegurar mediante procedimientos de torsión á los que recurren 
movidos por un deseo de elegancia, porque son los ricos sobre todo los 
que así se deforman. Comprimiendo los dedos de los pies con un venda- 
je muy apretado que mantiene doblados sobre la planta cuatro de ellos 
dejando libre solamente el pulgar, se consigue la forma que se desea, re- 
sultando de ello que la mujer del Celeste Imperio es incapaz de resistir 
una caminata algo prolongada: obligada por falta de base suficiente á per- 
manecer en equilibrio sobre los talones, gracias al balanceo de sus brazos 
anda á pasos tan indecisos como precipitados, «cual el pájaro ligero que 
corre batiendo las alas para coger al dorado insecto que por delante de él 
pasa,» según la expresión de los poetas del Imperio del Centro. 

Una tradición afirma que esta moda fué inventada por un príncipe ce- 
loso para impedir que su mujer se alejara de su palacio, transformado para 
ella en dorada cárcel... Bien pudiera esto ser verdad. 

El tatuaje, que, como hemos visto en el libro primero, constituye á 
menudo un signo religioso, es también considerado como un adorno, lo 
propio que los simples barnices que el salvaje, por vanidad, gusta de real- 
zar con colores brillantes. 

Las naturales de las islas Marquesas llevan la piel cubierta de una espe- 
cie de adamascado; los birmanos, pintarrajeada con rayas de varios colores. 

Los hombres y las mujeres de Nueva Zelandia se ponen en el rostro 
ocre rojo y aceite; los negros de la bahía de Saldaña se lo untan con una 
tintura de jugo de hierba. 

Los indios de la provincia de Cumaná y los salvajes del Canadá se 
embadurnaban el cuerpo con una goma pegajosa que les permitía cubrir- 
se de pelusilla y hasta de plumas finas de pájaros multicolores. 

De modo que el lujo existe en todas partes, bajo las más opuestas lati- 
tudes, y lo único que hace es variar de forma; sin embargo, como el de 
los salvajes, lejos de atraernos, lejos de entusiasmarnos, más bien nos 
inspiraría un sentimiento de repulsión y de horror, no hemos de poner- 
nos en guardia contra él, sino contra el que nos rodea, se infiltra en nos- 
otros y nos seduce. 

Y si se nos exigiese que formuláramos un juicio sobre este particular, 
diríamos: 



LIBRO SEXTO 



I0-! 



Para los afortunados, el lujo crea necesidades artificiosas y debilita por 
exceso de bienestar, embotando las generosidades del corazón; y el hom- 
bre acaba por persuadirse de que tiene el derecho de procurarse sin re- 
mordimiento alguno todo aquello que su posición le permite. 

En las clases indigentes la afición al lujo es una predisposición peli- 
grosa y causa directa de la mayor parte de desfallecimientos de la mujer 
del pueblo. 

Muchas veces hemos visto en nues- 
tros arrabales parisienses una pobre 
hija de obrero con una cinta ajada en 
el cuello ó con una cadenita de crisó- 









Hk jp| 






V^ééí^ébéI 








■'•Ciii ' 4^^G9S 






Pies deformados de mujeres chinas 

calo en el brazo, y al contemplarla así nos hemos sentido invadidos por 
una gran compasión y una tristeza inmensa. Y es que nada hay tan des- 
consolador como la miseria adornada, nada tan lamentable como los an- 
drajosos endomingados. 

«La peor pobreza, ha dicho Ponsard, la miseria más honda es la que 
se pasea por el mundo de guante blanco (i).» 

Sí; con frecuencia hemos encontrado alguna de esas infelices adorna- 
das de oropeles ajados y deslucidos, y ante espectáculo tal hemos pensa- 
do en la joven golondrina que un pajarero hábil y engañador ha logrado 
coger por un momento para luego abandonarla. La cinta de seda, la pe- 
queña cadena que lleva, demuestran que ha conocido h esclavitud; son 
el signo de la deshonra, la librea de la degeneración. 

Nuestra sociedad, fuerza es reconocerlo, no admite, en cierto modo, 
más que dos castas, la rica y la pobre, cuando sólo debiera haber la cate- 
goría de las personas honradas... y de las otras. 



(i) O «de fr3c negro,» se dice también 



104 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

En teoría, todo el mundo «adora la sencillez;» pero todos esperan que 
el vecino disminuya su lujo, y el vecino, á su vez, espera que los demás 
tomen la iniciativa. 

Y siendo así, ;cuándo vendrá la reacción? 

Es menester que sean las clases elevadas las que den el ejemplo; por- 
que sólo los opulentos pueden, sin avergonzarse de ello, darse el lujo de la 
sencillez por gusto, por prudencia ó por virtud. Para la clase media sería 
esto un sacrificio demasiado duro, demasiado humillante, una confesión 
demasiado cruel de insuficiencia; y se comprende cuan triste verdad en- 
cierran las profundas palabras de un funcionario que en cierta ocasión nos 
decía: «Desgraciadamente no poseo fortuna bastante para vivir sencilla- 
mente.» 

No obstante, contra esto se aduce una objeción, siempre la misma: 
«En definitiva, la prodigalidad aprovecha á los indigentes.» 

Ciertamente que tienen razón los que esto dicen, si con ello quieren 
significar que la leña que se quema produce ceniza y que todo rico ban- 
quete aumenta el botín matinal del miserable trapero; pero este lenguaje, 
¿no es acaso de una dureza que subleva? ¡Mucho cuidado con este crite- 
rio! Este modo de pensar de los que disfrutan ha sido de terribles repre- 
salias que mañana pueden despertar más implacables 3' más intensas que 
nunca. 

¡Ah! Para mejorar al indigente hay una cosa bastante más útil, bas- 
tante más moral y meritoria que el lujo; una cosa buena para el pobre y 
no menos excelente para el rico (1), «que deja alegría á quien da y la lleva 
al que recibe,» según la conmovedora frase de Víctor Hugo: esta cosa es 
esa ofrenda generosa, no solamente de dinero, sino también de corazón; 
esa limosna inteligente, discreta y personal que el cristiano ama y debe 
practicar venturosamente todos los días y que lleva el nombre grato y dos 
veces bendito de ¡Caridad! 



(1) Para demostrar la necesidad de limitar el lujo, recomiendan los economistas que 

y -i 
se medite sobre la siguiente fórmula c = (c indica la tasa media del consumo in- 

F 
dividual; r la renta nacional; p la población e z los gastos del lujo debidos á la desigualdad 

de las fortunas). Pero este sermón algebraico nos parece que convertirá á muy pocos dila- 
pidadores. 




Vendedores y compradores. (Pintura tumbal egipcia de la V. ' dinastía, según Maspero.) 



LIBRO SÉPTIMO 



CAPITULO PRIMERO 



EMBLEMAS Y SÍMBOLOS DE LA PROPIEDAD ENTRE LOS ANTIGUOS 

La enajenación de los bienes entre los hebreos: papel que desempeñaba la sandalia en los 
contratos. —Uso de la varita entre los romanos. — La tarja ó «pequeña rama» como prue- 
ba legal.— La lanza, la corona, la balanza, el terrón, el pelo de los animales y la propie- 
dad romana. — Historia jurídica de la mano: sus varios significados.- Propiedad de los 
esclavos: marcas y collares grabados. — Uso del puñado de tierra en la ley sálica: la cre- 
necrunda. — Atribución por medio de la punta de bálago entre los francos. — Símbolos 
de enajenación feudal: gavilla, ramo,, puñado de césped, aceitunas, racimo de uvas, vari- 
ta...— Lo que era, según Pasquier, «romper la paja.»— Procedimientos convencionales 
de investidura: bandera, anillo, báculo, cuerda de las campanas... — El derecho de vele- 
ta. — El gallo de casa solariega en los Establecimientos de San Luis. — Sortilegio de la 
mano de ahorcado y los propietarios. — Procedimientos extravagantes de atribución: el 
vuelo del capón, el sonido del cuerno, el oído del hacha... — Transmisión en Alemania 
por fuego nuevo. — El sombrero, el gorro, el casco en los ritos jurídicos. — Adquisición 
en las Indias por el trago de agua... 



La noción de la propiedad, la distinción de lo tuyo y de lo mío, es tan 
antigua como la especie humana; y es que, en efecto, la ventaja de una 
posesión exclusiva y soberana es una idea instintiva, ambicionando el 
hombre en todas partes apropiarse la tierra y sus frutos, los animales y 
sus productos y procurarse las producciones de la industria de sus seme- 
jantes. En los siglos bárbaros, la violencia, el apoderamiento brutal, el 
derecho de conquista, eran los sistemas ordinarios de adquisición; en las 
sociedades modernas, en cambio, la propiedad tiene como base esencial 
el trabajo. ¿Qué es, en realidad, la propiedad más que la labor, el esfuer- 
zo, el sufrimiento mismo transformados; en una palabra, algo del hombre 
y como del hombre dependiente? Esto es ciertamente lo que constituye 
la legitimidad, la dignidad y la moralidad de la propiedad privada. 



106 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Se comprende cuan difícil había de ser fijar de una manera cierta y 
probatoria el convenio entre dos personas en la época en que casi nadie sa- 
bía leer ni escribir (i); así es que cuando no había testigos ó no se quería 
provocar su intervención, era preciso que, además de las mutuas prome- 
sas verbales, hubiera un signo exterior que, impresionando los sentidos, 
determinara bien la aquiescencia respectiva, la adhesión formal de las 
partes contratantes. Para lograr este resultado, era menester, en primer 
término, que el convenio se refiriese á un objeto material susceptible de 
dejar perfectamente marcado el recuerdo del mismo; pero, además, la 
forma alegórica pintoresca ó extraña que revestían las ceremonias jurí- 
dicas contribuía á que éstas quedaran profundamente impresas en la 
memoria de todos. Esto explica las tradiciones simbólicas que vamos á 
examinar y que se relacionan de un modo más ó menos evidente con 
la idea misma de los contratos con motivo de los cuales las vemos apa- 
recer. 

Consideramos ante todo necesario dar la definición de la palabra robo 
al comenzar el presente libro, en el que tan á menudo tendremos ocasión 
de hablar de este delito y de las ideas con él relacionadas. Voler (en fran- 
cés «robar»), según Díaz y la mayoría de los etimologistas, se deriva del 
latín vola, hueco de la mano; de donde, «poner en la mano» (apoderar- 
se de algo). Esta explicación parece á primera vista satisfactoria; sin em- 
bargo, este origen latino es poco admisible, pues la palabra voler data, en 
cierto modo, de principios del siglo xvn, pues anteriormente robar era 
larronner, enibler, rober. De manera que voler, en el sentido de quitar algo, 
es, al parecer, una derivación de tomar al vuelo (2), arrebatar rápidamen- 
te, como podría hacerlo un ave al paso; y en efecto, el antiguo vocablo 
volerie, término de halconería, indicaba la caza efectuada con halcón, ani- 
mal llamado «de alto vuelo» en oposición á las aves «de bajo vuelo» como 
los ánades y las gallinas. Así cuando Saint- Simón refiere «que el Elector 
de Baviera seguía al rey á la volerie en el bosque,» no quiere decir eviden- 
temente que los dos príncipes se divirtieran desbaldando á los caminan- 
tes; de la misma manera cuando un señor estipulaba un derecho de caza 
con halcón sobre una tierra, se decía «disfrutar del derecho de volerie,» 
expresión que en nada tiene que ver con la idea de rapiña. 

Veamos lo que ocurría entre los hebreos. 

El signo de abandono de un derecho en Israel consistía en desalarse el 
vendedor su calcado y entregárselo al nuevo propietario. Este acto, que encon- 
tramos narrado en el libro de Ruth como práctica constante para ceder 



(1) Aun en la Edad media encontramos á veces en los contratos frases como esta: «Ha 
intervenido Fulano, quien, en su calidad de Señor, declara no saber escribir.» Las gentes 
de Iglesia, los clérigos, eran casi los únicos instruíaos. 

(2) Voler como las aves (volar) se dice volare en latín; voler por robar es rapere, de 
donde viene rapiña. Chiper (substraer), ;no se derivará del inglés to chip, quitar rápida- 
mente (virutas).-' El sentido y el sonido de la palabra parecen justificar esta etimología, á 
lalta de otra más aceptable. 



LIBRO SÉPTIMO IO7 

una propiedad cualquiera (1), significaba, según M. Reyscher, que el ce- 
dente consideraba que se despojaba de su derecho y lo transmitía con la 
misma facilidad que si se hubiese tratado de un zapato. El vendedor, una 
vez entregado su zapato al comprador, quedaba desposeído de su propie- 
dad, y el adquirente, á su vez, para manifestar su toma de posesión, ponía 
su pie calcado en el terreno que iba á ser suyo, demostrando de esta suer- 
te su aquiescencia (2). En nuestro concepto, tal costumbre se explica más 
bien que como lo hace el autor citado, por la consideración siguiente: el 
que es propietario de un campo tiene el derecho de caminar por él, «de 
poner en él su sandalia,» como dicen todavía los orientales con su len- 
guaje pintoresco; y siendo así, fácilmente se comprende la razón del sím- 
bolo, pues el que se quitaba el calzado renunciaba al derecho de volver 
en lo sucesivo á pasearse por la tierra que enajenaba. Y confirma esta ex- 
plicación el hecho de que la aceptación de la compra, según hemos visto, 
consistía inversamente, por parte del comprador, en incrustar la huella de 
su sandalia sobre la tierra cuya propiedad adquiría. Andando el tiempo, se 
pondrá un sello á modo de firma en el pergamino de los contratos, pero 
en el entretanto el adquirente, de acuerdo en esto con el vendedor, se 
limita á imprimir su pie como un sello natural sobre la arena ó la arcilla 
del terreno que pasa á ser suyo por virtud de la tradición de costumbre. 

El sabio profesor de la Universidad de Gottinga, Von Jehring, alu- 
diendo á prácticas análogas, las denomina de un modo original, pero acer- 
tado, «la plástica del derecho antiguo,» es decir, la forma externa de las 
relaciones jurídicas (3). 

El uso de la sandalia como medio de transmisión de un campo se ge- 
neralizó y acabó por aplicarse á las diversas enajenaciones de derechos, 
aun para aquello que no tenía el menor carácter de inmobiliario. De ello 
tenemos una prueba en el conmovedor episodio bíblico del matrimonio de 
Ruth, la mohabita: Booz, en una visita á sus campos, repara en Ruth, la 
bella espigadora, y se entera de la tierna piedad filial que profesa á su sue- 
gra; siguiendo la costumbre, pone al más próximo pariente del marido di- 
funto en el caso de declarar si quiere ó no aprovecharse de su parentesco 
para unirse á la joven viuda, y habiendo aquél renunciado á su derecho, 
Booz le dice para proceder conforme al ceremonial acostumbrado: ((Quí- 
tate el zapato, y él al punto le quitó de su pie.» Entonces Booz, dirigién- 
dose á los ancianos y á todo el pueblo, les dijo: u Vosotros sois hoy testi- 
gos de que entro á poseer todo lo que poseía Elimelech (4).» 

En Roma, el emblema de la propiedad nacional era una lan%a, lo que 
estaba muy en carácter tratándose de un pueblo que todo lo debía a la 



( 1 ) Hic úittem erat mos in Israel..., ut esset firma emeessio, solvebat homo calceamen- 
tum suum.. Hoc erat testimonium cessionis in Israel. (Ruth. IV, 7). 

(2) Extendamcalceamentummeum . (Salmos, LIX, ioyCXlII), 10; Deuter., CXXV,q. 

(3) LEsprit du droit romain, traducción de M. de Meulenaere, consejero del Tribunal 
de Gante. 

(4) Rhut, IV, 9.— Darras, Hist. de l'Eglise, II 142. 



I08 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

conquista (i); por esto las ventas públicas, en las cuales figuraba el botín 
conquistado con las armas, se denominaban ventas «hechas bajo la lan- 
za (2).» En el tribunal de los centunviros, y sin duda también en otros 
pretorios, se administra justicia «delante de la lanza» símbolo del derecho, 
del mismo modo que entre nosotros se administra delante de la cruz de 
Cristo (3). Para los primeros romanos, en efecto, el mundo pertenece á 
quien lo conquista y los objetos á quien de ellos se apodera. Adquirir es 
coger, capen, única palabra que corresponde al sentimiento jurídico bru- 
tal de los antiguos habitantes del Lacio; hacerse propietario es, ante todo, 
«poner la mano sobre la cosa (4);» y hasta el mismo verbo comprar, emere, 
significó en su origen quitar, arrebatar, según se ve en los compuestos de 
esta palabra (5). Además, en el idioma primordial, occupare se aplica de igual 
modo al provecho de la rapiña que al disfrute legítimo. 

El formalismo romano desempeñaba un -papel importante en las cues- 
tiones de propiedad: así, por ejemplo, cuando el litigio se refería á la rei- 
vindicación de un tundo, el pretor, mientras el poderío romano no se 
ejerció más que en un territorio reducido, se trasladaba al lugar de autos 
en compañía de los interesados; pero como muy pronto fué imposible esa 
traslación, recurrióse á un expediente que permitía conservar las formas 
de procedimiento, tal como disponía la legislación primitiva. Este recurso 
consistió en presentar los litigantes un terrón ó gleba traído por ellos, con 
lo que se consideraba, en derecho, que todo el campo estaba á la vista de 
la justicia (6). Además, el simulacro de marcha hacia el fundo litigioso 
(que las partes ejecutaban delante del pretor y por invitación de éste) era 
también la expresión jurídica de la reivindicación (7): este simulacro con- 
sistía en avanzar dos pasos los litigantes como si hubieran de encontrarse 
en el mismo terreno representado por la gleba. Cuando la reclamación 
versaba sobre una cosa mueble, la alegoría se completaba con una lucha 
aparente (8) que se trataba para disputarse el objeto en presencia del ma- 
gistrado. 

Dentro del orden de ideas emblemático que estudiamos, puede citar- 
se asimismo el caso de las visitas domiciliarias que se practicaban en Ro- 
ma para recobrar una cosa substraída. El que obtenía autorización para 
registrar el domicilio de la persona denunciada había de llevar por todo 
traje unos calzoncillos de piel ó de lienzo (9); y con este ropaje primitivo 
que le impedía llevar maliciosamente oculto el objeto que se decía roba- 
do, presentábase en casa del acusado, llevando al propio tiempo una es- 

(1) Quia signitm prazcipuum est hasta, dice Festo. 

(2) Era la subhastatio, ó venta en subasta. 

(3) Un reciente decreto del ministerio Combes ha mandado quitar de los tribunales 
franceses la imagen del Crucificado. (N. del T.) 

(4) Aíanu eaptum, mancipatio 

(5) Adimere, arrebatar. 

(6) Delata gleba ai tribunal prxtoris. 

(7) Cicerón, pro Murena, i 2. «Inite viam... redite viam.v 

(8) Manuum consertio. 
(o) Linteum. 



LIBRO SÉPTIMO IC9 

cajilla (lanx) destinada indudablemente á recoger la cosa hurtada, según 
dice Gayo (i). Si un vecino edificaba abusivamente ó en condiciones per- 
judiciales á la propiedad contigua, el lanzamiento de una piedra era consi- 
derado como acto jurídico de oposición (2). Si se quería interrumpir la 
prescripción (3), la rotura de una rama (4) equivalía á turbar la posesión 
y á protestar de ella legalmente. Desde el punto de vista del procedimien- 
to romano, un ¡islán, una teja representaban una casa; de la misma ma- 
nera que un pelo de oveja ó de cabra representaba un rebaño, como textual- 
mente dice Gayo (5). 

En los usos ingleses encontramos también el cerrojo, el gancho, la 
gleba, considerados como emblemas de las casas ó de los campos (6). 

La palabra estipulación con que usualmente se designan en Roma las 
estipulaciones, se deriva, según la mayoría de los autores, de stipnla, que 
quiere decir tallito, brizna de paja. En el antiguo derecho privado, para 
precisar bien que había habido acuerdo entre los contratantes, éstos, se- 
gún se dice, tomaban una pajita, ó mejor una rama muy pequeña ó vari- 
ta, festuca, diminutivo de la lanza, que, como hemos visto, era el signo 
legal del dominio público, y después de romperla cada uno de ellos con- 
servaba en su poder un pedazo, que venía á ser la prueba duradera del 
contrato realizado. Esta escena significativa no sólo llamaba la atención 
de las partes, sino que además tenía, á lo menos en su origen, un valor 
testimonial, puesto que la varita presentaba en el punto de separación va- 
rias muescas y múltiples roturas, de suerte que juntando las dos mitades 
podía comprobarse que había perfecto ajuste entre los fragmentos troca- 
dos en el momento del convenio. «Los antiguos romanos, dice Isidoro de 
Sevilla (Orig., V, 24), tenían la costumbre, cuando contrataban, de divi- 
dir una paja en dos pedazos, que luego volvían á juntar para simbolizar el 
acuerdo de las voluntades.» Y en nuestros días, ¿acaso la confrontación de 
los títulos mercantiles y documentos de crédito con sus matrices no cons- 
tituye para los banqueros y administradores un medio para comprobar la 
legitimidad de los mismos? La significación de la brizna de paja era tan 
positiva en Roma, que la frase «dar ó recibir una pajita» equivalía á obli- 
garse, contratar (7). Las prácticas judiciales de nuestros tiempos admiten 
un medio de prueba que tiene cierta analogía con el procedimiento roma- 
no: ya hemos visto que los trozos de paja yuxtapuestos por sus extremos 
de modo que reconstituyan íntegramente el tallo roto equivalían antigua- 
mente á una declaración testifical; pues bien, cuando en nuestros días los 
tenderos rurales (especialmente los panaderos) confrontan la ramita lla- 
mada «tarja» con el otro pedazo ó «muestra» que el parroquiano conser- 

(1) ...Ut quod invenerit ibi imponat. (Gayo, III, 10,3). 

( ;) Es el caso denominado «denuncia de obra nueva » 

(3) Usucapión. 

(4) Ut ex jure civilisurculo defringendo usurpare videatw. (Cicerón, deOrat., III, 28.) 

(5) Una ovis auteapra, vel etiam pilus, injus adducebatur. (Inst., IV, 17.) 

(6) Gundermann, I, 206. 

(7) Se decía: projicere, acceptare festucam . 



110 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

va en su poder, resulta una prueba de entregas hechas al fiado que, para 
nuestro Código civil, tiene tanta fuerza probatoria como un escrito (r). 
Por otra parte, la tarja como procedimiento rudimentario de contabilidad 
es contemporánea de los hombres primitivos: en efecto, en recientes ex- 
cavaciones realizadas en las viviendas trogloditas de la Vezere, población 
fósil descrita por Broca, se han encontrado en las edades prehistóricas 
tarjas perfectamente reconocibles hechas con huesos labrados y apropia- 
dos a este objeto. 

La venta romana llamada «bajo la corona (2)» se refería á los prisio- 
neros de guerra enajenados en provecho del fisco, pues por irrisión se 
ponía en la cabeza de los vencidos una corona. De aquí la frase «estar bajo 
la corona,» que significaba por antífrasis «ser vendido como prisionero de 
guerra (3).» Por este detalle podemos formarnos idea de los errores 3^ hasta 
de los contrasentidos en que puede incurrir un joven humanista pomo co- 
nocer bien la historia de las instituciones jurídicas de la antigua Roma. 

Cuando se vendía un esclavo cubierto con un sombrero, queríase con 
esto indicar que se vendía sin garantía (4); el sombrero, pilcas, emblema 
de independencia, significaba en este caso que el esclavo era el único fiador 
de sus propias cualidades. Los prisioneros de guerra, que se convertían en 
esclavos públicos y propiedad nacional, habían de pasar debajo del yugo, 
en señal de servidumbre: así la palabra «subyugar,.» poner bajo el yugo, 
llegó á ser sinónima de vencer. 

Cuando antiguamente se vendía en Roma una cosa mueble, el compra- 
dor, después de satisfecho el precio, se apoderaba de ella y asunto concluí- 
do; pero si se trataba de una persona ó de un inmueble, se celebraba una 
venta «ficticia.» que requería una pequeña ceremonia, consistente en gol- 
pear una balanza con una moneda de cobre en presencia de cinco testigos: 
la moneda figuraba la cantidad (5) y la balanza el acuerdo en cuanto al 
precio. Resulta, en efecto, de la ley de las Doce Tablas, dice Gayo, que 
los antiguo:, que no conocían el uso de las monedas de oro ó plata, se ser- 
vían de lingotes de metal que se pesaban para apreciar el valor de los mis- 
mos, proporcional al precio de común acuerdo fijado (6). 

Entre los símbolos empleados en el formalismo jurídico, es la mano 
uno de ios más importantes, porque si la boca formula la resolución adop- 
tada, aquélla es la que la ejecuta. Nada más umversalmente extendido que 
el lenguaje emblemático de la mano, que traduce de una manera muy ex- 
presiva los principales actos y sentimientos de la vida. Juntar las manos 

(1) Art. 1 33o. Llá manse coches las muescas transversales hechas en la tarja y en la 
muestra reunidas. Observemos que taille (tarja) se deriva de talea, rama de árbol, del mis- 
mo modo que estipulación se deriva de stipula, brizna de paja. Hay completa analogía. 

(2) Emptio sub corona. 

(3j In emptione dicebantur sub corona venire (Aulo Gelio, Xuits. att.. VII, 4. -Festo, 
sub Corona) 

(4) Servi pileati. Elpileus. gorra de lana de forma parecida al gorro frigio, lo usaban 
los manumitidos en señal de libertad. 

(5) Qitasi pretu loco. 

(6) Gayo, Comm., I, 1 19, 1^2. 



LIBRO SÉPTIMO III 

es suplicar; ofrecer la mano á un enemigo es perdonarlo; darse las manos 
es prenda de promesa ó de amistad; levantar las manos es implorar al cie- 
lo; unir las manos de los contrayentes es el ceremonial constante del ma- 
trimonio; extender la mano es afirmar solemnemente; para dar el voto ó 
la adhesión se levanta la mano, por esto en las licitaciones romanas el 
postor se denominaba manceps; y finalmente, imponiendo las manos se 
bendice ó se protege... Sin embargo, de todos los significados legales de 
la mano, el más usual, el más normal es el que indica que cogemos una 
cosa, que nos apoderamos de ella; así en Roma vemos que la mano inter- 
viene en la mayoría de las cuestiones de propiedad: la venta de que acaba- 
mos de hablar se llamaba mancipatio (i), y se daba el nombre de manas 
al derecho del marido sobre la mujer romana, derecho que ponía á la es- 
posa bajo la autoridad del jefe de familia, como «hija mayor» respecto de 
su marido, y como «hermana de sus propios hijos (2).» Más adelante ve- 
remos reaparecer el símbolo de la mano en el Derecho Consuetudinario 
con varios significados, pero inspirados todos ellos en los principios que 
dejamos expuestos. 

Al esclavo romano, propiedad comparable al ganado, se le marcaba en 
ciertos casos con una señal que indicaba á qué amo pertenecía; si se fugaba, 
el propietario podía darle muerte, pero generalmente consideraba éste más 
ventajoso conservarle la vida y se contentaba con marcarle en la frente con 
un hierro candente la letra F, abreviatura áefagilivas; y esta señal visible 
que le denunciaba á todo el mundo, quitaba al esclavo toda esperanza de 
fugarse de nuevo. También nuestros aldeanos marcan con su inicial los 
carneros anejos á su heredad. Constantino, después de recibido el bautis- 
mo, prohibió que «se deshonrara en la persona del hombre la belleza 
divina (3)» y sólo permitió que se pusiese al cuello de los esclavos un 
collar de hierro con una inscripción en una planchita de bronce para indi- 
car el nombre de su dueño. En Roma se ha recogido una veintena de es- 
tos collares y en Nimes se encontró también uno en el que se leía este 
jocoso aviso: «Cogedme porque me he escapado, y devolvedme á Rubrio, 
mi dueño (4).;; Este collar infamante queda casi por completo suprimido 
á partir del siglo 111 de la era cristiana (5). 

Así como la voluntad de adquirir se manifestaba por el uso de la ma- 
no (6), así también intervenía ésta en el abandono del derecho de propie- 
dad, sobre todo cuando se daba libertad á un esclavo. El acto de manu- 
misión (7) se verificaba del modo siguiente: el señor pronunciaba la 
fórmula solemne de emancipación teniendo su mano puesta sobre el escla- 

(1) Manu capere En la franqueza del lenguaje primitivo, la propiedad, como hemos 
dicho, no es lo que se ha comprado, sino lo que se ha tomado. 

(2) Loco fi'.nv, con relación al marido, y loco sororis para sus hijos. (Gavo III ij. ) 

(3) Cod. Theod, IX, 40, 2. ' ' ' ' + ' 

(4) Teñe me quiajugi, et revoca me Rubrio, domino meo. 

(5) Bacuez, Manuel biblia., 477. 
(o) Por la manas injectio. 

(7) De manu niittere. 



112 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vo, á fin de demostrar que era cosa suya; luego retiraba su mano para pro- 
bar que renunciaba á su potestad, y finalmente el esclavo daba una vuelta 
sobre sí mismo, á fin de indicar que cambiaba de condición jurídica (i), y 
desde aquel momento pasaba á ser hombre libre. 

Dueños de la Galia los romanos, sometiéronla al impuesto territorial 
que pagaron los possessores de la tierra y cuyo reparto se hacía por medio 
del catastro (2) y del censo de los bienes (3); había además el impuesto 
personal, los cánones en frutos (4), las corveas para los caminos, los abas- 
tos para los soldados y gravosos impuestos indirectos; los derechos de 
aduanas (5) ó de circulación que se percibían en oficinas (6) establecidas 
en las costas y en los caminos reales; los derechos de entrada análogos á 
los actuales consumos, y finalmente los impuestos sobre las sucesiones que 
se elevaban hasta al veinte por ciento (7). Las aduanasy otras administra- 
ciones fiscales, al percibir la tasa, fijaban en los objetos que por sus oficinas 
pasaban un plomo atado con una cuerda. Los impuestos indirectos eran 
arrendados á banqueros responsables (8) que tenían algunos puntos de 
semejanza con nuestros actuales recaudadores. 

Bajo el imperio de la ley sálica y excepción hecha de los crímenes con- 
tra el Estado, las penas eran pecuniarias, aun para los casos de homicidio; 
si el culpable podía pagar, cesaba definitivamente toda acción contra él; 
pero si se hallaba en la imposibilidad de satisfacer íntegra la multa, había 
de renunciar á todos sus bienes, y esta liberación llamada crenecrunda (9) 
motivaba ceremonias muy originales que vamos á describir. Una de las 
formas de la atribución de los bienes se realizaba del modo siguiente; el 
insolvente congregaba á todos los individuos de su familia, les exponía su 
situación, tomaba un poco de tierra recogida en los cuatro ángulos de su 
campo y la arrojaba sobre su pariente más próximo, de quien se suponía que 
por esta misma proximidad de parentesco había de interesarse por que el 
condenado satisficiese la multa. Si este pariente no protestaba, heredaba 
los bienes de aquél, á condición de completar la suma debida, salvando de 
esta suerte á los ojos de todos el honor de la familia. Pero no siempre 
quería este deudo aceptar aquella herencia onerosa; de aquí la facultad qne 
tenía de arrojar á su vez el puñado de tierra de atribución sobre otro pa- 
riente de grado inferior. Y por último, cuando padre, tío, sobrinos y pri- 
mos se habían ido pasando de esta manera el compromiso de uno á otro 
y lo propio hacía el último miembro de la familia, la propiedad pasaba 

(1) Status. 

(2) Forma censualis. 

(3) Census. 

(4) Annona 

(5) Portorium. 

(6) Stationes. 

(7) Vicésima hereditatium. 

(8) Publictni. 

(9) O Crenecruda. Lex sálica LXI, Chassan, 22?.— El manuscrito de Munich dice: 
«de sinistra manu, de illa térra jactare super illumproximiorem...» LVIII, De diera cruda. 
— Pardessus, pág. 663, Loi salique. 



LIBRO SÉPTIMO 1 1 3 

á manos de los parientes de la víctima á título de compensación legal. 

Cuando llegaba el caso de proceder á la desapropiación, el deudor, á 
fin de simbolizar su indigencia, se ponía en camisa, con la cabeza cubierta 
y los pies descalzos, y provisto de un simple bastón, como un viajero que 
no tiene casa ni hogar, había de acentuar su renuncia sallando por encima 
del vallado que cerraba su heredad, después de lo cual ya no podía ser 
perseguido, pues el abandono íntegro de sus bienes le dejaba libre. Algu- 
nos espíritus superficiales tal vez encontrarán grotescas estas prácticas del 
derecho usual; y sin embargo, el filósofo verá en ellas un ceremonial per- 
fectamente justificado por las costumbres de la época. En efecto, sin algu- 
nas particularidades significativas, ¿cómo habría podido demostrarse esa 
desposesión voluntaria? Y es evidente que quien se había conformado con 
sufrir la humillación descrita, no estaba capacitado para discutir algún dia 
el abandono consentido por él mismo para eximirse de una carga. 

Hemos indicado ya lo que significaba la varita en el lenguaje conven- 
cional de los jurisconsultos. La ley sálica exige para la transmisión de un 
feudo que la devolución se realice mediante la entrega de una pajita ó de 
una punta de bálago (i), pasando á ser el que la acepta dueño de la tierra 
dada ó concedida. Algunas veces la desapropiación se verificaba lanzando 
el trozo de paja en dirección al comprador (2) ó en las ropas del mismo. 

Cuando la instrucción se hubo generalizado lo bastante para que los 
contratos se formulasen habitualmente por escrito, dióse poco á poco al 
olvido el significado de la pajita, y de la antigua práctica de «la paja rota» 
sólo quedó una idea dominante, la de ruptura, de resolución negativa 
adoptada de común acuerdo (3). En tiempo de Pasquier, la anulación de 
un contrato, la cesación de relaciones amistosas, se expresaba por medio 
de esta variante, «romper la pajita (4),» y todavía en las antiguas noveias 
citadas por Du Cange se lee esta elegante locución: (.(.romper ¡a pajita al 
mundo,» que quiere decir «entrar en el convento.» En esta última hipóte- 
sis, si se rompía la paja, no era para conservarla preciosamente, sino para 
arrojar sus pedazos á los cuatro vientos antes de ingresar en el claustro. 

La veleta, ¡quién lo dijera!, merecería una monografía especial á causa 
de los intereses que representaba en la antigua Francia. Cierto que servía 
para indicar la dirección del viento; pero ai te todo, en el sentido feudal, 
era un signo de ilustración nobiliaria; así se explica que el derecho de po- 
ner una veleta en su casa fuese reivindicado por los señores con una ener- 
gía y una tenacidad excepcionales. De todos los privilegios feudales recla- 
mados por los jurisconsultos, fué este el más vigorosamente defendido. 
Richelieu había mandado demoler varias fortalezas señoriales y derribar 



1) Calamus, fest 11 ca. 

(2) Calamum projiciendo, dice un documento del siglo xi. 

(3) «Es preciso romper la paja, que una paja rota, entre personas de honor, da por ter- 
minado un negocio» (Le Dépit amoureux) . Aquí la escena de la pajita tiene por objeto ha- 
cer irrevocable la ruptura propuesta. 

(4) Reclicrches, VIII. 

Tomo 111 8 



r r 4 HISTORIA DE las creencias 

no pocas murallas, puentes levadizos y almenas..., y los señores se habían 
sometido; pero negaron altivamente al rey el derecho de tocar las veletas, 
so pena de cometer un irritante abuso de poder. Y es porque, en efecto, 
según Sainte Foix (i), no sólo eran en su origen los nobles los únicos au- 
torizados para instalar veletas, sino que se requería además que hubiesen 
sido los primeros en dar el asalto á una ciudad y que hubiesen clavado en 
las murallas enemigas su bandera ó su pendón (2). Semejante testimonio 
de arrojo era de un valor inestimable para aquellos que tenían derecho á 
ostentarlo á la vista de todos; y esta es la razón de la importancia especial 
que se le concedía. De modo que la forma de estandarte ó banderola que 
ofrecían las antiguas veletas fijadas en un vastago de hierro á manera de 
asta, no era hija de un capricho. A menudo también presentaban el aspec- 
to de una bandera en la que estaban pintadas las armas del señor del lu- 
gar. «Asimismo en las torres de los castillos meridionales se veían gallos 
que servían develetas. El símbolo de la vigilancia, el gallo, que todavía hoy 
se colo:a en los campanarios de aldea, era el emblema de varias tribus 
galas que ponían esta ave en la parte mas alta de sus fortalezas (3).» En 
los Establecimientos de San Luis, el gallo indica la principal casa solarie- 
ga. Fué preciso nada menos que un decreto-ley para autorizar á cualquier 
francés a que pusiera, si lo tenía á bien, una veleta en el tejado de su casa 
á fin de ver de dónde soplaba el viento. Este decreto-ley decía textualmente: 
«rEl derecho señorial exclusivo de tener veletas queda abolido, siendo todo 
el mundo libre de colocarlas de la manera que crea más conveniente (4). 

Entre los varios símbolos empleados en la transmisión de los bienes 
feudales, pueden citarse: la gavilla, el ramo verde, el racimo de uvas, el 
puñado de aceitunas, el manojo de hierba, según que se tratara de un cam- 
po, de un bosque, de una viña, de un olivar ó de un pasturaje. Por esto 
el «Grand Coutumier (5)» de Francia, para significar el embargo v el se- 
cuestro de una finca rústica, empleará esta expresión pintoresca: «poner el 
césped en su mano.» El traspaso consistía algunas veces en un puñado de 
tierra cogido en el mismo fundo designado en las antiguas fórmulas con el 
nombre de aratoria; y en señal de cesión del campo se entregaba luego al 
nuevo propietario el zapato del donador ó vendedor lleno de aquella mis- 
ma tierra (6), costumbre que recuerda el uso de la sandalia en los con- 
tratos hebreos. 

Remontando el curso de la historia, encontramos también el papel ju- 
rídico de la tierra en el depósito que hicieron los hombres de las diversas 
regiones de Italia «que llevaron á Roma, echándolo en una fosa consagra- 

(1 Oenvres, IV, 173. 

U) Kl pendón era un pequeño estandarte de larga cola que los caballeros tenían el de- 
recho de hacer llevar delante de ellos cuando mandaban, por lo menos, veinte hombres. 

(3) V. de iMarchangy, Gaule poét., IV, 293. 

(4) Art. 2 1 del decreto de 1 3— 20 de abril de 1 79 1 . 

.-> Coutumier, libro que contiene el derecho consuetudinario ó municipal de una ciu- 
dad, de una provincia ó de un cantón (N. del T.¡ 

(6) Ducange, Investitura aratoria.— Galland, Fravc-alJeu, 3i~, 336. 



LIBRO SÉPTIMO I I 5 

da, un puñado de su tierra natal, como si con ello quisieran incorporar su 
territorio á su nueva patria (i). » Asimismo los antiguos barones escoceses 
que viajaban para administrar justicia, arrojaban un poco de polvo de su 
heredad en el sitio en donde instalaban su tribunal, porque entre ellos, co- 
mo entre los francos, sólo podían ser jueces los que pertenecían á la clase 
de los poseedores del suelo (2); y gracias á ese simulacro, se consideraba 
que decretaban para vasallos de sus dominios. 

Cuando los contratantes eran príncipes ó personajes ilustres, la modes- 
ta pajita popular era substituida por una varita (3) y hasta por un bastón 
grueso (4); así por ejemplo, en una Carta de 912 leemos que el empera- 
dor Luis traspasó al obispo una finca (.(por medio del bastón,» y en otra de 
1029 vemos que Conrado II enajenó un inmueble también «por medio 
del bastón imperial que dejó en el mismo sitio en testimonio del contra- 
to.» La írase juramento bastoneado (5) empleada en Alemania recuerda este 
antiguo modo de obligarse. La varita era asimismo uno de los atributos de 
los señores cuando administraban justicia, y si delegaban á alguno para 
que hiciera sus veces, le entregaban la varita ó «el bastón de la justicia.» 

Antiguamente los magistrados percibían como remuneración ciertos 
beneficios, de modo que el condenado ó el que perdía el pleito, después 
de haber pagado honorarios, multa é indemnización, venía obligado ade- 
más á satisfacer la parte del juez: de esto se derivaría, según Collin de 
Plancy, la expresión tour du halón (manos puercas) que designó en lo su- 
cesivo los gajes de ciertos funcionarios. Mas adelante volveremos á hablar 
de esta locución. De todos modos, la varita de marfil llamada mano de jus- 
ticia era en los días de gran gala la insignia de la soberanía real, según 
puede comprobarse en las monedas que representan los antiguos reyes de 
Francia. "La espada propicia á los inocentes y la mano, símbolo de la jus- 
ticia, ya no son espanto de los perversos,» ha dicho La Fontaine. 

La mano de la justicia recuerda en pequeño la insignia de las legiones 
romanas, es decir, una mano puesta en lo alto de un asta de lanza. Si el 
objeto de la investidura era un terreno eclesiástico, el signo era un báculo 
ó un anillo, ó bien la cuerda de las campanas. En cuanto á la mano consi- 
derada como emblema de propiedad, aparece á cada momento en las fór- 
mulas del derecho consuetudinario: maiu-morte, main-mise, main-forte, 
main-Ievéc, main-bautaine, main asisse, maiu f crine, main baillée, maiu eccle- 
siasti.jue, maiu bournie (6). No es de extrañar que la superstición y la ma- 
gia hayan utilizado la mano en prácticas extrañas para el uso de los 

(1) Amadeo Thierry, Hist. de la Gaule 

(2^ Losrachimburgos. 

(3) Virga. 

(4) Lignum. 

\o) Gestabter EiJ, de Eidstab, bastón del juramento. 

(6) Main hautaine significa soberanía; main assise, derecho de hipoteca: main ferme, 
heredad de pechero; main baillée, consentimiento. Por virtud de la main ecclesiastique los 
primeros obispos tenían el derecho de vigilar las prácticas paganas, algunos de cuyos ritos 
reaparecían en las casas cristianas. La main b urnie era la protección otorgada por la Igle- 
sia ó por los señores, etc. 



1 16 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ladrones y de los supuestos brujos de la época. Para confeccionar lo que 
éstos llamaban una mano de gloria era preciso ante todo proporcionarse, 
cosa que no dejaba de ser difícil, una mano de decapitado, ó mejor de ahor- 
cado, cuya «suerte» era, según parece, un poderoso auxiliar; una vez en 
posesión de este miembro, lo envolvían con cuidado en un trozo de lienzo, 
después de haberlo espolvoreado con salitre, pimienta y sal; luego se le 
ponía á secar durante cierto tiempo, y finalmente se le colocaba entre los 
dedos una candela en cuya composición entraba grasa humana. Y los 
brujos aseguraban que bastaba llevar esa mano fantástica á la casa que se 
quería desbalijar para que el propietario se quedara repentinamente inerte 
é incapaz de oponer la menor resistencia á los agresores. 

Dada la propiedad narcótica de la preparación denominada en el Me- 
diodía man de gorre (i), algunos se han preguntado si magos mas picaros 
que peligrosos inventarían el talismán macabro llamado por corrupción 
«mano de gloria» para explotar hábilmente, burlándose de los ignorantes, 
las asombrosas propiedades soporíficas de la planta mandragora que tiene, 
en efecto, una virtud narcótica muy marcada. Esta planta era conocida de 
nuestros antepasados, puesto que los antiguos libros de derecho consuetu- 
dinario del Mediodía prohiben el uso de la misma como veneno peligroso. 
Si esta etimología fuese exacta, tendríamos en ella una prueba más de que 
muchas personas en otro tiempo consideradas como brujos, no eran otra 
cosa que gentes hábiles, conocedoras de ciertas propiedades físicas ó me- 
dicinales, desconocidas del vulgo, ó bien diestros prestidigitadores que ex- 
plotaban la candidez popular. Las aplicaciones de la electricidad, del telé- 
tono, del curare y del cloroformo y hasta los juegos de la magia blanca 
mas vulgar habrían sido sin duda incluidos en aquella época en el número 
de las perturbadoras manifestaciones de la más tenebrosa y negra hechicería. 

Había un medio, según se decía, de conjurar los maleficios de la mano 
de gloria, y era comprar un ungüento compuesto de «grasa de gato ne%ro 
y de grasa de gallina blanca.» La venta de éste era naturalmente muy pro- 
ductiva, pues por caro que fuese, siempre resultaba barato un talismán que 
ponía las riquezas al abrigo délas garras de los desbalijadores; y los que lo 
adquirían puede decirse que se dejaban robar para no ser robados. 

Pero volvamos á ocuparnos de cosas más serias. En el ceremonial feu- 
dal de «fe y homenaje» el vasallo ponía su mano en la del señor y presta- 
ba juramento; de este modo le consagraba á la vez su persona y sus bie- 
nes. El homenaje se verificaba en la mansión principal, dentro de los cua- 
renta días siguientes á la toma de posesión, cada vez que el feudo cambia- 
ba de dueño, ó simplemente cuando lo exigía el señor durante el usufructo. 
El carácter absolutamente personal de éste no permitía, en principio, que 
el vasallo se hiciera reemplazar por un mandatario. El homenaje se pres- 
taba con la cabeza descubierta é hincada la rodilla, «aunque se tratara de 

(i) Dict. univ. 



LIBRO SÉPTIMO I I 7 

hombres de Iglesia, no obstante su dignidad.» Únicamente el rey y los 
miembros del Parlamento en funciones estaban autorizados para delegar 
procurador que los substituyera en el homenaje. ¿En qué circunstancia 
venía el rey obligado á someterse personalmente á este acto de humildad? 
En el caso en que prestaba «fe y homenaje a Dios, a la Santa Virgen ó d 
los Santos:» así Carlomagno hizo homenaje del reino á San Dionisio; pero 
no pudiendo realizar la formalidad final, es decir, poner su mano en la del 
santo, colocó su diadema sobre el altar pronunciando estas palabras: «Se- 
ñor San Dionisio, me despojo del honor del reino de Francia, á fin de que 
tengáis la soberanía del mismo.» Los condes de Flandes, que habían de 
prestar homenaje á los reyes de Francia, ponían sus manos en las del mo- 
narca «y además habían de entrelazar sus dedos durante el juramento de 
fidelidad que el canciller de Francia dictaba." Los feudistas, es decir, los 
que han estudiado especialmente los feudos, hacen observar que la mano 
«dada» de este modo indicaba dependencia, porque el que prestaba home- 
naje pasaba á ser el hombre de su señor (r). 

¿Cómo se explica, pregunta un autor (2), que en nuestros días la ma- 
yoría de los niños, así que pueden escoger un objeto, extienden instintiva- 
mente la mano derecha, aun antes de estar dotados de comprensión? Esta 
preferencia que damos al empleo de la mano derecha sobre la izquierda re- 
conoce, según algunos sabios, una causa histórica y hereditaria que se re- 
monta á la cuna de las razas indo-europeas, en las cuales la mano derecha 
ha sido en todo tiempo y es todavía la mano noble por excelencia, aquella 
de la cual han deservirse los hombres de rango superior en todos los actos 
ordinarios; al paso que la izquierda era y es aún la mano impura, la que 
emplean los parias y los esclavos. Véase, por ejemplo, la antigua ordenan- 
za del rey Pratichta que decía, muchos años antes de nuestra era: «Está 
prohibido á los esclavos y parias ó tchandalas escribir con la mano dere- 
cha y de otro modo que de derecha a izquierda. La mano derecha es la 
mano pura, reservada á los sacrificios en honor de los dioses y á las obla- 
ciones que sólo las gentes de castas reconocidas tienen el derecho de ofre- 
cer. Así sea bajo pena de muerte. ¡Tal es la ley!» 

En nuestros tiempos la tradición que consiste en emplear con preferen- 
cia la mano derecha está aún tan arraigada y es tan general, que el idioma 
popular (siguiendo en esto la tradición) de la palabra droit (derecho) ha 
hecho a droit y es decir hábil (diestro), y gauche (izquierdo) ha llegado á ser 
sinónimo de inhábil é incapaz. En resumen, la desigualdad de función en- 
tre las dos manos data de muy lejos, á lo que parece. En efecto, en el Li- 
bro de los Jueces, cap. XX, se dice que en un importante combate la 
tribu de Benjamín proporcionó setecientos bravos soldados «que peleaban 
igualmente con la izquierda que con la derecha,» observación que da á en- 
tender que se trataba de un caso enteramente excepcional. Y posterior- 

(1) Dumoulin, parag. I. -Bouteillier, título 83. 

(2) Jacolliot, Voy. au Niger. 



Il8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

mente, en la historia romana, se menciona también como cosa rara la ap- 
titud de tales ó cuales gladiadores que podían combatir del mismo modo 
con las dos manos. Tácito refiere que la tribu de los lingones envió á las 
legiones romanas, en testimonio de amistad, algunas manos derechas 
(dextras) (i), y lo propio hizo el centurión Sisenna en nombre del ejér- 
cito de Siria (2). 

El Dictionnaire Feodal (3) relata un sistema extravagante de atribución 
de bienes, tomándolo del Libro del derecho consuetudinario de París: 
«En la partición de una herencia noble, el primogénito, además de la casa 
solariega y de sus dependencias, tenía derecho á la extensión de tierra que 
podía atravesar un capón volando, y los hermanos menores no podían formu- 
lar pretensión alguna sobre el espacio designado por el vuelo del capón,» 
espacio que equivalía, según las regiones, á una, dos ó tres arpentas. Algu- 
nos historiadores han supuesto que eso del vuelo del capón era un capri- 
cho singular de un señor chistoso; lo cual es un error, porque el derecho 
calificado de vuelo de capón era un privilegio perfectamente legal. He 
aquí, en efecto, lo que dice el Comentario oficial de la Coutume de París: 
«La arpenta de tierra atribuida de más al primogénito de la familia feudal 
se denomina, en el artículo VIH de la antigua Coutume, el vuelo del capón, 
locución empleada en nuestras Coutumes, que equivale á decir tanta tierra 
como puede recorrer un capón volando, como dice Persio en su VI. a sáti- 
ra hablando del ave llamada milano: «Dives arat Curibus quantum non mil- 
vus oberret.» En algunos libros de derecho consuetudinario, como los del 
Maine y de Tours (4), al vuelo del capón se le da el nombre de Chezé. 
En virtud del citado artículo, el primogénito tenía también un derecho es- 
pecial sobre los peces y los conejos del foso, así como sobre los animales 
del corral. 

Los príncipes otorgaron muchas veces á aquellos á quienes querían re- 
compensar por un acto relevante, con tierras que se extendían hasta el lí- 
mite extremo en donde el sonido del cuerno fuese perceptible. ¡Figúrese el 
lector cómo hincharía el villano sus robustos pulmones antes de someter- 
se á la prueba! Este capricho, que las crónicas atribuyen á Carlomagno, 
recuerda la idea de Clodoveo, que concedió á un obispo toda la tierra que 
podría recorrer montado en su muía mientras él dormiría la siesta. 

En lenguaje forestal, se entiende por oído del hacha la distancia á que 
un individuo es susceptible de oir el ruido que hace una destral al derribar 
un árbol, distancia que la ley fija en 250 metros; y el comisionado encar- 
gado por el dueño déla explotación de un bosque está autorizado para ins- 
truir juicio verbal por todo delito perpetrado, no sólo en el lugar en donde 
se verifica la corta, sino también «en el oído del hacha,» dice el texto. En 

(1) Hist., I, 54. 

(2) Tácito, An. II, 58: «ferentem dextras concordia: insignia.» 

(3) Pag. 282. 

(4) Coutumes de París, I, pág. 3dú, art. XIII (antiguo articulo VIII). 



LIBRO SÉPTIMO 119 

la antigua Ordenanza forestal de 1669, este espacio se llamaba «respuesta,» 
palabra muy singular que indicaba que el adjudicatario respondía (es de- 
cir, era responsable) de los robos que en él se cometían. Abura bien, en el 
siglo xv había en Alsacia una cesión llamada por el grito del hacha ó por el 
oído del hacha: el que necesitaba hacer provisión de leña para calentarse 
ó de madera para construcciones, entraba en el primer bosque y escogía 
el árbol que le convenía, hecho lo cual clavaba la destral en el tronco y 
daba un gran grito; cuando el árbol caía al suelo, lanzaba otro grito mien- 
tras cargaba el tronco en un carro, y por fin gritaba por tercera vez cuan- 
do salía del bosque. Si había lanzado los tres gritos sin que nadie le mo- 
lestara, no había de temerla multa ni la recisión, pues si le hubiesen acu- 
sado de haberse apoderado de cosa ajena, habría podido limitarse á invocar 
la emisión de los tres gritos para quedar completamente en regla. Con sus 
gritos había llamado la atención del dueño, el cual podía, por consiguiente, 
darse por avisado; y desde el momento en que el propietario no había teni- 
do por conveniente intervenir, se suponía que tácitamente había autoriza- 
do la substracción de madera. ¡Tanto peor para él si no vigilaba su bosque! 

Esta especie de adjudicación «voceada» tenía fuerza de ley en un gran 
número de localidades y subsistió durante muchos años. En otros puntos 
de Alsacia, por el contrario, se había estimado necesario combatir enérgi- 
camente tan grave atentado contra los derechos del propietario; así es que 
por más que gritaran, aunque fuese más de tres veces, los leñadores se 
veían obligados á devolver la leña de que indebidamente se habían apode- 
rado. Por fin, á mediados del siglo xvi proscribióse en toda la Alsacia se- 
mejante uso; y aunque la gente siguió robando en los bosques, lo hizo 
menos ruidosamente. En Alemania existía una costumbre que se conservó 
durante mucho tiempo y que consistía en encender juego en las tierras ó en 
la casa de que se tomaba posesión. Los islandeses indicaban también por 
medio de fogatas los límites de la finca que enajenaban. 

En nuestros distritos rurales se suele colocar un puñado de vidrios ro- 
tos ó una paletada de carbón debajo de las piedras que separan dos here- 
dades, cuando se procede á un deslinde amistoso. Algunos autores han 
buscado muy lejos la interpretación de esta práctica muy común; y sin 
embargo, la explicación parece muy sencilla: gracias á los trozos de vi- 
drio ó á los pedazos de carbón se tiene la seguridad de encontrar el mis- 
mo sitio del mojón en el caso de que éste fuese quitado de allí fortuita- 
mente ó ex profeso. 

Lauterbach nos hace saber que en Alemania, como en Roma, todavía 
en el siglo xvn se arrojaba una piedra tres veces contra la obra perjudi- 
cial de un propietario vecino que quería edificar (1). Este procedimien- 
to de oposición era muy poco conocido en Francia; en el Languedoc, 
sin embargo, se practicaba pronunciando á cada pedrada estas palabras: 



(1) El nombre alemán equivalente a]jactus lapilli es Steinwurf. 



120 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

«Denuncio la obra nueva.» Así lo testifica un documento de i ,¡ 07 (1). 

Ya hemos visto que el ramo ó ramaje había sido antiguamente un me- 
dio de investidura y un signo de propiedad territorial; por el contrario, la 
ruptura de una rama sobre un predio rústico delante de testigos equivalía 
á un acto interruptor de prescripción (2). Todavía en nuestros tiempos 
los alguaciles de ciertas regiones de Normandía tienen la costumbre, cuan- 
do toman posesión de un fundo en nombre de su cliente, de dar algunos 
golpes de azadón en el suelo y de romper algunas ramas de árboles; si se 
trata de una casa, rompen varios vidrios de las ventanas ó algunos ladrillos, 
á fin de afirmar el derecho del propietario que, en lo sucesivo, puede usar 
y abusar de su propiedad. 

Estos hechos están comprobados de una manera oficial, especialmente 
en los procesos verbales á que se refiere una sentencia del tribunal de 
Ruán (3), confirmada por un decreto que ratifica «el rito consagrado por 
el uso;» y el proceso verbal dice textualmente: «Yo, alguacil, para deter- 
minar la toma de posesión en nombre de mi requirente, he cavado con 
una pala en el pequeño jardín...; he rolo varias ramitas de los árboles que 
quedaban y he hecho acto de dominio en esa casa por la rotura de varios 
ladrillos en los aposentos (4).» 

A pesar de todo, esta costumbre que consiste en romper los vidrios ó 
los ladrillos de una casa para probar que nos pertenece, es bastante ori- 
ginal y demuestra la persistencia de los usos tradicionales, no obstante la 
unidad de nuestro procedimiento. 

En la isla de Rugen, para la venta judicial de los inmuebles, el propie- 
tario comparecía llevando su sombrero en la mano; el juez le preguntaba 
tres veces si quería desprenderse de su propiedad, y además de haber con- 
testado afirmativamente, el vendedor entregaba el sombrero al comprador, 
el cual á su vez era interpelado por el juez tres veces. «Entonces el com- 
prador daba el sombrero al magistrado, quien, levantándolo lentamente, 
declaraba regular el contrato.» Asimismo en Brunswick el que vende y el 
que compra ponen la mano «sobre el birrete del funcionario público» para 
ratificar las proposiciones mediadas entre ambos. En el territorio de Saint- 
Gall, cuando se celebraba una venta, «el funcionario y el vendedor aga- 
rraban fuertemente una especie de sombrero negro que el comprador ha- 
bía de arrancarles violentamente de las manos,» como prueba de sus de- 
rechos sobre el objeto del contrato. Parece increíble la frecuencia con que 
encontramos el uso del sombrero en las diversas legislaciones y compila- 
ciones de derecho consuetudinario: únicamente el rey estaba autorizado 
siempre para llevar puesto el sombrero en señal de independencia (5). Entre 



(1) Ducange, nuntiatic. — Michelet, irg 

(•2) Esto es lo que significa la frase dé Cicerón: surciilo de/viniendo usurpaie (inte- 
rrumpir la prescripción rompiendo un ramo). (Da orat., 111, ¿ü.) 

(3) 1 5 de marzo de 1841 y 14 de agosto del mismo año. 

(4) Chassan, 3gi. 

(?) Boul and, M.m. d'achet. 



LIBRO SKPT.MO 12 1 

los godos, los nobles y los sacerdotes tenían permiso para permanecer 
cubiertos; y entre los francos, el vasallo se descubría cuando tributaba 
homenaje á su señor. Antiguamente, dice Grimm, cuando se cogía a un 
deudor, se le quitaba el sombrero. El que cedía sus bienes había de com- 
parecer ante la audiencia sin nada en la cabera. El sínodo de Viena obligó 
á los judíos, como confesión de dependencia, á llevar un gorro puntiagudo 
que, según los estatutos de Aviñón, había de ser de color de azafrán; y en 
ciertos países, los usureros eran condenados a dar la vuelta á la iglesia 
llevando puesto un gorro judío (i). Mediante la donación de su sombre- 
ro, Ricardo Corazón de León, pura salir de su cautiverio, abdicó de sus dere- 
chos sobre la corona de Inglaterra y tributó homenaje á Enrique VI. Fi- 
nalmente, entre los normandos, á imitación de Inglaterra, la cesión se 
hacía por medio del casco (2). 

El famoso sombrero de Gessler, colocado en un poste y que había de 
ser saludado como si fuera el mismo rev, era una idea perfectamente con- 
forme con el simbolismo tradicional. 

En las Indias (3), el que da ó enajena una heredad derrama en la tie- 
rra un poco de agua, en señal de renuncin; y el donatario ó comprador re- 
coge en sus manos algunas gotas de esa agua y se las traga para indicar 
con ello que la propiedad queda unida á él en lo sucesivo. 

En resumen, desde el punto de vista general que preside en todas las 
particularidades expuestas en el presente capítulo, el signo, lengua uni- 
versal, escritura primordial de todos los pueblos, ha desempeñado en la 
historia de las legislaciones uno de los papeles más importantes, hasta el 
punto de equivaler á menudo á testimonios concretos y hasta de reem- 
plazar á veces la solemnidad de los contratos. 



(1) En 1267, i3qo V. Ducange, Gibus.— Chass., Symb. du D. 

(2) Galland, Franc-Alleu , XX, 317. — Hauíeserre/De/cí. 

(3) Boulland, loe. cit. 



CAPITULO II 

IMPUESTOS EXTRAVAGANTES, CENSOS Y CORVEAS SINGULARES 

Censos en humo: explicación jurídica. — Reyezuelo acarreado por cuatro bueyes.— Los tres 
huevos de censo (Cartulario de Saint-Magloire).— Gallinas de cuello, gallinas de humo, 
gallos rojos... para prestaciones feudales.— Los cuarenta y nueve capones de Neuilly- 
sur-Marne.— Canónigos de Santa Genoveva deudores de seis ocas.— Plato de nieve, bai- 
les, bolos, pimienta...- Los que llevaban sal: enterradores privilegiados (hannuares).— 
Carreta de pimiento de los monjes de Issy en 1261'.— Censos en comidas del prior de 
San Eloy.— El «banquete de los chantresde Nuestra Señora,» por las religiosas de Santa 
Genoveva; redención del mismo. — La cabeza de cerdo y el verdugo el día de San Vicen- 
te.— Capitulado de prestación del clero en caso de visita pastoral.- Guantes, paraguan- 
te, pastelillos... — Origen y descripción de las.corveas señoriales.— Verdadero significa- 
do de la frase «corveable á voluntad,» según las sentencias— Prestaciones personales de 
los cultivadores, albañiles y vigilantes ..; acarreos y acémilas — Corveas reales y vías 
públicas según la instrucción de iySS.-La Asamblea Constituyente y la corvea feudal. 
— El actual contribuyente. 

Hemos reservado un capítulo especial para la explicación de ciertos 
censos en uso durante la Edad media y que merecen un examen atento, 
por razón de su singularidad y de su importancia en la historia de la pro- 
piedad. Bajo el régimen feudal, la palabra censos significaba ciertas cargas 
anuales á que venían obligados los vasallos á cambio del fundo que les 
concedía su señor. Había censos en dinero, en géneros, en trabajos, en 
corveas, según la condición de las personas; de todos ellos nos ocupare- 
mos someramente. Así el vasallo era, á la vez, el servidor y el compañero 
de armas de su señor, de quien se hacía soldado al prestar juramento «de 
fidelidad, de ayuda y de consejo.» En caso de guerra, el jefe de que de- 
pendía le alimentaba y le facilitaba armas y ropas. A fines del siglo ix 
fué general en Francia la costumbre de pagar á los vasallos en tierras; y la 
tierra dada en esta forma, como salario, se denominaba feudo (1). 

Son poquísimos los que hablan de la época feudal con toda sangre fría 
y completa independencia. Desde este punto de vista, sostiénense fácil- 
mente opiniones extremadas y teorías excesivas, en los dos sentidos opues- 
tos, no sólo con pasión, sino con una idea preconcebida é irreductible. En 
concepto de unos, el feudalismo es una edad aborrecible y maldita, una 
época tan odiosa que todo el mal que de ella se diga quedará muy por de- 

(1) He aquí algunas breves definiciones: los caballeros, hombres libres que se dedica- 
ban á la profesión de las armas, acabaron por denominarse gcntileshcmbrcs (hombres de 
raza) ó nobles, formando una clase hereditaria. Dábase el nombre de barón (hombre) á un 
gran propietario, y en cuanto al nombre de sire ó señor, quena decir amo. Por el contrario: 
vasallo significaba servidor, y feudatario, poseedor de un feudo; el villano era el aldeano 
que cultivaba las tierras de una heredad (villa) y en general todo plebeyo; la condición de 
siervo recordaba, aunque muy atenuadamente, la suerte de los antiguos esclavos (serví). 



LIBRO SÉPTIMO I 23 

bajo de la verdad; para ellos, basta que el hecho aducido ó el documento 
invocado sea desfavorable al pasado para que, sin someterlo á examen, lo 
acepten desde luego como cierto é indiscutible; y no se preguntan si el 
feudalismo fué un estado de transición necesario, inevitable, que nos hizo 
pasar de la esclavitud de los tiempos antiguos á la civilización moderna, 
sino que juzgando con singular anacronismo la Edad media con las ideas 
contemporáneas, y olvidando que aquel periodo fué un paso hacia los pro- 
gresos y las costumbres actuales, lanzan sobre sus antepasados un anate- 
ma tan desapiadado como general (i). Pues bien; instruidos con su expe- 
riencia y aprovechándonos de las pruebas por que pasaron para mejorar 
nuestra suerte, obremos mejor que aquellos de quienes descendemos; pero 
no olvidemos que después de todo el presente de que tan orgullosos nos 
mostramos es el producto laborioso del pasado, y de todos modos, sepa- 
mos respetar á nuestros mayores, porque si nosotros recogemos la cose- 
cha, débese á que ellos roturaron y sembraron para nosotros. 

Por virtud de una reacción instintiva, otras inteligencias, hondamente 
impresionadas por los odiosos ataques dirigidos contra la antigua Francia, 
caen en el extremo opuesto, y cerrando los ojos á la luz y á la verdad his- 
tórica, ponen en duda la exactitud de todo hecho propio para despresti- 
giar «el buen tiempo viejo» y atribuyen á la malevolencia de los adversa- 
rios encarnizados las alegaciones que rechazan en junto con una negación 
sistemática y temeraria. Hablad á estos hombres aunque sea de costum- 
bres ó de usos indiscutibles, pero que por su candidez ó por su extrañeza 
mueven á risa, y casi siempre os contestarán, sin discutir, con un mentís 
rotundo, aun cuando les presentéis documentos cuya autoridad se impon- 
ga. Entre estos dos sistemas igualmente exagerados está la explicación 
histórica y jurídica de particularidades que es tan necio aceptar sin exa- 
men como desmentir á la ligera. 

Supongamos, pues, á una persona que dice, por ejemplo, que en Bo- 
lonia los arrendatarios de los Benedictinos de San Próculo daban cada 
año un censo consistente en el humo de mi capón cocido (2)... En seguida oiré-' 
mos exclamar á los detractores del feudalismo: «¡He aquí una prueba 
patente del abominable despotismo de los señores! ¿No era irritante que 
por un capricho escandaloso de sus amos, los honrados aldeanos de aquel 
entonces se vieran obligados, bajo pena de pérdida de su feudo, á some- 
terse periódicamente á una humillación tan ofensiva, tan degradante para 
su dignidad? ¡Imagínese la tiranía de aquellos frailes que se divertían en 
burlarse de este modo de los hombres del pueblo exigiendo de ellos no 
un trabajo útil ni un servicio fructuoso, sino simplemente un acto grotes- 

(1) Suponer que la esclavitud antigua podía ser reemplazada inmediatamente por la 
igualdad v la libertad, sin antes pasar por la servidumbre, es una ilusión... I. a convalecen- 
cia de un enfermo es, sin duda alguna, un mal si se la compara con el estado cabal de sa- 
lud; y sin embargo es un período relativamente dichoso y un bien apreciable para aquel 
que poco antes se preguntaba si figuraba aún entre los vivos. Por esta razón pudo decir 
Montesquieu que el feudalismo hizo tanto bien como mal. 

(2) Muratori y otros han demostrado la verdad de este hecho. 



124 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

co y un censo estúpido!" Esto es lo que dirían... Pero los defensores de 
la teoría contraria (es decir, los que se constituyen incondicionalmente en 
campeones del feudalismo) opondrían, muy probablemente, á tales ma- 
nifestaciones un escepticismo tenaz y cómodo, diciendo: «Tales locuras 
son inadmisibles; pues nuestros antepasados no eran imbéciles... Que es- 
tipularon con sus arrendatarios la entrega de algunos capones, es cierto; 
pero afirmar que se complacían en reclamar cada año el tributo vejatorio 
del humo de un ave, es una necedad inexplicable que un hombre serio no 
puede admitir ni por un momento y á la cual puede oponer, en nombre 
del sentido común, una negativa pura y simple.» 

Pero digan lo que quieran los partidarios de los dos sistemas opuestos, 
el hecho no puede negarse; y á despecho de todas las apariencias, esta 
costumbre, que citamos por vía de ejemplo, se justifica de una manera 
plenamente satisfactoria, según vamos á tratar de demostrarlo, reprodu- 
ciendo y completando una tesis que no hemos hecho más que indicar en 
el libro tercero. 

En la Edad media, el pueblo tenía pocos libros y manuscritos, y su es- 
píritu, ora ingenuo, ora satírico, se manifestaba de una manera sensible 
y externa, ya se tratara de esculturas ó dibujos, ya de romances ó fiestas; 
así es que en los antiguos usos de la Francia aparecía la íorma extraña, 
hasta divertida, en cuanto un grupo de interesados hallaba ocasión de 
manifestar su alegría natural y su ingenio galo. Los trabajos y las penas 
eran cosa ligera, con tal que el que los pasaba pudiera sonreírse de cuan- 
do en cuando. Ademas, siendo escasos en aquella época los contratos y 
los documentos, la prueba de los hechos resultaba, más que de los perga- 
minos, de los testigos y de la tradición; por esto, para conservar el re- 
cuerdo de los hechos ocurridos, era conveniente y aun necesaria cierta 
originalidad en los episodios correspondientes á las diversas fechas que era 
útil retener en la memoria. 

Un acto ordinario, un incidente común, habrían sido olvidados ó con- 
fundidos con las costumbres corrientes y no habrían tardado en borrarse 
de la mente de todos. De esta manera se explican, en nuestro concepto, 
las excentricidades aparentes de ciertos usos feudales que tienen perfecta 
razón de ser. Pero hay además otro motivo para este aparato, una cau- 
sa jurídica de capital importancia, por virtud de la cual nos explicamos, 
por ejemplo, el censo de humo de que hace un momento hablábamos. 
Tomemos como ejemplo varios vasallos que en virtud del pacto feudal 
que juraron están obligados no sólo á prestar fidelidad y homenaje al se- 
ñor del feudo, sino también á dar á éste en una fecha fija «tantos pares de 
aves.» Al cabo de algún tiempo, los arrendatarios se conciertan para redi- 
mir esta carga, ó bien el señor, en un día de fiesta, con motivo de un 
nacimiento, de un aniversario, del triunfo de sus armas, «exime á sus 
hombres de aquella prestación.» Supongamos ahora que los vasallos se 
hayan abstenido durante muchos años de llevar cosa alguna á la mansión 



LIBRO SÉPTIMO I 25 

señorial... ¿No podía temerse que un heredero del señor, en vista de los 
antecedentes del antiguo censo, pretendiera resucitar la obligación omiti- 
da por el villano? En cambio, si cada año habían acudido los censatarios 
á ofrecer con gran pompa el «humo de un capón,» habían con ello recor- 
dado al amo del solar, en lenguaje figurado, pero muy inteligible, que no 
le debían nada más; de suerte que acentuaban su exención por un medio 
de prueba que no corría riesgo de extraviarse. Por esto, en el día señala- 
do acudían los arrendatarios á la mansión principal, según costumbre, 
llevando consigo un magnífico capón asado; y llegados allí, acercábanse 
al señor, descubrían en su presencia el ave de manera que pudiera esca- 
parse el humo que ésta despedía, y luego se retiraban con el animal in- 
tacto. Gracias á este paso jocoso, consagraban y perpetuaban la dispensa 
que les había sido otorgada ó de la que se habían redimido. En todo esto 
no hemos de ver, por consiguiente, ni una ceremonia ridicula, ni una ti- 
ranía calculada de parte del señor, sino simplemente una afirmación de 
independencia y libertad. 

Es muy probable que el hecho siguiente tenga un significado análogo 
al del humo del capón: los vasallos del castellano de Tour-Chabot, en 
Poitou, estaban obligados á ir á ofrecerle todos los años //;.' reyezuelo atado 
con un cordel á una carreta arrastrada por cuatro bueyes; lo cual era otra ma- 
nera simbólica de decir claramente: «No tenemos obligación de traeros 
en lo sucesivo más que un ave minúscula, en vez de la carretada de aves 
á que hasta ahora teníais derecho.» En otras partes se entregaba un cana- 
rio, en signo de exención. En estos casos, si alguien quedaba maliciosa- 
mente chasqueado, era á buen seguro el señor. 

De manera que sin entretenernos en discutir ni en refutar tal ó cual 
detalle referido por los autores, á propósito del ceremonial de los censos, 
podemos admitir como muy probable que siempre que la cosa entregada con- 
sistía en un objeto de ínfimo valor, tenía un significado liberatorio y procedía 
más bien del vasallo que del señor contra quien se perpetuaba la tradición 
á instigación de los mismos interesados. Así, cuando vemos en el Cartu- 
lario de Saint- Magloire que el cura de Nogent-sur-Marne había de recibir 
por San Esteban un pan y por la Ascensión tres huevos, es evidente que 
esto no era sino el recuerdo de una obligación, tal vez en su origen muy 
onerosa y reducida luego á casi nada. Lo propio diremos del regalo pre- 
sentado anualmente al gran señor del ducado de Rohán, consistente en 
tres huevos y en tres sueldos, que habían de ser conducidos en un carro 
tirado por seis bueyes, y los tres huevos descargados por medio de palancas. 

Y aunque se nos demostrara que algunos detalles de la historia de los 
impuestos feudales han sido exagerados ó inventados, no por esto resul- 
taría menos verdadera en su conjunto la explicación que acabamos de dar. 

Los capones, gallos, pollos, palomos v en general la volatería, eran ma- 
teria común de prestación. Las gallinas de censo se calificaban de diversos 
modos: gallinas de cuello, de cuerpo, de hogar, de humo, de Carnaval, de 



126 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Pentecostés, de San Martín, etc., nombres cuyo origen se explica por el 
uso á que eran destinadas esas aves de corral ó por la época en que eran 
entregadas. Así, la gallina de cuello era aquella cuya pluma servía para 
confeccionar colchones. Cuando el rey se alojaba en París, la ciudad te- 
nía obligación de proporcionarle las almohadas y los colchones. Luis VII 
fué el primero que abandonó este censo «para la remisión de sus peca- 
dos;» pero resulta, al parecer, de los registros que hasta los tiempos de 
San Luis continuaron los parisienses facilitando los colchones de pluma para 
servicio del rey (i). 

Las gallinas de hogar eran las que se cocían en el puchero; las de humo 
se comían asadas... El gallo había de ser siempre grande y rojo (2), de 
donde viene la frase «rojo como un gallo de censo.» En otras aldeas, en 
cambio, el censo había de pagarse en gallinas blancas. Los vasallos del 
Sr. de Pons, en Saintonge, prometían «gallos á los cuales no faltase nin- 
guna pluma;» y para la entrega y recepción de estos gallos era menester 
una ceremonia especial: los funcionarios de los tribunales de Pons, al dar 
el reloj las doce del día, montaban á caballo vestidos con toga y cubierta 
la cabeza con un birrete cuadrado; todos debían ir sin espuelas y llevar en 
la mano, bajo pena de multa, una vara de acebo. La cabalgada recorríala 
ciudad precedida del preboste, el cual, después de haber interpelado por 
tres veces á los vasallos deudores, recogía de cada uno de ellos los gallos 
debidos al señor. Cuando toda esta volatería había sido examinada y del 
examen resultaba que reunía las condiciones requeridas, el Sr. de Pons 
elegía de entre la multitud á un individuo á quien encargaba que una tras 
otra arrojase al aire todas esas aves asustadas. Unas se iban á los tejados 
de una volada; otras caían en los subterráneos ó en los estanques; las que 
tenían fuerza para ello volaban hasta el otro lado del cercano río; y en- 
tonces los alguaciles del señor se echaban á perseguir en todos sentidos á 
aquellos pobres animales entre los gritos y risotadas de los habitantes. 

Los monjes de la abadía de Saint-Mur les Fossés poseían, en el si- 
glo ix, en tierras de Neuilly-sur-Marne, un censo de cincuenta y nueve ca- 
pones (3), que eran probablemente destinados á mejorar el régimen de los 
indigentes de su hospital de leprosos. Es notorio, en efecto, que casi to- 
das las abadías tenían como dependencia un hospital regional, que era la 
Asistencia pública de aquel tiempo, la cual consumía importantes rentas 
eclesiásticas. En la actualidad, los impuestos son los que proporcionan 
los recursos necesarios pa:a el sostenimiento de los templos, construcción 



(1) El actual soberano de Inglaterra tiene todavía derecho, entre otros censos, á la ca- 
beza y á Ja cola de toda ballena pescada en aguas inglesas; y á título de diezmo anual reci- 
be de las corporaciones: un mantel, dos palomas y dos conejos blancos, un halcón, un ca- 
ballo con su cabestro, un par de calcetines encarnados, tenacillas, dos cortaplumas, una 
aguja de plata, un gorro de algodón, etc. 

(2) Cuando se' pedia como censo un carnero, lo querían «cornudo, lanudo y con 
dientes.» 

(3) Las escrituras de esta infcudación enumeran: XXIX panes, LIX capones, et dena- 
rios XVI, solido'; X et dimidium. 



LIBRO SÉPTIMO I 27 

Je hospitales, creación de caminos, cargas todas enormes que figuran en 
los presupuestos de nuestros diversos ministerios y á una gran parte délas 
cuales se atendía antiguamente con los bienes de la Iglesia. 

Por el contrario los canónigos de Santa Genoveva, en virtud de la in- 
feudación hecha á su favor de la aldea de Rosny, entre Montreuil y Ville- 
momble, pagaban cada año seis ocas á la ciudad de París, como «delegata- 
rios del patrimonio del rey (i).» De esas seis ocas, los canónigos debían 
recibir una de la Encomienda de los templarios y otra de los monjes de 
Vincennes. Esta carga databa del siglo x y subsistió hasta la Revolución. 

Los huevos, como la volatería, figuraban entre los productos habi- 
tualmente exigidos como renta en frutos; y lo propio debemos decir de la 
leña para la calefacción y para la cocina de las mansiones señoriales. Res- 
pecto de esto, no repetiremos lo que hemos dicho á propósito de los hue- 
vos de Pascua y del tradicional leño de Navidad. 

Algunos censos excepcionales consistían en cosas de escaso valor y 
sin embargo difíciles de encontrar. El señor no exigía más que un cone- 
jo, es cierto, pero había de ser una pieza rara, una verdadera curiosidad, 
es decir, había de tener, por ejemplo, «la oreja derecha blanca y la izquier- 
da negra.» Y si el deudor entregaba un animal de estas condiciones, á 
veces surgía una disputa para saber si la oreja estaba teñida. 

Del mismo modo, dícese que ciertos vasallos de la abadesa de Remi- 
remont habían de llevar todos los años un plato de nieve el día de San 
Juan; y si no habían tenido el talento de conservar nieve para esa fecha, 
daban en vez de ella un toro blanco. 

Algunos señores chistosos se hacían pagar en varias diversiones: en el 
lago de Grandlieu, cerca de Machecou, aquellos á quienes el señor arren- 
daba su derecho de pesca venían obligados á ir todos los años «á bailar 
un paso que todavía no se hubiese visto, á cantar una romanza que no se 
hubiese oído y sobre una letra que no fuese conocida.» 

Boissieu, en su libro (2), refiere que un vasallo de los alrededores de 
París no tenía más obligación «que imitar al borracho, bailar al modo de 
los labriegos, y cantar delante de la esposa de su señor dominante.» El 
Parlamento de París concedió á este vasallo permiso para hacer desempe- 
ñar aquellas funciones por un tercero. 

En Ruán, los Celestinos tenían el derecho de paso con una carreta car- 
gada, con tal que al pasar tocasen el flageóle. Los juglares que entraban en 
París, en tiempo de San Luis, se eximían del derecho de peaje cantando 
una copla; y sabido es que hacia la misma época los saltimbanquis (3) que 
penetraban en aquella ciudad obtenían remisión del peaje de cuatro dine- 
ros, con la condición de que hicieran bailar sus monos delante del recau- 
dador del impuesto. Este es, según parece, el origen de la frase «pagar en 

(1) El recibo entregado por la ciudad estaba firmado unomine domini Raris.n 

(2) t T sag. desfiefs. 
{'i) Joculatores. 



128 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

moneda de mono (i).» Las mujeres de Magny, cerca de Pontoise, esta- 
ban obligadas á golpear los fosos del castillo Bantelu, cuando estaba en- 
ferma la castellana, á fin de impedir que las ranas la ensordecieran con su 
canto. Una costumbre análoga existía, al parecer, en Luxeuil para la ma- 
yor tranquilidad del señor; las aldeanas, golpeando con una larga vara los 
fosos que rodeaban el castillo, habían de canturrear en su patuá: «Pax, 
pax, reinotte (2), pax!, laissas dormir niousu de Luxeu (Paz, paz, rana, paz!, 
deja dormir al señor de Luxeuil), á fin de que se pudiera comprobar me- 
jor su presencia. Algunos han negado la exactitud de esta anécdota califi- 
cándola de absurda, de inverosímil; no participamos de esta opinión, en 
primer lugar porque el hecho está certificado por varios autores, y en se- 
gundo porque nos parece perfectamente explicable. En efecto; un señor 
habita un castillo rodeado de agua en la que pululan con una fecundidad 
desesperante batracios indestructibles que á millares, durante la noche, 
prorrumpen en un concierto intolerable... Al tal señor y á la castellana les 
es imposible conciliar el sueño, y en vez de exigir de sus vasallos tantas 
«cuerdas de leña» para calentarse ó tantos pares de capones, ¿por qué no se 
les ha de ocurrir la idea de «hacer golpear los estanques por sus gentes á 
fin de espantar á las ranas?..» Pudiendo por el derecho feudal exigir servi- 
cios personales á título de censo (y no queriendo abandonar, así lo supo- 
nemos, sus tierras y su torreón), se comprende que el señor pensara ante 
todo en el medio de dormir en su castillo y ordenara «el golpeo» como 
habría podido imponer á uno que patrullara de noche y á otro que mon- 
tara la guardia para la seguridad de la mansión señorial. De modo que 
esta corvea, en vez de ser una vejación sin objeto alguno, tenía para el 
señor un interés muy aprecia ble. 

El obispo de París tenía derecho de exigir al Sr. de Montlhery, ade- 
más de un cirio de veinticinco sueldos, que fuese uno de los que le lleva- 
ran en hombros el día de su entronización, obligación que ya en el siglo xn 
era muy antigua (3). El Sr. de Villepinte, población situada cerca de París, 
era otro de los que conducían al prelado, y en 1250 vemos á Guido de 
Senlys, llamado el Lobo, figurar en la consagración del obispo de París des- 
empeñando estas funciones. Entre otros señores obligados á este servicio 
podemos citar también á los de Gournay. 

En Saint-Maixent, el decano de los carniceros, con la cabeza descu- 
bierta, había de besar la aldaba de la puerta del señor; y los demás carni- 
ceros que iban detrás de él pagaban dos dineros, y se les lavaba las manos 
«con agua de rosas.» El beso de la aldaba no era una costumbre general, 
como algunos han escrito; probablemente substituyó al «besamanos» cuan- 

(1) Los saltimbanquis, asimiladosá los verdaderos mendigos, suponíase que carecían 
de recursos; de aquí una dispensa natural del peaje, á condición de que pagaran en 
muecas. 

(2) Véase Introduct. aux Mém. sur la Révol , 1, 410, 416; y Louandre, Joinn. de 
l'Instr publ , 1864. 

(3) Hist. du dioc. de París, Padre Leboeuf. 



LIBRO SÉPTIMO 1 29 

do, por ejemplo, el señor, en el momento Je la visita, estaba de viaje, ó 
cuando prefería ahorrarse un abrazo poco agradable. Generalmente la ce- 
remonia de «Lealtad y Homenaje (i),» en caso de ausencia, se verificaba 
del modo siguiente: levantábase un acta que decía: «Hoy, en presencia y 
compañía de los notarios que suscriben, X... se ha dirigido al castillo del 
muy alto, muy poderoso y muy ilustre..., y al llegar á la puerta principal 
y entrada del mismo, ha dado en ella tres golpes y ha llamado en alta é 
inteligible voz al señor feudal sin que éste ni nadie le contestara. No obstan- 
te lo cual, habiéndose puesto en estado y deber de vasallo (2), ha dicho que 
prestaba al dicho señor... la lealtad y el homenaje por la tierra de..., es 
decir que se reconocía hombre suyo.» 

Si el homenaje lo prestaba una hembra, dice el jurisconsulto Guvot 
(1783), «no debía decir al señor: Paso d ser vuestra mujer, pues sería in- 
decente llamarse mujer de otro que no fuese su marido; sino que decía 
simplemente: Os presto homenaje; seré fiel y leal y os reconoceré como 
señor de los enfiteusis que de vos dependen.» 

En Inglaterra, el que se casaba con doncella que debiera el homenaje 
estaba autorizado para representarla «en virtud del derecho de cortesía (s).» 

Dice un autor, sin que nosotros respondamos de la veracidad de su 
aserto, que cierto vasallo tenía la obligación de ir una vez al año á la mo- 
rada de su señor, pero al recorrer ese trayecto, era preciso «que retroce- 
diera un paso cuando había dado dos.» Una crónica del siglo xm hace 
mención de un viaje á Palestina emprendido por este sistema de locomo- 
ción poco expeditivo; pero no dice si el peregrino perseveró mucho tiem- 
po en su proyecto. 

En otros sitios vemos que un castellano exige que su vasallo recoja los 
bolos que haya derribado su esposa en presencia de noble compañía. Este 
juego figura á menudo entre los privilegios de los señores, de quienes de- 
pendía únicamente, en muchas localidades, el derecho de practicarlo. En 
Long-Pont, este permiso sóio lo concedía el Sr. de Montlhery, que se lo 
hacía pagar muy caro; y generalmente en las ferias y fiestas patronales era 
menester pagar un impuesto para entregarse á ese ejercicio (4). 

«En los siglos x, xi y xn, dice M. de Mas-Latrie en un trabajo sobre los 
derechos señoriales, los tributos feudales formaban la principal renta del 
señor, quien, escaseando, como escaseaba, la plata y siendo, como era 
muy reducido el comercio, se hacía entregar, en vez de alquileres, muebles 
y utensilios como, por ejemplo, herraduras, rejas de arado, coches, espue- 
las, arcos, flechas y hasta vasos ó cuernos para beber.» 

El hecho es cierto, pero se equivocarían los que creyesen que esas pe- 
ticiones eran ilimitadas, puesto que generalmente se discutían de antemano 

(:) Rep.Dr feod., deGuillor, VIH, 5 10. 

(2) Es decir, después de haberse descubierto y quitado armas y espuelas. 

(3) Loe. cit. 

(4) Actualmente no pagamos nada por los bolos, pero satisfacemos impuestos por los 
billares, naipes, etc. 

Tomo III o 



I3O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

la calidad y la cantidad; y aunque fuese difícil obtener justicia contra su se- 
ñor, encontramos en los archivos judiciales multitud de decisiones dicta- 
das en favor de villanos que habían solicitado la protección de los tribu- 
nales contra pretensiones excesivas. 

Los terrazgueros de la abadía de Quimperlé, en Bretaña, entregaban 
ocho cabestros para los caballos del abad y además la cuerda para la cam- 
pana del convento. 

Había también censos de sal. Felipe de Valois, que estableció un im- 
puesto sobre este producto, fué llamado en son de burla «el rey de la ley 
sálica,» sobrenombre que, al mismo tiempo, contenía una alusión á la 
manera como ese príncipe había llegado á ceñirse la corona (1). El Parla- 
mento de París y el cabildo de Nuestra Señora estaban autorizados, por 
virtud del derecho de salagón, para percibir de los drogueros de la capital 
la sal necesaria para su consumo (2). 

Digamos algo de los «bannouars» ó transportadores de sal de la ciudad 
de París, á quienes se reconocía el extraño privilegio de ser los enterradores 
de los cadáveres de los reyes, figurando como tales en los entierros de 
Carlos VI, Carlos VII y Enrique IV. ¿A qué se debía este privilegio? Se- 
gún Saint-Foix, los cuerpos de los reyes eran salados, como medio de 
embalsamamiento; de aquí, sin duda, el honor concedido á los bannouars 
de conducir á la tumba los nobles restos confiados á su solicitud (3). 

Antes del descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza, la pimienta 
era un censo muy solicitado. Vendíase este producto á un precio tan ele- 
vado, que se decía proverbialmente «caro como la pimienta;» de aquí que 
se le considerara como regalo de importancia y como uno de los tributos 
selectos que con más gusto exigían los señores así eclesiásticos como se- 
glares. Guifredo, prior del Vigeois, queriendo ponderar la magnificen- 
cia de un tal Guillermo, conde de Limoges, dice «que tenía en su casa 
montones de pimienta apilada, como si fueran bellotas para los cerdos;» 
y habiendo un día el copero pedido para las salsas del conde, el empleado 
que custodiaba aquel almacén tan precioso «cogió una pala, dice el histo- 
riador maravillado, y dio una paletada llena.» Cuando Clotario fundó el 
monasterio de Corbie, entre las diferentes rentas que exigió de sus here- 
dades para los religiosos, estipuló treinta libras de pimienta. Habiendo los 
ciudadanos de Beziers asesinado en 1107, durante una sedición, al vizcon- 
de Roger, uno de los castigos que el hijo de éste impuso á los rebeldes, 
después de haberlos sometido por las armas, fué un tributo periódico de 
tres libras de pimienta por cada familia. Los monjes de Issy pagaban anual- 



(1) Recuérdese que las tres hijas de Carlos el Hermoso fueron, á la muerte de éste, 
excluidas de la corona por virtud de una interpretación de la ley sálica que disponía que 
sólo podía reinar en Francia un hombre; desde aquel momento, fué llamado al trono Fe- 
lipe de Valois. 

(2) Sauval, VII!. 

(3) Juvenal de los Ursinos refiere una operación análoga hablando de Enrique V de 
Inglaterra, fallecido en Vincennes en 1422, «antes de ser puesto en un ataúd de plomo con 
especias y cosas que olían bien.» 



LIBRO SÉPTIMO I 3 I 

mente como censo á sus cofrades de Saint-Denis una carreta de pimienta; 
y no habiendo sido satisfecha esta renta en 1261, el prior incurrió en la 
pena de interdicción y fué condenado á llevar personalmente la carreta al 
cabildo de Saint-Denis. 

Es curioso ver como los derechos feudales se ejercitaban paralelamen- 
te á los derechos eclesiásticos, sucediendo á veces que el que reclamaba en 
términos duros como señor y en virtud de su dominio, perdonaba como 
sacerdote, en nombre del Dios de caridad, el provecho por él exigido en 
su calidad de «dueño de la tierra.» 

El priorato de San Eloy de París había de pagar, también en concepto 
de censo, dos dineros á los canónigos de Nuestra Señora, en virtud de un 
convenio que databa de los primeros años del siglo xn, y habiendo aumen- 
tado el impuesto originario con los derechos concedidos al Priorato, éste 
llegó á entregar ocho carneros, dos boceles de trigo candeal, seis escudos 
y un óbolo por el primer dinero, y por el segundo «seis porceles, tres es- 
cudos y dos almudes y medio de vino, á la medida de los canónigos.» 

Asimismo las religiosas de Santa Genoveva venían obligadas á obsequiar 
dos veces al año con banquetes á ¡os chantres de Nuestra Señora; y como esos 
festines exigían gran gasto de vinos, dirigiéronse en 1202 al papa para 
que les permitiera «redimir el banquete» que originaba grandes molestias 
al convento. Sin embargo, los chantres rechazaron esta innovación y si- 
guieron reclamando lo que llamaban su derecho y aun exagerándolo hasta 
el punto de dar un día el escandaloso espectáculo de su embriaguez; in- 
tervino entonces el obispo de París y la deuda fué abolida. 

Citemos también el censo del abad de Saint-Germain, quien cada año 
por San Vicente «entregaba al verdugo una cabera de cerdo. » En dicho día, 
el ejecutor de la justicia ocupaba el sitio de preferencia en las procesiones 
tradicionales. 

En la época de Carlos el Calvo, en caso de visita pastoral, los párrocos 
de las vecinas parroquias ofrecían al obispo, según consta en un Capitula- 
rio, «cada uno diez panes, medio almud de vino, dos pollos, diez huevos, 
un lechón y un bocel de grano para los caballos.» Esta tarifa sufrió algu- 
nas modificaciones según los tiempos (Missi Dominici). 

Digamos una vez más que las particularidades que consignamos en este 
capítulo han de ser consideradas no como disposiciones generales, sino locales, 
por razón de la misma multiplicidad y variedad infinitas de los fueros, mo- 
dificados á menudo por nuevos pactos ó por el capricho de los herederos. 
Esta observación es necesaria si se quiere estar dentro de la verdad histó- 
rica, como de ello nos preocupamos nosotros. 

En cuanto á la protesta de ciertos críticos que se indignan ante la idea 
de que algunas veces vieron los vasallos confiscados sus bienes por haber 
retrasado sólo unos días el pago de lo que debían al señor, es menos ra- 
zonable de lo que á primera vista parece. No puede negarse, ciertamente, 
que -eran bastante frecuentes entonces esos rigores en punto á caducidad 



1^2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de derechos; pero esta censura puede aplicarse en todos los tiempos y á 
todos los países. ¿Acaso hoy mismo no es jurisprudencia constante que 
caduca el derecho de todo aquel que, por ejemplo, se atrasa aunque no 
sea más que un día en cancelar ó renovar una hipoteca? 

Los guantes eran un censo muy común, un tributo poco gravoso que, 
sin imponer al vasallo una carga propiamente dicha, consagraba en el día 
fijado su dependencia respecto de su señor. 

En las antiguas costumbres de la Universidad, los que apelaban de la 
sentencia del rector, debían pagarle «cinco sueldos de indemnización;» y 
los estudiantes de teología ofrecían todos los años á sus profesores guantes, 
birretes y panes de azúcar. En cuanto á los doctores en medicina, «obse- 
quiaban á sus antiguos profesores con pastelillos,* costumbre que al fin cayó 
en desuso, no obstante lo cual los examinadores tuvieron derecho, hasta el 
siglo xvn, á «diez sueldos para los pasteles,» especie de derecho de examen 
que conservó el nombre de pastillaria (i), pastelillos en el latín de la época. 
También se ofrecía un presente en guantes á las personas que daban 
las primicias de una buena noticia, y de esta costumbre se derivan sin du- 
da las locuciones francesas aVous en sere^poitr vos gants» y «£"« avoir les 
gants, s'en donner les gants» («Ha trabajado usted en balde,» «Tener las pri- 
micias de una cosa,» «Atribuirse el mérito de algo><). 

El paraguante español, que se introdujo en las costumbres y en el voca- 
bulario del siglo xvn, es asimismo una de esas gratificaciones que se daban 
á los portadores de buenas nuevas y que consistían en guantes ú otros ob- 
jetos de escaso valor; la palabra se generalizó poco á poco y en tiempo de 
Moliere paraguante se aplicaba á todo regalo ó provecho (2). 

Cuando los censos tenían el carácter de un trabajo personal llevaban 
el nombre significativo de corveas, á propósito de las cuales algunos auto- 
res, llevados de su fantasía, han escrito novelas más ó menos ingeniosas, 
pero en las que la verdad histórica está muy disfrazada y resulta casi casi 
imposible de reconocer. Por esto acudiremos directamente á los textos 
mismos de las compilaciones de derecho consuetudinario. Las corveas, 
que ya estaban reglamentadas en el Código Teodosiano (3), son califica- 
das en nuestras antiguas Coutumes de servidumbres personales y compren- 
den jornales de trabajo prestados por los hombres ó por los animales que 
vivían en la heredad del señor, el cual podía estipularlos ya para sí parti- 
cularmente, ya para el cultivo de sus tierras, conservación de sus bosques, 
recolección de sus trigos ó de sus frutos ó finalmente á título de mano de 
obra según la profesión que ejercían los individuos. En caso de venta de 
la finca, el valor de las corveas no debía entrar en la computación del pre- 



(1) Dict.feod , 209. . 

(2) El Mascarilla de LEtourdi, que se promete hacer encarcelar al rival de su amo, 
dice hablando de los funcionarios judiciales: «Dessus 1' avide espoir de quelque para- 
guante— -II n'est rien que leur art avidement ne tente» (Con la codiciosa esperanza de un 
paraguante, no hay nada que su arte no intente con avidez). m 

(?) Opera; sórdida?. 



LIBRO SÉPTIMO I 33 

ció, puesto que ese derecho no era una dependencia de la tierra (i). Lar- 
gos litigios se sostuvieron para saber «si los subditos que prestaban cor- 
veas venían obligados d mantenerse á sus costas,» y la mayoría de las 
decisiones fallaron por la afirmativa, d pesar de ser la corvea un trabajo 
absolutamente gratuito. A menudo los vasallos ofrecían una suma para 
redimir la corvea, que es lo mismo que se hace aún actualmente cuando se 
paga una contribución para eximirse de la prestación de tres días de tra- 
bajo que los municipios tienen derecho á reclamar para la conservación 
de los caminos vecinales: los que no quieren ir a partir piedras en las ca- 
rreteras dan una cantidad que sirve para pagar d los peones camineros 
oficiales; de manera que la corvea, en cierto modo, existe todavía para 
aquellos que no pueden redimirla. Las corveas atrasadas no podían ser 
recuperadas por el señor que se había descuidado de exigirlas oportuna- 
mente. Los miembros del clero estaban dispensados de la «servidumbre 
de corvea;» pero los clérigos que se casaran quedaban sujetos á ella. 

Los trabajos que mas generalmente se exigían eran los surcos de la la- 
branza (Riga), los acarreos de leña, de cosechas, de carbón, de ganado 
(Carropcrcv); la mano de obra para el cultivo de los campos, la construc- 
ción ó reparación de edificios (Manopera); el cargo de vigilante nocturno 
(Vacta) y de guarda de monte y otros servicios, según las necesidades del 
señor (2). 

En general, los terrazgueros sólo estaban obligados á las corveas duran- 
te un número limitado de días; pero en los siglos x y xr los siervos estu- 
vieron sometidos á pechos y corveas á capricho, lo que significaba que sus 
servicios personales, como sus censos en dinero, no tenían mas limitación 
que la humanidad y la justicia del señor. A fin de disminuir los abusos, 
una jurisprudencia de que hablan Loisel y Lauriere había resuelto que la 
expresión «sometido d corvea d capricho» debía interpretarse en el sentido 
de «sometido d corvea d voluntad razonable,» lo cual quería decir «doce 
corveas al año impuestas como un hombre bueno debe pedirlo (3).» 

También existía la corvea en el patrimonio real, pero el rey no la re- 
clamaba como jete del Estado, sino como señor, y en calidad de tal orde- 
naba corveas para la conservación de las carreteras, de los castillos y de los 
puentes situados en sus dominios. 

Ese cúmulo de corveas, unas de orden privado y de interés público 
otras, acabó por constituir una carga pesada, en la que el labriego sólo vio 
una vejación injustificable; convertido en propietario después de haber si- 
do solamente terrazguero, consideró que no tenían objeto alguno servicios 
que ya no correspondían duna protección directa que sus padres habían 

(1) Coutume de París, MCCX1I, tomo I. En bajo latin, corvada. En cuanto á manant 
(villano), se deriva de manere, permanecer, quedarse: en su origen aquella palabra no te- 
nia nada de ofensivo. Cuando Carlos Vil hizo su entrada en l'arís en 1 4 3 7 , un niño le sa- 
lud'') «en nombre de los villanos de la ciudad.» 

(2) Quantum ais injungitur. 

(3) Arbitrio boni viri. 



154 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

necesitado antes de que la sociedad pasara de las manos del señor a las del 
rey, y por esta razón la corvea fué tal vez la institución mas odiada á fines 
del siglo xvni. Según la instrucción de 13 de junio de 1738, el número de 
jornales debidos variaba entre seis y cuarenta y hasta cincuenta, y los su- 
jetos á corvea podían ser llevados á trabajar hasta á siete leguas de distan- 
cia de su domicilio. Estaban obligados á prestarla todos los individuos de 
diez y seis á sesenta años, y, cosa más grave aún, el señor podía negarse á 
aceptar la redención de la corvea por dinero. 

La carga, en realidad, se hacía muy pesada, y sin embargo, en su ori- 
gen, según observa el presidente Bouhier, había sido natural que el señor, 
al conceder la franquicia, se reservara en compensación algunas venta- 
jas (1); pero se explica que, al cabo de muchos años de emancipación re- 
lativa, los descendientes acabaran por considerar como prescritas las obli- 
gaciones personales contraídas «á perpetuidad» por uno de sus antepasa- 
dos para con un señor de quien ya ni siquiera el nombre sabían. 

La Asamblea constituyente suprimió de raíz toda corvea en favor de las 
personas, tolerándolas únicamente en provecho de un fundo; y en cuanto 
á las corveas reales de origen feudal, las declaró todas redimibles mediante 
el pago de una cantidad si el deudor quería librarse de ellas. 

En nuestro tiempo, si no estamos sujetos á corveas, pesan sobre nos- 
otros no menos pechos que antiguamente: todo es materia de impuesto; 
todo sirve de pretexto para una contribución, y así lo hemos demostrado 
en un estudio personal que publicamos hace algunos años con el título de 
Jornada de un contribuyente (2), breve síntesis que tiene aquí su sitio apro- 
piado. En efecto, pasemos rápidamente revista á las cargas que soportamos. 

La habitación: para sellar el contrato de inquilinato, para registrarlo, 
para asegurarse, se paga un impuesto. En la cuota personal como para el 
mobiliario; para las tasas municipales lo mismo que para los utensilios de 
ajuar y para los vestidos de la familia, se pagan impuestos, ya directos, ya 
indirectos. Lo mismo el industrial, que el inquilino, que el propietario, es- 
tán gravados con múltiples cargas; y el propietario, tiranizado por el fisco, 
ajusta á esas cargas los alquileres. La carestía de éstos se debe ciertamente: 
i.°, á que los materiales de construcción satisfacen derechos elevados; 
2. , á que los obreros, por razón del precio excesivo de los víveres, gravados 
por varios conceptos por el Estado (aduanas, consumos, patentes), han te- 
nido que aumentar las tarifas de su mano de obra, á pesar de lo cual no son 
más ricos porque los artículos de primera necesidad están á precios exor- 
bitantes á consecuencia de aquellos impuestos. Es evidente que si la casa 
cuesta el doble, el propietario doblará los tipos de sus alquileres; de modo 
que lo que encarece los pisos no es la codicia de los dueños, sino la exa- 
geración de los impuestos. En París, los alquileres eran de 90 francos por 

(1) Comm. sur la Cout. de Bourgogne. 

(2) No queriendo que se nos tache de plagiarios, cuando es todo lo contrario, hemos 
de decir que nuestro artículo fué copiado palabra por palabra por un publicista que se limi- 
tó á añadir una frase al principio y otra al final de nuestro trabajo. 



LIBRO SÉPTIMO 135 

cabeza en 1847, de iéo en 1872 y de 200 en 1881, y aumentan en pro- 
porción de las cargas que pesan sobre los edificios mismos. 

Tampoco las cosas muebles escapan á la rapacidad fiscal: nuestros cu- 
biertos contrastados, el hierro de nuestra cama, la madera de nuestra me- 
sa, el lienzo de las sábanas, la lana de los colchones, el algodón de las col- 
chas, la pluma de las almohadas..., han pagado impuestos sucesivos. 

La alimentación, la calefacción y el alumbrado: la carne, los cereales, la 
sal, las especias, el café, el azúcar, están gravados con impuestos. La leña, 
el carbón, la turba, el aceite, el petróleo, las bujías, el gas, lo están tam- 
bién. ¿Se quiere saber las cifras? El público paga anualmente al Estado 
unos 13 millones por la sal, 60 por el azúcar, más de 400 por los líquidos 
y cerca de 380 por el tabaco. Es decir, otras tantas sumas enormes que se 
añaden al precio verdadero de estos productos. 

Actos de la vida: pagamos derechos por una declaración de nacimiento 
y por una fe de vida. Si nos examinamos ó tomamos un diploma, paga- 
mos asimismo. Si alquilamos, vendemos, damos, prestamos ó hipotecamos, 
satisfacemos nuevos derechos. Para casarnos, para una inhumación, para 
adoptar, para ser tutor, heredero ó legatario, también se paga, y á cada 
defunción, á cada traspaso, el fisco reclama su parte. Para la escuela gra- 
tuita (!) damos dinero al Estado, al departamento, al municipio. 

¿Sois comerciante? Las tiendas están sujetas á patente. Los electos de co- 
mercio, las pólizas, las facturas pagan sus impuestos. Están gravados las 
guías y los conocimientos, los pesos y medidas cada año y todo recibo que 
exceda de 10 francos. Se paga al Tesoro por los protestos, por los inventos 
patentados, por las marcas registradas. El impuesto grava la venta de los 
establecimientos, la publicidad de los carteles anunciadores y las operacio- 
nes sobre el mercado. También satisfacen impuesto los perros como sim- 
ples ciudadanos. ¡Hasta los indigentes pagan en el Monte de Piedad has- 
ta 9, 10 y 11 y medio por ciento con la comisión! Máximo Du-Camp cita 
el ejemplo de un pedazo de calicot de 5 francos que costó á su propieta- 
rio 35 francos por intereses vencidos y no satisfechos y por tasaciones. 
Hasta hace poco, existía aún un impuesto sobre los cadáveres de los hos- 
pitales, y si la familia era demasiado pobre para pagar los gastos y dere- 
chos, eran aquéllos entregados al escalpelo de los cirujanos. 

¿Sois rentista? Granjas, casas, tierras, todo paga impuesto, lo propio 
que vuestras acciones, vuestros arrendamientos, vuestras obligaciones, 
vuestros dividendos, vuestros créditos y vuestros cupones de toda clase. ¡Y 
se habla de poner un impuesto sobre la renta! ¡Como si no estuviera gra- 
vada de cien diversos modos! 

¿Sois funcionario? Magistrados, oficiales, empleados, todos pagan, en 
forma de retención, un impuesto sobre sus sueldos. 

¿Sois pensionista? Para obtener el más módico subsidio, habéis de pre- 
sentar una multitud de documentos onerosos. 

¿Estáis condecorado? 'Los derechos de cnancillería son de 1 5 á 328 francos. 



I36 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Las distracciones: para ser socio de un casino, para tener un billar, para 
lograr una licencia de caza, se paga un impuesto. La pólvora que quema- 
mos, los billetes de teatro que adquirimos, lo propio que los de ferrocarril, 
están gravados con un derecho. El cigarro que fumamos, hasta el fósforo 
con que lo encendemos, satisfacen también su contribución. 

Los monopolios del Estado: el fisco cobra con preferencia á todos los 
acreedores, como es bien sabido; y además, para obligar al público á dar- 
le dinero bajo una forma distinta del impuesto, el Estado se reserva cier- 
tos monopolios, es decir, el derecho exclusivo de vender á un precio exor- 
bitante varios objetos de poco valor, enviando á la policía correccional á 
los que intentan hacerle la competencia vendiendo esas cosas á un precio 
razonable. En este concepto, no ha}'- más que un fabricante de naipes, un 
solo vendedor de fósforos, el Estado, que únicamente por los fósforos per- 
cibe un beneficio de cinco millones al año (ley de 2 de agosto de 1872). 
¡Y qué fósforos! Examinándolos con cuidado, resulta que de cada cuatro 
uno no tiene fósforo y otro está roto ó incompleto. 

Del mismo modo disfruta el Estado del monopolio de la sal; del del 
tabaco, que produce centenares de millones anuales; del del papel sellado, 
cuya hoja vendida á i'5o francos no cuesta de fabricación ni cinco cénti- 
mos. Como se ve, el gobierno, á pesar de clamar contra lo «odioso» de 
los privilegios, no repara en mantenerlos á su favor. 

Y no hablamos de los correos, ni de la moneda, porque estos monopo- 
lios tienen su razón de ser; pero lo cierto es que son para el Estado otras 
tantas fuentes de ingresos que el público alimenta continuamente. 

¡Y aun menos mal si, pagando tanto dinero, aliviábamos para el por- 
venir á nuestros hijos de las cargas que han de pesar sobre ellos! Pero ¡ca! 
Después de nosotros, nuestros herederos soportarán á su vez todos estos 
impuestos y otros más gravosos que ya se vislumbran como inevitables. 
La habilidad consiste en bautizar los impuestos con una porción de nom- 
bres distintos para causar ilusión y disimular en resumidas cuentas la suma 
total que sobre cada uno de nosotros pesa: patente, consumos, timbre, re- 
gistro, aduana y los llamados céntimos adicionales, que á veces suben al 
doble de lo principal. Si se reuniesen en una cifra única todas estas frac- 
ciones, nos asustaría lo que por cabeza pagamos. 

La monarquía tenía por emblema la flor de lis; el imperio, el águila; 
nuestra época podría adoptar como emblema la esponja. 

¡Sí, todo está gravado! La luz del sol, hasta el aire pagan sus impues- 
tos con el nombre de contribuciones de puertas y ventanas; esta cuartilla 
en que escribo contribuirá al impuesto de 1 5 millones que pesa sobre el 
papel; el editor que la publicará pagará patente, y la máquina y la tinta que 
la imprimirán satisfarán también sus derechos... 



CAPITULO III 

HECHOS MEMORABLES DE LA HISTORIA DE LA PROPIEDAD 

De la propiedad de las momias en Egipto: en qué caso se daban en prenda.— Condición de 
las tierras en Israel, según la ley del Jubileo. — Las heredades griegas, según las inscrip- 
ciones lapidarias.— Episodios relativos á la prisión por deudas en Grecia. — Ley ro- 
mana que autorizaba á despedazar al deudor.— Propiedad feudal: reseña de los leudos. 
--Funciones de cocinero, de bufón, de verdugo..., constituidas en leudos. -De la pro- 
piedad de los privilegios. — Las herencias en "tiempo de la Revolución y el derecho de 
primogenitura.— Mirabeau y los bienes eclesiásticos.— Los bienes de los emigrados.— 
La propiedad de los judíos después de la era cristiana: causas de su riqueza.— Relacio- 
nes entre el Papado, el poder real y los judíos. — Presunción original de propiedad se- 
gún el Talmud.— Crueldades de las antiguas leyes de Noruega, 'de Italia y de Turquía 
respecto de los insolventes.— La medida de una cuna en los libros de derecho consue- 
tudinario alemanes. — Organización de la propiedad en Rusia: el mir, la isba, la usadba. 
—-Costumbres árabes concernientes á las casas. — Los «gallos indicadores» y los latroci- 
nios en el Dahomey.— Los deudores en China: la dotación de los muertos ú hong-hoa. 
—La propiedad en el Japón —Fetiche protector de los bienes en Guinea... 

La propiedad, desde un punto de vista superior, es un derecho comu- 
nicado por el Creador á su criatura privilegiada, al hombre, en virtud del 
antiguo contrato conservado por Moisés: replete et siibjicile, según la expre- 
sión del Génesis (i), es decir, que el hombre sea el rey de la tierra, que 
la llene, la domine y viva por ella. 

La humanidad, en la primera fase de su existencia, sólo conoció una 
posesión efímera; la organización normal y regular de la propiedad aún no 
existía, y si el lugar pertenecía legítimamente al primer ocupante, era que 
nadie había comenzado todavía el trabajo de apropiación que más adelan- 
te conferirá al poseedor un derecho exclusivo y personal, ratificado por el 
tiempo y consagrado por los cuidados aplicados á hacer íecundo el suelo. 
La propiedad no fué, por consiguiente, un robo en un principio (puesto 
que entonces no había términos hábiles para desposeer ni para despojar á 
nadie), sino una aprehensión legítima. Es, pues, manifiesta la vaciedad de 
la paradoja de Proudhón, cuando lanza el grito de a ¡la propiedad es un ro- 
bo!» ¿Acaso esta paradoja no sostiene la enormidad de que «ni el trabajo, 
ni la ocupación, ni la ley pueden crear la propiedad, que es un efecto sin 
causa?» ¡Como si el ser humano, dueño por el derecho natural de sí mis- 
mo, de sus facultades y de sus órganos, no lo fuese también legítimamen- 
te de los objetos cuyo valor crea, ya con la actividad de su inteligencia, va 
con la industria de su mano! 

(i) Génesis, I, 28.— Terra meaest, vos aivenx ct coluni mei estis. 



I38 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Por otra parte, lo absurdo del aforismo de mal gusto de Proudhón se 
patentiza con la simple enumeración que hace de las quince categorías de 
ladrones «autorizadas ó infamadas por la sociedad,» según sus propias pa- 
labras, y en las cuales pone á los propietarios, á los comerciantes y á los 
funcionarios al lado de los ladrones, de los estafas, de los usureros y de 
los piratas. Y para ser fiel hasta el final á su atrevida tesis, el autor llega 
á esta asombrosa confesión: «que su editor y él mismo roban también al 
público haciéndole pagar su libro doble de lo que vale.» 

Leyendo á Estrabón (1), venimos en conocimiento de que las tierras 
de Egipto se dividieron, en un principio, en tres partes: una para los la- 
bradores, otra para los sacerdotes, y la tercera para los guerreros; pero 
Diodoro de Sicilia (2), que está de acuerdo con Estrabón en lo que con- 
cierne á la adjudicación hecha á los sacerdotes y á los guerreros, indica 
que el otro tercio de los bienes era propiedad del rey, quien daba el usu- 
fructo del mismo al pueblo, mediante el pago de un censo. 

La costumbre de deslindar los campos por medio de mojones ó de ar- 
bustos era constante en aquel país (3); el empleo de piedras labradas que 
servían de señal lo encontramos también entre los más antiguos pue- 
blos sedentarios: asi en la Biblioteca nacional hay un hito caldeo llamado 
pedrusco Michaux, que fué descubierto por el viajero de este nombre en 
1872 y cuya larga inscripción indica que se remonta á mil años antes de 
nuestra era. 

En la antigüedad la riqueza pública y la fortuna privada consistían 
muy especialmente en propiedades territoriales; sin embargo, ya entonces 
tenían considerable importancia las cosas muebles, especialmente los crédi- 
tos. No nos saldremos, pues, del terreno de nuestro asunto si hacemos al- 
gunas investigaciones acerca de la suerte reservada á los deudores insolventes. 
Las primeras legislaciones asimilan á un delito el hecho de no pagar 
sus deudas y la persona misma responde corporalmente de los compromi- 
sos libremente contraídos. El que falta á su lealtad no pagando á su acree- 
dor, es tenido por ladrón; y como el que cometía un delito ó causaba un 
perjuicio voluntario debía responder con su cuerpo, nada parecía más na- 
tural que hacer extensiva esta sanción al caso de insolvencia. Además, el 
deudor recalcitrante que no cumplía la palabra dada ultrajaba á la Divini- 
dad que había tomado por testigo de su promesa, de manera que se hacía 
merecedor de una doble expiación. 

Los legisladores modernos han opinado de una manera completamen- 
te distinta: en materia civil, el acreedor sólo puede vengarse en los bienes, 
y únicamente puede ser encarcelado el deudor por los perjuicios é intere- 
ses debidos por causa criminal. 

En el derecho antiguo, el deudor venía obligado, á falta de pago, á 

(1) Libro XVII, 787. 

(2) Libro I, 73. 

(3) Deuter., XIX, 14. 



LIBRO SÉPTIMO I 39 

dar en garantía su propia persona sin que le fuera dado siempre hacer res- 
petar su vida. Egipto, sin embargo, demostró muy pronto sentimientos 
humanitarios, llegando á plantear una ley de Bocchoris el principio de la 
supresión de la esclavitud por causa de deudas; mas como esta generosa 
medida podía fomentar la mala fe, recurrióse á las ideas religiosas de aquel 
pueblo para combatir la deslealtad. De aquí que una ley de Asiquis no 
autorizara á tomar un préstamo, sino en cnanto el acreedor recibiera la mo- 
mia del padre del prestatario; y dado el respeto que los egipcios profesaban 
á sus antepasados, no podía darse garantía comparable á ésta, tanto más 
cuanto que si el deudor, olvidándose de pagar, «no recobraba la posesión 
del despojo dado en prenda,» perdía sus propios derechos á la sepultura. 
Esta caducidad ignominiosa resultaba de una sentencia dictada contra él y 
«su memoria era declarada infame.» 

El Génesis proclama la gran ley del trabajo obligando á todo hombre 
á producir ó cuando menos á hacerse útil «para ganarse el pan;» el traba- 
jo será intelectual ó muscular, poco importa, pero «que si alguno no quie- 
re trabajar, no coma,» dice San Pablo (i). Y los privilegiados cuyas rique- 
zas permiten decir de ellos que han cobrado anticipadamente el jornal, no 
están por esto dispensados de emplear caritativamente su fortuna, su celo, 
su actividad y su influencia en pro del bienestar físico y moral de los que 
les rodean y son sus coherederos según la ley de Cristo. 

Cuando los hebreos entraron en el país de Canaán, sorteáronse las 
tierras y se ordenó que después de «siete semanas de años,» ó cuarenta y 
nueve años (2), cada heredad volvería á poder de la familia á quien había 
tocado originariamente en suerte. A esto se le llamó «el período del Jubi- 
leo.» De esta ley, que se proponía evitar las desigualdades de fortuna que 
el tiempo determina, resultó que la venta entre los hebreos no transfería la 
propiedad y sólo se refería á un usufructo más ó menos largo que debía 
cesar cuando llegara el año del jubileo, y por consiguiente la enajenación 
nunca se hacía por más de cuarenta y nueve años (3). 

En principio, la venta no podía hacerse sino en favor de parientes pró- 
ximos y no adquiría el carácter de definitiva más que por la muerte del 
vendedor sin hijos; y en el caso de haberse consentido una cesión en pro- 
vecho de una persona no pariente, la familia podía siempre revocar la de- 
cisión adoptada. 

Por lo demás, cuando llegaba el gran jubileo, todas las transmisiones 
de bienes eran anuladas, los esclavos recobraban la libertad y el hombre 
que había caído en servidumbre, á consecuencia de deudas no pagadas, 
quedaba asimismo libre. Sin embargo, si un esclavo judío no se aprove- 
chaba de la facultad de emanciparse, se entendía que se conformaba con 
una servidumbre definitiva. 



(1) II Thessal., III, 10: Si quis non vult operari non manducet. 

\i) Revertetur homo ad possessionem sitam (Levit., XXV, 10). 
(3) ¡Siete veces siete años. 



I4O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Desde el momento en que esta reglamentación de la propiedad se 
ajustaba á la ley del jubileo, ¿sobre qué base podía determinarse un precio 
de venta? Este precio se determinaba por el número de años que aún fal- 
taban desde el día de la venta hasta el del jubileo, es decir, hasta la expi- 
ración de los cuarenta y nueve años de usufructo permitido. 

El dueño de un fundo no podía enajenarlo sin reservas; y por un cri- 
terio análogo la ley de los germanos, según refiere Tácito, no autorizaba 
los testamentos (1). Sin embargo, los patriarcas usaron de la facultad de 
testar, como lo prueban los ejemplos de Abraham y de Jacob. Admitíase 
una excepción en favor de los extranjeros: para inducirles á permanecer 
de un modo estable entre el pueblo de Israel, la ley declaraba que en las 
ciudades fortificadas la venta de las casas quedaría hecha á perpetuidad si 
dentro del año siguiente á la venta no se había ejercitado el derecho de 
redención (2). En cuanto á los objetos perdidos, establecíase una distinción: 
el israelita venía obligado á restituir lo que pertenecía á un correligiona- 
rio; pero estaba autorizado para guardar en su poder lo que había perdi- 
do un extranjero (3). 

Una vez hecho el reparto, la propiedad de los hebreos, en su carácter 
de usufructo, era declarada cosa sagrada, pues no convenía que un usur- 
pador se aprovechara del cultivo que no era obra suya; y la superficie que 
la tribu había otorgado á la familia, considerábase como una patria chica 
cuyas fronteras habían de se; respetadas. Moisés invoca la maldición de 
Jehová sobre los osados que tocaran las piedras que limitaban las here- 
dades respectivas: «Maldito el que lleva más allá los linderos de su pró- 
jimo (4).» 

De manera que la tierra fué sorteada para evitarlas rivalidades; los lo- 
tes y los amojonamientos fueron declarados inviolables, y á pesar de esto 
y de ser la población poco numerosa, no tardan en presentarse las difi- 
cultades que engendra la aglomeración humana en cuanto excede de una 
agrupación muy limitada. 

¿Hemos de admirarnos de ello? ¿Acaso las Sagradas Escrituras no nos 
dicen que ya Abraham y su sobrino Loth, después de haber intentado vi- 
vir en familia, vieron surgir rencillas entre los pastores de ambos rebaños, 
de modo que aquéllos «no podían morar en un mismo lugar (5)?» En- 
tonces el patriarca, deseoso de conjurar nuevas discusiones, fuese á Loth 
y le dijo: «Apártate de mí, te ruego; si fueres á la izquierda, yo tomaré 
la derecha; si tú escogieres la derecha, yo me iré á la izquierda.» 

En memoria de la liberación del jubileo de los judíos, instituyó la 
Iglesia romana en 1300 el primer jubileo cristiano con las indulgencias 

(1) De Morib. Gevm: «....nullum testamentum.» 

(2) Levítico, XXV, 29. 

(3) Dcut , XXII y XXVII.— Éxodo, XXIII. 

(4) Maleiictus qui transferí términos proximi sui (Deuter., XXVII, i-).—Deuter., 
XIX. 14. 

(5) Nequibant habitare communiter (Génesis, XIII, 6). 



LIBRO SÉPTIMO 



I 4 I 



especiales que le aplicaron los papas. Clemente VI decidió que la fiesta se 
verificaría cada cincuenta años, período que Paulo II redujo á veinticinco 
por considerar que si no se rebajaba aquel tiempo á la mitad, serían mu- 
chos los cristianos que correrían el riesgo de no celebrar ese aniversario. 

A falta de escritos de jurisconsultos, hemos de acudir á los discursos 
de los oradores y á las inscripcio- 
nes jurídicas para reconstituir apro- 
ximadamente la condición de los 
bienes en Grecia. La propiedad era 
allí más aparente que real, pues 
se consideraba al Estado como 
verdadero dueño de la fortuna de 
los particulares: «Cada uno de 
nuestros conciudadanos, dice Pla- 
tón (1), estará bien persuadido de 
que la porción que le ha corres- 
pondido es tanto de la República 
como suya.» Y Aristóteles aceptó 
en mucha parte este criterio. 

Muchas inscripciones lapida- 
rias recientemente descubiertas de- 
muestran que gran número de ven- 
tas, hipotecas y préstamos eran 
consentidos no sólo por particula- 
res, sino también por personas mo- 
rales, como por ejemplo, tribus, 
ciudades, templos que estipulaban 
como verdaderos propietarios, es- 
tando afecta á la ejecución del con- 
trato la garantía colectiva de los 
ciudadanos del grupo respectivo, 
que eran considerados como fiado- 
res en interés de todos. 

Junto á los bienes colectivos había el patrimonio hereditario que el 
señor griego (|3aatXeú:) transmitía por obligación á sus descendientes, pues- 
to que los terrazgueros de aquel entonces sólo tenían de él el usufructo. 

La historia nos dice que las tierras de Laconia fueron divididas en 
39.000 lotes iguales, de los que 9.000 estaban reservados exclusivamente 
á los espartanos, con prohibición de enajenarlos, lo cual era el medio de 
evitar la dilapidación de las riquezas, que se disipan muy pronto cuando 
sólo están representadas por el valor menos estable y duradero, la mone- 
da de plata ó de oro. 




Mojón hipotecario de mármol, 
descubierto en Ática 



( 1 ) Tratado de las leyes, libro V 



I42 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Los propietarios griegos se dividieron en tres categorías: i. a , los que 
tenían una renta anual de 500 medidas ó medimnos (1); 2. a , los que no 
tenían más que 300 y podían mantener un caballo de guerra (los caballe- 
ros); y 3. a , la clase que sólo disfrutaba de 200 medidas (2). En cuanto á 
los demás ciudadanos, llevaban el nombre de mercenarios (3), pero se 
distinguían de los esclavos (4). 

Al lado de los ciudadanos había los semi-ciudadanos y los metecos ó 
extranjeros. De todas las ciudades, Atenas, la ciudad más libre y civiliza- 
da, atrajo á los comerciantes y banqueros de los países vecinos, recono- 
ciéndoles ciertos derechos personales; los metecos, sin embargo, no tenían 
permiso para casarse con una muchacha hija de la ciudad, ni para adqui- 
rir ninguna propiedad inmueble; sobre ellos pesaban multitud de impues- 
tos destinados á organizar festejos públicos, y de su cuenta corría «el pago 
de la música.» 

Cuando se trataba de redactar una ley que modificara la propiedad, 
convocábase al pueblo en asamblea y el decreto no era válido si no re- 
unía por lo menos 6.000 votos, emitidos «ya levantando la mano, ya depo- 
sitando un boletín de voto.» 

Durante todo el tiempo en que los ciudadanos desempeñaban un car- 
go público ó el sacerdocio, no podían disponer de sus bienes, y ni siquie- 
ra tenían permiso para consagrarlos á los dioses, mientras no hubiesen 
rendido cuentas de su administración. 

Cuando un inmueble estaba para vender ó alquilar, quería la costum- 
bre que en ellos se pusieran carteles parecidos á los nuestros, tales como 
«Casa para vender,» ó «Terreno para alquilar;» y á lo menos en tiempo 
de Solón, si aquél estaba gravado con hipotecas, el vendedor había de 
añadir en el anuncio ó en un pilar la indicación de la suma por la cual 
estaba empeñado, procedimiento muy práctico de inscribir públicamente 
la hipoteca que pesaba sobre el inmueble. 

Si, después de muerto el padre, un mal hijo arrojaba á la madre del 
domicilio del esposo, la viuda tenía el derecho de hacerse entregar los 
bienes que constituían su dote; pero si abandonaba la casa para contraer 
nuevo matrimonio, perdía el derecho de reivindicación (5"). 

En los primeros tiempos de Grecia, el que no pagaba lo que debía era 
borrado de la lista de los ciudadanos y luego vendido en la plaza pública, 
á no ser que su acreedor consintiera en aceptarlo como esclavo hasta la 
extinción íntegra de la deuda. Un griego no tenía el derecho de empeñar 
sus armas, si era soldado, ni su arado, si era labrador; pero podía oírecer 



(1) nsvTa".o<J!0(AEÓ'.u.vo!. Como el medimno equivalía á cincuenta y dos libras, los qui- 
nientos medimnos que había de justificar la primera clase de los propietarios griegos equi- 
valían á una renta anual de unos 260 hectolitros. 

(2) Los ^eugites, soldados de tercera fila. 

(3) Los thethas. 

(4) Los dmóes. 

(5) Menard, Moeuvs des Grecs, 353. 



LIBRO SÉPTIMO I43 

su persona en prenda de los compromisos que contraía. Si pasaba á ser escla- 
vo por virtud de una sentencia, convertíase en propiedad de su amo, quien 
era libre de encadenarlo, de venderlo y también de disponer de su vida. 
En tiempo de Milcíades, la detención por deudas se aplicaba en todo 
su rigor, habiendo ese famoso vencedor de los persas muerto en la cárcel 
por no haber podido pagar una multa de 50 talentos que le impusiera el 
Areopago. El hijo de Milcíades, Cimón, en quien continuó la obligación 
del padre, debió su libertad á una circunstancia realmente curiosa: habién- 
dose divorciado de él su esposa para casarse con el rico Callias, éste, hom- 
bre de condición bonachona, consintió en pagar la deuda que, como su- 
cesor de su padre, pesaba sobre el marido á quien substituía (1). Final- 
mente, las Arengas de Demóstenes nos enseñan que en tiempo de éste era 
admitida en materia mercantil la prisión por deudas (2). 

En la sociedad romana encontramos también, en su origen, un reparto; 
pero éste, en vez de ser resultado de la desposesión de los ciudadanos, 
como el que llevó á cabo Licurgo, se realizó con las tierras conquistadas, 
de las que Rómulo hizo tres partes: una para el culto, otra para el Estado (3) 
y la tercera para sus camaradas. La distribución de esta última no fué en 
un principio individual, pues la curia poseía colectivamente el suelo que 
le había correspondido. Nunca fué el primero que procedió á una distribu- 
ción entre los individuos, y la ley de las XII Tablas habla de la propiedad 
privada en términos que demuestran que desde muy antiguo los bienes 
de la conquista fueron garantizados á los que los usufructuaban. 

El carácter exclusivo del dominiíim, reservado únicamente á los ciuda- 
danos romanos; la diferencia establecida entre los bienes provinciales y los 
inmuebles itálicos, son cosas harto conocidas y sobrado áridas para que 
insistamos acerca de ellas. 

Aunque la libertad individual fué declarada en Roma como la más sa- 
grada de las libertades, la ley autorizaba al acreedor á disponer de la per- 
sona de aquellos que no cumplían sus promesas, lo que podía tener lugar 
de dos maneras, por el nexum ó por la addictio, según que hubiese habido 
convenio entre las partes, ó, por el contrario, condena judicial. 

En la ley de las XII Tablas, la esclavitud por deudas íué organizada 
por ios Decenviros de una manera implacable. Cuando había habido sen- 
tencia condenatoria, el deudor tenía treinta días para pagar la deuda, y si 
no la pagaba decretábase la addicción quedando sus bienes y su persona 
constituidos en prenda del acreedor, quien estaba autorizado para ponerle 
una cadena al cuello y grillos en los pies, con tal que las cadenas no pe- 
saran más de quince libras (4) y de que le diera como alimento cotidiano 



(1) Cornelio Nepote, Milt ., 7; C.imon, i y 2. 

(2) La prisión por deudas no ha sido abolida en Francia hasta que se dictó la ley de 
22 de julio de 1867. 

(3) A ger publicas.— VA usufructo que cedía el Estado á los ciudadanos mediante cier- 
to censo, se llamaba possessio, en oposición á la propiedad propiamente dicha ó dominium. 

{\) Qiiindecim pondo ne majore. 



Iii HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

una libra de harina por lo menos. El cautiverio podía prolongarse durante 
sesenta días y el acreedor estaba facultado para exponer al detenido en tres 
días de mercado, haciendo publicar por un pregonero la deuda no pagada 
para ver si alguien se interesaba por la suerte del deudor. Finido sin resul- 
tado este nuevo plazo, la ley autorizaba al acreedor á dar muerte al deu- 
dor, como castigo de insolvencia (i). 

El no pagar era de tal modo delito en Roma que no había más que 
una palabra, reus, para designar á la vez al deudor y al culpable, lo cual 
constituye una prueba directa de la teoría que acabamos de indicar. 

Si había varios acreedores, podían despedazar el cuerpo del deudor y re- 
partirse los pedamos sangrientos del mismo (2). La barbarie de esta disposición 
de la ley de las XII Tablas ha parecido tan irritante, que muchos autores 
han pretendido dar una explicación metafórica á aquella frase, suponiendo 
que se trataba no de dividir el cadáver del deudor, sino de repartirse su ca- 
pital, caput; y hasta en la Academia ha habido interesantes discusiones so- 
bre este particular (3). Sin embargo, la claridad y la precisión del texto no 
dejan lugar á equívoco alguno; y lo que mejor demuestra que no se trata- 
ba del reparto de los bienes del individuo caído en servidumbre, es que el 
odioso procedimiento de que hablamos estaba precisamente reservado para 
el caso en que el tal individuo no tuviera nada que distribuir entre sus 
acreedores. 

En la práctica, sin embargo, el que no quería dar por perdido su cré- 
dito prefería con frecuencia «hacer vender desclavo allende el Tíber (4)» 
para cobrar algo; pero el legislador (y este es el punto histórico que nos 
interesa) autorizaba la sección del cuerpo, y todas las ingeniosidades que 
han podido escribir eruditos como Bynkerskoeck , Berriat y Dupin, el 
mayor, no pueden prevalecer contra un testimonio cuyo valor decisivo na- 
die puede negar, el de Quintiliano. En efecto, éste cita precisamente la 
mencionada ley como un ejemplo de lo que á veces autoriza el legislador 
con menosprecio del derecho natural, y se indigna ante la idea de «que 
haya podido ser permitido el dividir el cuerpo de un hombre, como modo de pago 
de una deuda (5).» Tertuliano en su Apologética (6) se hace eco de esta 
vehemente protesta. 

Constituido en la sociedad romana el patrimonio del Estado (ager pu- 
blicus) y aumentándose éste por la conquista, todos los bienes del vencido 
pasaban á poder del vencedor. Las rentas públicas llevaban el nombre de 
vectigalia, ora se tratase del producto de las tierras, de las salinas, de los 
bosques, ora del producto del botín (prado) ó del alquiler de las casas 
(tecta jruenda) . Los agentes del fisco, encargados de la recaudación de los 

( 1 ) Capite pcenas sumito. 

(2) Partes secanto... 

(i) Compt. rendu, por M. Vergé, 1843, 1*44. 

(4) Trans Tiberim vemtm dato. 

(5) ...Ut in Duodecim Tabulis, debitoris corpus ínter creditores divide hcuit. (Inst. 
orat., 3, 6). 

(6) Cap IV. 



LIBRO SÉPTIMO 1 45 

impuestos, eran designados con el calificativo característico de exactores. Las 
contribuciones pagadas en dinero ó en productos comprendían el stipen- 
dium, destinado al sostenimiento del ejército, y el tributum, contribución 
directa fijada por el Senado paralas necesidades extraordinarias. El impues- 
to era proporcional á la fortuna, tal como resultaba del censo, y la cuota del 
mismo, determinada por la hoja de contribuciones, ascendía á uno, dos, tres 
por mil y á veces á mucho más; aquella hoja se llamaba fórmula census. 

Figuraban también entre los recursos del Tesoro (Aerarium) el diez- 
mo (decuma)yél producto de las multas {muletee) impuestas por los jueces, 
que constituían una especie de presupuesto de cultos que no ingresaba en 
la caja del tesoro y tenía un destino piadoso, pues se aplicaba á edificios 
sagrados, á fiestas religiosas, etc. 

Finalmente percibíase un impuesto del vigésimo sobre el valor de los 
esclavos manumitidos (vicésima libertatis), y este recurso especial formaba 
una especie de reserva de la que no debía echarse mano más que en casos 
de necesidad absoluta, y se consideraba, por consiguiente, como un «te- 
soro sagrado» {Aerarium sanctius). 

Ya Cicerón estimaba como indiscutible que la tierra podía ser patri- 
monio inviolable del individuo, y Séneca á su vez llamaba á la propiedad 
derecho natural; pero sólo el Cristianismo era capaz de operar una trans- 
formación profunda en la condición de las personas, y al decir á los ro- 
manos, á los extranjeros, á los amos y á los esclavos: «Sois hermanos,» 
había de derribar muy pronto el despotismo y abolir la servidumbre para 
substituirlos con los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad que 
acababa de poner en práctica y de difundir por el mundo antes de que la 
Revolución los formulara en su memorable y prestigiosa trilogía. 

Si, trasladándonos á la época feudal, estudiamos lo que era entonces 
la propiedad, encontraremos que los bienes estaban sujetos á una condi- 
ción especial que ya hemos indicado en el capítulo de los censos. El que 
posee la tierra no es, en un principio, dueño de ella más que de un modo 
condicional y limitado; pues los derechos que posee los ha recibido, ó se 
supone que los ha recibido, de antiguos propietarios que en otro tiempo 
le concedieran la explotación de los mismos sin, empero, haberse despren- 
dido de ellos por completo. Esta concesión fué sin duda real en la mayo- 
ría de los casos; pero en muchos fué ficticia, pues el pequeño propietario 
se veía obligado por la necesidad á buscar la protección de un hombre po- 
deroso, es decir, prefería ser defendido como terrazguero á verse absorbido 
por las usurpaciones de codiciosos vecinos ó robado por las cuadrillas de 
ladrones que por doquier pululaban. 

Es preciso no dejarse engañar sobre este punto y tener muy en cuenta 
que durante varios siglos el pueblo no se preocupó de salir de su condi- 
ción; así por ejemplo, un curioso edicto de Luis el Porfiado, de 13 15, in- 
vita á los siervos á emanciparse y llega hasta á lamentarse de que mu- 
chos, «por malos consejos y falta de buenas advertencias, brefieran per- 

Tomo III IO 



I46 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

manecer en la ruindad de ¡a servidumbre á entrar en el estado de libertad.» 

Hubo un tiempo en la antigua Francia en que, á falta de suficiente po- 
licía para proteger ¡a propiedad, el legislador recurrió á la represión más du- 
ra á fin de aterrorizar á los que, viviendo sólo de rapiñas, devastaban he- 
redades y campos, y aplicó la pena de muerte y la tortura previa no 
solamente á los grandes criminales, sino también á los simples ladrones; 
así fueron sometidos á tormento Simón de Venecia por haber robado un 
libro, Reinaldo de Saint-Marc por haber robado un caballo, Juan de Poiz 
por haber robado algunas varas de paño, y tantos otros (1). 

De todas las penas, la del «enterramiento de los culpables vivos» es tal 
vez una de las más espantosas que concebirse puedan; pues bien, esta pena 
se reservaba á las ladronas «por motivo de decencia,» en vez de hacerlas 
morir en la horca, abundando los ejemplos de las que fueron «ajusticiadas 
por medio del enterramiento {2):» así Juana de la Prevoste es «enterrada vi- 
va» en Noissy, por varios robos cometidos en el palacio de Saint-Jouan; 
Marión de la Court, ladrona, es interpelada «delante de la fosa abierta para 
enterrarla, en el momento en que iba á ser arrojada á ella, etc. (3).» 

Un caso muy interesante marca bien la diferencia entre la penalidad 
aplicada á las ladronas y la reservada á los ladrones, que era la de horca: 
Juan de Varlus y su esposa Amelina cometieron de común acuerdo un 
robo de escasa importancia al que correspondía una pequeña pena, por lo 
que ambos fueron condenados á ser «puestos en la picota de los merca- 
dos y desterrados;» pero la sentencia añade: «en delecto de lo cual el di- 
cho Varlus será ahorcado y la dicha Amelina enterrada viva.» 

De todas las clases de enjiteusis, la más importante y generalizada es el 
feudo, ó sea la concesión mediante el pago de un censo ó la prestación de 
un servicio en provecho del señor; ahora bien, como éste continuaba sien- 
do dueño del fundo, podía recobrarlo, sobre todo en caso de que no se 
cumplieran las cargas impuestas. El feudo, de vitalicio é inenalienable que 
era en un principio, se convirtió en hereditario en el siglo xi y en enaje- 
nable en el siglo xm; pero aun entonces, el señor, en memoria del pasado, 
tenía derecho á una parte del precio (4) ó á recobrar el fundo mediante 
una indemnización, y si consideraba que la venta se había hecho por un 
precio demasiado reducido, anulaba el contrato, ejercitaba el «retracto 
feudal» y ordenaba que se vendiese de nuevo. 

El consentimiento del señor era necesario para toda enajenación que 
se hiciera en forma de donación ó de sucesión y los herederos pagaban 
cierta suma (5) para obtener la investidura en favor suyo. 



(1) Registre crimin. du Chatelet, tomo I, pág. 1.— Registro de S. Martin des Cliamps, 
LXXXVI1I. 

(2) La justicia en el siglo xiv admitía este suplicio bárbaro. — Reg. crim. Chat.: La- 
dronas, tomo I, pág. 027, tomo II, págs. 3q3 y 436. — Reg. S. Mart. des Cliamps, 220. 

(3) Reg. crim. du Chatelet, tomo II, pág. 43-, y tomo I, pág. i5y. — Jttst. de S. Mart 
des Champs, XCVI. 

(4.) Quinto, laudemio... 

(3) Reconocimiento ó redención. 



LIBRO SÉPTIMO 147 

Cuando la posesión de una tierra, en vez de conferir solamente el usu- 
fructo, traía consigo «una soberanía,» la heredad llevaba el nombre de 
Señorío y aquel á quien le había sido concedida disfrutaba de los derechos 
territoriales sobre la misma y adquiría además sobre los habitantes el po- 
der judicial y administrativo que antes de la concesión pertenecía al señor 
feudal y que él transmitía al vasallo, ó cedía d un tercero por virtud de 
una infeudación independiente, ó retenía en provecho suyo si bien le 
parecía. 

Dióse á partir del siglo xn el nombre de villanía á la enfiteusis que fué 
para los pecheros lo que el feudo para el noble: en ella el vínculo existía 
más bien por razón de la propiedad que por razón de las personas; así los 
terrazgueros de villanías estaban dispensados de prometer fidelidad y ho- 
menaje, á diferencia de lo que ocurría con el señor feudal, quien veía en 
su vasallo ante todo á un soldado. Efectivamente, las tierras plebeyas sólo 
por excepción obligaban á empuñar las armas, pues, por lo general, el feu- 
do villano no imponía al que lo ocupaba otras obligaciones que los pagos 
en dinero ó en productos, es decir, simples impuestos. 

Cuando la propiedad era entera, absoluta, se llamaba alodio, ó tierra 
libre, el cual era, por consiguiente, superior al feudo, ya que éste implica- 
ba censos y sólo confería el usufructo. 

La infeudación ó establecimiento de un feudo se aplicaba generalmen- 
te á un fundo; sin embargo, la concesión podía hacerse sobre cualesquie- 
ra derechos y hasta sobre las más vulgares ocupaciones; así es que no sólo 
eran materia de investidura las funciones de los empleados y los cargos de 
la judicatura, sino que además «podían ser constituidos en feudos los servi- 
cios de los criados y de los cocineros (i ).» Puede verse, por ejemplo, en Lau- 
riere que los empleos de los proveedores y servidores' de los reyes de Es- 
cocia eran erigidos en feudos, ya se tratase del panadero, del salchichero, 
del lechero, del cocinero ó del portero, ya de los «mozos de cocina.» (2), 
es decir, de los jóvenes marmitones. De todos modos, hasta para los cria- 
dos el derecho otorgado implicaba el rito feudal de fidelidad y homenaje 
y era á menudo transmisible á los herederos como si se tratara de un car- 
go de justicia ó de un empleo público. 

Lo mismo ocurría en el Poitou, que entonces pertenecía á Inglaterra, 
constando en la historia de esa provincia un acta de infeudación conveni- 
da en 1277 entre el conde señor del Poitou y su cocinero mayor. Tene- 
mos á la vista este raro documento (3) que prueba que las funciones de 
cocinero del señor eran «un verdadero feudo hereditario.» Ya se compren- 
derá que el cocinero así enfeudado había sido escogido entre los más nota- 

(1) Repert , Guyot: Infeod., 21 5. 

(2) .(... Pro feodo panitirii, aut lardarii, aut butyrarii ..¡profeodo magistri coci, aut 
ostiarii coquina, aut clcrici de coquina.» 

(3) Richardusfilius regis Anglice..., comes Pictavice, dux A-quitanice: archiepiícopis, 
episcopts, comitibus totius terree suae salutem! Sciatis me concediste Alano, coquo meo, 
pro servitio ct ¡wmagio meo quoquinam meam sibi et hxredibussuis. Data apud Petrago- 
ram, MCCLXXVI1. ' 



I48 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bles de la época; pero si el heredero carecía de aptitudes culinarias, ¿estaba 
autorizado á permanecer, á pesar de todo, en la cocina de los condes de 
Poitou? El texto permite creerlo así porque se prometía formalmente á los 
herederos que disfrutarían de la condición «completamente y sin ser per- 
turbados (1),» según consta en la citada acta de infeudación. 

Desde el momento en que toda especialidad de funciones implicaba ge- 
neralmente atribuciones privilegiadas, no debe extrañarnos que haya habi- 
do privilegios de bufones y hasta feudos de verdugos. 

Así la ciudad de Troyes, en Champaña, había de proporcionar los lo- 
cos titulares ó bufones del rey, en virtud de un censo. El documento que á 
este propósito se cita dice así: «Nos, Carlos V, por la gracia de Dios, rey 
de Francia..., salud y dilección. Hacemos saber que Thevenin, nuestro 
loco de corte, acaba de pasar de este mundo al otro. Que el Señor acoja 
benévolo su alma, que jamás decayó en su cargo, y ni siquiera quiso mo- 
rir sin hacer algún chiste y dar una bonita broma de su oficio... Ahora 
bien, como por muerte del mismo queda vacante el cargo de loco en nues- 
tro palacio, ordenamos á los ciudadanos y villanos de nuestra buena ciu- 
dad de Troyes, por reales privilegios por nos adquiridos (desde hace mu- 
chos años), que nos entreguen un loco de su ciudad sin demora alguna. 
En 14 de enero de la Encarnación MCCCLXXII.» 

El verdugo, á quien se consideraba como conocedor de la anatomía y 
de la medicina, tenía el derecho, á lo menos en la Alsacia, de practicar 
el arte médico y la cirugía; de manera que acumulaba las funciones de 
«maestro de las altas obras» y de médico, lo cual le permitía, como habría 
dicho Moliere, ejecutar á sus clientes de dos modos distintos. La legalidad 
de esta acumulación fué admitida por un decreto de 7 de julio de 1784 (2). 

El feudo de verdugo implicaba además otras especialidades, como por 
ejemplo el monopolio de la limpieza de inmundicias: «Percibía diez libras 
por cada noche de trabajo, y además el pan, el vino y el queso necesarios 
para mantener á sus ayudantes y finalmente la candela para alumbrar el 
trabajo.» (Reglamento de 24 de noviembre de 1723.) 

Todos estos beneficios se añadían al salario fijo que percibía el ejecutor 
según los casos. Esta tarifa variaba sensiblemente; sin embargo, podremos 
formarnos una idea de lo que era, refiriéndonos al cuadro de las gratificacio- 
nes que la ciudad de Colmar, por ejemplo, aseguraba á ese terrible funcio- 
nario. Además délos mencionados privilegios, de una pensión fija de 67 li- 
bras, seis sueldos y ocho dineros, y de los múltiples censos consistentes en 
granos, uvas, leña y fagotes, el verdugo percibía: Por enrodar, 6o libras; 
por exponer en la rueda, 15; por quemar, 60; por arrojar las cenizas al 
viento, 6; por ahorcar, 30; por descolgar y exponer, 15; por enterrar, 3; 
por arrastrar en un serón, 60; por dar tortura extraordinaria, 15; por dar 
tortura ordinaria, 7; por marcar á un sentenciado á galeras, 9; por poner 

( 1 ) Integre, quiete et honorifice. 

(2) Decreto del Consejo soberano de Alsacia. 



LIBRO SÉPTIMO 1 49 

en la argolla, azotar y marcar, 15; por poner en la argolla solamente, 9; 
por atravesar la lengua con un hierro candente, 15; por confesión pública y 
forzosa de un delito, 25; por ejecutar en efigie, r 5; por cortar la muñe- 
ca, 15; por partir un labio, 8; por cortar una oreja, 14; por lacerar y que- 
mar un libro, 15; por dar un puntapié al desterrado, 20 libras. El último 
artículo de esta especie de tarifa de precios necesita alguna explicación. En 
caso de expulsión, el verdugo acompañaba al desterrado hasta la frontera 
y, llegado á ésta, le propinaba un puntapié que le hacía salvar brusca- 
mente la línea de demarcación y le decía: «¡Ya estás desterrado del país! 
Te advierto que si te atreves á volver alguna vez, las galeras te esperan.» 

El antiguo axioma, tan á menudo recordado: «Cuando el vasallo duer- 
me, vela el señor,» significa que la negligencia de los vasallos en prometer 
fidelidad y homenaje les exponía á perder el usufructo de su feudo mien- 
tras no cumpliesen con aquella obligación, sin que para ello necesitara el 
señor hacerles intimación. Como el derecho velaba por éste en tanto que 
el vasallo dormía, los bienes substraídos al homenaje resultaban por esto 
mismo legalmente embargados, unas veces en cuanto al fundo y otras 
en cuanto á los frutos, según los distintos derechos consuetudinarios. 

Este derecho de embargo que originariamente existía en provecho del 
señor, fuera de todo procedimiento y por el mero hecho de la omisión del 
homenaje, dio lugar á otra fórmula que Loyseul (1) y Pasquier recuerdan 
y explican: «Señor de paja, señor de manteca, vence y se come al vasallo de ace- 
ro,» lo cual quiere decir que en virtud del embargo que correspondía al 
señor más modesto, los bienes de los vasallos más fuertes estaban expues- 
tos, según expresión de Pasquier, á ser «comidos y absorbidos (2).» 

Los privilegios de la época feudal sólo han de ser objeto de nuestro es- 
tudio en cuanto resulten de ciertas posesiones patrimoniales, industriales 
ó simplemente lucrativas; por consiguiente, prescindiremos de los privile- 
gios «de honor» anejos á la calidad de la persona. 

Los concedidos á los fabricantes ó comerciantes eran fuente de ingre- 
sos públicos; había privilegios de inspectores para el apilamiento de leña, 
para la manteca salada y no salada, para las pelmas, etc., y en tiempo de 
Luis XIV una de estas cargas producía al Estado 310.000 libras. 

El privilegio, ley de excepción (3), afectaba á los mismos bienes en 
multitud de circunstancias: la inviolabilidad de la propiedad era á menudo 
desconocida en provecho del señor, y la transmisión hereditaria difería se- 
gún que la herencia fuese pechera ó noble; en este último caso, había dis- 
pensa de impuesto «cuando la explotación contaba cuatro arados.^) 

Lo propio sucedió con el derecho de caza. Léase, entreoíros, el discur- 
so pronunciado por el obispo de Chartres, Monseñor de Lubersac, en la 
noche del 4 de agosto de 1789, y se verá que la reserva de este derecho 

(1) Instit. coutum., IV, 3. 

(2) Ciuyot, loe. cit., 471. 

(3) Pmvata lex, privilegio. 



I50 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

fué uno de los privilegios más especialmente detestados por los aldea- 
nos (1). Desde la ordenanza de Carlos VI, de enero de 1396 (2), el pla- 
cer de la caza estaba prohibido en principio «á toda persona no noble, por 
ser el gaje de los guerreros.» 

La declaración de 6 de agosto de 1533, que prohibía á los plebeyos de- 
dicarse á la caza mayor y á la de todo animal de monte, estaba concebida 
en los siguientes términos: «...Considerando que los labradores que pier- 
den el tiempo cazando dejan de cultivar sus tierras, vagando por ciudades 
y villas y gastando su dinero en las tabernas y juegos, de donde provienen 
blasfemias y grandes carestías de trigo, en perjuicio de la cosa pública; con- 
siderando que los nobles, después de haber expuesto sus personas, tanto 
en la guerra como en otras partes en nuestro servicio y junto á nuestra 
persona, no tienen otro placer, recreo ni ejercicio semejante al de las ar- 
mas que las dichas cazas; y que, por el contrario, los labradores y los ar- 
tesanos y otros mecánicos que se dedican á ellas abandonan la agricultura 
y el artificio, sin los cuales no podría sustentarse la cosa pública de nues- 
tro reino... Por estas causas inhibimos y prohibimos á todos (excepto ios 
nobles) que cacen ó se apoderen de animales rojos, negros, ni de monte, 
de ningún modo, manera y medio que sea (3).» 

Cuando se alzó el poder real sobre las ruinas del feudalismo, la propie- 
dad, si bien se vio libre de algunas servidumbres que sobre ella pesaran en 
otro tiempo, no por esto se hizo independiente... Así Luis XIV, cuando 
escribe para instrucción del Delfín, se considera como propietario de todos 
los bienes, inclusos los de la Iglesia: «En el estudio de nuestro Estado, 
dice, todo nos pertenece por un mismo título: los reyes son señores absolu- 
tos y tienen la libre y plena disposición de todos los bienes que son poseí- 
dos, así por la Iglesia como por los seglares.» 

Casi un siglo después, en 1809, un jefe de Estado no menos absoluto 
decía, por el contrario, ante el Consejo de Estado: «La propiedad es invio- 
lable, y el mismo Napoleón con sus ejércitos no podría apoderarse de un 
campo, porque violar el derecho de propiedad de uno solo equivale á vio- 
lar el de todos.» Y aunque no todos los actos del Emperador se ajustaron 
á esta teoría, cuando menos esta declaración demuestra hasta qué punto 
se había transformado la idea de propiedad en el período comprendido en- 
tre ei siglo xvii y los primeros años del xix. 

La «Declaración de los derechos del hombre» sentó como principio 
indiscutible que «la propiedad es inviolable y sagrada (4);» á pesar de lo 

( 1 ) Para hacer respetar el derecho de caza, se cortaba la corva á los perros de los aldeanos 
y de los pastores. (Ordenanza de julio de 1607, artículo y. — Code des Seign., articulo 17.) 

(2) Iguales prohibiciones se dictaron, salvo algunas excepciones, en i5i5, 1600, ióo3, 
1607, 1 3 de agosto de 1669, etc. En cuanto al clero, el concilio de Tours (81 3) le prohibió 
la caza por razón de dignidad, como la dan^a y la comedia. 

(3) lsambert. 

(4) Art. 17. — Esta declaración de 12-26 de agosto de 1789 sienta otros principios no 
menos respetables, pero á menudo menospreciados: «La libertad consiste en hacer todo 
aquello que no perjudica á otro» (art. 4.°).— «La ley debe serla misma para todos» (art. 6.°). 
— «Nadie podrá ser molestado por sus opiniones, incluso las religiosas» (art. 10). 



LIBRO SÉPTIMO 15 l 

cual, en 2 de noviembre de 1789 la Asamblea nacional, por 568 votos con- 
tra 346, ponía á la disposición de la nación los bienes del clero. 

Acerca de esto, procede rectificar ciertos errores muy corrientes res- 
pecto de los bienes de la Iglesia y de las disposiciones legislativas que á 
ellos se refieren. Para ello recurriremos a las mismas actas de la Asamblea 
para sacar de ellas los datos que vamos á consignar. 

Casi en todas partes se enseña que la desposesión fué votada y el des- 
pojo ratificado en virtud de la ley de 1789; pero ¿es esto absolutamente 
exacto desde los puntos de vista legal é histórico? No: la Asamblea, com- 
prendiendo las consecuencias de semejante principio, no se atrevió á de- 
cretar la confiscación pura y simple, sino que buscó una solución menos 
radical y menos violenta. Mirabeau, al ver que la Asamblea vacilaba ante 
este despojo, modificó su fórmula, y en vez de decir: «Los bienes del cle- 
ro pertenecen á la nación,» puso: «Los bienes del clero están á la disposi- 
ción de la nación.» 

Esta modificación profunda, introducida á última hora, obtuvo en se- 
guida los sufragios. Los términos del decreto fueron: «Art. i.°. — Todos 
los bienes eclesiásticos están á la disposición de la nación, atectos á la 
carga de atender de una manera conveniente al sostenimiento de sus mi- 
nistros y al alivio de los pobres...» (2 de noviembre de 1789.) La misma 
frase se lee en el art. 12 del Concordato: «Todas las iglesias metropolita- 
nas no enajenadas serán puestas á la disposición de los obispos;» asimis- 
mo el art. 75 de los orgánicos añade: «Los edificios antiguamente desti- 
nados al culto católico... serán puestos á la disposición de los obispos.» 

{Quiere esto decir que pasarán á ser propiedad de éstos? 
_ Ahora bien, una fórmula idéntica no puede tener significados distintos 
y contradictorios según las circunstancias; por otra parte, poner un a co sa 
á la disposición de alguien no implica en modo alguno, en el sentido gra- 
matical, la facultad de enajenarla. Parece, pues, evidente (y este es un 
hecho de la mayor importancia) que la Asamblea nacional retrocedió ante 
un despojo propiamente dicho de los bienes de la Iglesia, levantando en- 
tonces una especie de empréstito (1) motivado por la extremada urgencia 
que tenía de conjurar una bancarrota nacional. Esta medida tenía por ob- 
jeto poner en manos de la nación (en vez del oro que escaseaba) inmue- 
bles cuyo valor bastara para restablecer el crédito necesario á ia circula- 
ción de los asignados. Esta interpretación del pensamiento del legislador 
de 1789 hállase corroborada no sólo por los textos, sino además por 
las declaraciones oficiales de uno de los autores de la proposición, que se 
expresa en estos términos: «No se trata precisamente, dice, en efecto, Mira- 
beau en su conclusión, de tomar los bienes del clero para pagar las deu- 
das del Estado, como de continuo se ha dado á entender: se puede decla- 
rar el principio de la propiedad de la Nación, sin que el clero deje de ser el 

(1) Del mismo modo en tiempo de paz se restituyen á los propietarios los bienes re- 
quisados con urgencia durante la guerra, ó por lo menos el valor de los mismos. 



152 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

administrador de estos bienes; no son tesoros lo que el Estado ha menes- 
ter, sino una prenda, mía hipoteca, crédito y confianza.» 

Mediante esta promesa categórica de que el Estado no enajenaría bie- 
nes de la Iglesia, muchos miembros de la Asamblea, inclusos los repre- 
sentantes del clero, se adhirieron, á impulsos de un laudable 'patriotismo, 
al proyecto de Mirabeau, con la esperanza de que en los días mejores po- 
dría la Iglesia recobrar su patrimonio «desempeñado y libre.» Esta es la 
verdad histórica que explica de un modo exacto la votación del 2 de no- 
viembre. 

Las palabras de Mirabeau que determinaron aquella votación precisan 
el sentido y el alcance de la misma, siendo en vano invocar el hecho pos- 
teriormente consumado, pues siempre resultará que el Estado, al enajenar 
los inmuebles, rebasó el derecho que la ley le había conferido. 

Pues bien, siendo esto así, preciso es decir: i.°, que el clero no perdió 
sus derechos á los referidos bienes en virtud del decreto de 1789, sino á 
consecuencia de la transacción realizada el 10 de septiembre de 1801 con 
el nombre de Concordato (1); y 2. , que el presupuesto de Cultos no es 
más que la compensación legal de la renuncia en otro tiempo consentida 
por el clero. La prueba de esto se desprende del texto mismo del artículo 
13 del Concordato: «Su Santidad, por el bien de la paz y por el feliz res- 
tablecimiento de la religión católica, declara que ni ella ni sus sucesores 
molestarán en modo alguno á los adquirentes de bienes eclesiásticos en- 
ajenados; y que, en su consecuencia, la propiedad de estos mismos bienes 
y los derechos 3^ rentas á ellos anejos permanecerán inmutables en sus 
manos ó en las de sus causahabientes.» 

De manera que el Primer Cónsul, al hacer prometer al Papa de esta 
suerte que renunciaba á toda reivindicación en lo sucesivo, reconocía la 
posibilidad de esta reivindicación por haber sido objeto de enajenaciones 
abusivas en aquella fecha los bienes que únicamente habían sido pedidos 
como prenda. 

Tal es la cuestión de derecho que queríamos restablecer apoyados en 
documentos oficiales; lo cual no es decir que nos neguemos á reconocer 
que desde el punto de vista nacional tal vez había llegado á ser una nece- 
sidad la reglamentación, en aquella época, de la propiedad eclesiástica en 
interés de todos. Pero, sentado que los derechos del clero son los de un 
antiguo propietario indemnizado por medio de una renta, el clero no es 
funcionario y no puede ser considerado como asalariado, puesto que ha 
proporcionado su dotación, sino un rentista acreedor que invoca un con- 
trato bilateral (2). 

Después de haber puesto á la disposición de la nación los bienes ecle- 
siásticos, el Estado se atribuyó la plena propiedad de los de los emigrados, 



1) 26 messidor año IX, ratificado en ib fructidor del mismo año. 

(2) De modo que la condición del clero francés es distinta de la de los sacerdotes de 
otros países. 



LIBRO SÉPTIMO I 53 

respecto de los cuales la Asamblea decretó que la confiscación fuera de 
los bienes mismos; por esto los términos empleados fueron diferentes. 

El día 9 de febrero de 1792 se publica un decreto ordenando el em- 
bargo de los bienes de los franceses emigrados, y el 30 de marzo siguien- 
te otro declarando que «estos bienes y sus rentas están afectos á la indem- 
nización debida á la nación» (art. i.°). El 27 de julio la Asamblea nacio- 
nal ordena la confiscación de dichos bienes; y finalmente, en 28 de marzo 
de 1793 se dicta una nueva disposición en la que se dice «que los emigra- 
dos quedan desterrados del territorio á perpetuidad; que están muertos 
civilmente, y que sus bienes pasan á ser propiedad de la República.» 

Como se ve, en lo que se refiere á los emigrados, no se trata ya de 
«poner á la disposición,» como se dijo respecto de los bienes del clero, 
sino de una confiscación completa. 

Poco después los legisladores comprendieron el peligro de las leyes de 
excepción y se apresuraron á suavizar las consecuencias de las prescrip- 
ciones anteriores, sucediéndose los actos legislativos en esta forma: pri- 
meramente el senadoconsulto del 6 floreal año X (1) restituye en parte á 
los emigrados los inmuebles no enajenados; luego la ley de 5 de diciem- 
bre de 18 14 agrega á ellos los que habían pasado á la posesión del Esta- 
do; y finalmente, la ley de indemnización de 27 de abril de 1825 destina 
mil millones á indemnizar á los emigrados cuyos bienes habían sido ven- 
didos en nombre y en provecho de la nación. 

Desde los comienzos de nuestra era la propiedad judia ha sido objeto 
de profundas restricciones; y sin embargo, los israelitas, á pesar de que 
todas las naciones les han tratado con desconfianza, han conseguido ser 
dueños de una parte notable de la fortuna pública. Constituye esto un 
problema que es preciso explicar. 

En los primeros siglos del Cristianismo, los judíos aborrecidos íueron 
declarados casi en todas partes fuera de la ley é incapacitados para poseer 
propiedades inmuebles; esta debía ser la suerte, decíase, de una tribu mal- 
dita, condenada á vagar eternamente por la tierra. Peí o sucedió que, pri- 
vados del derecho de adquirir bienes raíces, se dedicaron con apasionado 
ardor al comercio que la gente de noble condición desdeñaba, y como, 
además, su fortuna era exclusivamente mobiliaria, nada les impidió llevar 
su dinero y su actividad á las regiones que les brindaban grandes empre- 
sas v cuantiosos beneficios (2). Por otra parte, su vida nómada se acomo- 
daba perfectamente á ese régimen de sin patria. 

El ejercicio constante y tenaz del negocio, con sus habilidades y sus 
astucias en caso necesario, desarrolló de una manera especial la fae.iltad 
mercantil de los descendientes de Jacob; esto y la obligación religiosa t^ue 



(1) 26 de abril de 1802. 

(2) Se cree que fueron los judíos los primeros que inventaron, en tiempo de Felipe el 
Lai-^o, la practica fructuosa de la letra Je cambio, cuando estiban refugiados en Lom- 
bardia. 



154 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

les ha sido impuesta de ayudarse mutuamente «sin jamás exigir entre judíos 
ningún beneficio por un préstamo otorgado (i),» han sido causa de que 
aumentaran singularmente su poder y sus riquezas, de tal modo que, en 
distintas lechas y en diversos países, el Poder, alarmado, ha querido aten- 
tar á su íortuna mobiliario,. 

En su consecuencia, se exigió la presencia de testigos y el empleo de 
fórmulas especiales cuando se trataba de negociar efectos en provecho de 
los judíos. Así, para no hablar más que de Francia (y á pesar de que en 
derecho el fraude no se presume) (2), un decreto de 17 de marzo de 1808 
suspendió durante diez años el derecho común para los judíos y declaró 
que las letras de cambio, obligaciones ó billetes á la orden firmados en 
provecho de un judío por quien no fuera comerciante, se considerarían 
nulos á menos de aducirse la prueba de que el valor había sido realmente 
entregado. 

Los préstamos usurarios y los tráficos que todo el mundo les repro- 
chaba determinaron esa ley de excepción que suprimió la igualdad civil y 
política otorgada á los judíos por la Revolución (3); pero, al expirar los 
diez años, el Código recobró su imperio y los hijos de Israel volvieron á 
gozar de la plenitud de los derechos concedidos á todos los franceses. 

Cuando se estudia la historia eclesiástica, se ve en las Decretales (4) 
que los esclavos cristianos pertenecientes á judíos estaban autorizados para 
redimirse ó hacerse redimir mediante la entrega á su amo, en concepto de 
indemnización, de doce sueldos (5). Más adelante, prohibióse á los cristia- 
nos que sirvieran como criados en casas de israelitas, y una bula de Gre- 
gorio XIII prohibió á los judíos que ejercieran la medicina en los Estados 
cristianos. 

La dureza que siempre se ha echado en cara á los judíos había dado ya 
lugar á varias Ordenanzas reales destinadas á restringir su capacidad; y en 
1 182 Felipe Augusto había llegado hasta á dispensar á los deudores cris- 
tianos de las sumas por ellos debidas á los israelitas, atribuyendo ia quin- 
ta parte de las mismas al fisco. Una declaración de Carlos VI fechada en 
9 de julio de 1389 y otra de 4 de febrero de 1393 no declaran nulas las 
obligaciones suscritas á favor de los judíos, pero niega á éstos la facultad 
de encarcelar por deudas á cristianos. 

Compréndese que los papas no habían de mirar con buenos ojos al 
pueblo deicida; y sin embargo, Alejandro III, por espíritu de clemencia, 
les permitió que restableciera sus antiguas sinagogas. De todos modos, 
mejor era para los judíos llevar vestiduras amarillas, como ordenaba una 
bula (6), que subir á la hoguera, según prescribía un edicto de Constan- 



(1) Decisión del Gran Rabino, de 2 de marzo de 1807, que recuerda esta prescripción. 

(2) Cod. civ., ti 16, n32. 

(3) Leyes de 28 de enero y 20 de julio de 1790, y 27 de septiembre de 1791. 

(4) De Judxis. Dr. can. iMigne. 

(5) Cwn daodecim solidis. 

(6) Paulo IV. 



LIBRO SÉPTIMO 155 

tino para el caso deque ultrajasen al Cristianismo: ya hemos hecho obser- 
var varias veces que el poder secular era á menudo menos tolerante que 
el eclesiástico (i). 

Esto nos mueve á retroceder para señalar algunas particularidades del 
Talmud (2) á propósito de la propiedad privada. 

En las legislaciones, el pago, la entrega y el apoderamiento no furtivo 
del objeto comprado son manifestaciones inequívocas del derecho sobre 
la cosa. La ley rabínica ha admitido que la venta se ratificarla por el cam- 
bio de lugar ó aprehensión de la mercancía (3): así, el hecho de coger el 
cabestro ó las riendas del animal que se compra basta teóricamente para 
hacer irrevocable la venta y transmitir la propiedad; pero si se trata de un 
animal errante, es decir, de un animal cuyo dueño es desconocido, los 
doctores talmúdicos entienden que para hacerse propietario de él es pre- 
ciso «hacerlo andar,» pues la toma de posesión no resulta suficiente de la 
simple acción de coger las riendas ó los arneses (4). 

Por otra parte, si un objeto no tiene propietario conocido, pertenece 
de derecho, según el Talmud, al que se encuentra colocado en un radio de 
cuatro anas: esta ley, añaden los intérpretes, no es aplicable «en las calles 
muy frecuentadas en donde los transeúntes están de tal modo apretados 
unos contra otros, que no se puede conceder á cada uno un radio igual á 
cuatro anas (5).» Es evidente que no cabe invocar la ficción cuando se 
trata de un objeto perdido entre una muchedumbre, porque en tal caso 
podrían encontrarse veinte personas, y aún más, con derecho á reivindi- 
car simultáneamente la presunción de propiedad en favor suyo. 

Además del derecho de vida y muerte, ejercitóse antiguamente, al pa- 
recer, en varios países, como Noruega, Turquía é Italia, otro tal vez más 
horrible, ó sea el de cortar un pedazo de la carne del cuerpo del deudor, 
que admitía la ley de los decenviros; así, en un fragmento del Derecho 
consuetudinario noruego se lee la siguiente disposición, cuya traducción 
textual ha hecho Grimm: «Cuando aquel á quien se debe vea que su deu- 
dor se niega á trabajar á título de compensación, y nadie quiera interve- 
nir para pagar, tendrá el derecho de cortar en el cuerpo del deudor lo que 
quiera.» 

En los decretos dictados por antiguos soberanos de Turquía se dicta- 
ban penas «-contra los acreedores que cortaran carne viva en mayor canti- 
dad de onzas de la convenida.» Esta última frase da claramente á enten- 
der que en el momento del préstamo, el que necesitaba dinero estipulaba 
la cantidad de carne cuya ablación eventual aceptaba y que era proporcio- 
nal á la suma que se le prestaba. En otros términos: hipotecaba una pe- 



(1) Véase Dr. can., loe. cit. Cod. Theod., XVI, titulo 8, núm. i. 

(2) Compilación de las interpretaciones dadas á la ley de Moisés por los rabinos. 

{'i) La acción simbólica de mudar de sitio la mercancía ó de atraerla hacia si se llama 
Meschikhah. 

(4) Rabbinowicz, 3, XIX. 

(5) Loe. cit. 



15^ HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

quena parte de su cuerpo á favor del que habría podido darle muerte. 

Lo mismo sucedía en Italia: el contrato intervenido determinaba el peso 
de la carne humana afecto á la garantía del pago. 

Shakespeare alude á esta costumbre en su obra El mercader de Fenecía: 
un judío llamado Shyloch había consentido en prestar sin interés una suma 
á un tal Antonio, con la condición de que si á su vencimiento no era 
reembolsada la deuda, el acreedor estaba autorizado para cortar del cuerpo 
de Antonio una tira de carne de un peso determinado. Transcurrido el 
plazo sin que el deudor hubiese podido pagar, Shyloch, provisto de su do- 
cumento, se niega á recibir ninguna otra compensación y quiere vengarse 
exigiendo el cumplimiento literal del contrato firmado. El tribunal, en su 
deseo de encontrar un expediente que le permitiera no aplicar estricta- 
mente aquella cláusula bárbara, consultó con un sabio jurisconsulto de 
Padua llamado Bellario, por cuyo consejo, é interpretando á su vez judai- 
camente el texto del escrito, dictó el siguiente fallo: 

«Judío, una libra de carne de ese mercader te pertenece; la ley te la da 
y el tribunal, en su consecuencia, te la adjudica. Además, también según 
los términos de tu billete, has de cortar esa carne de Antonio; la ley lo 
permite y el tribunal te lo otorga. Sin embargo, ese documento que te 
concede una libra de carne, no te concede ni una gota de sangre: los tér- 
minos son asimismo formales. Toma, pues, lo que te es debido, ó sea una 
libra de carne, pero si al cortarla derramas una sola gota de sangre cristia- 
na, las leyes de Venecia autorizan la confiscación de tus bienes en prove- 
cho de la República; y además, si cortas más ó menos de la carne que te 
es debida, te condenamos á muerte.» 

En la Europa moderna, Rusia es la nación en donde encontramos or- 
ganizada de un modo más particular la propiedad. Allí, la emancipación 
no confiere el mujik un derecho hereditario sobre la tierra que posee; 
exceptuando su cabana (i%ba) y el pequeño jardín contiguo (usadba), no 
es en realidad más que un usufructuario, pues el fundo pertenece á la mu- 
nicipalidad ó mir (1). A consecuencia de este comunismo relativo, el 
mujik no solamente no tiene más que el usufructo, sino que ni siquiera 
está seguro de disfrutar de él durante toda su vida, puesto que el régimen 
rural de Rusia admite repartos periódicos del suelo en épocas determina- 
das, siendo esta distribución ampliada ó restringida, según sea la compo- 
sición de la familia en aquella época y sobre todo según sea el número de 
los hijos. Y como la municipalidad rusa, al distribuir el territorio, no da 
á sus miembros ventajas pecuniarias, ni ganado, ni instrumentos de traba- 
jo, son muchos los aldeanos que no poseen ninguna parcela: unos han 
renunciado á sus campos, que estaban demasiado distantes de sus vivien- 
das ó eran de una aridez espantosa; otros carecían de aperos para cultivar- 

(1) Ciertos sistemas de propiedad recuerdan el mir ruso; así podemos citar la dessa de 
Java, las tierras arch de la Argelia, los allemenden de Suiza y de algunas regiones de 
Alemania. 



LIBRO SÉPTIMO 157 

la, y otros finalmente prefirieron «vender su alma,) según dicen los rusos, 
ó sea la parte que les corresponde á fin de procurarse algunos rublos. 

Desde el punto de vista de los repartos, el mir se preocupa no tanto 
de las necesidades del individuo como del número de brazos de que dis- 
pone: «Así, Iván Fedotof, por ejemplo, recibirá este año un lote ó un 
medio lote masque en el anterior, porque sus hijos crecen y su familia es 
capaz de extender el cultivo. En cambio, la casa de su primo Vassili reci- 
birá un lote ó un medio lote menos, porque siendo viejo el jefe de la ex- 
plotación no está en condiciones de proporcionar el mismo trabajo que 
antaño.» 

Algunas municipalidades rusas tienen tierras aparte á fin de dar su 
prima á los recién llegados; pero están amenazadas de ver desaparecer en 
breve plazo todas sus reservas á consecuencia de la densidad creciente de 
la población. 

La supresión de la comunidad en las aldeas rusas no parece ser cosa 
próxima, pues muchos mujiks temen que en un reparto definitivo les toque 
un campo malo que ya no podrían cambiar al verificarse otro sorteo. 

Nuestras leyes francesas no han limitado la superficie que puede ser 
objeto de una venta inmobiliaria; pero en otro tiempo, por lo menos en 
algunas legislaciones consuetudinarias, la enajenación, para ser regular, 
había de referirse á una superficie apreciable, cuyo mínimo era el terreno 
suficiente para colocar uin asiento de tres pies)) en el que podía sentarse el 
nuevo propietario. 

Según una antiquísima usanza alemana, la medida del más pequeño 
premio había de ser á lo menos la de una cuna de niño con el sitio necesa- 
rio para el escabel de la encargada de mecer al infante. 

Casi es la misma medida de un ataúd... 

Ciertas costumbres relativas á la propiedad musulmana merecen ser 
conocidas. El que se propone construir una casa empieza por comprar 
un carnero, al que se da muerte en el sitio en donde ha de levantarse 
el nuevo edificio, vertiendo la sangre en tierra (i). Este sacrificio de un 
animal ha substituido, según parece, á la antigua costumbre egipcia de 
matar esclavos en semejantes circunstancias; se creía que la sangre derra- 
mada sobre los cimientos los fortalecía y hacía indestructibles, pues se 
consideraba que el «espíritu» de la víctima los defendía contra los genios 
maléficos. 

El musulmán, después de haberse comido el carnero, cava el suelo y 
la primera paletada de tierra es para el arbusto preservativo de todo acci- 
dente que los albañiles no se olvidan de llevar y que será cuidado y rega- 
do mientras dure el trabajo. Una vez terminado el edificio y en condicio- 
nes de ser habitado por el propietario, se cuelga encima de la puerta una 
planta carnosa; si ésta se seca pronto, ¡ay de la casa!, ¡ay de la familia que 



(i) Misión de Saint-Pierre de Zifté (Egipto). 



158 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en ella viva! Pero mientras se mantenga verde, nada habrá que temer. 
El mismo misionero de quien tomamos los anteriores datos nos expli- 
ca que los árabes tienen también la costumbre de arrojar algunas monedas 
de escaso valor en los cimientos á fin de que el propietario se haga rico. 
«Los obreros, escribe el R. P. Barón, no quisieron comenzar á trabajar 
en nuestras construcciones de Zifté sin confiar á la tierra algunas monedas 
de plata, según la usanza del país exige. Cuando edificábamos nuestra pe- 
queña iglesia de Zifté, los obreros árabes dieron cerca de nosotros un paso 
conmovedor: en efecto, así que estuvieron excavados los fundamentos, 
vinieron á encontrar al padre superior diciéndole: «Vais á levantar una 
mezquita al profeta Saidna-Aissa (Nuestro Señor Jesús). ¡Que su nombre 
sea bendecido por Mahoma! Pero no conviene que otra mano que la del 
sacerdote de Aissa ponga el primer ladrillo y haga la cruz. Tú sólo, oh 
sacerdote de los cristianos, pondrás el primer ladrillo y harás la primera 
cruz de honor de Saidna-Aissa, Jesucristo tu Señor, que es también uno 
de nuestros profeías; después trabajaremos.» Y todo acabó con un solemne 
Alah, en que prorrumpió todo el grupo (1). 

Existe en el Dahomey un procedimiento muy extraño para descubrir 
á un ladrón, por medio de un gallo fetiche, protector déla propiedad. Ca- 
da salam ó barrio está obligado á dar un gallo á los feticheres, quienes hacen 
tragar á estos animales una pócima especial; y el gallo que muere de re- 
sultas, indica el barrio en donde se esconde el criminal que se busca. Re- 
pítese la misma operación para todas las familias del salam designado hasta 
que por eliminación se llega á conocer la del culpable, y entonces se pro- 
cede de igual manera con los miembros de la casa, es decir, que cada uno 
de éstos ha de facilitar un gallo destinado á la prueba. De esta suerte el 
ladrón es descubierto infaliblemente, así lo afirman los indígenas, y en todo 
caso el castigo no se hace esperar (2). 

El hecho de fallecer dejando deudas es considerado en el Dahomey 
como un verdadero robo, y al deudor difunto se le castiga con la maldi- 
ción de su memoria, es decir, privándole de sepultura y ofreciéndolo alas 
gemonías. La familia, escribe M. J. Kervadec, se reúne «para cumplir el 
destino del muerto,» ceremonia que se verifica de noche: previamente se 
han plantado en el sitio consagrado cuatro grandes estacas que sostienen 
á i'8o metros del suelo una plataforma rectangular construida de bambúes; 
en esta plataforma se coloca el cadáver envuelto en uno ó dos taparrabos, 
con la cabeza ligeramente inclinada y cubierto con un lienzo blanco, he- 
cho lo cual los asistentes se alejan, dejando el cadáver expuesto á las hor- 
migas, á las moscas y á las aves. Una ley del país prohibe tocar las osa- 
mentas de los insolventes, y el fetichismo y la superstición dan á esta 
prohibición un carácter religioso. 

En Petit-Popo este osario está situado en una vasta planicie al Nor- 

(1) Miss. afric. de Lyón. 

(2) M. Courdioux, antiguo misionero en el Benin. 



LIBKO SÉPTIMO I 59 

oeste de la capital y presenta un aspecto extraño: aquí y allí aparecen di- 
seminados sin orden alguno los fúnebres armatostes, de los cuales los más 
recientes conservan todavía el velo blanco que flota al viento, y los más 
antiguos sólo dejan ver una mezcla informe de huesos y de montones de 
telas. La gente evita viajar por aquella llanura porque las emanaciones de 
los cadáveres últimamente depositados y la multitud de moscas que á su 
alrededor vuelan hacen que sea muy desagradable aproximarse á aquel lu- 
gar. Otras faltas, además de la insolvencia, se castigan igualmente con la 
privación de sepultura: los ultrajes inferidos á los fetiches y, en ciertas 
circunstancias, el homicidio (r). 

La ley china se muestra asimismo muy dura para con todo el que no 
paga sus deudas (2). El deudor que no salda su deuda es un verdadero 
estafador, según rezan las leyes chinas, pues debió de haber previsto que 
no podría pagar lo que adquiría ó que no se hallaría en condiciones de 
reembolsar los anticipos en dinero que le habían sido hechos. El deudor, 
tratado como bribón, es castigado además por haber cometido un abuso 
de confianza, pues se supone que detenta indebidamente el dinero de la 
deuda que no salda y que es un depósito del cual ha de responder. 

En el Extremo Oriente no se consienten los préstamos gratuitos, so- 
bre todo si son en dinero, sino que, por el contrario, los intereses son 
usurarios siempre, alcanzando la usura unas proporciones de que en Eu- 
ropa no podemos formarnos idea; y la ley se muestra tan implacable con 
los deudores como complaciente con los acreedores codiciosos. La tasa 
corriente del interés es allí de treinta y'seis por ciento al año, es decir, de 
tres por ciento al mes. Tres meses después del vencimiento, el deudor 
que no ha pagado á su acreedor es conducido ante el mandarín, el cual 
en el acto y sólo mediante la presentación del documento de crédito man- 
da apalearle. 

La ley es imperativa y gradúa las penas á tenor de una tarifa basada en 
el valor en dinero de la cosa debida. Los castigos impuestos son de tres 
clases, según que la deuda no llegue á cincuenta onzas de plata, ó no lle- 
gue á cien ó pase de cien. Siendo la onza de 3 1'^5 gramos, podemos va- 
luar esta medida en moneda francesa y darle, para mejor inteligencia del 
texto, un valor aproximado de siete francos. Hecha así la valuación, en- 
contramos la proporción siguiente; 

i.° Por una suma inferior á 350 francos, el deudor moroso de tres 
meses recibe por primera vez die^ palos, y si no ha pagado al mes siguiente, 
la pena se aumenta en un grado y así sucesivamente hasta el total pago. 
La pena llega hasta 40 palos. 

2. Por una suma superior á 350 francos, pero inferior á 700, el deu- 
dor moroso recibe por vez primera veinte palos, y por cada mes más la 
pena aumenta en un grado, cesando á los cincuenta palos. 

(1) M. J. Kervadec. 

(2) Tomamos algunos detalles de un estudio de M. Pablo d'Enjoy sobre los acreedores. 



1 60 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

3. Por una suma superior á 700 francos, el deudor moroso recibe 
treinta palos y por cada mes de retraso se aumenta en un grado la pena, 
que termina á los sesenta palos. 

Como se ve, el chino ha de tener buen cuidado en pagar sus deudas en 
la fecha estipulada. 

En China la propiedad no es del individuo, sino de la sociedad fami- 
liar en su colectividad, siendo los verdaderos dueños de los bienes los an- 
tepasados cuyos nombres figuran en el registro ó Kiapu. Cuando muere 
el padre, no se procede á la partición de la herencia, sino que, en virtud 
del derecho de primogenitura, el usufructo pasa sucesivamente de mano 
en mano recayendo siempre en el hijo mayor, y los beneficios del cultivo 
pertenecen á la colectividad. El jefe de familia chino es responsable de 
todo su grupo ante la ley; por lo mismo, puede castigar á sus hijos ó á 
sus hermanos y excluirlos de la familia borrándolos del registro, de manera 
que más adelante su hiten (alma) sea un espíritu errante y maléfico y que 
en vida no puedan fundar un hogar conforme á los ritos. Se trata, pues, 
de una verdadera excomunión doméstica. Sin embargo, al cabo de un 
cierto tiempo de indivisión, es necesario hacer adjudicaciones de propie- 
dad individual; y en este caso, una parte de la herencia, la parte de los 
difuntos (Jjong-boá), se entrega al primogénito para asegurar la continuación 
del culto de los muertos. 

En el Japón se marca álos ladrones convictos de haber robado cuaren- 
ta itzibus, es decir, cien francos al menos; pero en vez de emplear un hie- 
rro candente, el verdugo se sirve Se una especie de bisturí para practicar 
en el brazo una incisión en forma de cruz, en la cual infunde polvo de ta- 
tuar que hace indeleble la señal (1). El condenado permanece de rodillas 
apoyado en una empalizada que tiene una especie de ventanillo por donde 
aquél pasa el brazo; al otro lado, un cirujano opera cuidadosamente con 
la lanceta los cortes, ajustándose á los términos déla sentencia. El ladrón 
japonés que reincide sufre un número de incisiones proporcional á la im- 
portancia del robo cometido, y por consiguiente por tal ó cual cantidad de 
itzibus robados se le aplican otras tantas marcas que le señalan como cri- 
minal empedernido. Finalmente, cuando se trata de ladrones de profesión, 
las últimas incisiones se practican en la piel de la frente, sin que por esto 
queden dispensados del apaleamiento. Los criminales que han sido mar- 
cados más de veinticuatro veces son considerados incorregibles y se les 
condena á la pena capital. 

La flabelación, pena accesoria, se aplica según sean las fuerzas de quien 
la sufre; un médico asiste al suplicio, y tomando el pulso del paciente, de- 
termina la duración de los golpes y manda que cesen éstos cuando lo juz- 
ga necesario. 

De algunos años á esta parte, varios ingeniosos industriales, deseosos 

(1) M. B. Asher. 



LIBRO SÉPTIMO l6l 

de economizar sus gastos generales, han tenido la idea de instalar en los si- 
tios públicos distribuidores automáticos para la venta de artículos de per- 
fumería ó de golosinas; pues bien, los negros han inventado un sistema 
análogo poniendo ciertas mercancías bajo la protección de los Espíritus, y 
entienden que quien se las llevara sin dejar el precio, cometería, más que 
un robo, un verdadero sacrilegio. 

En Guinea y en otras partes, escribe un misionero (i), se encuentran 
depositados al borde de los caminos más frecuentados objetos usuales ó 
comestibles con una señal que indica el precio de los mismos. El vende- 
dor deja allí su mercancía completamente segura, porque al lado ha teni- 
do buen cuidado de colocar un fetiche encargado de custodiarla; llevársela sin 
dejar la cantidad designada, sería atraer sobre sí una terrible maldición. 
Esta costumbre tiene no pocas ventajas para el vendedor y para los tran- 
seúntes, y ningún negro se atrevería á apropiarse, sin pagarlo, el objeto 
que había adquirido el carácter de sagrado. 

Terminemos con un detalle poco vulgar. Ahorcar á un hombre por 
haber robado un pedacito de tocino es ciertamente una represión singular- 
mente desproporcionada al delito cometido; y sin embargo, se ha dado este 
caso en las condiciones siguientes. Al extremo Noroeste de América corre 
el Klondyke cuyas arenas arrastran fragmentos auríferos arrancados délas 
rocas de sus orillas, lo cual ha sido causa de que algunos buscadores de 
oro se establecieran junto á este nuevo Pactólo. En aquella región, apar- 
tada de toda organización social, los emigrantes se dividieron en grupos 
de treinta á cincuenta individuos que, para garantizar la seguridad de los 
bienes de cada uno y del patrimonio común, confirieron á tres delegados 
una especie de soberanía por nadie discutida y se sometieron todos volun- 
tariamente á una disciplina rigurosa en interés general. El aislamiento, la 
imposibilidad de proveerse de vituallas, la dificultad de encontrar produc- 
tos de repuesto, les impusieron este régimen como una necesidad imperio- 
sa. Cierto día uno de los emigrantes establecidos á orillas del lago Bennet, 
Alberto Davis, advirtió que de sus provisiones había desaparecido un poco 
de tocino, y procediendo á un minucioso registro, descubrióse en el saco 
de un tal Martín el objeto robado en el que aún se veían, bien que en par- 
te desfiguradas, las iniciales de Davis. Constituyóse un tribunal bajo la pre- 
sidencia del jefe Hogán y ante él declaró el robado que la privación de su 
tocino era, en realidad, cosa de mínima importancia, pero que el principio 
del estricto respeto de la propiedad exigía una represión ejemplar. El Co- 
mité de justicia, después de deliberar y votar, condenó al autor del hurto 
á ser linchado acto continuo, resolución que fué acompañada de un docu- 
mento firmado por Juan Hogán, Bernardo Giers y Guillermo Baker, y di- 
rigido «á todos aquellos á quienes esto pueda interesar,» cuyos conside- 
randos decían: «La presente tiene por objeto dar fe de que hemos ahorcado 



(i) R. P. Baudin, loe. cit. 
Tomo III 



l62 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

á Guillermo G. Martín para hacernos justicia á nosotros y á todos los que 
hacen el viaje del Klondyke. Ha sido convicto de robo y debidamente con- 
denado á tenor de procedimientos regulares. ¡Considérese nuestra situa- 
ción al vernos despojados por el robo, cuando apenas tenemos lo preciso 
para llenar las más indispensables necesidades! Habíamos de ser nuestros 
propios jueces y de adoptar las medidas eficaces, de conformidad con toda 
la posible justicia, para evitar el contagio del mal. Por esto nos hemos pre- 
cavido contra el robo y esperamos que nuestra conducta será aprobada por 
las gentes honradas y que servirá de advertencia en el Klondyke á todos 
los ladrones.» 

Habíase dispuesto en un árbol un nudo corredizo que pendía sobre la 
cabeza del desgraciado Martín, el cual trató de enternecer á sus jueces ha- 
blándoles de su mujer y de su hijo y ofreciendo ceder todo cuanto ha- 
bía ganado hasta entonces. ((¡Basta!, exclamó el jefe interrumpiéndole. 
Vuestro stuff no puede redimiros. Habéis robado, y no queremos saber 
más.» Martín quitóse un zapato, y utilizando su suela como un pupitre, 
escribió una carta de despedida á su familia, terminada la cual manifestó 
estar dispuesto. Atáronle las manos á la espalda y fué ahorcado en dos se- 
gundos. «Compañeros, se ha hecho justicia; vamonos adormir,» dijo sen- 
cillamente Hogán por toda oración fúnebre. Y los buscadores de oro se 
marcharon silenciosamente á sus tiendas (i). 



(i) New York Freeman's Journal 



CAPITULO IV 

HISTORIA DE LAS PEQUEÑAS GANANCIAS POPULARES Ó FEUDALES 

Denominaciones vulgares del dinero: quibus, trébol, saint-frusquin, brasa... — Orígenes 
de la propina. — Qué se entendía por vino de criado (valet), vino de contrato, vino de 
mensajero, vino de despedida, vino de escribiente, vino de burgués, vino de hueste... — 
Kl vino de apuntamiento en Rusia; papel del estaroste. — Las especias de los litigantes 
de otro tiempo; grajeas y golosinas á los jueces. — Ordenanza de San Luis sobre los cin- 
co sueldos de especias para los magistrados. — Consignación de las grajeas y confituras 
en la escribanía; decreto de reglamentación de 14^7. — Ley de 1790, que prohibió la do- 
nación de las especias. — Los «pots-de-vin,» gaje masculino.— Los «alfileres,» gaje feme- 
nino. — Los alfileres y el vino de Borgoña. — Orígenes del «dinero de Dios:» el dinero y 
el Parlamento — Medida «rasa» y «vuelta del bastón:» etimología según Borel. — Prove- 
chos feudales: chienage (derecho de alimentación de los perros), pitlverage (derecho so- 
bre el polvo), boutcillage (derecho sobre las botellas), banalidad, peaje...— Paralelo entre 
los impuestos feudales y las actuales cargas. — La espigadura y el derecho de los pobres. 
Recuerdo de la ley mosaica: la gavilla olvidada, el olivo sacudido. — El derecho de espi- 
gadura v el papa Benedicto XIV — Decretos pontificios relativos á los campos de la Igle- 
sia. — «Untar la mano,» definición de Quitard. — El derecho de grasa (suile) en provecho 
de las iglesias: edicto de Clotario I . — « Tirer une carotte;» «Faire danser lause Ju pa- 
nier» (sisar); investigaciones etimológicas... 

Vamos á analizar la serie de pequeñas ganancias obtenidas sobre los 
bienes ajenos y justificadas por las circunstancias ó simplemente por un 
uso inmemorial. Esta clase de ganancias se conocen con los nombres más 
imprevistos y vanados, lo que no debe extrañarnos cuando vemos la inge- 
niosa pudibundez con que se evita pronunciar el vocablo brutal «dinero:» 
la cosa es ávidamente codiciada por todo el mundo, pero la palabra pare- 
ce que ofende los oídos y que hiere los labios. 

¿Dinero? ¿Quién lo quiere? ¿Quién lo busca? ¿Quién lo percibe?.. 
Nadie. Véase en prueba de ello: el empleado tiene su sueldo, el obrero su 
jornal, el criado su salario, el soldado su prest, el oficial su paga, el cate- 
drático su asignación, el médico sus honorarios, el funcionario su haber, el 
actor sus suplementos, el dependiente de una tienda su guelte (1), y el ren- 
tista sus rentas. También el pueblo emplea extrañas equivalencias, sinóni- 
mos raros del vocablo prestigioso que se finge ignorar: así el dinero será 
designado con estos nombres ordinarios, pero expresivos: «quibus, cebolla, 
trébol, brasa...,» que merecen algunas investigaciones etimológicas. No 
deben chocarnos ciertas vulgaridades de lenguaje, inevitables cuando se 
trata de un asunto de este género: Mme. Deshoulieres no vacila en hacer 



(i) Corrupción de la palabra alemana Geld, dinero. El dependiente que logra dar sa- 
lida á los «alguaciles» ú objetos pasados de moda tiene derecho á una parte de los benefi- 
cios, llamados guelte. 



164 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

entrar quibus en el siguiente verso: «Tu sais l'art d'employer noblement 
ton quibus.» Este ablativo quibus no es evidentemente otra cosa que la 
traducción latina de la antigua frase «tener de qué,» equivalente á tener 
dinero (1): «Qui a de quoy (de qué), est toujours honoré,» leemos en an- 
tiquísimas poesías francesas (2). 

También es sinónima de dinero la palabra oignon (cebolla), acerca de 
la cual opina un filólogo: «Oimos decir á la gente de los arrabales: «tie- 
ne cebolla,» hablando de un hombre que dispone de mucho dinero. Me 
inclino á creer que esta es una de esas metáforas atrevidas y refinadas que 
ha debido inventar el pueblo más ingenioso del mundo. En efecto, sien- 
do la cebolla una reunión de varias envolturas con la apariencia de un todo 
indivisible, el pueblo, con su natural viveza para percibir las relaciones, ha 
podido perfectamente asimilar aquella legumbre á las monedas que tam- 
bién se componen de fracciones.» Tal es la etimología que da M. C. Ni- 
sard, por más que la semejanza entre los objetos comparados sea muy dis- 
cutible. A falta de explicación más satisfactoria cabe preguntarse si la frase 
en cuestión podría ser una forma abreviada y condensada de este otro pro- 
verbio: «Estar cubierto como una cebolla,» es decir, llevar varias prendas 
de vestir sobrepuestas, camisa, chaleco, frac, paleto, que son como otros 
tantos «folículos» análogos á los que cubren el bulbo culinario de que tra- 
tamos. Esta etimología es verosímil si se observa que el pueblo designa 
comúnmente con el nombre de «cascara» toda prenda de ropa de encima, 
y así en los vocabularios del caló «tener una buena cascara» significa «lle- 
var un buen sobretodo.» 

La tradición popular ha atribuido siempre al trébol de cuatro hojas una 
virtud especial, como presagio de felicidad y de buena suerte (3), y esto 
ha bastado para que el nombre de esa planta haya sido una de las deno- 
minaciones familiares del dinero. En lenguaje vulgar, «tener trébol» sig- 
nifica ser rico. 

Con la palabra saint-frusquin se indican no sólo las monedas, sino tam- 
bién las ropas de uso ordinario, los trajes que constituyen el guardarropa 
necesario á una persona. El sentido del vocablo se encuentra tal vez en el 
nombre de fustaine, frustein ó futaine, especie de tela basta (4) con que se 
hacían antiguamente las blusas de los obreros y las mantas de los caballos. 
El famoso Vidocq emplea asimismo la palabra frusque para designar las 
prendas de vestir (5) que á veces son la única fortuna de los pobres. En 
cuanto al calificativo «saint» que precede al nombre «frusquin» no tiene 
valor alguno según M. Littré y no tiene más objeto que llamar la aten- 
ción como en esas denominaciones jocosas de santos imaginarios: «saint 
Lambin, sainte N'y touche...» 

( 1 ) La complainte de France, 1 568. 

{>.) Anc. poésies fr., ed. Janet. 

(3) La cartomancia define el as de trébol: signo de dinero y de alegría. 

(4) «Se quitó su fustaine» (Carta de remisión de 1458). 

(5) Voleurs, de Vidocq, 180. — Véase también Dict. d'argot, F. Michel. 



LIBRO SÉPTIMO I 65 

En los arrabales parisienses, los nombres del dinero que acabamos de 
citar han sido reemplazados por la palabra brasa: «tener brasa» significa 
tener con qué encender, calentar ó dar fuerza á la máquina. Por una inge- 
niosa metáfora análoga, los verbos «encender, alumbrar» se emplean en 
la acepción de dar dinero. Estos neologismos no carecen de espíritu crítico 
y se íundan en esta observación hija de la experiencia: las más de las ve- 
ces no veremos claro en nuestros asuntos si antes no damos dinero; de lo 
contrario faltaría en los autos un documento indispensable. 

Entre las pequeñas ganancias lícitas merece ocupar el primer lugar la 
propina. ¡La propina!, contribución más exasperante que odiosa, que nos 
entrega á merced de los asalariados de todas condiciones. ¿Recibís algún 
paquete en casa?, ¿tomáis un coche de punto?, ¿vais al restaurant ó al tea- 
tro?.. Pues estáis sometidos á la contribución forzosa de la propina ó vin 
du valet (vino del criado), como decían nuestros antepasados. Estos daban 
á beber el líquido; nosotros damos unas monedas para beber (i). De aquí 
que la historia de la propina no es otra que la de los pots-de-vin (gratifica- 
ciones), que en las diversas épocas y según los casos han llevado los nom- 
bres especiales que vamos á estudiar. 

Si nos remontamos á los germanos, vemos ya en las crónicas que en 
muchas circunstancias de la vida se debían á los servidores y empleados 
liberalidades en forma de vino, siendo curioso el hecho de que en todo 
tiempo la gratificación se ha dado no para comer, sino «para beber.» He- 
mos dicho que nuestros antepasados daban la propina con el nombre de 
«vino del criado» («.vin du valet»): «Quien encuentre un saco, tendrá el 
vino del criado.» (Cris de París.) No se crea, sin embargo, que la palabra 
«valet» (2) tuviera antiguamente el mismo significado que actualmente 
tiene, pues no sólo no se designaba con ella á un criado, sino que tenía un 
sentido elevado socialmente hablando, aplicándose á los hidalgos que des- 
empeñaban en la corte los cargos más estimados, y siendo varlet casi sinó- 
nimo de escudero, doncel ó paje. Era asimismo el título que adoptaban 
los nobles «cuando pretendían entrar en la Orden de Caballería que sus 
padres habían obtenido;» y antes de Francisco I los plebeyos no podían, 
sin incurrir en usurpación, atribuírsela cualidad de valets. Con el tiempo, 
la palabra acabó por no aplicarse más que á los criados. 

El complemento de precio, calificado antiguamente de vino del contra- 
to, representaba el pequeño festín en líquido ó en alimento que se consi- 
deraba que habían de darse los contratantes para celebrar «la memoria y la 
confirmación del contrato convenido.» Esta suma no figuraba en la cuen- 
ta de los derechos de venta á no ser que fuese excesiva. 

Según la antigua jurisprudencia, el litigante que ganaba un pleito ante 
una jurisdicción distinta de la de su residencia, «tenía el derecho de hacer 

\\) En francés, propina es pourboire,"quc traducido literalmente significa para beber. 
(N. del T.) 

(2) En valón, valet significa un soltero. La antigua forma es varlet. «Je vis tout droit 
vers moi marchant un varlet bel et advenant,» dice el Román déla Rose. 



1 66 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

incluir en la tasación de costas el vino del mensajero,» nombre con que se 
designaba la. indemnización concedida á los auxiliares que se suponía ha- 
bían sido empleados para preparar la instancia y seguir el pleito. Este vino 
se debía «por cada acto de procedimiento de que un procurador debe en- 
terar á su cliente (i)» y la ganancia realizada en esta forma equivalía á los 
gastos de correo. En cuanto al vino de despedida, era el último vaso que se 
servía á todo correo. 

En el Parlamento de París, el vino fué substituido por una cantidad 
«para cartas y documentos» que, según la tarifa de 23 de mayo de 1778, 
variaba entre doce y sesenta libras. 

El vino de escribiente era un beneficio establecido por el edicto del rey 
Carlos VIII de 1493 (2) en favor de los dependientes de las escribanías 
que escribían los despachos de los litigantes, beneficio «que las partes ha- 
bían de abonar por agradecimiento.» 

Finalmente, el vino de burgués lo percibían los concejales cuando un 
ciudadano ingresaba en la burguesía de una ciudad. 

En todo tiempo, uno de los deberes primordiales del hombre ha sido 
empuñar las armas en defensa del territorio de la patria, y á este deber 
«venía obligado todo vasallo á requirimiento de su señor;» y cuando el 
vasallo normando, por ejemplo, no podía prestar el «servicio de hues- 
te (3),» había de facilitar un hombre de armas ó pagar el precio del mis- 
mo, siendo además deudor del vino de hueste como suplemento. 

En la Histoire de la milice, de 1773, se dice que además del premio de 
enganche militar, que era de treinta libras, se daba á los soldados una pro- 
pina según fuese su estatura; esta propina era de cinco libras para los hom- 
bres de cinco pies y una pulgada, elevándose la proporción hasta veinti- 
cinco libras para los de cinco pies y cuatro pulgadas. 

En la época feudal había señores que tenían el derecho (4) de percibir 
de sus vasallos hasta diez y seis pintas de vino; en nuestros días, el im- 
puesto de los pots-de-vin permitiría á ciertos beneficiarios comprar el terre- 
no mismo de los viñedos más famosos. 

En Rusia, cuando se discute un contrato y se hace preciso llevar 
la cuestión por trámites de justicia, es costumbre muy general some- 
ter previamente el caso á un tribunal privado, denominado Tribunal de 
los Ancianos: esta jurisdicción particular desempeña un papel conciliador 
y se compone de hombres respetables y experimentados que dan su pare- 
cer antes de que el asunto tome un carácter contencioso (5). Cuando este 
tribunal familiar ha dictado su decisión en el conflicto que le ha sido so- 
metido, el vencedor indica la cantidad de vino mediante la cual con- 



(1) Rep.jurisp. Guyot, 549. 

(2) Art. 107 Gloss. de Lauriere. 

(3) De hostis, el enemigo. (Cout. de Normandie, 3j, 94... )• 

(4) Derecho de vino. 

(5) Estos jueces unas veces son elegidos y otras los designa el estaroste ó baile de la 
aldea. 



LIBRO SÉPTIMO l6j 

sentirá en transigir y en desistir de su reclamación; entonces, según refie- 
re M. Pachmann, profesor de la Universidad de San Petersburgo, el que- 
rellante interpela á su adversario diciéndole: ((Trae vino y que no sea del 
peor; lo pido á ¡a Justicia (i). » Los «Ancianos,» fieles en esto á su misión, 
insisten para que se llegue á una transacción aceptable; y el vencido, á su 
vez, pide á los jueces que intervengan á fin de que se reduzca en prove- 
cho suyo el precio del desistimiento, diciendo: «Disminuid el vino, An- 
cianos, por poco que sea.» Casi siempre las dos partes se ponen de acuer- 
do, y esta clase de vino de apuntamiento (2) queda reducido á un cuarto 
de vedro ó á medio vedro de aguardiente (3). Conseguido esto, se levan- 
ta acta y se trae inmediatamente el vino prometido que se reparten los 
jueces y el estaroste (4) como remuneración de los buenos servicios 
prestados. 

Antiguamente en Francia los magistrados ponentes tenían gajes co- 
nocidos con el nombre de especias. Estos magistrados cobraban emolumen- 
tos fijos; sin embargo, habíase introducido la costumbre de que el que 
ganaba un pleito enviara al juez confituras y grajeas, que entonces se llama- 
ban especias (5). De modo que las especias no eran el salario legal del 
juez, sino un pequeño regalo que, una vez terminados los debates, ofre- 
cía el vencedor al tribunal para demostrar su satisfacción; en este concep- 
to, podía enviarse una cantidad bastante importante de golosinas; en cam- 
bio el envío de una sola moneda estaba prohibido, á lo menos en un 
principio. «El que había ganado el pleito, dice Esteban Pasquier, entrega- 
ba á los jueces, como muestra de agradecimiento ó en acción de gracias, 
algunas especias, nombre con que nuestros antepasados designaban las 
confituras y las grajeas (6).» 

Aunque la pimienta estaba comprendida en la denominación de espe- 
cias, no se ofrecía nunca á los jueces; así el personaje Petit-Jean de los 
Plaideurs (Litigantes) se chancea diciendo: «No cesaba de pedirme sus espe- 
cias, y de buena íe corrí á la cocina en busca de la caja de la pimienta...» 

En una Ordenanza de San Luis vemos que los jueces no podían reci- 
bir más de cinco sueldos de especias por semana; Felipe el Hermoso fijó la 
cantidad de las mismas «en lo que el magistrado pudiese consumir diaria- 
mente en su casa sin malgastar.» Paulatinamente se introdujo la costum- 
bre de convertir las especias en dinero; así en 12 de marzo de 1369, «un 
litigante satisface veinte francos de oro por las especias de su pleito falla- 
do, cantidad que percibieron los dos ponentes;» y en 4 de julio de 1371 

(1) Dr. civil coutumier de la Russic, por Pachmann. 

(2) En lenguaje antiguo apuntar (appointer) á los litigantes significaba ordenar el de- 
pósito de los documentos ó la audición de testigos para iniciar la instancia. 

(3) Un vedro equivale á unos doce litros. 

(4) El viejo. 

(b) Los jurisconsultos las llamaban xenia, de xenium, donación, presente, ó también 
species. 

(6) Lauriere hace observar que antes del descubrimiento de las Indias occidentales se 
confitaba con especias porque el azúcar escaseaba mucho. Véase: Edit de Moulins, art. 14, 
de Luis XII, 1 5 12, de Carlos IX, i56o. 



1 68 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

un Consejero de París cobra seis francos de cada una de las partes por el 
informe que ha redactado, etc. 

Como sucedía con frecuencia que, una vez terminado el asunto, los 
jueces esperaban en vano las «confituras» porque el litigante vencedor en- 
contraba más cómodo olvidarse de enviarlas, el magistrado especiero (es 
decir, el ponente) acabó por exigir la consignación previa, negándose á 
llevar el pleito al registro mientras no se depositaran las especias (i). Un 
decreto de 1437 declara, sin embargo, que «el juez habrá de despachar 
forzosamente los asuntos de que está encargado, aun cuando no haya es- 
pecias;» pero este decreto fué letra muerta, pues los escribanos recibieron 
orden de retener los sacos que contenían las piezas del pleito y de no res- 
tituirlos sino mediante entrega de las tradicionales gratificaciones. 

Un litigante pobre no podía indudablemente escoger golosinas tan 
delicadas, tan refinadas como las que ofrecía su adversario rico; de aquí 
que el interés de la justicia y la independencia del magistrado hicieron 
necesaria la abolición de esta muestra de «gratitud:» una justicia que quie- 
re que se le den las gracias parece que quiere dar á entender que no hace 
sino otorgar favores y que tales favores pueden serle solicitados. Y las es- 
pecias bajo todas sus formas fueron radicalmente prohibidas hacia fines 
del siglo xvín para evitar una desigualdad lamentable y peligrosa entre 
los litigantes. 

Digamos algo de la ganancia conocida con el nombre de alfileres (2). 
Muchísimo tiempo hace que no se sacan de los zarzales los materiales tan 
necesarios para sujetar los adornos y los vestidos; en efecto, desde 1410I0S 
alfileres de metal substituyeron las espinas que usaba la gente pobre y los 
broches de marfil, de oro ó de plata que empleaban las mujeres ricas. 
Cuando en 1408 fué á Tours la corte de Carlos IV, un tirador de latón 
observó que aquellos broches desgarraban las telas y las manos de las da- 
mas cortesanas, y se dedicó á fabricar unos alfileres parecidos á los de 
nuestro tiempo. Su precio en Francia fué en un principio muy elevado, 
y hasta el reinado de Enrique VIII, en que Catalina Howard los introdu- 
jo, no fueron conocidos en Inglaterra. 

Durante mucho tiempo se designaron con el nombre de «alfileres» los 
regalos ofrecidos á una mujer que había prestado ciertos servicios gracias 
á sus relaciones ó á la influencia de su marido: cuando alguien no se atre- 
vía á comprar directamente la conciencia de un funcionario, enviaba alfi- 
leres á su esposa, medio más prudente y no menos eficaz. También se 
denominaban así las pensiones reales que antiguamente se pasaban á cier- 
tas damas ilustres: «Mme. d'Etampes percibía 500 libras de pensión para 



1) ...Doñee solvantur species. 

(2) Los alfileres, que actualmente constituyen uno de los más vulgares accesorios de 
tocador, fueron una rareza cuando reemplazaron la antigua /¡bula, que era basta é incó- 
moda; es, pues, de suponer que cuando se establecieron en Francia las primeras fábricas 
de alfileres, éstos fueron ofrecidos Irecuentemente como regalo. Hoy Francia exporta por 
600.000 francos anuales de este artículo. 



LIBRO SÉPTIMO I 69 

alfileres (r).» ¿Está por ventura tan distante la época en que se entregaba 
como expresión de gratitud un pañuelo de cachemira de la India alas da- 
mas que habían negociado felizmente un proyecto de matrimonio? 

Al presente sólo se da el nombre de «alfiler» (epinglé) á las gratifica- 
ciones de un cliente que, satisfecho de un trabajo ejecutado ó deseoso de 
estimular el celo y el buen gusto de los obreros, da ó promete al abaste- 
cedor, además del precio convenido, una cantidad para que la distribuya 
entre sus empleados. En provincias, esa palabra designa á veces simple- 
mente las arras; así en Borgoña el propietario da «alfileres» cuando ven- 
de el producto de su viña. 

Los rituales matrimoniales de la Edad media en Francia, en Inglaterra 
y en otras partes, indican que el novio debía colocar en el platillo de una 
balanza algunas monedas para los indigentes, variando la cantidad según 
fuese la fortuna de aquél. Este dinero, destinado á solemnizar el contrato 
y á afirmarlo jurídicamente, es una de las formas del dinero de Dios, pues 
«quien da á los pobres da á Dios,» como entonces se decía. De esta suer- 
te, el cielo era testigo del compromiso contraído y del pago á cuenta he- 
cho á Dios en la persona de los desgraciados como garantía de leal cum- 
plimiento. Lo propio se hacía para ratificar los contratos, pues el dinero 
de Dios participaba del carácter de las arras. Los fueros de Lilla (2) di- 
cen: «Si el comprador acostumbra dar al vendedor una pequeña moneda 
de plata, es para que sea distribuida entre los pobres en señal de que los 
contratantes están de acuerdo.» 

Otra ofrenda estaba reservada á los auxiliares de la justicia, tales como 
los escribanos, según resulta de un debate sostenido ante el Parlamento 
de París (3) por un litigante «que entregaba dinero de Dios á manos de 
un escribano.» En Francia el «dinero de Dios» ya no se da más que á los 
porteros y á los criados; pero puede ser legalmente una prueba directa de 
contratos celebrados. 

Oyese á menudo esta frase: «Ha percibido tal suma... sin contar le 
tour ñu báton (la vuelta del bastón), de la cual da Borel en sus Etimologies 
una explicación ridicula; y podemos calificarla así con tanto más motivo 
cuanto que el autor califica de la manera más descortés á quienes no com- 
partan su opinión. «El modo de escribir báton, dice, es viciosa en este caso 
aunque sea habitual: esta ortografía es una ortografía imbécil... No sede- 
be escribir báton, sino bastón, porque cuando se quiere conquistar á alquien 
interesándole en el negocio por medio de donativos ó promesas, se adop- 
ta un tono (ton) más bajo (bas)...y> ¡Tanto valdría afirmar que la ver- 
dadera ortografía de pantalón es «pend talón» (cuelga talón), porque esta 
prenda llega hasta el zapato! Otros suponen que podría haber en ello una 
alusión al «bastón de justicia,» es decir, á los gastos del proceso, accesorio 

(1) De Laborde, Emaux. 

(2) Arts 5o, 80, 81 , 92, 160; y en el título 5 de las donaciones. 

(3) i.- de abril de i386. 



170 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que se agrega á lo principal de las condenas pronunciadas. Pero ¿no podría 
ser aún más sencilla la explicación verdadera? Cuando se mide grano, ¿qué 
sucede generalmente? La medida colocada sobre una tela se llena por me- 
dio de paletadas lanzadas con más ó menos cuidado, y el vendedor ó un 
dependiente suyo pasa por el borde de aquélla un bastón á fin de regula- 
rizar el contenido llenando los huecos y haciendo caer el sobrante. Este 
pequeño exceso, cuidadosamente recogido, constituye habitualmente la 
ganancia del «medidor,» y esto basta, en nuestro concepto, para explicar 
el dicho que estudiamos. Así vemos que en los libros de empadronamiento 
antiquísimos el documento precisaba si la medida de grano se daría «rasa 
ó colmada,» lo que se expresaba por medio de las palabras «medida ra%e» 
ó «medida pelle. » En cuanto á la medida femé (golpeada), era la que se 
tasaba con un golpe de la parte plana de la pala á fin de apretar el grano. 
Para tenerla ra%e (rasa), bastaba la «vuelta del bastón.» Los derechos de 
muyage (1) y de pala, abolidos en 15 de marzo de 1790, y que se debían 
á algunos señores por la medición de los granos, se parecen mucho al an- 
terior beneficio, con la sola diferencia de que eran percibidos por el señor. 

Debemos citar algunos provechos feudales, distintos de las prestacio- 
nes de que ya hemos hablado, que venían á ser la compensación de las 
ventajas otorgadas á los villanos. En virtud del derecho de chiénage, el se- 
ñor podía obligar á sus terrazgueros á que alimentaran sus perros de caza. 
Este derecho, abolido en 15 de marzo de 1790, lleva en algunas Cartas el 
nombre de past dechiens (2). El pasnage ó pontaje era en Anjou y en otras 
partes la indemnización de «pastoreo» por las bellotas que los puercos se 
comían en los bosques, ó en otras palabras, «por los puercos en bellotera (3).» 
El pulverage (4) se percibía por el polvo que levantaban los rebaños al pasar 
por los caminos públicos. En virtud del nopsage, los señores tenían el de- 
recho de asistir á los banquetes de boda de sus vasallos, en compañía de un 
lebrel y dos perros, privilegio que conservaron varios decretos, mientras 
no fuese contrario á la moral (5). En los alrededores de Blois, de Mon- 
targis y en otros puntos, los terrazgueros estaban sometidos al «derecho 
de oubliage,)-) evidentemente para castigarlos por haber olvidado (oublie) su 
deuda, como dicen algunos autores (6). El sabio Lamiere combate en ab- 
soluto esta interpretación: las oublies son simplemente en su origen unas 
tortas de miel y harina escogida que se daban «en oblación» al castellano; 
posteriormente, el censo en oublies fué en muchos casos reemplazado «por 
la entrega de un capón» que había de llevar «en el pico un dou%ain (7).» 

Un libro entero necesitaríamos si hubiéramos de enumerarlas diversas 
prestaciones admitidas por el uso feudal. Merece, sin embargo, llamar la 

(1) El muyage, ó medición hecha en los mercados 

(2) De Lauriere, 129, Gloss.feod. 

(3) Loe. cit., art. 497. 

(4) Pulvis, polvo. 

(5) Laplace, Dict. des Fiefs 

(6) Citado por Lauriere, loe. cit., 354. 

(7) Loe. cit., 354. El dou^ain era una moneda pequeña que valía 12 dineros. 



LIBRO SÉPTIMO IJl 

atención el hecho de que si desde el punto de vista de las libertades pú- 
blicas y de la condición política, Francia se ha emancipado de las costum- 
bres feudales, desde el de las cargas personales el presente siglo se parece 
mucho a los pasados. Los nombres han cambiado, pero los antiguos im- 
puestos subsisten, sólo que en vez de pagarse al señor feudal se pagan al 
Estado. Así, el chienage ha sido abolido, pero se paga la «contribución so- 
bre los perros. » Ya no se satisface el pulverage por los daños causados en 
los caminos por el paso de los carneros; pero caballos y coches pagan para 
circular por las vías públicas, sin contar las prestaciones para los caminos 
vecinales. El estalonnage (i) de otro tiempo se denomina contraste; y los 
pontazgos y peajes de nuestros padres los pagan las compañías de coches ó 
se satisfacen en las taquillas de los ferrocarriles. El estallage ó establage que 
se pagaba por poner géneros á la venta, se ha convertido en «patente y 
derechos de policía urbana.» La inscripción hipotecaria ha substituido, 
agravándolo, al derecho de eterlin. La gabela, es decir, los millones que 
anualmente pagamos por la sal, procede directamente de la Edad media, 
lo propio que el privilegio de mostrencos, mantenido en provecho del Es- 
tado (2). Los antiguos impuestos sobre los líquidos, cellerage (cilleraje ó 
derecho sobre el vino cuando estaba en el lugar), bouteillage (botellaje ó 
derecho cobrado por el vino vendido) y vinage, tienen sus equivalentes en 
los múltiples «derechos de estanco» de los líquidos alcohólicos, que im- 
portan todos los años una cifra colosal. El impuesto de candela encendida 
reaparece en las ventas judiciales que se denominan «sur dernier feu.» Ac- 
tualmente estamos dispensados de enviar especias al juez, pero en substitu- 
ción de éstas se pagan enormes derechos de escribanía. Ya no se «evange- 
liza el saco de los procuradores (3)» para remunerarles los trabajos hechos 
en un proceso, pero hay que satisfacer la cuenta de gastos de los procura- 
dores. El champart ó derecho de gavilla subsiste y se paga antes de levan- 
tar las cosechas. La ronda no se satisface directamente, pero con los fon- 
dos comunales se sostiene una policía local. 

Los mangeurs (4) de que hablan a menudo las sentencias del Parlamen- 
to fueron reemplazados por los garnisaires que, no hace aún muchos 
años, vivían en casa de los contribuyentes, como procedimiento de apre- 
mio fiscal. En cuanto al derecho de albergie (alojamiento) todavía exis- 
te, pues los aldeanos han de alojar á las tropas que pasan por el pueblo. 

El veto de vino (5) ó prohibición de comprar vino á otro que no fuese 
el señor del feudo, fué ciertamente abolido en 15 de marzo de 1790, y lo 



(i) u escanauíonnage. 

(2) Los mostrencos producen anualmente al Estado 14 millones, debiendo entenderse 
bajo esa denominación no sólo los restos de los buques, sino además todo bien vacante, 
por ejemplo, una sucesión sin heredero conocido. 

(3) Evangelizar un saco según su inventario era comprobar la declaración prestada 
por un testigo; por esto el Contador encargado del informe se llamaba evangelista. 

(4.) Llamados también gastenrs. «Poner mangeurs en una casan significaba enviar un 
guardia á las casas de los contribuyentes morosos. 
(5) Vinum vetitum, vino prohibido. 



iy2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

propio sucedió con el derecho de bannée que pagaba el vasallo para servir- 
se obligatoriamente del molino y de la prensa banales (1) ó para cocer su 
pan en el horno común, perteneciente al señor; pero el Estado francés se 
ha reservado gran número de privilegios, como el de la pólvora, el del 
papel sellado, el de los fósforos y el de las salinas. 

Algunos señores no permitían bailar sino mediante pago de una can- 
tidad; hoy están gravados con impuestos los billares y los naipes. Las 
prestaciones personales ¿no son acaso, como hemos demostrado, un re- 
cuerdo manifiesto de la antigua corvea? La aide d'hoste (ayuda de hues- 
:te) (2) era para el vasallo la obligación de empuñar las armas al ser re- 
querido por su señor; ahora el servicio militar obligatorio, sin sustitución, 
es ley general. Y si bien es verdad que no se paga por los molinos el de- 
recho de viento y que el ventanaje (3) feudal ha sido suprimido, en cam- 
bio, para disfrutar del aire y de la luz, ¿no se nos impone por ventura la 
contribución de «puertas y ventanas?» 

Ya hemos dicho antes que los impuestos, bautizados con nombres 
modernos, no son menos pesados que en lo antiguo para el contribuyen- 
te actual que, desollado y esquilmado, parece «pechable á capricho.» 
¡Ojalá que nuestros gobernantes comprendan la sabiduría del viejo pro- 
verbio: «El pródigo de hoy es el pobre de mañana!» 

Al hablar de los provechos populares, no podemos pasar en silencio la 
espigadura, ó sea la «gavilla de los pobres.» La Escritura nos dice queBooz, 
habiendo encontrado á Ruth que espigaba en su campo, dijo á sus sega- 
dores: «Aunque ella quiera segar con vosotros, no se lo estorbéis: y de 
vuestras gavillas echad de propósito algunas espigas y dejad que queden 
allí, para que las coja sin rubor y ninguno la reprenda cuando las escoja.» 
Nada más bello y más delicado que este lenguaje. 

También los papas intervinieron en varias circunstancias en interés de 
los indigentes, sobre todo para asegurarles el derecho de espigadura. Ci- 
temos, entre otros, dos decretos de Benedicto XIV (4). En el primero 
recuerda lo que el Señor ordenaba sobre el particular en la Antigua Ley: 
«La ley de Moisés, dice, comparada con la ley del Evangelio, es una ley 
de severidad y de temor; y sin embargo, en aquella ley terrorífica encon- 
tramos más humanidad para con los pobres que en ninguna otra legisla- 
ción puramente humana. En ella leemos, entre otras cosas: «Cuando sega- 
res las mieses en tu campo y dejares olvidada alguna gavilla, no volverás 
á tomarla, sino que dejarás que se la lleve el forastero y el huérfano y la 
viuda, para que te bendiga el Señor Dios tuyo en todas las obras de tus 
manos. Si cogieres el fruto de las olivas, no volverás á recoger lo que 
quedare en los árboles: sino que lo dejarás para el forastero, para el huer- 
to Banales, es decir, destinados á todos los vasallos. 

(2) O de ost, de hostis, enemigo. 

(3) El ventanaje comprendía también la facultad del señor de practicar ciertas abertu- 
ras en los bosques de sus vasallos para la conveniencia de sus cazas. 

(4) De 22 de mayo de 1 742 y de 1 7 de mayo de 1 j5 1 . 



LIBRO SÉPTIMO 1 73 

fano y para la viuda. — Cuando segares las mieses de tu campo, no cor- 
tarás hasta el suelo la superficie de la tierra: ni recogerás las espigas que 
se vayan quedando. Ni en tu viña recogerás los racimos ni los granos que 
se caigan, sino que los dejarás para que los recojan los pobres y los fo- 
rasteros. Yo el Señor Dios vuestro (i ).» El Papa termina recomendando 
á los obispos, á los amos y á los mismos reyes la ejecución de esta ley 
caritativa (2). Mas no habiendo sido atendida en todas partes esta ex- 
hortación, promulgó un segundo documento anunciando que sería per- 
mitido á los pobres espigar en todos los campos de los Estados durante die^ 
días, después de haber sido retiradas las gavillas, debiendo ser castigados 
los propietarios que á ello se opusieran con una multa de treinta escu- 
dos que debía distribuirse éntrelos indigentes de la localidad. 

Digamos algo, para terminar, acerca del derecho de grasa ó de <&suile» (3) 
al que se refiere la extraña locución «graisser la paite» (untar la mano). 
Quitard dice que ésta se aplica al hombre que se deja sobornar con un 
presente. En los tiempos en que se pagaba el impuesto de porqueriza, el 
deudor que quería captarse la benevolencia del comisario diezmero, le en- 
tregaba á la mano un trozo de la carne sometida al impuesto. El derecho 
de suile se remonta á una fecha muy remota, pues fué concedido alas igle- 
sias en 560 por un edicto de Gotario I; para cobrarlo mas cómodamente 
el cabildo de París mandó que la «Feria de los jamones» se celebrara 
cerca del atrio de Nuestra Señora, el martes de la Semana Santa. Como 
en aquellos tiempos se observaba generalmente la ley de abstinencia, po- 
díase permitir sin inconveniente que se anticipara «la venta de provisiones 
grasas» para la fiesta de Pascua. 

Se ha supuesto que un censo de zanahorias había motivado esta otra 
locución no menos popular: «sacar una zanahoria,» para expresar que se 
ha sonsacado á alguien una cosa que no quería dar. El supuesto origen de 
esta frase sería, al parecer, el siguiente: en el siglo xvi, los carmañolen- 
ses (4) se vieron abrumados por los impuestos que sobre ellos hacía pesar 
el legado del señor de Saboya, como entonces se decía. Uno de los artícu- 
los más gravados habían sido las zanahorias, pero en vista del descontento 
general el gobernador declaró que aceptaría como pago en especies dos za- 
nahorias que sus gentes tomarían de cada gavilla; sin embargo, el pueblo 
no quiso dejarse «sacar zanahorias,» se sublevó, y adoptando como contra- 
seña una pértiga adornada con zanahorias, saqueó la ciudad y sus alrededo- 
res. Otra etimología pretende establecer una relación entre aquella frase 
y la costumbre de los contrabandistas de traficar con polvo de tabaco (5). 

Finalmente, pocas locuciones hay más conocidas y de significación más 



(1) Deitter. XXIV, 19, 20; Levit. XIX, 9, 10. 

(2) El legislador había permitido en 2 de noviembre de i5?2 la espigadura: i.°, á Ios- 
niños; 2. , á los valetudinarios; 3. , á los viejos. 

(3) Del latín suile, pocilga. 

(4) Carmagnola, provincia italiana, cerca de Turín. 

(5) En íxance's, carotte de tabac. Carotte significa también zanahoria. 



174 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

formal que ésta: «faire danser l'anse du panier» (sisar), para designar los be- 
neficios que sacan los cocineros y las cocineras sobre el producto de sus 
adquisiciones en el mercado; lo que no es tan claro es el origen de esta 
expresión trivial. En 1636 ya se empleaba bajo esta forma «gouverner l'an- 
se du panier (1).» En un libro antiguo, cierto autor habla de ciertas cria- 
das que iban muy elegantes, 

«Et qui pour soutemr l'eclat de leurs atours 
Sur l'anse du panier faisaient d' hábiles tours (2). 

(y que para sostener el esplendor de sus atavíos hacían hábiles combina- 
ciones con el asa de la cesta); es decir, que se procuraban algunas ganan- 
cias poniendo en la cuenta precios exagerados. En efecto, el propio citado 
autor dice en otro pasaje: 

«Sur chaqué fourniture, il voits revient un droit; 
Rótisseur, epicier, chaudelier, tout vous doit: 
De por i er le panier ne soyeipas honteusc, 
Et faites-vous payer le droit de la pórtense.» 

(Sobre cada provisión os corresponde un derecho; el que vende asados, el 
droguero, el candelero, todos os deben: no os dé vergüenza llevar la ces- 
ta, y haceos pagar el derecho de la que la lleva.) 

¿Hemos de admitir con ciertos filólogos que la criada cogida en falta 
explicaba con frecuencia la falta de provisiones diciendo que las había per- 
dido agitando, «haciendo bailar el asa de la cesta» (en faisant danser l'anse 
du panier)} Preciso es reconocer que los cocineros han sido en todo tiempo 
considerados como unos bribones, hasta el punto de que la palabra uo- 
quin)) (bribón) proviene indudablemente del vocablo del bajo latín coquinus, 
derivado de coquus, cocinero. En concepto de Plauto, cocinero es tan sinó- 
nimo de ladrón, que forum furinum (3) ó forum coquinnm (4) (plaza bribo- 
na ó plaza de los cocineros) le parecen denominaciones en absoluto equi- 
valentes (5). 

(1) «Desde que no gobierno el anse du panier no gano para hacerme remendar los za- 
.patos.» 

(2) La mallóte des cuisiniéres. 

(3) Fur, ladrón. 

(4' Coquinus. . de cocinero. 

(5) El etimologista Diez hace derivar coquin (bribón) de coq (gallo) (":). 



CAPITULO V 

CURIOSIDADES HISTÓRICAS Y JUDICIALES RELATIVAS AL ROBO 

El robo entre los chinos hace dos mil años.— Cómo castigaba la ley á los Príncipes ladro- 
nes.— El derecho indo y el robo.— Lo que se permite tomar al viajero pobre.— Pie de 
perro y ladrones.— Sanciones decretadas contra los que desbalijaban á mujeres ó á brac- 
manes.— Latrocinios expiados por medio de la absorción de los cinco productos de la 
vaca.— Creencias indas relativas á las uñas de los ladrones.— ;Cuál es la suerte reservada 
al ladrón de pañí— El roboentre los egipcios.— Información judicial en caso de robo mil 
cuatrocientos años antes de nuestra era.— Ciudad destinada á los ladrones según Diodo- 
ro de Sicilia.— El robo entre los hebreos; penas en caso de robo de un ser humano. 
Cómo pagaba el ladrón insolvente.— Sacrificio expiatorio impuesto al culpable.— El robo 
de los objetos sagrados. — El dios de los ladrones entre los griegos.— El robo de las ter- 
neras de Apolo.— Relatos de Homero sobre los dioses ladrones.— Opinión de Platón. — Pi- 
llos ilustres y latrociniostolerados.— Los ladrones respetados según Isócrates.— Dracón, 
Demóstenes y la legislación sobre el robo— Castigos délos ladrones de vestidos.— El co- 
legio de los once en Atenas y los malhechores.— El robo entre los romanos: la ley de las 
XII Tablas. —Cómo el robo era causa de esclavitud— El que vendía esclavos ;salia fiador 
de la probidad de éstos.'— Gravedad del robo cometido en los baños. -Suerte de los la- 
drones sacrilegos.— Apéndice.— Robo por falsificación. 

La noción de la propiedad y la necesidad de sancionar el respeto á la 
cosa ajena constituyen el verdadero fundamento de toda sociedad, por im- 
perfecta que sea. El deber de justicia natural que quiere que respetemos la 
vida y la persona del prójimo impone la misma reserva respecto de sus 
bienes, porque la voz que dijo: «Ño matarás,» dijo con igual autoridad y 
con la misma claridad: «No robarás.» 

En verdad que nada hay tan brutal, en concepto de origen de propie- 
dad, como la adquisición por las armas en forma de botín; sin embargo, 
aun en este caso la necesidad de asegurar á cada cual la parte que se había 
tomado ó que le había sido adjudicada, exigió la intervención de los jefes 
para garantizar la posesión á aquellos á quienes había sido concedida. 

La historia antigua de la China nos enseña que la pena usual contra 
los ladrones consistía en romperles las piernas, si el daño era grande; en 
otro caso, el castigo se limitaba á la amputación de los dos pies ó de uno 
solo. Por los simples fraudes ó latrocinios vulgares, se cortaba la nari^ al 
culpable, el cual, como se comprenderá, era por esta circunstancia, en lo 
sucesivo, objeto de desconfianza para todo el mundo. Como el número de 
los así mutilados era considerable, pensóse en utilizarlos empleándolos, 
según dice el Tcheu-li, en la vigilancia de los parques chinos ó de los 
puertos del Estado (i). El chino que encuentra un ladrón en su casa está 



(i) Andreozzi, pág. ii.— Tchcu-li, XXX Vil, tomo II, pág. 370. 



I76 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

autorizado para matarlo allí mismo; y cuando en un mercado se comete 
una tentativa de robo, el inspector manda apalear en público al delincuen- 
te para aterrorizar álos que se sintieran inclinados á imitarle (1). 

Un hecho, entre muchos que podríamos citar, indicará cuan invetera- 
da debía estar entre los chinos la costumbre del robo y cuan necesario 
era reprimirla: en efecto, allí se prevé el caso de una sustracción cometi- 
da «por un príncipe hereditario,» y se declara que si es imposible castigar 
personalmente al príncipe, se castigará en su lugar á su profesor ó á su ayo, 
considerándolos como responsables de la mala educación del niño confia- 
do á sus cuidados. Y el autor cita, en efecto, el caso de un preceptor á 
quien se le cortó la nciri~ y se le quitó la piel de la frente en castigo de un 
latrocinio cometido por su regio alumno. 

Barthelemy Saint-Hilaire, al reproducir un sermón de Buda, cita el 
siguiente principio indo: «La ley sagrada de la propiedad queda violada 
desde que alguien se atribuye indebidamente la menor cosa perteneciente 
á otro, aunque no sea más que una simple brizna de algodón (2). — Todo 
rey que por indolencia ó debilidad no persiga á los ladrones será excluido 
de la mansión celeste por no haber protegido á sus subditos como lo exi- 
ge su deber de jete de Estado (3).» 

Cuando una cuadrilla de ladrones invade una aldea, todos los hombres 
útiles que no contribuyan á arrojar á los bandidos serán castigados con la 
pena de destierro por su cobardía. Defender los bienes de los demás es 
cosa tan meritoria á los ojos de los indos, que los mayores crímenes, inclu- 
so el asesinato, pueden ser perdonados si el culpable justifica haber inten- 
tado «tres veces por lo menos» recobrar el botín de los bandoleros. La in- 
violabilidad de la propiedad sufre, sin embargo, una excepción interesante 
en favor del viajero hambriento, al cual se le tolera que robe dos cañas de 
azúcar ó dos pequeñas raíces en el campo ajeno, sin por ello ser procesa- 
do (4). Esta inmunidad sería conmovedora si el permiso aprovechara á los 
desdichados de las clases inferiores que pueden verosímilmente sentir los 
tormentos del hambre (5); pero, por el contrario, se otorga únicamente á 
los miembros de las tres primeras clases que por su misma condición pare- 
cen más al abrigo de la necesidad que las otras; y el texto es terminante. 

En principio, se castiga cualquier atentado contra los bienes; pero el 
más vituperado de todos los robos es el que consiste en apropiarse el oro 
de un bracmán, en cual caso la ley deManú, que en este punto parece de- 
masiado confiada, manda al delincuente que se provea de un arma, de una 
maza ó de una jabalina puntiaguda ó de una barra de hierro, y poniéndo- 

(1) La severidad de las leyes contra el robo fué tal, dice la crónica, que nadie se atrevió 
siquiera á recoger los objetos perdidos para apropiárselos indebidamente. (Andreozzi, pá- 
gina 21. — The middle Kingdom, por S. \V. Williams, Nueva York, 1871, t. I, cap. VIII). 

(2) Journal des Savants, 187 1. 

(3) Lois de Manon, traducción de M. Loiseleur-Delonchamp, lib. VIL 

(4) Leyes de Manú. 

(b) Nuestros Libros Sagrados sólo consignan palabras de indulgencia en tavor del que 
tiene hambre: non grandjs culpa.. . esuriensfuratur. (Prov. Salom., VI, 3o, 3i). 



LIBRO SÉPTIMO I 77 

sela sobre los hombros, «corra á toda prisa (sic) adonde esté el rey, con 
los cabellos sueltos, le confiese su robo y le diga: ¡Castígame! (i).» La 
ley dice que no hay más medio para purificarse de este crimen espantoso, 
ora hiera el rey mortalmente al ladrón, ora se le antoje absolverlo sin cas- 
tigo alguno; y añade que si el arrepentimiento no impulsa al ladrón á ha- 
cerse inmolar por mano del rey, hipótesis que hace muy bien en prever, 
el monarca determinará entonces el castigo que habrá de imponérsele, y 
antes de que éste le sea aplicado, «el verdugo imprimirá el pie de un pe- 
rro en la trente del culpable.» 

La ley inda impone la pena de muerte contra los que desbalijen á mu- 
jeres, porque se supone que éstas están más expuestas que el hombre á de- 
jarse engañar; y del mismo modo aplícase este castigo, por la gravedad de 
la falta, á los que roban elefantes ó fuerzan las puertas de una capilla. Lo 
propio sucede con el delito flagrante (2). Además, resérvase un suplicio 
atroz para las depredaciones cometidas después de la puesta del sol: el que 
roba de noche, después de haber abierto brecha en una pared, «será em- 
palado en un dardo agudo y por añadidura se le cortarán las manos.» Un 
malhechor que se apodere de las vacas de un bracmán y «les agujeree las 
narices» sufrirá inmediatamente la amputación de «la mitad del pie dere- 
cho (3).» 

Al lado de extrañezas innegables encuéntranse en el antiguo derecho 
de los indos disposiciones muy sabias. Así por ejemplo, salvo lo que he- 
mos dicho acerca de los viajeros hambrientos, el legislador había estable- 
cido una progresión en las penas pecuniarias según la casta áque pertene- 
cía el ladrón, siendo más severa la represión del robo cuanto más elevada 
la jerarquía social del acusado. 

En otros muchos países sólo tiene probabilidades de quedar indemne, 
según parece, el que roba grandes cantidades... 

Entre los indos, la multa en que incurría un sudrat (4) era ocho veces 
mayor que la pena ordinaria del robo; la de un vaisya (comerciante), diez 
y seis; la de un militar (clase kchatrya), treinta y dos; y la de un bracmán, 
sesenta y cuatro. Además de las multas graduadas y de las penas corpo- 
rales que se imponían á los "delincuentes, la legislación inda, esencialmente 
religiosa, se preocupaba de la expiación del robo considerado «como pe- 
cado,» y á este efecto ordenaba ayunos y mortificaciones, según que el la- 
drón perteneciera á tal ó cual casta. Así, cuando un dwidja (5) se apode- 



(1) En el libro VIII de la ley de Manú se lee textualmente: «El que ha robado oro á un 
bracmán ha de llevar al Rey una maza... y confesar su acción...; muerto ó absuelto por 
él, el culpable es purificado.» El rey es juez único de la culpabilidad. 

(2) Leyes de Manú, lib. IX: el que es cogido en flagrante delito y provisto todavía de 
los «instrumentos de robo,» puede ser ejecutado inmediatamente. 

(3) Loe. cit., 'iib. 

(4) El empleado está más rigurosamente obligado que cualquiera otra persona á res- 
petar los objetos confiados á su custodia; de aquí que en nuestras leyes sea simplemente 
delito hurtar, por ejemplo, cien mil francos en títulos á un transeúnte y que, en cambio, se 
califique de crimen el robo doméstico, por insignificante que sea. 

(5) Se denominaban dwidjas los hombres de las tres primeras castas. 

Tomo III 12 



1 78 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

raba indebidamente de flores, raíces, de un lecho, de una silla, de un ve- 
hículo ó de alimentos, exceptuando en caso de viaje, la expiación religio- 
sa ó penitencia consistía en una ceremonia tan desagradable como extraña: 
«debía tratar y absorber las cinco cosas que produce la vaca, á saber: le- 
che, cuajada, manteca, orina y boñiga (1).» Citamos las palabras textua- 
les. Y á esto se le denominaba purificarse. Además de la expiación religio- 
sa y de las penalidades legales impuestas como sanción, el legislador indo 
anunciaba con precisión asaz temeraria los malos vengadores con que se 
verían castigados en este mundo los culpables: el que robara el tesoro de 
un sacerdote de Brahma padecería una cruel enfermedad de uñas; el que 
robara grano veríase atormentado por la dispepsia; el ladrón de vestidos se 
contaminaría de lepra blanca; el ladrón de caballos se volvería cojo, etc. 

Si algún bracmán, más que nadie obligado á dar el ejemplo, era bas- 
tante criminal para robar oro, incurría en la maldición de «pasar des- 
pués de su muerte mil veces sucesivamente en el cuerpo de las arañas, de 
las serpientes, de los camaleones y de los vampiros.» 

Finalmente, todo el que robara pan había de renacer en el otro mun- 
do bajo la forma de una rata y como tal contentarse con migajas para man- 
tener su miserable existencia. 

De todas estas creencias, pueriles desde cierto punto de vista, se des- 
prenden sentimientos de justicia natural y de expiación envueltos en una 
filosofía que, en resumen, entraña una enseñanza provechosa. 

En la legislación criminal de los kmeres (2) el robo era castigado no 
tanto en razón de la intención del culpable como por el perjuicio real- 
mente causado. Según el Cram-Pohul-tep, código que data de 1622 y 
hace referencia á leyes anteriores, el juez había de darse cuenta de si, por 
ejemplo, la gavilla robada era más ó menos madura, ó de si el rastro subs- 
traído era de grandes ó pequeñas dimensiones, siendo la multa dfc un bat 
(400 sapeques) por cada diente de rastro. Asimismo la apreciación del 
perjuicio se fundaba no en el valor intrínseco de la cosa, sino en el tiempo 
que debía emplearse para reparar las consecuencias del robo. Así por ejem- 
plo, el que robaba una simple clavija, necesaria para el funcionamiento 
de un arado, aunque éste estuviera deteriorado, era castigado por el juez 
mucho más severamente que si se hubiese apropiado de otra pieza del instru- 
mento, más íácil de substituir ó de reparar. Cuando el robo se había co- 
metido durante un incendio, ó merced al empleo de narcóticos, ó después 
de haber atravesado una corriente de agua á fin de despistar á la justicia, 
la pena señalada al delito simple sufría una agravación. 

t La tentativa de robo en Camboia es castigada con sesenta golpes de roten 
y tres años de prisión; además, el culpable ha de contraer por escrito el com- 
promiso de corregirse, pues el legislador ha considerado que cuando no se 

(1) Traite duvol, M. Desjardins, pág. 17 — Barthelemy Saint-Hilaire, Lois de Manon. 
2) Los kmeres, guerreros del Norte de la India, emigraron hacia el año 44:? antes de 
J. C. y fundaron el Camboia. 



LIBRO SÉPTIMO I 79 

ha consumado un delito, la promesa solemne de ser hombre honrado 
pueda bastar para volver al camino del bien á los que son susceptibles de 
enmienda. El robo de un esclavo es un doble delito, porque constituye un 
atentado contra la propiedad del dueño y contra la persona del siervo. El 
raptor es castigado con treinta á cuarenta y cinco golpes de roten, núme- 
ro que puede llegar hasta noventa si ha habido violencia. 

Los códigos kmeres prevén la hipótesis de que el camboiano esclavo 
sea su propio ladrón, es decir, que se escape de la casa de su amo: si el fu- 
gitivo es varón y su edad está comprendida entre los doce y los sesenta y 
cinco años, se le castiga con treinta golpes de roten; y si prolonga su fuga, 
agrava su situación porque debe á aquel de quien depende un fuong (se- 
senta sapeques de cinc) por cada día de ausencia. La mujer, en iguales 
circunstancias, se expone á veinticinco palos sin multa. 

Si hemos de dar crédito á Aulo Gelio (i), los antiguos egipcios tolera- 
ron el robo; sin embargo, tal afirmación parece poco verosímil, pues nin- 
guna sociedad puede organizarse sin sentar como base de sus instituciones 
el respeto á la cosa ajena, aun en el caso de haber habido en el origen vio- 
lencia ó depredación. Puede haber sido aquello verdad para ciertas cuadri- 
llas de ladrones bastante bien organizadas para desafiar la ley y obligar á 
las víctimas á pactar con ellas; pero, en derecho, el delito estaba previsto 
y castigado (2). Así lo afirman Herodoto y otros autores. 

La impotencia para reprimir no implica tolerancia del poder: ¿acaso 
muy recientemente en Italia los bandidos no trataban con sus cautivos 
como hubieran podido hacerlo entre sí verdaderos jefes de Estado? 

A. Desjardins, corroborando la declaración de Herodoto, presenta 
como prueba decisiva una información judicial practicada en Tebas en 
tiempo de uno de los Ramsés de la 20. a dinastía, información transcrita 
en un papiro que se remonta á 1400 años antes de la era cristiana (3) y 
según el cual cinco ladrones fueron condenados á muerte por decreto 
real. Y no sólo el legislador castigaba el robo cuando podía, sino que 
además imponía á todo el que hubiese sido testigo de un acto de falta de 
probidad la obligación de acudir en ayuda de la víctima, bajo pena de 
apaleamiento y de tres días de ayuno (4). 

El sucesor de Amasis, Actisane, quiso, según refiere también Diodoro 
de Sicilia, poner á los ciudadanos al abrigo del bandolerismo, á cual efec- 
to decidió que á los ladrones se les cortaría la nariz, lo que permitiría re- 
conocerlos á primera vista; además el condenado venía obligado á vivir 
en una ciudad construida expresa mente para residencia de los ladrones y lla- 
mada Rhinocolura (5). Como todos los que en esa ciudad habitaban sa- 
to Libro XI, cap. XVIII, 6. 

(2) El episodio de la copa de plata puesta por orden de José en el saco de Benjamín 
da á entender que la pena del robo podía ser la esclavitud. (Gen. XLIIl, 18). 

(3) Estudio sobre el papiro Abbot, por G. Maspero. 

(4) Diodoro de Sicilia. 

(5) Ciudad de las narices cortadas La antigua Rhinocolura es hoy El-Ansch, ciudad 
marítima de las fronteras de Siria. 



1 8o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

bían que estaban rodeados de bribones, cada cual evitaba ahorrar y sólo 
trabajaba lo indispensable para mantenerse, cambiando servicios por el 
alimento necesario á su subsistencia. 

Entre los hebreos, la pena impuesta al robo era, por lo general, una 
multa; por excepción, sin embargo, decreta la ley mosaica la pena de 
muerte contra el que habiéndose apoderado de un hombre por medio de 
la astucia, lo vendiera como esclavo (i). Comúnmente, la cuantía de la 
multa corresponde al doble, al cuadruplo ó al quíntuplo del valor del ob- 
jeto substraído. Es digno de observarse que el dinero es considerado como 
menos precioso que las ovejas y los bueyes; en efecto, el robo de alhajas 
ó de monedas implica sólo la penalidad del doble, al paso que la cifra es 
quíntuple si el robo consiste en ganado. El ladrón que se hallaba en la 
imposibilidad de restituir era puesto en venta á fin de saldar su deuda pa- 
gando con su cuerpo; y si no se presentaba nadie á comprarlo, caía en 
una esclavitud temporal en manos de su víctima, quien encontraba en ello 
una especie de reemboLo ó de compensación suficiente (2). Además de 
ia penalidad del orden civil, el Levítico prescribía un sacrificio de expia- 
ción: el ladrón, para ser perdonado, debía no solamente reparar el per- 
juicio causado, sino que también ofrecer en sacrificio un carnero sin man- 
cha (3). En cuanto al robo de las cosas sagradas, se castigaba con pena 
de muerte. 

La mitología griega, si no deificó, por lo menos glorificó el robo en 
la persona de Hermes (4), que llegó á ser el patrono oficial de toda la 
gente maleante de Grecia (5). Hermes, el más precoz de los ladrones, 
había robado, según refiere el himno homérico, los bueyes de Apolo la 
misma noche de su nacimiento... La falta de probidad del dios, dice el 
poeta, sublevó al Olimpo, y el culpable fué llevado ante el tribunal de 
Zeo, en donde defendió su causa con tanta habilidad y fortuna que logró 
ser perdonado, terminando el proceso con el cambio de los animales roba- 
dos por la cítara que acababa de inventar. Nada hemos de decir en contra 
de esta fábula, que es un mito como cualquier otro cuyo argumento ab- 
surdo se olvida pronto para no pensar más que en el encanto de los ver- 
sos en que va envuelto; pero lo que sí sorprende un poco es ver de qué 
manera, por lo general, relata y describe Homero las astucias, los ardides, 
los fraudes y los engaños de sus héroes sin formular crítica ni censura al- 
guna (6). En la escuela de Hermes formóse Atalyco, que se hizo famoso 
por sus latrocinios; el discípulo superó al maestro porque en su mala fe 
llegó al perjurio. Sin embargo, posteriormente y á propósito de la leyen- 

(1) Exod, XXI, 16; Deut. XXIV, 7. Véase Pastoret, cap. XXV, pág. iq5. 

(2) Al cabo de seis años, á lo sumo, el esclavo recobraba la libertad. (Éxodo, XX, 12; 
Deut., XV, 12; Jeremías, XXXIV, 14. 

(3) Levítico, VI, i--].— Números, V, 5-8 

(4) El nombre de Hermes es para los latinos Mercurius, de merx, irercancia.— Véase 
Hist. de la Grece, por de Sadous. 

(5) Diodoro de Sicilia. 

(6) También Hesiodo ha cantado las hazañas del ladrón de bueyes. 






LIBRO SÉPTIMO l8l 

da de Hermes, Platón quiso, al parecer, protestar contra la inmoralidad de 
tal doctrina excesivamente complaciente: «Que nadie, dice, se deje, pues, 
engañar por lo que dicen los poetas y los narradores y no vaya á admitir 
que el hurto y la rapiña no tienen nada de vergonzoso, porque con ello, 
al fin y al cabo, no se hace más que imitar á ios mismos dioses (i).» Y 
en efecto, ¡cual podía ser el sentimiento de probidad de un pueblo á quien 
se ofrecían como ejemplo semejantes divinidades! Así vemos que historia- 
dores y poetas, salvo raras excepciones, celebran á porfía los saqueos á 
que se entregan los héroes de la Grecia, Ayax, Aquiles, Menelao; y sabi- 
do es que Licurgo permitió á la juventud que cometiera hábiles robos de 
alimentos con tal que diera pruebas de destreza, de manera que cuando 
un niño era sorprendido robando, se le castigaba no por haber robado, 
sino por haberse dejado coger. Plutarco nos refiere que el muchacho tor- 
pe primeramente era azotado y luego condenado á un largo ayuno (2). 

A pesar de la indulgencia con que se trataba á los ladrones, es difícil 
admitir que Isócrates no exagera cuando asegura que cuanta menos pro- 
bidad se había demostrado desde niño, tanta mayor seguridad se tenía de 
obtener más adelante empleos superiores (3). Pero, de todos modos, esa 
tolerancia no podía durar y así ocurrió lo que ocurre siempre que un abu- 
so se generaliza, es decir, que se produjo una reacción violenta, y Dra- 
cón, cayendo en un exceso contrario, castigó con pena de muerte todos 
los robos sin distinción. Demóstenes refiere que la represión era mucho 
menos dura cuando el ladrón restituía el objeto, ó, por lo menos, cuando 
el propietario recobraba la posesión de la cosa; en cambio los jueces se 
mostraban mucho más rigurosos que para los delitos privados para los ro- 
bos cometidos en un sitio público, como por ejemplo en arenas ó gimna- 
sios. El que robaba vestidos era decapitado, y esta severidad, á primera 
vista exagerada, justificábase plenamente, según los comentaristas, porque 
el deseo de apropiarse de un vestido ajeno era de índole muy á propósito 
para sugerir la idea de dar muerte á aquel á quien se quería despojar. Esta 
explicación es razonable. 

El ciudadano que había sido víctima de un robo encontraba ayuda y 
protección para buscar al culpable en el Tribunal de los once, que era una 
especie de institución policíaca ó colegio de magistrados compuesto de diez 
ciudadanos que representaban á las diez tribus y de un escribiente cuyas 
funciones consistían en descubrir á los malhechores, especialmente á los 
ladrones, intentando las diligencias judiciales bajo su propia responsabili- 
dad y auxiliando á las víctimas con todos los medios de que disponían (4). 

(1) Platón, Leves, libro XII. 

(2) Plutarco, Vida de Licurgo, 36 y 3~. Todo el mundo conoce la historia de aquel 
joven lacedemonio que después de haber robado una zorra y de haberla ocultado debajo 
de su manto, prefirió dejarse lacerar el pecho que revelar su robo. 

('}) Fustel de Coulange, Mém. sur la propr. a Sparte.— Montesquieu, Esprit des 
Lois, XXIV, cap. XIII. 

(4) Droit public d'Athenes por M. Perrot. Los once tenían á sus órdenes un verdugo 
especial llamado «esclavo público.» 



1 82 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

En Roma, el hombre libre convicto de robo y cogido infraganti (i) 
pasaba á ser esclavo (2), después de haber sido fustigado públicamente; 
el esclavo ladrón era primeramente azotado con varas y luego precipitado 
desde lo alto de una roca. Tan común llegó á ser este vicio entre las gen- 
tes de baja condición que en los documentos de venta se acostumbró in- 
sertar una cláusula por la cual el vendedor se constituía fiador para el caso 
de que el esclavo cometiera alguna sustracción en perjuicio de su nuevo 
amo (3). Esta cláusula era muy general, y un autor muy serio declara ha- 
berla leído en un acta de cesión referente á una pequeña esclava que sólo 
tenía seis años (4). 

El robo á mano armada ó con violencia, los latrocinios realizados en 
los baños ó en las tumbas eran otras tantas circunstancias agravantes del 
delito (5); además, aplicábase una pena más severa si el ladrón, para per- 
petrar su crimen, había cometido la vileza de aprovecharse de una calami- 
dad pública, incendio, naufragio ó derrumbamiento. El que se apoderaba 
de cosas sagradas era entregado á las fieras, quemado vivo ó colgado en 
las Horcas (6); y como semejante delito no se hallaba tarifado, el procón- 
sul tenía el derecho de aplicar la penalidad que juzgara oportuna por cruel 
y espantosa que fuere (7)... 

Sería pesado ir siguiendo hasta nuestros días los precedentes históricos 
relativos al robo. En este punto las legislaciones modernas nada contienen 
que merezca un examen especial. Y en cuanto á las cuadrillas de ladro- 
nes y á los profesionales que, «codiciando los bienes ajenos,» dedican in- 
teligencia, fuerza y actividad á apropiárselos, nos reservamos ocuparnos 
de ellos en el libro décimo. 

Apéndice. — Robo por falsificación. — La falta de honradez que se mani- 
fiesta por medio de la alteración de los productos ha adquirido proporcio- 
nes tales, gracias á los descubrimientos de la química y á los nuevos pro- 
cedimientos científicos, que no es posible dejar de hablar de esta materia 
en un trabajo sobre los diversos modos de robar y de engañar. 

En la historia de los Parlamentos vemos que los abastecedores que al- 
teraban los géneros por ellos puestos en venta «debían ser conducidos por 
alguaciles al atrio de Nuestra Señora, y puestos en camisa y llevando en la 
mano un cirio encendido, de dos libras de peso, habían de pedir perdón 
de su delito á Dios, al rey y á la justicia; y se les prevenía que en lo su- 
cesivo vendieran sus productos de la calidad y del peso exigidos por las 



(1) Flirt um manifestum. 

{■i) Era adjudicado á la víctima: addietus Véase Gayo, III, 189. — Aulo Gelio, XXI 

(3) Ley 5o, De Pactis. 

(4) M Girará, Novum Enchiridion.— Véase 1{ev. gen. du Dr., 1879, pág. 243. 

(5} £1 robo cometido en el baño era asimilado al robo nocturno, es decir, que se casti- 
gaba con la pena de minas ó de trabajos públicos. 

(6) Paulo, Sent., V, XIV. 

(7) Se encontrarán interesantesdetallesen la notableobra de A. Desjardins, que hemos 
consultado con provecho. 



LIBRO SÉPTIMO 1 83 

Ordenanzas si no quedan incurrir en la pena de azotes.» Bajo análogas 
sanciones debían los carniceros «poner en venta respetuosamente y con 
contentamiento del pueblo carnes buenas y bien preparadas...» Si tales 
leyes estuviesen aún en vigor, ¡qué larga procesión de penitentes blancos 
no venamos en determinados días! 

Como nos vemos precisados á condensar nuestras observaciones, nos 
limitaremos á citar los informes judiciales de diversos países y los análisis 
oficiales del Laboratorio municipal de París para deducir luego de estos 
documentos las oportunas conclusiones. 

En ciertos panes se ha descubierto: alumbre para hacer más blanca la 
masa; bórax, sulfato de cinc y de cobre, greda, tierra de pipa, etc. 

Se adultérala leche añadiéndole dextrina, fécula, goma adragante, ge- 
latina, jugo de regaliz, cola de pescado y suero, sin hablar de los sesos de 
carnero y de caballo. 

La manteca compuesta revela en el análisis la presencia de bórax, de 
alumbre, de almidón, de pulpas de patata y arcilla. 

Más de una vez el adúcar blanco está adicionado con fécula ó yeso, y la 
pimienta con hoja gris de cañamón, con polvo y aun con tierra podrida. 

El cafe, según escribe un especialista, está hecho muy á menudo sim- 
plemente con residuos más ó menos agotados que proporcionan las fon- 
das y los restauranes de las grandes ciudades, lo propio en Inglaterra que 
en Francia; mas como estos residuos no darían bastante color á una infu- 
sión de segunda ó tercera mano, el defraudador cuida de aumentar su po- 
der colorante con caramelo. Hace poco, fueron decomisados en el merca- 
do de Londres cien toneladas de altramuces y cincuenta de bellotas que 
se destinaban á la fabricación de cafés artificiales. La comisión sanitaria ha 
reconocido en el café en polvo la presencia de casca pulverizada, de rojo 
de Venecia, de serrín de caoba; y el Dr. Hassal, de Londres, en una me- 
moria sobre la falsificación del café, cita individuos que están en relacio- 
nes con los descuartizadores para obtener, por medio de hígados calcina- 
dos de caballos, un polvo que venden á los comerciantes de baja estofa 
como «moka barato.» Ni siquiera comprándolo en grano se tiene la se- 
guridad de adquirir caíé legítimo, porque la achicoria se moldea de ma- 
nera que presenta el aspecto de granos verdaderos. 

El chocolate puede contener, eu vez de cacao, grasa de carnero, harina 
de arroz quemada, resina de benjuí en lugar de vainilla, serrín, y hasta 
un veneno, el sulíuro de mercurio, que aumenta su peso (Dr. Pochet). 

La industria alimenticia más explotada por la falsificación es tal vez la 
de las confituras. La jalea de grosella en que no entra ni fruta ni azúcar, 
es cosa corriente: los sofisticadores toman jugo de zanahorias y de calaba- 
za, le añaden gelatina, glucosa y un poco de ácido cítrico, y dan color al 
producto con pétalos de malva rosa. Para las demás frutas, la química tie- 
ne en reserva toda una serie de éteres artificiales que comunican ala jalea 
de calabaza y de gelatina el perfume deseado. 



184 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Creerán algunos que por lo menos los sorbetes y los bombones apreciados 
por los golosos toman su sabor de verdaderas írutas; pues tal creencia es 
una ilusión según el Sr. de Parville: «Así, el sabor de fresa se obtiene con 
una pura composición química formada por la mezcla de butirato de eti- 
lo, éter nítrico, formiato de etilo,, acetato de amilo, salicilato de metilo y 
glicerina...» Y variando algo los elementos se llega á componer, con 
gran detrimento de la higiene, esencias de pera, melocotón, membri- 
llo, etc. 

También se ha hecho, por supuesto, la síntesis de los perfumes de las 
flores á fin de componer otros artificiales que puedan competir con los 
que se extraen de los vegetales directamente, tales como los de la rosa, 
violeta, jazmín, heliotropo, ó resinas como el benjuí y la mirra. La indus- 
tria es tan especial como lucrativa, y para justificar estos dos calificativos 
bastará decir que la vainilla, por ejemplo, sacada de la esencia de clavo, 
se denomina científicamente aldehido de metilproto catéquico, y que el 
almizcle artificial (1) cuesta 3.000 francos el kilogramo. 

Parece que siquiera los huevos deben estar en todas partes fuera del 
alcance de posibles sofisticaciones, y sin embargo los hay completamente 
fabricados, desde la yema á la cascara. Respecto de esto, la Farmer's Re- 
mezo de Chicago ha dado á conocer el instrumental y los procedimientos 
de un especialista de Nueva York. La yema es una mezcla de harina de 
maíz, de almidón, de aceite y de ocre; la clara es albúmina extraída de la 
sangre; la película en que está envuelto el huevo no es sino un pedazo de 
piel muy fina, y finalmente, la cascara, simple vaciado calizo, es algo más 
gruesa que la ordinaria. Todo el instrumental de fabricación es de madera 
porque, según el inventor, el contacto de un metal cualquiera alteraría la 
frescura del producto... 

Hay hasta ostras falsificadas. Los dueños de los más ínfimos bodego- 
nes de las afueras de París, sabiendo que tratan con una clientela inexperta, 
empiezan por hacer recoger en los vertederos públicos verdaderas conchas 
de ostras que allí arrojan los chirriones de los barrenderos; limpian estas 
conchas y luego cortan del diámetro que desean lonjas muy delgadas de 
ternera hervida y las colocan por capas sobrepuestas lubrificándolas con 
gelatina; luego llenan la valva inferior de la ostra de agua excesivamente 
saturada de sal, sazonan abundantemente el todo con zumo de limón y 
pimienta, y gracias á estos condimentos acres ó ardientes, el consumidor 
basto absorbe el supuesto molusco sin poder siquiera saber qué gusto 
tiene. 

No hace mucho, compareció ante los tribunales un salchichero que ha- 
bía encontrado la manera de trufar su mercancía sin poner en ella ni un 
pedazo del precioso tubérculo: para ello trinchaba tirillas finas de paño ne- 
gro no aprestado, las hacía cocer, las trituraba en un mortero con un 



(1) Derivado nitrado del para-isobutyltoluene. 



LIBRO SÉPTIMO 185 

poco de grasa y luego introducía esta pasta negra debajo de las transparen- 
tes membranas de sus productos. Para completar la ilusión tenía buen 
cuidado de dejar los embutidos durante algún tiempo dentro de una caja 
en donde había trufas legítimas. 

Por lo que toca á los líquidos, de 61S muestras de vinos examinadas 
»en el Laboratorio municipal de París en un solo mes, 336 fueron recono- 
cidas defectuosas; de 45 clases de alcoholes, sólo 27 fueron declarados 
buenos. Según las conclusiones de otros análisis, únicamente resultaron 
puros el 16 por 100 de los vinos examinados (de 505 muestras deposita- 
das, 80 buenas, 209 malas y 216 regulares). Respecto délos alcoholes, 
sólo el 9 por 100 de las muestras eran de buena calidad (de 96 muestras 
depositadas, 74 malas y 13 regulares). 

Bebiendo cerveza nos exponemos á ingerir, en vez de lúpulo y cebada, 
ácido prúsico, hiél de buey, aloe, cuasia amarga, trébol acuático, ajenjo, 
coloquíntida, genciana, sauce, coca de Levante, comino, corteza de titima- 
lo, nuez vómica, corteza de naranja ó de limón, liquen de Islandia y so- 
bre todo boj. 

Como te llamado de «segunda clase,» se venden hojas de fresa, de 
ciruelo, de saúco, de sauce, de laurel, de plátano, de haya y de ojiacanto. 

Una de las últimas estadísticas del Laboratorio municipal da un estado 
muy instructivo: de 2.182 muestras examinadas en un mes, solamente 
986 fueron reconocidas como buenas; las 1.196 restantes resultaron ma- 
las ó regulares; de lo cual se deduce la espantosa conclusión de que más 
de la mitad de las muestras analizadas son nocivas á la salud pública. Por 
fortuna la harina figura en proporción muy reducida entre los productos 
comúnmente sofisticados: de 74 muestras examinadas, sólo había dos 
malas y una regular. No sucede lo mismo con la leche, ya que de 355 
muestras analizadas no resultaron buenas más que 74. El'petróleo mere- 
ce mención especial: todas las muestras reconocidas fueron declaradas 
buenas; y éste precisamente es el único producto que no sirve para la ali- 
mentación. 

Según parece, el engaño se practica en China con un arte incompara- 
ble: 'en el interior de un jamón hay á veces un trozo de madera de la for- 
ma y del peso deseados; como entre la madera y la verdadera piel del 
animal hay una delgada capa de arcilla, es muy difícil adivinar el artificio 
si el comprador se contenta con un examen superficial. También se ven- 
den en los mercados chinos aves de la mejor apariencia, pero cuya carne, 
hábilmente disecada, ha sido en parte extraída y reemplazada con medulas 
de árbol mezcladas con estopas finas... 

Un día nos encontramos con un abogado del Celeste Imperio (que por 
fortuna hablaba correctamente el idioma de Pascal y de Voltairey á quien 
sus funciones habían permitido estudiar detalladamente las costumbres de 
los europeos) y le oímos formular la siguiente apreciación: «Es muy 
cierto que en China no tenemos ninguna vigilancia que corresponda á la 



jgé HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que en Francia se ejerce para inspeccionar la calidad de los comestibles; 
pero si en nuestro país es escandalosa la venta de los productos alterados 
ó desnaturalizados, en el vuestro los financieros sin escrúpulo venden 
impunemente los negocios poco limpios á las gentes candidas, a quienes 
se estafa en grande.» El juicio es severo, pero por lo demás bastante 



exacto. 








Hércules pidiendo á Creón la gracia de Hemón y de Antígona. (Pintura de vaso ) 



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LIBRO OCTAVO 



CAPITULO PRIMERO 

PARTICULARIDADES RELATIVAS Á LOS TESTIMONIOS Y AL PERJURIO 
LA CONFESIÓN Y EL TORMENTO 

Castigos á los testigos falsos. —Testigos llamados materiales. — Descripción de los medios 
de prueba admitidos en las primeras sociedades. — Una audiencia en el Areópago. — Cere- 
monial del «tirón de orejas» entre los romanos. — La denuncia y las jurisdicciones de la 
Iglesia; orígenes del Ministerio público. — Las diligencias de olicio y los nobles. —Cómo 
se declaraba ante los tribunales eclesiásticos.— Texto de pasaporte para los peregrinos. 
— El grito de ¡haro! y el llamamiento por cuerno y gritos. — Los animales citados ante 
la justicia: procedimiento y explicaciones. — Vino de testimonio y acuerdo «por liba- 
ción.»— Detalles sobre la confesión arrancada por fuerza y sobre el tormento: descripción 
délos instrumentos de tortura. — Un documento relativo á la Inquisición. — Cómo se 
aplicaba el tormento. — Textos relativos á «los medios secretos de resistir los tormen- 
tos.» — Cédulas llamadas preservadoras del dolor.— Encantamiento de los pacientes «por 
medio de la leche dulcificante de la Virgen...»— La delación en 1792. — La piedra «de 
las malas lenguas» en Flandes y en Alemania. — El denunciador en la antigua Suecia, 
pssquisa «en camisa » — Secreto profesional de los abogados y de los médicos.— Testi- 
monio de los confesores ante los tribunales: episodios. — Cómo se confiesan los cismáti- 
cos griegos. — Confesión judicial y confesiones falsas.. 



¿Cuáles son las particularidades legislativas concernientes al falso tes- 
timonio? ¿Qué clase de pruebas se usaron en las primeras sociedades? Fi- 
nalmente, ¿qué importancia tienen la confesión y el tormento en la histo- 
ria criminal de los pueblos?.. Tales son las principales divisiones que ser- 
virán de programa al presente capítulo. 

^X falso testimonio, acto sencillamente culpable, es á la vez un atentado 
contra Dios, cuyo nombre se perjura, contra el juez á quien se engaña y 



1 88 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

contra los hombres á quienes se hace víctimas de una mentira solemne (i). 
Así se explica la reprobación general que provoca y el rigor de las sancio- 
nes de que lo han hecho objeto todos los pueblos. Entre los egipcios el 
que acusaba maliciosamente á alguien incurría en la misma pena señalada 
al supuesto delito, idea tan justa como lógica. La ley de Moisés aplicaba 
á los falsos testigos la pena del talión (2). En Atenas era severamente casti- 
gada toda denuncia no sólo falsa, sino imprudente; y si el acusador no obte- 
nía cuando menos la quinta parte de los votos de los jueces, el testigo teme- 
rario había de pagar una multa de mil dracmas, pues aquel pueblo no que- 
ría que fuese permitido atacar el honor de un ciudadano si las probabili- 
dades de la falta no eran muy formales. Los griegos y los egipcios ponían 
á modo de firma en los documentos un sello (spbragos) engarzado en un 
anillo, signo personal cuya falsificación castigó Solón con la muerte. Se- 
gún Aulo Gelio, en Roma se precipitaba al falso testigo desde lo alto de la 
roca Tarpeya (3) y la ley Remuda disponía que en la frente del denuncia- 
dor de mala fe se imprimiera con un hierro candente una K, para hacer pú- 
blica su infamia (4). En las Capitulares de Carlomagno vemos que el que 
en un proceso había jurado en falso sobre un signo religioso, crucifijo, 
evangelio ó relicario, era condenado á perder la mano, que el verdugo le 
cortaba ó arrancaba (5). Francisco I impuso para este caso la pena de 
muerte en su Ordenanza de marzo de 153 1. 

Se ha censurado que nuestra ley penal no haga distinción entre el fal- 
so testimonio que alivia la situación del acusado y el que, por el contra- 
rio, le calumnia, y se fundan los que la censuran en que una falsa impu- 
tación es mucho más grave que una declaración demasiado indulgente: en 
el primer caso la malicia es imperdonable, al paso que la disculpa sistemá- 
tica procede de un sentimiento caritativo, mal entendido, sin duda, pero 
después de todo humano. Inspirándose en esta crítica injustamente lanza- 
da contra nuestra legislación (6), el Código penal del Brasil ha establecido 
una distinción, según que el testigo acuse ó excuse por medio de una men- 
tira judicial. También el Código español reduce sensiblemente la pena 
cuando el falso testimonio, en vez de ser calumnioso, está dictado por la 
benevolencia. 

En el lenguaje de las Coutiimcs (recopilaciones de derecho consuetudi- 
nario), la palabra temoin (testigo) significa los restos de un objeto enterra- 



(1) Deo,juJici ethominibus obnoxiusest, triplicemque facit deformitatem: perjurü, in- 
justitice et mendacii. — Véase Farinacius, Qiiestion, 67, núm. i. 

(2) Animam pro anima, oculum pro oculo, dentem pro dente exiges (Deuter. XIX, 18, 
19; Éxodo, XX, 16; XXIII, 1). 

(3) Si qitisfalswn testimonium dixerit, saxo Tarpeio ptwceps dejicitur. (Ley XX). 

(4) 140 años antes de J C.— ( Posna erat ut calumniatoris fronti littera K inureretur. 
{De his miinot. inf., 1, I, párrafo i.) 

(b) Convictas perjurii, perdat mamim.. (Capitul. Car. Magni, i, II, cap. X). 

(6) La censura no es fundada: en efecto, la facultad que tiene en Francia el juez para 
moverse entre el máximo y el minimo en la aplicación de la pena y de apreciar circunstan- 
cias atenuantes, permite de hecho imponer un castigo proporcionado, sin tener en cuenta 
esas distinciones complejas. 



LIBRO OCTAVO 



189 



do debajo de los mojones de una propiedad para atestiguar, en caso nece- 
sario,, los límites de la misma. La propia palabra tenía en la Edad media 
una acepción todavía más especial, é indicaba los signos exteriores suscep- 
tibles de recordar un hecho ó una promesa. 

Las circunstancias en que figuraban los testigos materiales ó mudos son 
tan variadas que sólo citaremos como muestra un episodio relatado por 
Froissart. Sabido es que los caballeros que partían para una expedición 




Roca Tarpeya 



arriesgada se comprometían mediante voto á realizar una hazaña brillante 
y confirmaban su promesa con un signo exterior. Dice Froissart en el capí- 
tulo LXIII de su primer libro, que disponiéndose el rey de Inglaterra a 
atacar á Francia, envió una banda de jinetes á Valenciennes: «Y entre 
ellos, dice el cronista, había varios bachilleres que llevaban cada uno un ojo 
tapado con un paño encarnado, para que no pudiera mirar con él; y se decía 
que los tales habían prometido á las damas de su país que nunca verían 
más que con un ojo hasta que con sus cuerpos hubiesen realizado algunas 
proezas en el reino de Francia.» 

Lo mismo sucedía respecto de ciertas prácticas religiosas: cuando los 
tribunales eclesiásticos ó los parlamentos condenaban á un culpable á em- 
prender, como expiación, una peregrinación, la fórmula final del mandato 
estaba generalmente concebida en estos términos: «N. traerá los /estimo- 



19° HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

niales de haber estado allí.» Los emblemas del peregrino consistían en con- 
chas ó en imágenes de plomo colgadas en el pecho, y estos últimos obje- 
tos, sobre todo, eran los que tenían el carácter de «testimoniales.» 

Lo que sucede aún actualmente en Bretaña da alguna idea de lo que 
acontecía en otro tiempo: cuando un bretón regresa del santuario de Nues- 
tra Señora de la Claridad, capilla situada cerca del mar, no deja de traer 
conchas de lapa; y cuando vuelve de San Mathurin, trae una especie de 
dije de plomo prendido en el chaleco ó en el sombrero los hombres y en 
el corpino las mujeres. 

Expuestas las anteriores generalidades, expliquemos algunos detalles 
concernientes á las modalidades del testimonio y de la prueba en diversos 
pueblos. 

La intervención de personas que corroboraran las afirmaciones del de- 
mandante ó del acusado fué evidentemente el sistema originario de prueba 
judicial, mas habiendo demostrado muy pronto la experiencia cuan incier- 
ta y discutible era la palabra humana, buscóse el medio de dar mayor fuer- 
za á las simples declaraciones y se recurrió al juramento de los testigos ó 
sólo del inculpado. Así vemos que en Egipto la prueba testifical estaba á 
menudo compensada por el juramento del que negaba una deuda; y en 
cambio, se hacía sufrir el último suplicio al perjuro que había ala vez ofen- 
dido á ios dioses y ultrajado la buena fe (i). 

El uso de los sellos, en su origen empleados por los reyes, fué imitado 
muy pronto como expediente rápido en sustitución de las declaraciones 
verbales ó escritas, sirviéndose á su vez de ellos los particulares para 
asegurar la sinceridad de sus contratos; y sabido es que durante siglos li- 
mitóse la gente á poner un sello en los pergaminos públicos y privados, 
en lugar de firmarlos, y que todavía hoy es este un medio usual de atesti- 
guar la autenticidad de los documentos emanados de los poderes públicos. 
Con todo, la escritura había de llegar á ser el medio normal de conservar 
fielmente el recuerdo de los hechos pasados y de los pactos intervenidos; 
y como muchos eran incapaces de manejar el estilete, los escribanos pú- 
blicos redactaban los contratos en presencia de los interesados. Fácil es 
comprender la importancia que tenía para los contratantes la exactitud es- 
crupulosa del testimonio escrito; de aquí que las legislaciones primitivas 
dictaran penas terribles contra los escribas infieles: la supresión ó inserción 
subrepticia de cláusulas en los documentos confiados á su cuidado era 
castigada con la amputación de las dos manos (2). 

Los hebreos, para contratar, se reunían en un sitio en donde se admi- 
nistraba justicia, generalmente á la puerta de las ciudades, y allí, delante 
de los asistentes, se formulaban las promesas recíprocas (3), siendo necesa- 
rios dos testigos por lo menos para que el compromiso fuese válido y au- 



(1) Diodoro I, 87.— Véase el estudio de M. Gabriel: Nat. des preuves. 

(2) Goguet, De l'orig. des Lois, I, 116. 

(<) Ruth, IV, 9.— Gen , XXIII, Q.—Deuter., XXI, 9. 



LIBRO OCTAVO 



191 




Areópago 



mentando el número de los mismos en proporción á la importancia del 
interés del asunto (1). No podían ser testigos entre los hebreos «ni los 
niños menores de trece años, ni los sordos, ni los enemigos, ni los escla- 
vos, ni los que guardaban cabras, ni los ladrones, ni las mujeres (2).» La 
mayor parte de las legislaciones antiguas han establecido una profunda di- 
ferencia entre la autoridad de la palabra del hombre y el descrédito que 
pesaba sobre la de la mujer, colocada en todas partes en una humillante 
inferioridad: «El testimonio único de un hombre exento de codicia puede 
ser decisivo, dice Manú (3); al paso que el testimonio aunque fuera de un 
gran número de mujeres honradas no lo es á causa de la inconstancia de 
su espíritu.» 

Volvamos al pueblo de Israel. Si sólo se 
presentaba un testimonio, se concedía el ju- 
ramento y se juraba por el Eterno, sin pronun- 
ciar, en prueba de respeto, el santo nombre 
de Jehová. Los comentaristas más autorizados 
creen que los convenios escritos se redactaban 
en original y en copia, quedando en poder de 
una tercera persona de confianza el original 
sellado, ó minuta, que, en caso necesario, ha- 
cía fe. En cuanto á los crímenes no se consi- 
deraban probados sino mediante certificación 
conforme de dos testigos por lo menos. 

¿Cómo se prestaba el testimonio entre los griegos? El célebre tribunal 
del Areópago (4) debía su nombre á un montículo escarpado en cuya cum- 
bre funcionaba aquél en Atenas: en la sala de audiencia había dos escalo- 
nes de plata; en uno de ellos, llamado asiento de la injuria, estaba el acusador; 
el otro, llamado asiento de la inocencia, servía para el acusado no reputado 
culpable, á lo menos en concepto del juez, en tanto que no se administra- 
ba la prueba directa de su falta. Cerca del tribunal tenían su templo las 
diosas Severas, y la costumbre exigía que todo individuo absuelto por el 
Areópago hiciera en él un sacrificio de reparación; pues parecía que el 
inculpado, aun después de la absolución, había de expiar de algún modo 
su temeridad ó su imprudencia, y el solo hecho de haber estado sometido 
á un proceso era ya un escándalo reprensible. En este caso, indudablemen- 
te no había delito penal, pero por lo menos falta moral que motivaba una 
expiación pública en forma de sacrificio. La conciencia es, en efecto, más 
rigurosa, más estricta que la ley; de aquí el calificativo de «diosas severas» 
que se daba á las divinidades de aquel santuario especial. A fin de quena- 
da pudiera disminuir la autoridad de las declaraciones prestadas ante el 

(1) El libro de Ruth y el Deuteronomio nos dicen que eran precisos diez testigos para 
los matrimonios, cesiones, etc. 

(2) Josefa, Antiq., 94.— Seiden, II, i3. 

(3) Leyes de Manú, V, 77. 

(4) liste tribunal era una jurisdicción criminal compuesta de nobles ó Eupátridas. 



192 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Areópago, estaba prohibido á los abogados «perorar en forma patética ni 
con artificios oratorios capaces de conmover el corazón ó de hechizar la 
inteligencia:» únicamente debía hablarse á la razón y apelar á la concien- 
cia íntima de los jueces. Cuando en un asunto capital se trataba de reco- 
ger los votos del tribunal, cada magistrado depositaba un pequeño guijarro 
en la urna de la Piedad ó en la de la Muerte, de bronce la primera y de 
madera la segunda. Esta diferencia en la calidad y en el valor de las urnas 
era seguramente para dar á entender que la compasión vale aún más que 
la severidad, interpretación que no parece dudosa, sabiendo que cuando 
había empate de votos se echaba un guijarro mas en la urna déla Piedad. 

El legislador francés, obedeciendo á un pensamiento análogo, quiere 
que cuando haya los mismos votos por la condena que por la absolución, 
prevalezca la solución indulgente. Minerva, según dice la fábula, salvó á 
Orestes gracias á un pequeño guijarro libertador; entre nosotros la Ley por 
su propia autoridad hace sabiamente inclinar la balanza de la Justicia del 
lado de la Humanidad y de la Indulgencia, así que hay alguna posible 
duda sobre la culpabilidad. 

Otro tribunal ateniense llamado cámara Delfínica juzgaba á aquellos 
culpables que si bien se confesaban autores del hecho imputado, invoca- 
ban un derecho como excusa absolutoria, por ejemplo, el caso de legítima 
defensa, es decir, la necesidad de repeler por medio de la violencia una 
agresión imprevista. En Esparta, cuando surgía alguna contienda, se en- 
comendaba la solución del asunto á arbitros ó jueces amigables que las 
más veces ponían término á la cuestión sin forma alguna de procedimien- 
to. Si el interés que se discutía era grave, podía apelarse del fallo de aqué- 
llos ante la Asamblea del pueblo (1). En cambio, en la floreciente y lujo- 
sa Atenas las transacciones civiles y mercantiles daban lugar á procedi- 
mientos complejos y múltiples, comprobados por medio de pruebas testi- 
moniales y por escrito. De estos procedimientos los que más servían en la 
práctica eran los registros de los banqueros, en los que se leían los nombres 
de los deudores, los de los acreedores y enfrente de ellos la suma objeto 
del pacto intervenido. 

En nuestro Código se dice que la prueba por testigos no puede admi- 
tirse cuando se trate de un interés superior á 150 francos. En cambio, 
Demóstenes nos dice que la promesa de una dote de 40 minas, una deu- 
da de 1. 000 dracmas y hasta una hipoteca consentida en garantía de esta 
última cantidad, se probaron simplemente por testigos en contra de un 
tal Spudias (2). 

Uno de los procedimientos inventados por los griegos para hacer pú- 
blica una hipoteca consistía en lo siguiente: cuando el deudor abrumado 
de deudas daba su casa ó su campo en garantía de su deuda, el acreedor 
solía poner en el inmueble una pértiga adornada con un «hachón» (bran- 

< 1) Plutarco, respecto de Agis, núm. 6. Agis IV reinó desde 244 a 23g antes de J. C. 
(2) La mina valia unos 69 Cráneos y la dracma óq céntimos. 



LIBRO OCTAVO 193 

don), especie de antorcha hecha con paja retorcida. Estos hachones, á dife- 
rencia de los encendidos que se empleaban para aterrorizar á los enemi- 
gos, eran simplemente un signo legal que indicaba que el inmueble había 
pasado á ser garantía de una deuda no pagada. 

Nuestro Código ha conservado con el nombre de saisle-brandon un pro- 
cedimiento que permite a un acreedor hacer embargar una cosecha, trigo, 
manzanas, uvas, i condición de que el embargo se practique seis semanas 
antes de madurar los frutos (i). 

Por encima de todos estos medios de prueba, quedábale al juez grie- 
go, en caso de incertidumbre, el recurso de acudir al oráculo de Delíos, 
al cual se apelaba como testimonio supremo. 

Estudiando los alegatos de los antiguos se puede hacer revivir el pasa- 
do y reconstituir la manera exacta de proceder el demandante ante la jus- 
ticia ateniense. El que demandaba había de entregar á su adversario una 
citación y algunas breves «conclusiones (2);» el juez hacía comparecer al 
demandante y le concedía ó le negaba el derecho de litigar, y si admitía 
la acción, los litigantes, según nos dice Demóstenes, consignaban una can- 
tidad ó especie de fianza. Después de esto, el juez procedía á la informa- 
ción (3), mandaba escribirlo que se había manifestado de palabra y ence- 
rraba los escritos en una urna sellada, mientras llegaba el día de la audien- 
cia, en la que actuaba como Presidente. Entonces se veía la causa, y el 
tiempo concedido para los discursos estaba determinado por medio de un 
reloj de agua: queríase poner freno á la prolijidad de los oradores, quienes, 
consultando con la vista el nivel del agua de la clepsidra (4), podían dar- 
se de este modo cuenta del rato que les faltaba para terminar su oración 
en la hora fijada. 

En nuestras jurisdicciones le está prohibido al testigo leer su declara- 
ción, por temor de que ésta carezca de la espontaneidad y sinceridad que 
ha de tener; entre los griegos, por el contrario, el que atestiguaba un he- 
cho personal llevaba una tablita en la que había escrito previamente con 
yeso su deposición, y como el testigo había tenido tiempo de meditar sus 
palabras, no se le consentía que las modificara en lo más mínimo. En 
cuanto al que se hacía eco de una opinión ajena ó refería el juicio de una 
tercera persona, presentaba tablitas untadas en cera y tenía el derecho de 
modificar, en caso necesario, su declaración antes de entregarla definiti- 
vamente al magistrado. 

En los primeros tiempos de Roma, el pueblo no conoció, las más de 
las veces, sino los cambios, lo que hacía que tuvieran mucha menos im- 
portancia los testimonios, puesto que la ejecución del contrato era simul- 

(1) Cod. Proc, art 626. 

(2) He aquí una muestra de citación y de conclusiones: «Apolodoro, hijo de..., acusa á 
N. de tal cosa... Conclusión: reclama... talentos, como reparación.» 

(3) Los testigos juraban sobre el altar de Minerva decir verdad. 

(4) La clepsidra se funda en el principio del reloj de arena, pero en ve.: de arena fina 
lo que cae es agua. 

Tomo III i3 



1^4 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tánea; pero muy pronto la necesidad de tener un valor representativo de 
los objetos sugirió el empleo de lingotes de bronce á manera de moneda 
primitiva. Y como faltaba entonces el signo fiduciario típico, es decir, la 
serie de monedas de metal que hoy tienen todas las sociedades civilizadas, 
los romanos entregaban su lingote ó, mejor dicho, lo hacían pesar por un 
tercero, arbitro ó pesador (libripens), al que se recurría en caso de venta, 
realizándose la operación delante de cinco testigos. En aquel momento, y 
este es un detalle digno de ser mencionado, intervenía una persona llama- 
da Antestatus, el cual, para fijar en la mente del testigo el cambio de pro- 
mesas, le tiraba un poco el lóbulo de la oreja, pues los antiguos creían que en 
este órgano residía especialmente la memoria (i). Así cuando se llamaba 
á alguien como testigo «se le tocaba la oreja (2)» á fin de llamar su aten- 
ción sobre lo que iba á suceder. 

También en otras partes encontramos el papel simbólico de la oreja: 
en la antigua legislación de los bávaros, por ejemplo, los testigos de una 
venta debían comparecer tirados por la oreja, según dice una Carta de 952; 
y á veces los litigantes acompañaban á sus testigos «llevándolos de las 
orejas (3).» 

Cuéntase que entre los ripuarios la ley disponía que sobre el terreno 
objeto de la venta se llevaran tantos niños cuantos testigos había (3,6 o 
12 según la importancia del campo); y el vendedor, después de haber pa- 
gado el precio delante de todos, daba á cada niño una bofetada y además les 
tiraba de las orejas, para grabar bien en su memoria el acto que en su pre- 
sencia acababa de realizarse (4). Por muy extraño que parezca este medio 
empleado, es ingenioso y seguramente era eficaz. 

La promesa por palabras, ó estipulación romana, implicaba el uso de 
palabras consagradas que no admitían equivalente. Así á la pregunta: 
«¿Prometes dar tal cantidad?,» debía responderse spondeo, y el que en vez 
de esto hubiese dicho polliceor habría verificado un acto nulo. 

El romano, cuando podía, contrataba por escrito más bien que ante 
testigos; pero entre ambos procedimientos había uno intermedio que se 
empleaba en las transacciones privadas: nos referimos á la corporación de 
argentarlos (argentarii) ó banqueros que tenían despacho en la plaza pú- 
blica, como en Grecia, y cuyos registros hacían fe en las operaciones rea- 
lizadas entre los ciudadanos. Estos banqueros fueron luego reemplazados 
en parte por los tabeliones (tabularif), especie de sectarios ó escribas que, 
según parece, escribían con una rapidez extremada, ora trazando única- 

(1) Gayo, Instit. I, 6.— Ulpiano, XX, i. 

(2) Est in aura imd memorice locus, quem tangentes attestamar (Plin., XI, cap. 45). Ho- 
racio recuerda esta costumbre en los siguientes términos: 

magna 

Inclamat voce, et licet antestar i. —Ego vero 

Oppono auriculam. Rapit injus... (Sat. IX, libro I). 

(3) Legítimos testes per anres traxit. (M. Boulland, Man. d'achet.l 

(4) lilis prcesentibus, prethnn tradat et possessionem accipiat, et iinicuiqne de parvidis 
sic alapas donct et torqueat aurículas, ut ei in postmodum, testimonium preebeant. 



LIBRO OCTAVO 195 

mente la letra inicial de las palabras (i), ora empleando signos convencio- 
nales, algo parecidos á los taquigráficos (2). Para dar mayor garantía y 
autenticidad á sus escritos, los notarios romanos transcribían las notas ó 
borradores de documento (3) en verdadero papel sellado, ó papel de pro- 
tocolo, al pie del cual estampaban su sello. El protocolo (4) ó sello que 
figuraba en lo alto del papel indicaba: r.°, el nombre del funcionario (5) 
encargado de vigilar la confección del papel y de entregarlo á los escribas 
públicos; 2. , la fecha de emisión; y 3. , el fabricante. Los romanos te- 
nían, pues, una administración del Timbre y procedimientos que nos- 
otros no hemos tenido que hacer más que copiar. Los documentos inter- 
venidos por un tabelión, funcionario público (6), no hacían fe, á pesar de 
su solemnidad, y se admitía la discusión sobre el contenido de los mis- 
mos; sin embargo había un medio de dar autenticidad al escrito, y era 
llevarlo á la audiencia y pedir al magistrado que ordenara la lectura y re- 
gistro del mismo en el actuario ó colección oficial (Scriptura publica). 

La enemistad supuesta era causa suficiente para rechazar un testimo- 
nio, y en su consecuencia, en tiempo de Justiniano, los judíos y los heré- 
ticos fueron excluidos de las informaciones contra los «ortodoxos.» Ade- 
más, el mismo valor de las afirmaciones era objeto de distinciones: así la 
palabra del que había sido llamado (rogaíus) para asistir á un acto valía 
más que la del que sólo por casualidad había tenido noticia de los hechos 
(fortuito), y los ricos (7) eran preferidos á los proletarios (8) que, no te- 
niendo por toda riqueza más que hijos, figuraban en la sexta clase. Final- 
mente, aparte de los testigos propiamente dichos, podía llevarse al preto- 
rio á personas notables para atestiguar la honorabilidad del acusado: se les 
daba el nombre de laudatores. En la Edad media fueron éstos substituidos 
por los compurgatores ó amigos que acudían para jurar por su alma y por 
su conciencia que consideraban al acusado inocente del crimen que se le 
imputaba. Ante nuestros magistrados está permitido asimismo hacer cer- 
tificar la moralidad de un acusado fuera de toda discusión concerniente al 
fondo del asunto. 

La influencia del cristianismo sobre la prueba testimonial merece pá- 
rrafo aparte. 

En los primeros tiempos del feudalismo, el poder, al revés de lo que 
en las sociedades modernas sucede, no tomaba la iniciativa de los proce- 
sos, sino que dejaba á la víctima el cuidado de lograr una reparación. En 

(1) Así por ejemplo, las letras S. P. Q. R. significaban Senatus popiilusque romanus. 

(2) El signo ej^ significaba el Senado y el pueblo romano.— Véase Cujas, Observ.. li- 
bro XII.. cap. XL. 

(3) Scheda, hoja de papel. 

(4) Protocolo, ó primera hoja pegada, la que llevaba la marca auténtica. La palabra 
protocollum la emplea en este sentido Justiniano, Novela 40. 

(5) Comes largitionum. Nov. 44, cap. II. — Cujas, ad legem, i5. 

(6) Al tabelión se le designa también á menudo con el nombre escriba. 

(7) Assidui, los ricos en latín de la decadencia, en oposición alas gentes que no tienen 
casa ni hogar. 

(8) Proles, posteridad. 



I96 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

otros términos: la acción pública era desconocida y la idea de la sociedad 
lesionada independientemente del perjuicio individual era una noción po- 
lítica que nuestros antepasados no conocieron. En realidad, no sólo la 
contienda judicial se empeñaba únicamente entre los interesados, sino 
que además el acusador que no conseguía triunfar se exponía á incurrir 
en la pena del talión, es decir, la pena que amenazaba al acusado. Pero 
aún había más; el inculpado era libre de provocar á su vez al denunciador 
á fin de que sostuviera su acusación con las armas en la mano. Semejan- 
te estado de cosas ofrecía, como se comprende, los más graves inconve- 
nientes, porque la víctima ó su familia, abandonada á sus únicos medios 
de prueba, prefería á menudo guardar silencio y renunciar á toda repara- 
ción; y el criminal, en cambio, encontraba en la mentira y en la astucia 
armas para disculparse y asegurarse de este modo la impunidad. La Igle- 
sia, resueltamente opuesta al duelo que era doblemente censurable cuan- 
do el propio agresor desafiaba á la víctima, preocupóse de proceder direc- 
tamente contra el culpable en nombre del orden y de la moral ofendidos, 
á cual fin comenzó por admitir en sus jurisdicciones la denuncia de los 
crímenes, eximiéndola de toda responsabilidad, desde el momento en que 
no era obra de la malicia ni de la venganza. Además, las jurisdicciones 
eclesiásticas inventaron, en interés de la colectividad, el procedimiento de 
oficio (1), expresión que ha conservado su significado originario. En vir- 
tud de esta innovación, la justicia se ejercía en interés social, ora hubiese 
querella ó simplemente rumor público, y en vez de confiar el asunto al 
azar de los combates judiciales, la Iglesia encargó á sus jueces que busca- 
ran su convencimiento en la audición concienzuda de los testigos llama- 
dos á estrados. De este modo al final del siglo xn el papa Inocencio III, 
para vigorizar la disciplina eclesiástica, organizó el procedimiento de ofi- 
cio ó «acción pública,» y muy poco después (en 121 5) el concilio de Le- 
trán aprobó plenamente esta iniciativa que permitía castigar independien- 
temente de toda intervención de la persona perjudicada. La reforma inau- 
gurada por el clero, que de esta suerte tomaba la defensa de los débiles y 
de los impotentes, pareció tan eficaz y benéfica, que poco á poco fué acep- 
tada por las jurisdicciones laicas (2). El feudalismo, entonces, se indignó 
en presencia de estos cambios que daban armas á la justicia contra todos 
sin distinción; muchos jurisconsultos protestaron y varias compilaciones 
de derecho consuetudinario, cuya lectura resulta hoy verdaderamente cu- 
riosa, rechazaron con indignación el procedimiento de oficio contra los 
nobles, bien que «declarándolo indispensable contra los plebeyos (3).» 

La Iglesia, aunque celosa de sus prerrogativas como potestad eclesiás- 
tica, manifestaba, sin embargo, tendencias liberales é igualitarias, aun en 

(1) Este procedimiento se llama per inquisitionem ó inquisitio ex officío. 

(■>) De aquí nació el Ministerio público, representante de la sociedad. 

(3) Véase especialmente el Coutumier d'Artois. Sin embargo, á fines del siglo xvín, el 
procedimiento de oficio regía en todo el Norte de Francia, tanto si el inculpado era noble 
como si era villano. 



LIBRO OCTAVO I 97 

la época en que las más acentuadas castas dividían profundamente á la 
antigua Francia, En las tierras de todo señor, laico, abad ú obispo, «que 
tuviese derecho de justicia,» funcionaban tribunales en virtud del derecho 
común que atribuía al propietario de la tierra el derecho de juzgar á sus 
vasallos; pero al lado de ellos había las jurisdicciones eclesiásticas, que, ins- 
tituidas en su origen para la sola defensa de la Iglesia y para la salvaguar- 
dia de su propia disciplina, adquirieron con el tiempo gran desarrollo. En 
efecto, la Iglesia, dejando á las justicias feudales la prueba por las armas, 
que ella substituía por informaciones, y formando sabios jurisconsultos y 
defensores hábiles, vio cómo el pueblo en masa acudía á ella deseoso de 
someter sus contiendas á su superior arbitraje: «Consideróse la justicia 
eclesiástica como un asilo contra la opresión de los señores, y se la sostu- 
vo como muralla contra el enemigo común. Por otra parte, la Iglesia ha- 
bía hecho suyos los intereses de los pobres, había abierto, por una exten- 
sión de privilegio, sus pretorios á las viudas, á los huérfanos, á los lepro- 
sos y á los extranjeros, y se había declarado patrona de los perseguidos y 
de los pequeños; y este fué el secreto de su poder, mientras los débiles no 
encontraron en la sociedad otro apoyo (i).» Este favor del pueblo se ex- 
plica tanto más cuanto que los magistrados eclesiásticos decretaban como 
sanción máxima la prisión: no sólo la pena de muerte no era canónica, 
sino que estaban asimismo prohibidas las condenaciones á galeras, azotes, 
marcas, mutilaciones, argolla, picota y destierro. 

¿En qué forma eran admitidos los testimonios ante esta jurisdicción? 
La justicia quedaba satisfecha cuando el acusado presentaba siete testigos, 
iguales ó colegas suyos, y juraba con ellos sobre los Evangelios que no 
había cometido el crimen que se le imputaba. Un presbítero acusado había 
de presentar también siete; cuando se trataba de un diácono bastaban tres. 
En caso de haber confesión (2) no se admitía la prueba testifical; la con- 
formidad absoluta de dos declaraciones hacía prueba completa (3); los ni- 
ños menores de catorce años no eran oídos; los hombres de mala fama (4) 
ó «inclinados á juzgar mal» (5) eran excluidos del pretorio eclesiástico; y 
por último, en caso de imputación falsa, el calumniador se exponía á su- 
frir la pena del tallón. Una sabia disposición que nuestro Código ha copia- 
do exigía que toda acusación formulada durante el sumario fuera repro- 
ducida «verbalmente y en alta voz ante los jueces.» ¡Cuántas cosas, en 
efecto, se escriben con una pluma dócil que no se atrevería el que las ha 
escrito á manifestarlas en público! 

El delincuente, una vez reconocido culpable, incurría, además de la 
prisión, en «penas canónicas» consistentes en oraciones, ayunos, censu- 
ras y excomunión. La excomunión «menor» traía consigo la prohibición de 

(1) F. Hel., J. cr , I, 226. 

(2) Sponte confessum. 

Ci) Duorum hominum testimonium vcrwnest. 

(4) Quorum vita est accus.ibilis. 

(5) Ad aecusandum fáciles. 



I98 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

recibir el Sacramento eucarístico (1); la «mayor;; excluía de la comunión 
de los fieles al condenado, el cual dejaba desde entonces.de íormar parte 
de la Iglesia y no volvía á ella hasta después de haber cumplido la expia- 
ción canónica (2). El anatema, aparte del punto de vista religioso, tenía 
consecuencias terribles: rompía los vínculos civiles; hacía indigno de todo 
cargo y de todo testimonio en justicia; desligaba á los vasallos del jura- 
mento de fidelidad al excomulgado; los propios padres de éste no podían 
tener relación alguna con él, ni socorrerlo, ni hablarle; y en caso de no 
haber sido perdonado antes de morir, su cadáver no podía ser enterrado 
en tierra sagrada. Y hasta una sentencia del siglo xiv decía que cualquie- 
ra que encontrase á un excomulgado podía «escupirle en el rostro y ne- 
garle alimento que apagara su hambre.;; Había en esto una dureza y una 
violencia que se explican por el ardor de una fe más exuberante que ilus- 
trada, pero que, en resumen, eran contrarias al espíritu de Aquel que dijo: 
«No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.» Tal vez 
se citarán algunos eclesiásticos que, por la rudeza de aquella época, de- 
mostraron una severidad excesiva respecto de los excomulgados; pero esto 
no debe extrañarnos por cuanto al mismo tiempo vemos al poder real ne- 
gar á todo condenado, á muerte el auxilio de un sacerdote en la hora su- 
prema de la expiación. Por otra parte, un monje no es la Iglesia, del mismo 
modo que un guarda rural no es el Estado. Y aún debemos añadir que los 
abusos individuales han sido considerados por los obispos y por los papas 
como excesos de celo reprensibles y hasta como faltas graves: citemos es- 
pecialmente la intervención del papa Gregorio X en el siglo xm y las de- 
cisiones del concilio de Lyón para proteger á los excomulgados contra las 
brutalidades populares; es más, Roma llegó á lanzar, en nombre del Dios 
de caridad, el anatema contra los que se mostraban inhumanos con las 
personas sobre quienes pesaba la excomunión ó el interdicto (3). 

En resumen, las jurisdicciones eclesiásticas, aunque muy imperfectas 
todavía, por razón de las costumbres de la época, se mostraban más tole- 
rantes que las justicias reales ó señoriales (4); así en los Cahiers du Clergé 
(Cuadernos del Clero) de Francia, de 1789, se leen entre las «quejas» re- 
clamaciones inspiradas en un espíritu de equidad y de progreso que honra 
á los que en este asunto tomaron la iniciativa. El clero pedía, entre otras 
cosas, á los Estados generales: la igualdad de las penas, sin distinción de 



(1) A communione corporis et sanguinis Christi. 

(2) Anatema quiere decir separación 'separatur a consortio fidelium). 
(31 Gregorio X, Sext. decret., V, tít. 2. 

(4) La influencia humanitaria déla Iglesia se observa en los siguientes hechos: las 
pruebas de la or dalia condenadas por los concilios de Letrán (121 5) y dePalencia(i32 2)..; 
la tortura combatida por los papas como en otro tiempo por San Agustín; el combate judi- 
cial prohibido por el concilio de Valence, que lo estima como asesinato, y también por los 
papas Nicolás I y Alejandro II; el derecho de apelación admitido por los tribunales ecle-_ 
siásticos; las circunstancias atenuantes introducidas en la ley penal gracias á las decretales 
de Alejandro III; régimen celular inventado en 1700 por Clemente XI para preservar á los 
culpables dignos de interés de los peligros de la vida común; el derecho de indulto procla- 
mado bajo la inspiración de la Iglesia en favor de los condenados arrepentidos, etc. 



LIBRO OCTAVO I 99 

rango ni de cuna (i); la enunciación de los motivos en los fallos y la su- 
presión de la banqueta (2); la dispensa del juramento de parte del acusa- 
do (3); la abolición del tormento y la facultad de los auxilios religiosos á 
los condenados á muerte (4); la creación de «Oficinas de misericordia» 
para moralizar á los presos; la publicidad Je las declaraciones testificales á 
fin de que no pudiesen ejecutarse las venganzas bajo la protección de la 
justicia (5). Eran estas otras tantas peticiones cuerdas que muy pronto 
habían de convertirse en leyes y ser el fundamento de nuestra moderna 
legislación. 

El «interdicto,» que se diferenciaba de la excomunión, era una medi- 
da general que afectaba á una colectividad, condado, ciudad, provincia; 
pero lo mismo en la excomunión que en el interdicto, el poder civil se 
creyó durante mucho tiempo en el deber de asegurar la estricta aplicación 
de las penas canónicas.' Beaumanoir, para quien la cuestión no ofrece duda 
alguna, recomienda al juez secular que coopere á la ejecución de las sen- 
tencias dictadas por los jueces eclesiásticos «por razón de orden público y 
de ejemplo saludable..» 

En algunas decisiones eclesiásticas, los difamadores son asimilados á los 
asesinos, rigor que no ha de escandalizarnos si es cierto que el honor vale 
más que la vida. Por esto la Iglesia aplazaba la administración de los sa- 
cramentos á los que habían dado el escándalo de una falsa acusación, como 
cuando se trataba de un atentado homicida, no pudiendo ser perdonado 
el culpable sino después de una larga penitencia pública. 

Mencionemos también una curiosa decisión del papa Adriano que or- 
denaba «a~otar» á todo el que cometiere una difamación grave (6). 

Cuando en otro tiempo el clero imponía como pena canónica peregri- 
naciones, se entregaba al pecador un pasaporte (carta tractitria) y gracias 
á esta hoja de testimonio tenía el peregrino la seguridad de encontrar ayuda 
y protección durante cus viajes. He aquí el texto de uno de estos pasapor- 
tes, cuya lectura no deja de ser interesante: «¡A vosotros, santos señores, 
obispos establecidos en vuestras sedes apostólicas, abades y abadesas! A 
vosotros, duques, condes, vicarios, centuriones y deceneros; á vosotros 
todos que creéis en Dios y le teméis; yo, pecador indigno, el último de 
los siervos de Dios, obispo ó abad de..., en donde reposa la humanidad 
mortal del bienaventurado mártir (ó confesor)..., salud eterna en Dios. Os 
hago saber que el viajero llamado..., nacido en..., ha venido á mí y me ha 
pedido consejo sobre un pecado que ha cometido á instigación del enemi- 
go común. Según nuestros usos canónicos, he juzgado que este hombre 
había de ponerse en la condición de los que vagan para la redención de 



(1) Auxerre y vizcondado de París. 

(2) Cuadernos de Peronne, deLimoges... 

(3) Ciudad de París, Douai... 

(4) Mantés, Meulán... 

(5) Meulán, Mantés .. 

(6) Véase también Concilio de Lctrdn. 



200 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sus almas. Sabed, pues, que cuando se presentará á vos, no habéis de pen- 
sar mal de él ni de apoderaros de su persona; antes al contrario, conceded- 
le lecho, fuego, pan y agua, y luego, sin detenerle más, dejadle que vaya 
cuanto antes á los Santos Lugares. Obrad así por amor á Dios y respeto á 
San Pedro, y obtendréis la recompensa en la vida eterna, porque en este 
extranjero habréis recogido y alimentado á Jesús. Pensad que el Señor ha 
dicho: «Era extranjero y no me recogisteis;» y además: «Lo que haréis 
por el menor de esos pequeños lo habréis hecho por mi.» 

Existía antiguamente en Normandía una costumbre denominada «de- 
nuncia de haro» ó simplemente haro, á la que se recurría cuando se co- 
metía un asesinato «ó tentativa de herida y de sangre, » como dice el 
Grana Coutumitr. Si un individuo era víctima de un atentado, si una 
agresión ponía en peligro su vida ó simplemente sus bienes, gritaba: 
«•¡Haro!,» y á este grito todos los que cerca de él estaban habían de apre- 
surarse á prestarle auxilio, proceder ala detención del malhechor y llevar- 
lo ante la autoridad (i). El «haro» se hizo luego extensivo á los asuntos 
civiles (2); pero, en su origen, este procedimiento se estableció sólo para 
acudir en socorro de las víctimas de una empresa criminal. Si el transeún- 
te advertido por el grito no acudía en seguida, hacíase culpable de un de- 
lito que lo ponía «á merced del rey..» Una vez lanzado el «-grito de haro,» 
el individuo que lo había dado encontrábase bajo la protección de las leyes 
y el culpable de este modo denunciado quedaba, por virtud de una ficción 
legal, prisionero de la heredad en donde se había cometido el flagrante 
delito. Allí era también conducido é internado cuando, «á pesar déla per- 
secución,» había logrado huir ú ocultarse. Merece citarse el texto mismo 
de la Continué de Normandía (3) en el que se lee que el haro sólo puede 
gritarse en caso de fuego, robo, homicidio ó peligro evidente, «como si 
alguien corre detrás de otro con el cuchillo desenvainado. Y los que lo 
han oido deben entonces acudir presurosos para detener al malhechor y 
gritar haro en pos de él.;; Así que se gritaba el haro, «aquel contra quien 
se lanzaba era de derecho prisionero del rey.» El derecho consuetudinario 
daba tanta autoridad á esta interpelación que los mismos clérigos que hu- 
bieran desoído este requerimiento habrían perdido la jurisdicción eclesiás- 
tica en beneficio de la autoridad real ó señorial. Y téngase en cuenta que 
los clérigos temían en gran manera la jurisdicción civil mucho más rigu- 
rosa que los tribunales eclesiásticos, de tal modo, según dice Beaumanoir 
(y el hecho merece consignarse), que con frecuencia «ladrones, asesinos 



(i) La frase crierharo (pedir justicia), procedente de Normandía, se ha generalizado y 
actualmente forma parte de la lengua francesa; bien conocido es el verso de Lafontaine: 

«A ees mots on cria haro sur le baudet!» 

(2) En las concesiones de privilegios reales, especialmente en los antiguos permisos 
para imprimir, se lee esta fórmula: La venta de este libro está .uttori^ada no obstante el 
clamor de haro, lo cual impedía que en caso de denuncia fuese la obra secuestrada. Esta 
garantía se pagaba muy cara, según los derechos riscales de entonces 

(?) Lib. XII, pág 5o3. 



LIBRO OCTAVO 201 

y otras gentes maleantes se vestían con hábitos sacerdotales y se hacían 
tonsurar los unos por los otros ó por barberos complacientes, á fin de caer 
bajo la jurisdicción délos obispos ó desús delegados.» En el Registro cri- 
minal de Saint-Martin-des-Champs (pág. XLIX), por ejemplo, leemos 
que los cómplices de Raoulet de Laon le aconsejaron «que se hiciera ton- 
surar para evitar los rigores de la justicia temporal.» 

Hasta ahora nada hemos dicho de la etimología de la palabra haro: to- 
das las que se proponen no parecen ser más que conjeturas ingeniosas sin 
gran fundamento histórico (i). Según el Coutumier de Normandía, esa in- 
timación procede de Rou, Rollo ó Rollón, primer duque de Normandía, el 
cual fué un príncipe tan justo, que podían abandonarse en los campos ara- 
dos y aperos de labranza, tan poco de temer eran los ladrones. «En recuer- 
do de este príncipe, adoptóse al parecer, en caso de alarma, la costumbre 
de llamará Harou ó Haro, como invocando en su ayuda al buen príncipe; 
y desde entonces se ha conservado esta costumbre para siempre más (2)..» 

En Guernesey, dice M. Glasson en un erudito estudio, el litigante y 
los testigos habían de decir, no hace aún mucho tiempo, un Pater noster 
antes de formular su denuncia al escribano del tribunal (3). En Jersey 
la gente, antes de gritar el haro, se arrodillaba (4). Habiendo una compa- 
ñía ferroviaria invadido algunas propiedades particulares situadas en laisla, 
uno de los colindantes de la vía «gritó el haro» y el ingeniero hubo de 
suspender al instante las obras; pero entonces el propietario se vio en gra- 
ve aprieto cuando, quieras que no, hubo de cumplir los ritos, porque su 
mucha corpulencia no se prestaba mucho á ello. Por fin, gracias á la ayu- 
da de unos amigos, pudo arrodillarse en su campo y levantarse luego, des- 
pués de haber rezado el Pater noster exigido. 

Las formalidades religiosas impuestas en semejante caso se explican, á 
nuestro modo de ver, recordando que este procedimiento transformaba al 
particular en una especie de funcionario, de empleado de policía judicial. 
Como tal, si realmente hubiese estado investido del cargo, habría prestado 
juramento; pues bien, en el caso que nos ocupa, aunque obrara en pro de 
un interés particular lesionado, no por esto dejaba de ejercer un cargo pú- 

(1) Las etimologías no deben aceptarse sin una extremada reserva, porque ¡cuántas co- 
sas no se les hacen decir! ;Acaso Menage, para no citar más que un caso, no ha encontrado 
que haricot (judía) procedía arfaba (haba)í He aquí cómo constituía la filiación imaginaria 
de aquella pdlabva.:faba-fabaricus-fabaricotus-aricotus, y final mente haricot... Asi si- com- 
prende el ingenioso epigrama del caballero de Cailly dedicado á Menage, quien pretendía 
asimismo que Alfana (nombre dado por el Ariosto' á la yegua de Gradaso) derivaba de la 
palabra equus: 

«Alfana vient d'equus sans doute! 
Mais il faut convenir aussi 
Qu'á venir de la jusqu'ici 
II a bien changé sur la route.»"' 

(Alfana se deriva indudablemente de equus; pero es preciso también convenir en que vi- 
niendo desde allá hasta aquí ha variado no poco por el camino). 

(2) Cout. de Norm., cap. XI, pág. 273. Ll Coutumier, como se ve, da esta explicación, 
pero haciendo la debida salvedad. 

(3) Revue genérale dudroit, t8S2, pág. 367 — Nouv. Rev., 1882. 

(4) Hist. Anc. cout. de Normandie, pág. 1 36. De Gruchy. 



202 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

blico (i); de aquí el deseo de que sus actos estuvieran, en cuanto íuese po- 
sible, revestidos de un carácter respetable, obligando á la víctima á no 
obrar sino bajo la inspiración superior de la oración y en cierto modo bajo 
la mirada del mismo Dios. 

El «haro» existe todavía en Jersey, en Guernesey... Una amable comu- 
nicación de la agencia consular de Francia nos proporciona las siguientes 
explicaciones: «La solemnidad judicial del haro, que aún subsiste en las 
islas Anglo-Normandas, es bastante sencilla: el que se dice víctima de un 
vecino se presenta en los sitios litigiosos, acompañado de dos testigos, é 
interpelando á los que trabajan en su finca, exclama: «¡Haro! ¡Haro! ¡Ha- 
ro! ¡Socorro, Príncipe mío (2), que me atropellan!» Y luego, dirigiéndo- 
se á los autores de la perturbación, les dice: «En nombre de Su Majestad, 
os ordeno que ceséis en vuestros trabajos.» Después de lo cual reza la. Ora- 
ción dominical. La oración continúa siendo tan necesaria como antes porque 
forma parte integrante del procedimiento.» 

En varias regiones de Francia, la denuncia, en caso deflagrante delito, 
se hacía también «aleando el grito,» y á este llamamiento todos y todas, 
como dicen los textos, venían obligados á acudir en auxilio de la víctima. 
Una ordenanza de 1273 (3) obliga á los que han oído el grito «á prestar 
ayuda á toda prisa. » A veces esta costumbre se denomina «chande chasse.» 
El registro criminal de Saint-Martin-des-Champs, de París, describe estas 
cazas de hombres realizadas por los vecinos, en las calles de la ciudad á la 
caída de la tarde, «casi cuando se encienden las velas,» según frase emplea- 
da en los juicios verbales. 

En muchas partes creyeron conveniente reforzar la voz por medio del 
sonido del cuerno; de aquí «Clamar a cor et a crin (con gran estrépito) que 
ha quedado en nuestro idioma como recuerdo del pasado (4). En la anti- 
gua Escocia, el llamamiento se hacía «á cnemo ó á grito,» es decir, al son 
de la trompa ó de la voz (cornu vel ore). 

Sea cual fuere 3a forma que revista el haro, se encuentra una disposi- 
ción común á todos los derechos consuetudinarios, ó sea una pena de las 
más severas contra cualquiera que hubiese turbado la paz pública sin una 
causa muy grave de peligro inminente. 

Las antiguas leyes eslavas admitían la prueba por juramento, con tal 
de que no hubiera declaración contraria y de que la víctima hubiese grita- 
do: «i Socorro!» (5). 

(1) También nuestras leyes amplían la competencia de los funcionarios de policía judi- 
cial en caso de delito flagrante y, por ende, cuando hay urgencia especial. 

(2) Esta fórmula del haro ó liaron parece justificar el criterio de los que opinan que el 
vocablo es la corrupción de ha Raoul!, es decir, una invocación al primer duque de Nor- 
mandia que fué un gran justiciero. A pesar de esto, la etimología sigue siendo muy discuti- 
ble, porque el procedimiento del haro se encuentra en pueblos que nada tienen de común 
con el derecho normando, y porque lo hallamos mencionado en autores muy anteriores al 
duque Rollón, que vivía en tiempo de Carlos el Simple. 

(3) Véase Isambert, I, b'io. 

(4) También se echaban las campanas á vuelo para avisar á los feligreses que descon- 
fiaran de las personas sospechosas. 

(5) Pomagaite! Véase Codex Leg. Slavon. M. Dareste (J. des Sav., 1886, 79). 



LIBRO OCTAVO 203 

Ante los antiguos tribunales fueron á veces diados animales como acusa- 
dos ó como testigos, hecho del que no podemos dudar por ser muchos los 
textos que lo consignan: «Si un hombre que vive solo, sin criado, es agre- 
dido y logra matar al agresor, tomará tres briznas de cáñamo y algunos 
animales domésticos, perro, gato, gallo, y los llevará ante el juez; allí ju- 
rará que es inocente, y será declarado no culpable (i).» ¿Qué significado y 
qué alcance podía tener esto? En todos los pueblos y en todas las edades 
ha sido siempre una forma solemne de afirmación tomar por testigo á la 
naturaleza; pues bien, dentro de este mismo criterio, el acusado que ha mi-' 
tado á su agresor sin que ningún ser humano le haya visto, apela, á falta 
de otros medios mejores, á los elementos ó á los seres animados que le 
rodean, y jurando por las obras de la creación se considera, en cierto mo- 
do, que jura por el mismo Creador... Esto explica, á lo menos en parte, 
este procedimiento extraordinario que quizás es más ingenuo que ridículo. 
Además, en el caso precedente, el detalle de las briznas de cáñamo tiene 
una importancia especial que ha sido desconocida. En efecto, los tres tro- 
zos de cáñamo probablemente significarían, en la mente del que juraba, la 
Santísima Trinidad, ante la cual prestaba el inculpado juramento de su 
inocencia. 

Está probado que durante muchos años fueron llevados á los tribuna- 
les perros, bueyes y cerdos por sus propias fechorías. Citemos algunos 
ejemplos típicos que tomamos de documentos oficiales. El día 10 de enero 
de 1457 se administraba justicia en los días (2) celebrados en Savigny «ba- 
jo la presidencia del escudero Nicolás Quareillán,» juez del lugar; laque- 
reliante era la «noble señorita Catalina de Bernault, señora de Savigny (3).» 
«El procurador de la señorita era Huguenin Martín, demandante, el cual 
declaró: que el martes antes de Navidad, últimamente pasado, una trucha 
y sus seis lechones, al presente presos, fueron cogidos en flagrante delito 
de asesinato y homicidio en la persona de Juan Martín... Con lo cual se 
dictó la siguiente resolución: «Nos, juez, hemos dado nuestra sentencia 
definitiva de este modo: Decimos y pronunciamos que la trucha de Juan 
Bailly, por razón de asesinato y homicidio por ella cometido y perpetrado 
en la persona de Juan Martín, sea confiscada para ser castigada y condena- 
da al último suplicio, y ser colgada por las patas traseras de un árbol en 
la justicia de las señoras de Savigny... Respecto de los ¡echones de la dicha 
trucha, por cuanto no está probado que comieran del dicho Juan Martín, 
nos contentamos con devolverlos á Juan Bailly, mediante caución de de- 
volverlos si resulta que comieron del dicho Juan Martín...» Y la dicha 
trucha, conducida en una carreta, ha sido ahorcada por las patas traseras 



(1) Origine du Droit Francais. Hachette —Trésorjud. de la Fr. — Véase Juan de Mu- 
11er y J. Grimm, citados por Michelet. 

(2) Dábase el nombre de «dias» á la duración del período Je las sesiones de los tribu- 
nales. 

(3) Biblioteca Nacional (Manuscritos): Varice carta;, fondo latino, 9072.— Véase 
M. Desmazes, Des suppliccs. Véase también Berriat- Saint Prix, Regist du Parlement. 



204 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

en cumplimiento de dicha sentencia, por Esteban Poinceon, ejecutor de 
la justicia, que vive en Chalons-sur-Saone (i). 

Otros procesos contra cerdos: En 4 de junio de 1034, Juan Levoirrier, 
licenciado en leyes, mayor de edad, «condena á un cerdo que había devo- 
rado al niño de Lenfant, vaquero del censo de Clermont, á ser extrangu- 
lado en una horca de madera (2).» En 2 de marzo de 1552, el Cabildo de 
Chartres, después de practicada una información, condenó «á un cerdo 
que había matado á una muchacha, á ser ahorcado» en una horca coloca- 
da en el sitio mismo del delito (3). 

Podríamos citar además multitud de sentencias dictadas contra bueyes, 
caballos y perros. 

¿Por qué se condenaba á animales estúpidos? ¿Se les creía acaso res- 
ponsables de sus actos?.. Es probable que el sentimiento que sugería esos 
increíbles procedimientos era el mismo que exigía que la casa de los cri- 
minales fuera arrasada ó quemada para borrar el recuerdo escandaloso que 
en todos despertaba. Quizás también el animal acusado «de asesinato ó de 
sangre» era considerado impuro ó acaso endemoniado... De todos modos, 
la sentencia tenía por objeto retirar del comercio la bestia «culpable» ó á 
lo menos causa de una desgracia. En fin, conociendo las discusiones que 
apasionaban á jurisconsultos y á teólogos á propósito «del alma de los ani- 
males y de su supuesta resurrección, á fin de que se administrara justicia 
íntegra,» se inclina uno á admitir que los magistrados de aquellas inge- 
nuas audiencias debieron decirse: «El crimen es grave y está probado y 
¿quién sabe, después de todo, si el animal culpable está absolutamente 
exento de malicia propia? Por consiguiente, condenémosle.» 

Las antiguas Ordenanzas criminales disponían que no pudiera dictarse 
en Francia una pena capital sino cuando dos testigos declaraban exacta- 
mente el mismo hecho (4); en este caso, los jueces se veían obligados á 
castigar. Es indiscutible que este sistema de pruebas, según el cual se con- 
taban las declaraciones en vez de discutirlas, fué una de las causas de la 
organización del tormento para obtener una prueba directa que rara vez 
proporcionaban los hechos; así lo reconoce Muyart de Vouglans: «No pu- 
diendo adquirir la completa certeza del crimen, fué preciso atormentar el 
cuerpo del acusado (5).» 

Una excepción se admitía al principio de «convicción obligatoria,» si 
de uno de los testigos se decía que vacilaba: por ejemplo, cuando en el cur- 
so de su declaración había empleado fórmulas dubitativas que minoraban 
la energía de sus afirmaciones, tales como «si no me engaño..., puede ser 
que..., según opino,» en cual caso el juez no estaba obligado. 

(1) De 10 de enero de 1457, al viernes después de la Purificación de Nuestra Señora. 

(2) Archivo del obispado de I. aón, abadía de Saint-Marlin. Véase también Citi\ liist. de 
Picardie, i865, y M. Desmazes, Les Supplices. 

(3) Les Penalités ancienncs, M. Desmazes, pág. 128. 

(4) Ordenanza de 1670.— El principio era el siguiente: Testis imtis, testis ttullus, ó, co- 
mo decía Loysel,«Vozde uno, voz de ninguno.» Hist. dclaProc. crim. M. Esmein, pág. 270. 

(5) Institutes de Muyart de Vouglans, pág. 341. 



LIBRO OCTAVO 20 5 

En nuestra legislación actual, salvo lo relativo á las sumarias informa- 
ciones de agentes especiales, el tribunal no está nunca obligado d estimar 
exactas las declaraciones que ante él se prestan; y mas de una vez se ha 
visto á magistrados absolver á un acusado, á pesar de las declaraciones 
concretas, cuando en su alma y en su conciencia no estaban persuadidos 
de la realidad del delito; porque su deber estricto es no buscar los motivos 
de su decisión más que en sus impresiones intimas. 

Entre las pruebas de segunda categoría mencionan los antiguos crimi- 
nalistas la serie de los «indicios próximos.» A título de curiosidad reprodu- 
ciremos algunos de los que se indican en los procesos por magia y sorti- 
legios: fíSi se han descubierto en el domicilio del acusado imágenes de cera 
con agujas clavadas; hostias ó cortezas de árbol; clavos, cabellos ó plumas 
entrelazadas en forma de círculo ó aproximadamente; paquetes de carbón 
colocados á la cabecera de la cama de los niños...» 

Después de las «semi-pruebas» venían como «simples apoyos de la 
acusación» las presunciones de tercera categoría llamadas adminículos (i), 
tales como: «el temblor de la voz del acusado, su taciturnidad, su empe- 
ño en decir que es duro de oído, su mala cara, el nombre feo que lleva (2)...» 
Se concibe, pues, la inquietud que pudiera sentir un acusado de asesi- 
nato ó de falsificación de escrituras si se encontraba delante de magis- 
trados capaces de contentarse demasiado fácilmente con indicios de este 
género. 

En materias civiles había también presunciones que merecen ser cita- 
das. La costumbre entre gentes del pueblo de beber cuando han celebrado 
un contrato es una manera usual de manifestarla satisfacción de haber con- 
certado un negocio; pero en otro tiempo, como hemos visto, uno de los 
signos de la avenencia era tomar «el vino del contrato» que daba á la es- 
tipulación el carácter de definitiva é irrevocable. Así sucedía, al parecer, 
entre los germanos. En la Edad media, como prueba del pacto concertado 
se invocaba la libación del vino de testimonio (3). A propósito de esto, va- 
mos á indicar una interesante y muy verosímil etimología: la costumbre 
de beber con motivo de los convenios sugirió,, según parece, á ciertos in- 
dustriales la idea de fabricar un licor aromático llamado ratafia ó rataíiat, 
es decir, licor de ratificación, «ratafia! (4);» pues así como ahora al final 
de un documento y antes de la firma ponemos «aprobado,» antiguamente 
se decía amen ó fiat. El vino de testimonio se encuentra hasta con el carác- 
ter de elemento contractual en ciertas legislaciones: la ley del Schleswig (5), 
entre otras, dispone que el que no cumpla el pacto, además de las indem- 

(1 ) Adminiculo, del latín adminiculum, apoyo, es decir, en jurisprudencia, complemen- 
to de prueba: «En este proceso no hay más que adminículos.» (Acad.). 

2) Véase Muyan de Vouglas, Institutes de droit criminel, págs. 246, 35o, 35 1. 

(3) Vinum testimoníale. 

(4) Se sobreentiende la palabra res, cosa: «¡Que la cosa sea ratificada!» — Las fórmulas 
finales de diversos documentos y actas, dice M. Natalis de Wailly, eran á menudo las pala- 
bras \ amen ó fiat. (Elem. dñ Paleogr. publicados por orden del Rey, i838, Imprenta Real.) 

(5) Si biberint in signum emptionis, reddat potum, commercii violator (Cap. LI1). 



206 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

nizaciones á que podrá ser condenado, habrá de «restituir el vino que han 
bebido» los contratantes ó los testigos. 

¡Tortura! ¡Confesión forzada, ensangrentado potro, estrapada y bor- 
ceguíes triturantes, rueda homicida, descuartizamiento desgarrador, su- 
plicio refinado del tormento, aparatos variados de sabio martirio, que des- 
pertáis en un estremecimiento de espanto los recuerdos más horribles, que 
evocáis cuadros de indecible horror que excitan y sublevan nuestra piedad 
y desconciertan nuestra imaginación indignada! 

¿Qué pasaba en la mente y en el corazón de los hombres de justicia 
cuando ordenaban aquellas torturantes pruebas cuya atrocidad hace casi 
olvidar los delitos que con ellas se castigaban? ¿Cómo explicarse, en una 
palabra, tales costumbres judiciales en gente, al fin y al cabo, de honor? 
Tal es el problema que intentaremos resolver. 

¿Quién no se conmueve visitando las negras mazmorras en donde to- 
davía se ven los instrumentos de la tortura (i)? 

Por medio del frontal se ceñía la frente con una faja de metal ó una 
cuerda con nudos que por medio de un movimiento de tornillo se incrus- 
taba en las carnes laceradas. Con el dactyletro, el garrote, el compedo, los 
borceguíes, los escarpines y el cepo se trituraban los dedos de las manos ó los 
pies del paciente. La catapelta servía para comprimir gradualmente el cuer- 
po entre dos planchas rígidas; la catasta y la lampadación para quemar más 
ó menos los miembros, á voluntad del verdugo. Con la tenaza se arran- 
caba la carne á pedazos; en la rueda se trituraban los huesos, y la pera de 
angustia puesta entre los dientes de los «atormentados» ofrecía á los asis- 
tentes al acto el espectáculo anticipado del miedo á la muerte... 

Esto fué el tormento, tal cual lo conoció todavía, como ley de Estado, 
el final del siglo xvn. 

Si nos remontamos á la legislación griega, vemos que la tortura pro- 
cede de la esclavitud, pues habiendo la ley prohibido que los esclavos fue- 
sen testigos en las mismas condiciones que sus amos, substituyóse para 
ellos el juramento con el temor al dolor, cuando se requería su testimo- 
nio: «Parecía que sólo el látigo y la rueda pudieran, mediante el terror, 
hacer salir la verdad de aquellos labios tenidos por abyectos (2).» Los 
hombres más ilustres de Grecia discutían fríamente las ventajas de este 
procedimiento de instrucción, que les parecía perfectamente natural: «Na- 
da más seguro que el tormento para conseguir la verdad,» dice Isócrates (3); 
y en iguales términos se expresa Demóstenes (4). 

Los esclavos y los gladiadores romanos tampoco podían ser oídos como 
testigos, sino á condición de ser sometidos al tormento; pero su propie- 
tario no estaba obligado á entregarlos sino en cuanto el que requería su 

(1) Una délas colecciones que más horrible impresión producen es la que hemos visto 
en Bohemia, en los subterráneos de la antigua cárcel de Brunn. 

(2) F. Hel., Instr. cr., I, 18. 

(3) Oratores attici, 41 3, pág. 702. 

(4) Contra Aphobus, III, pág. 855. 



LIBRO OCTAVO 



207 



declaración daba previamente fianza bastante para responder del precio del 
esclavo, en caso de que quedara lisiado ó sucumbiera á manos del verdu- 
go. Tito Livio dice que la aplicación del tormento se hizo extensiva á los 
ciudadanos (i), y Cicerón censura severamente á los atenienses porque 
someten á él á los hombres libres (2). 

En Francia el tormento es bien visto principalmente en el siglo xm 
por los jurisconsultos, fervientes adoradores de la legislación romana, 
hasta en sus errores; de 
aquí que se aplicara singu- 
larmente en las audiencias 
reales, en donde se rendía 
culto á las leyes de Roma; 
los jueces señoriales, (dos 
tribunales subyectos,» co- 
mo dice Bouteiller, no re- 
currieron á él hasta mucho 
después. 

Los procedimientos de 
tortura aparecieron como 
recurso justificado por ra- 
zón de defensa social; en 
efecto, en una sociedad en 
donde la policía, apenas 
organizada, era en cierto 
modo impotente, y en que 
la impunidad envalento- 
naba á los malhechores, el 
sentimiento instintivo de 
los jueces, cuando les en- 
tregaban un acusado, era, 
para espantar á aquellos á quienes no se podía coger, hacer un ejemplo, ex- 
presión cuya misma fórmula es una confesión de injusticia ó á lo menos 
de represión excesiva. Sí, la idea dominante no era tanto aplicar una pena 
proporcionada como aterrorizar á los malos; y en su consecuencia, los 
jurisconsultos encontraban lógifo y oportuno que los tormentos fueran 
espantosos. Sin embargo, San Luis, en su Ordenanza de 1254, prohibe que 
sean sometidas á tormento las personas que gozan de una buena reputa- 
ción y que solamente son acusadas por un testigo (3). 

A partir del siglo xiv, este procedimiento se generaliza, según lo ates- 
tiguan las ordenanzas de 13 14 y 13 1 5 dictadas para Normandía y para 

(1) Tito Livio, xxiv, 5. 

(2) Liberi civesque torqitentur. . (Cicerón, De parta, orat., XXXiV.) 

(3) Art. 24 Véase Ora. des Rois de France, I, pág. 72; Reg. de Saint-Martin-des- 
Champs, pág LXXXVI. En cambio, la mala fama del acusado bastaba para motivar la tor- 
tura en todas las incriminaciones. Véase Gr. Coutumier, lib. IV, cap. VIH, pág. 662. 




Interrogatorio en el tormento 

(Miniatura de un manuscrito del siglo xv, Biblioteca 

municipal de Breslau.) 



208 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Bretaña. En 13 15, Luis X «dispone que no se aplique la tortura á ningún 
noble, á menos de que los casos sean tales que traigan aparejada la pena 
de muerte.» El registro criminal del Chatelet (1389-1391) demuestra que 
se aplicó la tortura á casi todos los demás acusados, como medida de ins- 
trucción previa. Sin embargo, sólo podía ordenarse por sentencia y en las 
acusaciones capitales. En cuanto á las limitaciones impuestas al poder del 
juez, consistían únicamente «en no atormentar al reo de tal manera que 
pierda ¡a vida (1)...» El acto de dar tortura se verificaba en presencia 
del juez, del procurador, de dos abogados del lugar en que el tribunal se 
reunía, de dos alguaciles y del escribano que escribía las respuestas ó las 
variaciones del supliciado. 

A fin de conformarse con la costumbre, se «presentaba el tormento» 
á todos los acusados, aun á aquellos que de él estaban exentos (2). 

¿A partir de qué edad estaban sometidos al tormento los niños? No 
podemos precisarlo; sin embargo, tenemos ala vista algunos juicios verba- 
les en los que se registra la confesión de niños de nueve años, pero obte- 
nida «sin violencia y sin el espanto del martirio (3).» 

Por medio del tormento «preparatorio» se trataba de obtener, según 
la Ordenanza de 1670, la coníesión del acusado; en cuanto á la tortura 
«previa,» accesoria de la pena de muerte, se ordenaba en la sentencia con- 
denatoria con objeto de conocer el nombre de los supuestos cómplices ó 
los demás crímenes del culpable (4): «Desde el momento en que confiesa 
que es un criminal, pensaban los jueces, debe tener otros delitos sobre su 
conciencia.» Abundan los ejemplos de este procedimiento: un individuo 
conducido al Chatelet se declara autor de un robo, lo cual no impide que 
se le dé tormento para obtener nuevas confesiones; y lo propio se hizo con 
los delincuentes Marcos y Juan de Poiz, después de la confesión judicial 
de sus delitos (5). 

Hasta se llegó á aplicar el tormento tres y cuatro veces seguidas: The 
venin de Brainne fué sometido á él en 7, 9 y 19 de junio y por cuarta 
vez en 6 de octubre, á pesar de lo cual mantúvose firme y «taciturno,» es 
decir, silencioso, negando con imperturbable estoicismo el crimen que se 
le imputaba. 

El tormento, ora fuese preparatorio, ora previo, podía ser ordinario ó 
extraordinario, calificativos que indican #na gradación en la duración de 
la prueba. 

No hemos hablado de la tortura del agua, pues nos reservábamos para 

(1) Prutiq. judie ., III, cap. XÍV. 

(2) Ordon. crim., agosto de 1670, tit. XIX, art. 5. 

(3) Registre crim. du Chatelet, 12 de junio de i335.—Justice de Saint- Martin-des- 
Champs, XCI. 

(4) Era lo que se llamaba en el lenguaje de la época conocer «vida, estado y gobierno 
del preso.» 

(5) «Todos deliberaron que fuese puesto al tormento, á fin de saber más completamen- 
te la verdad de su vida, tanto respecto de lo que dicho está como de los demás crímenes 
por él cometidos, si algunos había, cometido.» (Reg. crim. duClidtelet, c. I, pág. l—Jiist. 
de Saint-Martin-des-Lliamps, pág. 87.) 



LIBRO OCTAVO 209 

dedicarle aquí una breve disertación especial. A propósito de lo que sig- 
nifica la frase «Creed esto y bebed agua,» Carlos Nisard escribe: «Cuando 
antiguamente un hombre era tenido por hereje, le interpelaban sobre los 
dogmas y sobre su fe, acosándole con los argumentos más apremiantes y 
alambicados, y si en algún punto vacilaba se le sometía al tormento... No 
tengo á la vista el formulario, dice M. Nisard, pero necesariamente se 
resumía en estos términos: «Creed esto ó bebed agua.» Esta explicación 
es errónea. En primer lugar, importa recordar que muchos procesos en 
que se relata la prueba del agua se refieren no á puntos de fe, sino á crí- 
menes de derecho común, «orno asesinato, incendio y envenenamiento; 
de modo que el autor para fundar su teoría supone que la fórmula consis- 
tía en una amenaza, en una advertencia conminatoria: «¡Creed esto ó be- 
bed agua!,» es decir: «Si no queréis aceptar tal creencia, se os aplicará el 
tormento.» Ahora bien, ningún autor ha empleado jamás otra locución 
que esta: «¡Creed esto y bebed agua!» Parece, pues, evidente que cabe in- 
terpretarla frase en cuestión en el sentido sencillísimo que le atribuye Qui- 
tard: «Lo que os cuentan es difícil de creer; si queréis tragarla, bebed agua 
para que pase.» Esta explicación es menos erudita, menos dramática, pero 
más conforme con el sentido muy claro que todo el mundo da á la locución. 

Llegados á este punto, se nos ofrece una ocasión natural de formular 
con toda sinceridad é independencia un juicio discreto sobre las informa- 
ciones de la Inquisición. Reconozcamos desde luego sin vacilar que mu- 
chos procesos odiosos y lamentables autos de fe fueron obra fanática de 
los Torquemada y de los Deza; pero si la Inquisición fué en España te- 
rrible y sanguinaria debióse esto principalmente al carácter político que 
allí revistió. En efecto, de tal manera dependía del poder real, que á este 
tribunal se sometían las acusaciones más ajenas á la teología (contraban- 
do de armas, falsificación de moneda) y las actas se encabezaban: «Sus 
Altezas Reales quieren... ordenan...» Es más, las cortes de Fernando y 
de Sixto VI estuvieron en lucha abierta por haberse negado el papa, en 
una carta severa, á aprobar el reglamento real que interpretaba su bula de 
1478. Fernando, lejos de ser el ejecutor dócil de las voluntades de la Igle- 
sia, llegó á decretar la pena de muerte contra todo el que fuera sorpren- 
dido llevando un certificado de ortodoxia procedente de la curia romana. 

Alejandro VI, á su vez, protestó en 1494 contra la conducta de los 
inquisidores; León X los excomulgó y los papas Paulo III y Pío IV se opu- 
sieron á los proyectos de Carlos V que quería establecer la Inquisición 
en Ñapóles y en Milán. 

Por otra parte, estando basada la sociedad de los siglos xm y xiv en 
los dogmas de la religión católica, un hereje era para el poder un enemigo 
de la Constitución, como diríamos ahora. En aquella época, mostrarse an- 
ticatólico era hacer obra revolucionaria; por esto se trataba á los disiden- 
tes como rebeldes, como enemigos de las instituciones públicas, y por esto 
también la guerra civil no podía ser más que una guerra religiosa, pues 

Tomo III 14 



210 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

el doble carácter del hombre como creyente y como ciudadano era una 
distinción socialmente inadmisible. Y en esto está la verdadera explicación 
de la intolerancia de la época. 

Autores como Michelet y Ernesto Lavisse han reconocido que los erro- 
res doctrinales de los albigenses, por ejemplo, eran considerados como 
otros tantos sistemas antisociales que combatían la influencia francesa y 
pactaban con el elemento árabe y judío, casi soberano absoluto del Lan- 
güedoc: «Montpellier dependía más de Córdoba que de Roma,» confiesa 
el primero de los dos citados autores. 

Por lo que se refiere especialmente á los reyes de España, el recuerdo 
de la sangre que habían costado sus terribles luchas con los mahometa- 
nos les predisponía á no ver en los innovadores más que los herederos 
feroces de sus invasores aborrecidos. 

No nos entretendremos discutiendo, en un problema tan complejo, 
los relatos exagerados por la pasión ó reproducidos sin comprobación al- 
guna; un solo ejemplo demostrará cuánta circunspección se requiere para 
hablar de estas cuestiones candentes. Todos los historiadores irreligiosos, 
al narrar la matanza de Beziers, atribuyen al legado del papa, Arnaldo, 
estas palabras: «¡Matadlos á todos, que Dios ya sabrá reconocer á los su- 
yos;» y sin embargo, ninguno de los escritores regionales consigna tan 
abominable frase. Pues bien, remontándonos á las fuentes, averiguamos 
que ésta aparece citada por vez primera por un cronista alemán, Cesáreo 
de Heisterbaeh, que vivía á trescientas leguas de aquel lugar y que no pa- 
rece siquiera dar fe á ese dicho (i). 

El terrible tribunal español que ensangrentó el reinado de Felipe II, 
lejos de estar al servicio del clero, mandó citar en sus estrados á los obis- 
pos de Lugo, Almería y León, á muchos teólogos del concilio de Trento 
y aun á los arzobispos de Granada, de Santiago y de Toledo (2). La in- 
quisición española de tal suerte fué un medio de acción gubernamental, 
que los reyes no podían decidirse á renunciar á él; así es que, abolida en 
la península en 1808, fué restablecida por Fernando VII en 18 14 para no 
desaparecer hasta 1820. 

Finalmente, de haber sido la Inquisición obra directa de la Iglesia, ha- 
bría alcanzado en Roma, y no en España ó en otras partes, el máximo de 
su intensidad; pues bien, en tiempo de Felipe el Hermoso, los Templarios 
solicitaron como una gracia, sin obtenerla á pesar de todo, el ser juzgados 
en Roma, jurisdicción más benévola no obstante haber imitado en su for- 
ma á los demás tribunales seculares. 

En resumen, no debemos negar los crímenes, la intolerancia ni el fa- 
natismo allí donde han existido, porque la verdad merece más respeto que 
unos inquisidores feroces; mas es preciso juzgar la historia fríamente, no 
según opiniones interesadas, sino sobre hechos comprobados. 

(1) Dixissefertur. 

(2) Kl arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza era el confesor de Felipe II. 



L1HKO OCTAVO 211 

Volvamos ahora á nuestra narración sobre la tortura. 

Cuando el juez decretaba el tormento, dice la Ordenanza de 1498, se 
aplicaba éste en el acto, sin dejarlo para el día siguiente, á fin de que el 
acusado no se preparase contra el dolor. ¿Hemos de admitir, según esto, que 
había medios de conjurar aquellos padecimientos? ¿Creía, por lo menos, 
el pueblo que existían procedimientos científicos ó hechizos capaces de 
producir tan maravilloso resultado? Cuando se registran los documentos 
y los procesos criminales antiguos léense en ellos actas de tormentos es- 
pantosos soportados por los pacientes con valor extraordinario; y esas mis- 
mas actas atribuyen este poder de la voluntad á un auxilio sobrenatural, 
que unos reputaban divino é infernal otros. Obsérvese ante todo que desde 
el punto de vista fisiológico, la sensibilidad resulta muy desarrollada en los 
individuos de gran delicadeza moral, al paso que en ciertas naturalezas 
brutales, la impasibilidad llega hasta una especie de embotamiento extraor- 
dinario que fácilmente pudo en otro tiempo ser considerado como heroís- 
mo ó también como cosa diabólica. ¿Acaso criminales endurecidos no de- 
muestran una indiferencia semejante en presencia de la guillotina? 

Entre los medios naturales empleados para luchar contra el sufrimien- 
to, citaban nuestros antepasados: el jabón, comido ó bebido disuelto en el 
agua (1); las unturas de grasas y de hierbas especiales, «y ciertas drogas 
eficaces, ganancias frecuentes de los fámulos de los tribunales,» según 
dice Esteban Taburot (2). Todas estas cosas, como en otra ocasión hemos 
dicho, no eran más que simples anestésicos desconocidos del vulgo: no 
suprimían la sensibilidad, pero empleados como coadyuvantes de una vo- 
luntad tenaz y fuerte, podían ser confundidos en aquellos tiempos con re- 
medios mágicos. Algunos encomiaban fórmulas encantadas y cédulas su- 
persticiosas gracias á las cuales «nada había de temerse (3),» como por 
ejemplo las palabras Agías- Aganas-Algade..., escritas en un pergamino 
cuyas raspaduras se comían (4). Otros, animados de una fe ardiente, en- 
contraban en las palabras de la Sagrada Escritura y de la Pasión textos 
confortantes y motivos de resignación (5). Pero de todas las fórmulas pia- 
dosas ninguna tan conmovedora como el encantamiento del pobre pacien- 
te que recurría al linimento suave y poético inventado por la fe ingenua 
de la época: «La dulce leche de la Virgen María (6).» 

«Desde los tiempos antiguos hasta los siglos últimos, dice E. Le Blant 
en un notable estudio, un gran número de textos relativos á asuntos cri- 
minales hablan de acusados que soportaban sin desfallecer y hasta sin do- 
lí) Practica rerum.. i53a, fol. 12. 

(2) Les bigarrures du S r des Accords, edición de i5g2, II, 81. 

(3) Brant., Des Dite'.s, VI, pág. IÍ04. 

(4) Véase el estudio de E. Le Blant: Mém. de l'Acad. des Inscriptions et Belles Letres, 
XXXIV. 

(:>) El texto de la Pasión á partir de estas palabras: aSi me quatritis...» se consideraba 
dotado de una virtud sobrehumana en las pruebas del tormento. 

(6) He aquí el versículo completo: nQuemadmodum lac beata.' gloriosa' María 1 virgi- 
nisfuit dulce et suave Domino nostro Jcsu Christo; ita hcec tortura sit dulcís et suavis bra- 
chas et membris » (Grillandus, Tractatus de Judiciis.) 



212 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lor aparente las angustias de la tortura. En algunos casos, como hace ob- 
servar Ulpiano y después de él un jurisconsulto del siglo xvi, Pablo Gri- 
llandus, se atribuye al valor ó al vigor de los pacientes su resistencia in- 
vencible; pero las más de las veces se ve en ello el signo de un auxilio 
sobrenatural y la ayuda de Dios ó la del demonio, según la tendencia de 
cada uno. Así los paganos atribuían á algún secreto mágico la constancia 
de los mártires al paso que los cristianos veían en ella la asistencia divina; 
así también, en época más moderna, Luis Aubery, describiendo los supli- 
cios de Baltasar Gerard, el asesino de Guillermo de Nassau, escribe lo si- 
guiente: «Mientras le arrancaban la carne de encima de los miembros con 
tenazas ardientes, no dio nunca un grito ni siquiera lanzó el más leve sus- 
piro, lo que hizo creer á los holandeses que estaba poseído del demonio, 
y á los españoles, por el contrario, que Dios le auxiliaba. ¡Tan diferentes 
son las opiniones y las pasiones de los hombres!» 

En otro tiempo, era cosa corriente creer en el empleo de secretos ma- 
ravillosos y en este sentido se buscaba en primer término la explicación 
de todo hecho extraño. 

¿Por virtud de qué sortilegios, de qué amuletos diabólicos llegaban 
ciertos acusados á desafiar los suplicios, á permanecer impasibles mientras 
estaban en manos del verdugo? ¿De dónde podían sacar la resistencia y el 
«maleficio de la taciturnidad,» como entonces se decía..? Tales son los 
problemas que á muchos preocupaban en épocas y en lugares muy distin- 
tos: en el mundo antiguo, sin exceptuar á Egipto; en la Edad media y por 
lo menos hasta el siglo xvn en Inglaterra, en Francia, en Holanda y en 
Italia; y por último, en los países del extremo Oriente, en donde esta 
cuestión preocupa todavía. Mandarines, procónsules, burgomaestres, ase- 
sores criminales, jueces de cien diversos nombres y de cien distintos paí- 
ses, cuando no consiguen vencer la constancia de un acusado, creen que 
tienen que habérselas con algún poder sobrenatural. 

La insensibilidad, la fuerza de resistencia, podían conseguirse, según 
se decía, por muy diferentes medios: ingestión de brebajes ó de alimen- 
tos preparados por manos inteligentes; unturas de aguas, de grasas ó de 
aceites mágicos cuya composición es conocida; y este convencimiento 
extraño que se remonta á la antigüedad subsiste todavía en regiones apar- 
tadas, para las cuales no parece haber pasado el tiempo. 

Tenemos muchos datos acerca de los alimentos y brebajes secretos, y 
el permitir á los acusados que los tomaran era uno de los gajes de los fá- 
mulos de los tribunales, según lo atestiguan Esteban Taburot y Bouchet, 
quien refiere en sus Series «que un perillán prometió dinero al verdugo si 
le permitía beber vino con una cierta semilla de Bruca, que pertenece á la 
especie de los jaramagos y que endurece de tal manera la piel que apenas se 
siente el daño del látigo.» Más formal, en apariencia, es el testimonio de un 
magistrado, célebre criminalista italiano del siglo xvi, Hipólito Marsigliis, 
que nos explica las tretas familiares á los malhechores á la vez que los 



y 



LIBRO OCTAVO 21 

medios intentados para combatirlas. Un acusado rebelde á la tortura, es- 
cribe, le había revelado el secreto de su resistencia... Una parienta de 
aquel hombre había hecho cocer una torta extraordinaria amasada con la 
leche mezclada de una madre y de una hija, nodrizas ambas, de la que él 
comía todos los días algunas migajas; y mientras duró la torta, no sintió 
los tormentos. «Otros acusados, añade el magistrado, me han hablado 
también de la virtud de esta extraña mezcla.» 

Un ardid más difícil de frustrar, dicen los antiguos jurisconsultos, era 
el que empleaban ciertos pacientes pronunciando en vo% baja ciertas 
palabras cuando se les aplicaba el tormento; estas fórmulas, cuyas listas 
contenían ciertos libros que se vendían secretamente y á muy alto precio, 
eran muy numerosas y estaban sacadas principalmente del texto de la 
Pasión, a partir de las palabras de Jesucristo: «¿A quién buscáis?» hasta 
su última frase: «Consumado es,» Consiiinniatitin est! 

Una de las fórmulas mas usadas y aplicadas con más oportunidad, 
puesta en boca de aquellos á quienes la tortura podía romper los miem- 
bros, estaba tomada de los versículos en que se dice que los huesos de 
Cristo no íueron rotos en la cruz, en cumplimiento del texto del Éxodo 
referente al cordero pascual: «No romperéis ninguno de sus huesos.» Al- 
gunos ponían su confianza en el recuerdo de la historia del buen ladrón, 
símbolo de salvación en la hora suprema; para arrostrar el dolor y asegu- 
rarse «el encanto del silencio,» bastaba, según se creía, evocarlo en los si- 
guientes términos: «Tres ajusticiados están suspendidos de los brazos de 
las cruces: á derecha é izquierda se ve á Dismas y á Gestas (así se llama- 
ba á los dos ladrones en la Edad media); en el centro está el divino Maes- 
tro. Dismas es condenado, pero Gestas sube al cielo...» También se con- 
fiaba en poder resistir los sufrimientos, escribiendo aquella relación en 
una taja de pergamino cuyas raspaduras se absorbían mezcladas con vino 
ó con agua; pues se creía que las fórmulas secretas tenían el mismo valor 
recitadas que escritas. Los magistrados ponían gran cuidado, á fin de no 
ser burlados por los pacientes, en agobiarles con incesantes preguntas 
para que no tuvieran tiempo «de murmurar nada entre dientes;» era igual- 
mente de rigor registrarlos de pies á cabeza antes de someterlos á la tor- 
tura, pues, convencidos como estaban los jueces de que ciertas palabras ó 
caracteres mágicos tenían siempre una virtud protectora para los que sa- 
bían proporcionárselos, miraban si alguno llevaba un talismán de esta es- 
pecie. «Eran, dice Bramóme, visitados, palpados y registrados para saber 
si llevaban escondidos encima algunos caracteres ó hechizos ú otras pala- 
bras malas ó billetes nigrománticos; por lo cual molestó é irritó á mi tío de 
la Chastaigneraye que antes de ir á su combate un confidente de Jarnac 
le registrara y palpara. '<¡Cómo!, dijo, ;se figurarán que para combatir con 
ese adversario quiero buscar la ayuda de estas cosas y que voy á recurrir 
para combatirle á otro auxilio que mi brazo?» Y en efecto, muchos en 
Italia han sido visitados de esta manera, tanto más cuanto que se encon- 



214 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tro á algunos provistos de esas drogas y brujerías, hasta el punto de que 
varios, temerosos de ser descubiertos por estas investigaciones, antes de 
entrar en combate, según se ha dicho, se han hecho afeitar la cabeza y es- 
cribir é imprimir en ella muchos de estos caracteres y palabras encantadas, 
para hacerse invencibles y más seguros de vencer: como en verdad se han 
encontrado muchas personas allí y en otras partes, en las guerras, carga- 
dos de tales billetes que, según se ha visto, les han dado grandes virtudes 
contra el hierro y contra el fuego.» 

Lo que hacían los duelistas y los guerreros en tiempo de Brantome era 
asimismo familiar á los malhechores llevados ante el juez: también ellos 
ocultaban debajo de sus vestidos ó entre sus cabellos cédulas mágicas, y 
algunos se hacían escribir en la piel del cráneo palabras en las cuales te- 
nían fe; así es que convenía desnudarlos «y afeitarles la cabera para asegu- 
rarse de que nada había en ella escrito.» 

; Hemos de admirarnos de la diversidad de medios á que recurrían los 
pacientes? De ningún mcdo, porque si entre los «torturados» figuraban 
por lo general bandidos cínicos, es indudable que algunas veces se aplicó 
el implacable tormento á inocentes á quienes se apremiaba para que con- 
fesasen á fin «de ahorrar su carne;» y estos, en vez de calumniar al próji- 
mo, en vez de blasfemar, se resignaban santamente y pedían al cielo que 
les diera fuerza para no ceder ante el dolor. 

Todavía en pleno siglo xvn consideraban muchos excusable y hasta ne- 
cesario el tormento, y las inteligencias más privilegiadas, los más refina- 
dos literatos hablan de él en tono de broma. Mme. de Sevigné habla de 
este asunto en los términos menos emocionados, y á propósito del suplicio 
de la célebre envenenadora Brinvilliers escribía en 17 de julio de 1676: 
«¡Al fin se acabó! La Brinvilliers está en el aire... Su pobre cuerpecito ha 
sido arrojado, después de la ejecución, á un gran fuego y sus cenizas aven- 
tadas, de modo que la respiramos, y por la comunicación de los pequeños 
espíritus, nos dará el capricho de envenenar, lo cual nos dejará asombra- 
dos. Ayer fué condenada y esta mañana le han leído la sentencia que la 
condena á hacer pública confesión de su delito, á ser decapitada, quemado 
su cadáver y aventadas sus cenizas. La amenazaron primeramente con la 
tortura y dijo que no era necesario y que lo explicaría todo; en efecto, 
hasta las cinco de la tarde relató su vida, más espantosa aún de lo que se 
creía. Ha envenenado diez veces consecutivas á su padre, á sus hermanos 
y á otras varias personas; á pesar de esta confesión no dejaron de aplicar- 
le la tortura ordinaria y extraordinaria, pero no dijo más de lo que ya ha- 
bía dicho. A las seis la han llevado en camisa y con una cuerda al cuello 
á Nuestra Señora á hacer pública confesión, y después la han vuelto á me- 
ter en el mismo chirrión en que la he visto, echada de espaldas sobre paja, 
con una papalina baja y en camisa, }'endo junto á ella un doctoryal otro 
lado el verdugo.» La propia autora dice el 22 de julio: «Dos palabras to- 
davía acerca de la Brinvilliers: murió como había vivido, resueltamente. 



LIBRO OCTAVO 215 

Entró en el lugar en donde debían darle tormento, y al ver tres cubos de 
agua, dijo: «Será seguramente para ahogarme, porque, dado mi cuerpo, 
no pretenderán que me beba todo esto.» Por la mañana escuchó su sen- 
tencia sin terror y sin debilidad.» 

Entre los escritores del siglo xvn hostiles á la tortura hay que citar á 
La Bruyere: «El tormento, dice, es un invento indefectible para perder á 
un inocente débil y salvar al culpable que ha nacido robusto.» 

Cuando el gran movimiento de 1789 tomó el carácter violento que to- 
do el mundo sabe, la delación fué un instrumento espantoso, ya de ven- 
ganza, ya de intimidación. «La delación es la más importante de nuestras 
nuevas virtudes,» escribía Camilo Desmoulins; los jacobinos juraron en 
enero de 1790 tomar bajo su protección á los delatores; y la delación íué 
la preocupación constante de Robespierre, de Marat y de todos los gace- 
teros llamados «patriotas.» El denunciador recibía como prima, por virtud 
de la ley, una parte de los bienes de aquel á quien hacía guillotinar; de 
aquí el espionaje, las traiciones y las más viles venganzas.» 

La ley del 22 pradial resume toda la legislación anterior en esta sola lí- 
nea: «Todo ciudadano está obligado á denunciar á los contrarrevolucio- 
narios (1)...» Bien dijo Mme. Rolland cuando, al ser conducida al patíbu- 
lo, exclamó: «¡Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!» 

Sabido es que el decreto de 27 de mayo de 1792 condenó á la pena de 
deportación á los sacerdotes no juramentados; pues bien, según este mis- 
mo decreto disponía, cuando uno de estos sacerdotes era denunciado por 
veinte ciudadanos del mismo cantón y el directorio del distrito opinaba de 
conformidad con lo solicitado, el directorio del departamento «venía obli- 
gado á aplicar aquella pena...» 

En virtud del artículo VIII, las denuncias habían de ser admitidas aun 
cuando no estuvieran firmadas por los ciudadanos delatores (2). 

Para formarse idea de la pasión que dominaba á la justicia de aquel en- 
tonces, basta leer, por ejemplo, el siguiente detalle del acta de interroga- 
torio de María Antonieta: «El cuarto testigo, Hebert, declara: que ha po- 
dido adquirir las pruebas de la conspiración de Antonieta, por haber en- 
contrado en el Temple y dentro de un devocionario suyo uno de esos 
signos contrarrevolucionarios que consiste en un corazón inflamado, atra- 
vesado por una flecha y encima del cual estaba escrito: Jesu, miserere 
nobish * 

Resumamos algunas disposiciones notables de la ley del testimonio en 
el extranjero. 

A principios del siglo xvín, fué proclamado en la Georgia ó Grussia, 
como la llamaban los rusos, el código del príncipe Vachtang (3), código 
relativamente reciente si nos fijamos en su fecha, pero muy antiguo en 



(1) La France revol. C. d'IIéric. 

(2) Rev. M. Cat., X, 1894. 

(3) Promulgado en 172Ü. Véase «Journ. des Savants:» Codcx leg. Slavonic. M. Dareste. 



21 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cuanto á los usos que relata. Además de la serie de las ordalías comunes 
á casi todas las legislaciones, encontramos en Georgia un medio de prue- 
ba quizás único en su género: el acusado, para disculparse, daba un men- 
tís al acusador y como garantía de su palabra declaraba además tomar 
sobre su conciencia, en caso de perjurio, «la responsabilidad de todas las 
íaltas de su adversario (i).» La ceremonia que acompañaba á estas pala- 
bras consistía en coger el acusado al demandante por la cintura y cargár- 
selo á la espalda, diciendo delante del juez: «¡Que tus pecados pesen sobre 
mí el día del Juicio final y que yo me vea condenado en tu lugar si he he- 
cho esto de que me acusas!» 

M. Augusto Stceber (2), conservador de los museos deMulhouse, des- 
cribe un antiguo instrumento de suplicio que todavía se conserva: la pie- 
dra de los charlatanes, ó de las malas lenguas (3), que fijada por medio de 
una cadena en la pared de las Casas Consistoriales, representa una cabeza 
de mujer haciendo muecas, con los ojos desencajados y la lengua fuera. 
El peso de este pedrusco es de doce kilogramos y el uso á que estaba des- 
tinado aparece descrito en una cuarteta alemana, cuya traducción es: «Me 
llaman la piedra de los charlatanes y soy bien conocida de las malas len- 
guas. Quienquiera que se complazca en discutir y en disputarse me lle- 
vará por la ciudad.» En efecto, en tiempo de la República de Mulhouse y 
mucho antes, toda comadre sorprendida en flagrante delito de injuria, de 
calumnia ó de maledicencia grave, estaba obligada, además de la multa, á 
pasearse por la ciudad «con la piedra en el cuello,» acompañada de poli- 
zontes que tocaban la trompa y pinchaban con un aguijón á la culpable á 
fin de que apresurara el paso. La reo llevaba atado á la espalda un cartel 
en que se relataban sus fechorías. Sucedía á veces que dos mujeres eran 
condenadas juntas; en este caso, como en Mulhouse no había más que un 
ejemplar de aquella piedra, la una la llevaba hasta cierto sitio, en donde 
cargaba con ella la otra para cumplir á su vez el castigo en que había incu- 
rrido. Esta costumbre era tan antigua como generalizada: en las leyes ger- 
mánicas se ha encontrado una disposición según la cual toda mujer que 
«decía villanías á otra» era condenada á pagar una cantidad y á recorrer la 
población con una ó dos piedras atadas al cuello por una cadena. Este hu- 
millante castigo estaba asimismo en vigor en la pequeña ciudad de Argon- 
ne, desde la primera mitad del siglo xvm, en las Flandes y en los países 
escandinavos; pero en Alemania es en donde se aplicó más generalmente, 
según parece, cambiando el instrumento del suplicio de nombre y de for- 
ma, según los lugares: en unos tiene la forma de una botella y se denomi- 
na, en su consecuencia, «botella de carcelero)) (4); en otros es la «piedra del 



procedimiento estaba admitido para los robos de poca importancia. Ve'ase 
wants, 1887, pág. 172. Estudio tomado de Max Kovalevski, profesor de la 



(1) Este ¡ 
Joiirn. des Sa 
Universidad de Moscou 

(2) Citado por M. O. Renaud 

(3) Der Klapperstein. 

(4) Bitttel-b lasche. 



LIBRO OCTAVO 217 

sapo» (i); en otros la «piedra de ignominia" (2), ó «piedra del vicio» (3). 
Estos diversos nombres hacen suponer que todas estas «piedras» no esta- 
ban destinadas únicamente á castigar los delitos de palabra. El empico de 
la Klappcrstcin se perpetuó en Mulhouse hasta que esta ciudad se unió á 
Francia en 1798. 

Antiguamente en Suecia el que se quejaba de un robo quedaba some- 
tido á un procedimiento algo trivial: en primer lugar, había de indicar a 
sus vecinos al supuesto culpable; luego se dirigía «en camisa» y acompaña- 
do de dos testigos, escogidos entre aquellos vecinos, al domicilio sospecho- 
so, en donde se practicaba una pesquisa (4), y si el inculpado quería opo- 
nerse á esta visita, el robado requería á sus vecinos y penetraba con ellos en 
la casa á viva tuerza, según dice M. Schlyter, jurisconsulto sueco. ¿Por qué 
había de ir «en camisa» el querellante? Probablemente por temor de que 
maliciosamente llevara oculto entre sus vestidos algún objeto y lo deposi- 
tara él mismo en el domicilio de su enemigo para comprometerlo, inter- 
pretación verosímil por cuanto la ley añade que si en la casa sospechosa 
hubiese alguna abertura por donde el objeto pudiera ser arrojado desde el 
exterior, el acusado podría justificarse con doceco-juradores que certifica- 
ran su probidad. 

Los groelandeses proceden todos los años calas denuncias públicas, que 
la justicia popular admite, en un «festival» que empieza con ceremonias 
religiosas. Si un groelandés tiene que reprochar algo á un vecino; si tiene un 
resentimiento por razón de ultrajes recibidos, en vez de llevar á su ene- 
migo á los tribunales, espera el día de la fiesta, y «cuando toda la tribu es- 
tá reunida, dice el Dr. Ruick, el oíendido, ó el abogado poeta que le re- 
presenta, toma la palabra y en un canto rimado echa en cara, delante de 
todos, su falta al culpable para obligarle á avergonzarse de su injusticia.» 
No se recurre, pues, á la venganza ni al castigo, sino que se denuncia sim- 
plemente el delito á la reprobación universal. «Después que los acusado- 
res han cantado su censura (5), los acusados están autorizados para presen- 
tar una defensa sumaria, hecho lo cual, los gritos de la asamblea (aclama- 
ciones ó maldiciones) constituyen un verdadero veredicto en favor ó en 
contra del acusado.» Esta ceremonia es el juicio popular tal como se prac- 
ticaba en los primeros tiempos de Grecia. El ofendido, mientras espera 
que llegue la fiesta que, corno hemos dicho, es anual, tiene tiempo de ver 
aplacada un tanto su cólera cuando ésta no está seriamente justificada por 
una violación flagrante del derecho. 

Para evitar que se mienta en los tribunales, los autores talmúdicos re- 
comiendan á los israelitas que recuerden á los que se disponen á tomar 
á Dios por testigo cuan grave es el acto que van á realizar: «Sabe que 

(1) Krotenstein. 

(2) Schandstcin. 

(3) Lasterstein. 

(4. Ran zsaka, pesquisa domiciliaria. 

(¿) Su Nith-Song. 



2l8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

el mundo tembló cuando el Altísimo declaró en el Sinaí que no estaba 
permitido tomar en vano el nombre de Jehová, y que el que incurre en 
culpable mentira será castigado en sí mismo ven su posteridad.» Y añaden 
esta advertencia: «Sabe también que no te hacemos prestar juramento se- 
gún el significado que puedas dar á tus palabras, sino según Dios y según 
el sentido dado por tus jueces (i).» Las razones que justifican estos pru- 
dentes avisos se fundan, según los comentaristas, en la necesidad de esta 
precisión, porque un deudor podría jurar, por ejemplo, que ha devuelto el 
dinero que le reclaman sin que el acreedor lo hubiese en realidad recibi- 
do; y en apoyo de ello citan como muestra la ingeniosa maniobra siguien- 
te. Un judío se vio una vez en el caso de tener que declarar ante el tribu- 
nal si había ó no restituido el dinero á su acreedor. ¿Y qué hizo? Vació su 
bastón, metió en el hueco la cantidad reclamada, clavó con cuidado el pu- 
ño y el día señalado se presentó ante el juez; y en el momento en que éste 
le llamó á declarar, fingiendo que el bastón le estorbaba suplicó á su acree- 
dor que se lo guardara mientras él aguantaría las filacterias para prestar 
juramento. Después de lo cual, con acento desembarazado y convencido 
juró «haber entregado» el dinero al querellante, recogió nuevamente su 
palo y se marchó sin que de momento el acreedor pudiera darse cuenta 
de la treta ala que tan complacientemente se había prestado... El episodio 
escandalizó)- desde entonces el bastón de Rabba ha llegado á ser legendario. 

Los abogados, los médicos, etc., están obligados por nuestra legisla- 
ción á guardar el secreto profesional (2)..., y por otra parte todo ciudada- 
no tiene el deber de denunciar los crímenes y delitos de que tenga cono- 
cimiento (3). Estos dos preceptos, sin embargo, no se contradicen: en 
efecto, no basta ser médico ó abogado para excusarse de comparecer ante 
el tribunal en caso de haber sido citado debidamente, pues de no compare- 
cer en este caso incurrirá en la pena señalada á los testigos refractarios; 
tampoco podrá negarse á prestar juramento si á ello le requiere el magis- 
trado. Sin embargo, como por la fórmula misma del juramento el testigo 
está obligado á decir «toda la verdad,» las personas depositarías de secretos 
por razón de su estado, obrarán prudentemente declarando el motivo por 
el cual deben restringir su declaración. 

Pero el caso más delicado que puede presentarse es el del secreto de ¡a 
confesión. La ley eclesiástica que impone silencio al confesor es tan abso- 
luta (4), que en el siglo iv se habló de suprimir las penitencias públicas 
por temor de que la publicidad de la expiación permitiera adivinar el sen- 
tido de lo confesado por el penitente. 

El cuarto concilio de Letrán, admitiendo la hipótesis de un sacerdote 



(O Leg. du Talmud, Rabbincnvicz, t. V, pág. 9. 

(2) Articulo 878 del Código Penal. Las personas que por su estado ó profesión son de- 
positarías de secretos que les han sido confiados deben guardarlos (-excepto en los casos en 
que la ley les obliga á ser denunciadores,» añade el texto. 

(3) Art. ?o, tnstr. cr. 

(4) Véanse Farinacius, d'Hericourt, Durand de Maillanne... 



LIBRO OCTAVO 219 

que olvidara en lo más mínimo el más estricto tal vez de sus deberes, de- 
clara que ese confesor indiscreto habría de ser depuesto y condenado lue- 
go á detención perpetua en un monasterio, bastando, para incurrir en es- 
te castigo, que por un signo ó por una palabra imprudente ( i) hubiese po- 
dido hacer sospechar la más ligera indiscreción. El séptimo concilio de 
Cartago (2), previendo también en teoría otro caso, dice: "Si un obispo, 
noticioso de un crimen por una confesión, llegara á lanzar una exco- 
munión contra el penitente (porque el crimen cometido trajera de dere- 
cho aparejada esta pena), los demás prelados deberían deponer á ese obis- 
po temerario por todo el tiempo que no quisiera comulgar con su dio- 
cesano.» 

«El principio de inviolabilidad es tan riguroso, que los teólogos dicen 
que un confesor no podría ni siquiera negar la comunión á una persona 
á quien hubiese juzgado indigna de absolución. Tampoco podría un sa- 
cerdote tomar precauciones demasiado ostensibles contra un individuo que 
le hubiese confesado haberle robado, por temor de hacer traición indirec- 
tamente á la confidencia sacramental (3).» 

Finalmente, le está prohibido al confesor preguntar los nombres délos 
cómplices de las faltas confesadas, y el penitente tampoco puede á su vez 
revelárselos (4). La misma Inquisición, tan deseosa de conocerlos más ín- 
timos secretos, ordenó que nunca pudiera aprovecharse de lo que se hu- 
biese sabido por la confesión sagrada de los fieles (5). 

Al llegar á este punto, consideramos oportuno relatar algunos episo- 
dios judiciales relacionados con este orden de ideas. 

Habiéndose cometido un robo en Chievres, formulóse querella crimi- 
nal contra culpables desconocidos, y teniendo noticia el juez de instruc- 
ción de que una parte del dinero robado había sido restituido por conduc- 
to de un sacerdote, el padre Lavaine, citó á éste para que compareciera 
ante el tribunal. Obedeció el sacerdote el mandato del juez, pero declaró 
que no podía hablar porque las revelaciones que le habían sido hechas ha- 
bíalas recibido bajo la fe sacerdotal. Insistió, sin embargo, el ministerio pú- 
blico en que el testigo se explicara acerca de la confidencia que le habían 
hecho y para obligarle á ello hasta se le procesó, habiendo sido el cura 
condenado en primera y en segunda instancia. El padre Lavaine, invocando 
el carácter estrictamente sacerdotal de la confesión en semejante caso, in- 
terpuso recurso de casación y el Tribunal Supremo declaró: «Que estando 
puesta la religión católica bajo la protección del gobierno, según el Con- 
cordato, la autoridad civil debía respetar uno de los principios esenciales 
de la misma, ó sea la inviolabilidad de la confesión, y que únicamente en 
el caso de que el ministro del culto hubiese tenido conocimiento del he- 

(1) Conc. Lat., can. IV... verbo aut signo aliquovis modo. 

(■¿) Cánones 99 y 100. 

(3) An. Catli., enero 1894. Padre Morcan, v. gen. de Langres. 

(4) Sínodos de Bayeux, de Lieja 14o." 1 ; concilio de Sens 1424; sínodo de París 1 5 3 7 . 

(5) Regla [61 de la Orden. 



220 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cho como particular podría ser compelido á declarar ante el juez(i).» 

En la correspondencia del cónsul de Francia en Venecia, del año 17 14, 
se lee el siguiente episodio. El cura de la parroquia de San Matías de Ve- 
necia, de quien se sospechaba que había mantenido una correspondencia 
secreta con el ministro de Francia, fué sometido al tormento ordinario y 
extraordinario, sin que se le pudiera arrancar otra explicación que la afir- 
mación enérgica de su completa inocencia. Después de haber discutido si 
se le impondría la pena de muerte, se le condenó á prisión perpetua, con 
la esperanza de que con el tiempo delataría á sus supuestos cómplices. 
Tres años hacía que estaba en la cárcel cuando una circunstancia inespe- 
rada hizo que fuese descubierto el verdadero autor de la carta que erró- 
neamente se le había atribuido. El culpable, sometido á su vez al tormen- 
to, confesó su crimen y fué ahorcado, y entonces el párroco de San Matías 
vio proclamado su heroísmo por haber preferido la tortura y la infamia 
antes que pronunciar el nombre del delincuente que había conocido en 
acto de confesión. 

Hace algunos años, un hombre que había cometido un asesinato en la 
Podolia, provincia separada de Polonia, acosado por los remordimientos, 
fué á confesarse con un sacerdote católico, y al salir de la sacristía, en 
donde el cura le había confesado, dejó caer inadvertidamente ó con inten- 
ción de desembarazarse de él, un traje ensangrentado perteneciente á la 
víctima. La policía, que oyó hablar de aquel vestido sospechoso, se apode- 
ró de él y detuvo al sacerdote, el cual no conociendo las circunstancias 
del crimen más que bajo el secreto confesional, no quiso disculparse y fué 
en su consecuencia condenado, infamado y desterrado á las minas de Si- 
beria. Poco tiempo después, el asesino, en su lecho de muerte, mandó 
llamar á un magistrado y le confesó su crimen; y el nuevo Nepomuce- 
no (2) fué solemnemente restituido á su parroquia. 

Como idea correlativa al secreto á que está obligado el confesor y como 
antítesis de la confesión forzada, resultante de las violencias del tormento, 
fáltanos hablar de la confesión voluntaria, libre y espontánea de los culpa- 
bles, ora se trate de un penitente que se acuse de sus faltas ante un sacer- 
dote, ora de un criminal arrepentido que confiese sus crímenes ante el juez. 

No hemos de recordar aquí, por tratarse de un punto de teología pura, 
la doctrina de la Iglesia sobre la «confesión sacramental;» sin embargo, 
creemos necesario concretar dos puntos de historia religiosa. En primer 
lugar, ¿es cierto que la confidencia voluntaria expresada en forma de con- 



(1) Blanche, C. P., art. ijS. — Carnot, pág. Ó67.— Merlin, Répert. — Legravarend, to- 
mo I, pág. 2D7. Cuando el proceso de la marquesa de Brinvilliers, los magistrados fueron 
menos escrupulosos: entonces M. de Lamoignon y el presidente de Mesmes autorizaron la 
presentación ante el tribunal de una confesión escrita, descubierta en Lieja entre los pape- 
les de la acusada En vano M. de Palluau y otros declararon que esto constituía un abuso 
inmoral; nadie les hizo caso y se dio lectura del documento. 

(2) Sabido es que, habiéndose negado San Juan Nepomuceno á revelar la confesión de 
la emperatriz, Wenceslao lo hizo arFojar al Moldau, atado de pies y manos, en 16 de marzo 
de i383. 






LIBRO OCTAVO 221 

fesión auricular sea tan antigua como las primeras civilizaciones? ¿Es exac- 
to, por ejemplo, según escriben muchos egiptólogos, que ya en tiempo de 
los Faraones la confesión de ¡as jaitas constituía parte integrante de la re- 
ligión practicada á orillas del Nilo? Para formarse concepto de esto, im- 
porta referirse á los rituales sagrados que los egipcios colocaban en el ataúd 
al lado d; las momiasyen los que se lee lo que se llamaba «declaración 
ó confesión del difunto delante de Osiris y de los 42 Espíritus del mundo 
inferior encargados de fallar sobre los 42 pecados capitales.» Ahora bien, 
examinando las frases atribuidas al alma que comparecía ante el tribunal 
supremo, se verá que en nada se parecen á un acto de compunción ó de 
humildad, pues el pecador, lejos de acusarse, hacera apología, ensalza sus 
virtudes, encomia sus buenas acciones, en una palabra, se defiende como 
lo haría delante de un juez á quien fuese preciso convencer y que no es- 
tuviese dotado de gran perspicacia: «¡Osiris, Dios perfecto! Lo que ante 
vos digo es la pura verdad. Disimulad mis faltas. — No he sido embustero 
ni malo. — No he matado. — No he engañado «í la justicia. — No he defrau- 
dado á nadie en el salario de su jornada. — No he sido perezoso, no me he 
cansado. — No he sucumbido á la pena; no he perdido el valor. — No he 
hecho nada de lo que odian los dioses. — No me he olvidado de lo que 
debía á mis superiores. — No he oprimido, ni hecho pasar hambre, ni llo- 
rar á nadie. — No he practicado ningún engaño á la faz de los hombres. — 
No he falsificado las medidas de Egipto. — No he robado nada á las esta- 
tuas de los dioses. — No he quitado las vendas de lino de los cadáveres. — 
No he tenido tratos con personas de mala vida. — No he practicado la 
usura. — No he falsificado los sellos de las sortijas. — No he disminuido el 
peso de las balanzas. — No he molestado á las gacelas en su vivienda. — 
No he tratado de apoderarme de las aves de los dioses. — No he tomado 
ni su pescado Kamini ni su pescado Oxirinco. — No he detenido ni sus- 
pendido el curso del río. — No he defraudado á los dioses los muslos de 
sus víctimas. — No he perseguido los rebaños sagrados. — ¡Soy puro! ¡Soy 
puro! ¡Soy puro!» Difícil nos parece encontrar en este discurso ninguna 
analogía con el lenguaje humilde del penitente (r). El egipcio, en lugar 
de reconocer sus culpas, se glorifica orgullosamente. 

El segundo punto relacionado con la confesión religiosa es el que se 
refiere á ¡a confesión entre los cismáticos. La Iglesia griega, como la Iglesia ro- 
mana, impone á sus fieles la confesión auricular y por virtud de la ley sus 
sacerdotes están autorizados, en principio, para encerrarse en un mutismo 
absoluto en el caso de que la justicia pretendiera asociarlos á una informa- 
ción indiscreta. Según el rito oriental, la confesión del penitente es más 
sumaria que la latina, puesto que puede concretarse «á una declaración 
general de culpabilidad sin designación alguna de pecado.» De suerte que 
una confesión en globo, una simple fórmula tal como esta: «Soy pecador,» 



(1) Mea culpa, mea máxima culpa! 



222 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

basta, á tenor de los cánones cismáticos, para merecer la absolución del 
sacerdote. El sacramento de la Penitencia es en tan escasa medida una 
dirección personal, que hay escuelas en donde el pope, para ir más de pri- 
sa, confiesa á varios niños ala vez haciéndoles la misma pregunta (i). En 
Rusia, por lo menos cuando se trata de gente del pueblo, el sacerdote pro ■ 
cede principalmente por medio de interrogaciones. El pope, según dicen, 
ha de hacer al aldeano las dos preguntas siguientes: «¿Has robado? ¿Te 
has emborrachado?» Y el mujik responde generalmente: «¡Soy pecador!,» 
ó «¡He pecado, padre mío!» En los templos rusos no hay confesonarios 
(que en Rusia se denominan «pequeñas garitas») (2), como se ven en los 
santuarios católicos de Kief y de Vilna, sino que el sacerdote y el peniten- 
te se colocan de pie, uno enfrente de otro, detrás de una verja ó de un 
biombo que los separa del público sin ocultarlos á la vista de éste, y aun 
á veces se limitan á colocarse al pie de una columna ó en un rincón de la 
iglesia. «Al lado del sacerdote hay un pupitre con una cruz y un evange- 
lio, sobre el cual pone ei fiel dos dedos de la mano, como para jurar que 
dirá la verdad.» El sacerdote absuelve al penitente imponiéndole en la ca- 
beza una punta de la estola, después de lo cual se hace aquél inscribir en 
los registros del diácono. 

¿Por qué es tan sumaria y tan vaga la confesión de los griegos? Un 
autor da como razón de esta reserva obligada el matrimonio de los sacer- 
dotes cismáticos: «El pope casado, dice, inspira evidentemente al fiel me- 
nos confianza, menos abandono que el sacerdote célibe... Esposo y padre 
de familia, el pope no se halla envuelto en la aureola angélica que impri- 
me en la frente del sacerdote católico el voto de castidad, y no ejerce so- 
bre los corazones piadosos la misma influencia mística (3).» 

Otros pueblos cristianos han participado de este mismo sentimiento 
respecto de su clero: así en tiempo de Enrique VIII la ley inglesa prohibía 
aún, bajo pena de felonía, el matrimonio á los eclesiásticos, y si durante 
el reinado de Eduardo VI se relajó esta disciplina, fué con pesar, pues el 
Estatuto declaraba «que los ministros de Dios serían más estimables si po- 
dían vivir en el celibato.» 

En Rusia, dada la indigencia del sacerdote, todas las funciones del 
mismo son retribuidas, inclusa la confesión: el precio que se paga por la 
confesión del mujik es de 10 á 20 kopeques (4); por la de los ricos se satis- 
facen algunos rublos (5). 

Por último, lo que tal vez explique por qué la efusión religiosa del pe- 
nitente ruso ha acabado por retraerse de una manera tan extraordinaria es 
el Reglamento de Pedro el Grande (6), que ordena á los confesores bajo 



(!) L' Empire des tsars, III, 1 56. 

(2) Boadki. 

(3) L' Empire des tsars, III, 160. 

(4) 40 á 80 céntimos. 

(5) El rublo vale unos cuatro francos. 

(6' Reglamento espiritual; 1." parte del suplemento. 



LIBRO OCTAVO 223 

pena de muerte delatar «los complots contra el Estado ó contra el empera- 
dor (i).» Esto sentado, ¿no es de temer que ciertas confidencias mal com- 
prendidas, mal interpretadas por un espíritu timorato, poco perspicaz ó 
suspicaz en demasía, puedan ser reveladas por el sacerdote, por considerar- 
las éste como capaces de poner en peligro la seguridad del soberano ó del 
Estado? 

Una particularidad de la Iglesia greco-rusa es el certificado de confesión 
ó testimonio del sacerdote que con ocasión de la Pascua suele librar el 
sacristán del pope. Además, todos los años se envía á los obispos el regis- 
tro oficial en que están inscritos los fieles confesados, para que se entere 
de él el emperador por medio de un informe del fiscal. De manera que exis- 
te allí una verdadera estadística legal de las devociones en la que figuran 
cincuenta millones de rusos que observan las prácticas religiosas ó que, á 
lo menos, son declarados tales por el clero (2); porque sucede á veces que 
el pope dispensa á tal ó cual de sus feligreses de un acto religioso que más 
bien sería un escándalo dada la indiferencia ó el escepticismo del fiel. 

La segunda clase de confesión voluntaria es la que se hace ante ¡a jus- 
ticia; y como al acusado no se le pueden ocultar las graves consecuencias 
de este acto, ninguna prueba parece más á propósito para llevar el con- 
vencimiento al animo del juez. En esta idea se inspira el procedimiento 
criminal inglés cuando pone al inculpado en el caso de declarar si niega 
el hecho que se le imputa ó si se reconoce culpable (3). Si el acusado 
confiesa el delito, el magistrado, considerando resuelta la cuestión de fon- 
do, no tiene que hacer más que aplicar la pena. 

Realmente la confesión es, en principio, «la prueba más probato- 
ria (4),» como dicen los jurisconsultos; sin embargo, los sentimientos 
humanos son tan complejos que hay que admitir que la jactancia, el has- 
tío de la vida, la desesperación y hasta el deseo generoso de salvar á un 
cómplice, pueden ser otras tantas causas de falsas confesiones. Por esto la 
justicia francesa, más prudente en esto que la inglesa, se cree en el deber 
de pesar el valor de la confesión, de discutirla, de comprobar su sinceri- 
dad (5). Supongamos un proceso que se prolongue muchos meses á con- 
secuencia de los requisitos de la instrucción; durante este tiempo, el acu- 
sado se defiende contra los testigos y lucha contra los curiales... Pero un 
día, cansado de la prisión preventiva cuyo término no vislumbra, abatido 
por aquella incertidumbre que le parece peor que la misma represión, se 
denuncia, en un momento de despecho, como autor del crimen que le 

(1) Semejantes prescripciones se derivan del hecho notable de ser el zar á la vez jefe 
de ¡a Iglesia y gran maestre de la policía del Imperio 

(1) Apenas hay cinco ó seis millones de cristianos indiferentes..., cuando menos se- 
gún la estadística oficial. 

(3) Guilty ornot guilty. Véase M. Glasson, Hist. du D. et des Instituí, d' Angleterre, 
tomo VI; y .\í. Bonnier, Traite des preuves. Lo misino vemos en el Código penal militar de 
Suiza y en la lev de Berna de 2 mayo 1880. Véanse Ann. de legislat. étrang., i ss i. .pq. 

(4) Probatio probatissima. 

(5) Un antiguo axioma de jurisprudencia dice: «Nento auditur perire volens.n «No se 
debe escuchar al que quiere su propia pérdida.» 



2 24 HISTORIA DE LAS CREENXIAS 

imputan porque «quiere salir de aquella situación, cueste lo que cueste.» 
Esto es sin duda un acto de locura, y no obstante, en todo tiempo ha 
habido confesiones dictadas sólo por el cálculo... Ulpiano, por ejemplo, 
refiere que cierto esclavo era tratado de un modo tan cruel por su amo, 
que para sustraerse á tan intolerable dominación se entregó á la justicia 
como culpable de un asesinato cuyo autor no había podido ser descu- 
bierto (i). 

Aunque las confesiones falsas son raras, pueden citarse algunos ejem- 
plos: Un hombre se presentó cierto día espontáneamente en un puesto de 
policía y dijo ser el asesino de una viuda cuya desaparición, en Issy, daba 
lugar á las investigaciones más infructuosas. Se le procesó, y su defensa, 
presentada expresamente por él de una manera comprometedora, no dejó 
duda alguna acerca de su imaginaria culpabilidad. Dos años después, la 
supuesta víctima regresó á su casa y se enteró por sus vecinos de que la 
habían creído asesinada y de que su asesino sufría el condigno castigo por 
el crimen que él mismo se imputó. De este modo conoció aquella mujer 
el drama á que involuntariamente había dado lugar (2). 

¡Quién no ha oído hablar de la lúgubre y trágica historia de la señora 
Gardin, que para abreviar la duración de la prisión preventiva, apeló al 
recurso desesperado de delatarse como parricida, y aunque al comparecer 
ante el jurado quiso retractarse de aquel acto de desesperación, fué con- 
denada á trabajos forzados á perpetuidad! Poco después, eran detenidos y 
castigados justamente los verdaderos culpables (3). 

Existe en China, según parece, una industria singular: hay allí indivi- 
duos que se dedican á confesarse espontáneamente culpables de tales ó 
cuales delitos, á fin de asegurar la impunidad á los verdaderos delincuen- 
tes, y rige una tarifa especial, según dicen, para las personas que ejercen 
«la substitución en materia criminal.» 



(1) Ulpiano, Ley, 55, 27, D. De quest.— Véase también Constit. Sept. Severo que orde- 
na que no se admita la confesión sino después de una comprobación minuciosa. 

(2) Duverger, Manual du Jug. instruct., núm. 33o. Hechos análogos han sido compro- 
bados por M. Greemleaf, tomo II, pág. '¿79, y por M. Wils, Circitmstantial evidcnc*, capí- 
tulo III, nota 2. 

(3) Tribunal de asises del Norte; Droit, 18 de marzo de 1862. Pueden citarse ade- 
más los procesos Philippe, Lesnier, Mallett y el de Vood, cuya inocencia fué reconocida 
gracias á una revelación inesperada, hecha tres días antes del señalado para la ejecución 
del supuesto culpable. (Droit, 7 y 8 de abril de 1862.) 



CAPITULO II 
«LOS JUICIOS de dios:» descripción de las diferentes 

CLASES DE ORDALÍAS 



Investigaciones acerca de la antigüedad de las ordalías. — Cómo se explica la crueldad de 
las pruebas judiciales. — Insuficiencia de la multa y del juramento.— Procedimiento de 
los bárbaros en materia criminal. — Purgación legal de los acusados. — Justificación por 
el fuego, el guantelete y la barra de hierro y por el agua caliente y el agua fría. — Des- 
cripción de pruebas por supuestos sortilegios. — Kstudio crítico sobre las supercherías 
de los brujos.— Opinión de Alberto el Magno. — Juramento de «prueba leal.»— Juicio por 
la cruz. — Demostración por la cruz de sauce en Alemania: la voz de la suerte. — ;En qué 
consistía antiguamente la prueba del ataúdí — Justificación por medio de los alimentos: 
el queso maldito, el bocado de pan de cebada... — El «corsned» y el asesino Godwin. — 
El concilio de Auxerre y los oráculos por el pan. — Juicios llamados «de la Eucaristía.» 
— Pruebas judiciales contemporáneas: por el veneno en el Gabón, y el gorro fetiche en 
Guinea; por el gato montes entre los mombutúes, y la azagaya ardiente en el Daho- 
mey...— Procedimientos de exculpación en las Indias: las serpientes.— Solución de los 
procesos en el Camboia, por la zambullida, los ocho papeles, la bola de arroz... 

Al ocuparnos de la cuestión del juramento hemos visto que el hombre, 
puesto en el caso de garantizar la sinceridad de su palabra, había tomado 
por testigos, ora á los Elementos, ora á los Genios y á los Espíritus, pero 
sobre todo y ante todo á ese ser perspicaz como ninguno que se llama la 
Divinidad. Esto explica que la fe de los pueblos en la justicia del Cielo 
haya pensado, en caso de duda sobre la culpabilidad de un acusado ó so- 
bre lo bien fundado de un derecho, «en atenerse al testimonio de Dios 
omnisciente,» recurriendo á la práctica supersticiosa de los juicios de Dios, 
aberración tan general como explicable y de la cual habla Montesquieu (i) 
en términos que nos sentimos tentados de considerar excesivamente in- 
dulgentes. Y sin embargo, á pesar de la inverosimilitud, preciso es reco- 
nocer que el procedimiento de los juicios de Dios que afectaba á la vez al 
cuerpo con la amenaza de los sufrimientos, y al alma con el temor del 
perjurio, fué un progreso relativo, un paso hacia la organización racional 
de la justicia humana. En efecto, ¿no hemos visto acaso en las leyes bár- 
baras, para no hablar más que de éstas, exigir en un principio simple- 
mente una indemnización ó composición en caso de asesinato y aun con- 
sagrar algunas veces un derecho discrecional de venganza (2), incluso el 



( 1) «Las leyes sobre el combate judicial, el hierro candente y el agua hirviendo estaban 
tan en armonía con las costumbres, que más bien que ser injustas engendraron pocas in- 
justicias, fueron más inocentes en sus efectos que en sus causas, más chocaron con la equi- 
dad que violaron derechos, y fueron, en suma, más irracionales que tiránicas.» (Espr. 
des lois.) 

[2) Tales fueron las leyes de losfrisones (tít. II) y la de los alamanes(tít. XLV, 1 y:)... 
Tomo III i5 



226 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de la muerte, sin que la sociedad interviniera para nada en ello? Pues 
bien, este sistema adolecía de un doble vicio, ya que facilitaba las violen- 
cias de los que tenían con qué pagar y á menudo dejaban á la víctima ó á 
su familia desarmada ante el agresor insolvente. De esto resultó una reac- 
ción excesiva, pero inevitable, porque la justicia y la opinión reclamaban 
sanciones de una índole tal que, rico ó pobre, «el culpable pagara su íalta 
con el daño de su cuerpo.» ¿No es esta una explicación bastante de las 
pruebas judiciales que vamos á estudiar, pruebas cuyo objeto era precisa- 
mente poner al interesado en el caso «de ofrecer su propia carne como garantía 
de las afirmaciones de su inteligencia,» según feliz expresión de un antiguo 
criminalista? 

No se crea que los «juicios de Dios» daten solamente del derecho bár- 
baro, puesto que con diversos nombres presentan un carácter de universa- 
lidad, habiendo formado parte integrante de la legislación de los griegos, 
lo mismo que de la de los esclavos y de los indos. En una tragedia de Só- 
focles, los guardas ofrecen probar su inocencia «atravesando llamas y ma- 
nejando un hierro candente (i);» y Estrabón (2) y Plinio refieren que 
ciertos sacerdotes soportaban la quemadura de carbones incandescentes. 

Estas prácticas las encontramos casi en todos los pueblos durante la 
Edad media y hasta fines del siglo xm; pero existe una diferencia notable 
entre las pruebas sufridas por medio de los elementos y las resueltas por las 
armas. Cuando se recurría á los elementos, la prueba se denominaba or- 
dalía, palabra derivada de otra germánica que significa juicio (3); y en 
cuanto al desafío judicial por las armas, generalmente se le da el nombre 
de duelo, que practicaron ya constantemente los celtas, los escandinavos y 
los germanos (4). 

Sin duda, y Tácito habla de ello con insistencia, estos últimos, que 
eran muy supersticiosos, consultaban los auspicios y recurrían á los sorti- 
legios para descubrir las cosas ocultas (5); pero lo más común en ellos era 
que zanjaran sus contiendas con las armas en la mano. Si los testigos eran 
adversos ó los co-juradores en número suficiente, el acusado «estaba auto- 
rizado para purgarse por las armas» y el acusador debía necesariamente 
aceptar la lucha. 

La cuestión del duelo la trataremos detalladamente, por razón de su 
importancia, en el siguiente capítulo. 

Otro motivo indujo á los jurisconsultos á buscar en las pruebas judi- 
ciales una sanción corporal. A la penalidad pecuniaria ó «composición» 
de las leyes bárbaras había sucedido en los primeros períodos de la mo- 
lí) Antígona, V, 263— Véase M. Proost, 5y. 

(2) Geograpli. V, 2, párrafo 9. 

(3) Algunos autores han querido derivar la palabra ordaliade ordeum, cebada. Cierto 
que la prueba del pan de cebada era una ordalía, pero no era la única. Además, la verda- 
dera ortografía de la palabra cebada, en latín, es hordeum, y en ninguna parte ordalía está 
escrita con h inicial. 

(4) Veleyo Patérculo, II, 1 18 . — Gregorio de T., II, 2. 

(3) Auspicia sortesque ¡it qui máxime observant. (De morib. Germ., 10). 



LIBRO OCTAVO 227 

narquía francesa el procedimiento de la purgación por juramento; esta justi- 
ficación, usada en derecho canónico, era relativamente aceptable cuando 
se trataba de eclesiásticos, pero al extenderse á todas las clases sociales 
convertíase en una especie de prima al perjurio y aseguraba la impunidad 
á los malhechores de la peor especie. 

¿Era alguien objeto de sospechas con ocasión de un crimen? Pues no 
tenia más que presentarse ante el juez ó ante el pueblo congregado y ju- 
rar que nada tenía que ver con el hecho denunciado, y se le absolvía ple- 
namente... A nuestros antepasados parecíales imposible que un hombre 
se atreviera «á certificar en falso su inocencia por la condenación de su 
alma,» como decía el juramento que se exigía al inculpado. 

Según una de las formas más antiguas de este procedimiento, el acu- 
sado, llamado jurator ó sacramentalis (i), cogía un puñado de espigas y las 
arrojaba al aire poniendo al cielo por testigo de su inocencia. Más adelan- 
te le veremos declarar, con una lanza en la mano, que está dispuesto á 
«sostener por el hierro» lo que afirma por juramento, y de esta suerte este 
desafío se transformó en pruebas judiciales inventadas para robustecer la 
autoridad de las declaraciones prestadas ante el tribunal. Y como la impru- 
dencia de constituir á un individuo en juez y parte de su propia causa en- 
gendró los más escandalosos abusos, decidióse que el acusado, para mayor 
garantía, añadiese á su propia afirmación la de sus amigos ó parientes. 
Esta especie de testigos se denominaron conjuratores ó compurgatores y ha- 
bían de estar dispuestos también á sostener su declaración con las armas: 
á ello les obligó formalmente una Constitución del rey Gondebaldo; pero 
en realidad se limitaban á dar una especie de certificado de moralidad sin 
discutir el fondo de la inculpación. 

A pesar de estas garantías, el juramento sin pruebas corporales no tardó 
en perder toda autoridad á los ojos del juez, por la razón de que ema- 
naba del principal interesado ó de sus íntimos, y ya no se consintió más 
que á las personas de calidad, no obstante lo cual, Luis el Bondadoso y Lo- 
tario hubieron de dictar penas muy severas contra los juramentos fal- 
sos, que eran de día en día más frecuentes: «Para el que haya cometido 
á sabiendas un perjurio, que no haya otra remisión que cortarle la muñe- 
ca (2).» 

El concilio de Valence, celebrado en 855 en tiempo del rey Lotario, 
apiadándose de las «almas que diariamente se condenaban,» llegó á acon- 
sejar que no se recurriera al juramento. Un concilio de Letrán, durante 
el pontificado de Alejandro III, lo proscribió sin excepción á los eclesiásti- 
cos, á consecuencia de escándalos ruidosos. Y, por último, durante un 
cierto período, se le prohibió en todas las causas y entre toda clase de- 
personas. 

(1) De sacramentum, juramento. Llamábase jusjwandum especialmente el juramento 
judicial. 

(2) L. De eo qui perjurium..., libro IV, articulo g5. 



228 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Fuera de Francia, también en otros países demostró la experiencia que 
los individuos que no vacilaban en manchar desangre sus manos para sa- 
tisfacer su codicia ó su odio ciego, no tenían el menor escrúpulo en ser 
perjuros á fin de librarse del verdugo, ó en comprar co-juradores. Por esto 
Otón I, por virtud de una reacción que los acontecimientos hacían pre- 
sentir, dispuso que en lo sucesivo, á falta de prueba material ó de testigos 
concordantes, terminara la causa con pruebas judiciales. 

De manera que las ordalías y el duelo penetraron en las costumbres, 
sobre todo desde el siglo v al xm, con el nombre abusivo de «Juicios de 
Dios,» para conjurar primero la insuficiencia represiva de la «composición» 
y después los escándalos del perjurio. 

Estudiemos ahora detalladamente las dos formas principales bajo las 
que aparece en la historia el Juicio de Dios: i. a , la ordalía; 2. a , el comba- 
te judicial, que será objeto del siguiente capítulo. 

Las ordalías. — Los principales medios de prueba eran: el hierro can- 
dente, el agua hirviendo y el agua fría; la cruz, el bocado de pan, el cors- 
ned, el ataúd y el veneno. Estas pruebas constituyen las diversas modali- 
dades de justificación ó de «purgación vulgar,» en oposición á la purga- 
ción canónica que por lo general se fundaba en el juramento, porque el 
elemento ilustrado del antiguo clero entendía que buscar la demostración 
de la verdad por otro camino que no fuera el de la confesión y del testi- 
monio era en cierto modo tentar á Dios, según la expresión que á su vez 
empleará el concilio de Trento (i). Varios obispos, para establecer cierta 
transacción entre las costumbres judiciales y los principios, creyeron obrar 
bien instituyendo algunas liturgias con motivo de las ordalías; pero, como 
con razón hace observar un sabio magistrado (2), «los papas de los si- 
glos viii y ix condenaron esas supersticiones, por ser, según las Decreta- 
les, la confesión y los testimonios las únicas pruebas dignas de servir de 
base á un juicio. Ya antes del concilio de Trento, los de Letrán (12 15) y 
Palencia (1322) habían proscrito esos errores.» Según la juiciosa distinción 
de los teólogos, una cosa litúrgica puede no ser canónica. 

La prueba por el fuego ó por el hierro candente, cuya existencia he- 
mos comprobado entre los griegos cuatro ó cinco siglos antes de nuestra 
era (3), y también entre los antiguos árabes, estaba reglamentada de va- 
rias maneras: unas veces era preciso atravesar una hoguera ó un brasero, 
otras aplicar la lengua sobre una plancha incandescente y otras recibir en 
la mano gotas de plomo derretido. En la Edad media, el fuego estaba re- 
servado á las causas criminales y el acusado debía caminar descalzo sobre 
carbones encendidos; en otros casos se le obligaba á meter durante unos se- 
gundos la mano en un guantelete de hierro candente y si tres días después 
conservaba señales de quemaduras, era declarado convicto del crimen. 

(1) Quce cum Deus in ea tentari videatur, mérito jussa est sacris canonibus exitlarc 
(Conc. Trid. XXV, cap. 19 (i545-i5ó3). 

(2) M. A. Labroqueie, abogado general de Bastía. 

(3) Véase especialmente Sófocles, Antífona. 



LIBRO OCTAVO 229 

La principal prueba del luego era la de la barra de hierro (1) que se usa- 
ba con las personas de calidad cuando se las dispensaba del combate; la 
demás gente se justificaba «por el agua.» 

En el ceremonial veremos figurar muchas prácticas, religiosas por su 
intención, pero de hecho supersticiosas, por medio de las cuales se procu • 
raba mover la conciencia del acusado en el momento de la más terrible de 
las confesiones públicas, puesto que á veces le iba en ello la vida. Ahora 
bien, sería preciso conocer muy poco la historia de la época para admirar- 
se de que ciertos miembros del clero encontraran natural bendecir expe- 
rimentos místicos en los cuales lo mismo los jueces que el pueblo solicita- 
ban la intervención del Altísimo. El padre Lavirón, en una obra admira- 
ble, advierte á los cristianos que no se escandalicen sobre este particular: 
«No es en manera alguna sorprendente que en tiempos de ignorancia pro- 
funda una parte más ó menos considerable del clero haya pagado su tri- 
buto á las preocupaciones comunes dejándose arrastrar por un movimiento 
general irresistible.» 

En las últimas páginas del capítulo sobre el duelo consignamos nues- 
tras observaciones especiales acerca del concurso del clero bajo de aquel 
entonces; pero desde ahora hagamos constar una vez más, de una parte, 
que los papas protestaron con frecuencia contra esa inmixtión abusiva, y, 
de otra, que la prueba «judicial,» como su nombre lo indica, fué un pro- 
cedimiento fundado en ¡a legislación y por ella previsto. El sacerdote no 
aportaba, pues, en realidad su ministerio más que para hacer lo más sin- 
cera y respetable posible una solución que los jueces, indecisos y perple- 
jos, encomendaban al juicio de Dios por no atreverse á fallar por sí mis- 
mos. Basta leer sus sentencias para convencerse de que si no había enton- 
ces una justicia ilustrada, á lo menos había siempre una obra de buena fe. 

Las barras de hierro eran bendecidas y depositadas en capillas que te- 
nían este privilegio: para la ordalía simple (2), la barra pesaba una libra; 
pero las más de las veces pesaba tres: era la ordalía triplex. Los prelimina- 
res consistían en medir en el suelo nueve veces la longitud del pie del pri- 
sionero (3), dividiendo luego este espacio en tres partes iguales llamadas 
pasos; en el límite del primer paso se colocaba un pequeño pilar de pie- 
dra destinado á soportar la barra candente. 

He aquí una descripción interesante que traducimos del texto latino de 
Lombard... El acusado permanecía en oración tres días, durante los cuales 
ayunaba á pan y agua. El día de la prueba, el sacerdote, revestido de to- 
dos los ornamentos sagrados, excepto la casulla (4), entonaba un him- 
no (5), bendecía á los asistentes y el fuego, invocando á Dios, de quien pro- 



(1) Según M Sehlyter, jurisconsulto sueco, el testimonio del hierro candente ójern- 
byrd se usó en el procedimiento criminal de Suecia hasta el siglo xiv. 

(2) Simplex ordalium. 

(3) Erróneamente se ha traducido nueve pasos, en vez de nueve longitudes de pies. 

(4) Prceter casulam. 

?) Benedicite omnia opera. 



23O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cede toda luz, y suplicándole que iluminara á sus fieles siervos. Después 
de esto, se rezaba un Padrenuestro y se calentaba el hierro durante un 
rato más ó menos largo, y una vez terminada la comunión del sacerdote, 
el oficiante se acercaba al acusado y le exhortaba en nombre del Padre, 
del Hijo y del Espíritu Santo, por la Iglesia, por las reliquias y por el bau- 
tismo, á que no se acercara al santo altar si había cometido el crimen. El 
inculpado, después de haber contestado negativamente, recibía la Eucaris- 
tía y terminábala misa, rezándose á renglón seguido algunas letanías y esta 
oración: «¡Dios, que nos das por el fuego las señales de tu poder!, ¡que hi- 
ciste aparecer una zarza ardiente delante de Moisés sin permitir que se con- 
sumiera!, ¡que permitiste á los tres niños salir sanos y salvos del ardiente 
horno!, ¡que incendiaste Sodoma y salvaste á Loth!, etc., haz que la ma- 
no de tu siervo sea quemada, si es culpable; haz que se conserve intacta, 
si es inocente.» Luego se hacía una nueva aspersión de agua bendita, des- 
pués de la cual el paciente, cogiendo con la mano el hierro candente, lo 
levantaba una ó varias veces, según lo ordenado por el juez, ó lo llevaba 
tan de prisa como podía al límite fijado. En seguida se metía la mano del 
acusado en un saco en que el juez y el acusador ponían sus sellos para le- 
vantarlos tres días después; y si transcurridos éstos no se veía señal algu- 
na de quemadura, el inculpado era declarado inocente; en caso contrario, 
el grado de culpabilidad se determinaba por las más ó menos huellas que 
el fuego había dejado en las carnes. 

A veces, en vez de barras, se empleaban nueve rejas de arado que se 
ponían á calentar y sobre las cuales el acusado debía caminar descalzo. 

La justificación por el fuego no se practicaba generalmente más que 
cuando había carencia absoluta de pruebas. Los papas comenzaron por dis- 
pensar de ella á los eclesiásticos y muy pronto la prohibieron á todo cris- 
tiano; el concilio de Letrán, celebrado en tiempo de Inocencio III, la su- 
primió en absoluto. 

En nuestros días, todavía se dice para atestiguar un hecho: o Pondría ¡as 
Díanos en el fuego.» Por lo expuesto se ve que hubo un tiempo en que esta 
frase no habría podido pronunciarse á modo de broma. 

En algunos casos, el acusado podía eximirse de la prueba presentando 
testigos y entregando una cantidad al acusador y á los jueces: esta especie 
de composición se llamaba el rescate de ¡a mano. 

¿Qué reglamentos y usos regían para las mujeres? ¿Estaban éstas suje- 
tas al juicio por el fuego? La obligación variaba según las regiones, las 
épocas y las circunstancias (1): unas veces un pariente de la mujer, ha- 
ciendo suyo «su hecho y su causa,» se presentaba en su lugar; otras lo- 
graba la mujer que fuera su campeón un extraño. Pero cuando se trataba 
de ciertos delitos para los cuales era indispensable la defensa personal (por 
ejemplo, cuando había inculpación de robo), la mujer estaba sujeta al pro- 



(1) M. Proost, loe. cit. 



LIBRO OCTAVO 2} I 

cedimiento, por cruel que éste fuese: así en tiempo de Ricardo, rey de In- 
glaterra, dos mujeres acusadas de robo de paño fueron sometidas en Suf- 
tiette á la prueba del hierro candente (i), y habiendo una de ellas conser- 
vado señales de quemadura, fué declarada culpable y ahogada en el estan- 
que de Bigpool. 

En principio, ninguna mujer podía ser llamada á las ordalías sin auto- 
rización de su marido; pero con frecuencia se presentaron algunas espon- 
táneamente para confundir á los impostores. Santa Cunegunda, esposa del 
emperador Enrique II é hija de Sigifredo, conde de Luxemburgo, acusada 
de infidelidad, pidió la prueba del hierro candente; y, según dice Baro- 
nio, caminó descalza impunemente sobre nueve rejas de arado puestas al 
rojo. Lo mismo se cuenta de una reina de la Gran Bretaña, Emma, hija 
de Ricardo, rey de Normandía. 

El juicio por el agua hirviendo (2) se verificaba del siguiente modo: se 
encendía un brasero debajo de un jarro de metal lleno de agua en el cual 
se introducía (á una profundidad que aumentaba en proporción de la im- 
portancia del crimen) una piedra ó una masa de hierro de un peso deter- 
minado. El acusador y el acusado, acompañados de doce amigos cada uno, 
se colocaban en dos tilas frente á frente: el número de doce era de rigor, 
bajo pena de nulidad. Después de rezadas letanías, un delegado de cada 
bando había de examinar el jarro de la prueba, reconocer la temperatura 
del agua y comprobar si la piedra estaba á la profundidad debida, hecho 
lo cual el acusado se acercaba al jarro, introducía en él su brazo y sacaba 
el objeto sumergido. Inmediatamente se envolvía el brazo en un saco de 
tela que se sellaba; al tercer día se rompían los sellos delante de! juez, 
quien proclamaba la inocencia... si el brazo estaba intacto. 

Según parece, en el Indostán las leyes admitían el procedimiento por 
aceite hirviendo, para el cual se lavaba el brazo del acusado y se le cortaban 
las uñas al ras á fin de asegurarse de que no había usado ningún preserva- 
tivo escondido; después el verdugo le hundía la mano en una caldera de 
aceite hirviendo; luego, al igual que en Francia durante la Edad media, se 
envolvía la mano en tela sellándose la envoltura en la muñeca, y también 
á los tres días el juez examinaba la quemadura, y si el miembro resultaba 
lesionado, el inculpado quedaba convicto del crimen. A veces le hacían «la- 
mer una teja ardiente,» siempre con un fin de justificación. 

En tiempo de nuestros mayores, las personas condenadas al juicio del 
agua fría, aldeanos, siervos y paganos (3), eran conducidas junto á un de- 
pósito profundo de agua, en donde les vestían el traje de los exorcistas y 
las arrojaban dentro de aquél; si flotaban, era mala señal, pero afortuna- 
damente era muy raro que flotasen á causa de la posición extraordinaria 



(1) ... Adportandum calidumferrum. Spelman, Gloss. archéolog. 201. 

(2) Los historiadores de Alemania refieren que la reina Theotberga, esposa de Lota- 
rio I. acusada de vida desordenada, sufriócon éxito la prueba del agua hirviendo... por me- 
dio de un campeón que representaba á la real acusada. 

(3) Rustid et pagani. 



252 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

que ocupaba el cuerpo, pues el pie derecho estaba atado á la mano izquier- 
da y el pie izquierdo á la mano derecha. Si se hundían, se libraban de to- 
da pena; en caso contrario, se les consideraba culpables (ij, sobre todo 
si estaban acusados de supuestos actos de brujería. 

¿Por qué se reputaba delincuente al que flotaba? El sabio Lombard su- 
pone que, en opinión de los jueces, el agua debía arrojar de su seno «al 
que era impuro (2).» Esta explicación nos parece incompleta, y después 
de haber consultado varios procesos por «sortilegios, magia y diablerías,» 
nos inclinamos á creer que aquellos locos experimentos se fundaban en la 
idea de que los individuos posesos de los espíritus habían de tener el cuerpo 
más ligero que los demás. Por fortuna el acusado, tal como estaba agarro- 
tado, tenía muchas probabilidades de permanecer debajo del agua todo el 
tiempo necesario para disculparse. Todavía en el siglo xvi, según consta 
en los archivos del Consejo de Brabante, varios brujos fueron sometidos 
á esta prueba increíble en la aldea de Astein; y ¿acaso no vemos que el 
Parlamento de Ruán instruye en 1670 una serie de procesos contra pre- 
suntos brujos y brujas, y que un edicto de 1682 decreta la pena de muer- 
te «contra los sortilegios unidos á la impiedad» (3)? También en Escocia 
en 1722 y en Inglaterra en 1736 se instruyen muchas diligencias crimi- 
nales por causa de brujería... 

En Sicilia, gracias á un ingenioso expediente, la prueba del agua, si no 
más racional, por lo menos no entrañaba peligro inmediato: en efecto, 
cuando alguno decía ser inocente de un robo que le imputaban, se toma- 
ba acta de su afirmación y se escribía su juramento en una tabla de ma- 
dera que se arrojaba á un lago; y según el modo como la tabla flotaba, se 
deducía la culpabilidad ó la inocencia del inculpado (4). 

Durante la Edad media, todo el mundo estaba convencido de la inter- 
vención del cielo en la obra de la justicia humana; sobre esto no cabe la 
menor duda: en efecto, los autores contemporáneos de las ordalías relatan 
«multitud de maravillas y prodigios» que, según ellos, caracterizaron los 
juicios de Dios, manifestando en este punto una confianza invencible. 
Pero ¿había ciertos preparados que ingeniosamente empleaban algunos in- 
dividuos listos?... Hemos de creer que sí. En efecto, un médico de la es- 
cuela de Salerno, llamado Trotula (5), da una receta mediante la cual se 
podía, según él aseguraba, afrontar sin peligro el agua y el fuego; y á fines 
del siglo xiii, Alberto el Magno, teólogo y algo alquimista, publica también 
una fórmula preservadora (6), que consiste en un compuesto de cal di- 

(1) ... Ut si hoc furto scisti, aut si habes cor incrassatum vel induratum, evanescat 
cor tuum, et non suscipiat te aqua... (Exor.). 

(2) Sceleris vero conscium protinus a se rejiciebat. 

(3) Art. 3. 

(4) En Francia la prueba del agua fría fué abolida en 829 por Luis el Bondadoso; pero 
en los siglos xi y xn estaba en todo su vigor en las provincias belgas. 

(5) Depassion. (1^47), 806. 

(6) Alberto el Magno escribe: «5/ vis in manu tua portare ignem ut non offendat, acci- 
pecatcem dissolutam cuín aquafabarum calida, et aliquantulum mangranculis (.') et aliquan- 
tulum malvavisci, et permisce illud cum eo bene, et deinde Une.» 



LIBRO OCTAVO 233 

suelta, de harina de habas y de otros ingredientes que se suponen ser de 
esencia narcótica; la mano untada en este linimento resultaba relativa- 
mente invulnerable. 

En cuanto al empleo del hierro candente que había de dejar al inocen- 
te indemne de toda quemadura, Montesquieu se lo explica del siguiente 
modo: «En un pueblo ejercitado en el manejo de las armas, la piel ruda 
y callos:! no debía sufrir al contacto del hierro candente una impresión 
bastante fuerte para que tres días después todavía subsistiera (i).» A pesar 
de la autoridad de Montesquieu, esta explicación no es del todo satisfacto- 
ria, porque siendo la prueba del luego considerada como «la más noble,» 
á ella estuvieron sujetas precisamente las personas de elevada condición, 
las «gentes de calidad,» y hasta los príncipes y las princesas, lo que ex- 
cluye la idea de las callosidades protectoras de que habla aquel escritor. 

Los personajes ilustres lograban con frecuencia, por razón de su ran- 
go, hacerse representar por campeones, lo que resultaba más cómodo, 
pero esto no era la regla general. En efecto, ¿no hemos citado, tomándo- 
los de los cronistas, los ejemplos de la emperatriz Cunegunda y de la reina 
de la Gran Bretaña, Emma, «que caminaron sobre hierros candentes para 
disculparse de calumnias atroces?» ¿Y no podríamos citar cien famosos 
ejemplos más en los cuales la inmunidad no puede ser consecuencia de la 
dureza de la epidermis (2)? 

Más bien debemos preguntarnos si, aparte de los prodigios relatados, 
pueden muchos casos explicarse científicamente. ¿No demuestran, por 
ventura, los descubrimientos modernos que las lociones de alcohol ó de 
éter, las vaporizaciones de ácido fénico y las unturas de belladona permi- 
ten, gracias á una imbibición local del dermis y de sus elementos nerviosos, 
poner la mano, por ejemplo, en contacto con metales en fusión, sin que 
los tejidos queden inmediatamente destruidos? ¿No se consigue también 
en diversos experimentos que el sujeto caiga en un estado de insensibili- 
dad completa, á prueba de hierro candente? ¿Y no podría ser que en esos 
fenómenos, entonces poco conocidos, estuviera la razón de hechos extra- 
ordinarios relatados por los autores de la época con acento de sinceridad 
indiscutible? Esta hipótesis es muy probable si se tiene en cuenta que á los 
individuos sometidos á las ordalías se les lavaban cuidadosamente las manos 
3 fin de tener la segundad de «que no estaban untadas con ningún jugo 
ni ungüento capaces de ponerles al abrigo de las quemaduras del hie- 
rro (3),» según las mismas palabras de los juicios verbales. ¿No demuestra 
esto evidentemente que se recurría á astucias y supercherías? Además, el 
acusado debía jurar que no había recurrido á ningún sortilegio y que no 
había bebido ni tocado nada que pudiera hacerle invulnerable. ¿No debe- 
mos, pues, deducir de esto que algunos individuos expertos conocían y, 

(1) Espr. des Lois, XVII. 

(2) Baronio. 

(3) Ne per factum alicujus succi vel unguenti,ferri candentis Uvsionem effugiat. 



234 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cuando era menester, tomaban ciertas precauciones eficaces que establecían 
una desigualdad en las probabilidades de las pruebas? 

Para evitar los sufrimientos, ¿á quién se dirigía la gente? Probablemen- 
te á los alquimistas, porque por sus conocimientos de física estaban en 
condiciones, á pesar de sus imaginaciones extravagantes, de conocer la 
propiedad de los cuerpos y un gran número de fenómenos científicos ig- 
norados por el vulgo. En efecto, no sólo estudiaban la acción de los ele- 
mentos, la supuesta transmutación de los metales, la fabricación de los es- 
maltes, el tinte de las telas, etc., sino que además pretendían facilitar pa- 
naceas «que ponían al abrigo del dolor y de las enfermedades.» Ahora bien, 
dada la credulidad de aquella época, el uso de los narcóticos y de ciertos 
anestésicos con sus maravillosos resultados pudo, en gran manera, fo- 
mentar las supercherías de que hablamos y aumentar el crédito de aque- 
llos sabios que se atribuían el poder misterioso del arte hermético (i). Sin 
incurrir en temeridad, puede, pues, admitirse que más de un supuesto 
brujo no fué sino un audaz explotador ó simplemente un empírico hábil 
que hacía pasar por magia trascendental lo que no eran más que curiosi- 
dades naturales, sencillos fenómenos físicos, utilizados con un aparato so- 
lemne y hasta ofuscador. 

Muchas legislaciones de Europa recurrieron en el siglo x al juicio pol- 
la cm^, en el que acusados y defensores se colocaban con los brazos abier- 
tos delante de un crucifijo ó también uno enfrente de otro, y el primero 
que los dejaba caer perdía el pleito. Si en la contienda estaban interesados 
eclesiásticos, las pruebas se realizaban por medio de campeones: así en 
tiempo de Carlomagno, habiendo los representantes de la ciudad de Ve- 
rana sostenido que la carga de construir las murallas incumbía al clero, 
"fueron elegidos dos jóvenes clérigos, de costumbres puras, y colocados 
delante del altar de San Juan Bautista con ¡os bracos en cru% desde que em- 
pezó la misa: el que representaba la ciudad cayó extenuado de fatiga en 
mitad del evangelio de la Pasión, y el clero de Verona ganó el pleito (2).» 

En la Carta de reparto del Imperio, Carlomagno ordena á sus hijos 
«que resuelvan por la cru^y no por las armas» las dificultades que puedan 
curgir á propósito del deslinde de las fronteras de sus Estados. 

He aquí otro caso de juicio «por campeón» en un litigio entre eclesiás- 
ticos. El obispo de París Herquenrado y Folrado, abad de Saint-Denis, 
lundándose respectivamente en títulos contradictorios, se dirigieron simul- 
táneamente á Carlomagno para reivindicar el monasterio de Plaisir, situa- 
do en el burgo de Poissy. El emperador, no pudiendo conciliarios, resolvió 
someter el asunto «á la cruz,» siendo nombrados Corellus y Aderamus 
delegados para defender los intereses contradictorios. Los dos mandatarios 
lueron conducidos procesionalmente al pie de los altares y á una señal con- 

(1) Si la Iglesia combatió la alquimia no fué á causa de sus investigaciones de orden 
cientiüco natural, sino porque, por el contrario, casi todos sus adeptos pretendían hacer 
una obra sobrenatural por medio de prácticas ocultas. 

(2) Según Ughelli. Véase M. Proost, 76, 101. 



L1BKÜ OCTAVO 235 

venida levantaron los brazos en cruz. Al cabo de un rato, Corellus se puso 
á temblar, por lo que Carlomagno, deduciendo de ello que la causa por 
él representada era injusta (i), dictó en presencia de sus condes una sen- 
tencia en virtud de la cual otorgaba al abad de Saint-Denis, Folrado, la 
propiedad definitiva del monasterio de Poissy (2). 

En el siglo ix, Luis el Bondadoso, comprendiendo que el vigor muscu- 
lar de un individuo ninguna relación tenía con su culpabilidad ó con su 
derecho, prohibió este juicio por sacrilego y «contrario al respeto debido 
á la Crucifixión (3).» 

En la antigua Alemania, hasta el siglo xv, cuando se cometía un ase- 
sinato, los parientes de la víctima tenían el derecho de designar siete per- 
sonas y someterlas á la prueba de la cru% desunce. Estos siete individuos 
entraban en la iglesia; sobre el altar mayor ó sobre un relicario se colo- 
caban dos palitos de sauce, en uno de los cuales se había marcado una 
cruz, envueltos ambos en lana á fin de que no se viese el signo piadoso. 
Generalmente un niño era el encargado de escoger uno de estos palos, y 
si elegía el de la cruz, los siete acusados quedaban libres, porque ninguno 
de ellos era culpable (4); en el caso contrario, la presunción de culpabi- 
lidad alcanzaba á todo el grupo, siendo necesarias nuevas ceremonias eli- 
minatorias para descubrir al asesino. Entonces, cada uno de los acusados, 
tomando á su vez un palito, inscribía en él su nombre ó un signo con- 
vencional y lo cubría con lana; y el niño retiraba uno á uno esos palitos 
puestos en el altar, y cuando no quedaba más que uno, se consideraba que 
ya se tenía la indicación del criminal, bastando para averiguar quién era 
quitar la envoltura y leer el nombre que ésta ocultaba. 

Semejantes medios de instrucción producen en nosotros verdadero 
asombro y la única explicación que de ellos puede darse es que, según las 
ideas importadas por las hordas bárbaras, «la voz de la Suerte había de ser 
necesariamente la voz del Cielo.» 

Entre las pruebas admitidas en otro tiempo en Francia, en Italia, en 
Alemania y en España hay además la del ataúd, á la que se recurría 
cuando el autor de un asesinato permanecía desconocido: los denunciados 
como sospechosos eran llevados junto al féretro de la víctima y habían de 
poner su mano sobre el cadáver, el cual, según una creencia popular, «de- 
bía sangrar al solo contacto del asesino.» A este juicio se hace referencia 
en un poema alemán de fines del siglo xn (5). 

Las ordalías como medio de descubrir la verdad han sido tan univer- 
sales que, aun en nuestros días, encontramos usos análogos en los pue- 
blos no civilizados; así, por ejemplo, en el Congo se admite todavía el jui- 
cio por el veneno que en Europa se conoció en la Edad media. Entre las 

(1) ulpse Corellus ibidem ipso Dcijudicio trepidas, et convictas apparuii. 

(2) «... Hac causa cognovimus...jure firmissimum habeat...» 

(3) Capit. aun. 81G, art. .27. 

(4) Gabriel, Sal. des Preuves, XLVII. 

(5) I .os Xibelungen. 



236 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

plantas tóxicas, los indígenas de Calabar (1) tienen el haba del physostig- 
ma; los de Kru, el sassy-wood; los del Gabón emplean como veneno el 
ikaja ó mbundu, de cuya corteza se extrae un terrible narcótico y cuya in- 
fusión es preparada por el adivino (pganga). 

La prueba judicial del veneno se practica en el Gabón del modo si- 
guiente: Cuando un jefe es asesinado por un desconocido, se necesita una 
víctima expiatoria; pero ¿cómo descubrir al asesino? El fetichere que pre- 
side la instrucción decide si ha de haber prueba. «La invocación del Espí- 
ritu revelador, dice el doctor Barret (2), se realiza con un aparato teatral 
que sobrecoge, de noche, á la luz de las antorchas y entre el estrépito de 
las voces humanas y de los tam-tam. En presencia de todos, el acusado 
bebe de un solo trago el veneno y en seguida ha de recorrer á la carrera 
cierta distancia cuyo límite se fija por medio de una viga ó de una señal 
hecha en el suelo. Si el desgraciado cae presa de convulsiones antes de lle- 
gar a ia meta, es declarado culpable; y de este modo se desembaraza á me- 
nudo una tribu de un cautivo que estorba ó de un enemigo personal del 
jefe, á pretexto de que la divinidad se satisface con inmolaciones. Pero en 
el Congo, como en otras partes, los acusados poderosos se escapan por 
entre las mallas del procedimiento y la dosis del veneno varía en muchos 
casos según la liberalidad del inculpado; á veces también el íetichere, su- 
puesto justiciero, antes de administrar el brebaje permite al paciente que 
tome una poción de aceite de palma, que atenuará notablemente el electo 
del tóxico ó provocará la eliminación del veneno ingurgitado.» 

«En el reino de Benín, ora se trate de causas criminales, ora de litigios 
civiles, se ordena el juicio de Dios siempre que una de las partes lo solici- 
ta. Empleo la frase juicio de Dios porque expresa exactamente el sentido de 
esta costumbre y porque esta prueba ha existido también en nuestro anti- 
guo derecho consuetudinario. Esta semejanza, que á algunos podrá pare- 
cer extraña, no sorprenderá á ningún viajero; en cunnto á mí, he encon- 
trado esta práctica en Abisinia, entre los indígenas del Congo y en el de- 
recho antiguo de todas las poblaciones del Asia. He aquí cómo se practi- 
ca esta prueba en Benín. Cuando un individuo exige el cumplimiento de 
un compromiso que su adversario niega y que no ha tenido testigos, pro- 
pone el ordenti; si el contrario se niega á someterse á él, viene obligado á 
pagar lo que el otro le reclama; si lo acepta, se procede del modo siguien- 
te. El día convenido, el ganga se presenta con dos copas de veneno y los dos 
adversarios beben cada uno la suya, siendo condenado el que muere, es 
decir, debiendo su familia pagar la deuda... Ya se comprenderá que los 
gangas se prestan á acomodamientos; así es que por regla general el que 
sucumbe es el pobre diablo que no ha sabido conquistarse con un rico 
presente el favor del hechicero (3).» Como se ve, aunque los procedimien- 



to Costa de Guinea entre el cabo Formosa y el Gabón. 

(2) Afrique occidentalc. 

(3) Voy. aux pays myst. 



LIBRO OCTAVO 237 

tos varíen con las latitudes, la astucia y la intriga existen en todos los 
países. 

En Guinea, en Porto-Novo, hay, según dicen los misioneros, una ex- 
periencia judicial extravagante para descubrirá los malhechores por medio 
del gorro fetiche. En los casos dudosos, el rey recurre al dios Once, fetiche 
consistente en un gran cilindro de madera hueco, de un metro y medio 
de largo y de la anchura de un hombre, que tiene uno de sus extremos ce- 
rrado v el otro cubierto de tela. Este aparato se coloca sobre la cabeza del 
acusado, que está de rodillas y lo aguanta con sus dos manos; si el feti- 
che cae hacia adelante, el acusado es puesto en libertad; pero si cae hacia 
atrás, aquél es considerado culpable ( i). 

El gato mantés sirve á los mambutúes del África central para reconocer 
al que echa sortilegios. Cuando se sospecha que un individuo es reo de 
tal delito, se le somete á la prueba de la carne (necao), que consiste en in- 
troducirle en la boca un pedazo de carne de gato montes 3' al mismo tiem- 
po un gran trago de agua; si al arrojar ésta no deja caer aquél en el suelo, 
se estima infundada la imputación. 

En el Dahomey, la ordalía ordinaria consiste en poner incandescente el 
hierro de una azagaya que el inculpado se pone tres veces sobre la lengua; 
y si la carne de ésta sale indemne de la prueba, la denuncia no surte efec- 
to. Los dahomeyanos emplean también el veneno como medio de investi- 
gación; y esta ordalía es considerada de tal manera como un juicio de Dios, 
que se la denomina oricha (fetiche). Los naturales de aquel país, para discul- 
parse, se brindan á « beber el fetiche.» 

En otro tiempo, en Inglaterra, cuando un individuo quería protestar 
contra una calumnia, dirigía al denunciador el reto conocido con el nom- 
bre de bocado maldito ó «pan de maldición,» corsned. Para esto se tomaba 
un pedazo de pan de cebada ó de queso, y después de amasado, el acusa- 
dor, extendiendo las manos sobre él, pronunciaba palabras de maldición; 
en seguida el supuesto culpable se tragaba el bocado después de haber de- 
clarado «que consentía en que se volviera veneno mortal para él si había 
cometido el delito.» Y era creencia general que, en caso de perjurio, el in- 
culpado se asfixiaba. 

Canuto el Grande, especialmente, ordenó la práctica del corsned en caso 
de imputación de asesinato, «para que se haga la voluntad de Dios (2).» 
Ingulfo (3 ) refiere la historia del conde Godwin que quiso librarse cerca 
del rey Eduardo de la acusación de asesinato cometido en la persona del 
hermano del monarca. El conde era realmente el autor del crimen, pero, 
dando prueba de gran audacia, dijo: «Sé que me imputáis la muerte de vues - 
tro hermano; pues bien, puedo tragarme sin consecuencia esc bocado de pan, 
tan cierto como que ni por violencia ni por artificio tuve intervención al- 



(1) R. P. Baudin, La Guiñee, tgS. 

(2) Gloss. Ducange. 

(3) Cronista ingles, nacido en io3o. 



238 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

guna en el asesinato (1).» Después que el rey hubo pronunciado palabras 
de imprecación, el conde cogió el pan, se lo metió en la boca y quiso tra- 
garlo; pero «en el mismo instante, dice el cronista, quedó asfixiado en 
presencia de toda la corte.» 

El juicio por el bocado maldito era admitido en otras partes, además 
de Inglaterra, muchos siglos antes de los episodios que acabamos de rela- 
tar; pues el concilio de Auxerre, celebrado en el año 578, alude á este gé- 
nero de exculpación cuando prohibe los oráculos por el pan (2). 

Un viejo manuscrito de San Lorenzo de Lieja recuerda que cuando se 
sospechaba que un esclavo era ladrón, se le conducía delante del sacerdo- 
te, «el cual le daba una corteza de pan encantada que debía quedársele en 
la garganta y conglutinarse en ella si verdaderamente era culpable (3).» 
Al bocado se le llama también torta judicial (4). Con el mismo objeto em- 
pleóse asimismo con frecuencia el queso maldito (5). Finalmente, en mas 
de una ocasión substituyóse al pan de justificación «la prueba eucarística. » 

Los jueces y los jurisconsultos, muy mal servidos por la policía de 
aquel entonces, no retrocedían ante ningún medio, sagrado ó profano, 
para tratar de descubrir la verdad. 

Quizás en ningún otro país estuvieron tan en boga los «juicios del 
Cielo» como en el de los bracmanes, en cuyos antiguos procedimientos 
criminales encontramos toda la serie de los mismos. 

La demostración por la balanza consistía en pesar al acusado antes y 
después del interrogatorio, y de la comparación de las pesadas se deducían 
conclusiones. 

También se procuraba adquirir un convencimiento administrando al 
acusado «siete pildoras de veneno, mezcladas con manteca clarificada;» si no 
moría, se consideraba destituida de fundamento la acusación contra él for- 
mulada (6). 

En las Indias, el bocado de pan y el pedazo de queso eran reemplaza- 
dos por una bola de arro^. 

Para la prueba del fuego se entregaban al acusado cinco hojas de higue- 
ra que extendía sobre su mano lo mejor posible; sobre esas hojas se colo- 
caba un pequeño globo de hierro candente que se sacaba de un brasero, 
y el desgraciado tenía que echar á correr «al través de siete círculos situa- 
dos á cierta distancia uno de otro.» Pasado el último círculo, tenía el de- 
recho de arrojar al suelo el globo y el estado más ó menos dañado de la 
mano era un indicio de crimen ó un motivo de absolución. 



(1) «Pueda yo comer sanamente — este pedazo de pan que tengo en la mano, yo 
que ni oor tuerza ni por astucia— tuve culpa de la muerte de vuestro hermano. (Felipe 
Mouskés). 

(2) Non licet pane aspicere. Hardouin, III, 44- M. Proost, 79. 

(3) Horacio habla de este modo de prueba cuando dice: «Como fugitivo, rechazo la 
torta <Je manos del sacerdote.» 

{4) Offajndicialis. 

(5) Caseits exsecratus. 

(ó) Véase M. üareste, J. des S., 1884. 



LIBRO OCTAVO 239 

Muy singular era asimismo la prueba judicial por inmersión: el que se 
veía sometido á ella había de meterse en un estanque cuya agua le llegase 
basta la cintura. Con el inculpado metíase un hombre que permanecía de 
pie á su lado, y á una señal del magistrado delegado, un arquero dispa- 
raba al aire una flecha; en el mismo instante, el acusado debía introducir 
la cabeza en el agua «hasta la altura de las rodillas del individuo situado 
también en el estanque,» y si podía mantener la cabeza inmóvil debajo 
del agua hasta que la flecha caía en el suelo, era absuelto. 

En Pondichery se toma un gran jarro redondo y de cuello estrecho, 
en el cual se introduce una serpiente, escogida expresamente entre las más 
venenosas; los inculpados, puestos en fila, han de sacar los anillos pues- 
tos en el fondo del jarro y al primero que resulta mordido se le condena. 

El libro de las pruebas judiciales del Camboia, el Sach-Kedey-Lakkha- 
no, dispone el procedimiento que debe seguirse cuando los testimonios son 
insuficientes ó cuando es imposible procurárselos. 

Antes de someterse á esas «comprobaciones, » los interesados se ponen 
un traje blanco y son vigilados con centinelas de vista. Tres días han de 
permanecer retirados, sin tener el derecho de comunicarse unos con otros, 
ni siquiera por medio de gestos y alimentados con arroz cocido por los 
guardianes en la misma marmita á fin de que haya identidad de régimen. 
Si durante estos tres días una de las partes contendientes abandona aquel 
lugar, ó habla ó hace una seña cualquiera á su adversario; si le sobreviene 
algún accidente ó cae enfermo, incurre en disfavor y de olicio pierde su 
pleito sin apelación. 

El texto de las leyes camboianas contiene la siguiente lista de pruebas: 

1. a La prueba del pram-tbeau ó juramento se verifica en el templo, 
delante de la imagen de Buda ó Somana-Condom (uno de los sobrenom- 
bres de Buda). El juez, después de haber formulado contra sí mismo vio- 
lentas imprecaciones, conduce á los litigantes fuera de la pagoda, delante 
de la estatua de Ti-arac, genio del lugar, al que ofrece cirios, dinero, una 
fuente rodeada de flores y arroz cocido, después de lo cual dice, dirigién- 
dose á los genios: «Los jueces, no sabiendo á quién dar la razón, os pre- 
sentan á los litigantes que aquí veis, porque tenéis el poder y los conoci- 
mientos sobrenaturales, y os piden que resolváis el asunto en justicia. Que 
el culpable perezca ó se vea agobiado por la desgracia aquí en la tierra; que, 
por el contrario, sea dichoso el justo; que prospere en todas las cosas de es- 
ta vida, á fin de que de ello sean testigos nuestros ojos.» Se encienden palos 
aromáticos, y un acbar, especie de letrado ó astrólogo, pronuncia la invo- 
cación á las divinidades, que enumera (genios de los árboles, de los vien- 
tos y de la casa, genios de los días y de los meses): «¡Oh genios! ¡Acu- 
did todos, todos! Si este hombre falta al juramento que va á prestar, que 
sea maldecido, atormentado por vosotros en esta vida y en su vida futu- 
ra. Pero si dice verdad, que reciba numerosos bienes, que sea feliz en esta 
tierra y que goce de la dicho en todas sus otras existencias.» Hecha esta in- 



24O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

vocación, la parte que jura avanza y pronuncia esta sola palabra: Sathoc, 
que equivale á «Así sea.» Después de tales maldiciones se considera el per- 
jurio como cosa inadmisible; de aquí que la legislación camboiana no se- 
ñala pena directa para el caso de violación de juramento. Sin embargo, si 
en un plazo de siete días una de las partes es víctima de una de las siete 
calamidades que la ley enumera, se supone que con ello han tomado ven- 
ganza de él los genios, y el litigante que es objeto de la reprobación ce- 
leste pierde su pleito. Las principales calamidades son: incendio, naufra- 
gio, herida grave y obsesión de ¡os aparecidos, que equivale á terrores engen- 
drados por el remordimiento. En caso de duda, el juez ha de suspender 
su resolución durante tres días, á fin de dejar á los espíritus tiempo para 
revelar su criterio respecto del litigio; transcurrido este plazo, se supone 
que han podido ya adoptar su partido con perfecto conocimiento de causa. 
Tal es en el Camboia el juramento de los indígenas; en cuanto al euro- 
peo, citado ante los tribunales, se le permite que jure levantando la mano 
delante de Cristo. 

2. a La prueba del plomo es una verdadera escena de ordalía. El cam- 
boiano introduce el índice de la mano derecha, cuya uña ha sido previamen- 
te cortada muy rasa, en una marmita que contiene tres ó cuatro centíme- 
tros de plomo derretido; y si pocos días después no conserva aquel miem- 
bro huellas de quemaduras, se declara favorable la prueba, ora se trate de 
litigios civiles, ora de causas criminales. Varios residentes, intérpretes y 
misioneros aseguran que esta prueba se soporta casi siempre sin conse- 
cuencias, siempre y cuando la inmersión se haga muy rápidamente... 
Quien conozca los experimentos de M. Boutigny comprenderá que así 
sea, sin necesidad de milagro ni de sortilegio: el vapor del agua conteni- 
da en los tejidos impide el contacto inmediato de un hierro enrojecido al 
fuego que, si no estuviera tan caliente, destruiría las carnes. 

3. a La prueba del fuego. Consiste en hacer caminar á los camboianos 
litigantes sobre carbones encendidos, dispuestos en una hoya de seis co- 
dos de largo por un codo, á lo menos, de ancho; la capa de carbón ha de 
tener seis pulgadas de grueso. Los adversarios se descalzan, y el juez, des- 
pués de examinar si se ven señales de llagas ó de cicatrices recientes, pro- 
nuncia en alta voz una invocación á los genios, y luego se levanta acta 
del estado de los pies de los pleiteantes. Entonces cada uno de éstos atra- 
viesa lo más de prisa que puede la superficie de fuego, y hasta transcurri- 
dos tres ó siete días no permitirá el juez comprobar si hay ó no quema- 
duras ó ampollas acusadoras. Los jueces actuales evitan ordenar estas 
crueldades. 

4. a La demostración por la zambullida se realiza de diversas maneras: 
en realidad, el que primero reaparece en el agua es considerado como des- 
provisto de derecho ó culpable de hecho. Generalmente se clavan en el 
lecho del río dos largas perchas destinadas á señalnr el sitio escogido y 
también á impedir que los que se someten á la prueba sean arrastrados por 



LIBRO OCTAVO 2. | 1 

la corriente. Los adversarios permanecen uno al lado del otro; un juez 
(tralakar) les ata á la cintura una larga cuerda cuyo extremo fija sólida- 
mente, y cuando hace sonar un címbalo, aplícanse aquéllos mutuamente 
un golpe en la cabera para zambullirse al mismo tiempo, y se deslizan en el 
agua hasta la base del mástil. Durante la zambullida, uno de los vigilan- 
tes retiene la respiración tres veces el mayor rato posible, y si en este 
tiempo no han reaparecido los pacientes, se les saca del agua por medio 
de la cuerda, á fin de que no pierdan el conocimiento, y se vuelve á em- 
pezar el experimento. Ya hemos dicho que el primero que remonta á la 
superficie pierde infaliblemente el pleito. 

5. a Había asimismo la natación contra la corriente: el que llegaba en 
segundo lugar era considerado culpable, pues se suponía que la emoción 
le había privado de la energía que la razón presta. Un calambre, un des- 
vanecimiento eran también causa de condena del nadador. 

6. a El juicio por los cirios se practicaba hasta en materia civil: el ma- 
gistrado entregaba á los interesados una tira de cera partida en dos, con 
la que cada uno de aquéllos se fabricaba un cirio compuesto de igual nú- 
mero de hilos de algodón. Puestos los cirios delante de la estatua de Buda 
y colocadas al pie de los mismos sendas hojas de treang ó de papel, en las 
que se habían escrito los nombres de los dos adversarios, los jueces reci- 
taban la invocación «á los Genios de los diez mil chacrevah ó mundos, 
después de lo cual dos hombres encendían los cirios y la justicia tallaba á 
favor de aquel cuyo cirio se apagaba el último. 

7. a La prueba de los ocho papelitos. Nada más sencillo que esta espe- 
cie de lotería; se corta una hoja de papel en ocho pedazos; en cuatro de 
ellos se escribe: «¡Es justo!,» y en los otros cuatro: «¡Es injusto!,» y en 
cada uno se pone un sello impreso en laca (achleac), metiéndolos luego 
todos en una copa nueva de bronce tapada con un velo negro. Después de 
haber recitado el juez sobre la copa las invocaciones según la fórmula del 
sacramento, los adversarios sacan de aquélla cuatro papelitos cada uno y 
la respuesta que así se obtiene resuelve el litigio sin discusión. Sin embar- 
go, si hay empate en las contestaciones, el juez, ante la imposibilidad de 
fallar, habrá de inventar otro recurso para desempatar á los contendientes. 

La ley sobre las pruebas camboianas indica además un medio de li- 
quidación muy singular cuando surge un conflicto entre coherederos. En 
una hoja de papel se dibuja una lancha y luego se corta en pedazos de igual 
longitud que después de arrollados son introducidos en un jarro lleno de 
agua y envuelto en un paño negro; hecho esto, los interesados sacan su- 
cesivamente cada uno de estos papelitos, y según lo que en ellos esté dibu- 
jado, así se procederá en el reparto de los bienes. Sin entrar en detalles 
complejos, diremos que el que saca la popa del barco dibujado es el que se 
lleva la mejor parte de la sucesión, lo cual explican los jurisconsultos por 
la razón de que el timón es la pieza más importante de la nave. 

8. a Finalmente, el texto prevé la prueba del arroz crudo que, al pare- 
Tomo III 16 



242 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cer, subsiste aún en las provincias camboianas. Cuando dos individuos 
están en desacuerdo, se les hace tragar arroz crudo y se considera que 
ha formulado una pretensión injusta el que asfixiado, jadeante, se ve obli- 
gado á cesar primero en esta absorción. «Se supone que los remordimien- 
tos secan la boca al culpable y le imposibilitan de humedecer el arroz cru- 
do que ha de comer, imposibilidad que equivale á una prueba de culpabili- 
dad (1).» Este procedimiento es muy parecido á la prueba del pan sin 
levadura, tan común todavía en la Edad media. 

Los historiadores chinos del siglo vn de nuestra era dicen que á los 
acusados se les encerraba, durante cierto tiempo, con animales fieros y 
cocodrilos, y si éstos no los despedazaban, eran puestos en libertad. 

Según la legislación del Lakkhana-Tralalcar , el camboiano que comete 
delitos de palabra incurre en una penalidad que no deja de ser singular- 
mente dolorosa: el juez, en virtud de su poder disciplinario, puede, durante 
el juicio, «hacer dar tres golpes de vara de bambú en la boca del que habla de- 
masiado ó del que, por el contrario, se niega á contestar.» Aplícase esta 
corrección: al preso ó litigante que, preguntado tres veces, permanece ca- 
llado; al fiador que substituye sus explicaciones á las del deudor principal; 
y finalmente, al secretario que hace desaparecer algo de lo que durante el 
procedimiento se ha expuesto ó refutado. 

El legislador camboiano establece una gran diferencia entre la falta ne- 
gada y la confesada lealmente. Según que el inculpado litigue «-siendo cul- 
pable ó no siéndolo,» es tratado con severidad ó con indulgencia: así el 
que niega sin razón un robo, se expone, según la ley khmere, á tener que 
pagar una multa cuádruple de la señalada en la tarifa. Con esto se quiere 
inducir al delincuente á ser sincero en vez de persistir en sus malos sen- 
timientos. 

Cuando se demuestra que las pruebas judiciales existen en las más va- 
riadas latitudes, en épocas muy diferentes y en pueblos de las más di- 
versas costumbres, hay que deducir de ello que en la zona tórrida, como 
en los helados mares del Norte, en las orillas del Indo como en los are- 
nales del continente negro, el corazón humano tiene la imperiosa é inde- 
fectible noción del Todopoderoso de quien depende, Ser Supremo que 
todo lo ve y que es capaz de percibir los pensamientos más secretos y de 
inferir un justo castigo á los perjuros. 

El error del hombre, cuando recurre á los «juicios de Dios,» es des- 
contar, en un momento determinado, la intervención celeste. 

(1) Lcgisl. crim. du Cambodge, por Adhemar Leclere, residente de Francia en el 
Camboia. 



CAPITULO III 

DE LA PRUEBA POR EL COMBATE JUDICIAL Ó DUELO 

Kl duelo, segundo procedimiento de supuesto «testimonio divino:» sus orígenes. -Privi- 
legio señorial del juramento por delegación: sus consecuencias. — La nobleza y los com- 
bates judiciales: los ciento doce carteles de Sainte-Croix. --Combates femeninos: la se- 
ñora de Tellis, la marquesa de Polignac .. En qué consistían los gajes de batalla y el 
guante arrojado. — Descripción de un combate y de un paso de armas. — Origen feudal 
del pundonor. — Paralelo entre los duelistas y los torneadores. — El privilegio de la espa- 
da y las personas ((innobles »— En qué casos debía el abogado sostener sus afirmacio- 
nes con las armas en la mano. — Edictos contra los combates singulares.— El último 
duelo judicial en Francia. — Carteles reales.— Carácter legal del combate decisorio; su 
práctica en los pleitos civiles de otro tiempo: numerosos ejemplos. — Qué papel desem- 
peñó el clero en la prueba por el duelo. — Protesta de los papas Esteban V, Inocencio II, 
Adriano IV, Celestino III, Inocencio III... — Texto del concilio de Trento sobre los due- 
listas. 

El segundo procedimiento supersticioso á que recurría la poco ilustra- 
da fe de la Edad media, para obtener, según decían, «el testimonio divino 
en favor del buen derecho,» era el combate judicial. Este juicio de Dios 
se distinguía de las ordalías propiamente dichas en que exigía el concurso 
personal del hombre en una lucha reglamentada, al paso que el juicio por 
el «ordeal» se consideraba como manifestación directa del testimonio ce- 
leste, y en esto estribaba precisamente el carácter fundamental de la ins- 
titución. 

Cuando se penetra en la intimidad de las costumbres y del espíritu de 
los tiempos, merced á la atenta lectura de los documentos que con las 
pruebas se relacionan, es posible, en nuestro concepto, encontrar y recons- 
tituir en su medida exacta y verdadera el sentimiento á que obedecían los 
contemporáneos cuando recomendaban el duelo con objeto de terminar 
los litigios. En pueblos para quienes toda victoria de las armas equivalía 
al triunfo de la causa justa, nada parecía mejor fundado que el siguiente 
lenguaje empleado con los litigantes: «¿Estáis en desacuerdo? ¿Cada uno 
de vosotros pretende y jura tener razón? Pues bien, id á combatir en cam- 
po cerrado, que Dios no puede dejar de armar victoriosamente el brazo 
del que defiende una causa leal y buena.» 

Por temerario que nos parezca este procedimiento para administrar 
justicia; por contrario que sea á los procedimientos y á las ideas actuales, 
fué, sin embargo, considerado en otro tiempo por muchos como un pro- 
greso útil para reglamentar el derecho de guerra privada de que se deriva- 
ba y para imponer ciertos límites á los excesos de la fuerza brutal y a los 



244 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cálculos de la mala íe, porque el que acusaba temerariamente ó reivindicaba 
un derecho sin razón, se exponía á suscitar en contra suya sangrientas re- 
presalias como sanción inmediata. 

Otra explicación del favor de que gozó el duelo es la siguiente: cual- 
quiera que haya presenciado en nuestra época algunos debates judiciales 
habrá podido darse cuenta de la extremada dificultad en que se encuentran 
los más expertos y perspicaces magistrados para formarse una opinión 
motivada cuando el proceso presenta elementos complejos. Ahora bien, 
los que ejercían funciones en los antiguos pretorios carecían á menudo de 
la ciencia y de la sagacidad que sólo son patrimonio de ciertas inteligen- 
cias preparadas durante mucho tiempo para esta misión delicada; por esto 
el /««( del proceso se convertía tan frecuentemente en jue% del campo y, en 
cierto modo, en testigo de la decisión que con sus propias luces no había 
podido dictar. Unas veces, en efecto, los litigantes, no pudiendo hacer 
comprender bien su causa ó su pretensión, ó considerándose injustamen- 
te juzgados, apelaban espontáneamente al combate; otras, el mismo juez 
les proponía esta solución violenta, pero fácil y expeditiva. 

Dentro de nuestra civilización, con sus jurisdicciones organizadas, con 
magistrados investidos de una competencia definida y guiados por multi- 
tud de códigos especiales, nada parece, sin duda, tan prudente como una 
sentencia para fallar un litigio; pero entre los germanos, por ejemplo, los 
asuntos más importantes se resolvían en el acto, por el voto de la multi- 
tud que manifestaba su desagrado con murmullos ó, por el contrario, su 
aprobación con el choque de las armas (i). Nada tan opuesto á una jus- 
ticia sabia é ilustrada como esas manifestaciones tumultuosas en la plaza 
pública, en las que las resoluciones se adoptaban por la voz común y bajo 
la influencia de una impresión ciega. 

Más adelante, los sufragios de la muchedumbre inepta ó apasionada 
fueron substituidos por una organización judicial cuya insuficiencia con- 
tribuyó en alto grado á acreditar el duelo, á lo menos entre los señores y 
los hombres de armas: en vez de desenlazar laboriosamente los procesos, 
se resolvían éstos con un golpe de espada, haciendo el arma blanca las ve- 
ces de código y de jurisprudencia. Y tan conforme con el sentimiento ge- 
neral era la costumbre de resolver por medio del hierro las cuestiones li- 
tigiosas, que ni la voluntad real podía resistir la corriente. Así el rey Luit- 
prando (712-741), aunque la consideraba como injusta é imprudente en 
muchas ocasiones, hubo de renunciará desarraigarla entre los lombardos (2): 
«No tenemos confianza en este supuesto juicio de Dios porque la expe- 
riencia nos ha enseñado que en muchos casos sucumbe en él la causa jus- 
ta; pero el antiguo uso de nuestra nación no nos permite abolir esta cos- 
tumbre.» Nótese que en aquella legislación, como en la de los alamanes, 

(1) Tácito, Germania. XI. 

(2) Incerti sumus de jurlicio Dei, et multos audivimus per pugnam sirte justa causa 
suam causam perderé; sed propter consuetudinem gentis ipsam legem vetare non possumus . 
iL. L. Langobardorum, I, tomo IX, párrafo 23.) 



LIBRO OCTAVO 245 

el duelo sólo era lícito cuando la culpabilidad no estaba demostrada por 
testimonios probatorios. 

Los señores del tiempo de Luis IÍI y de Carlomán disfrutaban de la 
facultad increíble de hacer jurar por otro (i), privilegio que tuvo por con- 
secuencia desastrosa anular todo el valor de las informaciones, puesto que 
en tal caso la pena de falso testimonio (amputación de la mano derecha) 
únicamente amenazaba al vasallo que había jurado por delegación. 

Muy pronto, naturalmente, una reprobación universal hizo caer en 
justificado descrédito la prueba oral, en la que ni los legisladores ni los 
jueces podían encontrar en lo sucesivo otra cosa que un elemento de con- 
vicción demasiado frágil; y la citada particularidad histórica, es decir, la 
dispensa del juramento personal otorgada á privilegiados, contribuyó 
mucho á substituir la prueba de testigos con el duelo judicial. En efecto, 
una parte de la gente del pueblo, dada la condición en que se encontraba, 
ya no podía fácilmente, sin exponerse á alarmantes represalias, declarar 
con entera independencia contra los señores ó contra los hombres de éstos; 
y por otro lado, los señores, gracias al rango elevado que ocupaban, po- 
dían dar á su testimonio una autoridad considerable ante los magistrados. 
Y el día en que los señores obtuvieron la merced' de poder encargar á un 
vasallo que jurara en su lugar y en que, para evitar las consecuencias y 
los peligros del perjurio (como dicen las Capitulares con desconcertante 
franqueza) (2), no quedaron los señores ligados por la santa y suprema 
garantía del juramento, la obra de la justicia humana llegó á ser casi im- 
posible y se generalizó el juicio de Dios como recurso judicial para termi- 
nar las contiendas. 

Insistimos en estos hechos porque, si no andamos equivocados, acla- 
ran una parte notable de la historia de nuestra antigua Francia. 

Sí, el auxiliar más útil del juez, el testigo, ya en cierto modo no exis- 
tía desde el momento en que el juramento había perdido su respetabilidad; 
porque el señor, no interviniendo personalmente, no se consideraba en 
conciencia ligado, y á su vez el delegado que juraba «por comisión» no 
se creía más obligado que aquél. 

Ya Carlomagno había aceptado el duelo judicial «como mejor aún que 
las sentencias que no podían fundarse en la buena fe de los testimo- 
nios (3).» Desde entonces, los gajes de batalla fueron casi la única defen- 
sa de los acusados; y los ilustres barones, en una asamblea del Campo de 
Marte, consiguieron del emperador la confirmación de la costumbre délos 
combates. La nobleza francesa, en particular, fué por razones caballerescas 
una de las que más se opusieron á la abolición del duelo, y consideró toda 

(1) Honoremtalem concedimus..., ut non propria manu jurent (Carlomani Capit. anno 
884, X).— Faust. Hel. 1. 180. 

(2) Jmwncnto.vero eos constringi nolumus propter periculum perjurii. (Capit. Anse- 
gis, II, 3q. Bal., I, 75o.)-Faust. Hel. I, 180. 

(3) Mentio perjurii f acta est a nonnulis in placitis.. ; melius visum cst ut in campo 
contendant quam perjuriumperpetrent. (Capitul. ann 801, 34.) 



246 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tentativa para reemplazar el combate por la prueba testimonial como un 
deshonor para los franceses, como una debilidad vergonzosa de una na- 
ción cobarde, en una palabra, como el rebajamiento de un pueblo a diver- 
tí (1), según frase pintoresca de un canto del siglo xm, que, en resumen, 
viene á decir (2): «¡No sois francos! Sois juzgados por informaciones. ¡No 
se llame ya más por su nombre á la dulce Francia! ¡Llámesela «país de sub- 
ditos, tierra de cobardes! » 

De esta suerte, el duelo judicial, condenado por la razón y por la ver- 
dadera teología, subsistía y se perpetuaba, á pesar de todo, porque estaba 
protegido por los sentimientos de hidalguía y de bravura que tan intensa- 
mente latían en el corazón de nuestros antepasados. Por los motivos más 
fútiles desenvainábase la espada; así por ejemplo, los «refinados» del tiem- 
po de Carlos IX, Enrique III y Luis XIII se provocaban «cuando al pasar 
por un corredor del Louvre los flotantes pliegues de sus capas se tocaban;» 
y ios cronistas famosos formulaban juicios como este: «El señor de Sainte- 
Croix se ha retirado á sus tierras y se ha casado. Es una pérdida para la 
Corte, en donde se le considera como hombre muy caballeroso porque en 
menos de cinco años se ha comido la mitad de su fortuna y ha dado muer- 
te á cuarenta y un hidalgos, en los ciento doce desafíos en que ha tomado 
parte (3).» Este porque, esa sencilla conjunción ¿no expresa en sus seis 
letras el espíritu que durante tres siglos inspiró á tantos nobles «duelistas?» 

Examinemos las condiciones ordinarias del combate judicial. Ya hemos 
dicho que la costumbre exigía que fuese sostenido personalmente por el 
que lo proponía; sin embargo, dice Beaumanoir, «la mujer no podía com- 
batir (4),» por lo que escogía un campeón y mostraba el permiso de su 
barón. 

El combate estaba prohibido si el retado tenía menos de quince años 
ó cuando se trataba de asuntos que dependían de los tribunales eclesiásti- 
cos; también le estaba vedado batirse al individuo que justificaba una causa 
legítima (5): si estaba inválido, herido, atacado de una enfermedad grave 
como la parálisis ó la gota; ó si en el momento de recibir el reto se encon- 
traba mal, «abiertamente y sin fraude,» y finalmente si tenía sesenta años 
cumplidos. En tales circunstancias era lícito designar un campeón; pero 
para que el delegado tuera algo más que simple figurante, para que tuvie- 
ra interés en defender á su mandante con toda sinceridad, se admitía, á lo 



(1) Es decir, cobarde, que vuelve la espalda. 

(2) Gent de France mult estes ébahic! 
Car vous estes par enqucsteja^ie^. 



«Douce France» n' apiaut l en plus ensi, 
Une ierre acuvertie. 



(Rec. des chants liist franc. Leroux de Lincy, 1, 218.) 

(3) Physiol. du Duel, 4b. 

(4) Femme ne se puet combatiré, dica el derecho consuetudinario del Beauvoisis. 

(5) Oexoine, excusa legal que eximia de comparecer ante los tribunales ó de cumplir 
las obligaciones que incumbían á .un vasallo. 



LIBRO OCTAVO 247 

menos en un principio, que se le cortaría la muñeca en caso de que re- 
sultara vencido. 

Cuando en un proceso por crimen capital se consentía el combate por 
«abogado,» asistían á él los acusados «llevando cada uno de ellos ceñida 
á la cintura la cuerda destinada a su suplicio si la suerte de las armas le 
condenaba.» 

Las mujeres, a quienes la costumbre dispensaba del duelo, reivindica- 
ron más de una vez el honor de servirse de la espada. Los anales de Suiza, 
entre otros, relatan los detalles de un desafío de este género que se verifi- 
có á mediados del siglo xiv; Matilde deTellis, movida por un sentimiento 
de piedad filial, no quiso hacerse representar, sino que prefirió defender 
ella misma á estocadas y cuchilladas la causa de su padre, acusado injus- 
tamente, y confundir á su enemigo Pedro de Kaepf. Este, en efecto, aca- 
baba de denunciar á Jorge de Tellis como asesino de un bañar de Berna (i); 
iniciado el proceso, presentáronse testigos que aseguraron haber visto á 
Tellis salir del camino hondo en donde había sido hallado el cadáver del 
bañar, y no pudiendo Tellis justificarse, su hija reclamó el juicio de Dios. 
Para ello compareció ante el juez y, siguiendo la costumbre, entregó un 
papel que decía: «Me querello de que Pedro de Kaepf ha acusado con fe- 
lonía á mi padre y estoy dispuesta á probárselo por el juicio de la batalla 
el día y en la hora que se fijen.» Kaepf respondió que mantenía su acusa- 
ción, y entonces la joven le arrojó el guante, y Kaepf, después de haberlo re- 
cogido, le dio el suyo; hecho lo cual, los dos adversarios fueron encarce- 
lados hasta el día del combate. La demandante, por ser noble, había de 
combatir armada de todas las armas, y para encontrar una armadura a pro- 
pósito para ella, fué necesario coger la de un pajecito del conde de Nidau. 
A fin de que fuese igual la lucha entre aquella doncella y un hombre de 
guerra experto, quísose atar un bra^o á Pedro de Kaepf de manera que r.o 
pudiese servirse de él; pero Matilde no lo consintió} 7 únicamente pidió que 
el combate se verificase á pie porque no sabía montar a caballo. Ambos 
combatientes se arrodillaron uno junto á otro y se dieron la mano, y des- 
pués preguntóse a la demandante cuáles eran sus nombres de pila, si creía 
en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo y si profesaba la fe de la 
Iglesia. Entonces Pedro, contestado que hubo á las mismas preguntas, hizo 
el juramento de costumbre: «Mujer, dijo, ¿i quien tengo cogida por la mano 
izquierda y que has recibido en el bautismo el nombre de Matilde, es falso que yo 
baya acusado con felonía á tu padre.» Alo que ella replicó en seguida: «Hom- 
bre á quien tengo cogido por la mano derecha y que has recibido en el bautismo 
el nombre de Pedro, afirmo que eres perjuro.» Dicho esto, se levantaron y fue- 
ron á ocupar sus puestos en los dos extremos del campo cercado, Matilde, 
como demandante, á Oriente, Kaepf, como defensor, á Occidente, y una 
vez allí, cada uno, después de haber asegurado sobre el Evangelio que no 

(1) Bañar, señor de feudo que tenía derecho á usar bandera por razón del número de 
sus vasallos. 



248 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

había empleado brujería ni encantamiento para ayudarse ó para perjudi- 
car al contrario, rezó su oración separadamente. Por último avanzaron 
uno hacia otro y comenzó. el duelo: los primeros golpes de Kaepf fueron 
mal dirigidos, al paso que la joven, arrojando el escudo que le estorbaba, 
se puso á dar vueltas con gran agilidad en torno de su adversario; sin em- 
bargo, Kaepí fué poco á poco recobrando ánimos y asestó sobre la cabeza 
de Matilde un terrible golpe que la hizo caer en el suelo; creyósela muer- 
ta, pero de pronto la heroína se incorporó con presteza y hundió su espa- 
da debajo de la coraza de su enemigo, el cual cayó á su vez bañado en 
sangre. Entonces la joven, cortando las correas que cerraban el casco del 
vencido y poniéndole el puñal en la garganta, le ordenó que confesara su 
calumnia; acudieron presurosos los jueces de campo y Kaepf les declaró 
que él era quien había asesinado al bañar para hacer condenar ignominio- 
samente al señor de Tellis. Inmediatamente se llamó al verdugo y Pedro 
de Kaepí y los testigos á quienes había sobornado fueron ejecutados con 
gran satisfacción del pueblo (1). 

Aun en la época en que el duelo no fué más que una represalia «de 
honor,» varias mujeres ilustres recurrieron á él para zanjar contiendas ín- 
timas. La marquesa de Nesle y su cuñada la marquesa de Polignac, entre 
quienes existían unos celos implacables, se dieron cita un día en el Pre- 
aux-Clercs; llegadas allí apeáronse de sus carrozas, y después de haber he- 
cho apartarse á sus gentes, sacaron cada una del bolsillo un cuchillo afi- 
lado y se acuchillaron furiosamente; y se habrían matado sin duda alguna, 
si sus criados, que las vieron reñir con tal ímpetu, no hubiesen acudido á 
separarlas. La marquesa de Nesle quedó herida en el cuello y la de Poli- 
gnac en la cara. El suceso fué muy pronto conocido en altas esferas y el 
rey ordenó á las dos damas que se retiraran á alguna de sus casas de cam- 
po y que no se presentaran más en la corte (2). 

Lo mismo si se trataba del vulgar combate á bastón (3) que de los 
nobles desafíos á arma blanca, era preciso que el juez los consintiera y en 
muchos casos era hasta obligatoria la autorización previa del rey, del prín- 
cipe ó del señor. 

Además los jueces recibían los gajes de batalla (4), entendiéndose por 
tales el compromiso que contraía un litigante de confiar á la suerte de las 
armas la resolución de un litigio cuando la contradicción de los testigos 
hacía vacilar la conciencia de los jueces. Como se suponía que la razón 
había de estar de parte del que vencía á su adversario, el procedimiento 
parecía indiscutible á nuestros antepasados y era admitido por todo el 
mundo (5). 

(1) M. Proost, loe. cit. 

(2) Buvat, Journ. de la Regence. 

(3) Fustibus. 

(4) Esta expresión se emplea en la Edad media como sinónima de duelo. 

(b) Era tal el convencimiento de la intervención celeste, que en el final de la Ordenan- 
za de Felipe IV se declara «que el que exige un duelo judicial por una causa justa, no hade 
temer ni la astucia ni la luerza, porque Dios Nuestro Señor Jesucristo estará en su favor.» 



LIBRO OCTAVO 249 

El gaje obligaba al litigante desde el momento en que había arrojado 
el guante en señal de desafío á su adversario; y si éste lo recogía quedaba 
obligado á su vez. En el acto se suspendía el procedimiento y los jueces 
abandonaban sus sedes de magistrados. El guante podía ser reemplazado 
por algún otro objeto, como por ejemplo un cinturón ó un capirote. 

Hasta fines del siglo xiv el compromiso era lícito para los negocios 
criminales cuando la culpabilidad era dudosa; sin embargo, una Ordenan- 
za de 1306 (1) indica bajo cuales condiciones podían verificarse seme- 
jantes desafíos. Para «citar á gaje de batalla» delante del juez, se requería: 
hubiera apariencia de crimen fundada en serias presunciones; «verdadero 
parecido maleficio por sospecha evidente;» que la pena señalada al delito 
fuese pena capital, de manera «que hubiese de venir de ello la muerte;» 
que faltasen las pruebas ordinarias; y finalmente, que existiesen «indicios 
probables de verdad» contra el acusado (2). 

Cuando la causa es completamente clara, no se necesita otro testigo 
que la evidencia, dice Beaumanoir; así se puede condenar al culpable sin 
vacilación si, por ejemplo, «ha matado á mi próximo pariente en plena fies- 
ta, delante de muchas buenas gentes.» 

Proponer un desalío en términos generales como estos: «Te digo y 
quiero sostener con las armas que N. ha matado traidoramente ó hecho 
matar á fulano,» es, según la Ordenanza, una designación insuficiente del 
atentado. Para motivar la provocación es necesario concretar cómo y cuán- 
do se cometió el asesinato; y si todas estas prescripciones no se cumplen 
estrictamente, el Rey decide que, aun después de cambiados los gajes, se 
reputará al demandante culpable, en castigo de la irregularidad de su pro- 
ceder (3). De aquí que no fuera el litigante quien formulara personal- 
mente el desafío que traía consigo el combate judicial, sino el abogado que 
le servía de consejero (4). Preciso es convenir en que la situación de este 
último era singularmente delicada y difícil, pudiendo citarse varios casos 
en los cuales el abogado que había hecho ciertas afirmaciones en nombre 
de su cliente (pero sin haber precisado que comprometía su propia perso- 
na) fué directamente acusado y puesto en la alternativa de decidir al liti- 
gante á que combatiera ó de sostener él mismo con las armas lo que afir- 
mara en estrados. Así le sucedió al abogado Hugo de Francfort, quien, 
defendiendo á Montaigu contra Aymeric de Durfort, había salido temera- 
riamente, sin reservas, fiador de las afirmaciones de su cliente, y fué por 
ello compelido personalmente á «sostener con la espada las alegaciones 
contenidas en su defensa (5).» Guillermo de Breuil, al relatar este hecho, 
aconseja con razón á los abogados que se guarden de ponerse demasia- 



(1) Anc. L francaises, Isambert, n." 41 7. 

{■¿) Ordenanza de Felipe IV, 1 3oo —Desquatre dioses appartenant jk gaige de bataille 
(loe. cit., pág. 833, Isamb.) 

(3) «Voulons et ordonnons qu'il soit tenu et prononcié convaincu.» (Loe. cit.) 

(4) «Voulons l'avocat diré sonpropos devant nous.» (Loe. cit.). 

(5) Véase Guillermo de Breuil, capítulo XVI, De duelh; y Loisel, ed. Dupin, 1884. 



250 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

do en el lugar y caso de los litigantes «so pena de gran perjuicio (1).» 
El querellante podía pedir la prueba del combate, pero una vez for- 
mulada la acusación, el acusado tenía, por su parte, la facultad de recoger 
el reto y por su cuenta y riesgo, «á sus peligros,» como dice el texto, es- 
taba á su vez autorizado á afirmar que el acusador había «mentido mala- 
mente,» rebatiendo entonces la inculpación y declarándola calumniosa. 
Cuando ya se había decidido el combate y fijado las condiciones del mis- 
mo, con promesa jurada de acudir á la hora señalada, los adversarios se 
iban cada uno á su casa y se dejaba transcurrir un plazo máximo de cua- 
renta días (2) (en Flandes era «de catorce noches») entre la entrega del gaje 
y el desafío. El día fijado, los combatientes salían de su casa con las vise- 
ras levantadas para que todos pudieran reconocerlos; «se persignaban con 
la mano derecha,» y llevaban un crucifijo ó una bandera con imágenes 
piadosas: Dios, Nuestra Señora, Santos ó Santas. El campo era un terreno 
especialmente dispuesto y situado cerca de las grandes ciudades, que saca- 
ban de él una renta privilegiada; en varias descripciones se dice que la liza 
tenía generalmente 60 pasos por 40 y que la barrera que la rodeaba medía 
siete pies de altura. Llegados al lugar del combate, los adversarios eran 
llamados por «heraldos de armas» encargados de la policía del campo para 
que todo el mundo pudiera ver la lucha: los que impedían verla incurrían 
en la pena de amputación de la muñeca. La Ordenanza prohibía al públi- 
co hablar, toser y escupir á fin de no turbar la solemnidad del acto (3). 
Antes de entrar en el campo, los combatientes se bajaban las viseras, 
trazaban la señal de la cruz, se presentaban ante el «catafalco del juez,» 
es decir, el estrado, y prestaban los tres juramentos de que hemos habla- 
do en el libro segundo de esta obra, y luego iban á colocarse delante de 
su pabellón en espera de las órdenes del «mariscal.» Entonces los concu- 
rrentes ocupaban sus puestos y el heraldo se adelantaba gritando tres ve- 
ces: (.(¡Cumplid vuestros deberes!)) Los campeones abandonaban sus pabe- 
llones, subían á los escabeles que había preparados, se ponían sus arma- 
duras, montaban en sus corceles con ayuda de los amigos presentes, y el 
«mariscal» daba la señal de ataque arrojando el guante á la arena... En 
aquel momento, los amigos debían retirarse á un lado no dejando á los 
combatientes más que sus armas, un poco de vino y un pedazo de pan en 
una servilleta para que, en caso necesario, tomaran alimento durante la 
jornada (4). El combate, una vez comenzado, sólo podía interrumpirse 
por dos causas: i. a , si uno de los adversarios coníesaba su culpa ó la fal- 

(1) Debet prcecave'-e, nt faciat mentioncm. (De advocato, Guil. du Breuil). El abogado 
(advocatus) es designado en las Capitulares de Carlomagno con los nombres de clamator ó 
causidicus. En los Establecimientos de San Luis se le denomina avant-parlier, emparlier, 
avocas {Etab. de San Luis, capitulo XIV, libro II). 

(2) Assises de Jerusalem. Éstos Asises ú ordenanzas dictadas por Godoíredo de Boui- 
llon son uno de los monumentos más importantes de la legislación de la Edad media. 

(3) «El Rey, nuestro Señor, prohibe: que nadie hable, tosa, escupa, grite, ni haga nin- 
guna demostración, sea cual fuere.» (Guil. du Breuil.) 

(4) «Cada uno tenJrá su botellita llena de vino y pan envuelto en una servilleta.» 
(Loe. cit.) 






LIBRO OCTAVO 25 ( 

sedad de su declaración; 2. a , si uno ú otro era empujado fuera de la liza, 
muerto ó vivo. En este último caso, el vencido era desarmado; las piezas 
de su armadura, rotas; y los fragmentos de las mismas arrojados ignomi- 
niosamente en el campo de la lucha. En cuanto al vencedor, salía entre 
aclamaciones llevando en la mano derecha «el arma gloriosa con que ha- 
bía derrotado á su adversario.» 

Existe una interesante carta de Sully á Enrique IV, escrita en 1605, 
que merece ser citada á propósito del duelo: comparando lo que en ella 
se dice con la relación suiza que hemos dado, se verá que las reglas de los 
combates eran casi uniformes á pesar de la diíerencia de nacionalidades. 
Después de advertir al rey que, conforme á su deseo, se han organizado 
para cada día carreras de sortijas y otras distracciones, «para sacar á la 
nobleza de la ociosidad,» y después de añadir que es sensible ver siempre 
á «aquellos que tienen comezón en los dedos resolver sus disputas con la 
espada, en vez de reservarla para la profesión délas armas,» Maximiliano 
de Bethune (1) completa su carta con un resumen acerca del estado de la 
cuestión de los gajes de batalla en Francia, en España y en Inglaterra. 

«Primeramente, dice Sully en su informe, la parte acusadora hacía 
comparecer á la otra delante del juez y formulaba su acusación; y á falta 
de pruebas, se ofrecía á sostener sus palabras con ¡as armas, y entonces 
arrojaba su gaje. El demandado oponía las razones que tenía á bien, y si 
carecía de prueba, arrojaba también su gaje. Entonces, habiendo ambas 
partes afirmado decir verdad y estar dispuestas á justificarlo por medio de 
las armas, se aplazaba el asunto por dos meses, durante el primero de los 
cuales estaban entregados en manos de sus amigos recíprocamente, quie- 
nes, habiéndose obligado á representarles, les conjuraban y amonestaban 
diariamente á que no perdieran su cuerpo y su alma sosteniendo tenaz- 
mente una falsedad. El otro mes lo pasaban en prisión cerrada y allí les 
amonestaban gentes de iglesia sobre lo antes dicho. 

«Llegado el día, se presentaban por la mañana, ambos en ayunas, ante 
el juez, el cual les hacía jurar de nuevo que decían verdad; y luego les 
daban como alimento pan, vino y carne. Preparados de esta manera, ha- 
cíanse traer las armas convenidas y se las ponían delante del juez y de los 
padrinos escogidos, en número de cuatro, quienes les hacían untar el 
cuerpo de aceite y cortar el cabello en redondo y también la barba. Hecho 
esto, los combatientes, avanzando con sus padrinos hasta el centro del 
campo, se arrodillaban uno enfrente de otro, se cogían las manos entrela- 
zando los dedos, y allí juraban y mantenían nuevamente que su causa era 
justa, hacían confesión de su fe, se conjuraban mutuamente á no sostener 
una falsedad, juraban no emplear magia, brujería, fraude, engaño ni ma- 
leficio para obtener la victoria. Los padrinos examinaban las armas para 
ver si faltaba en ellas algo, y conducían otra vez á los combatientes á les 



(1) Nombre del duque de Sully.— Véase Physio'og. du duel, pá^'. -'•• 



2 52 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

dos extremos del campo, en donde les hacían confesar, arrodillarse de nue- 
vo y rezar á Dios. Terminada la oración y puestos de pie los adversarios, 
los padrinos les preguntaban si tenían alguna cosa que decir, y contesta- 
da esta pregunta, se retiraban á los cuatro ángulos del campo. Después 
los heraldos, subidos á las barreras, gritaban tres veces: ((¡Dejad á los bue- 
nos combatientes!,» los cuales á la tercera vez corrían uno contra otro. El 
vencido, muerto ó vivo, era conducido en camisa en un encañizado y 
luego ahorcado ó quemado y declarado infame según la calidad del cri- 
men; el otro era llevado á su casa en triunfo y su afirmación confirmada 
por sentencia. » 

De suerte que la sentencia del juez no era más que el acta del resul- 
tado del duelo y la ejecutoria de las afirmaciones del que triunfaba. 

Un Cartulario que se remonta á 1339 describe detalladamente las 
condiciones del combate en Hainaut (1); vamos á reproducirlo conser- 
vándole el sabor que le caracteriza. Los campeones llegaban «llevando 
cada uno su espada, toda de una longitud, cada uno su escudo y cada uno 
dos espadas.» La armadura de cada caballo era obligatoriamente «de una 
clase parecida.» Estaba prohibido llevar encima «cuchillo ó bastón de de- 
fensa.» Antes de que el baile diera la señal de la lucha con las palabras 
«¡Cumplid vuestros deberes!,» se advertía al público «que estuviera quie- 
to, no dijera palabra, ni hiciese seña que pudiera servir de consejo, decep- 
ción, provecho ó daño á los campeones.» Por último, cada combatiente 
«debe arrodillarse delante de los Santos Evangelios y jurar que no llevaba 
sortilegios, cuchillo ni bastón.» 

Al lado de los verdaderos combates judiciales encontramos una espe- 
cie de duelos particulares ó torneos, que vinieron á ser el aprendizaje de la 
profesión de las armas y la preparación inmediata para las guerras verda- 
deras: en ellos no se trataba de pedir á Dios un fallo, sino que eran un jue- 
go caballeresco que ponía en relieve el valor y la habilidad de los paladines. 

Un hidalgo sólo tenía derecho á gozar de alta estimación cuando había 
combatido «en campo de honor,» y la prueba más auténtica que podía dar 
de su nobleza era haber figurado gloriosamente en tales combates. Los jó- 
venes aprendían en esta escuela á ser diestros y á luchar, y en cuanto á los 
hombres de edad madura encontraban en ella la ansiada ocasión de con- 
quistar aplausos halagadores (2). 

Las damas de la época nada deseaban tanto como esos magníficos es- 
pectáculos que ellas, en realidad, presidían; porque en gran parte para 
ellas se daban estas representaciones á fin de que pudieran contemplar el 
cuadro de la guerra. Además, les correspondía entregar al vencedor el pre- 
mio, que consistía en una banda, una cinta ó una corona. 

(1) Reglamento del Consejo de Hainaut «por causa de batalla á caballo el martes pró- 
ximo después del dia del Sacramento, primer día de junio que fué en el año mil II1XXXIX 
(1 33 9 ).» 

(2) Ducange, Dissevtat. \ I, sobre Joinville, en su Glossaire á la palabra Torneamen- 
tum.—Moeurs des Fr., 126. 



254 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

El anuncio del torneo se hacía generalmente en una especie de pros- 
pecto en verso que leían ((dos doncellas de calidad)) acompañadas de he- 
raldos de armas; antes ó después del anuncio, trompetas ó clarines toca- 
ban algunos aires guerreros. El príncipe ó el señor que hacía el llamamien- 
to y el que lo recibía designaban dos caballeros ilustres como jueces del 
torneo, quienes en señal de autoridad llevaban una varita blanca que no 
abandonaban hasta después de terminada la lucha. Estos jueces fijaban la 
hora, el sitio del combate y las armas elegidas, que generalmente eran 
«lanzas sin hierro, espadas sin filo ni punta,» y nacían colocar barreras 
que limitaban el campo de batalla y «tablados» para los espectadores. Los 
caballeros llegaban cuatro días antes del torneo con pomposo acompaña- 
miento de gentes ricamente vestidas, y montados en caballos cubiertos 
con caparazones de terciopelo y de magníficas sederías. Al día siguiente 
de la llegada de los combatientes, sus escudos de armas eran llevados al 
convento en donde se alojaban los jueces de campo y alineados y expues- 
tos en el claustro, invitándose á las damas ilustres á que presenciasen la 
comprobación de la nobleza y de la probidad de caballeros y escuderos. 
No podían tomar parte en el torneo más que «los que fueran por línea 
paterna y materna hidalgos desde dos ó tres generaciones,» no siendo ad- 
mitidos en él los nobles casados con personas de condición inferior, los im- 
píos ó los faltos de delicadeza, los que habían mal hablado de las damas y 
en general los que habían cometido una acción reprobable; 3^ si algún in- 
dividuo «reprochable,» es decir, á quien podía censurarse justamente, 
cometía la temeridad de presentarse, por orden del juez «se le desarma- 
ba, se le ataba y se le ponía á horcajadas en cualquier sitio de la barrera, 
en donde había de soportar durante todo un día los insultos de la cana- 
lla.» Esta severidad contribuyó en cierto modo á mejorar las costumbres, 
porque los jóvenes hidalgos que deseaban brillar en tan nobles asambleas 
evitaban todo lo que de ellas pudiera excluirles. 

Cuando los grupos de los combatientes estaban dispuestos y alineados, 
los jueces examinaban si alguno había hecho astutamente atar la silla de 
su caballo, cosa indigna de un caballero y castigada con las más severas pe- 
nas. Después se daba el toque de carga y comenzaba el combate, durante 
el cual las lanzas ó las espadas golpeaban sin cesar las corazas y los cascos 
produciendo un ruido espantoso. En muchos casos la victoria quedaba in- 
decisa, por ser los mantenedores (1 ) y los asaltantes hombres valientes, 
diestros y tenaces. 

En estas fiestas sangrientas perecieron más de veinte príncipes en po- 
cos años, sin contar un gran número de accidentes funestos, tales como la 
aventura de Roberto, conde de Clermont (2), el cual recibió en la cabeza 
tan tremendos golpes que perdió instantáneamente la razón. 

(1) Denominábanse así los caballeros que provocaban á los que querían medir con 
ellos sus armas. 

(2) En 1279. 



LIBRO OCTAVO 



255 



Créese comúnmente que fué Godoíredo de Preuilly quien hacia el año 
1036 inventó esos homicidas ejercicios, por haber sido él quien los gene- 
ralizó y quien codificó sus reglas; pero la verdad es que son mucho más 
antiguos, puesto que vemos que en 842 hubo un famoso torneo con oca- 
sión de la entrevista de Carlos el Calvo, rey de Francia, y su hermano Luis. 

El paso de anuas era un reto lanzado «para batallar» entre gentes que 
ninguna causa de enemistad tenían entre sí; era el duelo sin motivo. Cuan- 
do un caballero quería prohibir el tránsito por tal paso ó cual puente, col- 




Torneadores con sus armas y divisas, según un manuscrito del siglo xv 

gaba su escudo en un poste ó en una columna y esperaba una provocación. 
El reto se lanzaba por vanidad, no sólo á toda persona noble, sino á «quien- 
quiera que fuese;» y salir de un paso difícil era lamas gloriosa de las aven- 
turas. El paso era cerrado con una barricada sobre la cual se ostentaba el 
escudo del mantenedor; al lado de este, otros escudos indicaban los di- 
versos combates que el retador estaba dispuesto á sostener, lanza, espada, 
puñal, etc., y los caballeros ó escuderos que pretendían pasar adelante y 
forjar el paso tocaban uno de esos escudos para indicarlas armas de que se 
proponían servirse. Si los asaltantes eran muchos, luchaban uno después 
de otro contra el mantenedor, por el orden de su llegada (1). 

Estas luchas no eran simples simulacros, sino que en ellas se comba- 
tía muy de veras y casi siempre corría la sangre, y una vez terminadas, los 
rivales solían cenar en la misma mesa, que expresamente se escogía redon- 
da á fin de evitar discusiones sobre el rango respectivo y las presidencias, 

(1) Ceremonias de France, lib. VIII. -La Colombiere en su libro de la Science II 
dique, pág 21 5. 



256 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

detalle que recuerda á los famosos Caballeros de la Tabla redonda, que se 
decían todos igualmente ilustres. Después de la comida el rey de armas 
consultaba á las damas y recogía los votos de éstas y los de los caballeros 
antes de declarar cuál de los mantenedores ó de los asaltantes había cum- 
plido mejor con su deber; y cuando quedaba adjudicado el premio, á las 
damas correspondía entregarlo al afortunado vencedor. 

De modo que en todas partes encontramos más ó menos el duelo, ya 
como solución de una contienda, ya «como diversión galante» con todas 
sus formas y modalidades: cuando la gente no se batía para obtener justi- 
cia ó para vengarse, se batía «por gentil gusto,» por puro placer. Ya en 
tiempo de San Luis el abuso del duelo había adquirido tales proporciones, 
que el poder real hubo de legislar sobre la materia, porque no sólo se ad- 
mitía el combate entre el acusador y el acusado, sino que además podía 
retarse á los testigos cuya declaración no era favorable y aun en muchos 
casos obligar al juez á acudir á campo cerrado para sostener su sentencia. 

De varios documentos parece deducirse que el tesoro real ó señorial 
percibía un derecho «por cada duelo ó batalla que se celebraba en asuntos 
judiciales;» como el duelo judicial substituía á los procesos, se pensó en 
buscar el modo de que reportaran igual provecho al fisco. Pero el santo 
rey Luis IX, afligido por los continuos asesinatos que de esta manera se co- 
metían todos los días y escandalizado de ver que ingresaba en las cajas 
públicas una especie de impuesto de la sangre, dictó en 1260 una Ordenan- 
za prohibiendo los duelos y gajes de batalla en todo el reino y reempla- 
zándolos con «las pruebas de testigos (1):» con razón profesaba aquel mo- 
narca la creencia de que «batalla no es vía de derecho.» Esta decisión, sin 
embargo, contrariaba tan abiertamente los hábitos y las costumbres que 
difícilmente podía ser obedecida; en efecto, los duelos continuaron, tal vez 
menos ostensiblemente, pero no mucho menos numerosos, y en 1267, se- 
gún se ve en un decreto del Parlamento (2), un baile real, más fiel á la tra- 
dición que á la Ordenanza, reclamó á un justiciero mayor los atrasos de los 
derechos por los duelos realizados en el territorio del señor. Hubo pleito, que 
ganó el baile, y el rey, poco satisfecho sin duda de este resultado, reprodujo 
poco después su prohibición del duelo judicial «en toda querella (3).» 

En vista de que, á pesar de todo, el duelo subsistía, Felipe el Hermo- 
so consagró á su vez la prohibición de los gajes de batalla, «á lo menos 
durante la guerra (4).» Ciertamente que era mejor reservar su sangre para 
la defensa de la patria; y, sin embargo, el duelo de venganza privado pa- 
recía más en boga que nunca, por lo que los edictos reales, demasiado se- 
veros para ser aplicados, se suceden sin resultado á partir de 1566 (5): la 

(1) «Prohibimos á todos batallas y en su lugar ponemos pruebas de testigos.» C. L., 
I, 86. 

(2) Decreto del Parlamento de la octava de Pentecoste's, 1267 Olim, I, 667. 

(3) En 1270 

(4) Durante guerra (sic). Ord. de 1296. 

(5) Ord. de Carlos IX, i566.— Edicto de Enrique IV, 1609. — Edicto de Luis XIII, iÓ23. 
—Edicto de Luis XIV, iób 1 y en 1679 Edicto de los Duelos.— Edicto de Luis XV, 172.-!. 



LIBRO OCTAVO 



257 



multiplicidad de los mismos y su rigor prueban su impotencia, por ser las 
costumbres más fuertes que la ley. 

El último duelo judicial en Francia fué el que se verificó en 10 de julio 




Entrega del premio al vencedor en un torneo, según un manuscrito del siglo xv 

de 1547, en presencia del rey Enrique II, en Saint-Germain en Laye, entre 
los señores de la Chataigneraye y Chabot de Jarnac, cuya hábil estocada 
en la corva se ha hecho legendaria. 

En Inglaterra, todavía en 1817, un tal Thornton se brindó á justificar- 
se de la acusación de asesinato con las armas en la mano; y el Parlamen- 

Tomo 111 '7 



258 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

to, para acabar de una vez con semejantes pretensiones, decretó la aboli- 
ción de esta costumbre de otra época. 

Una crónica flamenca refiere que en Lilla se castigaba antiguamente el 
duelo de represalias ó de honor: «El 8 de noviembre de 1685 fué sacado de 
la cárcel de la ciudad en un serón hasta la horca de la Casa de la Ciudad 
un oficial que se había batido en duelo y que había muerto hacía tres ó 
cuatro semanas; y allí el cadáver fué colgado por los pies cosa de media 
hora, metido en una piel de becerro, y después fué conducido en un serón 
al muladar como una bestia (1).» 

Los reyes, á pesar de dictar edictos y publicar ordenanzas, más de una 
vez dieron ejemplo de provocaciones como simples hidalgos: Luis el Gran- 
de propuso á Enrique, hermano de Guillermo el Conquistador, un duelo que 
no fué aceptado; Eduardo, rey de Inglaterra, envió también un cartel de 
desafío á Felipe de Valois; y además puede citarse el reto entre Francis- 
co I y Carlos V, que no tuvo consecuencias. 

Aunque el duelo contemporáneo empleado como medio de reparación 
procede del combate judicial, sólo diremos de él muy pocas palabras en 
el presente estudio, por haber perdido todo carácter de «testimonio divi- 
no,» como se decía antiguamente. Si se acude al terreno es á menudo 
porque el que ha recibido un ultraje encuentra que su dignidad no está 
suficientemente protegida por las jurisdicciones regulares. En efecto, cau- 
sa verdadera indignación ver cuántas injurias pueden dirigirse á un hom- 
bre honrado por la módica multa de 25 francos. Sin vacilar afirmamos 
que el día en que nuestros magistrados elevaran la pena á una cifra con- 
siderable, desaparecerían la mayor parte de las causas de duelo. La leni- 
dad de la represión es deplorable; un ataque contra el honor queda casi 
impune, al paso que el hurto más insignificante provoca severidades mu- 
chas veces excesivas. 

La cuestión del pundonor que engendra el duelo pertenece, en su origen, 
á la época feudal; pues bien, refiriéndonos á ésta, descubriremos el ver- 
dadero motivo de la aureola prestigiosa que ha rodeado y sigue rodeando 
al duelo á pesar de su falta de lógica, ya que el insultado se expone á re- 
cibir un golpe mortal de la misma mano del insolente que ya le ha inferi- 
do el ultraje. 

El significado exacto de lo que se llama «pundonor» merece ser expli- 
cado. Ya hemos visto que en la época feudal nadie podía presentarse en 
el combate privado, ni aun en casos de violencias y de vías de hecho, 
«sin haber aducido sus pruebas de nobleza.» Si un plebeyo era golpeado 
por un personaje noble, éste no venía obligado por el código de honor á 
batirse con el insultado, pues únicamente tenían derecho á batirse los hi- 
dalgos y los «que hacían profesión de honor,» es decir, las personas que 
por razón de su estado eran asimiladas á la casta nobiliaria y como tales 



(1) Según costumbre, el cadáver había sido salado previamente. 



LIBRO OCTAVO 259 

llevaban espada; asilos militares de cierta graduación y ciertos funcionarios 
de la corte gozaban del privilegio del duelo. Esto sentado, se comprende el 
favor dispensado á este combate, porque ser admitido á cruzar la espada 
equivalía á ser tratado no como los villanos, que sólo luchaban entre sí 
con palos (i), sino «como buenos hidalgos que poseían letras de nobleza 
y llevaban la espada al costado.» Tal es el origen del pundonor: el que se 
batía con hierro, no con madera, era tenido por hombre de calidad. 

Un libro muy raro, fechado en 1611 (2), nos ilustra acerca del culto 
consagrado al privilegio de la espada y refiere cómo los valientes que la 
llevaban por profesión, estimaban en muy poco á los que no hacían del 
glorioso oficio de las armas su carrera exclusiva. «Si un hombre de lar- 
ga toga (3) (eclesiástico ó magistrado), si un funcionario, un comerciante 
ó un aldeano, ha dado un mentís ó lanzado una injuria á un hombre de 
arma, éste obrará mejor y más cuerdamente disimulando la ofensa y rién- 
dose de ella que tomándose el trabajo de darle con la espada en las orejas; 
tanto más cuanto que esas gentes no pueden ofenderá un guerrero por in- 
jurias que á ellos mismos no les agraviarían si de otros las recibieran. » 

Y ¿qué hacían aquellos pecheros á quienes se negaba toda repara- 
ción? Buscar campeones de origen noble que retaran al insultador. Pero 
Luis XIV, no admitiendo que un villano pudiera, ni aun indirectamente, 
pedir reparación á un hidalgo, incluyó en el artículo 15 de su Edicto de 
165 1 la siguiente declaración: «Considerando que hay gentes de nacimien- 
to innoble, que jamás han llevado armas y que son bastante insolentes 
para retar á hidalgos y negándose éstos á darles razón, á causa de la dife- 
rencia de condiciones, incitan contra aquellos á quienes han retado otros 
hidalgos, de lo cual resultan á veces asesinatos tanto más detestables cuan- 
to que provienen de causa abyecta, queremos y ordenamos que en tales 
casos de retos ó de combates, principalmente si han tenido como conse- 
cuencia grandes heridas ó muerte, los tales innobles ó pecheros que sean 
debidamente acusados y convictos de haber promovido semejantes des- 
órdenes, sean irremisiblemente ahorcados y estrangulados y confiscados 
todos sus bienes muebles é inmuebles.» 

De manera que Luis XIV, más que el duelo en sí, lo que castigaba era 
la audacia de los plebeyos que se atrevían á desafiar á los hidalgos, ai re- 
vés de su abuelo que había querido apartar á los propios nobles de esas 
luchas fratricidas. En efecto, Enrique IV, después de haber dictado las 
más severas penas contra los duelistas incorregibles, decía en su edicto: 
«A fin de que los hidalgos que pretendan haber sido ofendidos no puedan 
declararse heridos en su propia dignidad por haber obedecido el Edicto..., 

(1) Kl hidalgo combatía á caballo, cubierto con su armadura y con el rostro protegido 
por la visera de su casco; el villano iba á pie y con la cara descubierta; de aquí la conclu- 
sión de que recibir una bofetada equivalía á ser tratado como villano. Por esto el solo si- 
mulacro de bofetada se consideraba como un ultraje mayor que la más violenta 

(2) La loi militaire touchant le duel, por Scip. Dupleix. 

(3) Así llamado por oposición á las gentes de to^a corta, ú hombres de armas que 
llevaban túnica. 



26o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

el rey declara que toma sobre sí todo aquello que por un escrúpulo de 
honor mal entendido pudiera ser imputado al ofendido ó al retado á cau- 
sa de su obediencia á la ley.» 

A pesar de esto, el argumento perentorio había reemplazado casi en 
todas partes las demostraciones y los debates del pretorio: burgueses y pe- 
cheros se provocaban lo mismo que los oficiales á los guardias; los mos- 
queteros plebeyos enviaban carteles ásus compañeros de noble cuna; y las 
personas llamadas «innobles» también habían encontrado, según acabamos 
de ver, un medio indirecto de obligar á los hidalgos á aceptar sus retos. 

En esa época de la historia, el duelo, como se ve, ha dejado de ser 
desde hace mucho tiempo un procedimiento para convertirse simplemen- 
te en una sanción violenta contra los mentís, las injurias y los ultrajes... 
Seguramente se consideraba todavía la victoria como reconocimiento de 
la causa justa, pero era principalmente en memoria de las creencias del 
pasado. Transformado de esta suerte, el duelo se ha perpetuado hasta 
nuestros días como procedimiento de reparación extralegal, y no vislum- 
bramos aún el día en que al fin se reconocerá que matar á un hombre es 
una singular manera de enseñarle á vivir. 

Al observar que durante muchos siglos el expediente calificado de «jui- 
cio de Dios» iba acompañado de ciertas ceremonias piadosas y que más 
de una vez se acogieron á él los mismos clérigos, algunos autores han 
creído ver en el duelo una institución religiosa, «hija del fanatismo délos 
eclesiásticos cuya ambición soñaba con confiscar la justicia en provecho 
del sacerdocio.» Pero se equivocan los que tal creen: el combate decisorio 
llamado, no sin motivo, combate judicial, permitido y á menudo hasta im- 
puesto por la autoridad pública, fué aún más que la ordalía una institu- 
ción social y legal en las naciones de raza germánica, según vamos á de- 
mostrar. Y hecha esta demostración, nos preguntaremos cuál fué la in- 
fluencia del derecho canónico y déla Iglesia sobre esta aberración y en qué 
medida exacta intervino en ella el clero de aquel entonces. 

A principios del siglo vi, para no hablar más que de documentos indis- 
cutibles (i), la ley Gombette (2), por ejemplo, acentúa el carácter franca- 
mente judicial del duelo en los siguientes términos: «Si un acusado no 
puede ó no quiere justificarse por juramento delante de tres personas de- 
legadas por el juez, los litigantes vienen obligados á presentarse ante el rey 
para dirimir su contienda por medio del «juicio de Dios.» Y añade la ley 
que es justo y natural que el que está seguro de sus afirmaciones no va- 
cile en sostener la verdad de las mismas con las armas en la mano (3). 

Entre los ripuarios el juicio por la espada está admitido para apreciar 
la validez de una manumisión, de una venta, de una donación ó de una 
cuestión de orden civil. 



(i) Para más detalles véase el notable estudio del R. P. de Smedt, Orig. du duel. 
(2) De Uondebaldo, rey de los burgundios. 
(i) Títulos VIH y XLV. 



LIBRO OCTAVO 



26l 



La ley de los bávaros dispone que «si no hay más que un testigo y el 
acusado niega, ambos habrán de batirse en campo cerrado y será digno de 
fe aquel á quien Dios otorgue la victoria.» El combate singular era asi- 
mismo admisible en caso de daño causado en las mieses, de usurpación ó 
robo, «si la cosa robada tenía el valor de un buey domesticado ó de una 
vaca que diera leche (1).» En todo combate singular ordenado por los jueces 
estaba prohibido prestar auxilio á los campeones, bajo pena de amputa- 
ción de la mano, si se trataba de un esclavo, ó de cuarenta sueldos de multa 
si el transgresor era un hombre libre. 

Pero aún hay más. La legislación de los alamanes como la de los bá- 




Duelistas. Facsímile del grabado de Jacobo Callot (i5g4-i635) 



varos exigía que la viuda sin hijos recurriera al duelo por campeón para 
reclamar su dote á la familia de su marido; y lo propio sucedía en las más 
insignificantes cuestiones de límites. 

La legislación de los frisones contiene la siguiente extravagancia: cuan- 
do un hombre es muerto en medio de un tumulto, el pariente próximo 
puede provocar á cualquiera de los que en el hecho intervinieron, el cual, 
para exculparse, ha de designar á otro como culpable y batirse con él. 

Citemos la ley de los sajones que autoriza el duelo en caso de reivin- 
dicación de inmuebles, y la de los turingios que lo declara posible en- 
causa criminal ó civil, con tal que la indemnización debida por el culpa- 
ble sea de dos sueldos por ¡o menos (2). 

En el siglo x, la solución de casi todos los conflictos importantes de- 
pendía de la suerte de la lucha. He aquí algunos ejemplos típicos de ello. 

Estando divididos los jurisconsultos déla época acerca del modo como 
se realizaría en las sucesiones directas la «representación» del difunto, el 

(1) Mon. Germ. Hist. 

(2) Dos sueldos de oro, loe. cit., 141. 



2Ó2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

emperador Otón tuvo por conveniente, en vez de estudiar este punto con- 
trovertido, pedir la solución del mismo ai juicio de las armas. Entonces, 
mentira parece, los representantes de cada sistema eligieron un manda- 
tario encargado de sostener, en campo cerrado, su teoría de derecho civil 
puro: el combate se verificó conforme á todas las reglas, y habiendo el 
campeón de la «representación legal» hecho morder el polvo á sus ad- 
versarios, el emperador ordenó que en lo sucesivo los nietos sucedieran á 
sus abuelos conjuntamente con sus tíos y tías, como habrían sucedido sus 
padres y sus madres si hubiesen vivido (i). 

El rey de Francia Luis el Joven prohibió el combate, pero sólo para 
las deudas «inferiores á cinco sueldos.» 

Mencionemos también un documento de los Archivos administrativos 
de la ciudad de Reims que relata las fases del duelo verificado con motivo de 
reivindicar una mujer llamada Cuice d'Oia una casa de Guillermo de Villiers. 

Pero no insistamos más en este asunto que en nuestro concepto está 
plenamente probado: el juicio por el duelo fué un procedimiento esencial- 
mente legal, si no legítimo, inventado para reemplazar de una manera 
expeditiva y cómoda los largos debates del pretorio y la redacción laborio- 
sa de las sentencias. El juez, en vez de fallar, levantaba acta de las heridas 
y admitía las conclusiones del vencedor; de modo que, en realidad, el 
combate equivalía á los debates para resolver los litigios. 

Uno de los combates más extraordinarios es, sin ninguna duda, el que 
se verificó en España á orillas del Pisuerga, á petición de algunos canonis- 
tas, acerca de cuál liturgia era preferible, «la muzárabe, adoptada por San 
Ignacio, ó la romana con la que algunos querían substituir aquélla (2).» 

En vano los papas condenaban las ordalías y «esos homicidios y ase- 
sinatos judiciales;» en vano la Iglesia, en sus jurisdicciones regulares, re- 
curría exclusivamente á la prueba testifical, que el derecho laico acabó 
por aceptar á su vez (3): la opinión arraigada todo lo invadía y la costum- 
bre supersticiosa prevalecía á pesar de todo. 

Dado que en las ordalías y en los duelos se descontaba con confianza 
tan respetuosa como imperturbable la intervención divina, pregúntanse 
muchos cuál fué el sentimiento de los papas y cuál la actitud del clero de la 
época. Parece cierto que el «bajo clero,» como entonces se decía, sometido 
á la influencia de las ideas populares y llevado de un celo en ciertos casos 
más intenso que ilustrado, intervino en diversas circunstancias en aquellas 
prácticas, á las que una fe ingenua asociaba actos de piedad sincera. Inti- 
mamente convencidas de que el cielo, á quien se hacía intervenir directa- 
mente, no permitiría el triunfo del mal, y sin tener en cuenta que en este 

(1) Pasq u ier, Reclierches. 

(2) Théor. Cod pen. espagnol, porLaget, 497.— Véase también Hist. desRévol. d'Esp., 
por el P. de Orleáns, I, 217. 

(3) He aquí el texto completo del Usaje: «Antiguamente, cuando se acusaba á mujeres 
y no había quien las defendiese, se purgaban por el luego y los hombres por el agua... Y 
como la Iglesia ha quitado estas cosas, nosotros empleamos la información. ..» (Cout. de 
Normandie, cap. LX.XVI. —Cod. p. Ort., I, pág. 3o.) 



LIBKO OCTAVO 263 

mundo y en un momento dado no debe necesariamente ejercerse la jus- 
ticia absoluta, algunas almas ardientemente creyentes, aunque poco cultas, 
se sentían irresistiblemente inclinadas á considerar como un acto de los 
más respetables, y aun sagrado, el hecho de recurrir á la perspicacia del Maes- 
tro infalible. Además, y conviene recordar esto, la ordalía y el duelo se uti- 
lizaban en las causas dudosas; pues en las demás contiendas, cuando la jus- 
ticia humana encontraba medio de fundarse en pruebas directas, no era 
tan grande el deseo de recurrir á Dios, según frase de aquel tiempo (i). 

Ahora bien, ¿qué dicen los modernos legisladores á los jueces? En subs- 
tancia lo siguiente: «Cuando se somete á vuestro conocimiento un litigio, 
siempre y á pesar de iodo habéis de tener una opinión positiva sobre él...; 
habéis de decir necesariamente un «si» ó un «no» categórico, aunque du- 
déis, aunque vuestra conciencia, no obstante vuestros esfuerzos y vuestra 
atención, no haya podido ver claro en el asunto. La ley (2) no admite que 
vosotros los magistrados, atrincherándoos detrás de un escrúpulo honroso, 
digáis á los litigantes: «En vista de que no consigo discernir quién tiene ra- 
zón, me niego á juzgar al azar...» Tal lenguaje en vuestra boca equivaldría 
á no querer administrar justicia y os pondría en el caso de ser recusado.» 

Pues bien, este principio que las legislaciones de nuestro tiempo se 
han visto en la necesidad de imponer á los tribunales por razón de orden 
público y para evitar que los litigios se eternicen; esta obligación legal de 
adoptar, quieras que no, un partido aunque la convicción vacile, era una 
idea que en modo alguno podían admitir nuestros padres, quienes en tal 
caso se decían: «Antes que dictar una sentencia sin saber dónde está la ver- 
dad, vale más dejar al Dios omnisciente y justo el cuidado de hacer brillar 
la causa justa.» 

Es evidente que, desde el punto de vista filosófico, este razonamiento 
es temerario, peligroso; pero aún así, preciso es reconocer que el error 
dimanaba de un sentimiento respetable en sí mismo y que el principio 
moderno y socialmente necesario de la perspicacia obligatoria del jue^ no se 
halla tampoco exenta de toda crítica. Y es que la justicia absoluta no es 
patrimonio del hombre; á éste sólo se le puede pedir que se esfuerze en 
comprender, que pese bien las apariencias y finalmente que resuelva por 
su alma y en conciencia bajo la mirada de Dios. 

El clero, por consiguiente, hubo de santificar aquellas solemnidades 
en las cuales se pedía á Dios que hiciera luz, y hubo de hacerlo á causa 
de las opiniones que imperaban en la Edad media. El sacerdote que hubie- 
se negado su concurso habría sido tachado por el pueblo de impiedad; de 
aquí las oraciones, las bendiciones, los ayunos, los exorcismos que prece- 
dían y acompañaban á esas pruebas con objeto de evitar los procesos in- 
justos, de determinar la confesión del culpable y aun de aterrar al perjuro, 

(1) Queremos que en caso de asesinato, robo, traición ó despojo, se abra gaje de bata- 
lla, si los casos no pudiesen ser probados yor testigos.» (Ordonn. de Luis X. Véase Du~ 
cange, Duellum.) 

(2) Art. 5ob y sig. Cod. yr. civ. 



264 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

porque, por razón de esas liturgias especiales, el que mentía al pie de los 
altares era un profanador y un sacrilego. 

Además, ya hemos dicho y ahora lo repetimos que el duelo y aun las 
ordalías eran un procedimiento que el poder no sólo admitía, sino que 
también pretendía imponer hasta á los clérigos. Así en el episodio que 
hemos relatado al hablar de las pruebas «por la cruz» vemos que Carlo- 
magno obligó al abad de Saint-Denís á someterse á ellas y quiso que la 
prueba de la cruz se verificara en su propia capilla y en su presencia (1). 
Los magistrados y los jurisconsultos, al dar licencia para «-probar con su 
cuerpo,» según la frase recordada por Beaumanoir, no hacían, pues, más 
que conformarse con la voluntad del príncipe y con la ley positiva. 

Falta dar una última explicación. 

Si el clero aceptó á veces los juicios de Dios, preocupándose de que 
fueran lo más leales posibles (2) cuando las jurisprudencias de la época 
hacían de ellos una necesidad, preciso es reconocer que la Iglesia no los 
recomendaba, antes bien los condenó solemnemente por medio de sus 
pontífices y de sus concilios. Así por ejemplo, en tiempo de Carlomagno, 
el teólogo Agobardo (3), que vivió desde 779 á 840 y fué obispo de Lyón, 
refutó, en su tratado contra la ley Gombette, la opinión de sus contem- 
poráneos acerca de la supuesta intervención cierta de Dios en aquella cla- 
se de pruebas. El concilio de Valence de 855 ordenó que se considerara 
como suicidado al que hubiese muerto en un combate privado, y como 
asesino al que lo hubiese matado; pero el emperador se negó á aprobar 
estas disposiciones que, de hecho, fueron letra muerta. Poco después, el 
papa Esteban Y (885-891), en su carta al obispo de Maguncia, censuró 
también enérgicamente las decisiones del hierro candente y del agua hir- 
viendo: «Los santos cánones, decía, no permiten este procedimiento para 
arrancar la confesión del acusado: es un invento supersticioso del que no 
encontramos el más leve indicio en los Padres de la Iglesia (4).» 

En el siglo xn menudearon las protestas de los papas. Inocencio II en 
1 140 y Adriano IV en 11 56 desaprobaron las pruebas. 

Muchos son también los textos canónicos que denuncian el duelo co- 
mo un «verdadero homicidio (5),» como una costumbre culpable con la 
que fácilmente se conforma la gente (6); y la Constitución pontificia del 



(1) Jobemus <jubcmus) emanare judicium Dei ad Crucem .. stare in capella nostra. 
(Mabillón, De re diplomat., 498.) 

(2) En la «misa de juicio,» como se la llamaba, se encuentran las siguientes expresio- 
nes: In hocjudicio ad veritatis censuram pervenire mereatur (Oratio).— ...O Deus! hujus 
culpa; veritatem spectantibus insumas (Praefatio). -Corpus hoc et sanguis Domini nostri 
JhesuChristi, sit tibi ad probationemhodie... (Véase Glossar. archcolog.— Proost, loe. cit.) 

(3) Loe. cit., pág. 10. 

(4) Ferri candentis vel aquaz ferventis examinatione confessionem extorquere a quoli- 
bet, sacri non censent Cañones; et quod sancionan Patrian documento sancitum non est, 
supersticiosa adinventione non est prcesumendum. tGloss. archéol., 3-25, Spelm ) 

(5) Tales púgiles homicida; veri, dice la Constitución del papa Celestino III, en el si- 
glo xn (Ortol. I, pág. 3o). 

(6) Secundum pravam terrx consuetudinem (Decret. Celest. III, lib. V, tít. i3; y li- 
bro XIV: De clericis pugnantibus in duelloj. 



LIBRO OCTAVO 265 

papa Celestino III lanza anatemas contra los eclesiásticos que ofrezcan ó 
acepten un duelo judicial, aunque fuera por medio de representante. El 
campeón de las iglesias y de los conventos, de las mujeres y de los meno- 
res, se llamaba campeador. En tiempo de Inocencio III, el concilio de Le- 
trán (1) advierte á los sacerdotes que no se asocien á las ordalías benedic- 
timie nec consecratione (121 5); y Gregorio IX (1227-1241) reúne en una 
recopilación todas las decretales de sus predecesores que obligan á los liti- 
gantes «á purgarse únicamente por juramento (2).» 

De igual modo opinaban Santo Tomás y los más ilustres teólogos. 

El papa Inocencio IV renueva la misma prohibición en una bula de 
23 de julio de 1252. Y San Luis á su vez, apoyando los esfuerzos de la 
Iglesia, substituye al duelo legal un procedimiento regular ante el Tribu- 
nal del rey (1254), y lo confirma en sus Establecimientos. Los sucesores 
del rey santo, cediendo á la preocupación inveterada, permitieron el duelo 
judicial en muchas circunstancias que muy pronto se generalizaron. En 
otros países, en la legislación criminal de Flandes, en los siglos xn y xm, 
en Inglaterra, en tiempo de Guillermo el Rojo (3), lo propio que en Ale- 
mania, encontramos en pleno vigor esta costumbre bárbara. 

No por esto cesaron los papas de anatematizar el duelo: recordemos, 
entre otras, las Ordenanzas de Martín IV, quien, no contento de delegar 
al cardenal Gaetano para que disuadiera á Carlos de Anjou de su propósito 
de enviar un cartel, dirigióse al rey de Inglaterra amenazándolo con la 
excomunión si aceptaba el cargo de juez de combate que se le había ofre- 
cido (4). El concilio de Palencia, celebrado en 1322 bajo la presidencia 
del legado de la Santa Sede, Guillermo, fulminó la excomunión ipso facto 
contra quienquiera que emplease «la purgación por el hierro ó por el agua, 
prohibida por los cánones (5);» y el papa Julio II lanzó una nueva cen- 
sura contra la prueba del duelo (6), etc. 

Se ha querido hacer cargos al clero por ciertos combates decisorios 
verificados en tierras eclesiásticas; pero debe tenerse en cuenta que mu- 
chos abades y obispos eran á la vez señores feudales y que hay que distin- 
guir entre las jurisdicciones seculares de las iglesias y los tribunales ecle- 
siásticos, en los cuales el duelo jamás fué admitido por el procedimiento 
canónico. Así, según el Grana Contundir, «las damas canonesas de Saint- 
Merry tenían en su tribunal dos campeones combatientes para significar 
que tenían alta justicia sobre las tierras de su convento (7).» ¿Tuvieron 
ocasión esos campeones de emplear sus armas? Lo ignoramos; pero su pre- 

(1) ... Pnrgationem aquee ferventis vel frígida' seuferri candentis (Can. XYIII). 

(2) Decret. V, tít. 3 4 y 35. 

(3) Los anglosajones conocían las ordalías, pero el duelo no se introdujo, al parecer, 
en Inglaterra hasta que se implantó el derecho normando: el inglés podía retara duelo 
al normando por robo ó por homicidio. 

(4) Loe. cit., pág. 33. . 

(5) Abusumper Cañones interdictum... in sententiam excommunicatioms inadent ip- 
so faeto (Hardouin, Concilia, VIH). 

(6) Constitut. de Julio U. 

(7) Grand Coutum., lib. IV, cap. V: De lahanltejusticc. 



266 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sencia se consideraba como el mejor medio de defender el temporal contra 
las empresas de los audaces. 

De todos modos, por lo dicho se ve cuan difícil era la obra de civiliza- 
ción del papado; y el error de muchos consiste en confundir la Iglesia con 
las «gentes de iglesia» y los abusos con el derecho. Cuando la «reparación 
por las armas,» tal como actualmente se practica, reemplazó al duelo ju- 
dicial, la Iglesia perseveró en la prohibición de aquellas luchas homicidas 
y recordó su doctrina en el concilio de Trento (1545) en estos términos: 
«La costumbre detestable de los duelos que pierde las almas y mata los 
cuerpos, debe ser enteramente abolida entre los cristianos... Excomulgare- 
mos á todos los que por cualquier título intervengan en ellos.» Pió IX, en 
una bula fechada en 12 de octubre de 1869 (1), renovó la excomunión 
contra los que provocan al duelo, lo aceptan ó lo facilitan y hasta contra 
los «que acuden expresamente para presenciarlo.» 

Hemos expuesto de un modo sincero é independiente la verdad histó- 
rica, considerando como un deber estricto presentarla en su integridad; 
fáltanos ahora deducir una última conclusión de lo que dejamos expuesto. 
Cada vez que en las instituciones se realiza algún progreso, el sentimiento 
que experimentan los contemporáneos es el de una gran sorpresa al pen- 
sar que se han necesitado tanto tiempo y tantos esfuerzos para llevarlo á 
cabo. Ahora bien, dice un autor sesudo (2), supongamos que en un porve- 
nir más ó menos remoto se creen jurados de honor cuya misión sea zanjar 
multitud de contiendas privadas de la índole de las que obligan á acudir 
al terreno (3); supongamos además que un tribunal internacional encarga- 
do de dirimir los agravios entre los Estados disponga (previo acuerdo de 
las naciones) de una autoridad tal que pueda también conjurar esas horri- 
bles guerras, cada vez más sangrientas, y suprimir en parte los formida- 
bles ejércitos permanentes... Los que vivieran en tan dichosa época ¿se 
explicarían que se hubiese tardado tanto en realizar un progreso tan evi- 
dente, tan innegable? Ciertamente que no; y probablemente no encontra- 
rían más que una razón para excusar la locura de esas matanzas periódi- 
cas, á saber, que la misma Europa del siglo xix no estaba aún bastante 
civilizada para reemplazar la fuerza por la justicia... Pues bien, esas excu- 
sas que se aducirán para suavizar la severidad de los juicios de la historia 
respecto de nosotros, no tienen menos fuerza cuando se trata del pasado. 
Los poetas dicen que la Fama vuela; el Progreso, en cambio, no sabe ni 
siquiera correr, sino que camina á su paso... el paso vacilante de la hu- 
manidad en la senda de la Civilización. 



(1) Apostolice? Sedis. 

(2) R. P. de Smedt, corr. de l'Instit. de Fr. 

(3) Un edicto de tinrique IV instituía ya en 1609 un tribunal especial compuesto del con- 
destable y de los mariscales para apreciar el valor de los agravios aducidos por los duelistas. 



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Ceremonia matrimonial (según un sarcófago romane) 



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LIBRO NOVENO 



«Hijas mías, podéis leer estas pá- 
ginas en alta voz.» 

(San Jerónimo 



CAPITULO PRIMERO 



COSTUMBRES Y CEREMONIAS DEL MATRIMONIO DESDE LOS PRIMEROS TIEMPOS 

El matrimonio en Egipto: curiosas fórmulas de contratos.— Cuál era la capacidad legal de 
la egipcia. — La pena de la nariz cortada. — Las esposas asirías hace veinticinco siglos: re- 
cientes descubrimientos. —La mujer babilonia: las olivas de barro cocido.— Lardóte de 
las muchachas feas. — El matrimonio en la ley mosaica y según los rabinos: qué cuida- 
dos domésticos se exigen —Las diez esposas de David Cohén y la ley talmúdica. — La es- 
posa persa desde Zoroastro; qué se entiende por «contrato matrimonial.» — Suerte de la 
mujer en la Hélade: su vida en el hogar — La dote en la época homérica; opinión de Platón. 
— Diversos textos de contratos de matrimonio griegos.— Detalles de un banquete de bo- 
das en Grecia; el epitalamio. — De la repudiación del yerno por el suegro. — Cuáles griegos 
estaban obligados al celibato. -Descripción de las ceremonias del matrimonio enRoma: 
traje, regalos, festines, sacrificios, cortejo, canto nupcial... — Función de los paraninfos 
y del «Camilo.»— Las muñecas de la esposa y los juguetes del marido. — Qué significaba 
la fórmula [. L. H. — Privilegios según el número de hijos. — Repudiación y divorcio 
romanos, 



El matrimonio, considerado como institución social, es la prueba exac- 
ta y directa del grado de civilización que alcanza un pueblo dentro de la 
jerarquía humana. Así el salvaje buscará ante todo en su compañera las 
cualidades de docilidad, vigor y resistencia que hagan de ella una esclava, 
á la vez sumisa y útil. En los países en donde la mujer, sin ser precisa- 
mente esclava, ocupe una situación muy inferior á la del hombre y viva 
en una ignorancia lamentable, es admitida la poligamia; tal sucede entre 
los musulmanes. Pero cuando llega al más alto grado de civilización, de 



268 HISTORÍA DE LAS CREENCIAS 

cultura y de delicadeza, el hombre ve en la esposa una personalidad, por 
decirlo así, igual á la suya; y entonces costumbres y leyes positivas concu- 
rren á hacer de la mujer la compañera única del jete del hogar, conforme, 
por otra parte, con los mandamientos de la moral cristiana. 

Las apreciaciones sobre el estado del matrimonio y de la mujer en el 
antiguo Egipto son contradictorias, siendo la diversidad de opiniones hija 
del estudio limitado de una clase social ó de una sola nona; pero el con- 
junto de los escritos, de las pinturas y de los hechos comprobados per- 
mite afirmar que la egipcia fué mucho más respetada que las otras muje- 
res de África y aun de todo el Oriente. El que tenía una madre ilustre se 
vanagloriaba de ello designándose como hijo ¿o. fulana; y este hecho es 
tan intencional que cuando en cierta época se redactaba un contrato en 
dos idiomas (por ejemplo, en escritura griega y en lengua jeroglífica), el 
primer documento indicaba la descendencia paterna del contrayente, al 
paso que en el segundo sólo se consignaba el nombre materno. Las hijas 
de los sacerdotes egipcios, sin ser sacerdotisas, desempeñaban en los tem- 
plos ciertas funciones en calidad de sirvientas de Amón-Ra, según lo prue- 
ban varias estelas del Museo del Louvre. Es más, una egipcia podía sen- 
tarse en el trono. 

En la vida de familia como en la vida política, la mujer ocupaba un 
puesto respetado: el padre, en vez de mostrarse déspota á la manera del 
paterfamilias romano, era un tutor con derechos meramente protectores, 
y lo propio puede decirse del marido, que daba á la esposa el título de 
ama de casa (r). Las pinturas representan á las egipcias ricamente ador- 
nadas con jovas y flores, sentadas á la mesa en sitio de honor entre los co- 
mensales; y en cambio otros dibujos nos presentan á menudo á los hom- 
bres dedicados á los trabajos domésticos, al igual que las mujeres, á unos 
ordeñando vacas y á otros guisando. Y si hemos de dar crédito á Sófo- 
cles (2) v á Herodoto (3), mientras las hembras ejercían el comercio, los 
varones se quedaban en casa tejiendo. Los juegos de destreza, los ejercicios 
de fuerza ó de equilibrio y la música vocal ó instrumental eran también 
distracciones comunes á ambos sexos. 

En Egipto, como en otras partes, las condiciones pecuniarias de la 
unión son reglamentadas por medio de contratos, pero en vez de la fór- 
mula impersonal que se emplea en nuestros documentos: «Los esposos 
declaran...,» los contrayentes egipcios, poniéndose en lugar del escriba, 
emplean la forma directa de la oración para expresar lo que personalmen- 
te prometen: «Declaramos...» En realidad, una tercera persona escribe el 
contrato con un cálamo (4) sobre un papiro ó sobre arcilla; pero los in- 






(1) La palabra empleada en los contratos de matrimonio es neb-t-pa. 

(2) Edipo en Colonna, 33g. 

(3) II, 35. . 

(4) Los enseres del escriba consistían en una caja con varios compartimientos para las 
pastillas de color y una ranura destinada á los pinceles y á los cálamos. El cálamo era una 
caña cortada en forma de pluma. 



LIBRO NOVENO 269 

teresados hablan en él en su propio nombre á fin de que el compromiso 
aparezca más enérgico y formal. La esposa puede estipular que se reserva 
la administración de sus bienes propios y el habitar en vivienda aparte. 
Las descripciones de las ceremonias matrimoniales presentan al hombre 
acompañado de la mujer, á quien lleva de la mano, delante de un sacer- 
dote ó de un juez. A falta de hijos, la poligamia fué algunas veces, no ad- 
mitida legalmente, pero sí tolerada, excepto para los sacerdotes, á los 
cuales la ley no permitía nunca más que una sola esposa. 

Del examen de los escritos egipcios han creído poder deducir algunos 
que el matrimonio, en aquel país, era rescindible al cabo de un año; lo 
que sí consta, según la traducción literal de los textos, es que el marido 
declaraba aceptar á la que escogía por compañera, y prometía además que, 
transcurrido un año, la haría definitivamente su esposa. Respecto de esto, 
observa M. Revillout: «De estos datos (los contratos) parece resultar que 
«la aceptación por mujer» era sólo una especie de esponsales distintos del 
«establecimiento como esposa,» siempre indicado en futuro, mientras que 
la aceptación lo está en pasado; y que durante el año los futuros esposos 
podían disolver su unión sin más consecuencias que una multa que debía 
pagar el marido, además de la donación nupcial.» 

De todos modos, la mujer egipcia disfrutaba de derechos verdadera- 
mente considerables, y se comprende que Diodoro de Sicilia haya podido 
decir «que leyendo los documentos se ve que los maridos consentían en 
ellos en condescender en todo á los deseos de sus mujeres.» Véase, por 
ejemplo, el extracto de un papiro (i) que contiene un contrato de matri- 
monio egipcio: «Año 22, Phamenot, del rey Ptolomeo, hijo de Ptolomeo 
y de Arsinoe... Hor, hijo de Pamenes, madre de él, Tablusi, á mujer 
Tiaú, hija de Snachomneus, madre de ella Tanofré, — Te he tomado por 
mujer, te he dado argenteus dos, en sekels, diez, en argenteus, dos, todo 
como donación nupcial de esposa. — Que yo dé á ti: medida de trigo trein- 
ta y seis..., veinticuatro argenteus uno y dos décimos..., en aceite doce 
medidas; en bebida, veinticuatro por tu pensión de un año. — De este es- 
crito tomas tú facultad para el pago de tu pensión que vendrá á mi cargo. 
Yo doy esto á ti en el lugar que tú querrás. — Tu hijo primogénito, mi 
hijo primogénito será dueño de totalidad de bienes que son míos y de los 
que haré míos. — Te estableceré mi mujer. — Si te desprecio, si tomo otra 
mujer, daré á ti argenteus diez, en sekels cincuenta, sin poder alegar docu- 
mento alguno, palabra alguna contigo. — :Ha escrito Pétese, hijo de Pahet.» 

Cuando la mujer aportaba algo personalmente, el egipcio daba reco- 
nocimiento estimativo de ello y por sentimiento de delicadeza para la pa- 
labra de la mujer llegaba hasta á dispensarla de jurar que había entregado 
la aportación al marido, el cual, con objeto de indicar que el acto era li- 
bremente consentido por él, asentía con esta fórmula amable: «Mi cora- 



(1) Traducido en la Nouvelle Chrestomathie demotique (papiro de Berlín). 



27O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Zpn está satisfecho.» Como muestra, vamos á copiar la descripción de una 
aportación inserta en el contrato de matrimonio del tariqueuta de Djeme, 
Horus, hijo de Petnefhotep y de Senereius, con Set-Eíanch, hija de Pse- 
mont y de Tsetamón: «Descripción de tus bienes de mujer que has apor- 
tado á mi casa: un lote de vestidos, cincuenta argenteus; telas, cincuenta 
argenteus; un cofrecillo, cincuenta argenteus; una cadena de oro, cua- 
renta argenteus; un anillo y un sello de dos caras, veinticinco argenteus; 
mil quinientos sekels... — Mi corazón está satisfecho por ello. — Te esta- 
bleceré por esposa, ó si no, te restituiré tus bienes de mujer, y el precio 
de los mismos será en plata como queda escrito más arriba. — No has de 
prestar juramento por estos bienes, á pretexto de que no los hayas aporta- 
do á mi casa; á ti corresponde el exigirlos.» No puede darse mayor prue- 
ba de deferencia. 

En el papiro 2.429 del Louvre se ve que la egipcia podía, sin necesi- 
dad de completar en lo más mínimo su persona jurídica, aceptar una do- 
nación universal: Petorpra da por contrato á su esposa Neschorpchrat su 
casa, sus tierras, su dinero, todos sus títulos de propiedad, en una pala- 
bra, todos sus bienes presentes y futuros con la sola condición de que 
proveerá á las necesidades de su esposo mientras viva, y si éste muere pri- 
mero, le hará embalsamar y enterrar conforme á los ritos. 

La esposa egipcia no sólo se casaba bajo un régimen que correspondía 
á lo que hoy llamamos separación de bienes y conservaba el derecho de 
contratar sin autorización (pues hasta el tiempo de Filopator fué descono- 
cida la potestad marital), sino que además era tal su predominio que, se- 
gún acabamos de ver, el futuro marido, por precaución, estipulaba que su 
futura esposa «debía asegurarle la subsistencia y atender á los gastos de su 
sepultura (1).» 

No era menor la capacidad de la mujer egipcia cuando se trataba de 
documentos públicos en los cuales figuraba con su propio nombre y con 
toda independencia. En el papiro 104 de Berlín, fechado en 30 mechir 
del año II de la reina Cleopatra y del rey Ptolomeo, apellidado Alejan- 
dro, vemos que una mujer cede á sus coherederos su parte de bienes, 
promete defenderlos contra toda evicción y hasta estipula una cláusula 
penal como garantía. «Dice mujer Tave, hija de Capocrat, madre de ella 
Tsemin, á pastoforo de Amón Api del Occidente de Tebas, Osoroer, hijo 
de Hor, madre de él Cacperi. — He cedido á ti y á tus hermanos, cuyos 
nombres consigno más abajo, mi sexto de la casa construida, y mi sexto 
de lo que de ella depende en el interior para completar la propiedad en- 
tera... Mi corazón está satisfecho... Al que acuda á vosotros en mi nom- 
bre, en nombre de quienquiera en el mundo (para molestaros), yo lo apar- 
taré; si no lo aparto, daré en argenteus tres mil, en kerker (talento), diez 
para los sacrificios de los reyes...» 

(r) Revillout. 



LIBRO NOVENO 2~ I 

Cuando la egipcia gozaba de una reputación intachable, veíase muy 
protegida por las leyes, según leemos en Diodoro de Sicilia, y al hombre 
que faltaba al respeto que le era debido se le castigaba con penas severí- 
simas, una de las cuales consistía en mil golpes de vara espaciados de 
manera que no pudiesen producir la muerte por exceso de sufrimientos. 
A cambio de esta protección que se le aseguraba, la esposa debía guardar 
la más estricta reserva; y si su conducta era considerada reprensible ó 
simplemente ligera, en vez de fustigarla ó de encarcelarla (cosa que no 
habría hecho imposible una nueva falta), se le cortaba lanari^, medio radi- 
cal para evitar que hiciera mal uso de sus encantos, sin privarla por ello 
de su plena libertad de acción. El divorcio, al introducirse en las costum- 
bres, no tardó en corromperlas. 

Gracias á los descubrimientos de la arqueología moderna, se sabe apro- 
ximadamente en qué consistía el matrimonio contraído en las orillas del 
Tigris y del Eufrates, seis siglos antes de la era cristiana. Descifrando las 
tablitas encontradas en las antiguas ciudades asirías, en el suelo de Meso- 
potamia ó de Caldea, se ha podido reconstituir ciertas partes del derecho 
babilónico que, al parecer, había alcanzado un grado notable de perfec- 
ción. En efecto, si comparamos la condición legal de una joven caldea de 
hace veinticinco siglos con la que las leyes impusieron á la mujer roma- 
na, preciso será reconocer que esta última se encontraba en un estado de 
inferioridad respecto de aquélla. Si nos fijamos en las varias fuentes del 
derecho escrito que los asiriólogos han podido consultar, especialmente 
en las tablillas del expediente de Bunanitum, hija de Harisa (i), veremos 
que en la época que nos ocupa las jóvenes babilonias de condición libre 
aportaban personalmente en dote dinero, muebles y esclavos. La esposa, 
asistida de su marido, compraba inmuebles, haciendo reconocer su apor- 
tación en un documento solemne que sellaba, invocando la cólera de los 
dioses para el caso en que el esposo violara los compromisos contraídos. 
En un documento de este género se ve que la mujer, «después que el des- 
tino le ha arrebatado al esposo,» continúa defendiendo su dote, sin inter- 
vención de ningún tutor ni procurador, y que se la hace adjudicar judi- 
cialmente á pesar de las habilidades de un cuñado codicioso, Aqabilu... Y 
la reclamación de la viuda de Bin-addunatan termina con esta frase pronun- 
ciada por la demandante, que, seiscientos años antes de nuestra era, defen- 
día personalmente su causa delante de seis magistrados de Babilonia: «He 
traído mis títulos; á vosotros toca ahora fallar (2).» 

Los escritos probatorios de los asirios, contratos y leyes, se escribían 

(1) Etude du droit babylonien, por M. Lapouze.— Xoitv. Rev. hist. du 1) . t886. 
_ (2) Las tablillas del expediente de Bunanitum proceden de las excavaciones de Bir- 
Nimrud, la antigua Barsip, cerca de Babilonia. La sentencia, dictada en Babilonia, el vigé- 
simosexto día del mes de Ulul, noveno año de Nabu-Xa'id, rey de Babilonia, nos da á co- 
nocer la reclamación de la demandante, la índole de la contienda, la decisión adoptada por 
los jueces, después de las alegaciones, y los nombres de los seis jueces. El presidente era 
Nirgalbanu y el último magistrado que se menciona se llamaba Nabubalatsuibibi. La 
sentencia está firmada por los dos escribanos Nadinu y Nabusumiskun. 



2y2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

con un estilete sobre arcilla y eran encerrados en una caja, de arcilla tam- 
bién, en cuyos costados se reproducían, grabándolos, los párrafos princi- 
pales de los mismos; de manera que el texto del original podía ser com- 
probado sin necesidad de romper los sellos puestos en la caja que conte- 
nía el documento, existiendo de este modo una doble garantía de conser- 
vación. Las tablillas y los cofrecillos eran cocidos en el horno y se man- 
tenían, por decirlo así, casi inalterables. Varias expresiones del texto dan á 
entender que esas planchitas de tierra cocida ó de loza estaban unidas en- 
tre sí por medio de un cordel que las sujetaba por el orden que se deseaba. 
Quien dijera que más de veinte siglos antes de nuestra era los padres 
estaban obligados, bajo distintas penas, á enseñar á escribir á sus hijos, pa- 
recería burlarse de sus oyentes; y sin embargo, en el notable estudio antes 
citado leemos que una tablilla de la época de los Akkads (1), descifrada 
por M. Pinches, contenía, entre otros mandamientos sometidos á casti- 
gos severos, la siguiente prescripción: «El padre deberá hacer aprender á 
sus hijos el arte de escribir (2).» Resulta, pues, que la instrucción era 
obligatoria hace más de cuatro mil años. Así se explica la multiplicidad de 
las inscripciones que reproducen ora convenios privados, ora actos públi- 
cos certificados por funcionarios (3) encargados de redactar los documen- 
tos y de conservar los originales de los mismos. Son tantos en número los 
documentos descubiertos, que forzosamente ha de admitirse que la pobla- 
ción en general y no algunos letrados solamente practicaban la escritura. 
En Babilonia había un día especial del año en el cual se decidían los ma- 
trimonios: en él se sacaban á subasta las jóvenes solteras, cuya venta rea- 
lizaba un pregonero bajo la vigilancia de funcionarios públicos. Por un 
documento de la época sabemos que una madre babilonia que compró una 
esposa por cuenta de su hijo pagó por ella diez y ocho sidos de plata. El 
adquirente debía, antes de llevarse á la mujer, prestar fianza de que la 
tomaba por esposa y no por esclava. El precio de venta se destinaba en 
parte á constituir una dote ó verdadera indemnización á favor de las mucha- 
chas feas que de este modo veían ligeramente compensada su cruel desgra- 
cia; con aquel peculio, la pobre desamparada compraba algún fino tisú sa- 
lido de los telares de Borsippa, para hacerse con él un lindo vestido de 
suaves pliegues, ó algunas ricas joyas de hematite de Fenicia; ó bien se 
guardaba aquella pequeña dote que á veces le proporcionaba un marido 
codicioso, de la «casta de los oficios,» ó, á falta de otro mejor, un escri- 
ba indigente. 

¿Cómo podía determinarse el estado civil de una joven así transporta- 
da lejos del lugar de su nacimiento y separada de su familia natural para 
ser la compañera de su adjudicatario? 

(1) O Accads. Su imperio fué destruido hacia el año 2Íoo antes de J. C; según M. Sei- 
gnobos, era ya quizás muy antiguo. 

(2) Tablilla de glosas bilingües publicada en la colección Western Asia Inscriptions 
(columna 3, línea 29). 

(3) Llamados aba y dupsar. 



LIBRO NOVENO 273 

A falta de archivos regulares ideóse el sistema de hacer llevar á las 
muchachas así compradas una señal permanente que permitiera identifi- 
carlas, señal que consistía en una oliva de barro cocido que conservaban 
pendiente del cuello y en la cual estaban escritos su nombre, el de su es- 
poso y la fecha de la venta. Se han encontrado algunas de estas interesan- 
tes olivas y el museo del Louvre posee varios ejemplares, en dos de los 
cuales se lee: «Nannutamat, adquirida por Bahit-Alsi el día de la fiesta de 
sábado, el año IX de Merodchbaladán, rey de Babilonia;» y «Halalat, ad- 
quirida por Marnarih en el mes de sábado, del año XI de Merodchbaladán, 
rey babilonio.» 

Si los asirios y babilonios se entregaron á los mayores desórdenes, dé- 
bese no tanto á su legislación como á la influencia corruptora del paganis- 
mo que, al glorificar á divinidades impúdicas, no era muy á propósito 
para enseñar la virtud austera á los débiles mortales. 

El derecho mosaico no admitía más que un procedimiento matrimo- 
nial, sin hacer distinción en el rango de las personas. Todo hombre váli- 
do estaba obligado á casarse y las autoridades podían compelerle á tomar 
esposa. 

La repudiación permitida al marido estaba limitada no sólo por casos 
determinados, sino por el escrito denominado sepher Keritot, redactado en 
nombre de aquél; y el juez podía negarse á entregar la carta de ruptura 
si encontraba insuficientes los cargos formulados por el querellante, pero 
debía consentir en la repudiación si la esposa era infiel ó simplemente si 
observaba una conducta ligera, por ejemplo si se paseaba por la plaza pú- 
blica con la cabeza descubierta ó los brazos desnudos, si se reía con man- 
cebos, si servía en la mesa alimentos prohibidos por la ley, etc. Por su par- 
te la esposa estaba autorizada para separarse del marido cuando éste lle- 
vaba una vida desarreglada ó cuando la maltrataba «con exceso.)) La 
apostasía, la ausencia, la epilepsia y la lepra eran también causas recípro- 
cas de disolución del matrimonio. El matrimonio israelita conserva la for- 
ma de una compra, pero sólo como reminiscencia de las costumbres pri- 
mitivas, porque no hay verdadera venta ya que no hay entrega de precio: la 
cantidad ha acabado por ser ficticia. Primitivamente, la viuda con toda la 
herencia pasaba á poder del hermano del difunto que se convertía en es- 
poso de aquélla en virtud de la ley del levirato «á fin de que el nombre 
del muerto á quien el hermano reemplazaba no fuese borrado de los libros 
de Israel;» pero poco á poco esta substitución cayó en desuso y aun en 
los contratos se estipuló que la desposada renunciaba de antemano á esa 
protección excesiva y á veces importuna. 

El pueblo hebreo hacía uso del divorcio, pero se observará que éste 
no fué más que una licencia temporal, transitoria; así Cristo, al ser pre- 
guntado sobre el verdadero sentido de la ley, responde que (fio que Dios 
juntó el hombre no lo separe,» y añade, á propósito de la excepción pues- 
ta á este principio: «Porque Moisés, por la dureza de vuestros corazones, 

Tomo 111 i« 



274 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

os permitió repudiar á vuestras mujeres, mas al principio no fué así (i).» 
Esta notable frase concreta la cuestión del principio de indisolubilidad 
acerca del cual interrogaban á Jesucristo los fariseos para tenderle un lazo. 
¿Acaso en el Génesis no se había afirmado ya claramente la unidad ma- 
trimonial (2)? Dado que la ley hebrea permitía en muchos casos que la 
mujer fuese condenada á muerte (sobre todo si había habido infidelidad), 
¿no cabe suponer que si los judíos estuvieron autorizados para repudiar en 
limitadas circunstancias á sus esposas, fué para evitar un mal mayor y 
aun quizás para salvar la vida de la mujer misma (3)? San Jerónimo, co- 
mentando á San Mateo, acepta este orden de ideas al decir que la facul- 
tad de repudiación de que en algunos casos se aprovecharon los israelitas 
obedecía á la necesidad «de dar á la mujer seguridad cuando el marido 
quería deshacerse de ella á toda costa (4).» 

En realidad, el matrimonio era considerado por los hijos de Israel co- 
mo un acto sagrado (5). La fórmula rabínica que ha de pronunciar el no- 
vio es: ((Ya estás santificada (6),» frase que todavía emplean los judíos en 
tal circunstancia. Sabido es que una de las ceremonias simbólicas consis- 
te en hacer beber á los dos esposos algunos sorbos de vino en un mismo 
vaso, que luego se rompe en el atrio de la sinagoga. En el acto del casa- 
miento la mujer es admitida en el coro; fuera de esta circunstancia suele 
ser relegada á las tribunas superiores. Por lo demás, diríase que el judío 
parece estimar en muy poco á la mujer, á juzgar por la oración jaculato- 
ria que encontramos en los libros de oraciones diarias para uso de los ac- 
tuales judíos, los cuales dicen á Dios: «Te doy gracias por no haberme 
hecho mujer.» 

La forma originaria del matrimonio implicaba la intervención del pa- 
triarca asistido de dos testigos; pero en tiempo de la le} 7 mosaica se redac- 
taba un documento especial ó contrato de matrimonio que se escribía doce 
meses antes de que la mujer ocupara su puesto en la casa del marido. El 
matrimonio de los israelitas iba acompañado de las oraciones del padre, 
pontífice de la familia; de ello tenemos ejemplos en la unión de Rebeca 
con Isaac y de Sara con Tobías. Por virtud del contrato la mujer era le- 
galmente la esposa; sin embargo, mientras llegaba el día de la boda (Nissuiri), 
día en que se llamará «la desposada,» nessuah, se la llamaba comunmente 
arrusah. Si al terminar el plazo fijado de un año el marido se negaba á re 
cibir á su esposa, ésta tenía derecho á una pensión alimenticia que debía 
pasarle aquél. 






(1) Quoniam Moyses ad duritiam cordis vestri permisit vobis dimitiere uxores ves- 
tras; ab initio autem non fnit sic. (S. Mateo, XIX, 8). 

(¿) Erunt dito in carne una (II, 24). 

(3) Ut tolleretur homicidium (Pedro Lombard, II, 926). — Puede consultarse con pro- 
vecho el eruditísimo folleto de un sabio profesor de Derecho, M. Julio Cauviere, sobre Le 
lien conjugal (Thorin, ed. 1800). 

(A) I II, 19. 

(5) Kiduschin, matrimonio, de Kadosch, santificar. — Véase Rabbinovicz, I. 

(6) Haré ath mekudeschcth ¡i 



LIBRO NOVENO 27 5 

La ley del Talmud, recopilación de las tradiciones rabínicas, ha entra- 
do en minuciosos detalles para limitar los cuidados domesticas que el esposo 
tiene derecho á exigir de la esposa)- que son: «moler el trigo, cocer el pan, 
lavar la ropa, amamantar i los hijos, hacer la cama al marido, trabajar la 
lana. Si tiene una criada, podrá dispensarse del trabajo más duro, pero 
deberá preparar por sí misma los alimentos. Si tiene dos criadas, podrá 
tomar una de ellas por nodriza. Si tiene tres criadas, está dispensada de 
hacer la cama. Y finalmente, si tiene cuatro criadas, no estará obligada á 
ejecutar ningún trabajo manual (i).» Entienden, sin embargo, los comen- 
taristas que aunque tenga cien criadas, el marido está autorizado para im- 
ponerle la obligación de trabajar en labores de lana, «pues la ociosidad en- 
gendra malos pensamientos.» El esposo, por su parte, ha de asegurar á su 
mujer los siguientes objetos: una cama con sus accesorios; una gorra, un 
cinturón, zapatos para cada una de las tres fiestas, vestidos nuevos para el 
invierno y viejos para el verano, que quedarán de su propiedad exclusiva, 
dos medidas (Kabes) de trigo por semana ó cuatro medidas de cebada; un 
medio kabé de legumbres, aceite é higos secos, y además una moneda 
(Maab) para sus pequeños gastos de la semana. En todos los casos, el vier- 
nes comerá con su esposo.» La Mischnah no habla de vino, pero se supone 
que la esposa tendrá derecho á él si la posición del marido le permite este 
gasto. La mujer del pueblo viene obligada á «hilar cierta longitud de trama 
cuyo peso está determinado;» pero esta tarea disminuye en proporción de 
los hijos que tenga á su cuidado. 

Varias otras disposiciones merecen citarse. 

Si la mujer aporta una dote en dinero de mil denarios, el marido ins- 
cribirá mil quinientos, es decir, un tercio más, porque con este anticipo 
puede realizar beneficios; en cambio, si la aportación consiste en regalos 
de amigos, se la estimará en un quinto menos del valor declarado, «pues 
las gentes de la boda están dispuestas á exagerar el valor de los presentes.» 

¡Cuántas obligaciones contienen las reglas talmúdicas! Si al marido se 
le antoja ir á vivir en un sitio malsano, la esposa puede negarse á seguirle; 
también puede ésta exigir una carta de divorcio si el marido no le permite 
comer todo lo que tenga gana; si la obliga á vestirse «de manera que se aver- 
güence delante de sus vecinas;» si ejerce «un oficio repugnante ó trabaja 
en industrias de olor infecto,» etc. En estos casos enumerados debemos 
ver otras tantas especies típicas á las que se retería la jurisprudencia cuan- 
do surgía alguna contienda: la misma minuciosidad de estas prevenciones 
evitaba á menudo el tener que recurrir á los tribunales para terminar los 
conflictos de que eran testigos los hogares. 

Actualmente ciertos israelitas hallan á veces modo de contraer uno ó 
varios matrimonios religiosos, sin por ello caer bajo la acción de la ley 
penal como bigamos. Podemos citar, entre otros, el caso de un tal David 



(i) Leg.dn Talmud. Rabbinowicz, I, i85. 



2y 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Cohén (i) que compareció ante el tribunal correccional de París por es- 
tafa, á causa de haber contraído dic% matrimonios sucesivos, valiéndose para 
contraerlos de las leyes talmúdicas. « Según la antigua costumbre de nues- 
tra religión, declaró uno de los testigos israelitas, está permitido casarse en 
un lugar cualquiera, en presencia de una persona que conozca la ley tal- 
múdica, de dos testigos signatarios y de siete testigos asistentes.» Desde 
el punto de vista religioso este matrimonio, sobre todo para los judíos 
polacos, equivale á una unión muy correcta y hasta se venden fórmulas 
impresas en lengua hebrea, en las que basta inscribir los nombres de los 
futuros esposos para que se convierta en acta matrimonial regular. La tra- 
ducción exacta de este documento es la siguiente: «Hoy, á la salida del 
Sábado en víspera de domingo, el cuatro Nisam, el año cinco mil seiscien- 
tos treinta y cuatro de la creación del mundo, en esta ciudad de París, el 
Sr. David, hijo de Jehuda Cohén, ha dicho á la viuda Zebich, hija del 
Sr. Abraham: «Sé mi esposa según la ley de Moisés y de Israel y te honraré, 
te alimentaré y te cuidaré según las reglas que obligan á los maridos is- 
raelitas á honrar, mantener y cuidar á sus esposas. Y te constituyo como 
donación matrimonial de viuda la suma de doscientas piezas de plata, su- 
ma que te corresponde, conforme á las prescripciones de nuestros Sabios; 
te proporcionaré tu alimento, tus vestidos y tu entretenimiento y me ca- 
saré contigo según el uso del mundo.» La señora Zebich, viuda, consin- 
tió en ser su esposa. Y la dote que había aportado como perteneciente á 
ella, sea en plata, sea en oro, sea en joyas, sea en ropa blanca y de cama, 
importante en conjunto cincuenta florines, ha sido entregada. Y el señor 
David Cohén, el citado esposo, ha añadido todavía de lo suyo cincuenta 
florines.» Gracias á este expediente, el ingenioso Cohén pudo apropiarse 
de la dote de diez muchachas israelitas que fueron sucesivamente abando- 
nadas; pero sus dolosos manejos le valieron seis meses de cárcel. 

Volvamos á la antigüedad. 

Por lo que toca á la historia social del matrimonio en Persia, las tra- 
diciones auténticas no comienzan hasta Ciro el Grande, en el siglo vj antes 
de J. C; sin embargo, pueden emitirse serias conjeturas á partir de la 
desmembración del imperio de Asiría en el siglo vin antes de la era cris- 
tiana. Zoroastro, en su legislación, se había preocupado en gran manera 
de favorecer el matrimonio; por esto ordena á todos los que conozcan á 
un hombre justo y sabio que procuren decidirle á abandonar el celibato. 
Y añade el Vendidad, sin aludir á otras aportaciones: quien tenga en su fa- 
milia una hija ó una hermana de quince años por lo menos, que goce de 
buena reputación, debe preocuparse de proveerla «y dotarla de pendientes 
de orejas.» Quiere finalmente que sea prometida por los padres antes de 
los nueve años cumplidos, y pone tanto empeño en ver muchas uniones, que 
afirma que «toda doncella que se niegue á tomar esposo irá fatalmente á 



(i) Audiencia de 9 de abril de i8yS. 



LIBRO NOVENO 2~~ 

habitar las regiones infernales, sea cual fuere la excelencia de sus buenas 
obras.» Enumera cinco clases de personas jóvenes que merecen especial- 
mente ser solicitadas: en primer lugar ha de tener preferencia la doncella 
prudente; la bien formada ocupa el cuarto lugar, pues las cualidades mo- 
rales han de prevalecer sobre las demás. 

La causa de que la poligamia haya invadido la Persia parece ser, en 
gran parte, el afán de obtener las primas que la ley aseguraba al padre de 
una numerosa descendencia. Los actuales persas tienen cinco matrimo- 
nios diíerentes: el de la mujer reina indica una primera unión en oposi- 
ción á las segundas nupcias de una viuda. La elección de esposa por pro- 
curación es muy común: los parientes se reúnen en casa del padre de la 
novia, en donde levantan un acta, y en los casos en que la unión se es- 
tipula como indisoluble, el mandatario de la íutura esposa dice, extendien- 
do la mano: «Te caso con el hombre aquí representado y tú serás perpe- 
tuamente su mujer mediante la viudedad que se ha convenido;» y el pro- 
curador del futuro esposo contesta: «En nombre del joven la tomo por 
mujer á perpetuidad.» Inmediatamente el cadí ó el mollah se levanta y rati- 
fica en nombre délos cónyuges las promesas de los mandatarios. El día de 
la boda el esposo entrega el anillo nupcial á la novia, la cual le ofrece labores 
de aguja hechos por ella; y por la noche la esposa, montada en un camello 
ó en un caballo, es conducida á la luz de las antorchas á casa de su marido. 

Por extraño que parezca, existe en Persia el matrimonio por un tiem- 
po determinado, considerándose como absolutamente lícito y valedero en 
derecho civil semejante contrato intervenido por la autoridad competente. 
Cuando expira el plazo fijado, el «matrimonio de alquiler,» llamado tam- 
bién «arriendo matrimonial,» es renovable á voluntad de los interesados; 
por el contrario, si antes de la terminación de aquél el marido quiere re- 
pudiar á la mujer, bastará que le entregue la indemnización prevista en el 
contrato. De modo que allí se ha progresado á la inversa, puesto que está 
probado por los versículos del Avesta que antiguamente la regla general 
era la monogamia. 

Dada esta decadencia de las costumbres, no debe sorprendernos que la 
mujer persa de nuestros tiempos esté sometida á una sujeción humillante. 
En eíecto, sus deberes son: «Ha de venerar á su marido como á un Dios; 
ha de presentarse todas las mañanas delante de él como ante un juez, de 
pie y con las manos debajo de los sobacos en señal de sumisión; se incli- 
nará y llevará tres veces las manos desde su frente al suelo, luego tomará 
órdenes y en seguida irá á ejecutarlas. La mujer apenas puede salir de su 
casa y cuando sale ha de ir cuidadosamente velada. El lugar en que está 
encerrada es sagrado y á la menor sospecha puede el marido, si no de de- 
recho, de hecho, ejercer su despotismo contra la mujer que ha incurrido 
en su desagrado. De aquí que la mujer persa, decaída y envilecida, haya 
perdido, salvo raras excepciones, toda delicadeza moral. 

Los antiguos griegos miraban el matrimonio sobre todo desde el punto 



278 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

de vista del interés público, y lejos de poetizarlo en la vida privada, veían 
más bien en él «un deber patriótico y una necesidad.» La ley ateniense 
negaba la elegibilidad y las funciones públicas al que no había sabido fun- 
dar un hogar; y Platón dice que todo ciudadano que antes de los treinta y 
cinco años no haya contraído matrimonio incurrirá en una multa anual 
de cien dracmas y no tendrá derecho á que los jóvenes le demuestren el 
respeto que se debe á la vejez. En los tiempos homéricos, vemos que el 
pretendiente se dirigía al padre de la joven con quien se quería casar, y le 
ofrecía cierto número de cabezas de ganado, generalmente bueyes; el padre 
calculaba el valor del pequeño rebaño (y seguramente apreciaba también 
las cualidades de su futuro yerno) y, si se ponían de acuerdo, se resolvía in- 
mediatamente el asunto. ¿Se consultaba á la muchacha? De ningún modo; 
la joven no tenía más remedio que someterse. En el hogar la esposa ocu- 
paba un local aparte, situado en el fondo de la casa y llamado el gineceo: 
esta habitación personal de la mujer, en la que no podía entrar ningún 
extraño, se dividía generalmente en una gran pieza, especie de salón en 
donde permanecía aquélla con sus mujeres, y en una alcoba (1) junto á 
la cual estaba la sala ó dormitorio de las criadas (2). 

Un arqueólogo, que al mismo tiempo es artista (3), ha tenido la feliz 
ocurrencia de reconstituir la vida privada de la mujer griega, reproducien- 
do una serie de dibujos tomados de los museos y de las colecciones parti- 
culares. «El gineceo, escribe, completamente separado délas habitaciones 
del esposo, se componía de dormitorio, comedor, sala para recibir las vi- 
sitas, en la que sólo podían entrar mujeres, y sala de labor en donde está 
el ama de la casa acompañada de sus esclavas. Cubren las paredes tapices 
tejidos en oro, á la moda de Babilonia, y en todas partes no se ven más 
que sillas, taburetes y lechos para descansar, cubiertos de ricas telas y de 
almohadas de brillantes colores. La luz del sol, que penetra por el gran 
ventanal abierto, hállase tamizada por el inmenso velarium de color de 
jacinto, y todos los objetos, en el interior, están bañados por una niebla 
ligeramente azulada que forma el humo aromático del nardo al escaparse 
de los carbones incandescentes. El patio del gineceo está rodeado de pór- 
ticos de columnas; en el centro, la gran taza de mármol de Paros recibe un 
surtidor de agua fresca que cae en pequeñas gotas, matizadas, irisadas co- 
mo diamantes. En la florida azotea se arrullan dulcemente las palomas y 
los pájaros domesticados. 

»La joven griega no estaba rigurosamente encerrada, sino que salía en 
los días de fiestas religiosas, y como en estas solemnidades desempeñaba 
varios papeles, ora porque figurase en las teorías sagradas, ora porque to- 
mase parte en los coros y en las danzas, todo esto influía en el desarrollo 
de su inteligencia. Lejos de consagrar todo su tiempo al estudio y á Jas 

(1) HáXapo;. 

(2) 'AfJ«tít8áXa|jLo;. 

(3) M. Notor, La fetr.me dans l'antiquité grecque; Laurens, editor. 



LIBRO XOVKN'O 



279 




Joven griega trabajando en una tapicería. 
(Pintura de vaso ) 



artes de la música y de la danza, la joven ática había de secundar á su ma- 
dre en la distribución de tarea á las criadas... De suerte que las mucha- 
chas permanecen junto á su madre, la cual, al mismo tiempo que les da 
útiles consejos, no deja de repetirles á menudo, según dice Menandro, 
«que estén erguidas, que no se encojan de hombros y que anden congra- 
cia y dignidad.» Crecen en el gineceo modestas y retraídas y llevan una 
túnica generalmente blanca, flexible, ligera, ceñida á la cintura por la es- 
trecha xona; por todo adorno ostentan una pequeña tcenia ó cinta en la ca- 
beza y un collar de grandes per- 
las en el cuello.» 

Los objetos de tocador de su 
uso eran de marfil liso ó de bron- 
ce ricamente cincelado, como lo 
demuestran los elegantes mode- 
los descubiertos en las excavacio- 
nes. Se han encontrado cajas de 
todas clases cuya tapadera es un 
espejo y en cuyo interior hay 
grabados al perfil bajos relieves 
que recuerdan las leyendas de las 
Gracias, de las Ménades ó de Si- 
leno (1). 

Las ocupaciones de la mujer griega consistían en hilar lana, tejer ó 
bordar, dirigir á las criadas é ir al río «á lavar la ropa de la familia:» asilo 
hacía Nausicaa, á pesar de ser de estirpe real (2); esto es también lo que, 
según la Odisea, recuerda Telémaco á Penélope «por ser los cuidados que 
incumben á la mujer.» Había de saber «callarse y obedecer;» y en muy 
pocos casos se tomaban sus padres el trabajo de enseñarle á leer. Sin em- 
bargo, no era esclava y en la sala de honor tenía derecho «á un sitial ele- 
vado» al lado del esposo. Apenas salía más que para ir al templo y aun 
debía ir acompañada de una esclava, por lo menos. La ley no la autoriza- 
ba para contraer obligaciones por su propia cuenta cuando el valor de las 
mismas excedía de medio hectolitro de cebada. 

Platón, en su Tratado de las Leyes y en otras obras, condena la costum- 
bre de dotar á las desposadas; de lo cual debemos deducir que estas dona- 
ciones habían llegado á ser comunes cuando la posición de los padres les 
permitía desprenderse de una parte de su fortuna. Por lo demás, esas apor- 
taciones se consignan en verdaderos contratos de matrimonio, en los que se 
hacen constar los nombres de los esposos, la cuantía de la dote, la del 
ajuar y los recibos entregados por el marido á cambio de las entregas que 
se realizaban en sus propias manos (3). En estos documentos se ve per- 

(1) Hermann. Véase Le divorce, por M. Combier. 

(2) Nausicaa, hija de Alcinoo, rey de los feaccos (Odisea). 

(3) Una de estas inscripciones fué descubierta en 1873 en Myconos y llevada á Atenas. 
(Nonv. Rev. lust. duD., i883). 



28o HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

íectamente lo que en la práctica sucedía: unas veces intervenía un parien- 
te para constituir la dote conjuntamente con la familia de la desposada; 
otras el padre hipotecaba su casa en garantía del pago prometido; otras la 
daba como aportación, pero reservándose el usufructo y aun la propiedad 
de la misma mientras viviera (i). 

Véanse los siguientes ejemplos textuales de estos contratos: 

— ¡A la buena fortuna! Sostrato ha casado á su hija Xanthe con Epar- 
quidés y le ha constituido una dote de 1.300 dracmascon la participación 
de Calistágorao; además, un ajuar de 200 dracmas. — Calipos ha dado á 
su hija Aristoloquia una dote de 14.000 dracmas. — Amenocrates ha casa- 
do á su hija Aristagora con Filotimos, con una dote de 10.000 dracmas y 
además un ajuar. — Calixenos ha dado á Rodocle su hija Timecrate con 
una dote de 700 dracmas y un ajuar de 300; Rodocle, el esposo, recono- 
ce haber recibido el ajuar y 100 dracmas, y para el pago ha hipotecado 
Calixenos su casa situada en la ciudad. — Tharságoras ha casado á Pantha- 
lide con Pyrracos y ha dado en dote á su hija su casa del arrabal conti- 
gua á la de Nicias, con la cláusula de que continuará siendo propietario 
de aquélla mientras viva. 

La opinión de Platón no había prevalecido (2); á pesar de ella se cons- 
tituían á las jóvenes griegas dotes importantes, ya que 10.000 y hasta 
15.000 dracmas, cantidades que vemos con frecuencia consignadas en tal 
concepto, eran entonces una fortuna apreciable. El legislador Solón, apa- 
sionado por las ideas igualitarias, más fáciles de formular que de imponer 
en la práctica, prohibió en absoluto la costumbre de las aportaciones ma- 
trimoniales en dinero y redujo el ajuar de la esposa á un máximo (que 
mejor pudiera llamarse un mínimo) de solas tres túnicas y algunos mue- 
bles ó utensilios, según dice Plutarco (3), á fin de que el matrimonio no 
fuera materia de tráfico, sino únicamente un vínculo de afección. Ade- 
más del dinero y de los electos, la novia aportaba con frecuencia joyas 
personales cuya descripción detallada se consignaba en los documentos 
para asegurar la conservación de las mismas por parte del marido y su de- 
volución al disolverse el matrimonio. En caso de divorcio, el marido venía 
obligado á restituir los bienes dótales y todos los beneficios pecuniarios, 
y cuando tardaba en hacerlo, había de pagar intereses que á veces se ele- 
vaban á diez y ocho por ciento. 

Los varones y las hembras que se consagraban al servicio religioso no 
podían casarse; también debían permanecer célibes los hierofantos, los 

( 1 ) Cuando la dote consistía en esclavas, la escritura dotal enumeraba los nombres de 
las mismas. 

Hemos tenido en nuestras manos el contrato de matrimonio de una francesa, nacida en 
la isla de la Reunión, contrato en el cual la «futura esposa aportabaen dote cincuenta hom- 
bres.» La esclavitud no se abolió en nuestras colonias hasta que se dio el decreto de 4 de 
marzo de 1848, y en el pleito á que nos referimos se trataba de estimar, en 1882, el valor 
de la aportación déla criolla. 

(2) «Sin dote, escribía Platón, la mujer será menos altiva y el marido menos esclavo.» 
(Tratado de las Leyes, VI). 

(3; Vida de Solón, Plutarco. 



LIBRO NOVENO 



28l 



discípulos de Pitágoras y los de Diógenes. Los griegos libres que se casa- 
ban con esclavas eran mirados con gran menosprecio y la vergüenza de ta- 
les uniones alcanzaba á los hijos. 

En Esparta los que se negaban á tundar una familia recibían la nota de 
infamia, y cuando se celebraba cierta fiesta, las mujeres les hacían dar la 
vuelta al altar, azotándolos cruelmente; asimismo había penas para los 
hombres que se casaban á una edad demasiado avanzada. La preocupación 
de los legisladores, al castigar á los célibes y glorificar la paternidad múl- 




Jóvenes griegas yendo á buscar agua á la fuente de Kaíirrhoé de Atenas, 
con destino al baño nupcial. (Pintura de vaso.) 

tiple, era asegurar hijos á la patria; y como decía Platón: «El que no ha 
tenido un hijo y una hija, por lo menos, no ha pagado su deuda á la 
patria (1).» 

El matrimonio se celebraba dando la esposa su mano al marido: este 
era el rito esencial, que iba acompañado de varias ceremonias. El día de 
la boda, adornábase la casa con sus más ricas colgaduras y delante de la 
puerta había músicos y cantantes de Himeneo que esperaban á la novia 
para conducirla á la casa del esposo. En el cortejo figuraban multitud de 
antorchas que llevaban las criadas; una de ellas, la antorcha nupcial, más 
bonita y más rica que las otras, era arrebatada, después de una especie de 
lucha, por los amigos de los esposos, en cuanto éstos llegaban al domici- 
lio conyugal. 

Un autor (2) resume en las siguientes líneas las costumbres matrimo- 
niales de Grecia: «Ha llegado el día de la boda. En casa de la novia ven- 
se por todas partes rosas y mejorana, flores especialmente consagradas á 

(1) Tratado de las Leyes, XI, 9 3o 

(2) Notor, loe. cit. 



. 282 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Afrodita. «Las puertas, dice Ateneo, están adornadas con guirnaldas, como 
se adornaría un templo.» Por la mañana, los novios han tomado un baño 
en el agua nupcial que algunas doncellas habían ido á buscar á la fuente 
lustral: en Atenas, la fuente Kalirrhoé, situada en la Agora, era la que 
proporcionaba desde tiempo inmemorial el agua para estos baños. Vienen 
después los preparativos para vestirse de boda, que encontramos reprodu- 
cidos en una magnifica ánfora con volutas del museo de Berlín... La tú- 
nica es blanca, pues el blanco es el color tradicional para los actos religio- 
sos, y tiene por único adorno estrellitas de oro que constituyen una nota 
de riqueza suntuosa al par que delicada. Un velo blanco como la túnica, 
cubre con sus pliegues diáfanos á la joven. «En todo tiempo, dice Ottfried 
Müller, ha sido el velo el atributo principal de Hera, diosa tutelar del ma- 
trimonio, y en los simulacros de la diosa envuelve á menudo todo el 
cuerpo. Fidias mismo la ha caracterizado en el friso del Partenón por el 
velo echado hacia atrás.» El antiguo estefané de mirto venía á ser lo que 
en nuestros días la corona de azahar. La novia llevaba alrededor de las ca- 
deras un cinturón, la zona. El jefe de la familia ofrece ante el hogar de los 
antepasados un sacrificio acompañado de libaciones, que generalmente 
consiste en una ternera blanca, cuando su fortuna se lo consiente... Con- 
cluida la ofrenda, el padre pronuncia una fórmula por la que autoriza á 
su hija á seguir al esposo que él le da y á renunciar al culto que hasta en- 
tonces había rendido á sus mayores, porque la muchacha no podría ir á 
adorar el hogar del esposo si su padre no la hubiese desligado previamen- 
te de los penates paternos. 

«Ala caída de la tarde encamínase el cortejo al domicilio conyugal; los 
parientes y los amigos llevan antorchas encendidas: «Va á presentarse la 
novia, exclama el coro de Aristófanes en su comedia de ¡a Pa~; coged an- 
torchas y que todo el pueblo se regocije con nosotros y se asocie á nuestros 
cantos. ¡Oh, lumen! ¡Oh, himeneo!» En una pintura de un jarro se ve á la 
novia yendo al encuentro del esposo; á la cabeza del cortejo, un auíétrida 
modula en la doble flauta melodías de circunstancia; detrás de él, una jo- 
ven lleva un gran alabastrón para las abluciones rituales. La esposa, en ac- 
titud de recogimiento, baja la cabeza... Si su familia es rica, la desposada 
se dirige á su nuevo domicilio montada en un carro tirado por caballos ó 
por bueyes, delante del cual va un efebo con una antorcha. Durante el 
trayecto, las doncellas cantan el epitalamio, ó cántico nupcial, ensalzando 
á los dioses propicios, la gloria del esposo y los encantos de la desposada. 
Llegado el cortejo cerca de la nueva mansión, salía de ésta el esposo y to- 
maba de la mano á la esposa; entonces los parientes de ésta la rodeaban 
como si quisieran defenderla, pero el novio, después de un simulacro de 
lucha, la sacaba del carro y le hacía pasar el umbral de su casa, cuidando 
de que los pies no tocaran al suelo... Lo relatado hasta ahora no es más 
que el preludio de la ceremonia. Va á comenzar el acto sagrado: los espo- 
sos se acercan al hogar, y la mujer, puesta en presencia de la divinidad 



LIBRO NOVENO 



28^ 



doméstica, la rocía con agua lustral, encendiendo luego el ara consagrada 
á los antepasados de su marido que han pasado á ser también los suyos. 
Rézanse algunas oraciones para atraerse el favor de los dioses, y después 
una muchacha trae una cesta de fruta, símbolo de abundancia, y recita un 
himno con este estribillo: «He trocado mi suerte por oirá mejor.» Entonces 
la desposada coge una fruta, por lo general una granada, cuyo sabor dul- 
ce era, por decirlo así, el emblema de la felicidad de que iba á disfrutar. 
Comúnmente se celebraba por la noche un banquete al que asistían las fa- 
milias de los recién casados. Al día siguiente llegaban los regalos de los 
parientes y de los amigos; y hasta el tercer día no consagraba la joven des- 



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Cortejo nupcial griego. (Pintura de ánfora.) 







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posada su velo á Hera, pudiendo desde entonces presentarse en público 
con la cara descubierta.» 

Ateneo hace la siguiente descripción detallada de un banquete de boda: 
«Caranus ofreció el día de su casamiento un banquete á veinte personas. 
Apenas los comensales habían ocupado los lechos, cada uno de ellos reci- 
bió como regalo una copa de plata; después se sirvieron multitud de vi- 
tuallas: pollos, patos, palomas torcaces, en fuentes de bronce de Corinto, 
y gran número de perdices, tórtolas, liebres, cabritos y panes hechos con 
arte y puestos en magníficas fuentes de plata. Después de calmada su ham- 
bre, los comensales se lavaron las manos y se ciñeron la cabeza con coro- 
nas antes de que entraran las flautistas y las rodias, hábiles en puntear el 
arpa. Pusiéronse de nuevo á comer y á cada comensal se le dio una fuente 
de plata dorada que contenía un lechón entero, relleno de tordos asados, 
papafigos y ostras, y bañado en una salsa hecha con yemas de huevo. El 
generoso Caranus hizo entregar además á cada uno cestas de pan entre- 
tejidas con briznas de marfil, una corona y dos jarros de perfumes... En 
aquel momento entraron en la estancia un grupo de figurantes y otro de 
mujeres que hacían juegos de destreza con espadas y arrojaban fuego por 
la boca, y se bebieron toda clase de vinos famosos, de Tasos, de Menda y 
de Lesbos. Presentóse después un coro que precedía á las bailarinas, ves- 



284 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

tidas de ninfas unas, y otras de horas. Entonces se abrieron las cortinas 
que dividían la sala y aparecieron, iluminados por numerosas antorchas, 
Amores, Panes, Dianas, Mercurios con hachas encendidas. Cuando la co- 
mida tocaba á su fin, Caranus púsose á beber en un vaso y ordenó á los 
esclavos que sirvieran á los comensales un cierto brebaje como antídoto de 
los vinos que antes se habían bebido. Finalmente, compareció el bufón 
Andrógeno y, después de haber hecho mil bromas á costa de los presentes, 
bailó con una vieja de más de ochenta años. Puso fin á la comida de boda 
la distribución, en cestas de marfil, de los postres, que se componían de to- 
da clase de tortas del Ática, de Creta y de Samos. Al retirarse, cada co- 
mensal se llevó como recuerdo los ricos presentes que había recibido.» 

El paraninfo ó doncel de honor era el encargado de preparar y vigilar 
las comidas y los demás regocijos de la fiesta. 

Era costumbre que el novio hiciera dos presentes, uno á su novia y otro 
á su suegro; á la madre no se le daba nada, diferencia que puede explicar- 
se del siguiente modo: el yerno tenía gran interés en congraciarse con el 
suegro, ya que éste tenía el derecho de instar la disolución del matrimo- 
nio cuando no estaba satisfecho del marido de su hija. Repudiar á su yerno 
era cosa perfectamente legal, pues el padre se substituía á su hija abando- 
nada ó desgraciada. 

En Atenas, una ley especial disponía que el pariente más próximo de 
una joven huérfana estaba obligado á casarse con ella ó á constituirle una 
dote; esta ley, bastante parecida á la que dio Moisés al pueblo de Dios, 
procede del mismo pensamiento: «Cuando vivieren juntos dos hermanos, 
había dicho este legislador, y uno de ellos muriere sin hijos, la mujer 
del difunto no se casará con otro, sino que la tomará el hermano del muer- 
to y levantará descendencia á su hermano.» (Deut. XXV, 5.) 

El divorcio, aunque permitido entre los griegos, rara vez se verificaba; 
de todos modos, el marido griego no podía romper la unión sino inti- 
mando á su esposa una declaración de ruptura delante de testigos. A pe- 
sar de que no estaba admitido el divorcio por simple consentimiento mu- 
tuo, de hecho bastábale á la mujer, para disolver el matrimonio, escaparse 
del domicilio conyugal, pudiendo además llevarse consigo todo lo que 
le pertenecía, pues se consideraba que era vano intento querer retener á la 
esposa indiferente ú hostil. Sin embargo, como esta fuga tenía como con- 
secuencia dejar en libertad al marido, éste no dejaba en tal caso de hacer 
constar ante testigos la marcha voluntaria de la fugitiva á fin de tener 
el derecho de cerrarle la puerta de su casa si por casualidad trataba aqué- 
lla de volver, después de su fuga, al domicilio conyugal. La esposa que 
observaba una mala conducta no sólo incurría en una penalidad, sino que 
además perdía el derecho de entrar en los templos y de ostentar «los 
adornos reservados á las mujeres honradas.» 

¿Qué podemos decir del matrimonio romano que no sepa todo el 
mundo? Limitémonos, pues, á describir su ceremonial en sus particulari- 



LIBRO NOVENO 285 

dades poco conocidas. Cuando se trataba de escoger una lecha para la 
boda, no se elegía una cualquiera, porque había que evitar á toda costa 
los días de mal augurio, tales como el primero de las calendas, de los idus 
y de las nonas (i) y los días siguientes á éstos. Si relampagueaba ó tro- 
naba, se suspendía la ceremonia, aunque fuese á última hora, como se 
habrían suspendido en igual caso las asambleas y los comicios. No se ce- 
lebraba ninguna boda sin haber previamente consultado los auspicios 3' 
hecho ofrendas, sobre todo, á Juno, que presidía las uniones. A la oveja 
destinada al sacrificio se le quitaba la hiél para indicar bien que en el ma- 
trimonio no debía haber nada amargo, y si el presagio era favorable, se 
redactaba el contrato (Tabula nuptiales) y se consignaba en él la dote. La 
novia dejaba el traje de soltera para vestir la túnica recta, ceñíase el talle 
con un einturón de lana (Cingulum) y reemplazaba la redecilla de su toca- 
do iníantil por un velo encarnado (2). Sus cabellos se entremezclaban con 
lana, á la manera del de las vestales, y según algunos autores, se partían 
sobre la cabeza «por medio de una lanza.» A este propósito recuerdan los 
que tal dicen que esta arma, hasta, era el emblema de la sociedad romana 
y el signo legal de la propiedad adquirida, y aunque esto último es ver- 
dad, en el caso que nos ocupa no se trataba de un arma, sino de una espe- 
cie de aguja de hueso ó de metal aplanada en sus extremos en forma de 
lanza (Hasta ccelibaris). La joven desposada llevaba como adorno en su 
cabeza una corona de verbena cogida por sus propias manos en el jardín de 
su padre ó en los campos. ¿Por qué se elegía la verbena, y qué alusión se 
en cerraba en ella? Sabido es que la blancura de la flor de azahar, unida 
á la suavidad de su perfume, ha hecho de la misma entre nosotros el em- 
blema de la pureza virginal; pues bien, si se tiene en cuenta que la verbe- 
na servía para purificar los altares de los dioses después de los sacrificios, 
cabe preguntarse si esta planta, por razón de su indicado uso, significaba 
exactamente lo mismo que la flor inmaculada que en nuestros días adorna 
la frente de las desposadas. La joven romana no habría podido seguramente 
utilizar el naranjo en las solemnidades matrimoniales, porque en materia 
de manzanas de oro salidas de olorosos pétalos, los romanos sólo conocían 
el ácido Unión ó manzana asiría (Citrinw), ya que, en efecto, hasta el si- 
glo x no fué el naranjo importado de la China y de la India por los árabes. 
En el matrimonio contraído bajo la forma de una torta simbólica que 
se repartían y comían juntos los esposos (4), éstos durante el sacrificio v 
las oraciones del sacerdote (5) permanecían sentados uno al lado de otro 
en dos asientos distintos, pero cubiertos por un mismo tapiz hecho con la 
piel de la oveja inmolada (6), en señal de la unidad deseable y de la armo- 

(1) Las calendas caían en el i.°de mes; las nonas, nueve días antes de los idus; y és- 
tos, el 1 3 ó el 1 5. 

(2) El velo flammeam era de un tono encarnado, color de fuego. 

(i) Considerábase el limón capaz de conjurar los maleficios á causa de su acidez. 

(4) Confarreatio, de far, trigo candeal. 

(r*) Fld))ic:i dialis. 

('"0 Sellas duasjugatas ovilipelle... (Ser., ad. .En. M. Class., 172). 



286 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

nía de voluntades de los contrayentes. Figuraban en el cortejo parientes é 
invitados, cada uno con su regalo de boda, y en medio de ellos iba un man- 
cebo barbilampiño llamado «el camilo (i),» nombre que designaba gene- 
ralmente á los auxiliares de los sacerdotes romanos, especie de niños de 
coro, de largos cabellos y vestidos con una túnica corta de anchas mangas, 
y cuyas funciones habituales consistían en aguantar, durante los sacrifi- 
cios, la pasta mezclada con sal, mola salsa. Los romanos, para consagrar 
las víctimas, para inmolarlas (2) (palabra digna de ser notada), ponían en 
la frente del animal un poco de esta harina sagrada, ó bien ofrecían al dios 
ai mismo tiempo que la víctima una torta en forma de muela confeccio- 
nada con aquella harina. El joven camilo de las bodas romanas llevaba en 
una cesta de junco (Cumera ó camillum) los chupadores y los juguetes des- 
tinados al hijo que esperaban tener algún día los esposos. 

La costumbre exigía que el padre de la novia ofreciera en su casa, ó pot 
lo menos á sus costas, el banquete de bodas (Cana) á los parientes y á los 
amigos de ambas familias. Celebrábase éste entre la novena y la décima 
hora del día, es decir, entre las tres y las cuatro de la tarde, y presidía la 
mesa el esposo teniendo á su lado á su mujer. Las leyes suntuarias, que 
limitaban el número de platos de las comidas, no se aplicaban, por excep- 
ción, al festín nupcial, en el que las vulgares gachas (Pulmentum) podían 
ser reemplazadas por guisos tan numerosos como escogidos, por ejemplo 
ratas de agua, lobinas, patos cebados ó suculentos pavos reales; y los vi- 
nos más raros y más generosos, mezclados con miel fina, manaban sin tasa 
de las ricas ánforas enguirnaldadas con delicadas flores de perfume em- 
briagador. La comida iba acompañada de danzas al son de la flauta y los 
comensales cantaban en honor de los recién casados, como en la Hélade, 
un epitalamio que comenzaba y acababa con aclamaciones á Thalassio, 
protector del himeneo, y al que seguían canciones dialogadas, á las cuales 
se daba el nombre de versos íescenninos (3), poesías groseras y licenciosas 
autorizadas por el uso. Después del banquete, la esposa era conducida al 
domicilio conyugal (4) por tres mancebos cuyos padres y madres vivieran 
todavía y á los que se llamaba paraninfos porque acompañaban, como indica 
la palabra, á la novia. Uno de estos tres mancebos iba delante llevando una 
antorcha de pino, antorcha del himeneo, y los otros dos sostenían ligeramente 
ala recién casada; detrás de ésta, un individuo llevaba una rueca con lana y 
un huso, para recordarle la labor habitual á que debía dedicarse, pues esta 
labor era la en que se ocupaban las más ilustres romanas, tales como Lucre- 



(1) Los c.vnilli, niños destinados al servicio de los sacrificios, eran generalmente hi- 
jos de sacerdotes. 

(2) In mola, poner bajo la mola (Véanse Cicerón, Virgilio, Plinio). 

(3) Se supone que esta costumbre fué copiada de los habitantes de la ciudad etrusca 
Fescennia. Según Macrobio, la etimología esfascinum, encanto, porque estos cantos tuvie- 
ron por objeto, á lo menos en su origen, conjurar los maleficios. De todosmodos. estos dís- 
ticos irregulares, improvisados en plena embriaguez, no tardaron en tomar un carácter en 
extremo inmoral. r 

(4) Deductio uxoris. 



LIBRO NOVENO 



287 



cia y tantas más, según refiere Tito Livio (I, 57). También Suetonio nos 
dice que Augusto (1) vestía túnicas hiladas por su mujer. La esposa era 
levantada en alto para «pasar el umbral» por estar éste consagrado á \ e ¡- 
ta. La fachada de la casa estaba ador- 
nada con festones, guirnaldas de flores 
y de follaje y con tiras de tela unta- 
das de aceite y de grasa de cerdo ó de 
lobo para apartar los maleficios. Cuan- 
do la esposa llegaba al domicilio con- 
yugal, preguntábanle quién era, y 
ella, dirigiéndose á su marido, con- 
testaba: «Soy Caya,» en prueba de 
que sería tan buena ama de su casa 
como Caya Csecilia, esposa de Tar- 
quino el Viejo. Otras veces decía: 
« Donde vos seréis Cayo, yo seré Ca- 
ya (2),» es decir: «Donde vos seréis 
amo de casa, yo seré ama;» á lo menos 
esta es la interpretación que da Plutar- 
co (3). El nombre de Caya era, en el 
ceremonial ordinario, una denomi- 
nación genérica aplicable á toda des- 
posada, cuyo verdadero nombre ni 
siquiera se pronunciaba. Plinio, por 
su parte, dice que en tiempo de Va- 
rrón la rueca y el huso de la reina Ca- 
ya Cascilia, más conocida por el nom- 
bre de Tannaquil, estaban todavía en 
el templo de Sancus (4) y que con la 
lana tejida por sus reales manos había 
tejido una túnica de labor perfecta; y 
añade que á las recién desposadas se 
las colocaba entre una rueca y un 
huso á fin de indicar que en lo suce- 
sivo querían tomar por modelo edifi- 
cante á Caya (5). La costumbre exigía que la joven romana, en el momen- 
to de vestir por vez primera antes de su unión la túnica de matrona, ofre- 
ciera sus amados juguetes y sus muñecas queridas i Venus ó á los lares 
paternales de los que iba á separarse (6), pues había llegado la hora de 

(1) Cap. LXXIIl, Vida de Augusto. 

(2) Ubi tu Caius, egoCaia. 

(3) Questwns romaines. 

(4) El Hércules de los sabinos 
(d) Plinio, Hist.Nat.,VUl, 48. 

(6) ...Diis penatibus bullas sitas consecrabant ut puellce yuras — Persio dice también: 
«Veneri donata? á virgine pupee.» (11, 10). 




Joven romana. (Museo del l.ouvre.) 



288 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ser formal y de renunciar á las bagatelas. Y por la misma razón el esposo, 
antes de entrar en la mansión conyugal, se ponía delante de la puerta y á 
puñados (i) arrojaba nueces á los niños, en demostración de que también 
él renunciaba á las puerilidades. 

El juego de nueces (2) fué, al parecer, la diversión ordinaria de los 
jóvenes romanos, que unas veces las tiraban desde lejos á unos jarros de 
cuello estrecho y otras las utilizaban como bolas apuntando á un triángu- 
lo trazado en el suelo con un objeto puntiagudo ó con yeso. El mismo 
emperador Augusto gustaba extraordinariamente de este juego, al que se 
entregaba aunque fuera en compañía de jóvenes esclavos escogidos entre 
los más diestros (3). En nuestro juego de bolas, los jugadores se proponen, 
por lo general, «despojar el triángulo;» el niño romano, por el contrario, 
procuraba tirar sus nueces ó guijarros de manera que ocuparan en el trián- 
gulo graduado tal ó cual subdivisión, que tenía un valor convencional más 
ó menos grande. Esto nos recuerda una costumbre seguida en la antigua 
Francia: según parece, los miembros del Parlamento que querían tomar 
esposa escogían la época de la apertura de los tribunales para casarse á la 
salida de la misa solemne llamada misa roja; los futuros esposos aprove- 
chaban aquella ocasión para presentar al primer Presidente su contrato á 
fin de que lo firmara, y á cambio de este honor reservado únicamente á 
los magistrados y á los abogados, la novia ofrecía al presidente tres nue- 
ces, acto que se llamaba el contrato de ¡as nueces. ¿No es esto ana reminis- 
cencia de la antigüedad? Esta imitación se explica fácilmente porque todos 
los jurisconsultos de aquella época conocían tan bien el Digesto y el dere- 
cho romano como el derecho consuetudinario. 

Plinio, Juvenal, Gayo y Ulpiano dicen que al día después de la boda 
(Repotia) ofrecíase á los dioses del marido un sacrificio en nombre de su 
esposa, la cual de este modo se iniciaba en el culto del nuevo hogar, 
mientras esperaba que el cielo le enviara un hijo para continuar las tradi- 
ciones paternas. Para los pueblos del Lacio el interés capital del matri- 
monio consistía en asegurar para después de la muerte el culto de los 
antepasados mediante un heredero varón encargado de este piadoso de- 
ber (4). ¡Desgraciado del hombre que al morir dejaba un hogar sin hijo 
y un altar sin sacrificador! Aunque fuera padre de diez hijas, la religión 
doméstica quedaba abolida, porque ninguna mujer tenía capacidad para 
desempeñar esta función sacrificatoria. El matrimonio romano, por razón 
del culto de los antepasados, era esencialmente un acto religioso, un deber 
sagrado, y el primogénito tenía una misión especial y de importancia in- 
comparable desde el punto de vista de la familia, para perpetuar los sacri- 
ficios á los dioses penates. Indudablemente era mejor tener varios hijos, 

(1) Spargite nuces. 
(i¡ Nuces. 
(3^ Suctonio. 

(4) Aulo Gelio ha resumido perfectamente este sentimiento en esta fórmula: «Ducere 
uxorem liberum qua'rendorum causa.» (XVII, 21). 



LIBRO NOVENO 289 

pero, en fin, un solo descendiente masculino bastaba, en rigor, para trans- 
mitir este sacerdocio á la descendencia (1). 

La ley inda, acentuando aún más esta idea, decía que el nacimiento 
de un primer hijo «es el pago de una deuda.» El hombre no se casa para 
sí mismo: Manú quiere que tome e posa «á fin de complacer á los dio- 
ses, aunque su mujer no le guste (2).» 

El favor que las leyes romanas dispensaron ó los padres de familia se 
explica, pues, sobre todo por un pensamiento de piedad filial. Eran prefe- 
ridos á los célibes para los empleos públicos, y si se presentaban dos can- 
didatos para ocupar un cargo, conferíase éste al que más hijos tenía (3). 
El cónsul que contaba con mayor número de ellos era el que primero co- 
gía las fasces (Aulo Gelio, II, cap. XV) y se le reservaba la elección de las 
provincias (Tácito, Anuales, XV). Asimismo el senador con más hijos era 
el primero en votar en el Senado, y cada heredero valía á su padre la dis- 
pensa de un año cuando éste aspiraba á los cargos de la magistratura 
(Ley II, De minoribus). Finalmente, en Roma el paterfamilias (4) que te- 
nía tres hijos, y en el resto de Italia el que tenía cuatro, estaban dispensa- 
dos de las tutelas, cúratelas y demás cargos onerosos: esto es lo que en 
la jurisprudencia romana se llama «el derecho de los tres, de los cuatro y 
de los cinco hijos (Jus triiim, quatuor, quinqué liberorum).» El privilegio de 
la paternidad múltiple lo encontramos designado en muchos escritos sim- 
plemente con las letras I. L. H. (abreviatura de la fórmula fus liberorum 
habens). Mas adelante los emperadores gratificaron con este derecho á los 
que merecían su agrado aunque no tuvieran hijos; Trajano, por ejemplo, 
lo otorgó á Plinio el Joven, que habla de él en sus cartas. 

Los antiguos romanos no sólo recompensaban á los que se casaban 
sino que además imponían multas á los que permanecían solteros: este 
impuesto sobre los célibes se denominaba ees uxorium, y Furio Camilo y Pos- 
turnio lo exigieron por vez primera en el año 350 de Roma. Asimismo 
se imponía a los célibes la humillación de estar inscritos en una condición 
social inferior, para indicar que no representaban más que el mínimo de 
los derechos y de los intereses, y hasta se les reducían y aún confiscaban 
las herencias y los legados que les correspondían. Una circunstancia espe- 
cial demostrará hasta qué punto se había hecho necesaria la protección á 
las uniones: la ley Papia Poppea contra los célibes fué propuesta por los 
cónsules Papio y Poppeo, ninguno de los cuales estaba casado. Cuando se 
verificaban los empadronamientos, los censores interrogaban á cada ciu- 
dadano sobre la condición de su familia (5), y en muchos pretorios era 
costumbre, antes de juramentar á un testigo, preguntarle, no sólo para co- 

(1) Sacra primita perpetua manento (Cicerón, De leg., II, n). 

(2) Manú, IX, q5, 107, i38. 

(3| Numerus liberorum in candi íatis piwpnllet... ^ Tácito, II). 

(4) Recordemos que en Roma el vinculo de la sangre ícognatio, era muy distinto del 
parentesco civil (agnado . 

(:>) Ex animi tui sententia uxorem /¡abes, liberum quxrendorum causa? Tu equum 
nabes? ... tu uxorem habes? 

Tomo III r q 



29O HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

nocer su posición social, sino también para saber si estaba casado, y según 
fuese la respuesta, el magistrado daba más ó menos valor á la declaración. 

La unión no era indisoluble: Plutarco dice que Rómulo permitió al 
marido repudiar á su mujer (1) si se portaba mal, si se entregaba á la in- 
temperancia, si había intentado envenenar á su familia y, finalmente, si 
había substituido un hijo por otro (2). Respecto de la indisolubilidad hace 
observar Dionisio de Halicarnaso que, en un principio, todo matrimonio 
contraído con las ceremonias religiosas de la conjarreatio no podía ser di- 
suelto por el procedimiento ordinario; lo que sí es cierto es que cuando se 
quería romper esa unión era menester anular previamente las ceremonias 
sagradas por medio de una solemnidad especial denominada diffarreatio . 
La confarreacción, en la que los esposos se partían un pan de candeal, 
llamado farreum, se celebraba ante el sumo sacerdote acompañado de dos 
testigos. Esto no obstante, el capricho parecía ser en muchos casos la úni- 
ca ley del jefe de familia romano. Es indudable que transcurrieron muchos 
siglos sin divorcio; por lo menos el primero que la historia menciona, el 
de Carvilio Ruga, data de 520; pero el ejemplo cundió muy pronto y se 
generalizó por los pretextos más fútiles. Sulpicio Galo arrojó de su casa á 
su mujer porque se había presentado en público con la cabeza descubierta; 
Sempronio Sofo se separó de la suya porque había hablado al oído á una 
manumitida; y Antistio Veto hizo otro tanto porque su esposa asistió á un 
espectáculo público sin avisarle. Por lo demás, los personajes más ilustres 
autorizaron con su ejemplo el desprecio del vínculo conyugal: así por 
ejemplo, Catón cedió Marcia á Hortensio, y Cicerón, según refiere Plutar- 
co, despidió á su esposa Terencia después de treinta años de vida común. 
Séneca {De benef., III, 16) acusa á las damas romanas de no abusar me- 
nos que los hombres del divorcio, y, según él, muchas de ellas no contaban 
los años por los cónsules, sino «por el número de sus maridos, pues se 
divorciaban para volver á casarse y volvían á casarse para divorciarse de 
nuevo.» Juvenal habla de una mujer que se había casado ocho veces en cin- 
co años, y San Jerónimo de otra que, después de haber tenido veintitrés 
maridos, se casaba con un hombre que había tenido veintitrés mujeres. 

Tales fueron los desórdenes introducidos en la sociedad conyugal por 
el paganismo y tolerados por el legislador. La posibilidad del divorcio, con- 
cedida primero sólo al esposo y admitida luego en favor de ambos cón- 
yuges, había determinado con el tiempo la corrupción en los individuos, 
la perturbación en las familias y la decadencia en las mismas instituciones 
sociales. El Cristianismo, mejor obedecido que los filósofos, reconstituyó 
al fin la dignidad del hogar proclamando el vínculo conyugal indisoluble. 

(1) La fórmula de repudiación era: Res tuas /¡abete!, «¡Llévate lo que te pertenece!» 

(2) Muchos han traducido este último caso de repudiación por «fabricación de llaves 
falsas» leyendo en el texto de Plutarco xXet'Stov en vez de -aío-ov. No se trata, pues, de subs- 
titución de llaves, sino de substitución de heredero. 



CAPITULO II 



DESPOSORIOS. — ANILLO DE BODA. — CENCERRADAS. — COSTUMBRES 
MATRIMONIALES DE NUESTRAS ANTIGUAS PROVINCIAS 

Historia de los desposorios, su origen y su forma. — El contrato de «confianza.» — Costum- 
bres extravagantes de la antigua Francia con motivo de los desposorios: muñecas de es- 
topa, escoba, delantal, pañuelo... — El anillo de boda, su significado simbólico y legal. 
— Por qué la alianza se lleva en el cuarto dedo.— Inserción del anillo en tres dedos: ri- 
tual de París en 1497. — La sortija en el cuello de los desposados. — Papel del anillo en 
los desposorios místicos. -Las cencerradas — Estatutos sinodales sobre «los casados por 
segunda vez» y el abuso de los «fricasés.»— Séptimas nupcias prohibidas por el Parla- 
mento, -tíl concilio de Tours y las cencerradas. — El charidane en los Charentes.— Las 
contracencerradas. — El pa.iillaccio corso. — Costumbres matrimoniales de la Bretaña: 
las invitaciones en Paimboeuf; el zapato de la desposada en Borbón-Vendea; proverbios 
de la isla de Batz... — Para conocer á su futuro, en Poitou: uñas y cardos. — La liga de la 
novia en los arrabales parisienses.— Costumbres de Orly, de Athis..., en caso de matri- 
monio de la última hija. — Tedeum en el tejado, en Champaña; la sopa de la novia. — Los 
paquetes de alfileres en el Mosa — Lluvia de arroz sobre los esposos en el Creuzot. — 
Papel del cubo de madera en Asco (Córcega), etc. 

Para evitar enojosas repeticiones sobre el matrimonio, nos concreta- 
remos á remontarnos á los orígenes de las particularidades notables que, 
desde el punto de vista de las costumbres matrimoniales, ofrecen un inte- 
rés considerable, es decir: i.°, los desposorios; 2.", el anillo de boda; y 3. , las 
cencerradas; y, por último, diremos algo de las Costumbres matrimoniales de 
nuestras antiguas provincias. 

I. Fiancailles (desposorios) derívase de la palabra francesa flanee (1), 
compromiso, confianza otorgada, ó más exactamente, estado de un alma 
que se fía... ¿Verdad que la idea es encantadora? Los desposorios son, 
pues, promesas solemnes de matrimonio entre futuros esposos que tienen 
fe, a/lance» (confianza), en un porvenir de felicidad que muchos no siem- 
pre alcanzan, pero que es mas fácil de conseguir... cuando son dos los que 
se proponen lograrlo (2). Nada más antiguo que esta costumbre de prome- 
terse antes de darse, pues los desposorios se verificaban desde tiempo in- 
memorial en China, entre los indos, los patriarcas, los hebreos (3) y los 
pueblos del Lacio; } t filosóficamente hablando, tienen su razón de ser, 
puesto que son un medio juicioso de evitar los inconvenientes de un ma- 

(1) «Ma douce dame en qui j'ai fianceo («Mi dulce dama en quien tengo confianza») 
(Couci) . — «En Dicu il ot grantjiance jusqu'á la mort» («Tuvo hasta la muerte gran confian- 
za en Dios») Joinville, siglo xui). -uFiance cst mere de despit» («La confianza esjmadre de 
la decepción») (Siglo xvi). 

(2) «Si el matrimonio está bien concertado por dos, es dulce sociedad de vida, llena 
de confianza y de un número infinito de cosas útiles.» (Charron). — Por lo menos está pro 
hado que entre los locos y los suicidas se cuentan mnchos más célibes que casados. 

(U) En la Biblia se ve que Jacob estuvo desposado siete años para conseguir á Raquel. 



2C)2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

trimonio asaz precipitado, el efecto de una previsión familiar que prepara 
para una fecha más ó menos lejana una unión deseada, y por último un 
modo de impedir los futuros esposos las empresas de los rivales. 

Entre los hebreos, los desposorios consistían en poner una moneda en 
la mano de la desposada, diciendo: aSé así mi esposa.» Estas promesas po- 
dían ser condicionales ó contraídas por procuración; pero si la muchacha 
había consentido en ellas bajo la presión del miedo ó de la amenaza, po- 
día declararse la nulidad de las mismas. 

«En jarrones pintados, dice M. G. Notor, autor deLafemme dans Van- 
iiqíiité grecque, se encuentran con frecuencia escenas de desposorios en la 
Hélade: el mancebo da en prenda una flor, una corona ó un frasco de per- 
fumes... En medio de ellos se cierne Eros.» En apoyo de su aserto y de los 
dibujos que reproduce, recuerda este escritor el fin trágico de la joven pro- 
metida á Leosthenes, la cual, al saber que su prometido, que mandaba las 
tropas atenienses, había perecido en una salida contra los macedonios, se 
dio la muerte pronunciando estas palabras: «Aunque no casada todavía, 
me considero viuda y no perteneceré á otro.» 

En Roma los desposorios tuvieron gran importancia. Las promesas de 
matrimonio se denominaban sponsalia (i) y se contraían, antes de la ley 
Julia, en la forma primitiva de los contratos llamada estipulación (2), pro- 
cedimiento usual y tradicional de este pacto (3). La joven romana llevaba 
distintos nombres según las diversas fases de sus desposorios: cuando el 
mancebo había manifestado su proyecto de unión, se la llamaba la espera- 
da (Sperata); después que la proposición había sido aceptada por su pa- 
dre, pasaba á ser prometida (4); y no llegaba á ser sponsa, es decir, despo- 
sada (5), hasta que se habían cumplido las formalidades habituales. 

En los períodos del derecho clásico, las primitivas estipulaciones son 
reemplazadas por el simple consentimiento, de tal manera que el acuerdo 
puede formalizarse en ausencia de los interesados, lo que llegó á ser prác- 
tica muy generalizada (6). El intermediario (7) de estos matrimonios te- 
nía derecho, por virtud de la costumbre, á cobrar por sus servicios cierto 
corretaje, cuya cuantía estaba limitada. Una Constitución del Bajo Impe- 
rio no permite percibir más de la vigésima parte de la dote en concepto 
de comisión matrimonial (8); y en Francia, como hemos dicho, se ofrecía 
un chai ó un pañuelo de cachemira en forma de cuadrado irregular á toda 
señora que había facilitado un provecto de unión. 

(1) De spondere, prometer. Véase Plauto, Auliilario, II, 36 y 44. 

(2) Aulo Gelio, véase Ley, I, D. De sponsaltbns, XXXIII. En el primer estado del de- 
recho las partes contratantes rompían una pajita (stipitla, paja) y reunían los pedazos como 
prueba de su compromiso. 

(3) Morisfuit vetevibits stipulare et spondere sibi uxores futuras. Ulp , L. II, De eod. tit. 

(4) Pacta ó dicta 

(d) Dehinc promissa, dicta vel pacta, vcl sponsa dici potcst. Véase Marcelo.— Para los 
detalles, véase el notable estudio de M. A. Colin sobre los desposorios. 

(6) Constat abscnti absentem desponderi posse et quotidie fieri. (Digesto, XXIII, 1). 

(7) Llamado proxeneta. 

(8) L. V, C J De sponsa!., I. 



LIBKO NOVENO 293 

Los desposorios romanos no sólo podían romperse por el mutuo con- 
sentimiento de los interesados, sino que ni siquiera se necesitaba que hu- 
biese tal reciprocidad, puesto que uno solo de aquéllos podía anular el pacto 
manifestando su renuncia (1). Esta declaración de ruptura se hacía en los 
siguientes términos: «Renuncio á casarme contigo (2),» y los desposorios se 
consideraban como no celebrados. Una hija podía ser prometida por su 
padre sin que ella interviniera para nada en el proyecto, á no ser que el 
novio fuese de rango muy inferior ó de notoria inmoralidad (3), expli- 
cando los autores esta omnipotencia paterna por la razón de que la mujer 
es más diíícil de casar que el hombre y por consiguiente no debe desper- 
diciarse la ocasión de establecerla (4). Miradas las cosas desde cierto punto 
de vista, ¿no es verdad que en Francia muchas veces las muchachas no se 
casan, sino que las casan? La joven romana podía ser prometida desde que 
tenía siete años; Octavia, hija de Claudio y Mesalina, lo fué a' Lucio Sila- 
110 cuando aún no los había cumplido. Y hasta pueden citarse desposorios 
de niños que estaban todavía en la cuna (5). 

En principio, los desposorios romanos se basaban en el consentimien- 
to de los padres; sin embargo, cuando había discusión, convenía probar el 
acuerdo mediado, y de aquí que se admitiera muy pronto en ellos el con- 
curso de testigos. Así el viejo Catón, con ocasión de su segundo matri- 
monio, celebró sus sponsalia en el foro en presencia de testigos numero- 
sos (6). Los desposorios constituían una fiesta de familia: padres y amigos 
felicitaban á los desposados y les ofrecían diversos presentes. 

Refiere Suetonio (7) que Augusto solía ir á pie confundiéndose con el 
pueblo, recibiendo las peticiones de los desdichados á quienes, movido de 
su bondad, reprochaba que se presentaran con tanta desconfianza como 
si se hubiese tratado «de dar una moneda á un elefante (8);» pero un día 
en que se mezcló en un ruidoso cortejo nupcial se vio tan maltratado pol- 
la multitud, que renunció á esas reuniones demasiado plebeyas (9). 

En tiempo de los emperadores, los desposorios se consignaron muchas 
veces en un escrito que era una especie de contrato matrimonial (10); era 
un documento civil, en el sentido de que enumeraba las condiciones pe- 
cuniarias de la unión, pero era también un documento religioso porque 
contenía la consulta de los auspicios. Se invocaba la protección de los dio- 

(1) Repudium ó repudii denunciatio. 

(2) Tita conditione non utor (VIodestino, L. 101, p. 1. D. De verbis significatione 
L. XVI. -Gayo, L. II, p. 2, Dediv. et repud., XXIV, 2). 

(3) Ulpiano, L. XII, p. 1, Deeod. tit. 

(4) «La juventud de la mujer s: desvanece pronto, dice Lysistrata, y si deja pasar la 
hora del himeneo, nadie la pedirá, y sequedará sola hojeando ellibro de los interpretes de 
los sueños.» (Aristófanes). 

(3) La hija de Agrippa y de Pomponia fué prometida á Tiberio á la edad de un año. 
Una hija de Seyano fué prometida á un hijo de Claudio cuando los dos futuros estaban 
todavía en la cuna. (Tácito, Aun. III, 29; IV. 7; XII, 3, 9— Cornelio Nepote, Atticus, 19). 

(6) Plutarco, Vida de Catón, 3; 

(7) Octavio Augusto, I, 23a. 
(¿) Quasi clcphanto stipem. 

(o) ln turba sponsaliorum vexatus. 
(i o) Tabula: nuptiales ó sponsales. 



294 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ses suplicándoles que presagiaran días «de alegría y de miel.» Realizados 
los desposorios, no se introducía alteración alguna en el régimen de vida 
de los futuros, no siendo aquéllos un motivo para verse más ni para cono- 
cerse mejor; sino que se esperaba sencillamente la terminación del plazo 
fijado, transcurrido el cual los dos desconocidos se casaban y únicamente 
entonces se daban cuenta de si la simpatía podía reinar ó no en el hogar 
conyugal. Por esto San Jerónimo se indigna contra este estado de cosas: 
«¡No!, exclama con vehemencia; no se escoge á la mujer, sino que se la 
toma á ciegas tal cual es. ¿Es la esposa colérica, necia ó repulsiva, ó tiene 
verdaderos defectos? Esto se averigua después de la boda. Antes de com- 
prar un caballo, un buey, un -asno, un mueble, un traje, un utensilio, todo 
el mundo quiere saber qué es lo que compra, y únicamente cuando se tra- 
ta de la esposa se prescinde de ella, como si se temiera que el novio se 
cansara de su compañera antes de darle definitivamente su mano (i).» 

Existía tanta analogía jurídica entre los desposorios y el matrimonio, 
que el novio podía, por una especie de anticipación de derechos, deman- 
dar en justicia reparación por cualquier ofensa inferida á su novia, pues 
se consideraba el agravio como causado á él mismo (2). Sin embargo, la 
desposada estaba dispensada de llevar luto por su prometido si éste moría 
antes del día de boda (3). En un principio, la facultad de retirar la pala- 
bra empeñada era general (4); pero en el año 332, una Constitución muy 
curiosa impuso á los desposados la obligación de respetar, por lo menos 
durante dos años, el compromiso contraído con soldados. Ciertamente 
que era muy digna de interés y de protección la suerte del joven guerrero 
que, llamado á las armas, había de alejarse á disgusto para consagrarse á 
la patria en peligro; era preciso que no pudiera ser fácilmente olvidado y 
aun quizás substituido, sin consideración alguna, por un nuevo pretendien- 
te obsequioso, y por esto los dos primeros años de servicio militar consti- 
tuían un período de «espera legal» obligatorio para la desposada, incurrien- 
do en las penas de relegación ó de destierro los padres que infringían estas 
disposiciones patrióticas de la ley. En tiempo de Justiniano, este plazo se 
extendió á todos los desposorios sin distinción; pero, una vez transcurridos 
los dos años, los futuros recobraban respectivamente la libertad de formar 
nuevos proyectos matrimoniales. 

En el derecho germánico la promesa de unión se parece tanto á una 
venta, que la cantidad entregada por el novio (5) se denomina comúnmen- 
te el precio de la muchacha (6); la ley de los burgundios no deja duda al- 
guna respecto de esto (7). Un modo de desposarse los germanos era pres. 

(1) San Jerónimo, Adversus Joviniamim, 1, 47. Migne, XXIII, 277.— Véase también 
Séneca. De matrimonio 

(2) Spectat ad contumeüam cjus. (Ulpiano, L. XV, p. 24 D. De injuriis, XLVII, 10). 

(3) Sponsi nullus luctus est. (L. IX, p De his qui nct inf., III, 2) 

(4) Por el procedimiento de los repudia. 

(5) Withum, en bajo latín. 

(6) Prethtm puellae. 

(7) Lex Burgondiorum, XXXIV. 



LIBRO NOVENO 295 

tar juramento ó extender la mano en ademán de jurar (1). La joven, una 
vez comprometida, había de permanecer fiel á su novio, y ciertas disposi- 
ciones de las leyes bárbaras llegaban hasta á prescribir la pena de muerte 
como sanción, en caso de quebrantamiento de la fe jurada (Edicto de Ro- 
tharis, rey de los lombardos, cap. 179). Los visigodos se contentaban con 
condenar á prisión. 

La ley sajona acentuaba la idea de venta hasta el punto de fijar en tres- 
cientos sueldos el precio legal de la desposada (2). La cantidad ó dote que pri- 
meramente se entregaba á la familia, entregóse luego á la desposada, y 
en este sentido interpuso toda su influencia la Iglesia, deseosa de que las 
uniones se multiplicaran y de asegurar un peculio á la esposa. Y aun hu- 
bo concilios que ordenaron al novio que hiciera una aportación ó donación 
á la novia (3), siendo nulo el proyecto si tal donación no se realizaba. 

A esta especie de venta de que acabamos de hablar sucedió el simula- 
cro de tal operación; el novio, en vez de entregar la cantidad total, entre- 
gará simplemente arras á título de promesa de matrimonio, y las arras 
formarán parte del ceremonial. La moneda que en nuestros días bendice 
el sacerdote en el momento de unir á los esposos al pie de los altares, es 
una reminiscencia de aquellas tradiciones: en la Edad media, el novio en- 
tregaba al celebrante ó á la novia trece dineros para solemnizar el contrato; 
y todavía cuando el Delfín se casó con la archiduquesa María Antonie- 
ta (en 1770), «tomó trece monedas de oro de manos del obispo de Reims 
para entregárselas á su novia junto con una sortija (4).» 

Después de haber estudiado los orígenes de los desposorios, veamos 
lo que éstos eran y son aún en Francia, ya desde el punto de vista judi- 
cial, ya en cuanto á las formas canónicas que han revestido durante mu- 
chos siglos. Siendo el consentimiento libre y recíproco el elemento consti- 
tutivo del matrimonio, sobre todo bajo el concepto del derecho canónico, 
sucedió que la importancia dada antiguamente en Francia á los desposo- 
rios acabó por producir grave confusión. En efecto, el concierto público 
de las voluntades el día de los desposorios, la solemnidad con que éstos se 
celebraban y las prácticas religiosas de que iban acompañados, eran facto- 
res muy á propósito para crear una especie de equívoco y de indecisión en 
el ánimo de los desposados, quienes relegaban el matrimonio á segundo 
término y aun acababan por prescindir de él por completo. Y añádase áesto 
que los regocijos á que eran invitados parientes, amigos y vecinos con oca- 
sión de los esponsales, daban á este contrato previo, y en rigor anulable, una 
importancia excesiva, al paso que el sacramento era considerado, al pare- 
cer, como accesorio. Tan grandes fueron los inconvenientes de este esta- 
do de cosas, que el poder civil y la Iglesia se preocuparon de ello, porque 
en muchos casos no se sabía si había habido matrimonio ó sólo desposo- 

(1) Mamialis porrectio. (A. Colín). 

(2) Tít. VI, De conjugiis. 

(3) Nullum sine dote fiat conjugium. (Concilio de Arles). 

(4) De Goncourt, Hist. de Marie-Antoinette. 



2^6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

rios, ya que la diferencia había llegado á ser inapreciable para la gente del 
pueblo. Conviene, en efecto, recordar que así como actualmente los ecle- 
siásticos no pueden celebrar el matrimonio religioso antes de que se haya 
celebrado el civil, bajo pena de ser perseguidos criminalmente, en otro 
tiempo eran los únicos que llevaban los registros, desempeñando en este 
punto las funciones de ministros del culto y en cierto modo las de funcio- 
narios del orden civil, puesto que, según las leyes del reino, el matrimo- 
nio dependía únicamente de la jurisdicción de la Iglesia. 

Desde el punto de vista del derecho canónico, los desposorios (S pon sa- 
lid), simple convenio en previsión de unión, no participan del sacramento; 
hay en ellos tan sólo consentimiento para el matrimonio futuro (1). Esto 
no obstante, deben ser respetados como un compromiso sagrado, y por 
esto muchos concilios y sínodos prohibían á los que lo habían contraído 
desistir de la unión decidida, á no ser que para ello existieran motivos gra- 
ves (2). El vínculo creado por los desposorios tenía bastante importancia 
para constituir un impedimento prohibitivo del matrimonio de uno de los 
«prometientes» con otra persona; en caso de discusión, el juez eclesiás- 
tico era el competente para dirimir la contienda entre los desposados, y si 
decretaba la disolución de los desposorios por motivos suficientes, impo- 
nía al culpable, en castigo de su falta de buena fe, una penitencia canónica 
consistente en oraciones y limosnas, lo cual no impedía que el juez secu- 
lar le condenara á su vez á una indemnización proporcional de daños y 
perjuicios. Puede citarse también el sínodo de Elvira (3), que prohibía la 
comunión durante tres años á los que maliciosamente pusieran obstáculo 
al cumplimiento de las promesas de unión. 

Podríamos disertar largamente acerca de las consecuencias que en de- 
recho canónico y en derecho civil producía un beso dado ó no por el prome- 
tido. El beso no era simplemente una prueba de cariño, una cuestión de 
sentimiento, sino que era además, sin ninguna duda, un acto que tenia 
cierto valor jurídico. Supongamos que después de fijados definitivamente 
los pactos matrimoniales, moría uno de los desposados antes del día de la 
boda; entonces se planteaba la cuestión de si el novio se había permitido 
dar un beso á su «prometida,» y, en caso afirmativo, la desposada ó sus 
herederos se hacían dueños de la mitad de las donaciones nupciales, al 
paso que la donación no surtía ningún efecto si la novia no había sido ob- 
jeto de aquella pequeña muestra de intimidad (4). ¿Tenía el mismo alcan- 
ce legal el hecho de cambiar un novio un apretón de manos con su novia? 
Tertuliano (5) menciona «la unión de las manos y la entrega de un velo» 
como confirmación de los desposorios; pero estos dos hechos, al parecer, 



(1) Matrimonium initiatum. 

(2) Concilio de 692. — Sínodo de Aquisgrán, de 780,, etc. 

(3) En 3o5. 

(4) Si osculum intervenerit (Cod. Theod , lib. III, tomo V, i,V.— Cod. Just., lib. \, tí 
tulo III, 1, 16.) 

(5) De vivg velandis. 



LIBRO NOVENO 297 

corresponden puramente á los ricos ordinarios del matrimonio. De todos 
modos, en Francia el beso del novio fué simplemente un acto de cortesía(i). 

Hemos dicho que la solemnidad de los desposorios, en los que inter- 
venía el sacerdote, acabó por no dejar al sacramento propiamente dicho 
una forma externa suficiente para demostrar á todos, de una manera cierta, 
la regularidad de la unión definitivamente contraída (2). Tan cierto es es- 
to, que hubo una época en que la entrega de la dote fué considerada, á lo 
menos en opinión del pueblo, como la prueba más clara del matrimonio. 
Por esto el concilio de Trento (3) impuso el matrimonio solemne con gran 
publicidad... Es indudable que el consentimiento sigue constituyéndola 
esencia y hasta la condición del matrimonio, mas en vez de estar incluido 
en los desposorios contraídos en un momento cualquiera (4), hubo de ex- 
presarse este consentimiento, en lo sucesivo, en el momento preciso de la 
celebración pública al pie de los altares y delante del sacerdote competente. 
Desde aquella época, los desposorios, en el primitivo sentido de la palabra 
(Sponsalid), no tienen otro valor que el de simples promesas (5); sin em- 
bargo, aunque reducidas á una especie de compromiso de honor, subsisten 
como una tradición justificada y respetable. Se recomienda que no se es- 
pere más de un año para casarse: «es necesario un plazo para que se ejer- 
citen en la santa virtud de la paciencia aquellos que podrán necesitarla en 
el resto de su vida,» dice en son de chanza un autor (6). 

En nuestros días, los desposorios no han de ser forzosamente públicos 
ni están sometidos á ninguna regla; mejor dicho, sólo se rigen por las 
costumbres regionales ó diocesanas. «La Iglesia, escribe M. Colin, no 
desaprobaba el respeto á los antiguos usos locales, ni las fiestas populares 
que solían celebrarse con motivo de los desposorios, porque no había en 
ello nada reprensible.» Y el concilio de Trento había formulado el deseo 
de que se siguieran en este punto las tradiciones del pasado, con tal de que 
estos usos no ofreciesen un carácter grosero, capaz de turbar el buen or- 
den ó de ofender á la religión. 

Así, pues, la antigua Francia conservó en varios lugares sus viejas cos- 
tumbres, á menudo graciosas y casi siempre simbólicas, cuyas huellas es 
posible encontrar todavía. En la Baja Bretaña, la muchacha, al recibir la 
bendición de los desposorios, colocaba en el altar una rueca rodeada de 
cintas. En el país de Castres se ponía un yugo sobre el cuello de los des- 
posados, detalle que recuerda la etimología misma de la palabra conyu- 
gal. En Bretaña se utilizaba para concertar los desposorios un interme- 

(1) Sánchez, De sponsal., 26.— Pothicr, 42-46.— Merlin, VIII.— Véase también Du- 
rand de Mailane, 53. 

(2) «En la antigua diócesis de Alet, por ejemplo, se prohibió la celebración de los des- 
posorios en la iglesia, pues los habitantes confundían á menudo esta ceremonia con el mis- 
mo matrimonio » Véase Durand de Mailane. 

(3) En l-1 siglo xvi. 

(4) Nubenti aut nupturce. (Poth , 3g). 

(3) Varios rituales, especialmente el de Evreux, prohiben desposarse y casarse en un 
mismo día. 

(ó) Joitni. man. du Sire de Gouberville. 



298 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

diario que se distinguía por algunas insignias particulares, entre ellas el 
bastón de hiniesta adornado con flores. En la petición que este intermedia- 
rio formula, todo se ajusta á los ritos convencionales: por ejemplo, los 
padres, para indicar su negativa, esparcirán los tifones del hogar, y el ne- 
gociador, al ver que los leños humean y se apagan, habrá de comprender 
que aquella familia no está dispuesta á encender la antorcha del himeneo. 
Cuando en dos familias bretonas, unidas por amistad cariñosa, los padres 
se ponían de acuerdo para desposar á dos recién nacidos, con la esperan- 
za un tanto quimérica de asegurar su porvenir, se acostumbraba fortalecer 
estos proyectos de unión haciendo que las madres amamantaran alterna- 
tivamente á los niños. 

En el Berry, el acto de esconder una mangana en las cenizas del hogar 
indica que la visita no será infructuosa: el pretendiente, que se presenta 
acompañado de sus amigos, ha de encontrar á la muchacha que se oculta 
en la casa y ha de llevársela un instante fuera del domicilio paterno, «re- 
miniscencia de aquellas costumbres bárbaras, en las que el hombre conquis- 
taba por la fuerza á la mujer que tomaba por compañera.» En las Landas 
la muchacha que consiente en otorgar su mano da una flor al novio, el 
cual, á cambio de ella, le ciñe un cinturón al talle. 

En Bretaña, sobre todo en las Cótes-du-Nord, cuando un muchacho 
desea casarse con una joven, va á casa de ésta y le dice: «Vengo para 
alumbraros,» y ella, que sabe lo que esto quiere decir, cierra los ojos y 
tiende la mano en la que el mancebo pone algún dinero, preguntándole 
si ve bastante. «Alumbrad un poco más,» responde la solicitada cada vez 
que quiere hacer aumentar el regalo, y naturalmente no abre los ojos has- 
ta que la cantidad le parece suficiente. Y lo mismo si la demanda es acep- 
tada que si es rechazada, la chica se queda con el dinero en virtud de este 
insolente refrán del país: «Si no tengo la oca, á lo menos tendré las plu- 
mas.» En los Ardennes las cosas sucedían de otro modo: cuando una joven 
de Revin, por ejemplo, había admitido la petición de un muchacho de 
una localidad vecina, los solteros de Revin se dirigían en grupo á casa del 
futuro y fingían echarle en cara el haber ido á la aldea á quitarles la don- 
cella que siempre era, según ellos, lamas guapa y virtuosa. Entonces, por 
vía de compensación, era preciso echar mano al bolsillo; generalmente 
se exigían de veinte á treinta francos y á cada moneda que daba el novio 
el que la recibía decía, para estimular su generosidad: «Verdaderamente 
no vale esto tanto como los méritos de la chica.» Si el forastero se mos- 
traba tacaño, sus visitantes exclamaban, sin dejar por esto de llevarse el di- 
nero: «¡Anda, allá! ¡Más vale ella!» De todos modos, aquella suma la gas- 
taban los mozos en libaciones. En Fumay, cerca de Rocroy, eran las sol- 
teras las que iban á percibir la cantidad de manos del joven, lamentándose 
de que se llevara de su aldea «á su querida compañera, á su amiga predi- 
lecta, que era el adorno de sus bailes.» 

Un campesino del valle del Mosa tenía un medio para saber á qué ate- 



LIBRO NOVENO 299 

nerse respecto de la elegida de su corazón: la primera vez que iba á sentar- 
se á casa de los padres de la muchacha, ésta barríala habitación en donde 
estaban todos reunidos; si continuaba su trabajo en torno de la silla ocu- 
pada por el pretendiente sin decirle que se levantara, daba a comprender 
con ello que no estaba allí de más y que podía seguir en su puesto; pero 
si le decía: «¡Levantaos!,» el solicitante debía considerarse despedido. 

Asegúrase que en la isla de Ouessant, no hace aún muchos años, la fa- 
milia de la muchacha era la que daba los primeros pasos, ofreciendo al 
joven un pedazo de tocino; si consentía en probarlo, era señal de que acep- 
taba la demanda. También en el c Bourbonnais existe un lenguaje mudo que 
permite á un pretendiente conocer las probabilidades de éxito reservadas á 
su petición. Cuando durante su visita la familia de la muchacha hace bu- 
ñuelos, y sobre todo cuando le ruegan que les ayude á confeccionarlos, 
puede considerarse ya como hijo de la casa. Una tortilla tiene, según pare- 
ce, un significado negativo. Los jóvenes del Aube, cuando por razón de 
ciertas rivalidades hay motivos para querer saber cuál muchacha habrá de ser 
la preferida, proceden á la siguiente ordalía: hacen unas muñequitas de esto- 
pa ó unas bolas de la misma materia, llamadas emourettes, que llevan el nom- 
bre de los interesados, varones y hembras; prenden fuego á la que figura 
ser el mancebo y la primera muñeca femenina que se inflama indica la per- 
sona elegida. 

En los alrededores de Mentón, las muchachas recurren á procedimien- 
tos supersticiosos para conocer al que se casará con ellas: al acostarse po- 
nen en la ventana un vaso con agua y aceite y al levantarse á la mañana 
siguiente creen ver en la superficie un dibujo que representa las herramien- 
tas de su futuro marido. — Si desean contemplar su rostro, se colocan deba- 
jo de la almohada un espejo y á media noche lo miran. — Para veilo en 
sueños dejan sus ligas al pie de la cama diciendo: «¡San Juan, haz que 
vea, mientras duermo, al esposo que tendré durante mi vida!» — El día pri- 
mero del año echan al aire su zapato, y si la punta de éste, al caer, mira 
hacia la puerta, es señal que no tendrán pretendiente en todo el año que 
empieza.— Es cosa admitida que el regalo de un libro entre novios sería 
causa de un rompimiento. — La novia no debe aceptar cuatro regalos, 
«porque quatre (cuatro) es consonante de batiré (pegar). — Para que la 
unión sea dichosa, es preciso que los novios se hayan peleado nueve ve- 
ces durante el noviazgo... 

Una manera muy original de dar los jóvenes á conocer sus sentimien- 
tos consistía en tirar guijarros (peireta) á los pies déla que deseaban tener 
por esposa. 

En los Pirineos, el pretendiente envía á la muchacha un delantal tan 
bueno como lo permiten sus recursos; si la interesada se queda con él, es 
que acepta, pues en el caso contrario rompe la prenda en dos pedazos y 
se la devuelve al galán. 

En Córcega, el joven que quiere darse á conocer como pretendiente 



300 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

procura encontrarse á menudo con la que ha elegido; al verla, nada le di- 
ce, pero tiene en la mano un gran pañuelo, y si ella quiere dar alguna 
consistencia á las .esperanzas del enamorado, se saca del bolsillo un pa- 
ñuelo con encajes. El primer beso cambiado entre dos novios equivale á 
unos verdaderos desposorios. 

Todas estas costumbres locales son otros tantos vestigios del antiguo 
formulismo arraigado en los hábitos del pueblo, que siempre se inclina á 
rodear de emblemas ingeniosos los actos más serios de la vida. Y el his- 
toriador las estudia con interés cuando sólo pertenecen al dominio de las 
tradiciones, «ese gran museo de historia (i).» 

Enumeremos someramente las principales causas que legitiman la di- 
solución de los desposorios y que son: la falta de ratificación por parte 
de los padres; una condena infamante; la apostasía ó la herejía; un grave 
accidente, «como la pérdida de la nariz, la lepra, ó una enfermedad re- 
pugnante;» y una desproporción notable sobrevenida en las fortunas. 

Sin embargo, agrada leer en respetables autores una opinión con- 
traria: «Doy por sentado, dice Pothier, que la codicia me mueve á aban- 
donar á mi desposada para buscar en otra una fortuna mayor que la suya; 
pues he aquí una cosa que ni á los ojos de Dios ni á los de un pagano 
honrado ha de aparecer como razón suficiente para faltar á la fe prometi- 
da.» No cabe expresarse mejor. 

El ingreso en las órdenes monásticas, los votos, la ausencia prolonga- 
da (Fuga) y la difamación con respecto á la novia eran asimismo causas 
legítimas de ruptura. 

En estos casos, los regalos de boda eran restituidos, detalle que los au- 
tores recuerdan con frecuencia porque este punto podía ser dudoso en la 
Edad media, dadas las tradiciones romanas. 

En nuestros días, las leyes no hablan para nada de los desposorios y 
la ceremonia que con tal nombre designamos no es más que una costum- 
bre de familia conservada por tradición. Sin duda, desde el punto de vista 
jurídico, la ruptura inmotivada de una promesa de matrimonio puede ser 
fundamento para una demanda de daños y perjuicios, pero sólo por razón 
del perjuicio efectivo causado por esta grave decepción. En realidad, 
lo mismo sucedería con cualquier pacto violado ó compromiso eludido. 
Desde la publicación de los artículos orgánicos que exigen que el sa- 
cerdote no dé la bendición nupcial sino á aquellos que justifiquen haber 
contraído matrimonio ante el funcionario de orden civil (2), los desposo- 
rios eclesiásticos, abolidos ya en muchas diócesis, han sido además consi- 
derados como ocasión de conflicto con la ley, y de aquí que hayan caído 
en desuso casi en todas partes. Esto no obstante, en ciertos casos todavía 

(1) Alb. Babeau, La vie rurale, i883. 

(2) Art. 34.— Añadimos que el ministro del culto que procediere á las ceremonias re- 
ligiosas de la unión antes á-ú matrimonio civil, incurrirá en caso de primera ó segunda 
reincidencia en la pena de dos á cinco años de prisión, y aun en la de retención, pues el 
h.'cho está asimilado á un crimen. (Cod. pen., art. 200). 



LIBRO NOVENO 3OI 

se solicita la intervención del clero para esta ceremonia, cuyas fórmulas 
son: El sacerdote: «N..., ¿prometéis ante Dios que tomaréis por vuestra 
mujer y legítima esposa, en presencia de la santa Iglesia, á N..., aquí pre- 
sente, cuando por ella seáis requerido, si no existe ningún impedimento 
legítimo? — Lo prometo.» El sacerdote, dirigiéndose luego i la joven, le 
dice: «Y vos, N..., ¿prometéis ante Dios que tomaréis por marido y legí- 
timo esposo, en presencia de la santa Iglesia, i N..., aquí presente, cuan- 
do por él seáis requerida si no existe ningún impedimento legítimo? — Lo 
prometo,» responde ella á su vez (i). 

Sabido es que, según la doctrina del Concilio de Tremo, «los santos 
Padres, los concilios y la tradición universal hacen del matrimonio un sa- 
cramento de la ley nueva (2).» En efecto, ya San Pablo y San Agustín veían 
en él un sacramento (3). Antes del concilio de Trento existía entre el 
poder laico y la autoridad religiosa una profunda contradicción respecto de 
las cuestiones matrimoniales. Hasta el año 900 la ley civil ejerció una in- 
fluencia directa sobre el matrimonio; pero, á partir del siglo x, la Iglesia 
fué casi la única legisladora sobre esta materia. Cuando aquel gran conci- 
lio, queriendo facilitar los matrimonios y conjurar toda presión por parte 
de las familias, formuló los principios teológicos que todos conocemos, 
los jurisconsultos franceses hicieron á los mismos una oposición ardiente. 
Pues bien, es muy verosímil que el concilio de Trento, al proclamar que 
los hijos podían casarse á la edad requerida sin la autorización de sus pa- 
dres (sesión XXIV, cap. r), quiso reaccionar, primero, contra una tenden- 
cia bastante general, consecuencia del derecho de primogenitura, que im- 
pulsaba á los jefes de familia á enviar con demasiada facilidad á un con- 
vento á las hijas ó á los hijos segundones faltos de vocación religiosa; y 
segundo, contra la costumbre de los príncipes y de los magnates de buscar 
para sus hijos alianzas de conveniencia social ó de pura política, sin ocu- 
parse de los sentimientos respectivos de los desposados. 

El poder civil, que miraba con desagrado los principios planteados por 
el concilio en interés de la libertad individual, publicó diversas ordenan- 
zas (en 1576, 1579, 1639, 1730) que declaraban nula toda unión autoriza- 
da sin el consentimiento de los ascendientes, acto que se asimilaba á un 
rapto; y aun hubo jueces que «condenaron á muerte sin remisión á un 
joven calificado de raptor (4)» sólo porque se había casado con una mu- 
chacha sin la autorización paterna. 

Aunque el poder civil reconoció entonces «que el matrimonio era 
materia eclesiástica como sacramento,» dictó prohibiciones no menos es- 



í l \ Z e ' Y a vM' lote afiade: " Et e S° mutuam uestram promissionem recipio, in nomine...» 

(2) ¿>es \.\l\ . El concilio exige la presencia del párroco y de dos ó tres testigos, ade- 
mas de la libre voluntad de los esposos. 

(3) La palabra de San Pablo, [xüoTrjp-oy, se traduce en la Vulgata por sacramentum, vo- 
cablo que emplea barí Agustín para designar la unión conyugal: Sacramentum hoc mais- 
num est, ego aittem dico, in Christo ct in Ecclesia. (l£p. á los Efesios V 3-¿) 

(4) A instancia de los Lstados de Bretaña. 



302 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

trictas que las previstas por el derecho canónico; así Luis XIV, en edictos 
de noviembre de 1680 y de agosto de 1683, declaró que la diferencia de 
confesión entre cristianos era un impedimento dirimente del matrimonio, 
de modo que un protestante no podía casarse con una católica, á no ser 
que abjurase de su religión. 

Se observará que las modificaciones de forma introducidas por el con- 
cilio de Trento en nada afectan á la esencia misma del sacramento del 
matrimonio. Lejos de innovar, conserva todo lo que puede y debe ser con- 
servado; renueva y sanciona las disposiciones adoptadas en el concilio de 
Letrán; sugiere la fórmula de la bendición, pero tolera los términos auto- 
rizados por el uso de cada región, y aun añade que si hay en ciertos paí- 
ses alguna otra ceremonia y laudable costumbre, el concilio desea que sub- 
sista y que se cumpla, con lo cual quiso el concilio respetar las distintas 
manifestaciones por medio de las cuales los futuros esposos habían adqui- 
rido en diversos pueblos el hábito de manifestar su acuerdo. 

Las anteriores observaciones son, en nuestro concepto, muy á propó- 
sito para contestar á una porción de críticos. 

Agreguemos que el concilio de Trento, al exigir que el matrimonio sea 
celebrado por el párroco en circunstancias solemnes, prestó un verdadero 
servicio al orden público, porque, en efecto, en aquella época, á causa de 
la carencia de un registro civil regular, se había llegado, aun desde el pun- 
to de vista social, á no distinguir bien las uniones legítimas de las que no 
lo eran. 

A partir del 3 de septiembre de 179 r , la ley francesa no quiso consi- 
derar el matrimonio más que como un contrato puramente civil. 

II. — El anillo era un emblema muy indicado para representar por un 
signo exterior el matrimonio, que en todas las lenguas y en todos los paí- 
ses ha sido asimilado á una cadena, cadena de oro ó de hierro, ligera ó 
pesada, agradable ó temida, según los sentimientos que une, los caracte- 
res que aproxima ó los corazones que enlaza. Un acto tan grave como el 
matrimonio, un acontecimiento tan importante, debía naturalmente reve- 
larse á todo el mundo por medio de un símbolo significativo sacado de la 
naturaleza misma de las cosas, el anillo nupcial. Cujas dice que este uso 
emblemático era muy conocido de los griegos (1). Entre los romanos, en 
los tiempos de la sencillez heroica, el anillo fué de hierro bruto (2). La jo- 
ven romana no debía hacerse ilusiones: el rudo prometido no le entrega 
una piedra preciosa, sino que le coloca en el dedo una tira de hierro 
basto encorvada, un anillo de servidumbre que habrá de llevar en aquella 
sociedad guerrera en donde las gracias, el encanto, las bondades del cora- 
zón y las ternuras del alma no son, en cierto modo, tenidas para nada en 
cuenta. Porque, por extraño que parezca, la esposa romana, á los ojos de 
la ley, no era ni siquiera la madre de sus propios hijos..., sino simplemen- 

(1) T. V, col. 55q. 

(2) Ferráis annúlus sponsee, dice Plinio, Hist nat., I, 3:>. 



LIBRO NOVENO 303 

te su hermana mayor (i), y con relación al marido, lejos de ser conside- 
rada como su igual, era tan sólo un hijo más puesto bajo su tutela (2). 
¡Extraña familia, en verdad, esa en la que una ley celosa, injusta y despó- 
tica se niega á reconocer la condición de esposas y de madres! De aquí 
que la. familia romana fuese ante todo una sociedad de orden, en la cual 
la ley, substituyéndose al sentimiento, hablaba aún más alto que la voz de 
la sangre; y en una familia asi, era muy natural que fuese un circulo de 
hierro el emblema del matrimonio. Este anillo, llamado manilas sponsali- 
cius (3), tenía á menudo en el borde ciertas hendeduras y prominencias 
que recordaban el aspecto de una llave, para significar que el marido, al 
ofrecer aquella sortija á la esposa, le entregaba simbólicamente las llaves 
de la casa. Sin embargo, en circunstancias muy raras hallábase modo de 
dar á este regalo un significado afectuoso, mediante algunas inscripciones 
grabadas en esas sortijas: «Os deseo una existencia feliz,» ó «Ámame (4).» 
A veces en el centro del anillo romano se engarzaba una piedra imán, 
alusión discreta á los sentimientos de los jóvenes esposos (5). Posterior- 
mente el hierro fué reemplazado por la plata y sobre todo por el oro. 

Los primeros cristianos se reconocían entre sí por una sortija en la que 
estaban grabadas en caracteres griegos las letras iniciales de las palabras 
Christo Redentor. 

La manera de llevar el anillo ha variado mucho: los hebreos se lo co- 
locaban en la mano derecha, los romanos en la izquierda, los griegos en 
el anular, los galos y los bretones en el medio. Pero remontándonos lo 
más lejos posible, vemos que el anillo matrimonial se llevaba en el cuarto 
dedo, como los griegos, costumbre que se ha perpetuado al través de los 
siglos. ¿Por qué se había escogido este dedo más bien que otro? ¿Hay al- 
guna razón que justifique esta preferencia? Ciertamente que sí: en efecto, 
los antiguos creían que de ese dedo partía una vena especial que iba á pa- 
rar directamente al corazón; tal era, por lo menos, la opinión de sus mé- 
dicos acerca del anular. Poner en él la sortija se consideraba como una 
toma de posesión figurada; el corazón parecía de este modo encadenado 
en su ramificación tangible (6), y aquel anillo era el piimer eslabón de la 
cadena que iba á unir dos existencias. Desgraciadamente en la realidad, el 
desacuerdo, la repudiación y el divorcio con mucha frecuencia abrían, di- 
lataban ó rompían la cadena alegremente aceptada el primer día; no obs- 
tante lo cual, la idea de duración, de indisolubilidad, aparece instintiva- 
mente en el origen del pacto matrimonial, siendo esta su naturaleza, su 

(1) La madre es llamada consanguínea respecto de sus hijos, es decir, su hermana. 

(2) La esposa, en derecho, es loco filia.' con relación al ¡efe de familia. 
(j>) O pronubus ó tambie'n genialis. 

(4) Bonam vitam.'—Amo te! — Ama me! 

(5) Dicese que los griegos encontraron el imán en una ciudad del Asia Menor llamada 
Magnesia, v le dieron el nombre de .Magues, de donde se deriva la palabra magnésico... 

(G) Deeccles.jC. II. 20, H.—Patrologie de Migne, LXXXII1, 91... Annulus a sp-onso 
sponsx datar, fit hoc nimirum propter mutuos fidei signum, vel propter id magis, ut eodem 
pignore eornm corda jungentur. Unde et quarto digito annulus idem inseritw. — Véase 
también Celso y AuloGelio, X, 10. 



304 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

verdadero destino, ya que no se conciben dos desposados que se digan 
«Nos amaremos mucho tiempo» en vez de «Nos amaremos siempre.» 

Varios antiguos bajos relieves representan parejas de desposados uni- 
dos por las manos derechas (1); sin embargo, la alianza se ponía en la iz- 
quierda. 

El anillo no sólo figuraba en las ceremonias preparatorias con su senti- 
do natural y simbólico, sino que además tenía en Roma un significado ju- 
rídico formal, pues era la prueba de la reciprocidad del consentimiento (2). 
M. A. Colin hace observar que esta costumbre no era exclusiva de los des- 
posorios; así por ejemplo, la entrega de un anillo equivalía á un pago á 
cuenta ó á una cantidad de dinero en ciertas materias de contrato, tales 
como las ventas de comestibles ó de ánforas llenas de vino ó de aceite (3). 
En este caso, el anillo tenía el valor legal de una prenda que garantizaba 
la sinceridad de las intenciones del comprador. Y en cambio, el anillo era 
á veces substituido por las arras, aun en los contratos matrimoniales; el 
marido las entregaba á la muchacha ó más bien á la familia de ésta, y si 
quería retirar su palabra, tenía que abandonarlas, en concepto de indem- 
nización por ruptura sin justa causa. La novia, por su parte, si deseaba 
recobrar su libertad, debía devolver no sólo la suma recibida, sino el cua- 
druplo de su valor; sin embargo, cuando había sido prometida antes de los 
diez años, bastaba la simple restitución del dinero recibido por su familia. 
En derecho germánico, lo mismo que entre los romanos, el anillo 
equivale á una promesa en los asuntos matrimoniales, según lo confir- 
man varios testimonios históricos (4): Atila consideróse ligado á Honoria, 
hermana de Valentiniano, por haberle enviado esa prenda de su fe (5). 
Por una disposición singular de la ley de Luitprando, la simple toma de 
velo por una viuda ó por una soltera que se propusieran abrazar la vida 
religiosa, era asimilada á la entrega del anillo de desposorios, pues se con- 
sideraba que un compromiso contraído con el cielo no es menos respeta- 
ble y sagrado que el que se contrae entre mortales (6). 

A diferencia del anillo de desposorios, joya elegante, la alianza de la 
casada es un anillo sencillo y severo, redondo, simétrico, regular, para 
demostrar que el compromiso que representa no ha de tener desigualdad 
ni fin; no debe estar adornada con piedras preciosas ni con accesorios á 
los que innumerables supersticiones atribuían en otro tiempo un efecto 

(1) Véase Dict. des Ant. Rich. 

(2) Una vez aceptado el anillo, la desposada se denominaba subarrata ó subarrhata, es 
decir, prometida asegurada, adquirida por esta especie de arras. Asi se expresa Ducange al 
ocuparse de la palabra subarrare: uarrhabone uxorem sibi desponsere.» La palabra la ve- 
mos empleada también varias veces en la ley de ios Lombardos: A mudo subarrare, II, 3y. 

(3) Ulpiano, L. XI, p. o. De act. empti.— Ley 6 y 8 De leg. com., 18, 3.- La ley V, 
párrafo i5, habla en los siguientes términos del uso del anillo en una venta de aceite: «Si 
institor, cmn oleum vendidisset, annulits arra? nomine acceperit, ñeque eum reddat, domi- 
nión institoria tener i.» 

(4) Véase A. Colin, loe. cit. 

(5) Homo sponsat, aun solo anuido cam subharrat et suamfaciat, dice la edición de 
Luitprando. 

{(y) Beata Agnes dixit: Anuido subarravit me Dominus Jesu Christus. (Ducange.) 



LIBRO NOVENO 



¡05 



mágico, y la Iglesia bendice ese piadoso símbolo antes de que rodee el 
dedo de la esposa (i). 

En el Manual de las ceremonias ajustado al rito de la Iglesia de París 
vemos que en el siglo xv (1497) el esposo ponía el anillo sucesivamente 
en tres dedos de la novia. El sacerdote, revestido del alba, comenzaba por 
bendecir á la puerta del templo, en donde permanecían los novios, el ani- 




Pareja de desposados unidos por las manos derechas, según un bajo relieve romano 

del Museo del Louvre 

lio de plata puesto en una bandeja; después rociaba con agua bendita á los 
esposos y les incensaba, y luego, dirigiéndose á los asistentes, decía: 
«Buenas gentes, hemos publicado tres veces las amonestaciones de esas 
dos personas, y de nuevo las publicamos; si alguno ó alguna sabe algún 
impedimento por el que la una no pueda tener á la otra por vía de ma- 
trimonio, que lo diga.» Y el público respondía: «Únicamente sabemos 
bien.» Entonces el cura, cogiendo la mano derecha de la esposa la ponía 
en la mano derecha del esposo y les decía, llamándolos por sus nombres: 
«Vos, María, y vos, Juan, ¿prometéis, aseguráis y juráis guardar el uno al 
otro la fe y la lealtad de matrimonio, y guardar el uno al otro, sano ó en- 
fermo, en todos los días de vuestra vida, como Dios ha dispuesto, la Es- 



(r) Véase Colin, loe. cit. 
Tomo III 



30Ó HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

critura lo atestigua y la Iglesia lo mantiene?» En aquel momento el sacer- 
dote daba el anillo al esposo y éste lo colocaba primeramente en el pul- 
gar de su esposa, repitiendo las siguientes palabras que aquél le iba dic- 
tando: «María, por este anillo te tomo por esposa y con mi cuerpo te 
honro y te doto con la dote que tus amigos y los míos han convenido, In 
nomine Patris;» luego lo ponía en el índice, diciendo «et Filii,» y finalmente 
en el dedo medio, diciendo «et Spiritus sancti.» El anillo quedaba puesto 
en este último dedo. «Hecho esto, el sacerdote, después de haber recitado 
dos oraciones, cogía al esposo con la mano derecha y á la esposa con la 
izquierda, les paseaba de este modo por el templo y hacía sobre ellos la 
señal de la cruz; luego celebraba la misa de la Trinidad, y después del 
Agnus Dei daba la patena al esposo, el cual á su vez la entregaba á la es- 
posa y finalmente el celebrante la llevaba á los asistentes. Terminada la 
misa, el sacerdote bendecía el pan, que mordían los esposos uno después 
de otro, y el vino, del que éstos bebían un poco, y cogiéndoles de la ma- 
no los conducía á su domicilio. Reunidos allí los parientes y sentados los 
esposos en su cama, el cura les rociaba con agua bendita y les incensaba, 
mientras recitaba el salmo CXXXIII; después mandaba traer vino, rezaba 
una oración y hacía bebi^r a los esposos y bebían él y los asistentes. Por 
último, al marcharse, recomendaba á los recién casados que conservaran 
entre sí la paz y el cariño mutuos.» 

Aunque el anillo se llevaba generalmente en el dedo, algunas veces la 
novia se lo ponía en el cuello, hecho que concreta un manuscrito de la bi- 
blioteca de Troyes (i), en términos que no dejan lugar á ninguna duda 
sobre este punto: «No es sólo de ahora esta costumbre. En tiempos pa- 
sados, cuando un hombre quería tomar por esposad una mujer, hacía es- 
culpir su rostro en oro ó plata con el mayor parecido posible y luego daba 
esta sortija á aquélla con una cadenita para que se la colgara al cuello, y 
luego le decía: «¡Tomad, amada mía, esto os doy! Siempre que la veáis, 
acordaos de mí; colgadla á vuestro cuello y no consintáis que nadie sino 
yo os toque.» La doncella tomaba la sortija que su amado le daba y se la 
colgaba al cuello; y si después alguno la quería en matrimonio, le contes- 
taba: «Estoy ya prometida, bien lo veis,» y le enseñaba aquel anillo. Y si 
quería hacer locuras ó extraviarse, incontinenti sus padres y amigos le de- 
cían: «Amada mía, mira lo que cuelga de tu cuello,» etc. 

Dice una tradición muy conocida que el papa Alejandro III, queriendo 
dar una prueba de gratitud á la hospitalaria república de Venecia (2) que 
lo había recogido, aprovechó una fiesta celebrada en 1177 para ofrecer pú- 
blicamente al dogo Sebastián Zani un anillo, diciéndole: «Recibe esta pren- 
da de tu imperio sobre el mar: todos los años, en este día, contraerás ma- 
trimonio con éste á fin de que la posteridad sepa que te pertenece y que 

(O N.° 1431. 

(2) Alejandro III, habiéndose visto obligado á abandonar Roma, encontró en Venecia 
un asilo seguro contra las armas de Federico Barbarroja. 



I.1BKO NOVENO 



¡07 



yo consagro tu poder sobre él, como el del esposo sobre la esposa.» Tal 
fué el origen de los «desposorios del mar» con el dogo, ceremonia que se 
verificaba el día de la Ascensión. En las primeras horas de la madrugada 
salía el dogo con gran pompa de su palacio; detnís de él iba un hombre 
que llevaba la espada de la República; las milicias de la ciudad formaban 
en las calles por donde pasaba; los senadores, vestidos con sus togas en- 
carnadas, le seguían, y el cortejo se encaminaba hacia el Muelle en donde 
le esperaba un magnífico buque de gala, el Bucentauro ( i). Llegado al paso 
del Lido, á la vista del mar, el barco se detenía, el legado bendecía el 
Adriático y el dogo arrojaba al agua un anillo de oro y pronunciaba estas 
palabras: «¡Mar, nos desposamos contigo en señal de nuestro legítimo y 
perpetuo imperio (2).» 

Habiendo admitido la Iglesia el anillo en las ceremonias matrimonia- 
les como símbolo de unión, era natural que los obispos y algunos abades 
privilegiados tuviesen también uno en señal de la alianza espiritual por 
ellos contraída con la Iglesia (3). Dado el significado místico del anillo, 
se ha preguntado si podían usarlo todos los sacerdotes; este derecho, sin 
embargo, se ha reservado, desde el siglo xiv, exclusivamente á los obispos, 
que se lo ponen el día de su consagración como distintivo jerárquico (.] ). 
Refieren autores antiguos que en otro tiempo, á fin de que se diferencia- 
ran el anillo de matrimonio y el pastoral, los obispos llevaban general- 
mente este último en el pulgar, y únicamente 
se lo ponían en el anular de la mano derecha 
cuando celebraban los santos misterios (5). 
Según Gavantus, la piedra preciosa engarzada 
en el anillo episcopal no ha de estar grabada 
ni esculpida, pudiendo citarse una disposición 
en este sentido dictada por Inocencio III. En- 
tre los cargos invocados contra la Iglesia roma- 
na por la Iglesia griega, especialmente por el 
patriarca de Constantinopla Miguel Cerula- 
rio (siglo xi), figuran «como graves errores: 
la costumbre de alimentarse con carnes aho- 
gadas; la de afeitarse la barba; la de darse el 
ósculo de paz, etc., y por último, dice el pa- 
triarca, el hábito contraído por los obispos de señalar su dignidad por 
medio de un anillo simbólico..» 

Finalmente, todo el mundo tiene noticia del llamado «anillo del pes- 
cador (6),» ó sea el sello empleado en Roma para los breves y las bulas; 

(1) Fué destruido en 1707. Véase M F Bernard, Fétes célebres. 

(2) Desponsamus te. mare, in signum veri perpetuique dominii. 

(3) Datur annulus propter signum pontificalis honoris. (S. (sid ) 

(4) Decisiones de la Congregación de Ritos. 

(?) Guil!. Durand, De Rit., lib. i!, cap IX.— Gavantus, v.° Annulus. — Migne, Dict. 
Dr. C, 149. 

(6) Annulus piscatoris. 



¿fig& 




Anillo del pescador, 
de Paulo V. Tamaño original. 



308 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

y se denomina así porque en él está representado San Pedro, predicando 
en una barca. Impreso en cera encarnada ó en plomo, según los casos, el 
sello del Papa queda adherido al documento por medio de un hilo de cá- 
ñamo cuando se trata, por ejemplo, de cuestiones matrimoniales, y de un 
hilo de seda encarnado y amarillo cuando se trata de gracias. El Sumo 
Pontífice es el único que se sirve de él ó que delega el uso especial 
del mismo; y cuando un papa muere, rompe su sello el cardenal camar- 
lengo. 

III. — El principio cristiano de la indisolubilidad del vínculo conyugal 
era tan respetado en las épocas de íe, que se suscitaron apasionados de- 
bates teológicos acerca de la legitimidad de las segundas nupcias, que, de 
todos modos, eran miradas muy desfavorablemente por la opinión popu- 
lar. Las cencerradas que se dan particularmente con motivo de las segun- 
das nupcias han sido á menudo causa de ruidosos escándalos, razón por 
la cual varios sínodos las han prohibido bajo pena de excomunión. Algu- 
nos Estatutos episcopales fechados en 1577 describen esta costumbre en 
los siguientes términos: «Hay gentes tan maliciosas y tan malas que per- 
vierten lo que parece bueno á Dios y ásu Iglesia, mofándose de las segun- 
das nupcias, paseándose con careta, echando venenos, brebajes repugnan- 
tes y peligrosos delante de las puertas de las casas de los casados por segun- 
da ve^, produciendo humos nauseabundos debajo de sus ventanas, tocando 
tamboriles y haciendo todas las cosas sucias y feas que pueden imaginarse; 
las cuales gentes no cesan de cometer tales íechorías hasta que han sacado 
como por fuerza cierta cantidad de dinero, y llaman á esta insolencia cen- 
cerrada (1).» Añadamos que los sínodos han prohibido también, como 
broma irreverente para la santidad del casamiento, la costumbre de llevar 
á los recién casados lo que se ha llamado el caldo, la sopa de la desposada, 
«el fricasé» y «el pastel de la casada.» 

Eran frecuentes además las cencerradas cuando se suponía que los 
esposos no vivían en buena armonía, ó cuando se desposaban dos perso- 
nas de muy diferente edad. En este último caso, principalmente, manifiés- 
tanse aún en nuestros días esas protestas inoportunas por medio del em- 
pleo ruidoso de los enseres de cocina. 

Cierta señora de Pilbrac, que se había casado seis veces, al cabo de un 
año de haber enterrado á su sexto esposo, pensó en casarse por séptima 
vez á fin de consolarse de sus anteriores viudeces, pero el Parlamento se 
lo prohibió formalmente «por razón de pública honestidad (2).» 

Multitud de decisiones eclesiásticas condenan «las bromas, » las descar- 
gas de mosquetería y los conciertos burlescos con que parientes y amigos 
solían Irecuentemente solemnizar los mismos desposorios. En las provin- 
cias del Oeste, esas ruidosas manifestaciones se verificaban hasta en la 
misma iglesia, de modo que su prohibición fué dictada por respeto al santo 

(1) Estatutos del arzobispo de Lyon, 1377. 

(2) Tallem. des Reaux. 



LIBRO NOVENO 3C9 

lugar (1). El concilio de Tours, sobre todo, censura las cencerradas bajo 
amenaza de excomunión, y hay una sentencia de policía del Chatelet (2) 
que prohibe á todos los ciudadanos y habitantes de París <> excitar ninguna 
emoción popular para dar cencerradas, bajo pena de roo libras de 
multa (3).» 

En la historia del Bajo Imperio encontramos la descripción de una 
especie de cencerrada célebre que tuvo lugar en Roma durante el reinado 
de Teodosio, con motivo de un matrimonio increíble. Un hombre del 
¡nublo que había tenido veinte esposas casóse con una mujer que había es- 
tado casada sucesivamente con veintidós maridos, y la gente esperaba con 
impaciencia el resultado de este último matrimonio para ver cuál de los 
cónyuges sobreviviría al otro. Por fin murió la esposa, y el marido, escol- 
tado por el pueblo y aclamado como un vencedor, presidió el entierro en 
medio de la batahola de un populacho innumerable, como si se hubiese 
tratado de un regocijo nacional (4). 

El paseo de los maridos apaleados era, en ciertos puntos de Francia, ob- 
jeto de una organización regular, si hemos de dar crédito al Journal des 
Deux-Sevres, fechado en Niort en 25 mesidor del año X, en el que leemos 
que en los alrededores de esta ciudad se había celebrado recientemente una 
procesión de 1.200 habitantes provistos de calderas, tenazas y trompetas 
de caza, para formar cortejo ordinario i un marido que dócilmente se había 
dejado corregir por su mujer. Para organizar esta clase de fiestas se elegía 
un comandante general que publicaba edictos de policía a fin de determi- 
nar las condiciones de la marcha y la cantidad de víveres y de vino deque 
habían de proveerse los manifestantes, lo cual indica que el pasco en el asno 
duraba todo el día. La ración de vino era de media botella, y como san- 
ción de las disposiciones dictadas por el organizador general, se rompía la 
botella del que se permitía infringirlos reglamentos promulgados. El acta 
de la fiesta terminaba con estas palabras sugestivas: «Todo ha pasado á gus- 
to de los maridos.» 

Los que sepan leer entre líneas adivinarán fácilmente que también las 
mujeres debían ser objeto de algunas represalias más ó menos maliciosas, 
sobre todo «la que pegaba al esposo.» 

Actualmente en Montlucón, todavía el marido que se deja pegar por 
su mujer ha de montar á veces en un asno, de espaldas á la cabeza del 
animal, y de esta suerte es paseado por la población, cubierta la cabeza 
con un gorro de algodón y llevando en la mano una rueca y en la espalda 
un cartel con estas palabras: «Apaleado por mi mujer, y contento.» 

Cuando las circunstancias no permitían imponer al marido apaleado la 

(i) Kstatutosde la diócesis de Avranches. Bcssin, II, 2q3. 
(.) De 1 3 de mayo de 17 3 r. 

(3) Demsart. — Lo que explica la costumbre inveterada deesas maniiéstaciones pi 
lares es que á menudo los esposos se veían en la necesidad de prometer mi baile ó una ties- 
ta á los amigos de la vecindad; así terminaban generalmente las cencerradas especialmente 
en Lvón v en otras varias ciudades. 

(4) Histoire du Bas-Empire — Improv., IV, 3o3. 



310 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

«cabalgada» en el cuadrúpedo predilecto de Sileno, eludíase la dificultad 
de la siguiente manera, á lo menos en Saintonge: un alegre compadre de 
la vecindad se desfiguraba el rostro procurando imitar la fisonomía de aquel 
de quien trataban de mofarse, poníase un traje parecido al que éste usaba, 
y montando en un asno de cara á la cola, pasaba varias veces por delante 
de la casa del matrimonio en cuestión, entre los aplausos y los gritos de 
burla de la multitud. En los Cuarentas este género de tumulto lleva el 
nombre de charidane, palabra que parece ser una abreviación de «charivari 
d'dne» (cencerrada de asno). 

Bien examinada la cosa, las cencerradas se reservaban casi exclusiva- 
mente para los matrimonios entre personas de edad desproporcionada para 
quienes la causa determinante de la unión era, al parecer, el interés; y la 
prueba de ello la tenemos en la siguiente canción que se cantaba todavía 
en 1830 en el Anjou cuando un joven conducía al altar a una mujer con 
más dinero que juventud: «Cencerrada á quien se casa-con vieja de más 
de sesenta años - que se hace ¡ay! la joven- aunque ya no tiene dientes: - 
pero tiene montones de escudos. - Su galán es el fino Reinaldo, - tan guapo 
como una osa bella: - todo el mundo le cree necio; - pero no lo es para su 
bolsa. - ¡Cencerrada para los dos! - ¡Cencerrada para uno y otra!» 

También estaban expuestos á una cencerrada los recién casados que el 
día de la boda no obsequiaban con un baile á la juventud de los alre- 
dedores. 

Para evitarse toda incomodidad pensóse en muchos lugares, especial- 
mente en la región de Verdún, en pagar una contra-cencerrada, especie de 
pacto hecho con los jóvenes alborotadores, que consiste en contratar al 
tamborilero del pueblo para que recorra la población después de puesto el 
sol, y con sus redobles de tamboril haga que vayan en pos de él bailadores 
y bailadoras, quienes danzan durante la noche las más agitadas farandolns 
bajo la dirección de un músico ambulante que está siempre al acecho de 
una ganga de este género. 

El padillaccio ó vanghigliaccio es inevitable en Córcega cuando se casa 
un viudo ó una viuda. En cuanto se tiene noticia de un proyecto de esta 
clase, se convoca á son de trompa á los habitantes de la localidad, los cua- 
les acuden provistos de utensilios de cocina y juntos se dirigen á la casa 
del viudo, á quien obsequian con una bacanal espantosa durante tres no- 
ches consecutivas. La última noche, antes de dispersarse, el público recla- 
ma con desaforados gritos la presencia de los novios á fin de obligarles á 
que se asomen; y en un momento dado, éstos, para indicar que se han ca- 
sado por amor, abren la ventana, sacan las cabezas, cambian un beso en- 
tre los apostrofes y las chanzas de la multitud, y un hurra general pone 
al fin término á la cencerrada. 

IV. — Había en la antigua Francia una porción de costumbres popula- 
res que por su misma variedad se substraen á toda clasificación lógica; por 
esta razón no podemos relatarlas sino á medida de lo que nos revela la 



L1BKO NOVENO 5 I í 

lectura de nuestras viejas compilaciones de derecho consuetudinario. 

Hablemos primeramente de Bretaña. En el Loira Inferior, en Paim- 
bceuí, los hermanos y las hermanas de los desposados van de casa en casa 
convidando á los invitados con esta fórmula: «Vengo en nombre de mi 
padre y de mi madre á invitaros á la boda de ***; si asistís á ella, nos hon- 
raréis y nos daréis gusto.» Este pequeño discurso es interrumpido por un 
beso que se da después de cada frase pronunciada. Los mancebos de honor 
van delante de los esposos, llevando un plato que contiene pan, carne y 
un solo vaso. Cerca de Bourbón-Vendea, el hermano ó el primo más jo- 
ven de la desposada esconde un zapato de ésta, y el marido para recobrar- 
lo ha de pagar una cantidad cuyo mínimo, que antes era de doce francos, 
ahora es de tres. Generalmente los esposos pagan seis francos para librarse 
de esta broma. 

Hay ciertos proverbios bretones ( isla de Batz) que merecen reprodu- 
cirse: La más amada es la más bella; la más bella es la más amada. — Quien 
sufre, pero tiene mujer, sólo sufre á medias. — El gato se divierte con el 
ratón y la mujer con su marido. — Como buñuelos en la sartén, así da 
vueltas la mujer á su marido. — Corazón de mujer venida del cielo, cam- 
bia de color como éste... 

Las muchachas del Poitou que desean conocer á su tuturo esposo, se 
imponen la obligación de cortarse las uñas nueve viernes seguidos, después 
de lo cual han de ver en sueños el rostro de aquél. Otras veces escogen 
en el campo varios cardos á los cuales dan los nombres de posibles pre- 
tendientes, y cortan luego con tijeras las barbas de aquellas plantas; la pri- 
mera que vuelve á brotar se supone que indica el nombre del futuro 
marido. 

Desde 1830 á 1850, en muchos casamientos parisienses, incluso déla 
clase media, el mancebo de honor repartía entre los solteros que asistían 
á la boda la liga de la esposa cuyos pedazos clavábanse aquéllos con un 
alfiler en el ojal de su frac; por esto muchas novias tomaban la precau- 
ción, antes de sentarse á la mesa, de anudarse al tobillo varias cintas, á 
los fines de aquella distribución. Durante el baile, los mancebos de honor 
esparcían por el salón fulminantes que estallaban al ser pisados por los 
bailadores. 

En los alrededores de París, en Orly, en Villeneuve-le-Roi y hasta en 
Athis-Mons, cuando unos padres casaban á su última hija, una vez ter- 
minado el banquete de boda, los mancebos de honor cogían la silla ó el 
sillón de la novia y la paseaban por las calles del pueblo, después de lo 
cual la colocaban en una especie de pira en la que había esparcidos algu- 
nos petardos. En cuanto surgía la llama, la novia echaba á correr y los in- 
vitados danzaban alegremente en torno de la hoguera hasta que ésta había 
consumido totalmente la silla. 

En el Aube, siempre que uno délos novios es el último hijo de su ca- 
sa, la tradición exige que el mancebo de honor, al día siguiente de la boda, 



312 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

se monte sobre el caballete del tejado de la casa que habitó, durante su celibato, 
aquel de los esposos que motiva la ceremonia, y que desde allí entone, 
alternando con los invitados, que están al pie del edificio, los versículos 
del Tedeum. Antes de bajar de aquel sitio fija en la chimenea un ramo de 
laurel. 

En Mailly, que también pertenece á la antigua Champaña, en el mo- 
mento en que los novios van á salir de la iglesia, dos muchachos, tocados 
con un gorro de mujer y llevando puesto un delantal blanco, se instalan 
en medio de la calle delante de una mesa cubierta con un mantel blanco, 
para ofrecer, cuando pasen aquéllos, ala sopa de la casada.» 

En las márgenes del Mosa, la víspera de un casamiento, los mancebos 
y las doncellas de honor van á domicilio á invitar para la misa y para la 
comida, es decir, para lo que en el lenguaje de la comarca se denomina 
«los honores del día siguiente:» y durante su correría ofrecen paquetes de 
alfileres, grandes, medianos ó pequeños, según se trate de mujeres casadas, 
de jóvenes solteras ó de niñas. 

En el Creusot, al volver de la iglesia, la madre de la novia, ó en su 
defecto su más próxima parienta, coge un saco de arroz y arroja á puña- 
dos sobre los esposos el contenido del mismo; el significado de esta cere- 
monia es: «¡Sea vuestra posteridad tan innumerable como estos granos!» 
En Picardía, cuando los recién casados se alejaban del altar después de 
la bendición, varias cuerdas tendidas en diferentes direcciones les cortaban 
el paso, impidiéndoles llegar á su casa; para hacer bajar la cuerda era pre- 
ciso pagar una cantidad á cada nuevo obstáculo que surgía. 

En la pequeña aldea de Aseó (Córcega) exige la costumbre que en el 
momento en que el sacerdote va á pronunciar las palabras litúrgicas, la 
novia se ponga en la cabeza un pequeño cubo de madera que forma parte 
del mobiliario especial del templo; entonces el celebrante le dice: «Hija 
mía, el cubo puesto en vuestra cabeza es el emblema del trabajo y tam- 
bién la carga del matrimonio que desde este instante empieza á pesar sobre 
vos. Sed mujer honrada, buena madre y esposa sumisa, y que dicha y ri- 
quezas sean vuestra suerte.» Concluida la ceremonia, las mujeres se po- 
nen en fila llevando en la mano cada una de ellas un tarro de miel y una 
cuchara y disputándose todas el honor de que los novios la prueben. 

Dada la influencia de los periódicos que en nuestros días penetran en 
las más pequeñas aldeas, y dada también la facilidad de comunicaciones de 
día en día más rápidas, puede vislumbrarse á breve plazo la abolición de 
todas las tradiciones locales, de las que todavía es posible encontrar de 
cuando en cuando algunas interesantes reminiscencias. 



CAPITULO III 



EL MATRIMONIO EN LOS PUEBLOS MODERNOS, CIVILIZADOS O SALVAJES 

Particularidades relativas al matrimonio en Bélgica é Inglaterra.— Costumbres holandesas, 

noruegas... — Leyes dinamarquesas relativas á la esposa apaleada. — El futuro esposo en 
Finlandia. — Condición de la mujer casada de origen germano — Formas del matrimonio 
entre los cismáticos griegos. — Ritos nupciales en Polonia, Hungría y Bosnia. — Ceremo- 
nial de las bodas musulmanas. — Cómo se casan en el Japón, en Tartaria, en China. . — 
Explicación del «luto de los desposados.» — Suegros en China: el regalo del pato. — Fl 
matriarcado en el Camboia. — La sociedad conyugal en el Indostán, después de las leyes 
de Manú. — Costumbres nupciales en el Nuevo Mundo. — 1 .os matrimonios en Oceanía. 
— Fl iebaeno en Nueva Caledonia y los malos esposos. — Empolladura extraordinaria.— 
Paralelo entre los derechos de la mujer casada y la civilización de los pueblos: en qué 
estado se halla el movimiento feminista. — Condición de la esposa en el continente afri- 
cano: Gabón, Hotentocia, Benin, Zanguébar.— Matrimonios porcaptura, por conquista, 
por compra: tarifa de las esposas en los países no civilizados. 

Insistir en las costumbres matrimoniales de los países que desde los 
puntos de vista religioso y legal tienen orígenes comunes con Francia, se- 
ría un trabajo tan círido como fastidioso; por esto, en cuanto a las princi- 
pales regiones de Europa, nos limitaremos á señalar las particularidades 
nupciales que de las nuestras difieren. Y en segundo lugar, describiremos 
los ritos matrimoniales y la condición de la esposa entre los japoneses, los 
chinos, los camboianos, los indos, los mexicanos, los congoleses, los ho- 
tentotes y los caledonios. Pero antes estimamos necesario, para la com- 
pleta inteligencia de este capítulo, concretar en pocas líneas la distinción, 
acentuada por las modernas legislaciones, entre el matrimonio sacramental 
y el acto civil, calificado también de «matrimonio» en la mayoría de los 
códigos. 

En Inglaterra el matrimonio puede celebrarse, á voluntad de los con- 
trayentes, según el ritual de la Iglesia anglicanaó simplemente ante el fun- 
cionario civil, como luego veremos. 

El matrimonio noruego y también el sueco se contrae en la forma re- 
ligiosa y en la iglesia; pero desde 1845 los noruegos que no pertenezcan a 
la religión luterana pueden unirse ante un notario. 

En Dinamarca el acto es una solemnidad religiosa que produce con- 
secuencias legales. 

Según la tradición rusa, la unión es esencialmente «sacramental» para 
todos los cristianos, sea cual fuere su confesión. 

El código de los Países Bajos, como el francés, exige que la bendición 
nupcial no se dé sino después del matrimonio civil (art. 136). 

En Alemania, actual Tiente, la unión no es legalmente válida sino en 



314 HISTORÍA DE LAS CREENCIAS 

cuanto ha sido registrado por el funcionario civil del domicilio de uno de 
los contrayentes. Lo mismo sucede en Austria. 

En Italia el matrimonio es un acto civil; pero el código italiano, á di- 
ferencia del nuestro, no impone al sacerdote el deber de exigir previa- 
mente la prueba del matrimonio legal, de suerte que los contrayentes pue- 
den comenzar, si lo tienen á bien, por la ceremonia religiosa. 

En España se admiten simultáneamente ambas formas: para los cató- 
licos, el matrimonio canónico, al que concurre el funcionario civil para 
registrarlo; para los no católicos, el simple registro civil de la unión. 

Lo propio puede decirse de Portugal. 

En todo el territorio de la Confederación Suiza es obligatorio el ma- 
trimonio civil anterior á toda ceremonia religiosa (ley de 24 de diciembre 
de 1874, art. 40) . 

En la República Argentina, desde 2 de noviembre de 1888, y en el 
Brasil, desde 24 de enero de 1890, el matrimonio es una unión civil. 

Completemos las generalidades sobre esta materia señalando la edad 
en que está permitido casarse en los principales Estados de Europa; y co- 
mo las cifras que se dan acerca de este particular son muy á menudo in- 
exactas, las tomaremos de los mismos códigos: en Austria, catorce años pa- 
ra ambos sexos; en Alemania, diez y ocho para los hombres y catorce 
para las mujeres; en Bélgica, diez y ocho y quince; en España, catorce y 
doce; en Francia, diez y ocho y quince; en Grecia, catorce y doce; y en 
Hungría, catorce y doce los católicos y los «ortodoxos,» y diez y ocho y 
quince los protestantes. 

Esto sentado, comencemos nuestra información por Bélgica. Por virtud 
de la influencia de las ideas corporativas, el hecho de que una muchacha 
se case con un joven de una municipalidad vecina es una especie de per- 
juicio causado á la «corporación de solteros» que, sobre todo en la Bél- 
gica valona, están agrupados bajo la presidencia de un Capitán de Juven- 
tud ó Maestro soltero que lleva como distintivo una escarapela encarnada 
con franjas de oro cuando preside las diversiones públicas, ducasas ó fue- 
gos artificiales. 

M. Julio Lemoine ha dado algunos detalles acerca de esta ceremonia 
llamada el pastel ó la «pieza.» Así que se publican las amonestaciones, el 
capitán escribe á la novia diciéndole que por culpa suya el grupo de sol- 
teros que él preside va á perder á uno de sus mejores socios, y apelando 
al mismo tiempo á la generosidad de la muchacha á fin de obtener una 
indemnización pecuniaria. La familia paga generalmente de 50 á 100 fran- 
cos destinados, como se comprenderá, á beber á la salud de los futuros 
esposos. Si la cantidad es de 100 francos por lo menos, los novios tienen 
derecho «á los honores,» es decir, á una escolta de hijos de arrendatarios 
vestidos de blanco, y además á una música que toca «la canción del Pas- 
tel,» que es coreada por toda la multitud. En el momento en que los con- 
currentes á la boda se marchan de la casa en donde ésta se ha celebrado, 



LIBRO NOVENO 315 

el capitán ofrece á la novia un libro de asientos, un látigo y el pastel ó torta 
grande coronada por un ramo blanco: el primero es el emblema del orden 
que habrá de presidir en la dirección del hogar; y en cuanto al látigo, sir- 
ve para que la recién casada azote á los jinetes que desfilan delante de ella 
esforzándose por arrancarle de las manos la silbante cuerda. Si uno de los 
«cabalgadores» es bastante diestro para apoderarse del látigo en cuestión, 
véndese este objeto en pública subasta y el marido viene obligado á ad- 
quirirlo, á veces por un precio muy elevado, pues de no hacerlo así se 
expondría á ser víctima de los más maliciosos bromazos. 

Conforme al derecho canónico anterior al concilio de Trento, el ma- 
trimonio quedaba regularmente solemnizado en Inglaterra por la simple 
manifestación de voluntades delante del sacerdote, sin necesidad de publi- 
cación de amonestaciones ni del concurso de los padres. La ley común 
adoptó y confirmó esta regla: los novios ingleses acudían á las puertas del 
templo en donde se formulaban las promesas de matrimonio, penetraban 
en el santuario, se arrodillaban en las gradas del altar «y participaban de 
la santa Cena.» Por lo general, el sacerdote bendecía á los esposos, pero 
también podía estar presente como simple invitado (i), y no en calidad 
de celebrante necesario. En 1753, una ley declaró nulos todos los matri- 
monios no contraídos delante de un ministro de la Iglesia anglicana y se- 
gún el ceremonial prescrito por ésta. Sólo los judíos y los cuákeros goza- 
ban del privilegio de casarse á su manera; los demás ingleses que se nega- 
ban á recurrir al ministerio de un pastor anglicano se veían en la necesi- 
dad de casarse clandestinamente ó de irse al extranjero. El acta de 1836 
estableció el matrimonio civil al lado del religioso para que los contrayen- 
tes pudieran escoger entre uno y otro (2). El funcionario que, acompañado 
de dos testigos, registra la unión á falta de ministro del culto, lleva el 
nombre de registrar. Aprovechándose de que la ley inglesa reconocía los 
matrimonios contraídos según los usos del país en que los contrayentes se 
encontraban, millares de novios, deseosos de evitar la publicidad, acudían 
al famoso herrero de Gretna-green, en tierra de Escocia en donde no regía 
el Marriage act de 1853-1854, substrayéndose de este modo á las forma- 
lidades exigidas por la nueva ley. Allí no se necesitaban amonestaciones 
ni autorización de los ascendientes; bastaba el simple consentimiento de 
los dos interesados, y por unos cuantos chelines, aquel industrial, que 
había montado una verdadera oficina matrimonial, libraba certificados de 
matrimonio «según las leyes escocesas.» En caso necesario también faci- 
litaba «un ministro del Evangelio.» «En la actualidad se exige que uno 
de los dos contrayentes habite en Escocia desde veintiún días antes, por 

(1) Guest. 

(2) En Francia ha habido hombres que se han negado á contraer matrimonio religio- 
so después de haberse unido con una mujer civilmente ante el alcalde. Para evitar este en- 
gaño, M. Batbie había indicado la siguiente modificación de nuestra ley: en la alcaldía se 
preguntaría á los novios si su propósito era subordinar la perfección del matrimonio á la 
celebración de la ceremonia religiosa, y en caso afirmativo, el acta matrimonial no sena 
perfecta sino mediante la mención del matrimonio canónico inscrita en el registro civil. 



3 I 6 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

lo menos; pero con anterioridad á 1856 no se imponía ninguna condi- 
ción ni domicilio (1).» 

Las costumbres matrimoniales de los habitantes de la isla de Marken 
(Holanda) son poco conocidas: esos descendientes de los frisones, que 
viven aislados en sus íerpenes (2) y no se casan con extranjeros, han con- 
servado sus tradiciones casi intactas. Para ellos emigrar sería un deshonor, 
y buscar esposa en el continente, una especie de casamiento desigual. 
Hemos visitado esa pequeña colonia y lo que más especialmente nos ha 
chocado ha sido el parecido extraordinario que existe entre todos les ni- 
ños del grupo: cada vez que, al doblar la esquina de una de las callejuelas 
que se entrecruzan, veíamos un chiquillo, nos parecía que era el mismo 
que habíamos contemplado un momento antes. La identidad de trajes au- 
menta esta ilusión, que es para el visitante causa continua de asombro. 
Cuando una joven es solicitada en matrimonio por un markenés, la invi- 
tan á entrar con su familia en la barca de su pretendiente ó en la del padre 
de éste. Los desposorios se celebran el domingo, después de los oficios di- 
vinos, y á las cuatro se sirve el banquete délos esponsales, compuesto de 
guisantes, pasas fritas con manteca, queso, y como postre, de sop, plato 
nacional hecho con bollo de leche espolvoreado con azúcar fino. El no- 
vio se distingue por un grupo de cintas encarnadas, azules y verdes que 
lleva prendido, no en su sombrero ni en su chaqueta, sino en su larga pipa. 
El día de la boda la novia se viste un traje que data del siglo xn y es de 
origen español, y del que, según dicen, no hay en toda la isla más que 
seis ejemplares, cuyos afortunados los prestan para cada fiesta nupcial; 
estas ropas, que han sido llevadas por tantas doncellas graciosas al ser 
conducidas al altar, son objeto de una veneración casi supersticiosa, vién- 
dose en ellas un presagio y una prenda de felicidad. Al mediodía la comi- 
tiva se encamina á la casa comunal y luego á la iglesia para la ceremonia 
religiosa. La novia aporta al matrimonio, además de su ajuar, un juego de 
cama artísticamente bordado y adornado con trencillas de vivos colores. 
En cuanto á los padres, preocúpanse ante todo de proporcionar una casa á 
fin de que los esposos tengan domicilio propio, pues convencidos de que la 
vida en común tiene graves inconvenientes desde el punto de vista de la 
paz doméstica y de que esa confusión de personas, edades, caracteres y 
gustos es ocasionada á inevitables rozamientos y á conflictos irresolubles, 
no se resignan á tener á su lado á la joven pareja más que cuando la in- 
digencia les obliga irremisiblemente á ello; y aun en este caso, no dejan 
de escoger una habitación aparte con una salida especial para asegurar la 
independencia de los esposos (3). En este punto los markeneses demues- 
tran ser verdaderos filósotos; el espíritu práctico de estos humildes pesca- 
dores ha comprendido que el dúo matrimonial convertido en terceto ó en 



(1) Mar. civ., M. Glasson. 

(2) Montículos de la isla. 

(3) Las casas son de madera pintada ó alquitranada exteriormente. 



LIBRO NOVENO 317 

cuarteto hace que las voces desafinen y que cese la armonía y amenaza con 
degenerar en discordante orquesta. 

La mujer dinamarquesa, según la antigua legislación del país, estaba 
incluida en la categoría de las personas incapaces, no pudiendo, según 
M. Dareste, enajenar ningún objeto que valiera más de cinco sueldos (i). 
Al quedar viuda no por esto se emancipaba, sino que caía bajo la tutela 
del pariente más próximo; y como heredera sólo tenía derecho á la mitad 
de una parte correspondiente al hijo. 

Los luteranos de Noruega se casan contorme á su ley religiosa, es de- 
cir, en el templo, y han de tener diez años por lo menos. Generalmente 
la mujer noruega aporta una dote á la que el marido añade un aumento 
de la mitad aproximadamente; pero si la esposa es pobre, el marido es quien 
la dola, ó á lo menos se supone que lo hace, siendo esta liberalidad obli- 
gatoria, pues se considera que constituye la esencia misma del matrimo- 
nio. Digamos, no obstante, que esta cantidad es más bien ficticia, puesto 
que no puede exceder de dos marcos. Antiguamente, cuando la novia no 
tenía aún quince años, la casaban sin siquiera pedirle su parecer, y no le 
quedaba más remedio que someterse. Si el marido pegaba á su mujer, ha- 
bía de pagarle una indemnización igual á la que tendría derecho á exigir 
si aquélla hubiese sido maltratada por una tercera persona; de modo que 
una esposa buena y resignada unida á un hombre violento podía adquirir 
de esta manera legalmente ganancias que pasaban á ser de su exclusiva 
propiedad. Sin embargo, la facultad concedida al esposo de pegar á su 
mujer bajo pena solamente de una multa no era ilimitada, sino que el de- 
recho consuetudinario determinaba después de cuantas veces tenía la es- 
posa maltratada el derecho de abandonar el domicilio conyugal, llevándo- 
se todo cuanto le pertenecía y además «sus pequeñas ganancias de mujer 
apaleada.» El matrimonio délos daneses y de los noruegos ha conservado, 
en medio de múltiples transformaciones, su carácter de contrato religioso 
que produce efectos civiles. La mujer contra la cual se ha dictado el divor- 
cio por mala conducta, no puede volver á casarse hasta después de trans- 
curridos tres años; pero es preciso que durante este tiempo haya llevado 
una vida ejemplar, y aun en este caso, si el rey autoriza una nueva unión, 
no podrá la danesa establecerse en la parroquia en donde viva su primer 
esposo. 

En virtud de una antigua tradición sueca, admitida por las leyes, el de- 
recho de casar á una hija era todavía considerado, bajo el régimen del có- 
digo de 1734, como una especie de propiedad; siendo esto una reminis- 
cencia de la época en que aquélla era cedida como un objeto comercial 
cualquiera. Todo matrimonio había de ir precedido de una petición en 
regla hecha al pariente más próximo de la muchacha, al que se llamaba 
giflomán, y hay un cuadro legal que determina la serie de miembros de la 



,1) Dar., Anc. L. du Dan..., «J. des Savants,» 1881 . 



3 J 8 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

familia investidos de este derecho, unos á falta de otros. El silencio de la 
joven equivalía al consentimiento, y una vez aceptado el novio, se cele- 
braban los desposorios (i) en presencia de cuatro testigos. Aunque la ma- 
dre no puede adoptar una resolución, el Código (2) dispone que sea con- 
sultada acerca del proyecto de unión: no le es dado imponer su opinión, 
pero su marido «tiene el deber» de pedírsela. El giftomán, en su calidad 
de pariente varón más próximo, había de dotar á la novia, la cual, sin 
esto, nada habría aportado al matrimonio, pues las mujeres no comenza- 
ron á heredar en las regiones escandinavas hasta el siglo xui. No existe 
ningún país en donde los desposorios hayan conservado mayor importan- 
cia que en Suecia, en donde casi eclipsan por completo la ceremonia del 
casamiento. La antigua ley de Sutlandia deducía de ciertos hechos noto- 
rios el consentimiento al matrimonio, «por ejemplo, cuando una mujer 
había compartido la comida de un individuo durante dos horas y había 
tenido la libre disposición de las llaves de la casa;» pues esta intimidad ó 
confianza era, en caso de discusión, presunción suficiente de desposorios. 
Leyes recientes han introducido en Suecia el matrimonio civil para los que 
no pertenecen á la religión luterana, modificando con ello profundamen- 
te las antiguas costumbres. Si un marido está ausente desde hace más de 
seis años, su esposa puede pedir autorización para contraer segundas nup- 
cias; pero si aquél, á su regreso, prueba que no ha sido por su culpa el no 
haber dado noticias suyas, puede optar entre casarse con otra ó recobrar 
á su mujer; en este último caso, el segundo esposo no tiene más remedio 
que retirarse y ceder su puesto. 

Era costumbre entre los antiguos finlandeses que ningún hombre se 
casara con mujer de su propia tribu, sino que se dirigiera á un grupo ex- 
tranjero. Con frecuencia el que deseaba casarse se juntaba con otros com- 
pañeros de armas para ir á apoderarse de una joven, la cual, arrebatada 
de esta suerte á su familia, era considerada como conquistada legítima- 
mente. En estos pueblos, como entre los escandinavos, el matrimonio era 
á veces un contrato de compraventa (3), por el cual el hombre adquiría la 
esposa que había escogido (4). El precio de la mujer tenía un nombre es- 
pecial, olon ó galón okoi. La misma costumbre existía entre los vógulos, 
los ostiakos, los samoyedos y los lapones. En más de un caso el preten- 
diente finlandés era sometido á ciertas pruebas de las cuales había de salir 
vencedor para ser definitivamente aceptado; estas pruebas le eran impues- 
tas, bien por la madre de la muchacha, bien por ésta misma, y tenían por 
objeto conocer á fondo la inteligencia y el carácter del joven, al propio 
tiempo que le brindaban ocasión de dar muestras de su valor ó de su destre- 



(1) Faestning. 

(2) Código de Cristóbal. 
(i) Kaupmal. 

(4) El Kanteletav, colección de antiguas canciones finlandesas, nos presenta á un per- 
sonaje que interrogad un esposo á quien un padre ha dado su hija: «A mí, á mí es á quien 
la ha vendido,» responde el mancebo. 






LIBRO NOVENO 319 

za. «No daré mi hija á un muchacho inútil ó desprovisto de mérito,» dice 
la madre de Pohjola, y como no admite como yerno á Lemmikesinen, á 
quien tampoco quiere la chica por marido, impone al enamorado condi- 
ciones tan difíciles, que parece seguro que no ha de poder cumplirlas. En 
el Kalcvala encontramos algunos ejemplos de las pruebas de que tratamos 
y que se presentan bajo formas extrañas y familiares: «Te llamaré hom- 
bre, te consideraré como un héroe, dice la virgen á Wainamoinen, si par- 
tes en el sentido de su longitud una crin de caballo con una fina hoja de acero;» 
y habiendo Wainamoinen salido vencedor de esta prueba, la joven, que 
quiere despedirle, le propone otra irrealizable: «Seré de aquel que sin he- 
rramientas construya una barca con estos restos de mi huso y con frag- 
mentos de mi lanzadera (i)...» Ante esta exigencia el pretendiente hubo 
de comprender que no tenia más recurso que retirarse silenciosamente. 

La demanda en matrimonio no la hacían directamente los padres del 
joven, sino que escogían para esto á un intermediario (2) que hablaba en 
su nombre. Entre los finlandeses no se celebraba ningún casamiento sin 
que los invitados hicieran ejercicios con sus cuchillos; así terminaba la 
fiesta. Estos ejercicios estaban en uso en la Ostrobothnia no hace toda- 
vía mucho tiempo; por esto las mujeres de aquella región cuando iban á 
una boda llevaban á veces consigo una mortaja, pues aun el pueblo sen- 
tía algo la influencia de un antiguo proverbio finlandés que decía: «Boda 
sin muerto, nada vale.» Lo mismo sucedía en las provincias de Suecia: 
en ellas, los adversarios, armados cada uno de un cuchillo, se desafiaban. 
(.(.¿Cuánto puedes soportar de mi cuchilló? — Tal longitud, ¿y tú del mío? — 
Tal otra longitud.» Naturalmente, el último que hablaba quería mostrarse 
más audaz que el primero. Aceptado el desafío, envolvíase el arma en una 
tela recia dejando al descubierto un trozo de la hoja de la longitud conve- 
nida, y los competidores, lanzándose uno sobre otro, se cortaban con fu- 
ror las carnes. Este sangriento ejercicio no significaba la menor enemistad 
entre los adversarios; se le consideraba simplemente como un certamen 
de valor y como una distracción para los invitados. Aquellos hombres 
honraban, desde su punto de vista, á los esposos, ilustrando la fiesta nup- 
cial con luchas peligrosas en que se jugaba la fama y á veces hasta la vida 
de los combatientes. 

La condición favorable en que, desde hace muchos siglos, se encuen- 
tra la mujer alemana, bajo los conceptos familiar y social, parecería justifi- 
car el juicio que Tácito emitía ya, con extremado favor, sobre la mujer 
germana, «objeto de una veneración casi supersticiosa;» pero seguramen- 
te este autor, queriendo acentuar su sátira contra las costumbres romanas, 
idealizó su descripción, puesto que en el siglo vm, cuando la evangelización 
de Germania, encontró allí la Iglesia muchos vicios que hubo de comba- 
tir. Desde el punto de vista social y económico, existieron en Alemania, 

(1) Barón Ernout. 
{->.) Patwaskani. 



320 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

durante la primera parte de la Edad media, en la época de las «villas» ó 
alquerías carlovingias, importantes establecimientos consagrados exclusi- 
vamente al trabajo íemenino que aseguraban la subsistencia de las obreras 
agrupadas por centenares en casas industriales, en donde hilaban, tejían ó 
confeccionaban vestidos de toda clase. Y en las listas de profesiones de 
1389 á 1497, sólo en la ciudad de Francfort se encuentran los nombres 
de quince mujeres médicas (1) que ejercían en virtud de diplomas regulares. 
Aparte del claustro y del taller, la mujer alemana podía, cuando disponía 
de cierta fortuna, ingresar en comunidades laicas reconocidas por el poder 
civil; y si carecía de recursos, hallaba un refugio en los beateríos, funda- 
ciones caritativas, que en tiempo de Lutero habían degenerado mucho 
indudablemente, pero que en su origen prestaron señalados servicios. 

En la época en que los pueblos eslavos todavía eran paganos, la forma 
ordinaria del matrimonio era la siguiente: el hombre se dirigía al padre de 
la muchacha, le informaba de sus intenciones y arrebataba á su futura á 
mano armada. En Polonia, el padre ó el tutor elegían la novia é iban á 
pedirla personalmente. En la región de los montes Karpathos, los padres 
llevaban á las ferias y mercados, con el ganado, á sus hijas en edad de to- 
mar estado, y procuraban á la vez vender sus reses y encontrar un preten- 
diente; y cuando se presentaba uno, entregaba á los padres cierta cantidad 
para asegurarse de la chica. 

En cuanto á los rusos actuales, no hay para ellos otro matrimonio que 
el vínculo religioso ó «sacramento,» cuyas consecuencias sociales determi- 
nan las leyes, Svod (2). El sacerdote es quien casa, en presencia de dos ó 
tres habitantes, testigos del consentimiento mutuo de los esposos. En 
algunas localidades rusas los recién casados, para hacer pública su unión, 
se pasean por las calles y mercados cogidos de la mano ó aguantando cada 
uno la punta de un pañuelo. Está prohibido casarse más de tres veces, y en 
caso de incumplimiento de este precepto, el sacerdote se negaría á bende- 
cir un cuarto matrimonio. Es más, cada nueva unión implica una pena 
canónica, pues las segundas nupcias constituyen ya una excepción al prin- 
cipio de la unidad conyugal. La ley no reconoce á los viejos de ochenta 
años el derecho de fundar un hogar, y en todas las edades constituye un 
impedimento dirimente (art. 23). Las uniones con católicos romanos se 
consideran nulas en Rusia, mientras no son bendecidas en la iglesia grie- 
ga (art. 70); y los rusos «ortodoxos» no pueden casarse con personas no 
cristianas. 

Refiere M. Tsakny (3) que hace cincuenta años, entre los cosacos del 
Don, el joven presentaba al pueblo la muchacha escogida y luego los dos 
novios acudían ante la Asamblea, y después de haber rezado una corta 
plegaria y saludado á los cuatro lados, el novio, dirigiéndose á la novia, 

(1) Dr. Carlos Bücher. (Munich, 1882.) 

(2) O Zood, Digesto de las leyes rusas. 

(3) Le droit usitel russc. 



LIBRO NOVENO 32 r 

le decía: «¡Sé mi esposa!,» y ella, inclinándose hasta tocar al suelo, contes- 
taba: «¡Sé mi marido!» Hecho esto, se abrazaban en presencia de testigos 
y se consideraban unidos irrevocablemente. Andando el tiempo, y gracias 
á los esfuerzos del clero, la ceremonia religiosa ha llegado á ser obligato- 
ria en todas partes. 

En Polonia se esconde como símbolo en el ramo de la desposada una 
moneda, un poco de pan, algunos granos de sal y un pedacito de adúcar: 
la moneda, el pan y la sal para asegurar, según se dice, á los esposos las 
cosas de primera necesidad; y el azúcar para endulzar las penas del matri- 
monio. Esta alegoría no deja de ser ingeniosa. 

Las antiguas ceremonias del matrimonio en Liihuania tienen, se<nín 
hace observar el conde Krasinski, cierta semejanza con las costumbres de 
los griegos y de los romanos. Cuando llega la esposa al domicilio conyu- 
gal, le hacen dar ceremoniosamente tres vueltas alrededor de la habita- 
ción del marido y le lavan ¡os pies, y el agua que ha servido para esto sir- 
ve también para rociar los muebles, el lecho nupcial y a los invitados. 
Después le ponen miel en los labios, lo cual significa que hade evitar toda 
clase de disputa con su esposo, y luego le tapan los ojos con un velo nup- 
cial y la llevan junto á todas las puertas de la casa, que ella golpea con el 
pie derecho. En el mismo instante, la madre de su marido y sus amigos 
esparcen á su alrededor trigo candeal, centeno, avena, cebada, guisantes, 
habas y adormideras, y los que en gran cantidad arrojan estos signos de 
abundancia dicen en alta voz, dirigiéndose a la esposa: «Si cuidas de tu 
casa, si permaneces fiel a la fe de tus padres y á todos tus deberes, el 
cuerno de la abundancia estará constantemente á tu lado y el cielo te ben- 
decirá; pero si, por el contrario, violas tus juramentos v olvidas tu reli- 
gión, la cólera de tu marido atraerá la de Dios y serás presa de la miseria, 
despreciada y odiada por todo el mundo.» Dichas estas palabras, le qui- 
tan el velo y la hacen sentar á la mesa del festín. 

A pesar de su origen común, y aunque lo mismo la Iglesia cismática 
que la romana declaran que el matrimonio es un sacramento, existen 
entre ambos cultos profundas diferencias. En primer lugar, la Iglesia rusa 
admite, en caso de infidelidad, el divorcio que sus jurisconsultos denomi- 
nan canónico. Además, para los católicos romanos existe incompatibilidad 
disciplinaria entre el matrimonio y el sacerdocio, al paso que para los 
greco-rusos la ordenación no se confiere, en principio, más que al diáco- 
no que se casa, «de modo que es el matrimonio y no el celibato el que da 
acceso al altar (i).» Véase, pues, cuan diferentes son las situaciones en 
uno y otro cultos. El seminarista ruso, por lo mismo que no puede ser 
promovido al sacerdocio sino después de su matrimonio, se preocupa, 
cuando llega el momento de su ordenación, de buscarse una novia á fin 
de procurarse á la vez una esposa y una parroquia... Pero con esto, ¿no 

(1) L'Emp. des Tsars, III, ido. 

Tomo III , , 



322 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

se corre el riesgo de que el sacramento del orden no ocupe más que un 
segundo lugar en las preocupaciones de un levita que, además de sus cur- 
sos de teología, ha de hacer la corte á su novia antes de ser pope ó más 
bien sviachtchennik (i)? De esto resulta que el clero blanco, clero secular y 
casado, cuyos curatos eran hereditarios no hace todavía muchos años, no 
disfruta ni con mucho de la autoridad del clero negro, el cual permanece en 
la austeridad del celibato monástico. El sacerdote ruso, ó pope, esposo y 
padre de familia, se parece en tantas cosas á sus feligreses, que carece de 
ese prestigio, de esa aureola que envuelve al sacerdote consagrado al ce- 
libato, manteniéndole apartado de las preocupaciones egoístas y ponién- 
dole por encima del prosaísmo déla vida doméstica. Finalmente, un pope 
puede, mediante autorización del Santo Sínodo, verse muy fácilmente des- 
ligado de la perpetuidad de sus votos. 

La municipalidad rusa ó mir es propietaria de los pastos, que son ob- 
jeto de repartos periódicos; y como la distribución se hace unas veces por 
alma (2), es decir, por cabeza, y otras por hogar (3), resulta que la mu- 
jer aporta al marido el usufructo de una parcela de las tierras comunales 
y que al matrimonio se debe esta ganga. Si se realiza un matrimonio; si 
una familia cuenta con un nuevo heredero, el campo paterno aumentará 
en dos nuevos lotes. En París, todo niño que nace se encuentra con que 
debe unos mil francos por razón de las cargas de la deuda; en el imperio 
de los zares, por el contrario, el nacimiento de un hijo es fuente de ri- 
queza. Así se comprende que Rusia sea el país de Europa en donde se ce- 
lebran más matrimonios (4). El novio feliz, aunque no tenga más fortu- 
na que unos cuantos rublos economizados sobre la ordinaria lapcha (5) 
que le sirve de alimento, sobre el agrio Rivas (6) que le refrigera, compra 
alegremente el gorro de pieles y el largo caftán de los desposorios para él, 
y para su futura elegantes tocados (7), porque tiene la certeza de que su 
pequeña hacienda se redondeará muy pronto con la porción asegurada á 
su unión desde luego y después con las de los hijos que nacerán. 

En Hungría existe la feria original de las jóvenes casaderas, que se cele- 
bra el día de San Pedro y San Pablo en Topanfalva, en las regiones mon- 
tañosas de la Transilvania (8), y á la que acuden los solteros que quieren 
tomar estado. La elección es, ciertamente, delicada y embarazosa porque 
son á centenares las muchachas que, teniendo edad para contraer matri- 
monio, se congregan en la plaza pública, en donde unas adoptan altivas 
actitudes, otras se muestran tímidas y soñadoras, y todas se presentan 

(1) Esta palabra significa sacerdote parroquial ó cura párroco: los rusos la emplean con 
preferencia al vocablo pope, que es relativamente poco respetuoso. 
(i) Doucha. 

(3) Taglio. 

(4) Loe. cit. A. Ler. - Beauheu. 

(5) Especie de torta hecha con manteca y huevos ó carne. 

(6) Bebida hecha con centeno. 

(7) Se denominan kokochniks los tocados en forma de diadema, y potclielocks los en 
forma de corona. 

(<S) M. Amero, J. des 1". 



LIBRO NOVENO 323 

adornadas con sus mejores galas, formando cada una de ellas el centro de 
un grupo de parientes y amigos que han ido allí para acompañarla v, en 
caso necesario, para darle consejos. Cada muchacha está sentada sobre el 
arca de madera que contiene su ajuar y cerca de ella se ven las reses que 
aporta en dote. El escribano del lugar permanece debajo de un árbol, dis- 
puesto á redactar sin pérdida de tiempo los contratos. Dos ó tres músicos 
animan la fiesta tocando en el violín los aires nacionales de los madgiares 
con acompañamiento de címbalos. A veces se realizan en una mañana 
ciento cincuenta desposorios. 

Los servios miran con gran respeto la institución matrimonial porque 
dicen que «eleva á la mujer hasta el hombre, y porque la infancia de un 
guerrero no puede prescindir de los cuidados de una madre (1).» La des- 
posada servia, al llegar á la casa de su esposo y por vía de ensayo de sus 
futuras funciones, viste á un niño de la vecindad, toca con su rueca las pa- 
redes que desde aquel momento han de ser testigos de su existencia labo- 
riosa, y después deja encima de la mesa el pan, el vino y el agua, toman- 
do posesión, por medio de estos preliminares simbólicos, del domicilio 
conyugal. El ceremonial admite además otra particularidad graciosa: en 
su primera visita al nuevo hogar, la novia lleva entre sus labios cerrados 
un pedazo de adúcar para indicar que ha de hablar poco y pronunciar sólo 
palabras amables. Durante el primer año conserva el nombre de novia y 
no abandona cierto tocado cargado de plumas, de hojas y de flores de pé- 
talos de plata; y sólo después de haber criado varios hijos ocupa su rango 
definitivo y goza de una autoridad no discutida: únicamente la materni- 
dad múltiple le conquista plena consideración. 

En Bosnia, cuando un joven solicita á una muchacha, ruega á uno de 
sus parientes y amigos que formule su petición al padre de ella, y si es 
aceptada, el pretendiente renueva ocho días después su petición y el ne- 
gociador ofrece al padre rakia y miel, recibiendo de éste, á cambio, un 
anillo y un ducado. El día de la boda cada pariente y amigo lleva como 
escote á casa del futuro cestas de pastas, cordero asado, botellas de rakia, 
etcétera. Durante el festín se pronuncian cinco brindis (2), el primero a 
la felicidad de todos, el segundo á la ayuda de Dios, el tercero á los cuatro 
evangelistas, el cuarto al vodjvode, especie de alcalde, y el quinto al amo de 
la casa. Cada voto por la felicidad va acompañado de la piadosa frase 
«¡Si Dios la concede! (3),» dicha en el tono más grave y más solemne 
contestando los circunstantes «¡Amén!» Estos son los cinco brindis prin- 
cipales que no faltan nunca; pero además se pronuncian muchos otros. 
Terminada la cena, acuden músicos que tocan violines servios ó auzlas v 
la gente canta y baila durante una parte de la noche. El discurso que 
pronuncia el pope con ocasión de la ceremonia nupcial y que todos es- 

(1) Según M. Morans. 

(a) Relato de M. Bordeux, ing. 

(3) vAko Bosr da.» 



324 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

cuchan de pie y con la cabeza descubierta, termina con estas palabras: 
«¡Que Dios bendiga esta unión! ¡Que os conceda largos años, años feli- 
ces, y que os envíe hijos hermosos y valientes: alio Bog da! — ¡Amen! 

«Cerca de Alacheer, á pocos kilómetros de Emirna, dice M. Ferret 
Jay (1), pude asistir á un casamiento griego... Desde muy temprano inva- 
dieron la casa los amigos provistos de címbalos; procedióse á vestir á la no- 
via, que era muy linda, á pesar de lo cual el blanquete y el colorete no tar- 
daron en disputarse su color natural; pusiéronle en la cabeza flores, papel 
dorado y cequíes ensartados y le alargaron con un lápiz los ángulos de los 
párpados. Después cantóse un epitalamio y címbalos y tambores volvie- 
ron á armar gran estrépito. La comitiva entró en casa del esposo, en don- 
de se distribuyeron pipas á los hombres, y el novio, llamado Chrysto, to- 
mando de la mano á la novia, la condujo á un sofá que le estaba destina- 
do, repartiéndose entonces hilos de oro á las muchachas y á los jóvenes. 
Muy pronto compareció un anciano venerable, el Protosinghellos (2), que 
fué á buscar á la desposada y la llevó delante de sus padres, los cuales le 
dieron la bendición. Los novios se colocaron en medio de la habitación, 
de cara á Oriente; junto á ella había una muchacha y junto á él un compa- 
ros y á cada lado un niño de coro con un cirio encendido. El celebrante, 
cogiendo dos anillos, los bendijo, hizo con ellos el signo de la cruz en la 
cara de los contrayentes y los puso luego en el dedo meñique de cada uno 
de éstos. Después se procedió á los desposorios, durante los cuales los 
desposados permanecieron cogidos por el dedo meñique de la mano derecha, 
y luego, estando los asistentes de rodillas, el protosinghellos recitó las ora- 
ciones, cogió dos coronas, una en cada mano, y cruzando los brazos, las 
puso alternativamente y por tres veces en la frente de los novios, dicien- 
do cada vez: «¡Chrysto Panayotaki!, servidor de Dios, eres coronado con 
Estébana, servidora de Dios, en nombre del Padre, del Hijo y del Espí- 
ritu Santo.» 

Otro autor escribe que el matrimonio entre los griegos llamados orto- 
doxos presenta en las aldeas de Rumania un carácter especial: «En un 
templo rústico, adornado de arriba abajo de frescos ingenuos, están de- 
lante del iconostasio los novios de pie, sobre una alfombra en la que 
se han esparcido monedas que ellos pisotean, como para demostrar que es 
el corazón y no la dote el que los ha llevado al pie de los altares. El pope 
entona las preces del ritual y pone una corona de flores á cada uno délos 
contrayentes, á cuyos lados están el padrino y la madrina con sendos ci- 
rios guarnecidos de cintas, algunos del tamaño de un mástil de tartana. 
Luego se procede á la bendición de los anillos, que los novios se pasan tres 
veces de uno á otro; después el celebrante pasea á los esposos por la nave 
del templo, andando á compás, y los parientes arrojan al suelo granos de 



(1) J. des V., núm. 628. — Se escribe también Alascher ó Alachehr. 

(2) Los protosinghellos son los vicarios délos patriarcas ó de los obispos de la Iglesia 
griega. 



LIBRO NOVENO 325 

trigo para pedir al Eterno la felicidad y la abundancia. Por último, el pope 
presenta á los desposados un vaso de vino que éstos beben en tres veces, 
á pequeños sorbos, uno después de otro, como símbolo de unión (1).» 

Mahoma, que vivía entre gentes partidarias de la poligamia, la admi- 
tió v sancionó en su ley religiosa. El Alcorán permite comprar á la mu- 
chacha que acepta al comprador por marido; y á todo buen musulmán se 
le aconseja que no tenga más de cuatro mujeres. Estas tienen derecho á un 
asilo, á una estera ó colchón con mantas, al agua de las abluciones y á los 
cosméticos, y en su alimentación ha de entrar la carne por lo menos una 
vez cada dos días. La esposa, considerada como un ser inferior, puede ver- 
se privada, cuando ha descontentado á su dueño, de la sal, de la. pimienta 
ó del vinagre, por vía de castigo. El musulmán goza, según el Alcorán, 
del derecho de repudio y puede, dentro de cuatro meses, volver sobre su 
acuerdo; pero cuando ha pronunciado tres veces el libelo de repudiación, 
no está ya autorizado para volver á tomar á su mujer, antes de haberse 
ésta casado con otro; y si la esposa cría á un hijo, debe el marido atender 
á su subsistencia durante dos años. La mujer no tiene, en principio, el 
derecho de repudio, pero puede comprárselo á su esposo cediéndole una 
parte de su viudedad. 

Los musulmanes tienen, además del Alcorán, varias compilaciones de 
ordenanzas cuyas reglas se adoptan, no sólo en Persia, sino además en to- 
das partes en donde impera el islamismo. Cuando un musulmán encuentra 
una joven que, según expresión del texto, (.(hade alegrar sus miradas y obe- 
decerle (2),» debe rezar «una oración de dos rokets (3)» seguida de una in- 
vocación de este género: «En verdad, Señor, deseo contraer este matri- 
monio.» La ceremonia se aplazará si la luna está en el signo nefasto del 
escorpión. A la esposa se le recomiendan también varias oraciones. El 
pretendiente está autorizado «para mirar el rostro de aquella con quien 
piensa casarse (4);» y según Sídi-Khalil, el futuro ó su representante 
^ukyl) puede también pedir que su futura le enseñe las manos «hasta la 
muñeca; en cambio, sería poco conveniente exigir de ella que abriese la 
boca para mostrar los dientes.» Los legistas opinan que «le es también 
permitido examinar su cabellera.» Todo creyente invitado á una boda es 
libre de rehusar la invitación; pero si acepta, «ha de tomar parte en 
el festín aunque esté en período de ayuno;» no tendrá, sin embargo, el 
derecho de «llevarse dulces ni frutas ofrecidos durante las fiestas nup- 
ciales.» 

La aceptación se manifiesta en esta forma: «He consentido.)-) Uno de 
los impedimentos del matrimonio es el parentesco de leche que existe cuan- 
do la nodriza ha dado de mamar al niño «quince veces por lo menos (5).» 

(1) Julio Brun, 1894. 

(2) Dr. musul., por Querry. libro XIX: Del matrimonio. 

(3) Con el nombre de roket se designan ciertas oraciones. 

(4) Libro XIX, 16. 
(b) Art. 1 36, 1 37. 



326 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

Y el texto añade: «Si el niño ha soltado espontáneamente el pecho, el he- 
cho de que vuelva á ponerse á mamar constituye una nueva lactación; 
pero si se ha interrumpido accidentalmente (por ejemplo, para mirar un 
objeto que le divierte), las dos veces no constituyen más que una lacta- 
ción única.» La leche dada al niño por un medio artificial cualquiera, in- 
gurgitación ó inyección, «no constituye el parentesco legal de la leche.» 
(Núm. 146.) 

El matrimonio puede estipularse entre los musulmanes «por largo 
tiempo ó por tiempo limitado (1):» en el primer caso, el hombre libre no 
tendrá más de cuatro esposas legítimas y aun elegidas entre mujeres que 
profesen una de estas religiones: «el islamismo, el cristianismo, el judais- 
mo ó el magismo.» El marido de una mujer no musulmana «deberá opo- 
nerse á que beba vino.» 

Entre los autores que han estudiado de un modo especial las costum- 
bres musulmanas de los indígenas de Argelia, hay un orientalista (2) á 
quien puede consultarse con provecho en lo que se refiere al asunto que 
nos ocupa. Actualmente el musulmán que desea crear un hogar apenas 
ha visto y á veces ni siquiera conoce á la joven que ha de ser su compa- 
ñera; en efecto, según las prescripciones del Alcorán (IV, 27), las únicas 
mujeres que tienen derecho á presentarse delante de él con la cara desta- 
pada son precisamente aquellas con quienes la ley le prohibe casarse. El 
intermediario de las uniones es generalmente una mujer que desempeña 
el papel de agente matrimonial, interesado ó no; se le da el nombre de 
Khathiba. La dote por reminiscencia del pasado, se considera como un 
«precio de venta.» 

Era costumbre entre los antiguos beduinos de Siria llevar á la plaza 
pública, adornadas con sus mejores gulas, á las muchachas á quienes que- 
rían casar, y andando delante de ellas gritaban: «¿Quién quiere comprar 
la muchacha (3)?» Hasta en los casos en que el proyecto estaba previa- 
mente concertado con las familias, era obligatorio el acudir al mercado 
para los esponsales. 

La aportación dotal se divide en dos partes: una, la destinada á la no- 
via, era inmediatamente entregada al padre de ésta; la otra no debe entre- 
garse sino en un plazo fijo ó a la disolución del matrimonio. 

Otras disposiciones recomiendan que las promesas nupciales se formu- 
len en la intimidad, á fin de evitar el mal de ojo de los malvados. 

En Tlemecén, los días que se consideran propicios para casarse son el 
lunes, el jueves y el sábado. El día señalado se reúnen las familias en la 
mezquita, y después de varias oraciones, el representante de la mujer 
(ualy), con las manos abiertas y juntas en forma de libro, dice solemne- 

(1) Libro XIX, titulo I. Ll matrimonio temporal, el nekah el monkete, cuya duración 
se rija de común acuerdo por virtud de contrato particular, es un convenio legal que con- 
fiere á la mujer derechos sobre la viudedad. 

(2) M. Gaudefroy-üemombines. 

(3) uMan ischter: el aadera?» 



LIBRO NOVENO 3 2 7 

mente: «La doy en matrimonio;» y el marido responde: «Acepto.» Hay 
que observar que la novia ni siquiera está presente. 

En las tribus del Sur de Argelia, cuando el aduar ó residencia de la 
familia del marido está lejos, la esposa se dirige allí en caravana y mon- 
tada en un mulo; al llegar delante de la tienda, sale á recibirla su suegra, 
la cual le ofrece un tarro de manteca derretida en la que la joven sumerge 
las manos, rociando luego con ella las estacas de la tienda, como rito pro- 
piciatorio. 

La costumbre de romper huevos para atraer los favores del cielo está muy 
extendida en Persia. Algo análogo á esto encontramos entre los indígenas 
de Argelia, en donde se coloca á la puerta de la casa del esposo un pe- 
queño cubo de madera de cidro con cercos de hierro y lleno de agua, y 
junto á él un huevo fresco; el marido, en cuanto baja del caballo, ha de 
derramar de un puntapié rápido el contenido del cubo y romper el hue- 
vo, y si se olvida de esta superstición ó uno de los dos movimientos le 
falla, tiénese esto por fatal presagio. 

'El hombre, á fin de afirmar de un modo indudable su autoridad ma- 
rital, entra en su tienda, el primer día de su matrimonio, llevando en la 
mano un grueso bastón, que deja cerca de su mujer; entre los yezidis, arro- 
ja una piedra á su joven esposa (i); y en Tlemecén le pisa el pie derecho, con 
mas ó menos fuerza, para recordarle su inferioridad. 

En cuanto á la viuda que vuelve á casarse, todavía es más despreciada, 
por lo menos entre las tribus del Sinaí: durante treinta días su nuevo es- 
poso no puede comer en ningún plato que ella haya tocado; y los ami- 
gos del marido que van á comer con él han de llevar los utensilios de su 
uso personal. 

Según las costumbres japonesas, para la validez de la unión se requiere 
no sólo la autorización de los padres, sino además el permiso del jefe ad- 
ministrativo (2). A la edad de cincuenta años un padre que se sienta de- 
masiado débil puede hacerse relevar de sus funciones familiares y tomar 
un retiro voluntario (inkyo), presentando entonces su dimisión de jefe de fa- 
milia como si se tratara de un empleo público. Para el japonés el matri- 
monio es un acto esencialmente religioso que exige un ritual muy com- 
plejo y la intervención del bonzo en el templo. Una gran hoguera consu- 
me los juguetes de la novia que, una vez ama de casa, «se apresurará, para 
agradar á su mando, á afeitarse las cejas y á ennegrecerse los dientes,» aten- 
ción delicada que seguramente no gustaría mucho á un esposo europeo. 

La disposición del cabello no sólo sirve, según parece, para indicar la 
edad de las japonesas, sino que también permite distinguir alas solteras y 
á las viudas: las muchachas que buscan esposo llevan un peinado muy al- 
to por delante, se trenzan el cabello en forma de abanico ó de mariposa 



(i) Oppenheim, ¡I, i5i. 

(2) Tratándose de los samurai ó nobles, quien otorga la merced es el gobernador, dai- 
mio; si se trata de príncipes, el Mikado. 



328 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

y se lo adornan con cordones de plata ó pequeñas bolas de colores; la viu- 
da que desea un segundo marido, se retuerce el pelo alrededor de una 
aguja de concha puesta horizontalmente detrás de la cabeza; y finalmente, 
la que quiere guardar fidelidad al difunto se corta el cabello muy corto ó 
se lo peina hacia atrás, sin ningún adorno. 

Entre los motivos de repudio los hay muy fútiles; así por ejemplo, un 
japonés puede repudiar á su esposa si se muestra celosa ó si le molesta 
con una locuacidad excesiva, «hablando como un papagayo (1).» Una insti- 
tución especial del Japón es el «Tribunal doméstico,» que resuelve las con- 
tiendas relativas á sucesiones, á la rebelión de los hijos y á la mala con- 
ducta de la esposa, y que, velando por el honor del hogar, puede, aun en 
ausencia del marido, condenar á la esposa casquivana y arrojarla del do- 
micilio conyugal. 

Deseando obtener una opinión autorizada acerca de la mujer japonesa, 
pedí á un publicista de aquel país que me expusiera su parecer sobre este 
particular. Reciba el autor de este delicado estudio el testimonio postumo 
de mi gratitud; leyendo su trabajo, se verá que merecía la calificación de 
«letrado,» así en los salones europeos como en las escuelas del imperio 
del Mikado. 

«La educación de la joven japonesa, escribe M. Matoyosé-Saizau, im- 
plica el aprendizaje de una etiqueta muy complicada, los múltiples debe- 
res del hogar y gran número de artes de adorno. Tiene profesores de can- 
to y de koto (especie de cítara grande, que es lo que el piano para las eu- 
ropeas), de pintura, de escritura, de versificación y hasta de arreglo de 
flores, etc. Su madre y los demás parientes le enseñan las buenas maneras, 
las numerosas reglas del ceremonial, el arte culinario, el de gobernar la 
casa y el de recibir visitas. A la «nodriza» corresponde enseñar á la niña 
religión é historia nacional bajo la forma de maravillosas narraciones y de 
antiguas leyendas que cautivan poderosamente las imaginaciones juveniles 
y hacen palpitar muchos pequeños corazones. El tocador es, en nuestro 
país, el negocio más importante para toda mujer que se estima en algo: 
baños, lociones, masajes, perfumes, cosméticos, afeites, tinturas para el 
cabello, para las uñas, para los dientes, no tienen secretos para las japo- 
nesas, á quienes más de una parisiense podría pedir útiles lecciones. Nin- 
guna japonesa bien educada, á menos de estar dotada de una belleza y de 
una frescura de tez verdaderamente excepcionales, saldrá de su casa ni re- 
cibirá visitas sin antes «arreglarse el rostro;» sería para ella una incorrec- 
ción más vituperable que para una parisiense el hecho de salir á la calle 
sin guantes En el Japón es admitido que una joven vaya á paseo, á una 
casa de te ó al teatro, con tal que la acompañe su nodriza ó alguna otra 
mujer de su confianza. En el país del Sol Levante, no se constituye dote á 
las hijas: cuando llega á la edad de casarse, lo que ante todo preocupa son 



1) M. Combier, Le Div— En el Japón existe, si no de derecho, de hecho la poligamia. 



LIBRO NOVENO 329 

Lis cualidades de inteligencia y de corazón, y lo que de un modo espe- 
cial se busca es la piedad filial, por considerarse esta la mejor garantía de 
las virtudes conyugales que se espera ha de desplegar en el hogar la esposa. 
Y en verdad que este criterio es altamente razonable. La vida que la es- 
posa hace en su casa es sumamente activa: aun en las familias más ricas 
y más nobles, el ama de casa debe ser siempre la primera en levantarse y 
la última en acostarse; ella lo ve todo, en todo y en todos piensa, y lleva 
exclusivamente el peso de la ad- 
ministración de su hogar (1).» 
La esposa tártara, al igual 
que la japonesa, no aporta al ma- 
trimonio ninguna fortuna pro- 
pia; al contrario, el novio debe 
hacer á su futura regalos, cuyo 
valor rara vez se deja á la vo- 
luntad de los padres del novio: 
todo está fijado de antemano y 
consignado en documento pú- 
blico con los detalles más minu- 
ciosos, siendo en realidad esos 
presentes más bien precio de una 
venta que regalos de boda. Así 
lo expresa claramente el lengua- 
je vulgar, ya que un tártaro dirá 
como cosa corriente: «He adqui- 
rido para mi hijo la hija de Fula- 
no... Hemos vendido nuestra 
hija á tal familia.» Cuando los 
mandatarios autorizados han 
concertado el matrimonio, el padre del novio va á comunicar á la familia 
de la novia los acuerdos adoptados, y al entrar en la casa de ésta se pros- 
terna delante del altar doméstico y ofrece á Buda una cabera de camero 
hervida, ¡eche y una banda de seda blanca (2). El día designado por los lamas 
para el casamiento, los parientes y amigos se ponen delante de la puerta 
de la casa de la novia como si quisieran impedir el paso por ella; pero, 
naturalmente, acaban siempre por dejar escapar al marido con su com- 
pañera. El esposo entonces hace subir á su mujer á caballo, y después 
de haberle hecho dar tres vueltas alrededor de la casa paterna, á modo 
de despedida, se la lleva á galope tendido á la vivienda que le está des- 
tinada. 

Por virtud de la autoridad absoluta que ejercen los padres en China, 
son ellos los únicos que deciden el matrimonio: un casamiento por amor 

(1) Véase el estudio completo en la Rev. Brit., i8q5. 

(2) M. Huc, Voyages. 




Jóvenes japonesas (de fotografía) 



330 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

sería un sangriento ultraje inferido á los ascendientes. Y no sólo no es 
necesaria la iniciativa de los futuros esposos, sino que se da á veces el caso, 
dice M. le Gentil (i), de que dos amigos concierten la boda de los hijos 
que algún día puedan tener. 

La dote no la constituye el padre, sino el marido, y una vez entrega- 
das las arras como garantía, pueden celebrarse los desposorios; no por esto 
se ven los futuros esposos, si bien pueden escribirse y enviarse mutuamen- 
te pequeños recuerdos. Es tolerada la pluralidad de mujeres, pero sólo una 
lleva el título de esposa y tiene autoridad sobre las demás. El ceremonial 
del mismo día de la boda admite todas las manifestaciones de la alegría, 
pífanos, tambores, cantos, antorchas y faroles; en cambio, durante el pe- 
ríodo previo de los desposorios no están bien las demostraciones de con- 
tento ni los sonidos de instrumento alguno «porque los desposados han de 
guardar una especie de luto,» anomalía que se explica por la importancia 
capital que en aquel país se concede á la piedad filial. Por esto se dice que 
sería mortificante que sus hijos se mostrasen demasiado alegres la víspera 
del día en que van á separarse de su familia, á la que se lo deben todo. 
La joven china, como la doncella romana de otros tiempos, abandona el 
culto de los antepasados de sus padres para consagrarse al de los antece- 
sores de su marido. 

En cuanto se han puesto de acuerdo los Kia-tchang ó trung-toc, repre- 
sentantes de los novios, los primeros á quienes se comunica la noticia del 
enlace proyectado son los parientes difuntos, por medio de una participa- 
ción dirigida á los antepasados de ambas líneas, delicado testimonio de 
amor filial que consiste en depositar en los altares domésticos tarjetas des- 
tinadas á informar á los manes de la constitución del nuevo hogar. Estas 
tarjetas, en las que hay inscritos los nombres de las dos familias, están 
reunidas por medio de un hilo encarnado y representan un dragón y un 
fénix, símbolos de los futuros esposos. Con motivo de los desposorios pro- 
piamente dichos se invoca á los antepasados. El cortejo, compuesto délos 
parientes y de los amigos de los novios, se dirige primeramente al domi- 
cilio del novio para desde allí encaminarse al de la novia, en donde aquél 
coloca una bandeja de betel delante de los lares de la casa. El padre de la 
muchacha se prosterna cuatro veces delante del altar de éstos, y en una fór- 
mula ritual les participa verbalmente los acuerdos pactados y hace libaciones 
con el vino que los padres del joven han traído: puesto que su hija se dispone 
á abandonar el culto de sus propios mayores, se quiere, por lo menos, 
que sus ascendientes difuntos sepan que no se les olvida y que las dos fa- 
milias que van á enlazarse se proponen ofrecerles juntas un sacrificio de 
despedida en nombre de la que se va. La novia no se presentará delante 
del altar doméstico de su prometido hasta el momento de los desposorios; 
pero, una vez casada, de tal modo formará parte de la familia del marido, 



(i) Nouv. voy. antour ciu Monde. 



LIBRO NOVENO 3 3 I 

que si enviuda, su suegro y no su padre es quien habrá de autorizarla para 
contraer segundas nupcias. 

El día del casamiento, el novio y el cortejo se dirigen á casa de los 
padres de la novia y vuelven A dejar sobre el altar de los antepasados betel 
y dos bujías; el padre de la muchacha las enciende y otra ve/ participa so- 
lemnemente á sus ascendientes difuntos que casa á su hija con N..., hijo 
de..., después de lo cual les pide su bendición para los futuros esposos; y 
los padres y las madres de éstos se prosternan cuatro veces. Organizada 
nuevamente la comitiva, regresa á la casa del novio, en donde las tamilias, 
puestas delante del altar doméstico, saludan á éste con el Ko-teoy con tres 
genuflexiones. El padre del marido manifiesta por última vez á sus mayo- 
res que su descendencia cuenta una hija más, y sólo entonces es con- 
siderada ésta como mujer casada y tiene derecho á ser llamada ts'i, la vo- 
chuih del esposo. Mientras sus parientes están congregados en el templo 
de sus mayores, el novio, ricamente vestido (i), permanece en las gradas 
del pórtico, arrodillado y con el rostro tocando al suelo, y no se levanta 
hasta que se ha concluido la ceremonia. Terminada ésta, se disponen dos 
mesas, una que mira á Oriente para el padre del esposo, y otra á Occi- 
dente para el marido. El maestro de ceremonias, que por lo general es un 
pariente, invita al novio á que se acerque á la silla que tiene preparada y 
le presenta una copa llena de vino; aquél la recibe de rodillas, y después 
de derramar un poco de líquido en el suelo, antes de beber hace cuatro 
genuflexiones delante de su padre para recibir sus órdenes. «¡Id, hijo mío!, 
le dice éste. Id á buscar á vuestra esposa; traed á esta casa una compañe- 
ra fiel que pueda compartir con vos los quehaceres domésticos, y portaos 
en todo sabia y prudentemente.» Entonces el hijo, inclinándose cuatro 
veces delante de su padre, le responde que le obedecerá, sale de la estan- 
cia precedido de dos criados con faroles encendidos en pleno día (costum- 
bre que se ha conservado porque antiguamente los matrimonios se cele- 
braban de noche), y cuando llega á casa de su esposa, se detiene en la 
puerta. Por su parte, la novia, á quien su madre ha vestido con sus pro- 
pias manos poniéndole la túnica más bella, permanece de pie en las gradas 
del pórtico, acompañada de su nodriza y de una mujer que desempeña las 
funciones de maestra de ceremonias, y acercándose á su padre y á su ma- 
dre les saluda cuatro veces, arrodíllase delante del primero (actitud que se 
repite sin cesar) y recibe de él una copa de vino. El jefe de la familia le 
recomienda que se porte sabiamente, que obedezca puntualmente, no las 
órdenes de su marido, sino las voluntades de su suegro y ele su suegra, porque 
uno de los primeros deberes de una china es la piedad filial para con sus 
suegros. Terminada la exhortación, la nodriza lleva á la novia fuera de la 
puerta del patio y su madre le pone en la cabeza una guirnalda de la que 
cuelga un gran velo que le cubre el rostro. El padre de la desposada va á 

(i) El a^id, el murado y el negro son loscoloresque se emplean en los trajes masculi- 
nos; el verde v el rosa para los femeninos. Kl amarillo es el color imperial. 



33 2 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

recibir al esposo, siendo costumbre que el yerno dé la mano á su suegro, 
y cuando llega al centro del segundo patio, el novio hace una genuflexión 
y ofrece á su suegro unánade silvestre como nueva prenda de su adhesión; 
después de lo cual los recién casados adoran de rodillas al cielo, ala tierra 
y á los espíritus que reinan en uno y otra. Después la esposa sube al pa- 
lanquín dispuesto para ella y que está cubierto con una tela de color de 
rosa; y cuando llega al patio interior en donde se celebra el banquete nup- 
cial, se levanta el velo, que hasta entonces la tapaba, y saluda á su marido, 
el cual la saluda á su vez, y luego ambosse lavan las manos. Antes de sen- 
tarse á la mesa, la novia hace por última vez cuatro genuflexiones delante 
de su marido, quien hace dos delante de ella; después derraman un poco 
de vino en señal de libación y apartan trozos de carne escogidos para ofre- 
cérselos á los espíritus. El esposo, que ha guardado silencio al principio 
del banquete, se levanta é invita á su mujer á beber el vino que en dos 
tazas les traen; ambos beben una parte del líquido y luego mezclan en una 
sola ta%a el que queda y lo beben á medias. 

Si más adelante surge la discordia en el hogar chino, el marido tiene el 
derecho absoluto de encerrar á su esposa en su habitación ó de hacerla 
viajar en pos de él, en coches provistos de sólidas rejas. 

En la provincia de Chang-Si existe la singular costumbre del Matri- 
monio de los muertos: «Cuando un hombre fallece sin haber contraído ma- 
trimonio, su familia experimenta un gran disgusto por el temor de que el 
difunto se vea condenado en la vida futura á una existencia de aislamien- 
to, y se echa á buscar una joven muerta que es conducida al lado de aquél 
para proceder á los desposorios y al matrimonio de los dos cadáveres. 
Estos son encerrados en un mismo ataúd que se deja en el campo expues- 
to al aire. » 

Entre las siete causas de divorcio (que existe en China, además de la 
poligamia) hay una sumamente rara, cual es ida incompatibilidad de carác- 
ter con el suegro ó con la suegra (i).» La desobediencia de la nuera á sus 
suegros es una causa formal de repudio. 

¿Cuál es la condición civil de la joven china? Está sometida al esposo, 
el cual tiene el derecho de corrección sobre su muier. No puede, sin embargo, 
pegarle con exceso, é incurriría en responsabilidad penal si la maltrataba 
hasta el punto de causarle fracturas, aplicándosele en tal caso una tarifa 
de castigos distinta de la ordinaria. En efecto, cuando la víctima es la es- 
posa, hay reducción de pena en dos grados. Además, es preciso que la mujer 
se querelle, pues de oficio las leyes no la protegen; y como, por otra parte, 
no tiene derecho á exigir el divorcio en favor suyo, prefiere quedarse apa- 
leada á exponerse á represalias aún más crueles. La viuda debe al marido 
difunto el luto legal llamado «del período completo,» ó sean tres años. 

El mismo exceso de la autoridad marital trae como consecuencia una 



(i) Lediv., M. Colombier. 



LIBRO XOVEXO 333 



responsabilidad, no sólo civil, sino también penal. El marido, que en prin- 
cipio tiene el derecho de pegará su mujer con bastante amplitud, es con- 
siderado como torpe ó negligente si su cónyuge se porta mal, porque á él 
le toca hacerse temer y obedecer, dicen los legistas, ya que está debida- 
mente armado para ello. La esposa china que hace traición á la fe conyu- 
gal es sometida á la siguiente humillación: se le cubre el rostro con una 
cesta de bambúes trenzados y se le ponen detrás de las orejas dos grupos 
de rosas encarnadas, y en este estado, muy á propósito para atraer las mi- 
radas, es paseada durante tres días y al son del tam-tam por arrabales y 
mercados. En las esquinas de las calles la comitiva se detiene porque es 
preciso que la culpable confiese su falta en alta voz y exhorte á las perso- 
nas presentes á que no la imiten. La esposa tiene un medio de eximirse de 
esta expiación, y consiste en pagar una multa equivalente al precio de la ma- 
nutención de los elefantes del rey durante un día, lo cual representa una suma 
importante, de la que no todas las chinas pueden disponer. 

Desde el punto de vista social, la madre, aunque colocada en una si- 
tuación inferior, no se ve nunca sometida á la tutela de sus hijos, al revés 
de lo que sucedía en Roma. 

Decir que la esposa china ha de rendir culto á su marido no es una sim- 
ple forma de locución; y el ultraje más grave, la injuria mayor que puede 
inferirse á un chino consiste en acusarle de hacer la voluntad de su mujer. 

En los libros y en los discursos destinados á los esposos se repiten 
constantemente los siguientes consejos: «¡Mujeres!, considerad siempre á 
vuestro marido como un dios. — En el domicilio conyugal, la joven casa- 
da no ha de ser más que una sombra y un eco. — El esposo es el cielo de 
la esposa.» 

Los proverbios chinos relativos á las mujeres son para éstas muy poco 
halagüeños. He aquí algunos, que no carecen de gracia: «La lengua de las 
chinas crece en la misma proporción de lo que quitan á sus pies. — Un 
mal marido es á veces un buen padre; una mala esposa nunca es una bue- 
na madre. — Es menester que un marido sea muy necio para temer á su 
mujer; pero ésta es mil veces más necia todavía si no teme á su esposo. 
— A una mujer se le exigen cuatro cosas: que la virtud habite en su cora- 
zón; que en su frente brille la modestia; que la dulzura brote de sus la- 
bios, y que el trabajo ocupe sus manos. — Cultivar la virtud es la ciencia 
de los hombres; renunciar á la ciencia es la virtud de las mujeres. — El 
silencio y el sonrojo son la elocuencia de la doncella; el pudor es su va- 
lentía. — La lengua de las mujeres es su espada; jamás la dejan enmolle- 
cer. — Una mujer nunca alaba sin hablar mal. — El marido debe escuchar á 
su esposa y no hacerle caso. — La madre más afortunada en hijas... es la 
que sólo tiene hijos varones (i).'» 

La gente del pueblo anuncia, según parece, el nacimiento de una hija 



(1) Hist. de la fon., Martin, I, 1 ió. 



334 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

con estas palabras: «Nos ha caído encima una teja.» El chino, hablando 
de su esposa delante de un extraño, la llamará: «La pobre tonta de casa;» 
pero no hay que admirarse de ello, porque, hablando de sí mismo y sea 
cual fuere su edad, dirá por pura cortesía: «No soy sino vuestro estúpido 
hermano menor.» La buena crianza del chino sólo existe respecto de los as- 
cendientes ó de los extranjeros: si se trata de su padre, le calificará de «ve- 
nerable anciano príncipe;» si invita á alguien á que vaya á verle, le dirá: 
«Si queréis, grande y sublime antepasado, dispensar á un ínfimo insecto el 
honor de aceptar una taza de te, os llevaré á mi vivienda miserable.» 

La galanura de lenguaje se encuentra, por lo menos, en las designa- 
ciones admitidas por las familias chinas. Cuando un niño tiene cuatro se- 
manas, se le da un primer nombre, que en realidad no es más que un 
número de orden: a yan, número uno; a sans, número dos; a luk, núme- 
ro tres, etc.; pero á los seis años el niño va al colegio y allí recibe un 
nombre más armonioso: Mérito naciente, Escritura elegante, Tinta perfecta, 
Aceituna á punto de madurar, etc. Cuando se casa, se le impone un tercer 
nombre; si es nombrado funcionario, un cuarto; si se dedica al comercio, 
un quinto; y un sexto cuando muere. Bajo este concepto, las mujeres son 
menos favorecidas: hasta su matrimonio responden al nombre de Piedra 
preciosa, Hermanita, etc., y al casarse se las designa con las poéticas deno- 
minaciones de Flor de jazmín, Luna plateada, Suave perfume, etc. Esta es 
la única galantería de los chinos para con el sexo bello. 

Las siguientes líneas que tomamos del relato (i) de una boda annami- 
ta nos parecen muy oportunas en este lugar: «La novia vestía un panta- 
lón de raso negro sobre el cual caía una túnica de seda morada; llevaba 
un collar de ámbar que daba diez vueltas, pendientes y numerosos braza- 
letes de oro; un peine de plata sujetaba las trenzas de su abundantísima 
cabellera; calzaba zapatos de tafilete encarnado bordado en seda negra, y 
ostentaba en el anular de la mano dos sortijas, una de oro cincelado y otra 
de amatista. Era una boda de alto rango, porque la hija de un cai-tong se 
casaba con el hijo de un ong-xa, y el banquete se componía de setenta 
platos y, como bebidas, de aguardiente de arroz y te. Servían de cucharas 
y tenedores unos palos de laca de Pekín incrustada; y entre plato y plato 
se fumaban cigarrillos que á la hora de los postres fueron substituidos por 
pipas de opio. Entre los manjares más delicados y distinguidos figuraban 
tajadas de cohombro rellenas de arroz, pimiento y jengibre, todo mezcla- 
do, machacado y frito en aceite de ricino fresco y perfumado; había tam- 
bién huevos pasados que nadaban en una salsa de kari, filetes de caimán, 
tortas de picadillo de langostino, mermeladas de mangosta, turrones de 
maíz, etc. Durante la comida hubo concierto y la velada terminó con dan- 
zas nacionales.» 

Una de las particularidades de la legislación penal annamita es que á la 



( i) M. Julio Gros. 



LIBRO NOVENO 335 

mujer se le aplican penas más duras que al hombre: así, según el artícu- 
lo 284 de aquel código, la mujer es condenada á cuarenta golpes de roten 
y hasta á cien golpes de tritón* (bastón grueso) en casos en que el marido 
es absuelto; éste, cuando ha sido causa de fracturas, incurre en la pena de 
un año de trabajos forzados y sesenta golpes de truong, y en iguales cir- 
cunstancias la esposa es condenada á tres años de trabajos forzados y á 
cien palos; si las heridas han determinado una enfermedad, el hombre se 
sale del paso con dos años de trabajos forzados, al paso que la mujer que 
comete tal delito es estrangulada. Y esta agravación sigue siempre una 
progresión contra la mujer hasta en el caso de pena de muerte en que 
haya incurrido el marido homicida; puesto que la mujer convicta de ho- 
micidio voluntario ha de sufrir, en principio, el tormento horrible de la 
muerte ¡cuta, que hemos descrito en el capítulo de los suplicios capitales. 

Consultando un estudio sobre el Camboia (i), vemos que el novio 
honra á su suegra con un regalo especial, consistente en sampots ó barras 
de plata, para darle las gracias por los cuidados que ha prodigado á la 
que él ha elegido entre todas. Este presente se llama en el lenguaje del 
país el precio de la leche mamada por la bija. En este testimonio de grati- 
tud á la madre por su vigilante solicitud ve M. A. Leclerc la prueba de 
que antiguamente existía en el pueblo khmer (2), como entre los nairs (3) 
de la India, la institución del matriarcado, es decir, el derecho superior de 
la madre sobre los hijos. El sentimiento de deferencia filial hacia la madre 
es marcadísimo, y las designaciones de la jerarquía familiar parecen otras 
tantas huellas de un antiguo régimen social en el que el parentesco seguía 
la línea femenina. Esto no obstante, el marido ocupa en el hogar un pues- 
to respetado. Aunque las leyes del Camboia toleran la poligamia, el prin- 
cipio de la unidad hállase afirmado, á lo menos relativamente, por la pre- 
sencia de una sola esposa agrande,» designada con el nombre de propone 
thom. Un detalle para terminar: durante la invocación á los antepasados, 
que es uno de los actos constitutivos del matrimonio camboiano, se veri- 
fica la atadura de las muñecas (4), ceremonia original que consiste en atar- 
se todos los parientes hilos de algodón alrededor de las muñecas, con lo 
cual se alude á los vínculos de afecto que en lo sucesivo unirán á las dos 
familias. Esta costumbre es una ampliación ingeniosa de la idea del anillo 
nupcial. 

En Siam, después de celebrados los desposorios (hhan-mah), el despo- 
sado ha de hacer construir en terreno de su suegro una casita en la que 
ha de habitar un mes ó dos antes de poderse llevar á su mujer adonde 
quiera. La boda se celebra en casa del padre de la novia, y en ella hay 
música, comedia, varios juegos y gran festín, pero no danzas, porque esta 

(1) Maeurs des Cambodgiens, «Revue se, a i8q3. 

(2) Gran imperio del Camboia, muy poderoso en la Edad media, del cual quedan im- 
ponentes ruinas. 

3) Secta de nobles indios en la que la mujer ha de tener por lo menos cuatro maridos. 
(4) O chang day. 



336 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

es una diversión poco común en aquel país (1). Los ricos 3' los ilustres 
tienen varias mujeres; sin embargo, aquella con quien han verificado por 
primera vez la ceremonia del khan-mak es siempre considerada como la 
única esposa legítima y lo mismo que en el Camboia se la llama «la gran- 
de:)) ella es la verdadera ama de casa y conjuntamente con sus hijos here- 
da todos los bienes del marido, al paso que las otras no tienen derecho 
sino á lo que buenamente se les quiera dar. Los mandarines tienen, al 
parecer, hasta doce mujeres; los príncipes, treinta, cuarenta y más, y el 
rey las cuenta por centenares; pero merecen más bien el nombre de escla- 
vas porque todas están sometidas á la «esposa grande.» En general los sia- 
meses tratan bien á sus esposas, las cuales disfrutan de más libertad que 
las chinas. 

Digamos algo de la sociedad conyugal desde su origen hasta nuestros 
días en las vastas regiones del Indostán. Entre los primitivos arios de la 
Bactriana, cuna de nuestros antepasados, el matrimonio es un contrato 
sagrado simbolizado por la unión de las dos manos; por esto se le deno- 
mina «la toma de mano (2)» y «tomador de mano (3)» al novio. En pre- 
sencia del sacerdote ó del jefe de familia, el esposo (4) toma con la suya 
la mano derecha de la esposa (5) y pronuncia ciertas piadosas palabras; el 
padre de la novia, que va montado en un carro tirado por dos bueyes blan- 
cos, ofrece al novio una vaca que estaba destinada primeramente al ban- 
quete de bodas y que más adelante fué directamente conducida á la casa 
del esposo. De esta costumbre nació, andando el tiempo, la dote, que en 
sánscrito se llama godana, ó sea la donación de la vaca. Si comparamos estas 
costumbres con las griegas, veremos que la palabra griega áXwoi6ota signi- 
ficaba así la persona capaz de procurarse bueyes como la joven suscepti- 
ble de hacer una boda rica; también se empleó para designar una novia 
guapa. Así en la Ilíada (XVIII, 594) á las jóvenes en edad de casarse se 
las designa con esta perífrasis: «las que obtienen vacas.» El carácter pasto- 
ril de las funciones encomendadas á las muchachas se acentúa en la signi- 
ficación misma de la palabra con que se la denomina en sánscrito. En 
efecto, las locuciones «la guardiana del rebaño» ó «la que ordeña las va- 
cas» significan la mujer que pasa á ser ama del hogar desde que el esposo, 
después de haberle presentado en el umbral de la puerta el agua y el 
fuego, la ha iniciado en la religión doméstica que ha de compartir con él 
en lo sucesivo. 

Las leyes de Manú son duras para la esposa: «Cuando una mujer es- 
pera en vano más de ocho años sin que su hogar se adorne con hijos, el 
repudio es legítimo, sucediendo lo propio cuando después de once años 
sólo ha tenido hembras; por último, el repudio se admite en el acto si la 

(1) M. Pallegoix, I, ¿2g. 

(2) Karagralia. 

(3) Kastagrabha. 
(4") Vodhar. 

(5) Vahja. 



LIBRO NOVENO 337 

esposa habla en tono áspero (i).» La dependencia de la mujer es absolu- 
ta: «Sea soltera, casada ó vieja, dice Manú, nunca debe hacer nada de su 
propia voluntad, ni siquiera en su casa. Si muere el jefe del hogar, depen- 
derá de sus propios hijos y, á falta de éstos, de los parientes de la familia, 
pero nunca se gobernará á su antojo (2).» Cuando es viuda, está obligada 
á respetar la memoria del difunto «bajo pena de perder la cualidad de mu- 
jer virtuosa si se permite siquiera pronunciar el nombre de un hombre 
que no sea el del que fué su esposo.» 

La sociedad primitiva de la India parece haber sido favorable á la mo- 
nogamia, y aun en la época de Manú se dice que «es un hombre perfecto 
el que se compone de tres personas reunidas: él mismo, su esposa y su 
hijo (3).» La poligamia apareció allí como consecuencia de la división de 
castas, cuando el establecimiento del brahmanismo (4), pues siendo regla 
de esta religión que todo hombre podía.casarse con ana mujer de su cas- 
ta y con una de cada casta inferior, resultaba que al braemán le estaba 
permitido tener cuatro esposas, al kchathrya tres, al vaisya dos, y al su- 
dra una sola. «En la antigua India, dice M. de Milloué, conservador del 
Museo Guimet (5), la condición de la mujer fué, según parece, superior á 
la que actualmente tiene, á lo menos en las tres primeras castas, y se ase- 
mejaba mucho á la situación de la mujer en la antigua Grecia, tal vez con 
un poco más de libertad... A medida que nos acercamos á los tiempos 
modernos, se acentúa la hostilidad de la región inda hacia la hembra.» 

En efecto, el matrimonio, según los Vedas, era un vínculo moral y 
religioso á la par, fundado en los sentimientos y consagrado por la ora- 
ción. El hombre que no se casaba y no llegaba á ser amo de casa (dwidja) 
no podía desempeñar ningún empleo importante, pues «todos han de pa- 
gar su deuda á los antepasados perpetuando su posteridad.» 

Una niña podía ser prometida desde la edad de cinco años, y en las 
provincias del Norte los barberos eran generalmente los encargados de ne- 
gociar la unión. El indo, dice el Manava (6>, no debe casarse «con una 
mujer que tenga los cabellos rojos, ni con la que lleve el nombre de un 
árbol, de un río, de una montaña, de un ave, de un esclavo ó que recuer- 
de algún objeto espantoso;» por el contrario, buscará una joven «que ten- 
ga un nombre agradable, finos cabellos, dientes menudos y la apostura de 
un cisne ó de un pequeño elefante.» Hay varias maneras de casarse, siendo las 
principales la de Brahma ó de los dioses, la de los Santos, la de los Mú- 
sicos celestes y la de los Vampiros (7), distinciones que corresponden á 
particularidades muy complejas que nada de común tienen con la idea que 



(1) Leyes de Manú, IX, 81 . 

(2) Libro V, pág. 147. 

(3) Libro IX, 4b. 

(4) A Pictet, Les origines indo-citroyéennes, II, 33g. 

(5) Conferencia de ig de noviembre de 1899. 

(G) Recopilación de las le>es de Manú, libros III, V y siguientes, VII, LXXXVII y si- 
guientes. 

(7) Pisatchas. 

Tomo III 22 



338 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

estas denominaciones sugieren. Por ejemplo, el matrimonio «según el rito 
de los santos personajes» es el que se celebra con un novio que ha hecho 
donación á su futuro suegro de una vaca y de un toro para la celebración 
de una ceremonia religiosa. Estas uniones, consideradas más ó menos pia- 
dosas según los procedimientos empleados, constituyen la familia en con- 
diciones de virtud graduada: así el hijo de padres «casados según Brahma, 
liberta del pecado á diez antepasados, á diez descendientes y á sí mismo, 
para hacer el veintiuno;» al paso que el hijo nacido de un matrimonio 
contraído «según el procedimiento de los santos sólo liberta á tres.» ¿No hay 
en esto una vaga noción de la reversibilidad de los méritos? 

La India y la China son, al parecer, los únicos países en donde el pa- 
dre viene obligado, bajo pena de una multa y de la nulidad del matrimo- 
nio, á revelar al novio los defectos de su bija; en cambio, cuando se trata de 
un hijo, el padre nada debe decir,, pues se considera que la mujer ha de 
ignorar estrictamente lo que vale su futuro esposo, y que no ha de tener- 
se escrúpulo alguno en engañar la confianza de la desposada. 

Al bracmán le está prohibido casarse antes que su hermano mayor; si 
lo hiciere, él, su esposa y el sacerdote que ha celebrado el sacrificio nup- 
cial incurrirán en las penas del infierno (paraca). 

El día de la boda se construye delante de la casa de la joven inda un 
gracioso pabellón de follaje, y el padre de la novia hace un sacrificio «á 
Brahma, á Vichnú... y á los ocho dioses guardianes de los ocho ángulos 
del mundo, echando en el fuego manteca derretida.» El novio fija un pe- 
dazo de azafrán en la muñeca izquierda de su prometida, la cual fija otro 
en la muñeca derecha de aquél, y el padre, tomando un poco de betel y 
colocando la mano de su hija en la de su futuro, derrama encima de ellas 
un poco de agua al mismo tiempo que invoca á Vichnú. Por única vez 
comen juntos los esposos en una misma hoja de banano, acto simbólico 
que á cada paso encontramos en la historia de las ideas morales de la an- 
tigüedad; en lo sucesivo, la mujer no tendrá el derecho de sentarse al 
lado de su marido, «pero estará autorizada para comer lo que éste deje,» 
si le parece bien comerlo. 

Decir que á la inda se le recomienda tanto como á la china que vea 
en su esposo una divinidad no es una exageración. «Los Sabios, escribe 
el autor del Harivansa, nos enseñan que un marido es un dios para su espo- 
sa; y la esposa perfecta es la que ve un dios en su marido.» Las prescrip- 
ciones del Padma-purana están enteramente conformes con las reglas y 
observaciones precedentes; y el autor del mismo proclama que no hay en 
la tierra más divinidad para una mujer que su esposo. 

«Lo mejor que puede hacer es tratar de agradarle con la obediencia 
más absoluta; aunque sea contrahecho, viejo, enfermo, repulsivo, grosero, vio- 
lento, licencioso, borracho, jugador; en una palabra, tenga los defectos que 
quiera, su mujer, siempre persuadida de que es su dios, ha de prodigarle 
toda suerte de cuidados, atender á la ejecución de todos los trabajos do- 



LIBRO NOVENO 339 

mésticos, reprimir su cólera, no codiciar el bien ajeno, no disputarse con 
nadie, y mostrarse constantemente la misma en su conducta y en su ca- 
rácter. — Si su marido recibe la visita de un extraño, se retirará con la ca- 
beza baja y continuará su trabajo sin hacer el menor caso del visitante. Sólo 
debe pensar en su esposo, llamarle «mi dueño, mi señor, mi dios...» y 
no mirar nunca de frente á otro hombre... Ni siquiera los dioses, añade 
el texto, merecen ser parangonados con su marido (r). — Si éste se au- 
senta, hasta que regrese no deberá su esposa ponerse aceite en la cabeza, 
ni limpiarse los dientes, ni roerse las uñas, ni acostarse en su cama, ni 
comer más de una vez al día.» Sabiendo esto, no debe extrañarnos que la 
esposa inda crea cumplir simplemente su deber abrasándose en la hogue- 
ra de su esposo, de tal manera glorificado y lias t a deificado (2). Sin em- 
bargo, en la práctica de la vida, la mujer inda, fuera del Zenana, disfruta 
de una emancipación relativa y está sujeta á menos trabas minuciosas que 
la china, por ejemplo; así toma parte activa en la vida industrial dedicán- 
dose á la tintorería y al tejido, al cultivo del opio, á la extracción del car- 
bón ó á labores de riego. Lo que gana en estos rudos trabajos no excede 
de dos annas, es decir, de treinta céntimos al día, jornal que basta á la 
obrera inda para no vivir en la miseria. 

De los mismos labios de un explorador (3) hemos recogido detalles 
originales sobre ciertos casamientos celebrados en el actual Indostán. Es 
frecuente, según parece, que dos familias amigas convengan en casar álos 
hijos que puedan nacer en sus hogares respectivos; y si muere un niño de 
una de ellas antes de que la otra tenga una niña, ésta, por el hecho de 
haber sido prometida por sus padres, nacerá viuda y ya en la cuna llevará 
los signos exteriores de esta viudez inverosímil, cortándosele, por consi- 
guiente, los cabellos cuando habrán crecido lo bastante. La viuda inda 
tiene actualmente el derecho de sobrevivir á su marido sin subir á la hogue- 
ra; pero su existencia es un luto sin término, no pudiendo llevar más que 
un solo vestido basto, ni comer más que una vez al día, «á fin de enfla- 
quecer para tornarse fea.» Los bracmanes de Dekán y de otros puntos la 
obligan además á afeitarse la cabeza cada quince días. La razón de esta 
tiranía es que se considera indiscutible que por culpa de la mujer y á cau- 
sa de sus pocos méritos el cielo le ha arrebatado prematuramente á su 
esposo; de aquí que el casarse con una viuda es un acto de valor muy poco 
frecuente en aquel país, ya que el nuevo marido capaz de este heroísmo 
tiene la seguridad de que toda su familia ha de despreciarle. 

La «docta Ramabai,» que está en las mejores condiciones para emitir 
un juicio autorizado, calcula que en 1881 sobre unos 250 millones de ha- 



(1) Véase Martin, loe. cit. 

(2) En el capítulo de los sacrificios humanos hemos descrito las sitttias. 

(3) M. Bacqua, autor del Voyage áCeylan et aux Indes. — Entre las costumbres ma- 
trimoniales de Ccylán encontramos las siguientes: los esposos se echan sobre los hombros 
una misma capa, comen en el mismo plato y se pasean con la mano del uno atada á la 
del otro. 



340 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

hitantes había en las Indias veintiún millones de viudas, de las cuales 670.000 
tenían de nueve á diez y nueve años. 

No hace aún mucho tiempo, los rajas que querían fundar una fami- 
lia de noble estirpe buscaban entre los príncipes vecinos uno que tuviera 
una hija agradable y le declaraban la guerra, siendo la mano de la prince- 
sa el premio de la victoria. A aquellos hombres belicosos les repugnaba 
someterse á las formas pacíficas de un contrato matrimonial; por esto á 
los ojos de los rajas aquel procedimiento para proporcionarse una com- 
pañera era el más noble de todos, lo mismo si la conseguían por medio de 
un glorioso hecho de armas que merced á la astucia, amparándose al obrar 
así en los ejemplos sacados de sus más famosas leyendas (1). 

En los países de la actual América en donde se ha dejado sentir la in- 
fluencia española ó portuguesa, el matrimonio se ha regido casi en todas 
partes por las reglas canónicas; sin embargo, en algunos de ellos, como 
el Brasil y la República Argentina, la ley ha hecho de él un contrato civil. 

En los Estados Unidos no se exige ni la presencia de testigos, ni la au- 
torización de los ascendientes, ni solemnidad alguna; un matrimonio con- 
traído en un salón es, desde el punto de vista del derecho civil, tan legal 
como el celebrado con gran pompa delante de las autoridades. Esta tole- 
rancia facilita evidentemente los matrimonios, pero redunda en perjuicio 
de la mujer y de la familia, porque, como con razón se ha dicho, la unión 
se deshace con la misma facilidad con que se contrae; y si los casos de biga- 
mia son frecuentes en la América del Norte, débese esto á que es suma- 
mente fácil á cualquiera de los esposos presentarse como soltero, ya que 
la ausencia de formalidades hace posible este fraude. Cierto que la biga- 
mia se castiga con penas severísimas; pero sucede con éstas lo que con las 
Ordenanzas de los antiguos reyes de Francia contra el duelo, que su mis- 
mo excesivo rigor hace que casi nunca se apliquen. 

Así como en Francia la mayor parte de las agencias matrimoniales son 
un engaño, en Inglaterra y sobre todo en los Estados Unidos, estas «ins- 
tituciones fundadas en las leyes,» como se complacen en decir sus direc- 
tores, revisten un carácter más serio y hasta práctico en algunos casos. La 
América del Norte tiene el privilegio de los anuncios poco triviales como 
el siguiente insertado en los papeles públicos por una joven miss que iba 
en busca de un marido (2): «¡Ciudadanos! ¿Permaneceréis indiferentes en 
presencia de una compatriota bien educada, entendida en música, posee- 
dora de todo cuanto pueda desearse, á pesar de verse obligada á buscar 
un esposo por mediación de los periódicos? ¡Apresuraos, ciudadanos (3)!» 
Una casa de confecciones de Washington ha hecho anunciar que propor- 
ciona una novia á todo soltero que le manifieste deseo de tenerla, con la 
condición de que el cliente ha de comprar todo el ajuar en aquel estable- 

( 1 ) Sobre todo del Mahabharata. 

(2) Miss Georgina Mac Clarman. (S. C. Payne, citado por M. de Bovet). 

(3) Puede citarse también el siguiente anuncio publicado en un diario de la Polonia 
rusa: «¡Novios! Soy una obrera honrada y trabajo en la fábrica; mi padre posee 5o cerdos...» 



LIBRO NOVENO 341 

cimiento; el industrial, en cambio, se cuida de los preparativos y de las 
gestiones necesarias y se compromete además, si hay en ello empeño, á 
hacer bendecir la boda «por un elocuente pastor.» Como las equivocacio- 
nes, los desengaños y las sorpresas son tanto más frecuentes cuanto que 
los novios no han encontrado obstáculo alguno en sus proyectos, el divor- 
cio ha tomado gran incremento en los Estados Unidos. 

Son poco conocidas las costumbres de las tribus semilegendarias que 
poblaron la antigua América; sábese, sin embargo, que cuando se verificó 
la conquista existia allí el divorcio, excepto, según parece, en los casos en 
que había hijos de por medio. Los antiguos habitantes de Venezuela y de 
Colombia sólo permitían á los indígenas fundar una familia «si el hombre 
era capaz de mantenerla y tenía un campo dispuesto para la siembra (1).» 
Los arawaks dan verdadera preponderancia á la línea materna, y el ma- 
rido loma el nombre de su mujer y ha de vivir en casa de sus suegros; sin 
embargo, el derecho de la madre sobre sus hijos cesa «en cuanto éstos 
pueden acompañar á su padre á la caza ó á la pesca.» Entre los indios de 
las principales tribus del Orinoco y del Essequibo, que también entienden 
que la raza se transmite más bien por la línea materna, cuando muere el 
padre, no entra á ser jefe de la familia su hijo, sino el primogénito de su 
hermana. Ya se recordará lo que hemos dicho acerca de la superstición del 
«tótem,» signo animal (lobo, tortuga, oso) que ostentan diversas tribus no 
civilizadas para distinguirse entre sí por clanes, por gens; pues bien, esta 
organización existía en México cuando la conquista española, y los fran- 
ceses la encontraron en el siglo xvm entre los pieles rojas del Canadá. 

En realidad, los indios de la América del Norte eran endógamos, es 
decir, se casaban dentro de su tribu; pero no podían tomar esposa dentro 
de su clan y por consiguiente respecto de éste eran exógamos. Estaba ab- 
solutamente prohibido casarse con mujer perteneciente al grupo cuyo tótem 
llevaba el hombre, y era tan rigurosa la prohibición que, según Morgan, 
en muchos puntos tenía como sanción la pena de muerte (2). 

Cuéntase que en Borneo las fiestas nupciales de los dayacos empiezan 
por un acto sangriento, el sacrificio de un esclavo al cual se le corta la cabe- 
za; así lo manda la superstición para que el enlace sea dichoso. Este des- 
graciado es un prisionero de guerra ó un habitante de una tribu vecina que 
ha caído en una emboscada en medio de los junglares, y su sangre reco- 
gida en hojas de palmera es distribuida, caliente aún, entre los asistentes. 
«... El sacerdote sacrificador inmoló al esclavo, que era un negro de las 
montañas del centro, de reluciente piel y enmarañados cabellos, y después 
de la odiosa distribución que acabamos de mencionar y que recuerda las 
más execrables prácticas del canibalismo, ofrecióse una parte de la sangre 
de la víctima como oblación á los Hantús, espíritus protectores, guardia- 



(1) Les Ind. du N. de l'Amérique du Sud (M. J. Chaí'franjon). 

(2) La razón moral de esta prohibición del matrimonio en el mismo clan es la posibi- 
lidad de un parentesco, al que se ha denominado parentesco totémico. 



342 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

nes de los campos cultivados y de las minas de oro, y en seguida comen- 
zó el festín. Los principales manjares que se sirvieron en el banquete de 
boda fueron; un asado de cabrito, un pecho de cerdo de China á las pa- 
rrillas, un perro del país, carne muy apreciada de los dayacos, y un esto- 
fado de ratones sazonado con pimienta y zumo de limón. También se dis- 
tribuyeron entre los comensales panecillos de sagú (i).» 

En el archipiélago de Taití (Polinesia) los jóvenes esposos viven en 
comunidad en la vivienda de la familia. Para casarse se requiere, además 
del consentimiento de los ascendientes, la presencia del «taúa,» sacerdote 
ó adivino que procede á la ceremonia religiosa llevando en la mano un 
hacecillo de ramas sagradas. También allí las aves, los perros gordos y la 
manteca de cerdo son los manjares favoritos del día de boda; en el festín 
nupcial se comienza por separar las caberas de cerdo destinadas á los genios 
protectores; después se envían á los jefes del país los pedazos mejores, y 
los convidados se contentan con el resto. Sentados en el suelo, teniendo 
por mantel anchas hojas de banano, los asistentes á la boda comen con 
los dedos y beben agua salada. La habitación está iluminada por medio de 
unos palitos en los que hay clavadas nueces oleosas de bangul que se con- 
sumen lentamente. 

En Nueva Caledonia, cuando surge una desavenencia en un matrimo- 
nio de la tribu Belep, los esposos se guardan de hacer públicas sus disen- 
siones y van á consultará los magos, á quienes se cree poseedores de ma- 
ravillosos secretos capaces de devolver al hogar la paz y la dicha. A este 
efecto el mago se vale de cierta preparación, acompañada de fórmulas, que 
en el lenguaje del país lleva el nombre genérico de iebaen y que puede ser 
sencilla ó doble, de la misma manera que los que en nuestras ferias dicen 
la buenaventura tienen «el pequeño juego» y «el gran juego» para adi- 
vinar el porvenir. El talismán del iebaen doble consiste en dos pequeños 
paquetes en forma de huso que representan al hombre y á la mujer y que 
están confeccionados con plantas dobladas, atadas con algunos hilos del 
vestido de la esposa y envueltas en un pedazo del taparrabo del marido. 
El mago agrega á todo esto un huesecito de lija que coloca en el centro, 
y el prestigioso huso así compuesto está destinado á restablecer la armo- 
nía en el matrimonio. El esposo que desea ver reinar la paz en su casa 
procede del siguiente modo: «Provisto de un iebaen doble, se encamina al 
cementerio de familia (2), enciende allí una hoguera con una madera de- 
terminada, expone el paquete á la acción del humo, lo rocía con un agua 
prescrita y finalmente lo pasea alrededor de su cabeza diciendo: ((Cambio 
el corazón de mi mujer para que en adelante me ame.» Si esta primera prue- 
ba resulta ineficaz, encarga á alguien que ofrezca á su esposa un paquete 
de aplicar de caña, porque se considera que la acritud existente entre los 
cónyuges ha de cesar bajo la influencia emblemática de este regalo sucu- 

(1) Che% les Dayaks de Borneó, M. Daniel Arnauld. 

(2) Moeitrs de la tribu de Belep (Nueva Caledonia), por el R. P. Lamhert. 



LIBRO NOVENO 343 

lento. ¿No está todo esto impregnado de una cierta poesía? ¿No es verdad 
que en vez de risa producen cierta emoción todos estos cuidados, todas 
estas gestiones, todos estos esfuerzos para restablecer la armonía? El solo 
deseo de conseguirlo, ¿no significa acaso tener andada la mitad del cami- 
no para aproximar los dos corazones? 

Un episodio que relata el R. P. Lambert demuestra el papel importan- 
te que desempeña el iebaen en las costumbres de Nueva Caledonia: «Un 
infiel de aquella tribu, que se encontraba enfermo, me mandó llamar, pues 
quería bautizarse. Después que le hube hablado de las verdades que había 
de creer y de las supersticiones que era preciso despreciar, manifestó las 
mejores disposiciones, y queriéndome dar de ello una prueba decisiva, dijo 
á uno de los suyos que le llevara su tolam (cestito de paja en donde los in- 
dígenas guardan todas sus riquezas), y metiendo la mano en el fondo del 
mismo, sacó un objeto cuidadosamente que me entregó diciéndome: «¡Re- 
nuncio á nuestros antiguos usos!» El objeto aquel era un iebaen, y aban- 
donarlo equivalía para aquel indígena á renegar de su pasado pagano.» 

El iebaen sencillo, llamado también «komaia» entre los caledonios, sir- 
ve especialmente para el joven que quiere casarse: si el que se halla en este 
caso no encuentra ningún partido á su gusto, se dirige á la cabana del 
«Pitia» y le expone el motivo de su visita; el mago le conduce entonces 
al cementerio (¡singular visita para preparar una boda!) y le somete á una 
serie de ritos extravagantes: «Le aplica fumigaciones y abluciones, le pone 
ceniza á cada lado de la cabeza y traza sobre su rostro una línea negra des- 
de el ojo á la oreja; después de lo cual el pretendiente, de esta suerte se- 
ñalado, no tiene más que buscar mujer, pues se asegura que sus deseos no 
tardarán en verse colmados.» 

¿Es posible admitir que en muchos países de una civilización primitiva 
el padre, cuando le nace un hijo, se meta en la cama durante algunos días 
y se haga prodigar cuidados excepcionales? Y si el hecho es verdad, ¿cuál 
puede ser el significado de una moda tan rara? Aunque la empolladura pa- 
rezca á primera vista inverosímil, no por esto deja de ser un hecho cierto 
y hasta muy generalizado relativamente. En Nueva México, entre los pie- 
les rojas, entre los galibis, en California, en la América del Sur, entre los 
tártaros y en Bengala, existe de una manera indubitable esta costumbre. 
Estrabón (III, 16) ya decía lo mismo hablando de los íberos, de los cel- 
tas, de los tracios y de los escitas; y Diodoro (V, 14) lo afirma también á 
propósito de los corsos. «Había leído en otro tiempo que los padres se 
metían en cama (escribe el R. P. Dobritzhoffer hablando de los abipones 
de la América del Sur) y me había reído suponiendo que tal locura se con- 
taba en son de broma; pero con mis propios ojos he visto la empolladura 
entre estos indígenas.» Siendo esto así, se pregunta uno qué puede significar 
esa comedia, y la contestación no parece dudosa: con este acto tan excep- 
cional como voluntario y calculado, quiere el padre dar á entender que 
reconoce públicamente como suyo al recién nacido; y este simbolismo dis - 



344 HISTORIA DE LAS CREENCIAS 

ta mucho de ser inútil en regiones en donde no hay registro civil ni fun- 
cionario público para determinar la filiación en el seno de las familias en 
las cuales se practica la poligamia: este hecho no es, pues, una pura tonte- 
ría como han dicho quienes no han comprendido su sentido verdadero. 

Hemos manifestado, al principio de este capítulo, que la condición de 
la hembra indica generalmente el rango que ocupa un pueblo en la escala 
de la civilización; y vamos ahora á justificarlo apelando á una compara- 
ción última y demostrando, por una parte, que las naciones cultas tienden 
de día en día á hacer partícipe de la vida social á la mujer, y por otra, que 
en los pueblos completamente ajenos á la influencia cristiana la esposa se 
encuentra en la condición más lamentable. 

Es indudable que el movimiento feminista que se observa en América 
y en toda Europa y que tiene una intensidad extraordinaria, después de 
haber formulado en nombre de la mujer reivindicaciones plenamente jus- 
tificadas, amenaza, al parecer, salirse de sus justos límites, como, por otra 
parte, sucede con todas las reacciones. En efecto, las mujeres, olvidando 
demasiado las diferencias esenciales de aptitudes, de temperamento y de 
deberes, que á cada sexo corresponden, aspiran, en los congresos que de 
algunos años á esta parte hemos visto reunirse, á una igualdad quimérica 
cuya exageración acabaría por comprometer muy seriamente los mismos 
intereses que pretenden defender. 

Tal vez sea interesante conocer los resultados que en este orden de 
ideas se han conseguido. 

En Francia la mujer casada ha obtenido el derecho de disponer de su 
fortuna personal después déla separación de cuerpos; de depositar y retirar 
sola fondos -en las cajas de ahorros; de ser testigo en los documentos del 
registro civil (i) y en los notariales; de ser médica, abogada, etc. 

Políticamente las inglesas han conquistado el derecho de sufragio para 
las elecciones de los consejos municipales y de los condados, el derecho 
de sufragio y la elegibilidad en los consejos escolares, la libre disposición 
de su fortuna, la facultad de litigar y de comerciar sin autorización del 
marido, de desempeñar una cátedra universitaria, etc. 

Desde el punto de vista de los derechos electorales en las colonias in- 
glesas, podemos citar la Nueva Zelandia y la Australia del Sur, en donde 
desde 1893-1894 ambos sexos son igualmente electores y elegibles, pu- 
diendo enviar su voto por correo la mujer que habita á más de tres mi- 
llas de distancia del lugar en donde se ha de verificar el escrutinio. 

En Suiza pasa casi lo mismo que en Inglaterra: las mujeres votan por 
medio de mandatarios en las elecciones de consejos municipales de ciertos 
cantones; en Schwitz son además elegibles. 

En Alemania los derechos femeninos son más limitados, á lo menos 
desde el punto de vista político, pues las costumbres públicas y el gobier- 



(i) 7 de diciembre de 1897. 



LIBRO NOVENO 3.(5 

no entienden que la mujer debe ser, ante todo, esposa v madre y que, 
dado el gran número de hijos que, según las estadísticas, existen en cada 
familia, tiene de sobra en qué desplegar en el hogar su celo, su actividad 
y su inteligencia. Sabido es que las berlinesas consideraron en 1896 como 
un gran triunfo el permiso que se les concedió para ir en el imperial de 
los ómnibus. 

La ley noruega de 26 de junio de 1889 ha conferido á la esposa que 
tiene hijos el derecho de sufragio para la elección de los inspectores. 

Lo mismo sucede en Suecia cuando se trata de la elección de los con- 
sejos municipales ó provinciales (1). 

La mujer rusa, á despecho del proverbio mujik que dice que tiene «los 
cabellos más largos que la inteligencia, desempeña un papel importante 
en el mir ó comunidad de la aldea: cuando el marido muere ó se ausen- 
ta, la esposa ejerce los derechos que á él corresponden, y aun se citan 
municipios rusos en los cuales el consejo municipal se compone de muje- 
res que desempeñan las funciones de alcalde inclusive. Al revés